viernes, 8 de julio de 2022

Visto en Netflix: AMOR Y HELADO

Siempre se ha dicho que dentro del vasto catálogo de Netflix hay un espacio infinito reservado para las comedias románticas, la mayoría de ellas pastelosas y que, en una época anterior a la era del streaming, no habrían pasado de meros telefilms. Sin embargo, de vez en cuando se topa uno por sorpresas agradables y bastante simpáticas, como la película que nos ocupa ahora.

Amor y helado (que para ser más coherentes debería haberse traducido como Amor y gelatto) no es una obra maestra ni nos rememora a los tiempos de Nora Ephon, así como tampoco aspira a retomar el espíritu de Richard Curtis, pero si somos capaces de contentarnos simplemente con una historia bien contada, de personajes simpáticos y unas gotas de nostalgia, Amor y helado logra convencer sin caer en el empalague ni la ñoñería.

Como puede imaginarse por el título (y más con el poster, con la inevitable presencia de una Vespa), la película es un tributo a la ciudad de Roma, que para Hollywood no es la ciudad del amor, como sí lo es París, pero poco le falta. Allí nos encontramos a Lina, que en tributo a su madre recientemente fallecida pasa allí unas vacaciones con la idea de reencontrarse con un pasado que no sabía que existía y abriendo las puertas, cuando menos se lo esperaba, al amor, en forma del clásico triángulo en el que deberá elegir (o no) entre dos pretendientes: un niño de papá atiborrado de pasta o un aspirante a cocinero.

No voy a decir que los giros de guion sean sorprendentes y ni siguiera las decisiones tomadas por los protagonistas varía mucho de lo que uno podía imaginarse apenas empezar el film, pero es que tampoco la película de Brandon Camp pretende jugar a eso, conformándose con ser un retrato de una ciudad y un cuento romántico sobre el amor, la familia y el duelo bastante bien hilvanado y que consigue emocionar por momentos.

 

Valoración: Seis sobre diez.

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