Viendo
esta película hay dos títulos que inevitablemente me vienen a la memoria. Y no se trata de ninguna de las cintas
catastrofistas que tan bien sabe plasmar en pantalla Ronald Emmerich (aunque
también), sino que hablo más bien de Titanic
de James Cameron y Pearl Harbor, de
Michael Bay. En los tres casos se trata de espectaculares superproducciones, con
grandes efectos visuales, cargados de épica y basados en historias reales.
Y en
los tres casos se rodean de una historia romántica que flojea por todas partes
con unas interpretaciones mediocres que en ningún caso deben empañar el
espectáculo visual que debe imperar en todo momento. Aunque Bay se tomó ciertas
licencias en su narrativa, tanto Cameron como ahora Paul W.S. Anderson han
tratado de plasmar la realidad de la tragedia histórica con una fidelidad casi
literal. Naturalmente, este tipo de películas tienen un grave problema. Sus
directores suelen estar enamorados de un periodo clave de la historia, pero si
se limitasen a plasmar esos hechos sin más estaríamos hablando de documentales
y no de películas, así que deben rellenar la hora y media de metraje que no
corresponde a bombardeos, hundimientos o erupciones con algo que, a la postre,
no va a interesar a casi nadie más que como aperitivo a la gran traca final. En
los tres casos, además, se apuesta por una trama romántica para cautivar al
público femenino.

Así,
Pompeya pretende vendernos la
historia de Jon Nieve, digo de Milo, el único superviviente de una tribu
celta a manos de una legión romana que crecerá como esclavo con la idea de la
venganza grabada a fuego en su mente (¿alguien ha nombrado a Conan?). Ya como
adulto es enviado a Pompeya como esclavo para luchar en la arena contra otros gladiadores
donde, como en la reciente (y penosa) Hércules
se convertirá en el mejor amigo y aliado del que se supone su mayor rival, el señor
Eko, digo Atticus. Aparte de luchar por su vida en los calabozos de
Pompeya, con situaciones que recuerdan a cualquier película carcelaria, tiene
tiempo el chico para enamorarse de Casia,
una bella doncella ya que, como es natural, no va a conformarse con una
sirvienta cualquiera, sino que el niño se encapricha –y viceversa- de la hija
de un rico mercader que es quien parte el bacalao en la villa romana. Para
complicar la historia de la dama y el vagabundo entra en escena Jack Bauer,
digo Corvus, un senador romano que no solo quiere llevarse a la ciudad eterna a
Casia sino que además es quien comandó la legión que aniquiló el pueblo de Milo
(y es que en el fondo el Imperio Romano era un pañuelo).
Como se puede ver, un
reparto muy televisivo (a Kit Harington, Adewale Akinnuoye-Agbaje y Kiefer Sutherland
les acompaña Jared Harris de Mad Men
como padre de Casia, Sasha Roiz, de Caprica,
como mano derecha de Corvus y solo la inolvidable Trinity de Matrix, Carrie-Anne
Moss aporta el caché
cinematográfico suficiente). Sólo esto podría ser ya una muestra de lo poco que
interesa a los productores la historia que se cuenta como relleno, cuya única
finalidad es la de mostrar cuerpos musculosos, peleas espectaculares y una
ligera tensión sexual adornando este triángulo amoroso calcado del que
inmortalizaron Leonardo Di Caprio, Kate Winsley y Billy Zane en Titanic. Pero es entonces cuando debemos
recordar al protagonista real de la película, el Vesubio, la “montaña” que
gruñe junto a Pompeya por designio de los dioses, presencia impresionante en la
mayoría de planos generales de la película y origen y final de todo lo que
verdaderamente interesa a Paul W.S. Anderson de su historia.
Pompeya no es una obra maestra, pero tampoco pretende serlo
en ningún momento. Es trepidante, impresionante, adrenalítica y muy
espectacular. Y toda la marabunta de tópicos que se apelotonan en su trama
argumental se compensa por la fidelidad absoluta que con la que se describe la erupción
del Vesubio y la devastación de Pompeya. Tal fue la tragedia que sufrieron los
habitantes de esa villa de recreo romana que es importante insistir en el asesoramiento
de historiadores y geólogos para no caer en el error de que lo visto en
pantalla pueda ser una exageración en pos del espectáculo, ya que vamos a
contemplar terremotos, erupciones volcánicas y hasta un tsunami.

Así
pues, magnífica la historia de Pompeya, flojita la de Milo y Casia.
Técnicamente perfecta, es absurdo exigirle una historia a la altura cuando, en
realidad, poco nos va a importar el destino de sus protagonistas. Quizá por eso
en lo único que flojee Anderson es en poner el peso dramático final en sus
personajes en lugar de estremecernos con los miles de muertos anónimos, quizá
sin percatarse de que en la referenciada Titanic
emocionaba mucho más con los planos de los cadáveres sumergidos que con la
cafre de Rose negándole un hueco de la balsa al desdichado Jake.
Humo,
lava, rocas incandescentes y mucha ceniza. Y, por en medio, alguna que otra
pelea de gladiadores. No pidamos más. Es suficiente para disfrutar.
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