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lunes, 7 de noviembre de 2022

Visto en Netflix: SI LO HUBIERA SABIDO

Si lo hubiera sabido es una de esas series de producción españolas que de vez en cuando aparecen en Netflix así de tapadillo, sin hacer demasiado ruido, y se cuelan entre lo más visto más por la simpatía que producen que por el interés real que desprenden, algo similar a lo que sucedía con El tiempo que te doy.

En este caso, Si lo hubiera sabido plantea una historia de desamor entre un matrimonio ya desencantado conformado por Miquel Fernández y Megan Montaner que, tras diez años casados (pero toda la vida juntos) y dios hijos en común no son capaces de encontrar la ilusión perdida. En estas es que ella se lamenta del día en que aceptó casarse con él, asegurando que, de haberlo sabido, no habría actuado igual. Ese pensamiento lo tiene, concretamente, la noche de la luna de sangre (sí, la misma de Perfectos desconocidos), lo que provoca que su deseo se haga realidad y retroceda diez años en el tiempo, precisamente al momento en que aceptó la propuesta, pudiendo decidir tomar otro rumbo en su vida.

Estamos ante una variante del clásico efecto mariposa, así que más que una serie sobre viajes en el tiempo se trata de un universo paralelo donde sus decisiones (sabiendo más o menos lo que pueden repercutir), cambiarán el rumbo de su vida.

Con una subtrama criminal que tampoco es que vaya a ningún sitio pero sirve para entretener, la serie consigue interesar, pese a lo tramposa que se vuelve en no pocas ocasiones. Cierto es que su desenlace final puede decepcionar (incluso enfada) a muchos, pero era una consecuencia lógica que cabía esperarse más o menos.

Con todo, el camino recorrido es muy agradable, el ritmo es adecuado (aunque en ocasiones uno se pregunta si no habría funcionado mejor como una sola película) y los personajes enganchan, lo que es suficiente argumentación para dejarse llevar por la historia de amor y desamor con moraleja incluida y disfrutar de una especie de culebrón tragicómico con evocación al concepto del What if? al más puro estilo Marvel.

viernes, 25 de marzo de 2022

Visto en Movistar: NASDROVIA

Una cosa es opinar sobre una película o una serie y otra muy diferente recomendar. Lo segundo es mucho más complicado, ya que no solo cuenta el gusto del que escribe sino que debe tratar de identificar el gusto de aquel al que va dirigida la recomendación.

En ocasiones, sin embargo, es muy sencillo. Tal es el caso de Nasdrovia, una serie a la que me acerqué por sus actores y que, sin atraparme demasiado, terminé viendo casi de una sentada en su primera temporada. Recientemente, en Movistar se han dedicado a anunciar a bombo y platillo el estreno de la segunda, a la que ellos mismos califican como de «temporada final» y, antes de entrar a valorar sus virtudes y defectos, ya os anticipo una cosa: o vale la pena verla. Y no vale la pena verla porque, aunque ellos hablen de final, la realidad es que se trata de una cancelación en toda regla, y sin entrar en el spoiler ya os anticipo que el último episodio concluye con un cliffhanger enorme, tanto que aquí no cuela eso de «lo importante es el camino». Un final tan abrupto que me hace lamentar el tiempo que he dedicado a estas dos temporadas que ahora sé que no tienen sentido alguno.

Pero por si acaso alguien quiere atreverse aún a ver la serie, os informo de que se trata de una dramedia sobre dos abogados, expareja, que cansados de defender a corruptos se asocian con un cocinero para poner en marcha un restaurante ruso, sin saber que morirían de éxito y terminarían dando cobijo a un clan de la propia mafia rusa.

Tras una `primera temporada algo irregular, con Hugo Silva no demasiado metido en el papel y una Leonor Watling que se hace un poco cansina con el juego de romper la cuarta pared constantemente, en la segunda se sube la apuesta, ampliando escenarios y viajando hasta Rusia para profundizar más en la red mafiosa, pero noto como que les sigue faltando un punto para coger el tono adecuado. Hay momentos en que se ponen demasiado serios y reiterativos en sus discursos, haciéndole falta un poco más de locura y mala leche. Quizá el tono salvaje aunque inverosímil de, por ejemplo, Sky rojo, le habría sentado mejor.

En fin, que como propuesta no está mal del todo, teniendo sus puntos y aceptando las trampas que propone, pero todo eso cae en saco roto cuando el desenlace final está planteado para mostrarlo en una tercera temporada que nunca va a llegar.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Visto en Movistar: TODOS MIENTEN

Pau Freixas, autor de un buen puñado de episodios de Pulseres Vermelles y creador, entre muchas otras, de la serie Sé quién eres, avala la nueva apuesta patria de Movistar+, Todos mienten, una lujosa producción de intriga y dramas familiares en torno a un asesinato en una elegante zona residencial donde, inevitablemente, lo primero que destaca es su espectacular reparto.

Todos mienten es tan adictiva como tramposa. Durante sus ajustados seis episodios la serie va dando saltos en el tiempo para narrarnos, en dos líneas temporales que pueden confundir un poco al principio, la relación de una profesora con un alumno y la posterior muerte de este.

Aunque los giros de guion son constantes y, como el propio título vaticina, todos parecen tener motivos para sospechar de ellos, la serie se desinfla en cierto momento, quizá por el abuso de un ecosistema tan limitado para el paisaje que se nos quiere mostrar. Estamos en una población aparentemente grande (lo que provoca otro punto de extrañeza, ya que el pueblo que se han inventado –que en realidad es una urbanización de Blanes- no tiene la presencia física necesaria, pareciendo como si las casas de los protagonistas y los pocos lugares comunes –la escuela, el hospital- pertenecieran a mundos diferentes), pero todo lo que sucede parece afectar tan solo a un puñado de parejas. Como dice una canción: «mira que el grande el mundo y esta ciudad es chica».

Todos mienten, aunque en apariencia no pretenda serlo, es una serie principalmente femenina (incluso algún personaje, como el de Ernesto Alterio, desaparece sin explicación de los capítulos finales), siendo ellas quienes llevan el peso de la acción, en especial unas muy correctas Irene Arcos y Natalia Verbeke. Esto, y la propia ambientación, hace que uno piense constantemente en los referentes que Freixas pudiese tener a la hora de crear (y vender) su propuesta. La primera que se me viene a la cabeza, por estilo y tono, es Mujeres Desesperadas. La segunda (que no deja de ser una variante de la misma), Big Little lies, de la que copia incluso el recurso narrativo de narrar pasado y presente en paralelo.

Compuesta como si de una obra de Agatha Christie se tratase, presentado a los sospechosos y empezando el descarte hasta quedarnos con la sorpresa final (tan inesperada que resulta algo forzada), la serie entretiene y se disfruta mucho durante su visionado, pese  a que se le intuyan las costuras, pero su desenlace se intuye algo artificial, dejando la sensación de que nos han tenido dando vueltas hacia cosas que, en el fondo, no importaban demasiado y haciendo que sepa un poco a timo. Siempre es interesante no poder acertar la identidad del asesino antes de tiempo, pero no si nos hacen trampas con la información.

En resumen, un buen trabajo interpretativo, bonitos paisajes y mucha tensión en una serie rápida de ver que se puede disfrutar tanto como olvidar después.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Visto en Netflix: LA CASA DE PAPEL, T5

Al fin ha llegado el que, al parecer, ha sido el gran acontecimiento del año. Algunos dirían que de la década, incluso. Me estoy refiriendo, por supuesto, al estreno de la segunda parte de la quinta y última temporada (o eso nos quieren hacer creer) de La casa de papel.

Es difícil hacer un análisis muy profundo sin caer en el spoiler (quizá en un futuro me lo plantee), así que me limitaré a comentar que el entretenimiento está asegurado y, pese a carecer de un impacto que supuso la muerte de Tokio, supera en calidad a ese arranque de temporada y, sobre todo, a la prescindible (muerte de Nairobi aparte), cuarta tanda de episodios.

Ya comenté en mi crónica respecto a esa cuarta temporada que la verosimilitud de la serie estaba por los suelos, y eso se mantiene en este tramo final, donde cualquier atisbo de realismo se les ha ido totalmente de las manos y solo importa el más difícil todavía.

Esto provoca una cierta sensación de agotamiento, ya que la adrenalina de los episodios (con un ritmo magnifico que, eso sí, recupera lo mejor de las dos primeras temporadas) impide que uno pierda mucho tiempo pensando en lo ridículo que es la mayoría de las cosas que nos están contando. Ya no vale la pena tratar de adivinar los planes ocultos del profesor, pues es todo tan enrevesado que no vale la pena encontrarle mucho sentido.

Por eso, lo mejor es quedarse con el espectáculo pirotécnico que propone. Disfrutar del artificio gracias al generoso presupuesto propiciado por Netflix. Y no darle muchas vueltas al resto. Y contentarse con que algunas de las tramas abiertas sin mucho sentido en episodios anteriores, como la constante aparición en formato flashback de Berlín (aparentemente una mera excusa para seguir contando con el estupendo trabajo de Pedro Alonso) y la presencia de su hijo, sirvan finalmente para algo, aunque sea para un giro final más rocambolesco que nunca.

Eso no significa que el final sea totalmente satisfactorio. Como todas las grandes series (y se mire como se mire, hay que reconocerle al invento de Álex Pina como una de ellas), es casi imposible que un desenlace satisfaga a todos (que se lo digan si no a los seguidores de Lost o Juego de Tronos), pero de lo que sí se les puede acusar es de la total falta de riesgo y la complacencia en la que cae. Es un final que, tras tanto giro y quiebros argumentales, es lo más previsible del mundo. Un final dulce que no está en la línea de lo que nos venían anunciando y por lo que, sin entrar en muchos detalles, tengo serias dudas de que estemos realmente ante el final de la serie. Si arrasa tanto como se supone que tiene que arrasar, será cuestión de tiempo que los señores de Netflix saquen el talonario y juguemos a eso de «donde dije digo, digo Diego».

Personalmente, tengo un problema especial con los ¿simpáticos? atracadores del mono rojo y la máscara de Dalí. Y es que si en las dos primeras temporadas se les disfrazaba de una especie de Robin Hood  modernos, aquí las máscaras caen definitivamente y cualquier atisbo de revolución quede en nada. Para mí (y para cualquiera con dos dedos de frente), ellos son los malos de la historia y el dinero su único fin. Y todo lo demás es pura palabrería. Y como tal, esperaba un final más acorde con ello.

Hay, además, pequeños agujeros de guion, decisiones incomprensibles (estoy pensando, por ejemplo, en Sierra) y errores varios, algo que ya se podía imaginar desde que en esa cuarta temporada en la que todo empezó a ir cuesta abajo, pero está claro que este final no está pensado para el espectador medio, sino para el seguidor más fanático de la serie. Y, para ellos, la ficción funciona como un tiro y la satisfacción está más que asegurada. Y, al fin de cuentas, de eso es de lo que se trata, ¿no?

martes, 30 de noviembre de 2021

Visto en Netflix: EL TIEMPO QUE TE DOY

Ideada por la actriz Nadia de Santiago junto a Pablo Santidrián e Inés Pintor, El tiempo que te doy es una serie que explora el dolor que se sienta tras una ruptura sentimental y explora en ese necesario tiempo de duelo hasta llegar a la conclusión de que el tiempo todo lo cura, algo que no siempre es fácil alcanzar a comprender.

Para ello, la serie propone un interesante juego narrativo al contar la historia de Lina y Nico en dos cronologías diferentes, el presente y el pasado. No contenta con ello, se juega al experimento midiendo milimétricamente el tiempo que se dedica a cada espacio temporal, variando a raíz de un minuto por episodio, de manera que comenzamos atrapados, como la propia Lina, en el pasado de la pareja para concluir prácticamente en un presente donde ya no hay espacio para el recuerdo.

Es este juego estructural uno de los elementos más interesantes de una serie triste, melancólica, en la que descubrir tanto el presente como el pasado de sus protagonistas ayuda a comprender los motivos de su separación y cuyo futuro no terminamos de atisbar por la sencilla razón de que no es de eso de lo que va la cosa. Con un tono que recuerda a las piezas más intimistas del cine de Dani de la Orden, con ayuda de una estimulante banda sonora, hay un verdadero esfuerzo interpretativo para crear unos personajes absolutamente terrenales y que pueden representar con facilidad a cualquiera de nosotros.

Es, por tanto, una propuesta que aboga por la sencillez y que gracias a sus escasos diez episodios de tan solo once minutos cada uno se puede ver en un suspiro, dejando una leve sensación de tristeza tras cada uno de ellos.

Sin embargo, hay algo en ella que me impide valorarla como una pieza redonda, un cierto regusto amargo que me dejó insatisfecho, como si la protagonista, aparte de contagiar al espectador su tristeza, llegara a transmitir también cierta apatía y desidia ante lo que le está sucediendo (ni siquiera se ve con ánimos de celebrar una mejora laboral porque no tiene con quien hacerlo), lo cual termina por hacer mella en ese espectador entregado que puede terminar con la misma desgana. Un juego peligroso que provoca un equilibrio muy precario y que podría llevar a más de uno a caer en una falsa sensación de aburrimiento.

Es, cuanto menos, una serie a descubrir. Una serie donde no hay que esperar nada más que ver la vida pasar  dejarse llevar por ello. Luego ya dependerá de cada uno hasta qué punto le haya llegado a tocar la fibra o no.

miércoles, 4 de agosto de 2021

Visto en Netflix: SKY ROJO. T2

Con muy poca diferencia con respecto a la primera temporada ha llegado ya a Netflix la segunda tanda de episodios de Sky Rojo, ocho capítulos de apenas veinte minutos que se ven casi del tirón.

Aunque el final es ligeramente abierto como para pensar en una continuación, no hay confirmación por parte de Netflix de que la serie vaya a continuar más allá de esta segunda emporada, lo que por mi parte me parece bien. No tenemos, al menos, un gran cliffhanger y el cierre me parece suficientemente satisfactorio.

A diferencia de la primera temporada, que fue de más a menos, en esta ocasión la situación es completamente al revés, y tras un inicio algo titubeante y repetitivo, la acción se desmadra hasta terminar por todo lo alto.

El principal problema de la serie es que no se toma nunca en serio a sí misma, con lo que los saltos de fe que hay quien hacer para tragar con ella son, en ocasiones, excesivos. Y es que es todo tan exagerado, tan excesivo, que en ocasiones se roza el ridículo. Personajes tiroteados, medio desangrados, lanzados de espaldas contra rocas afiladas… Ningún golpe ni herida parece durar más de diez minutos, y esa tendencia a la exageración invita a desconectar en cierto momento de la trama. Casi no importa lo que le suceda a los protagonistas, pues uno sabe que, de una manera u otra saldrán con vida del envite, así que solo queda disfrutar de la burrada de turno. Incluso los diálogos se apuntan a esa sensación de ridiculez, como el momento en que, refiriéndose a un personaje literalmente agónico, ordenan darle un café para que se despeje.

Es una de esas series que uno ve bajo el calificativo de «placer culpable», una serie tremendamente divertida que se permite ocultar que, en el fondo, es mala de narices. Misoginia total, personajes desagradables (empezando por una protagonista a la que le deseo lo peor desde el primer minuto), situaciones absurdas y rizos de guion imposibles. Y aun así, me funciona.

Otra cosa es que nos la queramos tomar un poco en serio y, bajo esa fachada de empoderamiento en la que todos los protagonistas masculinos son totalmente deleznables se encuentra una oda a la sexualización de la mujer. ¿O acaso las actrices desconocidas que aparecen sufriendo vejaciones en pantalla no son pedazos de carne que cobran por mostrarlo, precisamente lo mismo que se supone se pretende criticar?

En fin, que más cachondeo, más burradas y más descontrol bajo luces de neón, carreteras polvorientas y canciones de postureo. Un buen aperitivo de Álex Pina mientras esperamos lo que de verdad nos interesa, que es la temporada final de La casa de papel, que al menos se atreve a romper la dinámica en su final llegando a un punto de no retorno que obliga a que una posible continuación sea obligatoriamente diferente.

lunes, 12 de julio de 2021

Visto en Netflix: EL VECINO. T2

Cuando leí que la segunda temporada de El Vecino iba a ser también la última no me sentí especialmente afectado, ya que lo cierto es que tampoco es que guarde un recuerdo desorbitado hacia la primera temporada. Sin embargo, una vez vista, he reconocido un crecimiento enorme en la serie, que deja de perder el tiempo dando vueltas alrededor de los personajes y va directo a por la acción, incorporando nuevos elementos en forma de amenazas extraterrestres (genial Javier Bonet) y potenciando al máximo la guerra de sexos entre el personaje de Quim Gutiérrez y Clara Lago, dejando como moraleja final que ambos son las dos caras de una misma moneda.

Como ya conocemos de sobras al cuarteto protagonista, las nuevas incorporaciones se reciben con los brazos abiertos, generando demenciales subtramas como la de la ambiciosa alcaldesa de Madrid (¿a alguien más le quiere recordar en algo a Ayuso?) que es capaz de todo por lograr controlar a Titán para sus propios intereses, o esa genialidad que es Fran Perea haciendo de Fran Perea, un absurdo que puede recordar (aunque de manera más delirante), al Matt LeBlanc de Episodes.

En fin, una temporada en que la serie va en aumento, tanto en diversión como en ambición, haciendo que al final sea una verdadera lástima que el invento se quede solo en dos tandas de episodios que se devoran en un santiamén, más cuando el final bien anuncia los hipotéticos planes para una tercera temporada que, por lo visto, nunca llegaremos a ver.

Una lástima, pero, como se suele decir, que nos quiten lo bailado. Ojalá hubiesen sabido Villalongo y compañía empezar con esta fuerza la primera temporada. Quizá así otro gallo les hubiera cantado…

sábado, 22 de mayo de 2021

Visto en Netflix: EL INOCENTE

Parece que el bueno de Mario Casas le ha cogido el gustito a esto de conjeturar con Netflix. Tras tener un papel ligeramente secundario en Hogar y darlo todo en El practicante, ahora regresa al mundo de las series (mini serie en este caso) para ponerse en la piel de El inocente.

Todo arranca de manera ligeramente similar a No matarás, con una mala decisión tomada una noche cualquiera y con una bella mujer por en medio. En este caso, tenemos un incidente que le va a perseguir a lo largo de los años y de cuya sombra no le va a ser fácil escapar.

Pero, pese a lo que el título parezca reflejar, no todo gira en torno al personaje de Casas, como demuestra que cada uno de los ocho episodios arranque con una voz en off de un protagonista diferente, sino que la serie plantea una especie de triángulo del que también forman parte su esposa, a la que pone rostro Aura Garrido, y la policía responsable de investigar el caso de una monja suicida, excelente Alexandra Jiménez.

Inspirada en una novela de Harlan Coben, la serie se muestra como una magnífica adaptación, siendo capaz de mantener toda la esencia argumental del libro pero encontrándose muy bien al formato televisivo, con cliffhangers que te dejan con los dientes  largos tras cada episodio y permitiéndose variar un poco el final original, logrando así incluso superar al material literario, consiguiendo con ello el aplauso del propio Coben, implicado en la adaptación.

Si se quieren encontrar peros a la serie dirigida por Oriol Paulo es la constante necesidad de hacer saltos de fe para tragarse tanto giro retorcido y casi inverosímil capaz de aunar con coherencia una red de trata de blancas que parece salida de Sky rojo, el dolor de un padre incapaz de superar la pérdida de un hijo y la infidelidad, extorsión incluida, de una esposa, un batiburrillo de ideas que analizadas en profundidad no casan demasiado bien, quizá por la necesidad de crear esos mencionados cliffhangers que mantengan el interés, pero que vista en su conjunto consiguen enganchar al espectador y, al menos, cierra ofreciendo una explicación certera a todo lo que estamos contemplando atónitos en pantalla.

Ayuda, y mucho, el casting, un relato de nivel con nombres como José Coronado, Juana Acosta, Miki Esparbé, Xavi Sáez o Gonzalo de Castro, que terminan por dar relumbrón a la serie.

En resumen, una propuesta cargada de intriga, capaz de enganchar y desconcertar al espectador y que sabe finalizar con brillantez.

domingo, 18 de abril de 2021

Visto en Netflix: SKY ROJO

Aunque tengo pendiente aún White line, esperaba con ganas la buena propuesta de Álex Pina al frente de su productora Vancouver, aunque debo reconocer también ciertos recelos tras la flojita despedida de la serie Vis a vis con esa especie de spin off deslucido que fue El Oasis y dejándome cierta dejación de vacío la cuarta temporada de La casa de papel, en la que, aparte de cierta muerte que no voy a comentar por si alguien la tiene pendiente, da la sensación que ni sucede nada que haga avanzar la trama.

A priori, Sky rojo parece casi una gamberrada, un producto que bien podrían haber partido tras una noche de copas Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, como si «Las Novias» fuese una suerte de «La teta enroscada» cambiando el desierto mejicano por el de Tenerife. Además, el extraño formato de apenas media hora de duración propicia que sus ocho episodios se devoren en un santiamén.

Y es que el argumento no puede ser más tarantiniano. Tras una discusión en un club de carretera tres prostitutas hieren de gravedad al dueño del mismo y matan por accidente a la Madame, por lo que deben emprender una huida sin mirar atrás para salvar sus vidas. Nada demasiado relevante si no fuese por la controversia que ha creado por la supuesta exaltación del proxenetismo, con discursos que parecen defender e incluso elevar la traza de blancas. Naturalmente, no hay ninguna intención por parte de Pina y sus colaboradores en ello, pero como siempre hay gente incapaz de diferenciar al autor del personaje.

Si hay en Pina una intención de buscar la polémica (o por lo menos el escandalizar) con el uso (y abuso) de escenas y conversaciones subidas de tono más explícitas de lo que estrenos acostumbrados a ver en una serie como esta y que tampoco necesita para reflejar lo que intenta explicar. Más cuando en algunos momentos tiene un toque de comedia que choca de frente con ello.

Soy ya perro viejo y difícil de escandalizar, por lo que las provocaciones de Pina no me han afectado tanto como la dificultad para simpatizar con las chicas protagonistas, cuya huida hacia delante en su rol de vitrinas tampoco me sirve para justificar ciertas decisiones que roban por el camino, amén que viendo sus personalidades sólo la Gina interpretada por Yani Prado puede aspirar a robarle el corazón al espectador.

Así, Sky rojo es una cafrada muy divertida por momentos pero que deja una ligera sensación de ir de más a menos. Tal y como comentaba al respecto de Godzilla vs. Kong, el guion es ridículo hasta decir basta, pero no es motivo para no disfrutar de esta mezcla de sangre, sexo y humor que sólo recibía cuando aspira a ponerse algo sería. Si me molesta algo cuando Pina tiende a repetirse, fotocopiando situaciones de otras producciones suyas.

De nuevo coitos interrumpus al final de la temporada, pero al menos esta vez los nuevos episodios están a la vuelta de la esquina. Será entonces cuando podamos comprobar su la cosa llega a buen puerto o nos dejan con las ganas mediante otro cliffhanger demoledor y si la incorrección política se mantiene o Pina se deja domar por las masas furibundas.