sábado, 30 de diciembre de 2017

LO MEJOR DEL 2017

Estamos apurando las últimas horas del año y en estas fechas, ya sin estrenos pendientes, lo habitual es que todos aquellos a los que nos gusta esto del cine hagamos nuestras listas con lo mejor y lo peor.
No ha sido un año especialmente brillante, con lo que se me ha hecho realmente difícil elegir lo que más me ha gustado. Han habido muchas buenas películas, no lo voy a negar, y algunas de ellas me han gustado mucho (las hay incluso que he aplaudido aunque todo el mundo las haya puesto a caer de un burro), pero de ahí a encontrar obras maestras...
Casi me he tenido que remontar a principio de año para empezar a destacar películas, recuperando aquellos títulos casi olvidados que, por aquello de haber competido en los Oscar se nos antojan del año pasado. 
Por fortuna, estas últimas semanas la cosa ha remontado y he podido disfrutar de unos cuantos títulos dignos de entrar en mi lista.
Al final, me he decantado por hacer una lista con doce títulos, que paso a enumerar a continuación según el orden cronológico de estrenos.
 Ciudad de estrellas (aunque pasarán años y años y todo el mundo la conocerá siempre como La la land!): Porque tiene algo de mágica y su escena/epílogo final es emotiva e inolvidable.
 Figuras Ocultas: Por ese aroma clásico que permite que una película sea amable a la vez que un alegato en contra del racismo.
 Vivir de noche: Porque pese a estrellarse en taquilla y pasar casi desapercibida Ben Affleck es para mi uno de los mejores directores contemporáneos, y aquí dejó constancia de ello.
 Ballerina: Porque hay vida más allá de Disney y esta pequeña joya así lo demuestra.
 Logan: Porque de vez en cuando apetece una peli de superhéroes que respete el espíritu del personaje y sepa ser entretener con un tono serio y adulto.
 Your name: Porque es una de las historias más impactantes de los últimos años y sus giros de guion me lograron pillar por sorpresa.
 Baby driver: Edgar Wright. ¿Hace falta decir algo más?
 La guerra del planeta de los simios: Porque es el colofón perfecto a una trilogía redonda.
 Madre!: Porque es capaz de sacudir el alma aunque no tengas claro lo que está pasando en pantalla. Y días después de haberla visto, logra permanecer en el recuerdo.
 El sacrificio de un ciervo sagrado: Porque es hipnótica, amarga y descorazonadora. Y, al final, el cine es emoción, para bien o para mal.
 Coco: Porque es la obra maestra de la animación de este siglo, ¿os parece poco?
 The disaster artist: Porque deprende amor al cine por todas partes, ya sea en manos de su actor/director o en la visión del personaje retratado.
No son todas las que están ni están todas las que son. Por eso, me gustaría mencionar alguna otra que, quizá no esté a la altura de estas, pero me hicieron disfrutar, que de eso se trata. 
Títulos como Train to Busan (diversión zombie a raudales), Llega de noche (una de terror que no es una patochada), Barry Seal (Cruise siempre mola), It (por fin alguien que entiende a Stephen King), Atómica (Charlize Theron siempre debe estar en cualquier lista que se precie) o Wonder Wheel (uno de los mejores Allen). 
Y aunque no merezcan estar en las listas de las mejores películas, quiero reivindicar algún film más vapuleado por la crítica como Alien Covenant, La Momia, Billy Lynn o Valerian y la ciudad de los mil planetas.
En el apartado español no han habido grandes pelotazos como oros años, pero sí alguna película muy interesante. Cuatro de ellas, desde mi punto de vista, han estado por encima del resto:
 Verónica: Porque es mucho más que simple terror al uso.
 La llamada: Porque es un musical desenfadado y muy agradable.
 Perfectos desconocidos: Porque es uno de los trabajos más regulares de Álex de la Iglesia.
 Colosal: Porque es una locura brillante y con trasfondo.
Bueno, pues esta es mi lista de los destacados. ¿Encontráis alguna a faltar? Si es así, ya sabéis donde dejar los comentaros. El debate está abierto...

Reflexiones catódicas: LO QUE HAY QUE VER

Despedimos el año y, como no podría ser de otra manera, las reflexiones televisivas de este mes debían versar sobre lo que hemos podido ver este año y lo que podemos esperar del próximo.
El cuento de la criada ha sido la serie más galardonada en los Emmy, aunque ello no implica que haya sido la serie más comentada. Ese privilegio, una vez más, le corresponde a la séptima temporada de Juego de Tronos, que sigue siendo la reina indiscutible de la pequeña pantalla. Su gran competidora es The Walking dead, como cada año, aunque parece que el aumento de acción de esta temporada no se ha correspondido con el aumento de una audiencia ya demasiado agotada. Y, por supuesto, en el podio de honor, habría que mencionar a la segunda temporada de Strangers things, que aunque haya dividido a sus seguidores sigue arrasando y ya ha sido renovada para una tercera temporada.
En el terreno de la comedia The big bang theory continúa arrasando, aunque no parece que el spin off de El joven Sheldon haya calado hondo.
Tendrá más o menos calidad, defensores y detractores, pero está claro que Netflix es la que más a dado que hablar. Primero fue con Por trece razones, acusada de incitar al suicidio juvenil, y ahora es el turno del porno y la prostitución con The Deuce. Por medio ha habido otros estrenos destacados como Glow o la primera producción patria, Las chicas del cable, que acaba de estrenar su segunda temporada. También nos ha ofrecido pequeñas joyas como Godless o Mindhunter, y ha seguido ampliando su Universo Superheroico con Los Defensores y The Punisher.
Ha sido un año de fuertes apuestas españolas, como la divertida (a la par que incómoda) Vergüenza o la arriesgada La Zona. Mientras, La casa de Papel ha sido la mejor propuesta de las cadenas generalistas, aunque también hemos sufrido desastres como El Incidente.
Volviendo con plataformas de streaming, Amazon ha estrenado la primera serie de Woody Allen, Crisis en seis escenas, y ha versionado a Neil Gaiman en American Gods.
Pero HBO no iba a quedarse a la zaga y una de sus apuestas más exitosas ha sido Big Little Lies, con Nicole Kidman y Reese Whiterspoon entre otras grandes estrellas. Y también cargada de estrellas estaba Feud: Bette and Joan, esa serie sobre las convulsas relaciones entre Bette Davis y Joan Crawford.
Y, por supuesto, no podía dejar de mencionar el regreso de Twin Peaks, tan alabada por unos como odiada por otros.
Y si estas son algunas pinceladas de lo que nos trajo el 2017, en el año que estamos a punto de estrenar no van a ser pocas las novedades, algunas realmente apetitosas.
Volviendo al tema de Juego de Tronos, ya sabemos que la última y esperada temporada no llegará hasta el 2019, así que el año que viene estaremos huérfanos de Lannisters, Starks y Targaryens... Para contrarrestar, hay otras propuestas ciertamente muy interesantes:
Uno de los reyes de las producciones televisivas, Ryan Murphy, se pasa a los policíacos con 9-1-1 para la Fox, con Angela Bassett como estrella principal.
Netflix vuelve a ser la que presenta más novedades jugosas. Quizá temiendo que el acuerdo entre Disney y Fox termine con sus superhéroes Marvel fuera de la cadena, se han quedado con los derechos de distribución de Black lightning, serie de DC que, dicen, no está vinculada con el Arrowverso. 
Otro estreno muy esperado es The alienist, la primera de las dos series que tendremos este año de la mano de Cary Fukunaga, responsable de la primera temporada de True Detective que cuenta, entre otros, con la dirección de Paco Cabezas y actores de la talla de Dakota Flanning, Luke Evans o Daniel Brühl. La otra propuesta de Fukunaga es Maniac, que cuenta con el rostro de Emma Stone como garantía de éxito. Siguiendo con nombres ilustres, hay mucha expectativa con el salto de los hermanos Coen en The ballad of Buster Scruggs, la aterradora The hauting of Hill House, de la mano de Mike Flanagan (Ouija, el origen del mal), o la segunda producción española de la casa, Élite.
A la espera de ese final supuestamente apoteósico de Juego de Tronos (y sin fecha confimada para la segunda temporada de WestWorld), HBO confía en los mismos productores para Confederate, ambientada en la guerra de secesión americana. Steve Soderbergh sigue apostando por la televisión con Mosaic, para lucimiento de Sharon Stone, Amy Adams será la imagen de Heridas abiertas y el fin de ETA centrará la primera producción española de la cadena con Patria, adaptación de la novela homónima de Francisco Aramburu.
Siguiendo con apuestas españolas, Movistar estrenará al fin La peste, del genial Alberto Rodríguez, e insistirá con la comedia con Mira lo que has hecho, protagonizada por Berto Romero.
Personalmente, el proyecto que más me ilusiona llegará de la mano de Hulu y J.J. Abrams con Castle Rock, donde se creará un universo propio basado en diversas novelas y relatos de Stephen King ambientados en esa imaginaria población de Maine. Tampoco pinta nada mal Good omens para Amazon, nueva adaptación de Neil Gaiman en la que David Tennan y Michael Sheen interpretan respectivamente a un demonio y un ángel que deben formar equipo.
Los superhéroes no van a faltar en la lista de novedades, y mientras en Freeform se estrenará Cloak & Dagger (adaptando a Capa y Puñal de Marvel) mientras que en SyFy recaerá Krypton, precuela donde conoceremos los entresijos familiares de los antepasados de Superman.
Otras propuestas a tener en cuenta esta temporada son The Terror, de Ridley Scott para AMC y Yellowstone, en Paramount, con la que Kevin Costner vuelve a pasearse por ese oeste que tanto le agrada. Y no hay que olvidarse de las dos privadas españolas, pues Telecinco ha apostado muy fuerte con La Verdad, avalada por los creadores de El Príncipe, mientras que Antena3 ha optado por versionar La catedral del Mar, novela de Ildelfonso Falcones, en clave superproducción.
Estas son algunas de las series más esperadas por los fanáticos de las series, que también tendrán espacio para la nostalgia con la recuperación de clásicos como Roseanne, o los espin off de Anatomía de Grey (ambas series de ABC) o el de Sons of Anarchy (Mayans MC, para FX).
Muchos títulos sin duda interesantes, a los que se añadirán esos otros que llegan casi por sorpresa, mientras que hay algunas propuestas muy esperadas cuya incertidumbre en cuanto a su fecha de estreno me invita a ser algo cauto. Me refiero, por supuesto, a la anunciada serie de imagen real de Star Wars, a la apuesta de Amazon por adaptar El Señor de los Anillos o a la nada segura continuación de la película de La Torre Oscura.

THE GREATEST SHOWMAN, el último gran musical.

Empezó el año (al menos en las pantallas españolas) con Ciudad de Estrellas (La la land) y lo terminamos con otro musical, The greatest showman. Con ello se completa un círculo en el que, para terminar de cerrar mejor el asunto, los autores de las piezas musicales son los mismos. Y solo por ello va a ser inevitable comparar ambas producciones.
No hay duda de que en el apartado visual Damien Chazelle es más adelantado que Michael Gracey, que debuta en la dirección con esta aparente biografía de P.T. Barnum. No esperen encontrar aquí imposibles planos secuencias ni la maestría que tenían algunas secuencias de la triste historia de amor entre el músico de jazz y la aspirante a actriz, pero ello no significa que no hayan lujosas y espectaculares coreografías y que, desde el punto de vista más formal, este sea un musical más redondo que La la land, donde habían demasiados momentos donde se echaba en falta más canciones. Además, aunque la presencia allí de Emma Stone era impagable, hay que reconocer que en cuanto a lo que carisma se refiere Ryan gosling no le llega a Hugh Jackman a la altura de los zapatos.
Jackman se mueve como pez en el agua en el terreno de los musicales, ya sea por su gran trabajo como presentador de los Oscars o por se de lo único salvable en aquella insípida y teatral adaptación de Los Miserables, y por ello solo los recovecos del guion (que dan una importancia bastante elevada a una subtrama romántica entre los personajes de Zac Efron y Zendaya) impiden que él solo se coma toda la película, eclipsando a todo lo demás.
The greatest showman dice ser un biopic de P.T. Barnum, pero ni se profundiza lo suficiente en su figura ni se ofrece una fidelidad extrema como para no reconocerlo como una simple excusa, una treta para hablar (como ya sucedía en The disaster Artist, también con Efron de secundario) sobre un hombre que persigue sus sueños y los límites que es capaz de cruzar para alcanzarlos.
The greatest showman tiene grandes nombres en su reparto, todos ellos capaces de brillar con luz propia (me quedé hipnotizado con la belleza y la voz de Rebecca Ferguson), aunque quizá Michelle Williams mereciera algo más de peso en la trama. Pero al final, por más que se quiera hablar de una especie de “ceniciento” que logra triunfar pese a sus humildes orígenes, aunque sea una oda a la integración y la igualdad sin importar razas o deformaciones, aunque sea una historia sobre el amor, la familia y la amistad, aunque los números musicales tengan magia y el espectáculo visual sea por momentos acaparador, nada logra al fin hacer sombra a Jackman.
El ya retirado Lobezno es el motor, para bien y para mal, de toda la historia, tal y como Barnum lo debía ser en su propio mundo, y solo por él ya valdría la pena pagar la entrada.
The greatest showman tiene sus deficiencias, no voy a negarlo, y quizá falta algo más de profundidad y reflexión en su sencilla historia, mucho más amable que la realidad que envolvía a Barnum, pero desprende un amor y un cariño por parte de todos sus realizadores (ahí está Bill Condon, autor de Chicago que este año ha arrasado como director de La bella y la bestia, colaborando en el guion; o James Mangold, amigo personal de Jackman y director de Logan, como productor), y es, en resumen, un gran espectáculo musical, un ejemplo de locura y maravilloso caos donde todo es posible y la magia es tan real como los gigantes, los enanos, las mujeres barbudas y otros encantadores engendros.

Valoración: Ocho sobre diez. 

THE DISASTER ARTIST, la inexplicable magia del cine.

The Room es una película que Tommy Wiseau pagó de su propio bolsillo con tal de poder dirigir y protagonizar su propio guion. O quizá considerarla película se demasiado generoso. Lamento profundamente no haber podido “disfrutar” Todavía de ella, pero parece ser un engendro tal que merece el nombramiento de “peor película de la historia”. Sin embargo, tiene algo mágico, algo tan horriblemente encantador que, una vez superado el shock inicial, se convierte en una comedia involuntaria que miles de fans entregados han disfrutado en sesiones especiales hasta convertirla en obra de culto.
James Franco es uno de esos fans entregados, y tras leer el libro autobiográfico The disaster artist: my life inside the room, the greatest bad movie ever made que Greg Sestero, el mejor amigo de Wiseau amén de coprotagonista de The Room, escribió sobre ese infernal rodaje, decidió convertirlo en su próximo proyecto como director (y el primero que se estrena en nuestro país).
Quizá como trabajo cinematográfico The disaster artist sea algo limitado (a Franco le queda aún mucho camino por recorrer), pero como muestra de la magia que puede encontrarse en esta locura que es el mundo del espectáculo resulta casi una obra maestra.
Es tentador comparar The disaster artist con el Ed Wood de Tim Burton, ya que ambas juegan a lo mismo, a utilizar la figura de un supuesto artista, totalmente incompetente y falto de talento, para hacer una oda al mundo del espectáculo, a eso tan difícil de definir que solemos calificar como “la magia del cine”. Por eso, The disaster artist, además de ser una comedia tronchante y servir como crónica de un rodaje y retrato agridulce de un creador, es una lección sobre como luchar por cumplir los sueños, en una alegoría sobre la superación y la amistad y la demostración de que los sueños, como en algunos cuentos de hadas, sí pueden hacerse realidad.
Wiseau, como Wood, es un tipo excéntrico, alguien por quien nadie en su sano juicio daría un duro, y que solo con el apoyo de un aspirante a actor sin demasiado talento como Sestero (en un soporte anímico similar al de Lugosi respeto a Wood) es capaz de seguir peleando. Como James Dean, ambos creen en sí mismos, por más que el resto de la industria les desprecie. Claro que ninguno de ellos es James Dean...
Franco no está a la altura de Burton, y es por ello que su película tiene alguna carencia visual, quizá demasiado plana para lo que el resto del conjunto merece, pero su interpretación es tan perfecta, y la recreación del mundo (y la película, lo que es más o menos lo mismo) de Wiseau es tan exacta que todo lo demás se le puede perdonar. De hecho, su mayor virtud es saber imitar a un tipo tan caricaturesco sin caer, precisamente, en la caricatura, y convertir su adaptación en un homenaje. Y es que, al fin de cuentas, la visión de Franco sobre Wiseau está hecha desde el respeto y la admiración.
Y es que, al final, no deja de tener su mérito conseguir hacer una película de culto, tal y como atestiguan algunos rostros reales (aparte de los cameos que se dejan ver por la película) dando sus impresiones sobre The Room.

Valoración: Ocho sobre diez.

DANDO LA NOTA 3: merecida despedida a las Bellas

El humor gamberro y estereotipado es un subgénero en sí mismo que ha causado no pocos bodrios, habitualmente inclinados al chiste fácil y de sal gruesa. Si buscamos su vertiente femenina y lo disfrazamos de musical (a capella, nada menos), el desastre podría estar confirmado.
Y, sin embargo, Dando la nota demostró en el 2012 que cuando las cosas se hacen bien no es tan difícil que algo así funcione.
No creo que en su momento Jason Moore imaginara que su película daba para convertirse en franquicia, pero Dando la nota 2: aún más alto llegó en 2015, siendo una obra muy disfrutable, casi de lo más divertido de ese año, con lo que una nueva secuela era casi obligatorio.
Con el deseo de dar un cierre de oro a la historia de las Bellas antes de caer en el agotamiento, Dando la nota 3 cambia de directora (la primera secuela vino de la mano de Elizabeth Banks) para que sea la debutante Trish Sie quien de forma al reencuentro final de este grupo de amigas (más una familia) para una última gira que las lleve hacia la madurez definitiva.
Aunque casi todas ellas tienen su propia historia y hay un momentito de lucimiento para cada una, siguen siendo Beca y Amy la gorda (Anna Kendrick y Rebel Wilson) quienes llevan la voz cantante (nunca mejor dicho), una de ellas por enfrentarse definitivamente a lo que pretende sea su futuro y la otra para resolver su conflicto paternal (con John Lithgow debutando en la franquicia).
Con un final desmadrado al más puro estilo de las comedias de acción, con buenos números musicales, interesantes coreografías y, sobretodo, un sentido del humor suficientemente ácido (y bastante políticamente incorrecto, principalmente en boca de los imprescindibles John y Gail), la película supone una buena despedida, con espacio para la nostalgia, que, si bien deja un cierto regusto rancio a gala de reencuentro de Operación Triunfo, resulta eficaz y suficientemente divertida como para perdonarle los defectos (que los tiene).
Aun sin ser imprescindible haber visto las películas anteriores para disfrutar de esta continuación, Dando la nota 3 es como el reencuentro con unas viejas amigas a las que, quizá sin ser plenamente conscientes de ello, echábamos de menos. Y si, además, la fiesta pasa por Cádiz, miel sobre hojuelas.
Dando la nota 3 es alegre, divertida y estimulante, y es el adiós que las Bellas se merecían.

Valoración: Seis sobre diez.

FERDINAND, ¡ay, torito guapo!

Desde que Pixar y Disney son de la misma compañía (aunque lo cierto es que siempre han mamado ambos de la misma teta), Blue Sky es la única productora de animación que podía amenazar la hegemonía de la “major”, destacando por encima de Sony (que posiblemente se ha acomodado demasiado a Gru y los Minions) o Dreamworks (sentenciada tras el agotamiento de Shrek). Pero podría ser que Ferdinand, que precisamente adapta un cuento que ya tuvo versión animada en un corto de, precisamente, Disney, sea la última muestra de ello tras la compra de Fox (la casa madre de Blue Sky) por parte de la casa de las orejas de ratón.
Las grandes sagas suelen propiciar buenos ingresos a las compañías, pero también amenazan con el agotamiento artístico. Blues Sky no ha escapado del todo de la maldición, agotando hasta la extenuación su Ice Age, pero al menos ha logrado destacar de tanto en tanto con productos como Peanuts o la Ferdinand que ahora nos ocupa.
Ferdinand es, pues, el último reducto de originalidad en un mundo donde el dominio del imperio Disney es abusivo y, por tanto, un soplo de aire fresco para el cine infantil, pero eso tampoco debe entenderse como que estamos antes una grandiosa película, más cuando sigue en cartelera maravillas como Coco.
Ferdinand, la historia de un toro que poco tiene de bravo, es una historia bonita pero muy poco arriesgada, que desaprovecha las posibilidades de enfrenarse con valentía al tema del sufrimiento y la muerte. Si Coco era elogiada, precisamente, por atreverse a mostrar a un niño que la vida tiene fecha de caducidad, en Ferdinand todo es demasiado acaramelado como para sacar conclusiones de ella. Incluso el mensaje antitaurino que uno podría llegar a intuir en su tramo final resulta demasiado leve, y ni siquiera la caricaturización del mundo del toreo, con el torero identificado como la figura del villano, es suficiente como para poder ofender a nadie, mientras que el argumento es demasiado clásico y previsible como para aspirar a sorprender en algo.
Con una animación correcta y momentos divertidos aunque no delirantes y las obligadas notas de tristeza que pueden agobiar a los más pequeños (el niño sentado a mi lado se pasó toda la película protestando porque lo que él quería ver era Jumanji), Ferdinand sí destaca por la belleza de sus paisajes, representando con eficaz colorido a España y sus fiestas (no solo la taurina, sino sobretodo los mercados de flores). Por eso, Ferdinand es una película divertida y agradable de ver, pero muy convencional, quizá demasiado pendiente del público infantil y que, pese a poder ser digerida sin problemas por los adultos, no les aportará nada especialmente interesante.
Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 28 de diciembre de 2017

LA CENA: la moralidad a debate

Se me hace complicado analizar de forma objetiva esta película ya que más allá de sus cualidades cinematográficas hay una decisión por parte de su realizador que me llegó a molestar hasta el punto de influir en mi valoración. Y es que agradezco como el que más el que una película no trate como idiota al espectador y tras su visionado le invite a reflexionar sobre la misma, generando debate y dejando espacios en blanco para que cada espectador los rellene en su mente, pero una cosa es eso y otra los finales abruptos que parecen ponerse de moda últimamente. Me vienen a la mente casos recientes como en La Cordillera, que más que un recurso narrativo más (como podría ser el caso de El amante doble) da la sensación de que el director no ha sabido culminar su historia, preocupado solo por el conflicto planteado. Aun sin ser siempre necesaria la resolución, un final tan abrupto invita a pensar en la desidia o incompetencia de un realizador que consigue así agriar una buena historia.
Y eso que hasta el momento el visionado de La cena era sumamente interesante, aun con su cocinado a fuego lento. Es de esas películas que tardan en arrancar, de esas que no se pueden recomendar a la ligera (en mi sala, no demasiado llena, algunos abandonaron la proyección a medias), pero que si uno consigue engancharse a la trama y al gran trabajo actoral se sigue con interés y desconcierto.
Dos matrimonios se reúnen en un restaurante de lujo para solventar un conflicto. Esa es la base del argumento, que podría recordar a Un Dios salvaje, de Polanski, aunque el dilema moral que plantea sea muy diferente. Además, el director Oren Moverman abandona la estancia en forma de flashbacks que no solo nos revelan el origen del conflicto sino que sirven para profundizar en los personajes. Un truco efectivo pero que le resta méritos que sí merecía Polanski en su obra y que ni con esas evita una cierta teatralidad en la puesta en escena.
Dejando de lado mis quejas sobre el final, La cena tampoco sería una película redonda, ya que ese conflicto moral que plantea parece a priori una simple excusa para hablar sobre los conflictos familiares, aunque tocando también otros temas, como las enfermedades mentales o la difícil educación de los adolescentes de clases adineradas. Hay, incluso, un trasfondo político, con cierta sorna al ser en cierto momento el personaje vinculado con esa clase política el que parece tener un código moral más férreo.
Al final, como no podría ser de otra manera en una película de estas características, todo queda supeditado al trabajo de los protagonistas, para los que Moverman ha conseguido reunir un cuarteto de primer nivel, con Richard Gere, Steve Coogan, Laura Linney y Rebecca Hall a la altura de las circunstancias, salvando por momentos la papeleta a un director que en ocasiones pierde el pulso narrativo y alarga en exceso alguna escena.
Interesante propuesta, pues, con muchos flecos que analizar y un puntito de humor ácido en la figura de los representantes hosteleros, pero a la que debo restar puntos por ese brusco cierre.

Valoración: cinco sobre diez.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

JUMANJI, bienvenido a la junga: Superando a la nostalgia.

Cuando se anunció el remake de Jumanji, aquella simpática película con Robin Williams de protagonista, lo más normal era llevarse las manos a la cabeza y preguntarse: ¿porqué? Y más con el referente tan cercano de Enganchados a la muerte, que solo conseguía engrandecer a la original.
Sin embargo, Jumanji: bienvenido a la jungla (que al final resulta ser más una secuela que un remake), no solo dignifica el recuerdo de la película de Joe Johnson sino que la supera incluso.
No hay que buscar originalidad en la propuesta firmada ahora por Jake Kasdan (Bad Teacher y Sex tape son hasta ahora las únicas muestras de su talento), ya que el esquema argumental sigue casi a pies juntillas a su fuente de inspiración, aunque gracias a un inteligente desarrollo de personajes y al buen hacer de sus cuatro intérpretes adultos, la película resulta ser un estupendo divertimento, una trepidante aventura divertida y muy emocionante que sabe reírse de si misma lo suficiente como para que toda la locura mostrada funcione sorprendentemente bien.
Ha pasado el tiempo de los juegos de mesa, así que el diabólico Jumanji (que cabe recordar que ya tuvo una suerte de secuela espacial llamada Zathura) debe evolucionar y se transforma en un videojuego que abduce a los jugadores y los transporta a ese mundo imaginario en el que deben superar diversas pruebas para llegar a un final feliz.
La nueva Jumanji es fresca y divertida, sobretodo gracias a entregarse por completo a un actor con tanto carisma como es Dwayne Johnson, un artista quizá sin demasiados registros pero que nunca defrauda (él era de lo poco salvable de Baywatch). Además, la química con el resto de sus compañeros es total y actores supuestamente cómicos tan denostados como Kevin Hart o Jack Black están geniales. No es tan sencillo como parece ser capaces de hacer dos personajes en uno, el que representan en el juego y el que llevan en su interior, y en este sentido es Black quien más se luce gracias a su doble identidad sexual. Karen Gilliam, cuyo personaje parece haber tomado buena nota de lo acontecido en Guardianes de la Galaxia, completa el solvente cuarteto protagonista.
Es fácil en este tipo de películas caer en los tópicos, pero Kasdan logra aprovecharse de ellos para convertirlos en homenajes a esas películas de aventuras de series B que darían origen a tipos como Indiana Jones, a la par que hay incluso para su momentito emotivo cuando todas las pruebas mortales a las que se enfrentan tienen, como en la primera película, la meta de convertir a los jugadores en mejores personas.
En resumen, estimulante y fresca película de aventuras y fantasía que resulta de lo más recomendable dentro de la cartelera navideña de estas fiestas y que puede resultar un disfruta para toda la familia.

Valoración: Siete sobre diez.

CdS: BRIGHT: tremenda tontería...

Había mucha expectación por ver la gran apuesta de Netflix en el mercado cinematográfico, un campo en el que todavía no han llegado a destacar tanto como en el de las series. Y Bright era la película que debería sentar las bases de esas producción propia de películas que aumentasen la controversia surgida en festivales como el de Cannes y gracias a bocazas como Nolan y compañía.
Pero va a ser que no. La propuesta era, desde luego, lujosa, y hay que reconocerle que tiene un acabado cinematográfico impecable y que no desmerece a otras producciones fantásticas estrenadas en pantalla grande, pero más allá de eso la película dirigida por David Ayer y protagonizada por Will Smith y Joel Edgerton es un despropósito total.
Aunque no podamos hablar de uno de los mejores trabajos del realizador de Escuadrón suicida (que confirma aquí que no pasa de ser un director más del montón) y tampoco es que los actores parezcan muy entregados a la causa (aunque sí al talonario, Smith ya parece haber firmado para la secuela), lo cierto es que el principal responsable del desaguisado lleva el apellido Landis. Porque Max, hijo del histórico John Landis, es quien firma un guion tan absurdo y vacío que resulta incomprensible que alguien en Netflix diera luz verde a este proyecto.
Bright plantea una nueva realidad donde los seres mágicos conviven con nosotros. Así, en un Los Angeles contemporáneo, hadas, elfos y orcos transitan a sus anchas por las calles, formando sus propios ghettos mientras dragones sobrevuelan los cielos y se habla de varitas mágicas con una naturalidad que roza el ridículo.
Al principio, todo parece una excusa para hablar de forma poco sutil de la integración y el racismo, pero en un momento dado todo decae en una explosión de fuegos de artificio sin mucho sentido, con una mitología mal explicada y que no consigue captar en ningún momento la atención del espectador.
Smith está tan poco inspirado como de costumbre, mientras que la capa de maquillaje que transforma a Edgerton en un orco impiden cualquier atisbo de interpretación por su parte. Con todo, hay momentos en los que parece que Ayer quiere practicar un ejercicio de cine policial formal, al estilo de sus trabajos Dueños de la calle o Al límite, pero también termina por lastrar una película que se pretende tomar demasiado en serio a sí misma y a la que le haría falta mucho más humor (tan solo algunos diálogos entre la pareja protagonista que parece querer jugar a ser Dos policías rebeldes provocan alguna sonrisa) para conseguir ser digerible. Una villana de opereta sin un gran trasfondo, guerras de clanes y profecías ancestrales resueltas con previsibilidad son insulsos alicientes para una propuesta que no llega ni a la condición de pasatiempo y que, de haber sido realmente una película de cine, habría sufrido un estrepitoso fracaso.
Pero esto es otra cosa. Y en televisión, por lo visto, lo malo también vende. A nadie le ha gustado, pero la han visto suficientes personas como para que Netflix trabaje en una continuación.
Como si fuese necesario...

Valoración: Tres sobre diez.