A
estas alturas de la película no seré yo quien se extrañe (y mucho menos se
queje) del abuso que está haciendo Hollywood de hacer remakes de sus propias
películas, aunque este verano está siendo especialmente sangrante. Evitando
caer en la tentación fácil de criticar una película antes de verla (aunque me
apetece muy poco hacerlo, la verdad), estamos a punto de recibir a un nuevo Ben-Hur, más tarde llegarán Los Siete Magníficos y aún estamos
pendientes del resultado comercial que tengan las nuevas Cazafantasmas. Y en medio de todo esto llega Peter y el dragón, remake de un clásico Disney que por estas
tierras se tituló Pedro y el dragón
Eliott y que supuso una revolución al combinar dibujos animados con acción
real.

Sí
tiene la película un aire muy clásico, al menos en su concepción, que recuerda
las comedias familiares de la época de Mary
Poppins o La bruja novata, donde
no hay buenos ni malos y todo se soluciona de la forma más sencilla e ingenua
posible. Es ese sentido, Peter y el
dragón es una comedia muy blanca e infantil que, sin embargo, se deja ver
con agrado por espectadores de cualquier edad.

Con
un reparto de verdadero lujo (Bryce Dallas Howard, Robert Redford, Wes Bentley
y Karl Urban), quienes realmente se llevan la palma son los pequeños de la
función, maravillosos Oakes Fegley y Oona Laurence, que enamoran a la cámara y
hacen creíbles lo increíble de sus personajes.
En
Peter y el dragón no hay cabida para
la verosimilitud ni la coherencia. Todo es muy absurdo, tramposo y pillado por
los pelos, pero da igual, ya que de lo que se trata es de un cuento sin hadas
pero con mucha magia destinado al niño que todos llevamos dentro. Y por eso
podemos aceptar que una bestia salvaje que vuela, se mimetiza con su entorno y
puede escupir fuego sea, en realidad, tan adorable como un cachorro. Y es que,
aunque estemos saturados de tanto Hobbit y tanto Juego de tronos la realidad
es que, pese a todo, los dragones siempre molan.
¿O
no?
Valoración:
Seis sobre diez.
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