jueves, 8 de enero de 2015

FRÍO EN JULIO * (7d10)

Quedé tan gratamente sorprendido tras ver Frío en Julio en el pasado festival de Stiges que me ilusionó saber que iba a tener distribución en España y que iba a poder verla de nuevo en cines, reservándome un comentario sobre la misma más amplio cuando la hubiese recuperado en su versión doblada. Como es lógico, lo único doblado es cómo me la ha metido de nuevo la distribuidora en cuestión que no ha creído para nada en el film y lo ha maltratado (y van…) de mala manera invitando (obligando) a recurrir una vez más al “cine privado” de mi casa para poderla ver de nuevo. Empieza bien el año…
El caso es que la última película de Jim Mickle (un director al que no había seguido la pista y cuyos títulos más destacados son Somos lo que somos y una cosa llamada Vampiros del hampa) es una curiosa mezcla de géneros bastante difícil de definir y que atrapa a espectador por cuestiones que van más allá de la simple lógica. Y es que pese a su interesante reparto (qué fácil es caer en el tópico de definirla como la peli de Dexter y “Sonny” Crockett) el guion de la película no es precisamente redondo, los diálogos carecen del brío suficiente y la dirección es interesante pero ligeramente austera. ¿Qué es, pues, lo que me ha interesado del film?
Imagino que todo se reduce a su planteamiento, a los giros que da la historia (no tanto argumentales sino de género) que te descoloca en varios momentos y hacen que el ritmo de la misma vaya de menos a más.
Todo comienza cuando Richard Dane (Michael C. Hall), un tipo más bien pasmarote, descubre que ha entrado un ladrón en su casa y, preocupado por la seguridad de su mujer y su hijo, lo termina matando. Esto deriva en una especie de drama intimista sobre las repercusiones de su acto, su carga de conciencia, la brecha que puede causar en su matrimonio y la paranoia que le crea la falta de seguridad en el hogar. Hasta que llega el primer giro de guion y aparece en escena Russel (San Shepard), el padre del fallecido, con oscuras intenciones. Ahora nos encontramos ante un thriller tramposo sobre psicópatas acosadores con cierto tufillo a telefilm de sobremesa. Pero hete aquí que el bueno de Dane descubre que lo han estado engañando, y que el muerto no es quien la poli le ha dicho que es. Segundo giro de guion y nueva transformación de la película, que apenas está comenzando, y empieza a mostrarnos ya sus verdaderas cartas. Entra en escena la tercera pata del banco: Jim bob, un Don Johnson en estado de gracia que, como suele suceder con este icono de los 80, se merienda la pantalla en cada aparición y revoluciona el film dándole una nueva apariencia. A partir de ahora todo cambia: la historia, el ritmo… incluso la iluminación y el color parecen obra de otro director.
Lo que empezaba como una metáfora sobre el miedo y la inseguridad se ha transformado en una historia de descubrimiento y venganza, repleta de violencia en sus momentos finales que si no llega a tornarse cómica (la historia de las chicas de fondo es demasiado truculenta para ello, no daré más detalles) si roza un punto de exageración que provocó los aplausos y vítores durante el festival  demostrando que es un tipo de película perfecta (aunque no lo sepamos hasta la mitad de su metraje) para tales eventos.
Al final, el resultado es sumamente satisfactorio, siendo su mejor virtud ese camino retorcido por el que nos ha conducido sin saber qué nos íbamos a encontrar tras cada curva y que nos seduce, sobre todo, gracias a la complicidad del trío protagonista. Con cierto aroma al cine de John Carpenter, Mickle consigue contagiarnos una atmosfera que se podría definir como una mezcla entre el Pulp Fiction de la América profunda  con el encanto del cine indie, que junto con su ambientación vetusta (está ambientada en 1989), logra atrapar al espectador y sumergirlo en la historia poco convencional pero, finalmente, menos tramposa de lo que pudiera parecer.
Una interesante película que sin duda merecía más suerte en su distribución y que muestra en una escena el interior de un gigantesco videoclub (verdadero dinosaurio extinto de esta generación) como metáfora del futuro de este tipo de films que, afortunadamente (a veces hay justicia en el mundo) ha tenido una gran resonancia en el formato VOD (video of demand).

martes, 6 de enero de 2015

SE NOS FUE DE LAS MANOS * (6d10)

Últimamente estoy contemplado con cierto asombro como cada vez que se estrena una película francesa (si es comedia, mejor) el póster advierte que esta ha sido número uno en taquilla y ha arrasado en toda Europa. No voy a poner en tela de juicio semejante afirmación (hoy en día es muy fácil conocer los datos de taquilla de una película) pero empiezo a estar ya un poco cansado de que siempre me vendan la misma historia. Algo parecido me pasa con las películas de terror de bajo presupuesto americanas. Todas son número uno en su país. Luego, pasadas unas semanas, nadie recuerda haberlas visto…
Ahora, tras la que se suponía era la película de más éxito del año en Francia, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? nos llega una nueva comedia gala que presume más o menos de lo mismo: Se nos fue de las manos. Y no voy a negar sus virtudes, ya que como en el caso anterior se trata de una obra divertida y muy amena, pero que si debe representar lo mejor de la filmografía de su país, apañados vamos…
Sin la más mínima intención de arriesgar un ápice, Se nos fue de las manos rasca de todos los palos posibles en busca de conseguir sin éxito una identidad propia. Como no podía ser de otra manera, siendo una comedia francesa, tenemos un grupo de amigos políticamente correctos (no puede faltar el personaje de tendencia islámica, aunque también aquí muy moderado), el entorno lujoso y aristocrático (¿quién dijo que había crisis?) y, como quien no quiere la cosa, un tufillo para nada disimulado a la americana Resacón en Las Vegas, incluyendo, aunque con matices, el estilo narrativo, aunque con toques (por lo de la cámara en mano de gran parte del metraje) a Proyecto X.
El día del 30 cumpleaños de Frank, cuando sus amigos le habían preparado un fiestón por todo lo alto, su jefe le obliga a quedarse en su casa cuidando a su hijo de doce años para poder ir a una gala con su mujer que les fuerza a pasar la noche fuera. Cuando por la mañana la policía les llama para que vuelvan a casa, el matrimonio se encontrará la mansión en un estado lamentable y al hijo desaparecido, y sólo la filmación de una cámara de video les dará una idea de lo que ha pasado allí esa última noche.
Con pretensiones gamberras y algo de humor negro (personalmente la escena del pájaro no la encuentro para nada graciosa, pero bueno), el protagonista Philippe Lacheau (por cierto, codirector de la obra) trata de copiar todos los matices de su alter ego Bradley Cooper, repitiendo el estigma de chico responsable superado por la situación y que termina dejándose llevar. El guion, con celebrados momentos de desmadre, contiene situaciones francamente divertidas, apoyándose básicamente en el carisma que puedan desprender los protagonistas (básicamente los tres amigos –aunque uno está casi todo el film parapetado al otro lado de la cámara-, una chica y Rémi, el hijo de marras), aunque el verdadero punto cómico lo pone con buen critério el torpe policía que interpreta Philippe Duquesne, pero las situaciones hilarantes y desfasadas de la inevitable fiesta se terminan diluyendo en un final previsible y exageradamente edulcorado que nos remite a un telefilm Disney sobre la falta de atención de un padre hacia su hijo. Quizá sea imprescindible un final feliz para coronar esta historia, pero que los tres frentes abiertos (la relación padre-hijo, las pretensiones románticas de Frank y sus aspiraciones laborales) se solucionen de manera tan redonda quita gracia a un argumento que merecería un final más macarra.
Al final, todos quedan contentos, como en un cuento excesivamente familiar, pero la moralina tampoco termina de ser efectiva cuando no hay unas verdaderas consecuencias al desmesurado desmadre que se produce a lo largo del metraje.
En definitiva, como en la mayoría de films de este estilo, nos encontramos ante una comedia simpática y que nos invita a pasar un buen rato, pero que ni merece el exagerado rendimiento en taquilla ni será recordada pasados unos meses.

lunes, 5 de enero de 2015

EL SÉPTIMO HIJO (5d10)

Como si de una excusa de su argumento se tratase, El Séptimo Hijo es una película maldita. 
Basada en la novela de Joseph Delaney: El aprendiz de Espectro, se rodó con la intención de convertirse en el comienzo de una nueva franquicia del no siempre fructífero género de la fantasía juvenil. 
Y parecía una buena apuesta, pues pretendía ocupar el hueco dejado por Harry Potter, tenía suficiente material detrás (dieciséis novelas por ahora) para exprimir la burra muchos años y reunía nombres interesantes en el proyecto, empezando por un director dos veces nominado al Oscar y dos actores de relumbrón como son Jeff Bridges y Julianne Moore.  El problema vino cuando se rodó la película, se anunció la fecha de estreno como el 18 de octubre de 2013 y todo se estancó.
No debían creer demasiado en ella cuando el estreno fue saltando de una fecha a otra, llegando a ser descartada definitivamente por sus productoras iniciales (Warner y Legendary) y siendo después recuperada por Universal que, ya que la tenía, la ha hecho llegar a los cines sin demasiado rebomborio.
En ese año y medio de retraso algunas cosas han cambiado: Jeff Bridges ha perdido parte de su crédito aceptando participar en patochadas como R.I.P.D., Sergey Bodrov no ha vuelto a dirigir nada en Hollywood y los protagonistas más jovenzuelos continúan sin despuntar (aunque 2015 podría ser el año de Alicia Vikander, pues participa en dos títulos a priori interesantes como Ex Machina y The Man from U.N.C.L.E.). Prueba del paso del tiempo se puede encontrar en el brevísimo papel de Kit Harington, por aquel entonces sólo una cara conocidilla y ahora estrella más o menos consagrada por su papel de John Nieve en Juego de Tronos y su paso (más o menos acertado) como protagonista por Pompeya.
El séptimo hijo cuenta la historia de un Espectro (último de una especie de “cazafantasmas” medieval, con un pasado romántico-trágico con la más peligrosa y malvada de las brujas). Cuando su último aprendiz muere debe buscar uno nuevo para enfrentarse al retorno del ser más malvado del lugar, y el elegido es Tom Bard, el séptimo hijo de otro séptimo hijo y con su propio pasado secreto.
La película en sí no ofrece nada fuera de lo esperado, una aventurilla de esas de espada y brujería con algún que otro bichejo de por medio que muestra las carencias de un director poco habituado al cine de acción (la mayoría de los enfrentamientos son mediante secuencias precipitadas y confusas) y una producción limitada que hace que algunos de los efectos visuales sean demasiado básicos para las aspiraciones iniciales del film.
Cierto es que el tema de la brujería nunca ha funcionado demasiado bien en cine (dejando de lado las brujas de cuentos infantiles, eso es otra cosa) y títulos como El aprendiz de brujo, En tiempo de brujas, Hansel y Gretel, cazadores de brujas (esta última al menos era una gamberrada muy divertida) o Sombras tenebrosas han pasado por los cines sin pena ni gloria (y me estoy refiriendo a la versión más clásica y medieval de las brujas, no a sus aportaciones en otras historias como relleno), siendo Stardust o Las brujas de Eastwick alguno de los pocos títulos destacables que me vienen a la memoria. 
Y El séptimo hijo no parece una excepción, haciéndome pensar que el intento de franquicia quedará en un vasto propósito y que el final de la película, invitando descaradamente a una secuela, se quedará en nada.
De lo poco destacable que hay en el film es su reparto, protagonizado por un Ben Barnes que parecía ir para estrella después de ser el Príncipe Caspian de Las Crónicas de Narnia y parece que se ha quedado estancado, habiendo recaído últimamente en el recurso de la televisión (su caso me recuerda un poco al Taylor Kitsch de John Carter), mientras que se dejan ver también por ahí Antje Traue (Faora-Ul en El hombre de acero), Olivia Williams (vista recientemente en Sabotage) y Djimon Hounsou, al que por lo visto le va eso de disfrazarse con pintas raras como ya demostró en Los Guardianes de la Galaxia. Nombres que unidos a los mencionados Bridges y Moore dan algo de lustro a una historia bastante sosa y demasiado previsible, que, como casi toda la fantasía de este siglo, pretende beber demasiado de El señor de los Anillosaunque con toques de humor algo torpes y muy ochenteros (el personaje de Colmillo, sin ir más lejos) con situaciones muy tópicas que, aunque no aburre, tampoco descubre nada novedoso.
Se deja ver, entreteniendo sin demasiadas exigencias, pero demasiado floja y descafeinada para resaltar nada especialmente positivo. 

sábado, 3 de enero de 2015

EL JUGADOR (2015) (6d10)

En 1974 James Caan protagonizó la película El jugador (The gambler) sobre un profesor de literatura adicto al juego. La actual película de Rupert Wyatt (director de El origen del Planeta de los Simios) es un remake de aquella (de ahí que en el título en español se haya añadido el año: con lo que les gusta lo de traducir mal los títulos y aquí no han sido capaces de buscar una fórmula un poco más original…) pero con sutiles diferencias.
La obra de Karel Reisz nació con la sana intención de ser una especie de documental que en su paso a largometraje se convirtió en una metáfora de la época crítica y decadente en la que estaba sumergida por aquel entonces los Estados Unidos. El descenso a los infiernos de Caan era el descenso de todo un país, de una sociedad demasiado acostumbrada a caminar en el alambre, a vivir al límite sin pararse a pensar en las consecuencias.
Wyatt no ha pretendido ir tan lejos, desdibujando incluso a la ciudad de Los Angeles que un borroso telón de fondo por el que corretea el protagonista Jim Bennet (en esta ocasión interpretado por Mark Wahlberg), un profesor de literatura con alguna novela de éxito en su haber y de ascendencia acomodada que podría tenerlo todo en la vida si no fuera por su adicción al riesgo (más que al juego). Bennett contrae deudas con los tipos más peligrosos del circuito, pero la única respuesta que halla para salir del agujero es apostando todavía más, entrando voluntariamente en una espiral de autodestrucción suicida que lo alejará de todo y de todos.
Wyatt no arriesga tanto como hiciera su colega también británico hace ya treinta años, rehuyendo del retrato frío y acusador de las salas de juego y casinos como simples mercantes de almas. Aquí no son los locales de dudosa legalidad los malos de la película, ni los abusivos prestamistas que se aprovechan de las debilidades de su cliente. Aquí la víctima y el villano son la misma persona, un Bennett de atractivo magnetismo en algunos momentos y despreciable indiferencia en otros, en una interpretación algo más esforzada de lo habitual tratándose de Wahlberg, que logra encontrar el punto justo de cinismo con que sazonar su patética conducta.
A su alrededor, orbitando a su antojo como simples marionetas, Jessica Lange, John Goorman y Michael Kenneth Williams dejan huella con su presencia imponente, mientras que la joven Brie Larson aporte el punto de candidez que invita a ver un rayo de esperanza en la oscuridad que rodea a Bennet.
Filmada con cierto deje videoclipero y dividida por una especie de capítulos correspondientes a los diez días que transcurren desde que Bennet recibe un ultimátum de sus acreedores al arranque del film, Wyatt carece de la fuerza suficiente para mantener la tensión argumental en todo momento, estando a punto de decaer la acción en varias secuencias (hay algunas escenas que invitan a pensar en un inminente clímax que luego quedan en nada), aunque el camino de incierto final que recorre el protagonista es suficientemente destructivo como mantener un cierto punto de interés que, posiblemente, se echaría al traste en segundos visionados o reflexiones más profundas.
Si la única intención de Wyatt es la de proponer un film de suspense que nos invite a pasarlo mal con las dudosas elecciones de su protagonista, la cosa le sale más o menos bien. Si a lo que aspira, sin embargo, es –como en la obra del 74- a aleccionar y retratar un mundo de caos y miseria fracasa, perdiéndose a menudo en diatribas algo pedantes del ilustrado profesor.

COMO ACABAR SIN TU JEFE 2 (6d10)

Hace ya cuatro años Seth Gordon, directos básicamente dedicado a las comedias de televisión, consiguió un razonable taquillazo con la gamberra comedia Como acabar con tu jefe, en la que tres empleados machacados continuamente por sus respectivos jefes tramaban un descabellado plan para liquidarlos.
Pese a lo divertida que pudiera ser, la clave del éxito habría que buscarla, sobre todo, en su atractivo reparto y claro, en Hollywood el refrán popular que reza: cuando una cosa funciona, ¿para qué cambiarla? suele llevarse a rajatabla. Así, con el director como único cambio de cromos, se estrena la secuela de aquel simpático éxito que repite casting y esquema con eficacia.
De esta manera, nos volvemos a encontrar con Jason Bateman, Jason Sudeikis y Charlie Day repitiendo como el patoso trío de amigos que se ven abocados a la vía delictiva para solucionar sus problemas laborales. Y eso que esta vez parecían haber dado con la solución perfecta: ser sus propios jefes. Pero la cosa, por descontado, no podía salir bien, y cuando son estafados y quedan en la ruina sólo se les ocurre secuestrar al hijo del empresario que los ha hundido en la miseria para resarcirse. Las cosas, claro está, no saldrán según lo previsto y los disparates se van a suceder uno detrás de otro.
Pese a la premisa argumental que parte del pretexto completamente antagónico de la primera entrega (de ahí que en el título en español se sustituya la palabra “con” por “sin”), la fórmula se copia de forma tan milimétrica que repiten los mismos secundarios: Jennifer Alliston, Kevin Spacey y Jamie Foxx, sustituyendo a los difuntos (en la ficción) Donald Sutherland y Colin Farrell por Christoph Waltz y Chris Pine, que para que nadie note mucha diferencia también interpretan a un padre y un hijo.
La silla de dirección, en esta ocasión, la ocupa  Sean Anders, prolífico guionista de comedias en los últimos años pero de escasa repercusión hasta ahora como director. Da lo mismo. Igual podían haber dejado el puesto vacante. La película es de esas que se filman con el piloto automático puesto, en el que los actores se han hecho ya a los personajes y los desarrollan con una sana sensación de colegueo, contando con la simpatía de un público que tiene que ser fan de la primera película para que esta les funcione y dejando la necesidad de arriesgar para otra ocasión.
Si uno es poco exigente y acepta la premisa la película funciona bien, siendo en algunos momentos incluso más divertida que la primera. Y de eso se trata, de pasárselo bien sin buscar segundas lecturas, moralejas complejas ni diálogos excesivamente brillantes. Es, ni más ni menos, un culto a la estupidez. Y como tal, provoca las suficientes risas como para merecer su aprobado.
No es una genialidad. Ni lo pretende ni la mayoría de sus participantes aspiraría nunca a nada semejante, pero consigue una complicidad que hace que nos sintamos como uno más del grupo, dejándonos incluso con ganas de ver qué tontería se les ocurre para la tercera entrega.
A veces es sano ir al cine a reírse un rato sin más. Y esa es una de esas veces.

THE IMITATION GAME (DESCIFRANDO ENIGMA) (8d10)

El debut en Hollywood del noruego Morten Tyldum es una interesante película sobre el descubrimiento científico más importante de la década de los cuarenta y que pudo suponer la inclinación de la balanza hacia el lado de los aliados durante la II Guerra Mundial.
Sin embargo, podría parecer también un vehículo destinado solamente al lucimiento de uno de los actores más en forma del panorama actual, un Benedict Cumberbatch que se hace dueño y señor del film y llena la pantalla en cada plano en que aparece, que –también es cierto- son la mayoría.
Emparentado a simple vista con su televisivo Sherlock, Alan Turing es un personaje de inteligencia extrema, calculador y extremadamente lógico, pero a la vez incapaz de mostrar cualquier síntoma de empatía con su entorno. Engreído, soberbio y cruelmente sincero, el problema de Turing no es que esté por encima de los demás, sino que es plenamente consciente de ello. Por eso el programa secreto en el que participa junto a otros matemáticos  para desvelar las claves de las comunicaciones encriptadas de los nazis (mediante el ingenio denominado Enigma) parece condenado al fracaso. Pero su dedicación absoluta y obsesiva, junto con la entrada en el proyecto de Joan Clarke (¡¡una mujer inteligente en un mundo de hombres!! ¡qué escándalo!), que logrará sacar el lado más humano de Turing hasta hacer que colabore con sus compañeros, propiciará que se invente una máquina (antecedente de los ordenadores actuales) que interprete los mensajes alemanes y permita a los aliados anticiparse a sus movimientos.
The imitation game (que es el nombre del primer estudio que publicó Turing sobre su invento, mucho antes de entrar en el equipo secreto del gobierno británico) es una drama basado en la historia real de este proyecto que había permanecido oculto hasta hace un par de años y de un hombre que realizó uno de los mayores avances científicos de la época y que, por su condición de homosexual, no fue reconocido hasta ahora como el principal causante del final de la guerra. Quizá el film no logra transmitir con acierto la construcción de la máquina definitiva, llamada Christopher (quien no sea matemático, informático o ingeniero seguramente no alcanzará a comprender como funciona exactamente el invento) pero sí ahonda a la perfección en la psique del matemático protagonista, empleando unos flashbacks para mostrar su infancia que, si bien al principio parecen estorbar a la historia principal, a medida que las dos tramas avanzan en paralelo lo sucedido en una termina influyendo en la otra, logrando un paralelismo armónico y consecuente.
El guion, obra del debutante Graham Moore a partir de un libro de Andrew Hodges, roza la perfección para un relato de ficción, pero se muestra demasiado preciso para tratarse de una historia real. Todo cuadra en su justa medida, todo se estropea y se arregla justo cuando se tiene que estropear y arreglar, y eso resta algo de verosimilitud a la historia que, por otro lado, se permite invitar a la reflexión en temas como la homosexualidad o el poder de decisión que, con el código Enigma descubierto, les permite decidir quién va a vivir y quien va a morir en una de las guerras más horribles de la historia de la humanidad (en cierto momento se dice, muy acertadamente, que están incluso por encima de Dios).
Es posible que, debido a la escasa experiencia de director y guionista para un proyecto de cierta envergadura, falte algo de alma en la historia, pero allí donde ellos no llegan se encuentra Cumberbatch, que si ya acostumbra a estar excelente en personajes aparententemente tópicos (me viene a la memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad y ardo en deseos en verlo interpretar al Doctor Extraño en el Universo Marvel) raya la perfección con interpretaciones más complejas como su versión de Julian Assange o el esclavista Ford de 12 años de esclavitud. Aquí está magistral, con unos matices que, como dije al principio, puede recordar mucho a su Sherlock pero al que dota de una humanidad y unas debilidades ocultas bajo su fachada de perfección que logra que veamos las diferencias en el personaje de ficción que es el detective de Baker Street y el personaje real que fue Alan Turing. Tanto es así que logra, incluso, minimizar la aparición de secundarios de renombre como la cada vez más excelente Keira Knightley, el enigmático Matthew Goode o las presencias siempre efectivas de Mark Strong o Charles Dance.
En definitiva, una interesante escenificación de un hecho que cambió la historia, una reflexión sobre el poder de decisión y la represión social de la época y una interpretación genial que debía llevar a Cumberbatch camino del Oscar.


jueves, 1 de enero de 2015

IN MEMORIAM

Termino esta serie de “especiales” de fin de año con una de esas entradas que nunca gustan de escribir pero creo que es un merecido y cariñoso recuerdo a aquellos actores y directores que nos dejaron a lo largo del ya caduco 2014. Naturalmente, no voy a reflejar aquí a todos los desaparecidos (sería una lista dolorosamente larga), pero sí a los más significativos:
Empezamos con James Avery, que aunque hizo varios trabajos en cine será siempre recordado por su papel de Tío Phil en El Príncipe de Bel Air.
Un duro golpe fue descubrir que Phillip Seymour Hoffman no pudo soportar sus numerosas depresiones y terminó con su brillante carrera de una sobredosis. Tras su fallecimiento lo vimos en La entrega y Los Juegos del Hambre: Sinsajo, parte 1. En el 2015 volveremos a verlo en el final de la saga, pero el guion se retocó para solventar las escenas que le faltaban por rodar.
Shirley Temple nos dejó a los 85 años, pero su última aparición en pantalla grande fue con 22 años. Dejó, sin embargo, un legado de 43 películas.
Harold Ramis siempre será recordado como uno de los Cazafantasmas, pero su principal talento estaba tras las cámaras, quedando en nuestro recuerdo la genial Atrapado en el tiempo.
Quizá el nombre no os suene a muchos, pero James Rebhorn era uno de esos secundarios que se identificaban al primer vistazo. Su personaje de padre de Carrie en Homeland fue su despedida.
Como en el caso de la Temple, Mickey Rooney también debe su fama a sus papeles de  cuando era niño, aunque él continuó apareciendo en cine y televisión de manera esporádica.  Noche en el Museo es su título más reconocible de los últimos años, y a él (junto a Williams) va dedicada la tercera parte.
Rogger Rabbit ha dejado de ser tan divertido desde que perdió a su compañero amargado y cascarrabias. Pero Bob Hoskins estaba estupendo en La noche de los cristales rotos, apareció en la caricaturesca Hook y fue Super Mario Bros. Casi nada.
Desde su debut en 1951 hasta Wall Street 2: el dinero nunca muere, la carrera de Eli Wallach ha sido muy extensa, pero siempre será el feo de El bueno, el feo y el malo.
James Gardner fue Maverick en la serie de televisión y se dejó caer luego en la película homologa. Pero además: La gran evasión, Space Cowboys o El diario de Noa.
Con 61 años, Álex Angulo era un referente para un público de cualquier generación. Se ganó la fama en la serie Periodistas y llevaba varios años ofreciéndonos potentes interpretaciones en cine, pero un papel que le marcó la carrera fue sin duda el del cura de El día de la Bestia.
Genial actor y de elocuencia prodigiosa (imprescindible ver Good morning, Vietnam en versión original) Robin Williams es una de las pérdidas que más han conmocionado Hollywood el presente año. Acusado por algunos de ser demasiado histriónico con sus personajes, era el indiscutible rey de la comedia y Noche en el Museo: el secreto del faraón ha sido también su despedida.
“Si me necesitas, silba”. Y Bogart ha debido de silbar desde el cielo. Lauren Bacall ha marchado a su lado. Como en el sueño que ambos compartían, ella siempre será eterna.
Dirigió grandes títulos como Un puente lejano, Ghandi o Chaplin, pero su imagen quedará siempre unida a la de John Hammond en Parque Jurásico. Sir Richard Attenborought.
Mike Nichols dirigió dos grandes títulos: El graduado y Armas de mujer, pero no podemos dejar de recordar también Lobo, Una jaula de grillos, Primary Colors o Closer. La guerra de Charlie Wilson, en el 2007, fue su último trabajo.
Aunque no perteneciera al mundo del cine, sus canciones han hecho grandes a películas como Oficial y Caballero, Nueve semanas y media o Atrapado por su pasado, además de la serie Aquellos maravillosos años. La voz de Joe Cocker es, simplemente, irrepetible. 
El último de tan funesta lista es Edward Herrmann otro de esos secundarios brillantes que la última vez que tuve la oportunidad de verlo fue falleciendo (maldita ironía) en un episodio de Cómo conocí a vuestra madre.
Fuera se han quedado nombres como Paco de Lucía (¡qué gran guitarra en el tema de Don Juan de Marco que cantaba Bryan Adams), el director Alain Resnais, James Hellwig (el luchador apodado el Último Guerrero, que también hizo sus pinitos en cine), Gabriel García Márquez (fue guionista e impartió talleres de cine), H. R. Giger, creador del diseño de Alien, Malik Bendjelloul (ganador de un Oscar por el corto Searching for Sugar Man), Maya Angelou (hizo algún trabajillo como actriz y guionista), Richard Kiel (inigualable villano de James Bond de mandíbula aterradora), Pedro Peña (¡¡Chechu!!),
Roberto Gómez Bolaños (más popular como El Chavo del ocho), Phil Stern (fotógrafo de las estrellas), Virna Lisi, una de las grandes de Italia, Ann B. Davis, Ruby Dee, Skye McCole Bartusiak, Roberto Cairo, Daniel Dicenta, Joan Rivers, Koldo Losada…
A ellos y a los que faltan, un sincero y merecido homenaje.

Descansen en paz.

(CASI) TODOS LOS ESTRENOS DEL 2015.

Bueno, chicos, ya hemos cambiado el último dígito del calendario, nos hemos atragantado con las uvas, hemos hecho cachondeo con las campanadas de Canal Sur y llega el momento de pensar en cosas importantes de la vida: el cine.
Este 2015 llega cargadito de grandes propuestas, con unas cuantas películas súper esperadas que, por pura cuestión estadística, alguna terminará decepcionando. Pero no sólo de Vengadores y Star Wars vamos a vivir, así que a continuación os dejo un rápido repaso a todo lo que se nos viene encima este 2015.
Empieza enero con las recién estrenadas The imitation game: Descifrando Enigma, con Benedict Cumberbatch camino al Oscar, Paddington, una infantil con osos parlantes, El jugador, con Mark Wahlberg, Cómo acabar con sin tu jefe 2, secuela de la divertida comedia de hace unos cuatro años y El séptimo hijo, primera ración de cine fantástico con aroma a truñete.
A lo largo del resto del mes, si las distribuidoras no me boicotean, iremos descubriendo a Birdman (de esta ya tenéis mi opinión publicada), La teoría del todo, Corazones de Acero (esa Fury con Brad Pitt que ya mencionaba hace justo un año como un de las más esperadas del 2014 y cuyo estreno se ha caído hasta este mes), Stonehearst Asylum (Brad Anderson dirigiendo a Kate Beckinsale en una trama de esas malrollera), Frío en Julio (esta se vio en Sitges y tenéis una breve reseña ya publicada), The Babalock (también pasada en Sitges, pero yo me la perdí, y parece que pinta bien), Whiplash (sobre las malsanas relaciones entre profesor y alumno), Into the Woods (Rob Marshall ofreciendo la primera aportación del año a la revisión de cuentos infantiles, esta vez en clave musical), Nightcrawer (Jake Gyllenhaal pasándolo canutas como periodista), ’71, con el chico de moda, Jack O’connell, reciñen salido de Invencible, Blackhat, amenaza en la red (primer intento de Liam Hemsworth de librarse de la sombra del martillo de Thor) y la presencia de dos directores con mayúsculas: el último Cronenberg, Mapa de las Estrellas (también podéis saber de ella en mi repaso de Sitges) y Blackhart de Michael Mann, además del cierre, parece que definitivo, de la saga de Liam Neeson V3nganza y de la apuesta futurista (en Sitges no la dejaron muy bien) de Antonio Banderas: Autómata.
Ya en febrero tendremos ocasión de ver si los hermanos Wachowski se la pegan definitivamente o salen airosos de su El destino de Júpiter mientras que Kingsman, the secret service supone una nueva colaboración entre el director Matthew Vaughn y el guionista de comics Mark Millar después de Kick-Ass. También nos llegará en Tusk de Kevin Smith, El año más violento, que junta al actor de moda, Oscar Isaac, con Jessica Chastain, la secuela de La mujer de Negro, ya sin Daniel Radcliffee en el reparto, y alguna película menos publicitada pero que puede deparar sorpresas agradables como Foxcatcher, The signal, Ex machina (otra vez Oscar Isaac) o El libro de la vida, una fantasía animada surgida de la mente de Guillermo del Toro. También será febrero cuando llegue el último Eastwood, El Francotirador, protagonizada por Bradley Cooper, pero mucho me temo que todo el interés (sobre todo el femenino) se va a centrar este mes en 50 sombras de Grey (que poco me apetece).
En marzo son cuatro los títulos más destacados: la controvertida versión de Josh Trank de Los Cuatro Fantásticos, la esperada nueva incursión a la ciencia ficción de Neill Blomkamp en forma del robotito Chappie, con el primer intento del año de Hugh Jackman de librarse de las garras de Lobezno (¿me estoy repitiendo mucho), una oportunidad de demostrar que Johnny Deep no es merecedor de la etiqueta de "Veneno para la taquilla" que se está ganando a pulso últimamente gracias a Mortdecai, con Gwyneth Paltrow y Ewan McGregor en el reparto, la Cenicienta de Kenneth Branagh (otro que no puede permitirse muchos tropezones más) y el despiporre visual que Paul Thomas Anderson propone en Puro Vicio y como parece que marzo será el mes de las oportunidades, el desaparecido Will Smith reclamará un poquito de atención en Focus. 
Acompañando a estas tendremos el debut como director de Ryan Gosling (Lost river), una nueva tomadura de pelo propuesta de la saga Paranormal Activity, las españolas Perdiendo el norte y Negociador y el segundo intento del año de Chris Hemsworth de librarse del martillo de Thor de la mano de Ron Howard con En el corazón del mar. También habrá tiempo para la ternura con El exótico hotel Marigold 2 y la cinta de animación Home, hogar dulce hogar, mientras que las adolescentes vivirán su primer gran momento (el segundo llegará en noviembre) con Insurgente, la secuela de la aburridilla Divergente.
Abril será el primer mes que lo va a petar, con la llegada de Los Vengadores: La era de Ultron que sin duda va a romper las taquillas de todo el mundo, aunque el desafío de superar a su antecesora me parece casi utópico. A su sombra estará la despedida de Paul Walker de las pantallas con Furious 7, la nueva película del equipo Jaume collet-Serra/Liam Neeson: Run All Night, la aconsejable The guest (otra que ya cayó en Sitges y me lo pasé pipa), Ben Stiller en Mientras seamos jóvenes y la primera gran apuesta española del año: Anacleto, agente secreto. También estaba anunciada para este mes Interview, pero quién sabe qué pasará con esta peli que se ha convertido ya en un título de culto pese a su (dicen) baja calidad.
A medida que avanza el año las fechas de estreno confirmadas son cada vez menores, por lo que en mayo solo se conocen dos estrenos, aunque ambos de aúpa. La revisión del clásico de Mel Gibson con el rostro de Tom Hardy bajo el título de Mad Max: Furia en la carretera y Tomorrowland, ciencia ficción sesuda al servicio de George Clooney.
También son dos los títulos confirmados para junio, y de nuevo se trata de sendos intentos de revivir éxitos del pasado. Por un lado, el intento de blockbuster que es Jurassic Word (o el último intento de Spielberg de exprimir a sus dinosaurios) y Ahora o nunca (o como volver a reunir a Dani Rovira y Clara Lago después de Ocho apellidos vascos).
En las puertas de las vacaciones de verano nos encontraremos al bueno de Arnie repitiendo eso de “Volveré” en la esperada Terminator: Génesis, en un intento de hacernos olvidar la flojita Salvation. Como compañeros de aventuras estarán Los Minioms, intentando volar solos sin el amparo de Gru, la una nueva gamberrada de Seth MacFarlane que es la secuela de Ted, a Peter Pan (tercer cuento del año y segundo intento de Jackman de librarse de las garras de Lobezno) y el debut de un nuevo personaje franquicia Marvel: Ant man.
En agosto, nada mejor para combatir el calor que la nueva propuesta de Pixar en la que se introducen en la mente de sus personajes: Inside out. También podremos disfrutar de Regression, con Alejandro Amenabar haciendo mil perradas a Ethen Hawke y Emma Watson y al nuevo Superman buscándose las castañas sin mallas ni capa en The Man From U.N.C.L.E. También podemos aprovechar las vacaciones para disfrutar de Trainwreck, lo último de Judd Apalow o de Atrapa la bandera, la nueva aventura de los creadores de Tadeo Jones.
Septiembre será un mes de secuelas, con Magic Mike XXL (si no me fallan las cuentas, tercera película de Channing Tatum en lo que llevamos de año) y la continuación de El corredor del Laberinto: Maze Runner: Scorch Trials.
Pocos datos más tenemos sobre lo que nos vamos a encontrar en cines a la vuelta de vacaciones, pero en octubre si estará en cines lo nuevo de Guillermo del Toro, Crimson Peak y el (aparentemente) último Bond del binomio Mendes-Craig. También será el mes para ver juntos a Johnny Deep y Benedict Cumberbatch en Black Mass.
Para noviembre nos queda la paranoia que puede suponer Scouts Vs. Zombies, el spin off de Buscando a Nemo, con el original nombre de Buscando a Dolly, la (por fin) conclusión de Los Juegos del hambre: Sinsajo y un nuevo Scott, The Martirian, que esperemos le hayan permitido rodas con más calma que Exodus.
Y cerraremos el mes con el plato fuerte del año. Por obra y gracia del gran J.J.Abrams nos llega la séptima entrega de Star Wars, una de las películas que más odio y pasión pueda despertar, más con el triste recuerdo de la esperada y decepcionante nueva trilogía de Lucas. Acompañando a Star Wars: El despertar de la fuerza podremos ver cosillas como Palmeras en la nieve, con Mario Casas y Misión imposible 5, el retorno de Tom Cruise a su saga más rentable.
Y sin fecha confirmada se deberían estrenar también Ma ma (Lulio Medem dirigiendo a Penélope Cruz) y la versión cinematográfica con el careto de Michael Fassbender del videojuego Assasin’s Creed.
Y hasta aquí el repaso a lo que nos podemos encontrar en cines este año. Evidentemente, los Jedis y los Vengatas se llevarán la palma, pero el final de la saga de Suzanne Collins, el pseudoerotísmo literario del Grey este y el nuevo 007 también darán guerra en taquilla. Ahora solo queda esperar que las distribuidoras no alteren mucho estas fechas y empezar a organizar agendas.
¿Qué os apetece más ver? Id apuntando vuestras favoritas y… ¡a disfrutar!