sábado, 13 de junio de 2015

JURASSIC WORLD (7d10)

Han pasado más de veinte años desde que el parque abriera sus puertas por primera vez pero los dinosaurios siguen siendo unos seres tan apasionantes y enigmáticos como entonces, manteniendo la misma fascinación sobre niños y mayores.
Tras cerrarse (aparentemente) la trilogía de Parque Jurásico de la mano de Joe Johnson en 2001 la saga, que había ido de menos a más, parecía muerta y enterrada, y eso provocó que los rumores de una nueva película (se hablaba de remake o rebbot) fuese vista con escepticismo.
Con Michael Crichton tristemente desaparecido de la ecuación y Steven Spielberg centrado sólo en la producción (o al menos eso se le supone, que ya corren por ahí rumores muy parecidos a los de Poltergreist en su época), el elegido para llevar a cabo el regreso al mundo de los reptiles gigantes es el desconocido Colin Trevorrow, cuyos méritos como director se limitan a la película Seguridad no garantizada (de la que recupera, por cierto, al actor Jake Johnson).
Finalmente, para regocijo de los fans, se ha optado por una fórmula que ya está volviéndose algo habitual en Hollywood: Jurassic World es una secuela en toda regla, aunque con personajes nuevos y tintes de querer ser la puerta de entrada a otra posible saga plagada, como no podía ser de otra manera, de homenajes al clásico original.
Tanto es así que la presencia de Hammond (el también desaparecido sir Richard Attenborough) es casi constante.
Un nuevo parque se ha abierto en la misma isla Nublar donde Hammond creara sus “milagros” de fatídico final. Un parque más grande, más moderno y más exitoso, donde la magia por lo asombroso debería ser el foco de atención en una época donde cuesta creer en la magia. Como pincelada crítica a la perdida de inocencia de nuestra época, el parque refleja como las maravillas (ya sean los prodigiosos hologramas o las propias criaturas vivas) se convierten en rutinarias a los ojos de un visitante exigente, lo que obliga a sus creadores a buscar una superación constante, a un desafío tecnológico en muchas ocasiones por encima incluso de la moralidad.
Lo malo es que este mensaje de pérdida de la inocencia que refleja el argumento termina contagiando a la propia película en sí, haciendo que la magia que inundaba el film de 1993 se limite a unas cuantas y escasas secuencias (y en la mirada del, cómo no, niño protagonista), mientras que el resto de la película es un simple despliegue de efectos digitales adrenalíticos que podría tener más referentes en el mundo del comic que del propio cine. De hecho, el gran villano de la historia, el Indominus Rex, un dinosaurio mutantes cuyo propio concepto o denominación es un delirio propio de los seres de la Tierra Salvaje de Marvel o similar.
Jurassic World no consigue repetir, por lo tanto, el espíritu asombroso y emotivo de la primera película, cosa que por otro lado nadie podía esperar, por más que repita el esquema de utilizar a unos niños como eje central del drama (es curioso, lo que más se criticó de la película de Spielberg es lo más repetido en todas sus secuelas), que heredan de sus antecesores la poca profundidad psicológica, una profundidad que en realidad no tienen ninguno de sus protagonistas, que son apenas dibujados con tímidas pinceladas y la empatía que podamos sentir hacia ellos se basa más en su simple carisma que en otra cosa. Eso sí, un elemento de emotividad que inteligentemente han sabido mantener es la partitura original de John Williams, que Michael Giacchino (al que he definido varias veces como su más digno heredero), sabe recurrir para completar su propia banda sonora, efectiva pero no especialmente recordable.
Esa es, por otro lado, la gran baza de Jurassic World, que quizá consciente de sus limitaciones deja de lado el rigor científico de antaño y cambia al protagonista de un antropólogo sensato y reflexivo a un impetuoso amalgama entre el Star Lord de Los Guardianes de la Galaxia e Indiana Jones (precisamente el pasado y, quizá, futuro de su intérprete, Chris Pratt). Y esto es lo mejor de la película, que apuesta deliberadamente por la aventura sin parangón, amparada en unos efectos visuales que, en el caso de los dinosaurios, rozan la perfección (otra cosa sería los escenarios generales, que como en la reciente Tomorrowland demuestran un exceso de postiza digitalización), habiendo resistido bien el paso de los animatronics de Spielberg por el 3D puro y duro.
Así, dejando aparte las comparaciones, Jurassic World debe verse como lo que pretende ser, no como la revolución tecnológica y el despertar de la imaginación y los sueños que promulgaba Parque Jurásico, sino como un pasatiempo veraniego, un blockbuster gigante de ritmo perfecto que, olvidando la sencillez del guion y las inevitables Deus ex machina que pululan por doquier, es sumamente entretenida, una gozada si nos conformamos con evadirnos durante algo más de dos horas disrutando con acción a tope y algún que otro puñetero sobresalto.
Con un reparto bastante estelar (junto al mencionado y glorioso Pratt se encuentran Bryce Dallas Howard, Ty impkins, Vicent D’Onofrio y Omar Sy –permítanme la referencia friki marvelita: se tratan de la Gwen Stacy del Spider-man de Raimi, el niño de Iron Man 3, el Kingpin televisivo y el Bishop de Días del futuro pasado; ¿se dan cuenta como cuadra todo?-), Treverrow (o quien de verdad haya dirigido la obra) consigue un espectáculo entretenido, divertido y aterrador a partes iguales y que consigue estar a la altura (no es este espacio para entrar en comparaciones puntillosas) con el resto de grandes títulos comerciales el año como Los Vengadores: la era de Ultron o Mad Max: Fury Road (y yo me atrevería a incluir en la lista a Tomorrowland, aunque juegue en otra línea), demostrando mi teoría de que este iba a ser un gran año para el cine más palomitero a la espera de que lleguen los nuevos Terminator, Fantastic Four, Ant Man, Misión Imposible, Juegos del hambre , James Bond y, como gran fin de fiesta, Star Wars.
¿Es necesaria esta resurrección jurásica? Pues, en vista de la espectacularidad y la diversión que provoca este film yo creo que sí, superando incluso a sus dos primeras secuelas. Si nos empeñamos erróneamente en compararla con la original, eso ya es harina de otro costal. Y es que como se empeñan en recordarnos constantemente en las comedias románticas… La primera vez siempre es la mejor. ¿O no?

HORNS (6d10)

Nuevo ejemplo de como una distribuidora puede arruinar la carrera comercial de una película es el estreno de Horns año y medio después de su estreno americano y cuando en España se ha podido ver ya (de forma legal) en diversas plataformas digitales (que suele ser el primer paso para poder acceder posteriormente a ella de manera menos lícita).
De todas formas, este no es el principal problema con el que debe lidiar la película, que evidentemente no ha destacado en la taquilla (tampoco es que la época, plagada de blockbusters, vaya a ayudar mucho). Y es que el nombre de su director, Alexander Aja, puede llegar a desconcertar, acostumbrado como nos tiene a festivales sangrientos como el remake de Las colinas tienen ojos o excesos de toda índole como su Piraña 3D. Aquí, sin embargo, el realizador francés está extrañamente comedido con una historia con tintes de thriller fantástico pero que, bien analizada, no deja de ser una historia de amor.
Daniel Radcliffe (¿lograremos algún día separar su imagen de la de Harry Potter) interpreta a Ig, un joven acusado de violar y asesinar a su novia que desde la muerte de esta sufre una caída a los infiernos (finalmente literal) hasta que una mañana de resaca despierta con sendos cuernos en la frente que provocará que todo aquel con quien se encuentre le confiese sus más oscuros secretos. Podría parecer que tan surrealista argumento parece surgido de la enfermiza mente de Stephen King, y quien lo piense no iría muy desencaminado, ya que toda la historia surge de una novela de Joe Hill, precisamente el hijo de King. Sin embargo, pese a las virtudes de la obra y la originalidad de la trama, Hill está todavía lejos de ser un King literario, y los principales defectos de la novela son repetidos en pantalla por el guionista Keith Bunin, que quizá peca que querer ser demasiado fiel al libro. Así, la doble línea temporal entre los protagonistas adolescentes y los adultos (algo muy habitual en la literatura de King) no funciona son suficiente soltura, y el humor negro que se desborda al empezar el film termina diluyéndose en la trama policiaca para llegar a un final que si bien puede funcionar en papel resulta visualmente demasiado grotesco.
Es por ello que donde mejor está la película es en los momentos de puro drama, donde un brillante Radcliffe refleja a la perfección el dolor y la angustia por la pérdida de su amada a la par que acosado por la duda sobre si podría ser realmente él el asesino que todo el mundo piensa.
Rodeando a Radcliffe tenemos un interesante reparto con Kelli Garner (vista recientemente en Pan Am) como la malograda Glenna, Max Minghella como el mejor amigo de Ig y Joe Anderson como su hermano, pero con breves apariciones de Juno Temple, James Remar, Heather Graham o David Morse, casi un habitual en adaptaciones de papá King.
Con todo, la historia resulta suficientemente interesante para cautivar al espectador (aunque quizá los giros de guion resulten algo previsibles), y la contención de su director (y mira que la historia da para pasarse de vueltas) permiten que el resultado final merezca un más que digno aprobado, con algunos momentos que incluso pueden llegar a superar a la propia novela.

IT FOLLOWS (4d10)

Escrita y dirigida por David Robert Mitchell, It follows fue una de las películas/sensación (una de muchas, todo sea dicho) del pasado festival internacional de Sitges. Estrenada, como es habitual en este país, tarde y mal, la película se apoya en su protagonista, Maika Monroe, como rostro más popular (y tampoco es que haya hecho mucho de interés aparte de The Guest) de un reparto joven y bastante limitado.
Una vez vista la película lo primero es tratar de valorar a qué género pertenece. Pese a que el argumento gira entorno a una aparición espectral que persigue insistentemente a uno de los personajes hasta que este consigue “pasarle” la maldición a otra persona, no se puede asegurar que se trate de un film de terror. No hay, en efecto, demasiados sustos, mientras que la angustia que transmite al espectador es más por la sensación “malrollera” que produce que otra cosa. Y eso es, sin duda alguna, la principal virtud de la obra.
Huyendo conscientemente del susto fácil y con una banda sonora tan machacante como desalentadora, la película evita los tópicos iniciales para apostar por el misterio y el desconcierto, pero toda la originalidad que se plasma en sus primeros minutos se va diluyendo durante el metraje, haciendo que, una vez perdida la sorpresa inicial, caiga en el tedio más absoluto, volviéndose repetitiva y aburrida.
Al final, It follows no pasa de ser un curioso experimento, una apuesta diferente pero no suficientemente bien desarrollada, y que ante la evidente falta de presupuesto y sencillez en su puesta en escena necesita que demasiado peso de la misma recaiga en un casting ciertamente mediocre, que no logra convencer ni emocionar más allá de la propia (y con algo de esfuerzo por parte del espectador) de la Monroe.
Así, Mitchell ha confabulado un curioso vehículo con el que darse a conocer y aspirar a ser un autor a tener en cuenta de cara al futuro, pero no debería ser esta la película que marque su carrera, demasiado repleta de carencias narrativas como para que sea recordada como algo más que una interesante idea.

domingo, 7 de junio de 2015

NUESTRO ÚLTIMO VERANO EN ESCOCIA (6d10)

Simpática película ligeramente pretenciosa a la que le cuesta algo arrancar pero que, como si de una serie se tratase (y ahí está el televisivo David Tennant para dar fe de ello) precisa de un cierto espacio de tiempo para llegar a hacerse uno con los personajes y conseguir un punto de complicidad con los mismos.
Con un aroma algo pedante a cine indie al estilo Pequeña miss Sunshine y compañía, la película es una tragicomedia que arranca mostrándonos la descomposición de un matrimonio y las consecuencias que ello tiene para los niños pero que enseguida, con la excusa de una gran fiesta familiar de aniversario, se traslada de Glasgow a las Tierras Altas escocesas para dejar el protagonismo en manos de los protagonistas más pequeños  (los niños  tenían cinco, seis y once años respectivamente cuando se rodó la película) que son los verdaderos descubrimientos del film y de cuya conexión con ellos dependerá que la película guste o no.
Nacida a la sombra de una popular serie británica en la que unos niños sin guion se enfrentaban a situaciones diversas de la vida, sus creadores concibieron esta aventura familiar como una prolongación de la misma, que en su arranque puede resultar algo pesada por la sensación de sabiduría suprema que muestra el patriarca familiar (el abuelo interpretado por Billy Connolly es a mi entender de lo peor del film) pero que no tarda en reconducirse.
Por supuesto, aquí sí que hay un guion, lo que implica que nada de lo que hacen o dicen los niños es creíble desde un punto coherente, pero la ternura y positivismo de la narración invitan a que hagamos un acto de fe y nos dejemos arrastrar por la filosofía de vida de estos niños y su forma (mucho más coherente, por otra parte, que la de los adultos, pues se dejan llevar sólo por los sentimientos, dejando de lado los prejuicios) de entender la vida y la muerte.
Porque sí, esta es otra de esas películas en la que los niños actúan como adultos mientras que los adultos se comportan de manera estúpidamente infantil, muy al estilo también del cine de Wes Anderson, aprovechando de refilón para hacer algo de crítica social contra los medios de comunicación (algo a lo que empieza a habituarse en sus papeles Rosamund Pike, la cual, en un papel en las antípodas de Perdida, vuelve a ser lo mejor de la función), la obsesión por el dinero (y el distanciamiento familiar que ello provoca) y la incomunicación entre seres queridos.
Mucho mensaje, como veis, que puede llegar a abrumar si uno pretende ver algo más que una simple comedia ligera, una contraposición entre la vida rural y la gran ciudad (para ello ayuda, y mucho, los preciosos paisajes escoceses) y un intento totalmente ingenuo y fantasioso, pero delicioso al fin, de meterse en la mente de un niño. Si conseguimos centrarnos solo en ello, evadiéndonos de los intentos de  sus guionistas y directores, Andy Hamilton y Guy Jenkin, de insuflarnos con su filosofía existencial, la película nos resultará gratamente disfrutable, tierna y divertida en algunos momentos, conmovedora y amarga en otros.

DANDO LA NOTA: AÚN MÁS ALTO (6d10)

Una vez más me encuentro viendo una secuela sin haber visto (ni tener ni idea de lo que era) la película original. Lo hago además con un título que apenas hace unos días os comentaba que era muy poco probable que vieseis comentado por aquí, pero a veces la coincidencia de horarios me invita a ver ciertas cosas y… la verdad es que me ha sorprendido la cosa.
Quizá el hecho de desconocer por dónde me iba a llevar la película ha ayudado pero lo cierto es que la secuela de Dando la nota es, en palabras del gran Pepe Nieves, “un placer culpable”. Y es que sí, la película es lo que es, una comedieta sobre universitarias que quieren triunfar como cantantes, con el campeonato internacional de canto a capela de por medio (¿de verdad existe eso?) y con un final tan inevitable como previsible. Lo que no me podía ni imaginar, sin embargo, es la acidez del humor con el que está salpicado el argumento, corrosivamente incorrecto en muchos momentos. Mucho más blanca que sus contrapartidas más “masculinas” en el toque escatológico (sí, algún chiste de pedos hay, pero se les puede perdonar), la película está repleta de chistes machistas, homófobos y racistas (que gran hallazgo la pareja de podcasters a la que dan vida John Michael Higgins y Elizabeth Banks) y, sorprendentemente, funcionan.
Poco vale la pena comentar sobre su argumento, lo más simple de la historia, que es una mera excusa para disfrutar del recorrido de este variopinto y estrambótico grupito de chicas lideradas por una Anna Kendrick definitivamente asentada en los musicales (fue lo mejor del reparto plagado de estrellas de Into the Woods) por más que se diera a conocer en la saga Crepúsculo, aunque es la voluminosa Rebel Wilson quien se come a la cámara en cada aparición, incorporándose además en el reparto a  Hailee Steinfeld, aquel descubrimiento de los hermanos Coen para Valor de Ley.
También me ha parecido inesperado el buen trabajo de Elizabeth Banks en su debut como directora de largometrajes (ya había dirigido un fragmento de la película Movie 48), después de que su carrera como actriz no parezca terminar de despegar nunca. La Betty del Spiderman de Rainer consigue mantener en todo momento el ritmo y tono adecuado a la película para que, pese a su previsibilidad, no aburra en ningún momento, llegando incluso a ser capaz de romper la rutina con momentos tan surrealistas como el de las trampas para osos y algunos de los afilados diálogos entre las chicas, amén de las más que correctas escenificaciones de las diversas actuaciones musicales.
Así que, contra todo pronóstico, Dando la nota: aún más alto permite pasar un buen rato, convirtiéndose en un estupendo entretenimiento veraniego al ritmo de pegadizas pero para nada cargantes canciones y con un gracioso gag postcréditos con cameo de famosetes incluido. 

sábado, 6 de junio de 2015

INSIDIOUS, CAPÍTULO 3 (3d10)

Después de haber asustado a medio mundo con Insidious y de haber asustado un poco menos con Insidious, capítulo 2, el malasio James Wan parece haberse hartado ya definitivamente del cine de terror (aunque su despedida momentánea será con The Conjuring 2) tras haber iniciado también las sagas de Saw y Expediente Warren para pasarse a un cine mucho más palomitero y (¿por qué negarlo?) de talones con más ceros, más tras el éxito inesperado (e incluso exagerado) que ha tenido con Fast & Furious 7 (en el momento de escribir estas líneas es la cuarta película más taquillera de la historia del cine) y que le ha abierto las puertas al Universo cinematográfico de DC.
Es por eso que para esta tercera (y me temo que no definitiva) entrega de la saga sólo ejerce de productor, dejando las riendas de la dirección a su amigo Leigh Whannell, guionista de las dos anteriores entregas.
Insidious, capítulo 3 no es en verdad el tercer episodio de la saga (la primera estafa está en el propio título, ya ven que cosas), pues se trata de una precuela que narra fenómenos malrolleros varios años antes de lo que sucedía en la primera película, algo así como lo que se hizo con la propia Expediente Warren y Annabelle. Algo que suena a excusa para seguir exprimiendo la teta de la vaca que supone el nombre de la saga en el poster pero sin tener que pagar a actores reconocibles de la misma (que en el apartado masculino resulta ser el mismo en ambas series, Patrick Wilson.
Si queremos jugar a buscar coincidencias entre este Capítulo 3 y aquella Annabelle empezaríamos por comprobar que ambas son igual de malas, y que el ligeramente lujoso casting de aquellas (recuerden que junto a Wilson se encontraba Rose Byrne en Insidious y Vera Farmiga en Expediente Warren) ha quedado reducido al nombre de Dermot Mulroney que, sí, su rostro es conocidillo, pero nunca ha llegado a despegar como estrella, siendo La boda de mi mejor amiga lo más cerca que ha estado de la cima, y que en esta cinta es tan soso e inexpresivo que siempre, siendo Stefanie Scott en el papel de hija la única que se esfuerza un poquito en resultar creíble.
Quienes sí repiten son Lin Shaye en el papel de médium y el dúo sacapuntas que forman Angus Sampson y Leigh Whannell, con lo que resulta que el verdadero punto de interés de la película es cómo se conocieron Elise Rainier y sus ayudantes más que la trama terrorífica, como si verdaderamente le importara a alguien el asunto.
Insidious, capítulo tres nos cuenta como una muchacha que ha perdido hace un año a su madre intenta contactar con ella (y digo nos cuenta porque eso es lo que hace la película, que en su primer tercio mucho hablar y poco enseñar) consiguiendo, en cambio, atraer hasta el mundo de los vivos a una entidad malvada del Más Allá. A partir de aquí, lo de siempre: sustos que se anuncian con la música estruendosa, primeros planos de bichos raros apareciendo de la nada y tonterías así.
Lo peor de Insidiuous, capítulo 3 no es que no de miedo (y lo poquito que te puede hacer saltar del asiento está destripado en su tráiler) sino que su argumento es tan ridículamente estúpido que solo puede funcionar si uno se lo plantea como una comedia. De hecho, lo que posiblemente mejor funcione de esta pantomima son sus gags, pues su argumento no conduce a ninguna parte y la resolución es tan anticlimática como absurda, rematándose con uno de los planos finales más grotescos y de vergüenza ajena que he visto nunca en una pantalla de cine y con una serie de personajes secundarios que son presentados (la amiga, el vecino/noviete, la mujer negra) para caer luego en el más completo de los olvidos.
Aburrida, tópica y poco imaginativa, tiene, además, en handycap de no hacernos sufrir por su protagonista (que empieza siendo la niña pero termina siendo Elise), pues ya sabemos que no va a morir puesto que estaba viva en Expediente Warren (es o que tienen las precuelas, chicos, que ellas mismas se spoilean), así que no hay más justificación para ver este truño que pasar un rato sentadito en un lugar fresco y agradable, aunque puestos a tirar el dinero yo os propondría acercaros antes a Mad Max, fury road, esa película que estaba llamada a ser la obra maestra del siglo y que por lo visto no está viendo nadie.
Y si después de todo se aventuran a verla, tengan claro que, en caso de que por la noche no consigan dormir, no será  a causa de la película. Es cosa del calor. Se lo digo yo.

sábado, 30 de mayo de 2015

TOMORROWLAND (8d10)

Decía Christopher Nolan cuando presentó Interstellar que quería rendir un homenaje a los soñadores espaciales, hablar sobre esa época en la que la gente miraba hacia las estrellas en lugar de hacia la tierra. Para ello, imaginó una fábula oscura y casi apocalíptica, con un planeta muriéndose y el espacio (con imposibles teorías cuánticas de por medio) como única esperanza.
Algo parecido quiere contar la película de Brad Bird, en un claro homenaje a esa época que Nolan añoraba donde ser astronauta era el sueño de todo niño y era factible que todo era posible en esta vida. Pero para ello Bird, mucho más optimista y colorido que su colega, prefiere empezar mirando al pasado, viajando precisamente a esa época dorada no sólo de la carrera espacial sino de los avances técnicos en general. Un viaje al pasado tanto argumental como estilístico (algo así había ya en su versión animada de los superhéroes en esa maravillosa película que es Los Increíbles), concibiendo una película que, toda ella, supone un homenaje a la magia que imperaba el cine de finales de los ochenta. Tanto es así, que toda la primera hora inicial desprende un aroma nostálgico que recuerda al mejor Spielberg, desde la mirada de fascinada inocencia que aporta el personaje de Frank Walker en su versión infantil como el regusto de aventura juvenil (nada que ver con el pretensioso y trágico trascendentalismo habitual en las sagas modernas tipo Los Juegos del hambre y demás) que supone la presentación de Casey. Es por eso que Tomorrowland, con sus excesos digitales y su gran despliegue tecnológico, esconde en su fondo un homenaje a clásicos como E.T., los Goonies o Regreso al futuro (en todas ellas estaba la mano de Spielberg, de una manera u otra), con lo que el visionado de esta Tomorrowland podría completarse en una magnífica sesión doble con la recuperación de Super8, de J.J.Abrams, que pretendía jugar, a su manera, a lo mismo. Incluso comparten ambas al mismo compositor musical, el gran Michael Giacchino que se rebela de nuevo como el más avanzado sucesor de John Williams.
Dice por ahí que la película no está arrasando en taquilla y que ya la califican como la “nueva John Carter” de Disney. Y con todo el pesar de mi corazón debo añadir que no me sorprende en absoluto. Y es que el espectador actual, tal y como la sociedad a la que la película acusa, está demasiado acostumbrada a la oscuridad como para aceptar un poco de luz. O quizá hayan olvidado incluso esa época (liderada por la propia Disney) donde era posible hacer un cine de entretenimiento sin realizar, necesariamente, un aparatoso y monumental blockbuster. Y es que no creo que Tomorrowland haya sido concebida para batirse en duelo con títulos como Los Vengadores, Mad Max o la inminente Jurassic Word (hombre, hacer dinero sí que quieren, claro, que son la Disney), sino más bien para hacer pasar un delicioso rato en familia con un puntito de mensaje de fondo. Una de las muchas y entretenidas superproducciones Disney alejadas de las franquicias Marvel o Star Wars, como fuera en su  momento (hasta que la convirtieron en saga y la estropearon) Piratas del Caribe. Nada más ni nada menos.
Tomorrowland cuenta la historia de un grupo de genios que un buen día decidió unirse para crear un mundo mágico, un prodigio tecnológico, una ciudad del futuro ubicada en una dimensión paralela que representara el resurgir de una nueva civilización. Hasta que un día Frank, uno de sus miembros más jóvenes, inventa algo que pondrá en peligro el futuro de todo.
Por otro lado, la joven y soñadora Casey, defensora de causas perdidas como la demolición de una planta de lanzamiento espacial de la NASA en Cabo Cañaveral, recibe un misterioso pin que, a su contacto, la transporta a ese misterioso y mágico lugar.
De personalidades opuestas (aparentemente) pero condenados a entenderse, Frank y Casey deberán formar equipo para cambiar el desolador futuro de la humanidad.
Con una sorprendente química entre George Clooney y Britt Anderson (pese a la diferencia generacional) y la tremenda revelación que supone el descubrimiento de la hipnótica Raffey Cassidy interpretando a un personaje que supone el nexo de unión entre ambos mundos, Bird (en colaboración con Damon Lindelof, uno de los guionistas bandera de Perdidos que firma la historia junto al propio director) propone una fábula futurista (supuestamente ambientada en la atracción homónima de los parques Disneyland, aunque apenas toma de ella el nombre y el concepto básico) con tintes pre apocalípticos, con la sana intención de advertir a la sociedad de los peligros de no rebelarnos contra nuestro propio futuro aciago y limitarse a esperar de brazos cruzados a que todo llegue al final. Con un planeta destinado a la oscuridad, Bird se refugia en la luz y el color para ofrecer un mensaje optimista a todo aquel que quiera escucharlo, aprovechando la ocasión para aderezarlo con trepidantes persecuciones, peleas frenéticas y constantes cambios de ritmo cual si de una montaña rusa se tratase hasta desembocar a la sorprendente revelación final, cargada de una profundidad poco dada en productos que podrían ser tildados a simple vista como puramente palomiteros.
No todo es perfecto en este mundo del mañana, pues la magia a la que me refería al principio se va desinflando a medida que avanza el metraje y se torna rutinaria en su acto final, en un desenlace demasiado atado a los convencionalismos del cine de acción que poco (aparte de una significativa escena “de lagrimita”) aportan al mensaje final. Con un agotador derroche de efectos visuales que, por exigencias argumentales, van también de más a menos en la película, la sensación al salir de la sala puede ser un poco descompensada, culpa de poner toda la carne en el asador en unos sesenta minutos iniciales completamente geniales que eclipsan al resto del film, provocando que incluso la supuesta importancia del papel de Robertson se nos quede algo desdibujada.
Pese a ello, la experiencia ha sido plenamente satisfactoria, y sólo la posibilidad de imaginar un futuro como el de Tomorrowland ya invita a creer de nuevo en la magia de que todo es posible. Rodada (e inspirada) en la Ciudad de las Artes y la Ciencia de Valencia, Tomorrowland es todo lo que una película apocalíptica actual no es. Y quizá por ello no es entendida por mucha gente, que echa en falta las muertes, los desastres o incluso los zombies. A todos ellos les digo que no se preocupen. En unas semanas llegará a las carteleras Sant Andreas y el mundo volverá a irse al carajo como la mayoría desea, con terremotos y destrucción. Yo, por mi parte, me he cansado un poco de tanta oscuridad amarga y prefiero disfrutar de un futuro como el de Tomorrowland.
¡Qué le voy a hacer si viví los ochenta…!


CAZA AL ASESINO (5d10)

Pierre Morel es un buen artesano que, bajo el ala protectora de Luc Besson, había dirigido hasta ahora las entretenidas y adrenalíticas  Venganza y Desde París con amor. Ahora, alejado ya del productor y realizador galo, Morel busca su propio camino en Hollywood con esta peripecia de intriga para mayor gracia de un fibrado Sean Penn, también productor del film.
Caza al asesino es una entretenida cinta de acción donde Morel pretende ser un poco menos extremado que en sus anteriores film presentándonos al héroe de la cinta, Terrier (Penn) como un hombre con pies de barro, no ya sólo por su pasado sino por su actual estado de salud.
Líder de un grupo militar en el Congo  con la misión, entre otras, de proteger el hospital en el que trabaja como voluntaria Annie (Jasmine Trinca), la mujer a la que ama, su realidad es bien distinta. Contratados a través de un hombre llamado Felix (Javier Bardén), Terrier debe asesinar a un ministro local por simple interés económico. Tras ello, Terrier abandona el Congo y a la mujer de su vida para comenzar un camino de redención en busca de un perdón que quizá no merezca.
Pero, como suele ser habitual en estos casos, el pasado volverá a perseguirlo años después y Terrier se verá envuelto en el centro de una conspiración que lo llevará a Barcelona donde el triángulo con Félix y Annie será clave para descubrir quién ha puesto precio a su cabeza.
Pese a las interesantes escenas de acción, Caza al asesino es algo menos dinámica que los anteriores títulos de Morel, pretendiendo centrarse más en el dramatismo que rodea al personaje de Penn y añadiendo incluso un toque de concienciación social que termina difuminándose en la mezcla de géneros que resulta el film. Y esto es lo que condena a una película con todos los ingredientes para ser un buen éxito y que naufraga entre aguas turbulentas por culpa de una mala planificación, empezando por un Barden demasiado acostumbrado últimamente a papeles caricaturescos, una Trinca que supone lo peor de la película en cuanto a reparto se refiere y un timón que en ningún momento sabe hacia donde se dirige. Casi se diría que Morel pretende aspirar a demasiado y se queda en las puertas de todo.
Desde un punto de vista patrio, sin embargo, la película ofrece un aliciente especial, ya que las secuencias filmadas en Barcelona hacen lucir a la ciudad condal como si de un personaje más se tratase, resaltando su belleza como pocas veces se ha visto en pantalla grande (toma nota, Woody) y permitiendo a los oriundos de la capital catalana sentirnos cómplices al acompañar a Penn por la Plaza Real, la Rambla Catalunya o la ya clausurada plaza de toros de La Monumental. ¡¡¡Incluso habrá quien podrá reconocer los bosques cercanos a Gavá en lo que se supone es el Congo!!!
Con todo, la película no aburre y se deja ver sin dificultad, lo cual es excusa suficiente para ver a Sean Penn emulando a Lian Neeson y (a la vejez, viruelas) convirtiéndose en un nuevo héroe de acción y disfrutar de la siempre interesante (aunque breve) aparición de Idris Elba, aunque la excusa de las ONG’s en el Congo desaprovechen la ocasión para incidir en el tema social en África.

MAD MAX, FURY ROAD (7d10)

En ocasiones, generalmente de forma sorpresiva e inexplicable, aparecen películas rodeadas de un hype tan fervoroso y pasional que es necesario ver la película cuanto antes para no verse afectados por esas corrientes que amenazan con condicionar (ya sea para bien o para mal) la opinión propia. Y la mayoría de las veces se trata de un hype exagerado y desproporcionado que va apagándose con el paso de los días.
Algo así sucede con este pastiche de ideas y excesos llamado Mad Max, aplaudida hasta la extenuación en sus primeros pases en lugares como Cannes y calificadas con rotundos dieces por parte de la crítica especializada pero que está decepcionando en su estreno americano siendo literalmente machacada por esa cosa llamada Dando la nota, aún más alto (y cuya opinión es poco probable que leáis por aquí).
No se puede calificar como obra maestra (y lo he leído por varios sitios, lo juro) a una película decididamente tan mala en su concepción como genial en su visualización. Todos los calificativos positivos que quieran dedicarse al film posiblemente sean adecuados, ya que hay en la película una cierta grandeza, mucha épica, una banda sonora brutal (aunque posiblemente insoportable si se pretende escuchar separada de las imágenes demenciales concebidas por Miller) y unos actores que van desde lo correcto a lo brillante, pero todo esto queda empañado abre el delirio visual que nos propone George Miller para esta... ¿secuela?¿reboot? (no está a demasiado claro) de su gran y casi único gran éxito.
Muchos consideran a Miller como un gran visionario, obviando el hecho de que tras la saga de Mad Max (cuya aparente conclusión databa de 1985) sólo tiene en su filmografía dos títulos con relativo interés: Las brujas de Eastwick y Babe, el cerdito valiente, aunque tampoco es plan de quitarle méritos ante la locura visual que ha sabido parir a sus setenta años de edad. Y es que lo que no se le puede negar a la película es su imaginario visual, su planificación casi perfecta y su impecable puesta en escena, con secuencias magníficas como la de la tormenta o algunos de los momentos más demenciales de la persecución que bien podrían haber sido ideados por el grupo teatral de La fura dels baus.
Mad Max, fury road es como un puñetazo en el estómago, que te deja sin aliento desde prácticamente el primer segundo de película y del que tardas casi dos horas en recuperarte. Es frenética, hipnótica, absorbente… Pura magia convertida en cine. Una constante y brutal sucesión de personajes escapados de un freak show que ya les gustaría para sí a los creadores de American Horror Story, una película enfermiza, colorista, caótica y violenta. Un espectáculo con mayúsculas que no da tregua al espectador y que apenas contiene pausas en las que reposar el empacho visual al que estamos siendo sometidos.
El problema viene tras su conclusión, cuando uno despierta del delirio para comprobar que ha pasado dos horas disfrutando (porque sí, la película se disfruta y mucho) con la nada más absoluta, con un guión inexistente (unos personajes escapan de un sitio, dan media vuelta y regresan al punto de origen), unos protagonistas sin apenas trasfondo y unos villanos de opereta que no tienen sentido ni justificación alguna. Con un Tom Hardy que en eso de carisma no le llega ni a la suela de los zapatos a Mel Gibson y un Max plano, lejos de la evolución que sufrió el personaje a lo largo de la saga original (y que en su conjunto constituía un verdadero viaje interior para el personaje).
Mad Max puede ser como el cruce imposible entre el cine de Michael Bay y el de Christopher Nolan, con las explosiones infinitas y el lucimiento femenino que tanto gustan al primero y la perfección visual (aunque sin su oscuridad) del segundo, con algún toque a lo Indiana Jones (la persecución por el interior de la fortaleza de los malos tiene algo de El templo maldito), y, por supuesto, el aroma a queroseno y rueda quemada de Fast & Furious. Y en medio de todo el fregado, Charlize Theron, la auténtica diosa de la carretera, magistral como de costumbre, sin que su mutilación, su pelo rapado o su suciedad le quiten un ápice de glamour y quien lleva las riendas de la historia (no es la protagonista, como se dice por ahí, pero sí quien centra la atención de la cámara).
Hay en la película demasiadas cosas que no entiendo, como las imágenes alucinógenas de Max (¿quién demonios es esa niña y cuándo la dejó morir?), el tiempo que ha pasado desde la destrucción de la humanidad (con lo fácil que sería haber obviado que el protagonista es el mismo Max de la saga de Gibson e imaginar que estamos muchas décadas en el futuro), el objetivo de muchos de los personajes (¿qué diablos pinta la chica en pelotas en lo alto de la atalaya?) y mil preguntas más que es mejor no formularse (¿cómo es que no queda ni un solo malo capaz de defender la fortaleza? ¿Por qué adoran a Inmortal como a un Dios pero no temen su ausencia? ¿Cómo engaña Furiosa a todos para ir a buscar gasolina a La Ciudad de la Gasolina con un tanque lleno de gasolina? ¿Por qué dice el personaje de Theron que ha hecho muchas veces ese viaje si no conoce el destino de su meta? ¿Tan grande es Australia que recorriendo un camino en línea recta durante ciento sesenta días no se llega a ningún sitio, ni siquiera al mar?), así como un desenlace decepcionante y poco climático en comparación con lo vivido hasta el momento.
La conclusión es que todo da igual. La película no tiene guion (el propio Miller lo ha reconocido, no es una crítica mía) y, pensándolo bien, ni falta que le hace. Es un film para disfrutar con los cinco sentidos (el sonido también es espectacular, somos capaces de oír hasta el más diminuto grano de arena del desierto), para dejarnos llevar en la sala y no pensar en nada más que en la sobredosis de imágenes de violencia y destrucción a las que nos están sometiendo. Y nada más.
No es una obra maestra. Ni siquiera una gran película. Pero sí una genialidad tan absurda como demencial. Y en ocasiones, eso también mola. Aunque tanto exceso roce el límite de nuestros sentidos.
Por esta vez, la aplaudo con entusiasmo. Si hay secuela (y parece que la habrá) no sé si lo haré. El truco es bueno, pero no infinito…

jueves, 28 de mayo de 2015

POLTERGEIST (6d10)

Podría decirse que no hay nada más sencillo que valorar una película de terror: si sorprende y asusta es un buen producto y si se confirma con amontonar tópicos y los sustos se limitan a las típicas subidas de volumen pues no cabe más que suspenderlas. Si a esto le sumamos que nos encontramos ante un remake, y no de una peli de terror del montón sino de todo un clásico de los 80', pues la cosa parece más clara todavía.
¿O no?
El caso es que Poltergeist se sitúa a medio camino, en una especie de ni fu ni fa, y cuyas referencias a la anterior película no se sabe si pretenden ser homenajes o una burda repetición de esquemas.
La película original data de 1982 y fue dirigida por Tobe Hoope, autor de La Matanza de Texas, y da la que -más allá de su leyenda negra- existe también la rumorología de que fue el propio Spielberg, oficialmente sólo productor, quién se encontraba tras las cámaras.
Gil Kenan,  director de medio pelo que se encarga de revisionar la historia, tiene de base varios aciertos, como reunir un reparto de renombre que da cierto lustro al film, o utilizar planos diurnos muy luminosos o incluso coloridos, como distanciandose consistentemente de la clásica película de casas encantadas de ambientación lúgubre y oscura. Además, Kenan va al grano con su narración, de apenas noventa minutos, sin esperar demasiado a poner sus cartas sobre la mesa y descubriendo los secretos que ocultaba la película del 82, como la revelación del cementerio bajo la casa, a las primeras de cambio, dando por hecho que todo el mundo tiene como referencia la primera versión y que no vale la pena tratar de engañar en vano al espectador, aunque se habría agradecido algún cambio con respecto a la base existente, más allá de que la televisión como punto de conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos se extiende ahora también a tablets, móviles, etc.
Poltergeist cuenta la historia de un matrimonio y sus tres hijos que se trasladan a una nueva casa edificada sobre un antiguo cementerio cuyas almas allí atrapadas utilizarán a la pequeña de la familia para tratar de escapar de esa especie de purgatorio en el que se encuentran. Sin arriesgar lo más mínimo ni profundizar demasiado en los protagonistas (y eso que el matrimonio formado por Sam Rockwell y Rosemarie DeWitt podría dar bastante juego), la película es un producto de consumo rápido, tan entretenida como olvidable, que es tan breve que no llega a aburrir pero incapaz de dejar huella en el espectador.
Puede parecer injusto caer en la tentación de comparar la película con la apuesta de Hoope/Spielberg, pero es casi imposible valorar una sin recurrir a la otra, pues Kenan se retroalimenta constantemente de ella recurriendo a los elementos más icónicos (ahí están el payaso, el árbol de la ventana, el concepto de "ir hacia la luz"...), mutando ligeramente algunos (la mítica médium que interpretó  Zelda Rubinstein es ahora un Cazafantasmas de reality televisivo al que da vida Jared Harris) que sin duda provocará una sonrisa nostálgica a los espectadores veteranos pero que posiblemente sabrá a poco a los jóvenes que han crecido con las Paranormal Activity de turno y no sepan nada de la Carol Anne original, costándoles incluso conectar con los momentos de humor del film, mucho más escasos, eso sí, que en la obra original.
Película, en fin, que no molesta y se puede ver con agrado, muy lejos del Poltergeist de Hoope pero que no llega a insultar su recuerdo. Para pasar el rato, vamos.

EL VIAJE MÁS LARGO (6d10)

Siendo esta una película basada en una obra de Nicholas Sparks no vamos a perder demasiado el tiempo en detallar sus intenciones, pues parece que sus aptitudes literarias (que no seré yo quien se las discuta) no pasan por ofrecer una gran variedad temática. Viejo conocido de los aficionados al cine por la ya clásica adaptación de El diario de Noa y las más recientes Querido John o Lo mejor de mí (que ha pasado fugazmente por las carteleras españolas este mismo mes), El viaje más largo contiene los tics más definitorios de Sparks, como son las historias paralelas intergeneracionales o la importancia del elemento narrativo literario, ya sea en forma de carta o de diario.
En esta ocasión, la historia versa sobre una estudiante de arte que conoce a un montador de toros que aspira a ser el mejor del mundo pese al accidente que le obligó a estar un año retirado, que durante la noche de su primera cita rescatan de un coche en llamas a un anciano con quien no tardará en conectar la muchacha, a la que, con la ayuda de toda una vida de correspondencia postal, narrará su propia historia de amor. Dos historias separadas en el tiempo que, como no podía ser de otra manera, terminarán teniendo conexiones propias e influyendo la una sobre la otra.
Es fácil adivinar que las brutales diferencia entre el refinado y cool mundo del arte y el vasto y violento del rodeo van a chocar entre sí, pero el director no quiere (o sabe) hace suficiente hincapié en ello (y eso que las más de dos horas de duración dan para esto y para mucho más) y se limita previsiblemente a cargar las tintas en los constantes acercamientos y distanciamientos amorosos y en buscar la lágrima fácil en los no pocos momentos dramáticos.
Sin arriesgar un ápice ni salirse un milímetro de las convicciones del género, uno de los secretos de la película radica en la buena química de sus protagonistas, una Britt Robertson salida de la serie La Cúpula a la que el inminente estreno de Tomorrowland puede convertir en nueva chica de moda (ya tiene, de hecho, un cierto aire a Jennifer Lawrence) y un novato Scott Eastwood buen heredero de la presencia y el carisma de papá Clint, a los que ensombrece, como no podía ser de otra manera, cada vez que comparten plano el gran Alan Alda.
El viaje más largo no pasará a la historia del cine, pero no puede negársele una gran sinceridad y transparencia al ofrecer lo que promete: romance algo empalagoso y ojos húmedos, aunque personalmente encuentro forzadamente facilona su resolución final y echo en falta algo de valentía al desaprovechar la oportunidad de indagar en el egoísmo implícito en el amor (representado en la figura de él en la historia actual y de ella en la del pasado) que escritor o guionista se quita de encima de un plumazo con un simple cambio de opinión de los personajes para nada habitual en el mundo real.
Pero no, eso no va sobre el mundo real. Se trata del mundo de Nicholas Sparks, y aquí las cosas funcionan de otra manera, más almibaradas de lo deseado.
Los incondicionales disfrutarán, se emocionan y llorarán. El resto pasará un rato entretenido y poco más.