domingo, 15 de mayo de 2016

ESPÍAS DESDE EL CIELO: Espionaje moderno

Ya en la época de la Guerra Fría y, sobretodo, a raíz de la Crisis de los Misiles se puso muy de moda la expresión de que las guerras ahora se desarrollaban en los despachos. Hoy en día esa afirmación es una aterradora verdad y Espías desde el cielo es la mejor prueba de ello.
Cuando una operación de vigilancia y extracción a un grupo terrorista en Nairobi cambia repentinamente cuando a través de un dron controlado a distancia el gobierno británico descubre que se está planeando un atentado con chalecos bomba. La situación exige una respuesta inmediata, pero las trabas jurídicas y burocráticas y la necesidad de reducir los daños colaterales ralentizan todo el proceso.
Este es el punto de partida de Espías desde el cielo, en la que el intento de asesinato de algunos de los terroristas más buscados se puede producir desde una habitación cerrada desde donde los dos pilotos controlan el dron. Cuando una niña que vende pan se coloca en la zona de impacto el piloto se negará  a efectuar el disparo si no se recalculan los daños colaterales, y así da comienzo el debate extensible al propio público: ¿es lícito eliminar una vida inocente con la supuesta posibilidad de salvar las de muchas más?
Con este planteamiento Espías desde el cielo, pese a contener ataques de un país a otro, misiones de espionaje, mandos militares dando órdenes, soldados ejecutándolas y misiles apuntando, es más que una simple película bélica transformándose casi en un film de suspense, una historia a contrarreloj cargada de tensión donde urge tomar una decisión.
El gobierno, el fiscal, los servicios jurídicos, los aliados… todos se pasan la pelota incapaces de tomar una decisión no sólo amparada por la simple duda humanitaria de matar a una niña por un bien mayor, sino por el egoísta instinto de autodefensa. Una frase referida a los medios de comunicación define el conflicto: “Si ochenta personas mueren en un atentado, los malos son los terroristas; si muere una niña por evitarlo, los malos somos nosotros”. O algo así.
Con una relativa sencillez en su puesta en escena (sencilla pero eficaz, una agradable sorpresa ya que estamos ante Gavin Hood, el director de la desastrosa X-Men  Origenes: Lobezno y la fallida El juego de Ender) y unas interpretaciones a la altura de lo esperado debido a lo glamuroso de su reparto (Helen Mirren, Aaron Paul, Berkhad Abdi, Ian Glen o el propio Hood), la película es también la despedida de un gran intérprete, Alan Rickman, que dejando de lado su voz en Alicia a través del espejo nos ofrece aquí su último trabajo fílmico.
En resumen, una película intensa, inteligente y emocionante que plantea un debate muy real y actual y lo comparte con el espectador para que siga buscando respuestas una vez finalizado el film, planteado de una manera que evita con fortuna el maniqueísmo o la moralina barata.

Valoración: Ocho sobre diez.

ANGRY BIRDS: Absurda locura

Este año va a estar caracterizado, entre otras cosas, por dos nuevos intentos de conseguir adaptar con éxito un videojuego. Me estoy refiriendo a la inminente Warcraft y a la esperada Assassin’s Creed. Sin embargo, mientras llegan estos estrenos, se ha colado en la lista Angry Birds, la adaptación en dibujos animados del popular juego para móvil que arrasaba hace unos años llegando a convertirse en todo un fenómeno social.
De la mano de Sony, Angry Birds es una lujosa producción que cuida con todo lujo de detalles una animación magnífica que nada tiene que ver con esa patochada de la semana pasada, Ratchet and Clank, pero en la que no han andado tan finos en cuestiones de guion.
Con el sencillo juego como punto de partida no es que haya mucho que explicar sobre un argumento que básicamente explica cuál es el origen de la rivalidad entre pájaros y cerdos y busca excusas para conseguir escenas que parezcan calcadas a las partiditas que todos conocemos. A partir de ahí, la trama, con unos personajes demasiado planos y poco definidos, y un ligero toque de moralina (el clásico inadaptado que termina alzándose como el héroe de la historia), avanza a trompicones más centrada en una sucesión más o menos afortunados de gags que de otra cosa.
Sin embargo, y pese a los palos que está recibiendo por parte de la crítica, lo cierto es que tiene una acción tan frenética y delirante que a mí me ha hecho bastante gracia. Todo es un locurón absurdo y hasta estúpido, pero si vamos a ver una película sobre pájaros que no saben volar y cerdos de color verde, ¿qué nos podemos esperar?
Los directores, Clay Kaytis y Fergal Reilly, quizá conscientes de que la historia no daba para mucho, han dotado a la película de una velocidad demencial, casi desquiciante, que puede provocar epilepsia en los niños más sensibles pero que ayuda a que para el resto sea un espectáculo hipercolorista y algo violento, al viejo estilo de los Looney Tunes, que convierten la película en una errática montaña rusa que cumple su propósito de entretener y provocar algunas risas.
Y, por cierto, donde otros han querido ver una ofensivo desprecio contra la inmigración yo he visto una crítica a los abusos de colonialismo, pero, bueno, allá cada uno con lo suyo…
En fin, una tontería sin muchas pretensiones, aunque de generoso presupuesto, todo hay que decirlo, pero que se disfruta bastante bien. Aunque parece que eso solo me está pasando a mí… Y eso que yo soy más del Candy Crush

Valoración: Seis sobre diez.

FREEHELD: Amor e igualdad

Escasas semanas antes del estreno de Freeheld la joven actriz Ellen Page decidió realizar un comunicado de prensa comunicando su condición homosexual. Ahí puede estar la respuesta a porqué la protagonista de Juno ha decidido iniciarse como productora y hacerlo precisamente con una película con un claro alegato en favor del derechos de los homosexuales a ser tratados igual que los heteros. En favor de la igualdad, como diría el personaje que interpreta Julianne Moore.
Con la espléndida Carol tan reciente, uno podría esperar de Freeheld una nueva historia de amor entre dos mujeres que no aporte nada nuevo al panorama. Si añadimos a la ecuación la presencia de una enfermedad terminal la cosa ya apunta al melodrama más insoportable, con la endeble Siempre Alice, también protagonizada por Moore, en el recuerdo. Sin embargo, con el guion de Ron Nyswaner y la dirección de Peter Sollet la historia consigue ser más que un simple panfleto televisivo para convertirse en una película muy emotiva, que toca la fibra cuando es preciso sin renunciar a sutiles puntos de humor y cuyo principal acierto es en saber repartir el protagonismo entre varios personajes, de forma que el foco no está constantemente pendiente en la relación entre Stacie y Laurel, las mujeres a las que dan vida Page y Moore, permitiéndose incluso incluir un caso policial como telón de fondo.
Freeheld es la historia real de Laurel Hester, una brillante sargento de policía enfrascada a mediados del 2002 en un caso de asesinato junto a Dan Wells, al que pone rostro Michael Shannon, su compañero y amigo de toda la vida al cual, sin embargo, nunca se ha atrevido a confesar sus inclinaciones sexuales, no sólo por el temor a sus posibles prejuicios sino por preservar sus derechos en una sociedad (y una profesión) donde si ser mujer ya representa un obstáculo por sí mismo, el ser lesbiana es casi una carga imposible de llevar. Sin embargo, cuando Laurel conoce a la joven Stacie Andree surge entre ellas un amor que la obligará a bajar sus defensas y confesar su verdad, más cuando deciden comprarse una casa juntas y constituirse como pareja de hecho. 
Sin embargo, cuando detectan en Laurel in cáncer incurable, la sargento empleará todas sus fuerzas en conseguir que a su muerte Stacie tenga derecho a cobrar una pensión que le permita mantener su casa, algo lógico si fuesen un matrimonio pero que la junta de Freeholder le niega repetidamente.
Puede que la película sea, finalmente, una declaración de intenciones en defensa de los derechos de los gays, representada sobretodo en la figura de Steven Goldstein, un abogado judío gay que convierte el caso de Stacie y Laurel en una cruzada personal, pero es mucho más que eso. Con el deterioro de Laurel en segundo plano (y sin pretender recrearse en exceso en la enfermedad), la verdadera lucha de las protagonistas es mucho más simple: quieren igualdad, quieren ser tratados como un matrimonio más, quieren una pensión. Sólo eso. Por eso Freeheld es además un relato de amor incondicional, de un amor de esos que sólo la muerte es capaz de romper. Y es, además, un relato de amistad centrado en el apoyo del compañero policía. Y de dignidad, en forma de Todd, otro policía homosexual incapaz de enfrentarse a su verdad. Y de cobardía, radicalismo o integridad, según a qué miembro de la junta echemos el ojo.
Por eso, por todas las miguitas que la historia va repartiendo, por ese protagonismo compartido que no llega a hacer de esta una película coral pero permite que la mirada vaya más allá de solamente la lucha aislada de ellas dos, es por lo que esta película es mucho más que una simple Love Story homosexual, como a simple vista podría parecer.
No es un film redondo, por supuesto, pero logra emocionar sin caer en la ñoñería, y con eso me vale.

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 12 de mayo de 2016

NACIDA PARA GANAR: deshilachada comedia caduca.

Si hay dos actrices que pueden presumir de estar ante un magnífico momento profesional, estas son, sin duda Alexandra Jiménez y Belén Cuesta, prácticamente omnipresentes en las carteleras españolas en los dos últimos años.
En esta ocasión es turno de la primera, que vuelve a ser la protagonista de una comedia bastante simpática donde casi todo el peso recae sobre ella aunque son las aportaciones de los secundarios los que permiten que Nacida para ganar suba la nota.
Estamos ante el último trabajo de Vicente Villanueva, una burla de la sociedad de consumo en la que vivimos representada a través de Encarna, una chica de Móstoles encerrada en una vida anodina (casada en secreto con su antiguo profesor de literatura, muchos años mayor que ella, y condenada a trabajar de por vida en una tienda de colchones) y acomplejada por el famoso (aunque no sé yo si olvidado ya) gag de Martes y 13 sobre Encarna de Noche y las empanadillas de Móstoles, a la que se le presenta una oportunidad de enriquecerse fácilmente que la cegará y estará a punto de arrojarla por el abismo.
El principal problema que tengo con esta película, aparte de que no termina por ser tan disparatada como pretende, es que su historia está algo desfasada. Más allá del tema recurrente de Martes y 13, toda la trama gira en torno a los negocios piramidales, esas estafas tan populares hace un par de décadas que, si bien siguen existiendo hoy en día en otros formatos, han quedado desfasadas, al menos tal y como lo explica la historia. En la época de Internet y los negocios online, que se nos presente un mega negocio como el de la película basado en el boca a boca y la puerta fría parece poco creíble, no sólo desde el punto de vista del espectador sino también para los propios protagonistas. Que nadie busque, por ejemplo, opiniones sobre la empresa que pretende cambiar la vida de Encarna a través de Google se me antoja un poco, como menos, extraño. Y la presencia de Las Supremas de Móstoles triunfando or todo lo alto o tener a Antonio Hidalgo como maestro de ceremonias en una lujosa presentación sólo confirma mis palabras. Me llama la atención cuando en un momento dado el presentador dice algo como: “con el dinero que se gana aquí estoy planteándome dejar la tele”, y uno no puede evitar preguntarse: “pero, ¿todavía sale en la tele, este hombre?” Estamos ante una historia que llega quince años tarde.
Con todo, si dejamos la suspensión de la incredulidad de lado, la trama es simpática, sigue los esquemas clásicos con sus bajones dramáticos cuando todo se tuerce y el desenlace frenético y exagerado y cuenta, sobre todo, con una Victoria Abril interpretándose a sí misma que demuestra tener un gran sentido del humor y tiene, en esta auto parodia, la mejor baza de la película.
Algunos aciertos se entremezclan con decisiones argumentales dudosas que confieren a la película un empaque irregular, que permite que se pueda disfrutar durante su visionado pero que no deje demasiado poso tras el mismo.  Una lástima, pues aspiraba a mucho más, pero seguramente en unos meses ni recordaré haberla visto.

Valoración: Cinco sobre diez.

LA VENGANZA DE JANE: un western demasiado lineal.

Curiosa propuesta producida por la propia Natalie Portman y que confirma que el género del western vuelve a estar muy de moda, aunque sea a través de películas pequeñas que deban aprovecharse de su paso por festivales o a eventos como La fiesta del cine para poder ser algo visibles.
Dirigida por Gavin O'Connor, La venganza de Jane narra la historia una mujer con un doloroso pasado que se verá atrapada en medio de una violenta confrontación con la antigua banda de maleantes a la que perteneció su marido y ante sólo podría tomar dos decisiones: huir o enfrentarse a ellos aunque eso le suponga abrir viejas heridas.
Si algo hay que reprocharle a la película es su trama demasiado lineal. 
Pese a estar contada en dos líneas temporales, de forma que conocemos lo que le pasó a Jane mediante flashbacks, la trama en sí es demasiado sencilla, carente de algún giro que aporte algo de emoción a la misma. Los malos rodean a Jane en su propia casa, nos explican la relación que tenían entre ellos en el pasado y hay un combate final. Sin espacio para las sorpresas.
Pese a todo, las buenas interpretaciones, el tono dramático con tintes de romance y la buena ambientación hacen que esta película, que además de la Portman cuenta con la participación de Joel Edgerton y un irreconocible Ewan McGregor, hacen que la película se deje ver con simpatía, resultando ser tan interesante como fácilmente olvidable.

Valoración: Cinco sobre diez.

EL OTRO LADO DE LA PUERTA: Previsiblemente tediosa.

Alexandre Aja es un autor que tiene cosillas interesantes como director, pero que en su faceta de productor anda algo más perdido. El otro lado de la puerta es un film que se promociona con su nombre ya que Johannes Roberts, el director y guionista de esta historia, no es nada conocido, mientras que la protagonista, Sarah Wayne Callies, es una de las actrices más odiadas del panorama actual (y si no, que se lo pregunten a los seguidores de The Walking Dead o a los que aún recuerden su paso por Prison Break).

¿Y qué nos trae en esta ocasión el señor Aja? Pues como era de esperar otra peliculita de miedo del montón, un producto que asusta lo mínimo y que es totalmente olvidable, una nueva muestra de que este género está en un estado crítico y que se necesita urgentemente alguien que sepa darle un aire fresco y no se limite a historias vacías con personajes que hacen justo lo contrario de lo que dicta la razón, subidas de música repentinas y primeros planos súbitos como únicas armas para crear acongoje.
Siendo tan floja como El bosque de los suicidios, tiene algo que me recuerda a la película que protagonizó Natalie Dormer hace unos meses, aparte de tratarse de sendas historias de mujeres capaces de todo por recuperar a un miembro de su familia. Me refiero a cierto carácter dramático que casi pesa más que el terrorífico y que invita a pensar que por ese camino habría resultado una historia más interesante.
El otro lado de la puerta narra la historia de una pareja americana que reside en la India con sus dos hijos pequeños hasta que, tras la muerte de uno de ellos en un accidente, la madre descubre una leyenda de la zona sobre un templo a través de cuya puerta se puede comunicar uno con los muertos. Una puerta que nunca debe abrirse y que ella, por supuesto, abre.
Hasta aquí, el ambiente sórdido de una India mucho menos colorista y exótica que la que nos muestran en las películas de Bollywood o, por ejemplo, en títulos como El nuevo exótico hotel Marigold, estaba funcionando bastante bien, pero de golpe todo se vuelve previsible, repetitivo y anodino. Una peli más del montón que no debería interesar a nadie y que sin duda va a pasar desapercibida por nuestras carteleras para caer en el limbo de los títulos olvidables del año.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 8 de mayo de 2016

EL OLIVO: ¡Qué bello es crecer!

El Olivo es la última película como directora de la también actriz y guionista Iciar Bollaín, que tras las experiencias de Katmandú y También la lluvia vuelve a contar con un libreto de Paul Laverty, colaborador habitual de Ken Loach.
Protagonizada por Javier Gutiérrez, que consigue dotar de gran sensibilidad a un personaje que sobre el papel podría caer en lo caricaturesco, y Pep Ambrós, con otra gran interpretación donde las miradas y los silencios dicen más que las palabras, aunque se pasa también por ahí Juanma Lara, la película es sobre todo un ejercicio interpretativo de la joven  Anna Castillo, una barcelonesa de veintidós años que aunque lleva ya un tiempo rondando el mundillo del cine y la televisión dará el despegue definitivo con esta película, que le va a suponer un trampolín a la fama tal y como le pasó a Natalia de Molina con Vivir es fácil conlos ojos cerrados . Anna Castillo consigue componer un personaje que puede ser odiosamente irritante en muchos momentos del film y, aun así, enternece. Soporta magníficamente muchos primeros planos que muestran un catálogo de sentimientos atronadores y logra conmover al espectador con una historia que, sin ella, sería una torpe noñada.
El Olivo cuenta como un árbol milenario simboliza para un viejo campesino de Castellón todo lo que la vida le puede ofrecer, cayendo en una profunda depresión cuando su familia decide venderlo a cambio de una pequeña fortuna. Doce años después, el anciano apenas reconoce el mundo que lo rodea, encerrado en lo más profundo de su propia mente, y el dinero, tal y como él mismo había predicho, ha desaparecido, invertido en un negocio que, como muchos otros durante esta crisis que quien sabe si realmente ha terminado ya, ha caído en desgracia.
Alma, la nieta que con ocho años convirtió a ese olivo en un compañero de aventuras y cuyo amor por su abuelo es infinito, no puede soportar ver al muerto viviente en que el hombre se ha convertido, y convencida de que solo la recuperación del árbol puede devolverlo a la realidad del presente, se embarca en una absurda cruzada junto a su tío y un compañero de trabajo (enamorado no muy secretamente de ella) para recuperarlo de una multinacional energética de Dusseldorf que lo utiliza como símbolo institucional en el hall de su sede central.
El Olivo es un cuento de hadas, una historia imposible sobre la fuerza de voluntad y el deseo que, fiel a las crónicas sociales habituales en el tándem Bollaín/Laverty, refleja los problemas de la época que nos ha tocado vivir. Un cuento que, como sucedía en las películas de Frank Capra, resulta imposible de creer, pero que a la fin, su verosimilitud es lo que menos importa al lado de una reflexión cargada de sentimentalismo y ternura, con personajes cargados de “buenismo” que nos invitan a creer en lo imposible y a tener esperanza en el futuro, por amargo que este pueda llegar a tornarse.
El Olivo es una metáfora, redundante en algunos momentos, sobre la vida misma. Y Bollaín construye sus raíces con solvencia, alternando risas y lágrimas y emocionando cada vez que se lo propone.
En un fin de semana que continúa con la resaca de Civil War y dónde la proximidad de la Fiesta del Cine ha invitado a las distribuidoras a sacar toda la purria que tenía en sus cajones, de nuevo una película española ha sido la que me ha salvado del tedio general. Y esto no puede ser ya simple casualidad…

Valoración: Siete sobre diez. 

TINI, EL GRAN CAMBIO DE VIOLETTA. Sólo para incondicionales.

Dicen los que saben de estas cosas que el origen de Violetta es una serie televisiva de Disney Channel que surgió en 2012 y que consta de tres temporadas. Para mí, la tal Violetta era tan solo una cantante cuya imagen aparecía en las mochilas y carpetas de las niñas hace un par de años, compitiendo por destacar en los escaparates de las tiendas con las Monster High y Hello Kitti. Por ignorar, ignoro incluso en qué número tengo memorizado el Disney Channel ese.
Digo esto para dejar claro de antemano que yo no soy el público objetivo de esta película, ni de lejos, y que eso debería tenerse en cuenta a la hora de leer esta opinión.
Por otro lado, como sea que yo exijo a las películas algo más que una objetividad prefijada, declaro mi derecho a poder enfrentarme a ella sin complejos, tal y como me sucediera, por ejemplo, con El Séquito, una película que también era el cierre de una serie que yo desconocía y que pude disfrutar bastante (otro ejemplo de serie finiquitada en cine podría ser FireFly y Serenity, de Joss Whedon ambas).
Sin embargo, en el caso de Tini, el grancambio de Violetta, que no deja de ser un cambio de nombre e imagen a la chica Disney esta, uno tiene que imaginarse las cosas a medida que suceden, ya que no hay una mínima presentación de personajes ni nada parecido, como si se tratase de un capítulo más de su serie. Primer punto en contra.
La historia, en sí, es la de siempre. Alguien que va a un pueblecito de la costa mediterránea a pasar unos días y lo que allí encuentra le cambia la vida para siempre, quedando atrapado por la belleza del lugar y sus gentes. En lo que llevamos de año, sin ir más lejos, se ha tocado ese tema en Bienvenidos a Grecia o Cegados por el sol, pero referentes los tenemos a miles, como Mamma mía! o Walking on Sunshine para no salirse del género musical.
Tini es un despropósito fílmico, con lunas que permanecen completamente llenas durante varias noches, festivales de música sin más artistas a concurso que la protagonista, personajes que recorren miles de kilómetros en menos tiempo de lo que otros tardan en cruzar media isla, móviles que nadie utiliza cuando de verdad hacen falta… y así un sinfín de sinsentidos que sin duda no importarán a las incondicionales de la estrella argentina pero que para el resto del mundo resultan casi insultantes.
Por lo demás, típica película ñoña de amores de verano puros y castos, amigos fieles hasta la muerte y descubrimientos que permiten conocerse a uno mismo al ritmo de las empalagosas tonadas de esta artista argentina. Y por ahí en medio, haciendo de “matrona italiana” sin saber muy bien porqué, Ángela Molina.
Lo dicho, para incondicionales y poco más.

Valoración: Cuatro sobre diez.

RATCHET AND CLANK: Videojuego de copia y pega.

Ratchet and Clank es una saga de videojuegos creada por Sony para Playstation 2 y que sigue activa en las consolas de última generación. 
Ahora ha dado su salto al cine en forma película generada por ordenador que parecen haber puesto más empeño en los actores de doblaje (entre los que se incluyen Paul Giamatti, John Goodman, Rosario Dawson o Sylvester Stallone entre otros) que en su adaptación propiamente dicha.
Y es que desde la primera escena uno ya descubre que no está ante una gran película, ya no comparándola con un producto Disney o Pixar, sino a años luz de producciones Dreamworks, Universal o la patria Lightbox Entertainment. Vista en mi caso concreto en formato 2D, los personajes presentan un aspecto plano, con una calidad pobre en sus ambientaciones y con la constante sensación de que estamos ante la demo de un videojuego más que ante una peli de gran presupuesto. Incluso me parecía por momentos estar ante un anuncio del equipo Actimel.
En el guion la cosa tampoco va mucho más allá, con una mezcla entre Star Wars y Guardianes de la Galaxia sin que se hayan molestarlo en disimularlo mucho y con el trasfondo clásico del pequeño anónimo que termina siendo el héroe.
Pese a los intentos de incluir algo de humor mordaz y paródico, la suma del conjunto es muy pobre, aburrida para adultos y, por lo que pude presenciar en la sala, también para niños. Una de esas películas de simple entretenimiento infantil que tengan muy claro lo que van a ver y para fans, si los hay, de la saga.

Valoración: Cuatro sobre diez.

INFILTRADOS EN MIAMI: humor estúpido y poco más.

Hace apenas unos meses al actor Chris Rock presentó la gala de los Oscars basando casi todo su discurso en la polémica racial que acompañó a los días previos a la ceremonia. Muchas de las bromas tenían como objetivo a Kevin Hart, que cuando tuvo la oportunidad de subir al escenario sus bromas siguieron por ese camino. No es este lugar para hablar sobre si había este años actores de color merecedores de ser nominados al Oscar o no, pero sí aprovecho para sugerir al señor Hart que contemple su obra y sabrá, al menos, porqué algunos actores de color en concreto jamás merecerán ser nominados. Quizá, ni invitados entre el público.
Y es que Infiltrados en Miami es una oda a la estupidez de esas que en los ochenta habrían sido definidas como “carne de videoclub” y que se ha estrenado vaya usted a saber por qué motivo. Imagino que para intentar quitar público a películas que lo merezcan más durante la Fiesta del Cine de la semana que viene, digo yo.
Con un título engañoso que pretende favorecerse de la saga de Phil Lord y Christopher Miller (Infiltrados en clase e Infiltrados en la universidad), con la que no tiene nada que ver, esto es en realidad la secuela de una peli del 2014 que aquí se llamó Vaya patrulla que si se estrenó en cines yo ni me enteré.
Clásica comedia “de colegas” en la que un inépto termina salvando el día (aunque me pregunto si no es en realidad más inútil el policía interpretado por Ice Cube, que va de duro, que el de Hart) pasando por todos los tópicos del género. No faltan, por supuesto, las escenas videocliperas con chicas en biquini, coches despampanantes y panorámicas aéreas nocturnas de la ciudad en una película cuyo guion podrían haber rescatado de cualquier fotocopiadora y con dos actores totalmente espantosos a los que no encuentro la gracia al lado de los cuales Olivia Munn, a la que veremos en breve como mutante en X-men: Apocalipsis, parece destacar, por más que lo más destacado que hace es lucir escote en la escena de la fiesta. Para completar la cosa tenemos por aquí a Ken Jeong, que aunque este sí sepa ser gracioso su personaje termina siendo siempre más o menos el mismo.
En fin, una tontería como una casa, totalmente intrascendente, que no molesta pero tampoco merece ni el dinero ni el tiempo invertido en verla. Hay cosas mejores, afortunadamente… Eso sí, apuesto a que pese a todo tienen su público. Por algo las siguen haciendo…

Valoración: Cuatro sobre diez.

TRIPLE 9: Cine policíaco sin alma.

Un gran reparto y un director reconocible no siempre son sinónimo de éxito, y en Triple 9 tenemos la mejor demostración.
Hace poco comentaba que películas españolas como Cien años de perdón, aún lejos  de no ser perfecta, no tenía nada que envidiar a los thrillers americanos más convencionales, y aquí tenemos un buen ejemplo de ello: una película de muchas pretensiones pero que no consigue atrapar al espectador en ningún momento. Y no es porque sea aburrida, que tampoco es eso, sino que no se consigue hacer un trabajo de desarrollo de personajes suficientemente interesante como para poder empatizar con ninguno de ellos, ya sea a un bando o al otro de la ley, y la mayoría o te caen mal o te producen indiferencia. Y eso es una de las peores cosas que le puede suceder a una peli de estas características.
Dirigida por John Hillcoat, autor de La Carretera o Sin ley, por ejemplo, la película está protagonizada por Cassey Affleck, Anthony Mackie y Chiwetel Ejiofor como personajes más destacados, pero también pasan por ahí Woody Harrelson, Aaron Paul, Clifton Collins Jr., Norman Reedus o Kate Winslet como la mala malísima, cerrando el casting de forma totalemnte desaprovechadas Gal Gadot y Teresa Palmer con sendos papeles floreros.
La cosa va de un grupito de delincuentes empleados por la mafia judía rusa, compuesto en parte por agentes de policía corruptos, que para realizar un atraco casi imposible deciden recurrir al asesinato de un policía (código 999 que da título al film) y así concentrar toda la fuerza de la ley al otro lado de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, el “elegido” será un chico nuevo en la comisaría, casualmente el nuevo compañero de uno de ellos, casualmente un tipo decente y buen padre de familia, y casualmente también que salvará la vida de su compañero corrupto poco antes del día del golpe. Como se puede apreciar, todo muy previsible.
No hay nada original en esta peli, nada que no se adivine antes de que suceda. Y es imperdonable que un guion resulte tan previsible precisamente cuando se nota que sus intenciones son precisamente las de sorprender al espectador.
Al final, hay que conformarse con dejarse llevar por la historia y pasar un rato distraído con algo que sin ser malo, tampoco pasa de ser un capítulo alargado de cualquier procedimental televisivo. Lástima.

Valoración: Cinco sobre diez.