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miércoles, 11 de noviembre de 2020

UN CUENTO PARA NOAH

Hace ya más de un año que sucedió. Un día cualquiera de un septiembre lluvioso en el que aún no se había oído hablar de virus y donde las pandemias parecían algo de las películas.

En realidad fue cosa de mi padre, por lo que nunca podré llegar a agradecérselo lo suficiente. Yo siempre he sido un viajero empedernido, deseoso de conocer lugares y culturas diferentes, pero ese 2019 en concreto no parecía demasiado propicio para embarcarme en una nueva aventura más allá de las fronteras de mi tierra, y así lo había decidido ya. Estaba el maldito tema económico, por supuesto, esa extraña pesadilla que quita el sueño por igual a ricos y a pobres, a cada uno a su manera y modo. Pero también la mala salud de don Benito, mezcla de la fatalidad y los malos hábitos que por suerte no he heredado, que por ese tiempo le hacía entrar y salir casi constantemente de los hospitales.

Lo recuerdo tumbado en la cama de uno de esos hoteles, como él los llamaba, mirándome con sus ojillos diminutos cargados de una chispa de vida que se negaba a abandonarlo, animándome a viajar. «Si yo ya estoy mejor»  me decía. Y por aquel entonces parecía verdad.

Luego, las estrellas se alinearon, confabulando a mis espaldas. Por un lado, la cosa del dinero varió, no lo suficiente como para caer en excesos pero sí como para invitarme a entrar a curiosear a una agencia de viajes (casi un ritual para mí, pues sé de antemano que al final voy a terminar haciéndole la reserva a ese amigo de la infancia reconvertido en mi agente vacacional particular que nunca me ha fallado). Por otro, un cambio poco usual en mis vacaciones propició que de improvisto me encontrase libre casi todo el mes de septiembre, sin nada interesante con que disfrutar en mi tiempo (porque, reconozcámoslo, las vacaciones pueden ser muy prácticas para, por ejemplo, pintar el piso; pero entonces dejan de ser vacaciones).

Y para completar la ecuación, mi buen padre cumplió con su parte y tuvimos un agosto relativamente tranquilo, abriéndose las puertas a mi escapada anual.

Tenía Las Vegas entre ceja y ceja, a fin de cumplir una deuda que tenía con ella (la había visitado hacía ya décadas, como parte de un tour que apenas me había permitido recorrer la ciudad del pecado más que unas tristes horas), amén del capricho de volver allí como parte de la investigación de una futura novela, pero el mencionado alivio económico tampoco daba para tanto, así que busqué un plan B.

La elección fue Croacia. Si había algo en lo que mis padres siempre coincidían (en cuestión de viajes, me refiero; en cuestiones más vitales coincidían en casi todo) era en que Dubrovnik era la localidad más bonita del mundo. Y eso que ellos la habían conocido antes de que los dragones sobrevolasen esas murallas que debían protegerla de los caminantes blancos.

Un último detalle para completar este cuento: con la reserva ya realizada y todo listo para disfrutar de mi viaje en forma de tour, una conversación casual con un familiar a quien tengo en gran estima sacó a relucir la belleza de Plitvice, una reserva natural de, al parecer, espectaculares lagos y cascadas. Aterrorizado por un pálpito insolente revisé la ruta de mi viaje desde el móvil y confirmé que tal idílico paraje no formaba parte de mi circuito. De inmediato, una llamada a mi amigo: «¿Y no se puede hacer nada?», le pregunté, acongojado. Se podía, desde luego. Ya te he dicho que el fallarme no entra en su lista de vicios. De manera que tras un nuevo presupuesto, una nueva ruta y una nueva fecha, mi epopeya estaba confirmada.

Lo que yo no sabía en ese momento era que, a seiscientos kilómetros de distancia, alguien había decidido realizar el mismo trayecto. Su historia, además, estaba plagada también de elecciones aleatorias y cambios de última hora. Y aunque esa parte del cuento no me corresponde a mi contarla, lo cierto es que es suficientemente tentadora como para no pensar en una fuerza superior (llámala ser celestial, destino o el propio caos del universo, lo dejo a tu elección) jugando a unir nuestros hilos.

Y aquí es donde, tras tan largo preámbulo, empieza a tomar forma este relato.

No seré tan osado como para comparar la belleza de Croacia con otros lugares que he visitado ni para definir ese viaje como el mejor de mi vida. Yo, que he sobrevolado el Cañón del Colorado, me he bañado en un cenote en Chichen Itzá, me he adentrado en el majestuoso templo de Abu Simbel y he contemplado una puesta de sol desde las dunas del Sahara, he aprendido que cada país tiene su belleza propia, particular e incomparable. Dejando de lado el cansino machaqueo de «merchandising» de Juego de Tronos o Star Wars, la ciudad amurallada de Dubrovnik me entusiasmó, con su aroma medieval y las aguas del Adriático golpeando la roca sobre la que se asienta. Split me dejó algo frío, la verdad, Plitvice merecía más tiempo del que le pudimos dedicar y Zagreb, que recorrimos hasta la extenuación cuando el viaje ya agonizaba, me dejó con ganas de más,. Pero si hay algo que realmente me enamoró de mi estancia en Croacia es la gente con la que compartí ruta.

No me refiero a todos, claro (y que nadie se moleste, éramos un autocar repleto y con algunos no llegué a cruzar más de tres palabras), pero se formó una panda muy interesante con quien compartir anécdotas y fotografías a la luz de unas copas más bien rácanas de alcohol al caer la noche. Un grupo de esos que podría convertirse en amigos para toda la vida de no ser porque, finalizado el viaje, cada uno debía regresar a su punto de origen, separados uno de otros por demasiados kilómetros y horas de vuelo como para que la promesa de volver a reunirnos todos alguna vez pudiera hacerse realidad. Y es que, incluso en estos días, Granada, Valencia o Madrid (bendito Madrid) quedaban demasiado lejos de Barcelona para el capricho de un simple café.

Sin embargo, ya te habrás dado cuenta de que este es un cuento de casualidades del destino y pequeños milagros, con lo que ninguna idea debería ser descartada antes de tiempo. ¿Recuerdas que he mencionado a alguien a seiscientos kilómetros de distancia de mí? Pues de ellas debería hablar ahora, pero creo importante hacer de nuevo un pequeño alto en el camino para contar algo más sobre mí.

Aunque desde niño he sido un romántico empedernido, el tiempo y la vida me habían hecho abrir los ojos, tomando una postura más bien cínica hacia eso que llaman amor. Había aprendido la realidad detrás de los grandes romances: que Romeo nunca acabaría con Julieta, que Rose y Jack jamás compartirían la tabla de madera (aunque todos sabemos que cabían los dos) y que los príncipes azules con Copyright de Disney, en la vida real, acumulaban escándalos y sospechas de desfalcos. Quiero decirte con esto que en ese momento de mi vida no estaba buscando a mi gran amor ni creía siguiera en tan maniqueo concepto. Yo, que en mis tiempos me había emocional leyendo a Becker y escuchando baladas de Scorpions, me había autoconvencido de que la única utilidad del amor era la de corromper a ciertos vampiros para que brillasen a la luz del crepúsculo y poco más.

Quiero decirte con esto que no esperes que te diga que cuando la vi por primera vez fue un flechazo instantáneo. No aletearon mariposas en mi corazón ni vi fuegos artificiales. En realidad, el primer recuerdo vívido que tengo de ella, pobrecita mía, fue descompuesta a bordo de un cascarón de nuez que revolvía su estómago a golpe de marejada y que propició nuestra primera y efímera conversación.

No fue un estallido inmediato, cosa de lo cual me alegro. Lo peor de eso que los poetas llaman pasión es que, por definición, es volátil y fugaz. Lo nuestro, sin embargo, fue cociéndose poco a poco, creciendo desde la nada hasta el infinito: un saludo al que siguió una sonrisa, el café de la mañana, coincidir en la mesa para cenar… Casi sin darnos cuenta empezamos a buscarnos en las excursiones, intentando conocer todos los bares del país y alargando en ellos las noches pese a la amenaza del madrugón del día siguiente.

Iba con su mejor amiga (aquella con la que compartí cervezas y tertulias políticas) y su madre, y pronto nos convertimos en inseparables. Pronto, pero tarde, pues Croacia no daba para más y el tiempo se nos escurría de entre las manos.

Sin saber cómo, ella y su amiga se habían convertido en «mis madrileñas» y el día que acudimos al aeropuerto a separar nuestros caminos una pena se adueñó de mi corazón. Recuerdo el abrazo de la despedida, el primer momento de verdadera intimidad que tuvimos, y la promesa de volver a vernos. Hicimos planes, intercambiamos mensajes y, atrapados en nuestras respectivas ciudades, hicimos de las llamadas telefónicas un hábito.

Nacida en el lugar donde el mundo se parte por la mitad, de piel canela y ojos rasgados, las horas de conversación se le hicieron tan insuficientes como a mí. Necesitábamos volver a vernos, recordar esa amistad que pudo brotar en Dalmacia pero que creció a medida que íbamos sabiendo más el uno del otro. Habíamos ido a Croacia en busca de paisajes y habíamos regresado, aunque aún tardaríamos un tiempo en averiguarlo, cada uno con un pedacito del corazón del otro. Y eso que ella, como yo, renegaba de romances mágicos que sólo tenían cabida en esas películas que tanto le gustaban. No está de más decir, por cierto, que ella partía con cierta ventaja en el tema, ya que, aunque de otro tipo, sí conocía el amor. Dos amores, a decir verdad. Dos hijos que eran toda su vida y que representaban lo único que ella podía necesitar en el mundo. O al menos eso creía en aquellos momentos.

Al final, el encuentro se produjo. Una boda en tierras catalanas fue la responsable. Consumamos nuestra amistad brindando con sendos mojitos que ya querrían saber preparar los dichosos croatas y nos sorprendimos al descubrirnos, casi por accidente, cogidos de la mano al pasear. Y cuando nos dimos el primer beso aceptamos que ya no había marcha atrás, y que este cuento debía tener, por necesidad, un final feliz.

2019 continuó y, al final, se esfumó, pero supimos exprimirlo bien. Degustamos comida hindú, le enseñé algo de mi amada Costa Brava (que en las noches de invierno tampoco es que dé para mucho, debo reconocer), y hasta caímos en los tópicos más empalagosos de las películas románticas viajando a París, donde no faltó el tradicional candado en el Pont de les Arts. Y, de alguna manera, supimos compaginar eso con más entradas y salidas del pobre señor Medina a hospitales (allí fue donde se conocieron y allí fue donde, ya a solas, mi sabio padre, con una sonrisa de orgullo como pocas le recuerdo, me dijo: «Me gusta. Mucho»), con el desafío de conocer a las respectivas familias gracias a la excusa de las fiestas navideñas y, lo más difícil, con la distancia que nos seguía separando.

Y hete aquí que llegó el 2020. Un año maldito, que la historia de la humanidad recordará por una pandemia que volvió al mundo más aterradoramente global que nunca pero que yo, a nivel personal, recordaré porque fue el año en que mi padre, luchador desde la cuna, al fin arrojó la toalla, agotado de pelear con su maltrecho hígado, presto para embarcarse en su propio viaje con la esperanza de reencontrarse con mi querida y añorada madre.

Y su marcha me habría desgarrado por completo si no la hubiese tenido a ella, esa explosión de luz que iluminaba los desayunos de Croacia con su sonrisa, turista mochilera hasta la extenuación por el día que se transformaba en una morenaza de sangre latina al caer la noche, sexy y tierna a la vez, como si deseara ocultar su belleza a los nativos, reservándola sólo para mí.

Durante estos días de duelo ella fue como una pepita de oro entre el barro, como una luciérnaga rompiendo la oscuridad de la noche, como un soplo de esperanza en un mar de agonía. Ella me dio la vida y las fuerzas para luchar, me invitó a sonreír y a creer en un futuro. Y ese futuro, de nuevo como por arte de magia, se convirtió en presente.

El final de mi cuento parece ser, contra todo pronóstico, el final soñado por cualquier guionista de Disney. No voy a ser tan cursi como para decirte eso de «y vivieron felices y comieron perdices», pero por ahí va la cosa. En un mundo que había enloquecido, donde los besos y los abrazos estaban multados y los rostros se ocultaban bajo mascarillas de tela, nosotros supimos mantener nuestro amor. Porque sí, ya hacía un tiempo que nos habíamos rendido a las evidencias y habíamos aceptado que eso era amor, con toda sus letras, ese amor del que recelábamos e incluso nos burlábamos. Dos almas perdidas se habían encontrado sin saber siquiera que se estaban buscando, formando juntas un solo ser, completándose una a la otra. Estableciendo un vínculo que debía ser ya eterno.

Pero si crees que este es el final definitivo de la historia estás muy equivocado, pues aún queda lo mejor por llegar. Y es que resulta que a ese destino que guiaba nuestros pasos sin nosotros saberlo se le antojó dar una tregua a la pandemia que nos permitió hacer una breve escapada juntos. Croacia estaba lejos, pero casi a mitad de camino de nuestros dos mundos se encontraba un lugar con pasado medieval, cerca del que se encontraba nuestro propio paraíso de cascadas y con lagunas en las que incluso nos pudimos bañar. Allí, en Calatayud y sus alrededores, rememoramos los días en que nos conocimos. Y allí fue donde se obró el último milagro que pone fin (de momento) a este relato.

Han pasado unos tres meses desde entonces. Hoy, once del once (un día especial, dicen los vendedores de cupones), es mi cumpleaños. Y sé que este año voy a tener el mejor regalo de mi vida. Y ese regalo eres tú. El fruto de este amor, la herencia de unas vacaciones irrepetibles. La prueba viva de que, al final, va a resultar que eso que los poetas llamaban amor sí que existe.

Y es que este cuento no es, en realidad, más que tu propia historia. Una historia que está a punto de empezar. Y no veo el momento de tenerte entre nosotros por fin.

Este es el primer cuento que te escribo, Noah, el cuento de cómo mamá y yo nos conocimos, de lo mucho que nos queremos y de todo el amor que hemos reservado para ti.

Y de cómo tú eres el que da sentido al concepto de final feliz.

sábado, 6 de junio de 2015

INSIDIOUS, CAPÍTULO 3 (3d10)

Después de haber asustado a medio mundo con Insidious y de haber asustado un poco menos con Insidious, capítulo 2, el malasio James Wan parece haberse hartado ya definitivamente del cine de terror (aunque su despedida momentánea será con The Conjuring 2) tras haber iniciado también las sagas de Saw y Expediente Warren para pasarse a un cine mucho más palomitero y (¿por qué negarlo?) de talones con más ceros, más tras el éxito inesperado (e incluso exagerado) que ha tenido con Fast & Furious 7 (en el momento de escribir estas líneas es la cuarta película más taquillera de la historia del cine) y que le ha abierto las puertas al Universo cinematográfico de DC.
Es por eso que para esta tercera (y me temo que no definitiva) entrega de la saga sólo ejerce de productor, dejando las riendas de la dirección a su amigo Leigh Whannell, guionista de las dos anteriores entregas.
Insidious, capítulo 3 no es en verdad el tercer episodio de la saga (la primera estafa está en el propio título, ya ven que cosas), pues se trata de una precuela que narra fenómenos malrolleros varios años antes de lo que sucedía en la primera película, algo así como lo que se hizo con la propia Expediente Warren y Annabelle. Algo que suena a excusa para seguir exprimiendo la teta de la vaca que supone el nombre de la saga en el poster pero sin tener que pagar a actores reconocibles de la misma (que en el apartado masculino resulta ser el mismo en ambas series, Patrick Wilson.
Si queremos jugar a buscar coincidencias entre este Capítulo 3 y aquella Annabelle empezaríamos por comprobar que ambas son igual de malas, y que el ligeramente lujoso casting de aquellas (recuerden que junto a Wilson se encontraba Rose Byrne en Insidious y Vera Farmiga en Expediente Warren) ha quedado reducido al nombre de Dermot Mulroney que, sí, su rostro es conocidillo, pero nunca ha llegado a despegar como estrella, siendo La boda de mi mejor amiga lo más cerca que ha estado de la cima, y que en esta cinta es tan soso e inexpresivo que siempre, siendo Stefanie Scott en el papel de hija la única que se esfuerza un poquito en resultar creíble.
Quienes sí repiten son Lin Shaye en el papel de médium y el dúo sacapuntas que forman Angus Sampson y Leigh Whannell, con lo que resulta que el verdadero punto de interés de la película es cómo se conocieron Elise Rainier y sus ayudantes más que la trama terrorífica, como si verdaderamente le importara a alguien el asunto.
Insidious, capítulo tres nos cuenta como una muchacha que ha perdido hace un año a su madre intenta contactar con ella (y digo nos cuenta porque eso es lo que hace la película, que en su primer tercio mucho hablar y poco enseñar) consiguiendo, en cambio, atraer hasta el mundo de los vivos a una entidad malvada del Más Allá. A partir de aquí, lo de siempre: sustos que se anuncian con la música estruendosa, primeros planos de bichos raros apareciendo de la nada y tonterías así.
Lo peor de Insidiuous, capítulo 3 no es que no de miedo (y lo poquito que te puede hacer saltar del asiento está destripado en su tráiler) sino que su argumento es tan ridículamente estúpido que solo puede funcionar si uno se lo plantea como una comedia. De hecho, lo que posiblemente mejor funcione de esta pantomima son sus gags, pues su argumento no conduce a ninguna parte y la resolución es tan anticlimática como absurda, rematándose con uno de los planos finales más grotescos y de vergüenza ajena que he visto nunca en una pantalla de cine y con una serie de personajes secundarios que son presentados (la amiga, el vecino/noviete, la mujer negra) para caer luego en el más completo de los olvidos.
Aburrida, tópica y poco imaginativa, tiene, además, en handycap de no hacernos sufrir por su protagonista (que empieza siendo la niña pero termina siendo Elise), pues ya sabemos que no va a morir puesto que estaba viva en Expediente Warren (es o que tienen las precuelas, chicos, que ellas mismas se spoilean), así que no hay más justificación para ver este truño que pasar un rato sentadito en un lugar fresco y agradable, aunque puestos a tirar el dinero yo os propondría acercaros antes a Mad Max, fury road, esa película que estaba llamada a ser la obra maestra del siglo y que por lo visto no está viendo nadie.
Y si después de todo se aventuran a verla, tengan claro que, en caso de que por la noche no consigan dormir, no será  a causa de la película. Es cosa del calor. Se lo digo yo.

domingo, 14 de febrero de 2016

MEJOR... SOLTERAS: una tontería mayúscula

Mejor… solteras, la nueva película de Christian Ditter, director que dio el salto al cine “de mayores” con la desapercibida Los imprevistos del amor después de triunfar en el terreno infantil con Los Cocodrilos o Vicky el vikingo y el martillo de Thor, género en el que se podría haber quedado.
La película es una pretensiosa comedia romántica que se supone va a ilustrarnos sobre cómo son las mujeres de hoy en día, lo que piensan, lo que quieren y lo que sienten, y cuyo único mérito es saber distanciarse en última instancia del esquema predefinido del género, al menos en lo que a la protagonista se refiere, sin que por ello logre dignificar lo suficiente la película.
Concebida como un homenaje a la promiscuidad, el alcohol y la irresponsabilidad, Mejor… solteras cuenta la historia de cuatro chicas de Nueva York en busca del amor definitivo. Con Dakota Johnson como motor principal de la acción (y la chica cae bien, pero no ha demostrado todavía, en su breve carrera, gran variedad de registros) acompañada por su hermana en ficción, Leslie Mann, su mejor (y reciente) amiga a la que pone rostro y curvas Rebel Wilson y una cuarta protagonista totalmente desligada de este grupito y que conforma una historia un poco discordante al no tener más conexión que el ser clienta habitual del mismo bar (y compartir amante con alguna otra protagonista, ¿he mencionado ya que esto es una oda a la promiscuidad?).
No se puede poner ningún pero a la elección de las actrices, ya que todas ellas están perfectas en su papel. Y eso se debe, sobre todo, a que se limitan a hacer lo mismo de siempre. Alison Brie, la cuarta protagonista, podría haber empalmado este rodaje con el de cualquier episodio de Community mientras que Rebel Wilson repite el papel de salida despreocupada de La boda de mi mejor amiga o Dando la nota, teniendo ella, no obstante, los mejores chistes de la función.
Mejor… solteras en una comedia romántica con muy poco de comedia y que tampoco logra ser del todo romántica, tan empeñada en ir a contracorriente que llega incluso a burlarse en una escena de films como El diario de Bridget Jones o Sexo en Nueva York para acabar pareciéndose demasiado a lo peor de ese tipo de películas (escena navideña incluida). Y que en un argumento tan pretendidamente femenino y feminista lo más interesante sea el personaje del camarero que encarna Anders Braun ya avisa de por dónde van los tiros.
En resumen, película fallida donde lo peor es la sensación de que el director se cree más listo que el espectador y pretende ilustrarlo con una memez bastante sosa y en la que cuesta llegar a empatizar (o que simplemente te caiga bien) cualquiera de los personajes “perdidos” que pululan por ahí.
Claro que tampoco es que haya sido una sorpresa, si les soy sincero.

Valoración: 4 sobre 10.

lunes, 30 de diciembre de 2019

LAST CHRISTMAS

Según los últimos datos, tanto las comedias románticas como las películas navideñas se han convertido en el último gran éxito de Netflix, con lo que se hace difícil disfrutar de un producto de esos en cine. Las excepciones, además, no suelen ser muy halagüeñas, y quitando casos de cine más independiente o, directamente, de autor (sigo pensando que Día de lluvia en Nueva York es una de las comedias románticas más deliciosas del año), los últimos ejemplos de romances fílmicos tiran más hacia la dramedia de clínex que otra cosa (otra excepción que me viene a la mente es la incomprendida Casi imposible, que apenas la vio nadie). Y en el terreno estrictamente navideño, qué lejos quedan las obras de John Hugles de corte familiar o las payasadas del Tim Allen de turno…
Pero en toda crisis creativa hay un último reducto: el cine británico. Mientras al otro lado del charco se apuesta por la apatía más sensiblera, Richard Curtis logró sentar cátedra, permitiendo que Last Christmas, sin querer entrar en comparaciones, se pueda proponer como heredera de, por ejemplo, Love Actually.
En realidad, Last Christmas es coproducción americana, y quizá de ahí el recurrir a un director de Michigan, pero eso es algo meramente anecdótico. Tras los guiones está la inmensa Emma Thompson, la cara más reconocible de la historia es una muy meritoria Emilia Clarke, Londres es el escaparate imprescindible y todo sirve como tributo a la voz y las composiciones de George Michael.
No estoy dispuesto a entrar en spoilers, pero en honor a la verdad Last Christmas no es exactamente tanto una comedia romántica como un cuento de Navidad, muy inspirado, posiblemente, por clásicos como Qué bello es vivir, donde -aunque todo tenga una explicación más o menos lógica- el factor mágico debe aceptarse para poder entregarse por completo a la historia. Al fin y al cabo, de eso va la Navidad, ¿no?
Kate, la protagonista, es un completo desastre. Inmigrante serbia, es una aspirante a cantante que parece condenada a trabajar de por vida en una tienda de artículos navideños a cuál más horrible. No es lo que se dice una gran persona, egoísta, despreocupada y tan centrada a sus propios intereses (generalmente relacionados con el alcohol o el sexo) que representa una divertida reinvención del estereotipo masculino más cafre mucho más efectiva que en aquella insulsa Y de repente tú. Y cuando parece que ya ha tocado fondo es cuando conocerá a alguien que le haga cambiar su manera de ver la vida.
Paul Feig, habituado a un humor más desenfrenado pero buen director de actrices (en su filmografía destacan La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales, Espías, Cazafantasmas o Un pequeño favor, películas todas ellas protagonizadas por mujeres), hace un trabajo eficaz y bien medido, consiguiendo extraer el lado más cómico de Emilia Clarke (que lejos de Juego de Tronos va recolectando batacazos como los de Terminator Génesis o Han Solo). Confieso que una de las cosas que más me tiraba para atrás de la película era su protagonista, que tampoco me entusiasmó en Antes de ti, pero aquí está realmente inspirada, divertida y tierna. Tampoco le queda a la zaga Henry Golding, quien ya colaborara con Feig en Un pequeño favor, que cumple como galán romántico extrovertido y encantador.
Last Christmas es, pues, una película navideña perfecta, capaz de divertir y conmover por igual, con diálogos inteligentes, humor elegante y ese toque de ironía propio de los libretos de Thompson quien, cómo no, se reserva un pequeño pero impagable papel. Una película para disfrutar de estas fiestas y que hace pasar de la risa a las lágrimas en apenas un suspiro y que en el fondo habla sobre la superación personal y en el poder de hacer las cosas según tu propia conciencia.
Y si encima lo riegan todo con la voz de George Michael, mejor que mejor.

Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

CAZAFANTASMAS: Risas (fantasmales) aseguradas

Lo primero que me llama la atención de este remake del clásico de 1984 es la fría acogida que ha recibido. Sin embargo, la película es perfectamente honesta tanto en su concepción como en su realización y ofrece justamente lo que prometía, recuperar el espíritu de la obra de Ivan Reitman sin enturbiar su recuerdo.
Y es que, seamos realistas, la Cazafantasmas original tampoco es que fuese una gran obra. Era una hija de su tiempo, un producto cien por cien ochentero que la nostalgia ha elevado a título de culto y que visto ahora con objetividad ha envejecido francamente mal. Pero el espíritu, la esencia, permanece intacta en la obra de Paul Feig, no en vano el propio Reiman junto a  Dan Aykroyd figuran como productores.
Paul Feig se mueve como pez en el agua en comedias de acción protagonizadas por mujeres, siendo Melissa McCarthy su actriz fetiche (han trabajado juntos en La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales y Espías), por lo que parecía la opción más lógica para situarse al frente de este proyecto que versiona en femenino al equipo antaño formado por Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis  y Ernie Hudson con los rostros de Kristen Wiig (otra vieja conocida de Feig), Kate McKinnon, Leslie Jones y la mencionada MCCarthy, todas ellas, por cierto, renombradas comediantes curtidas en el Saurday night. Para rizar el rizo, el papel de la secretaria torpe recae ahora en manos de Chris Hemsworth, burlándose del tópico de la chica sexy pero tonta y demostrando que, cuando no está salvando al mundo con las galas de Thor o del Cazador de Blancanieves es capaz de reírse de sí mismo como el que más, acaparando casi los mejores gags de la función.
Cazafantasmas es puro divertimento, dos horas del absurdo más total con fantasmas que sueltan mocos verdes, pistolas de protones, trampas contenedoras y posesiones demoníacas, donde no puede faltar, por supuesto, el tema musical de Ray Parker Jr.
Estamos ante una comedia bastante blanca y familiar, un pasatiempo al que sería un error pedirle más de lo ofrecido, un espectáculo pirotécnico con buenas interpretaciones, interesantes secundarios (por ahí andan también Andy García, Charles Dance o Michael McDonald) o los impagables cameos que no voy a revelar aquí y que hay que ir descubriendo en la pantalla grande. Cazafantasmas no pretende más que divertir a todo tipo de público y doy fe de que lo consigue, ya sea por la química entre sus protagonistas, por la estupidez del personaje de Hemsworth o porque los seres del inframundo, al fin y al cabo, siguen siendo unos cachondos. Sí es cierto que habría encontrado más simpática una secuela que un remake y que ya empiezo a aburrirme de películas cuyo clímax final de compone de un vórtice amenazando con arrasar la ciudad entera (esto no es spoiler, es el setenta por ciento de las pelis de acción actuales), pero todo se puede perdonar cuando lo importante es el humor y aquí el humor funciona tanto o incluso más que en la película original (o por lo menos muy por encima de la secuela de 1989).
Clásica película a la que las críticas más duras han llegado antes de sus primeros visionados y a los que muchos no han perdonado el cambio de género de sus protagonistas, pero que merece una oportunidad llegando incluso a suponer un pequeño oasis en la mediocridad de estrenos palomiteros de los últimos meses. Lástima que la taquilla nos vaya a impedir ver una secuela.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 29 de junio de 2015

ESPÍAS (6d10)

Dirigida por Paul Feig, considerado uno de los nuevos gurús del cine de humor en los Estados Unidos a raíz del éxito de La boda de mi mejor amiga, la película reúne de nuevo al director con su estrella fetiche, la oronda Melissa McCarthy (a la que también dirigió en Cuerpos Especiales, con Sandra Bullock), a la que acompaña –por el lado femenino- Rose Byrne, vieja conocida también del director.
Está en el talento de este trío el secreto del éxito de esta comedia que pretende ser una parodia del cine de espías al más puro estilo de James  Bond mucho menos respetuosa que la reciente Kingman, que roza la perfección en su faceta más humorística pero cuya intensidad decae en la vertiente seria.
Con una McCarthy en estado de gracia dando vida a un personaje muy bien definido por parte de Feig y que para nada corresponde al tópico de gorda torpe y patética que uno podría estar tentado a imaginar, la película describe como una brillante analista de la CIA debe convertirse en agente de campo tras el asesinato de uno de los agentes más brillantes. Con un humor inteligente que sabe hacer de la simpleza un arte, Paul Feig nos presenta una historia sobre los contrastes entre el arquetipo de ama de casa amargada y frustrada que se le supone al personaje de McCarthy en contraposición a la agudeza mental y la preparación que en realidad posee, mientras que la tosquedad cómica recae sorprendentemente en un cazurro Jason Statham (un plauso para él por saberse reír tan bien de sí mismo) y un presuntuoso y sobrado Jude law, un pavo real de pasteloso look que recuerda vagamente al tono que quería transmitir Johnny Deep a su Mordecay pero con la pequeña diferencia de que Law lo sabe hacer bien.
Lamentablemente, no todo es perfecto en esta película en la que la trama de espías que se supone debe ser el sustento de la historia es demasiado floja y carente de originalidad, mientras que Feig flojea en las secuencias de acción, haciéndome pensar que quizá el tono general del film le venga un poco grande. Prueba de sus errores a la hora de repartir el ritmo de las escenas se puede encontrar en los innecesarios 120 minutos de metraje para una película de estas características.
Brillante e inspiradora en su parte de comedia, es con ello con lo que debemos quedarnos para seguir apostando por Feig como un cineasta suficientemente elegante e inteligente para saber hacer (y escribir) comedia sin necesidad de caer en la escatología facilona o el complejo e Peter pan que tanto abunda e el cine, por ejemplo, de Apatow.
Refrescante apuesta veraniega para pasar un buen rato y no sacarle demasiada punta  a su trama central, la historia de espías que, en realidad, menos interesa.

martes, 29 de octubre de 2013

CUERPOS ESPECIALES (5d10)

Sandra Bullock es una de esas actrices que no engañan. De acuerdo, tiene un Oscar y de vez en cuando se saca de la manga una interpretación sobria y comedida como la de Gravity, que si no le consigue el doblete al menos la meterá en la terma de candidatas a la estatuilla dorada. Pero, por lo general, no engaña. Sabe lo suficiente del negocio de Hollywood como para entender que el prestigio no da de comer, por lo que no tiene reparo alguno en caer una y otra vez en comedias facilonas y cargadas de estereotipos que es lo que realmente se le da bien.
Por muchos premios que pueda llegar a ganar en su carrera nunca será reconocida como una gran actriz, pero gracias a títulos como este sí puede presumir de ser una de las más taquilleras y mejor pagadas (sobre todo desde que julia Roberts parece peleada con su representante). Así, Cuerpos especiales sigue la línea de Miss Agente Especial  y su secuela explotando la vis cómica de la actriz y coqueteando con la acción, recordando que los comienzos de Bullock fueron con títulos como Demolition man o Speed. Si además comparte protagonismo con Melissa McCarthy (más desagradable y vulgar aún que en Por la cara), no tendremos la menor duda del sabor que tendrá esta receta.
El director, por cierto, es Paul Feig, que aparte de labrarse una carrera en televisión dio el pelotazo hace un par de años con La boda de mi mejor amiga, también con McCarthy en el reparto, así que imaginen por dónde van los tiros…
Bullock interpreta a Ashburn, una brillante agente especial del FBI totalmente incapaz de relacionarse con sus semejantes (si recuerdan su papel en La Proposición entenderán perfectamente los matices del personaje), que para conseguir un merecido ascenso deberá trabar codo con codo con una estrafalaria y totalmente anárquica policía de pueblo, Mullins (McCarthy). El choque cultural, social y profesional está servido y ambas se odiarán a muerte hasta comprender que son las únicas amigas que pueden permitirse.
Del resto del argumento poco hay que explicar, ya que importa más la relación entre ellas dos que el caso en sí, y los mejores gags de la función se reparten entre ellas dos, ya que en el fondo se trata de una buddy movie con un descarado aroma ochentero (bonito, aunque rozando la exageración, el homenaje en los títulos de crédito, en el que ellas dos se limitan a repetir sus tics más aplaudidos una y otra vez.
Pulula por ahí alguna cara conocida, como Demian Bichir, que en breve estrenará Machete Kills, Marlon Wayans, que aquí parece un actor y todo, lejos del histrionismo que mostraba en la saga Scary Movie, o Jane Curtin (inolvidable Allie de la serie Katie y Allie o la doctora Mary de Cosas de Marcianos), pero lo mismo podría salir el mismísimo Obama que nada ni nadie iba a hacer sombra a Bullock y McCarthy.
El resultado es una película que no por tópica deja de ser entretenida, con algún momento divertido y donde lo más incómodo de ver es el rostro estirado y artificial de Sandra Bullock, impoluta si hablamos de arrugas pero con serias dificultades para conseguir gesticular lo más mínimo.

Desde luego, no se le puede pedir más a la película, ya que ofrece lo que promete. Es poco, sí, pero sincero.

sábado, 6 de octubre de 2018

UN PEQUEÑO FAVOR

Un pequeño favor es una de esas películas que no se esperan hasta que se estrena casi de tapadillo y luego resulta que gusta a todo el mundo. No ha sido como para considerarla un sleeper, un éxito sorpresa, pero sí que ha recibido muy buenas críticas y ha cosechado aplausos por donde se ha estrenado.
Y sin embargo, yo nunca logré entrar en el juego que la película me proponía.
Protagonizada por Anna Kendrick y Blake Lively, el principal mérito del film es lograr que dos actrices tan diferentes (y que interpretan a dos personajes tan diferentes, por cierto) tengan tanta química y consigan que la relación entre las protagonistas resulte verosímil. En cambio, creo que Paul Feig no acierta en encontrar el tono adecuado de la película, un film que aparenta ser una comedia simplona para terminar desembocando en na versión descafeinada de la Perdida de David Fincher. Feig es un gran director de mujeres, como ha demostrado en sus títulos más exitosos (La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales, Espías y Cazafantasmas), pero siempre con el humor más loco y disparatado de su lado, algo que no se encuentra en Un pequeño favor, que sí tiene un aura de humor negro gran parte del metraje pero que no llega a arrancar como comedia. Pero, a su vez, carece del malrollismo que había en la referida obra maestra que Ben Affleck y Rosamund Pike protagonizaron hace ya cuatro años.
La cosa va de una adorable pero empalagosa madre todoterreno que se hace amiga de una pija estirada que un día le pide un pequeño favor: que recoja a su hijo al salir del colegio. El problema es que la estirada desaparece y la madraza empezará a tirar del hilo de un misterio demasiado grande para ella sola. Un planteamiento interesante que, con la conjugación de elementos mencionada, no tendría porqué no funcionar. Sin embargo, y quizá por culpa de su excesiva duración (dos horas), hay todo un tramo intermedio que me desconectó por completo de la película, todo un proceso de investigación y revelaciones que me introdujo de lleno en el mundo de los telefilmes de sobremesa y me provocaron el bostezo constante. Luego la cosa remonta pero, como suele suceder muchas veces, ya fue demasiado tarde para mí. Había perdido el interés en la trama y todo me importaba ya más bien poco.
Una lástima, porque lo cierto es que las actrices funcionan perfectamente bien y la cosa podría haber dado para más, pero, al menos en mi caso, la cosa no termina de arrancar, no pasando de ser un entretenimiento aceptable pero demasiado inconsistente.

Valoración: cinco sobre diez.