lunes, 30 de septiembre de 2013

BRUJAS DE ZAGARRAMURDI (7d10)

Alex de la Iglesia no solo es un gran director, sino también un gran amante del cine que no duda en regar sus obras de guiños y homenajes a películas que le marcaron. Alcanza, sin embargo, en su último título niveles extremos cuando realiza un más que evidente revisionado del Abierto hasta el amanecer que parieron Robert Rodriguez (director) y Quentin Tarantino (guionista) allá por 1996.
Las coincidencias no son pocas: Jose y Tony (Hugo Silva y Mario Casas) realizan un atraco tal y como hicieran en aquella los personajes encarnados por George Clooney y Quentin Tarantino y huyen a toda prisa con intención de cruzar la frontera (aquí la francesa, en el anterior caso la mejicana), llevando consigo a un rehén (Jaime Ordóñez en lugar de Harvey Keitel) y llevando consigo, además, un niño (aunque es evidente que las comparaciones entre Gabriel Delgado y Juliette Lewis son más esquivas). Justo en la frontera deben detenerse en un bar de inquietante aspecto (mucho menos animado, eso sí, que la Teta Enroscada) y a partir de ahí una trama policíaca de robos y persecuciones se transforma en un festival de sangre y muerte, sustituyendo los vampiros de Rodríguez por brujas con claras connotaciones sexistas (de hecho, todo el envoltorio de la película, con brillantes diálogos que a la postre resultan lo más atractivo del film, gira alrededor de la lucha de sexos, llegándose a la conclusión inapelable de que las mujeres son malas, pero los hombres tontos).
No falta ni el momento erótico, con Carolina Bang en ropa interior bebiendo de un corazón y derramando sangre que recorre lujuriosa su cuerpo, evocando a Salma Hayek en la ya clásica escena con el champán (y para rizar más el rizo, ambas actrices eran en el momento del rodaje las parejas de los respectivos directores). Incluso en un momento de la trama Jose y Tony se refieren a Manuel (Ordóñez) diciendo que parece un cura, precisamente a lo que se dedicaba Keitel en Abierto hasta el amanecer.
Siendo coherentes con lo que supone la producción cinematográfica española con respecto a la americana, hay que reconocerle a Brujas de Zagarramurdi un presupuesto proporcional mayor al que tuvo Rodríguez en su bizarra fábula vampírica, con lo que aquí la acción va más allá del bar y el reparto de personajes es más coral, con la aparición de la exmujer de Jose (Macarena Gómez) y los dos inspectores que llevan el caso del robo (Pepón Nieto y Secun de la Rosa) en medio de todo el fregado, aunque a decir verdad son tramas que podría haberse ahorrado De La Iglesia por su escasa aportación al film.
Y es que si Abierto hasta el amanecer presentaba unos personajes interesantes que se diluían cuando la historia se transformaba en un delirio gore de lucha por la supervivencia, algo parecido le sucede a Brujas de Zagarramurdi, que tras un inicio brillante y emocionante termina dejándose llevar por los excesos visuales del aquelarre satánico perdiendo esplendor y abusando de tantos exageraciones y situaciones  absurdas que roza en algunos momentos el ridículo, y no solo ya por la aparición satánica final (que no desvelaré aquí, aunque tampoco es que haya mucho que desvelar) que recuerda a alguna producción de serie B que tanto gustaban a Sam Raimi, sino –sobretodo- por la forzada subtrama romántica impuesta para aspirar a un final feliz, o al desperdicio de personajes como los inspectores Calvo y Pacheco que no ayudan en nada al desarrollo argumental.
Como historia de entretenimiento a la que no se le pide demasiado, la película funciona, y son muchos los momentos delirantes que provocan la carcajada al espectador, pero teniendo a Alex de la Iglesia a los mandos cabría esperar algo más de un film desigual, abrumador y con un último tercio alargado y cansino que tiene su mejor virtud en el reparto, fundamentalmente televisivo, donde Silva, Casas y Ordóñez brillan con luz propia aunque, como no se podía esperar otra cosa, la verdadera reina de la función es una inmensa Carmen Maura, bien secundada por Terele Pávez, que con su talento permiten que perdonemos paparruchadas como las brujas interpretadas por Santiago Segura y Carlos Areces (y es que en España esto del amiguismo funciona demasiado).
Divertida, excesiva, apabullante, absurda, escatológica (la escena de Macarena Gómez en la letrina es tan desagradable como brillante) y visualmente apasionante, Brujas de Zagarramurdi es una película que sin duda provocará debate, pero que debe ser vista, pues aun con todos sus defectos las virtudes terminan por predominar, aunque deje una sensación agridulce por la cuesta abajo que supone el clímax final.

Talento tiene, pero no suficientemente aprovechado.

lunes, 23 de septiembre de 2013

R.I.P.D. (3d10)

Se podría decir que Ryan Reynolds es un actor empeñado en tener su propia franquicia comiquera, aunque desde aquí ya le adelanto que mejor le irían las cosas si simplemente se empeñara en ser actor, pues hasta el momento no lo ha conseguido demasiado. 
Primero participó en la tercera (y última ¿casualidades de la vida?) entrega de Blade (Blade Trinity), después puso cara a ese desastre de DC llamado Green Lantern (dicen que todavía se escuchan las carcajadas de los jefazos de Marvel) y ahora le toca el turno a esta puesta adaptación de la obra de Peter M. Lenkov para Dark House (por lo menos tiene la decencia de ir cambiando de editoriales, así puede repartirse el odio de todos los fans sin excepción). Por cierto, su paso por X-men orígenes: Lobezno simplemente lo obvio; he borrado su paso por esa película de mi cabeza. Quizá Reynolds debería plantearse cambiar de agente, o tal vez incluso de profesión, ya que solo ha triunfado en dos papeles en toda su vida: enterrado vivo en un ataúd y casándose con Scarlett Johansson. Y ninguna de las dos experiencias tuvo final feliz.
Pero que R.I.P.D. sea una soberana tontería no es solo culpa de este pobre canadiense, así que vamos a repartir culpas:
Por un lado tenemos a los guionistas, Phil Hay y Matt Manfredi, que componen una historia que poco tiene que ver con el comic original (bastante inclasificable también, por cierto), copiando descaradamente los esquemas de Hombres de Negro (con unos toques de Ghost y un puntito de Cazafantasmas) para formar un batiburrillo que pretende ser una comedia de acción pero que ni divierte ni emociona.
Continuamos con el director, Robert Schwentke, que ya tiene experiencia en esto de adaptar comics (y RED le salió francamente bien) y que aquí se encuentra totalmente perdido, imitándose (y encima mal) a sí mismo cuando hasta ahora había demostrado ser un buen artesano en todos los campos (suyas son las películas de intriga Plan de vuelo: desaparecida y el drama romántico Más allá del tiempo). No lo voy a responsabilizar de que los chistes no tengan gracia y que la química entre actores brille por su ausencia, pero sí de no saber manejar el tempo de la acción (hay muchos momentos de aburrimiento en los que no pasa nada y cuando hay acción es tan repetitiva y atropellada que poco le importa al espectador lo que está pasando en pantalla) y parece contagiado de esa máxima tan de moda últimamente que dice que cuando las cosas se te vayan de las manos y no tengas ni idea de qué camino tomar, limítate a destruir edificios y hacer explotar coches. Mal, señor Schwentke, muy mal.
Y finalmente, los actores. Ya he hablado de Reynolds, que en ningún momento sabe transmitir el drama, el dolor y el odio que debe mover a su personaje, poniendo la misma cara de pasmo en toda la película. Kevin Bacon se limita a repetir clichés, demostrando que no le importa interpretar mil veces el mismo personaje con tal de cobrar su cheque a tiempo. Mary-Louise Parker está, sencillamente, horrenda, continuamente haciendo muecas con las que trata de paliar su inexpresividad. Y Jeff Bridges, simplemente, pasa por ahí. No voy a decir que lo haga mal porque es un actor tan grande que es imposible que haga algo mal, pero tampoco parece demasiado interesado en aportar algo. Recita sus diálogos con el piloto automático y a otra cosa, mariposa.
La historia va sobre un poli enamorado de su mujer que es asesinado por su mejor amigo, el cual posteriormente se acercará a la esposa ofreciendo consuelo mientras el poli muerto trata de hablar con ella mediante un cuerpo diferente (y no, ella no es Demi Moore). El caso es que en lugar de enfrentarse al (creía yo) inevitable juicio final le ofrecen trabajar en el Departamento de Policía Mortal, que por lo visto en el cielo van cortos de polis muertos, y él no se lo piensa mucho para aceptar. El compañero, claro está, será un veterano cascarrabias (todo un vaquero) con el que se llevará fatal, tratando de convertirse en una especie de peli de colegas sin demasiada gracia y repitiendo el modo de presentarnos a la división policial que ya hiciera Sonnenfeld en la mencionada Hombres de Negro, donde Jay (Will Smith) era el novato y Kay (Tommy Lee Jones) el veterano cascarrabias.
La cosa va de perseguir a muertos que se han quedado escondidos en la tierra haciéndose pasar por vivos, pero en lugar de jugar estas cartas (o de dedicarse a perseguir zombies, es bien sabido que a todo el mundo le gustan los zombies, ¿no?) se sacan de la manga un rollo apocalíptico en plan Fin del Mundo con portales que se abren hacia el cielo y no sé qué sandeces más. Una tontería sin mucha base con la que parecen querer decir: “sí, hemos estado copiando todo el rato a Hombres de Negro, pero ahora vamos a destruir el mundo, así que nosotros molamos más”
Y ahora que lo pienso, la verdad es que no sé por qué me estoy extendiendo tanto en esta crítica, cuando podría haberla liquidado en una sola línea diciendo: “por favor, aléjense de ella”.

Ya saben. Más claro, agua.

domingo, 22 de septiembre de 2013

RUSH (8d10)

Me gustaría comenzar esta crítica explicando que no tengo ni idea de Fórmula 1. No me importa lo más mínimo quién gane o pierda (excepto por el orgullo patrio de Fernando Alonso), no conozco los recovecos del reglamento y no entiendo a quienes se pasan el fin de semana pegados al televisor tragándose los entrenamientos, las clasificaciones y (por fin) las carreras, largas e interminables.
Comienzo así porque quiero dejar claro mi punto de vista ante un deporte que es el protagonista de esta película, y porque creo que llegar tan virgen al cine es casi más positivo que negativo, pues si bien las escenas de competición no resultan para nada aburridas para el profano (como suele suceder con las películas sobre futbol americano o beisbol), el no tener ni idea de cómo va a acabar el duelo entre Niki Lauda (al menos el nombre de este sí me sonaba) y James Hunt me parece una clara ventaja sobre los amantes de los coches.
Es curioso que el mismo fin de semana que se estrena Jobs llegue este otro biopic (en este caso doble) que va a provocar que las tentaciones de comparativas sean casi inevitables. Y es que si en la película de Stern me quejaba de que uno salía del cine sin acabar de entender quién era Steven Jobs y lo que hacía, a Ron Howard le bastan un par de escenas para dibujar perfectamente a Lauda y Hunt y que conozcamos lo que les impulsa a hacer lo que hacen y a ser como son, dos caras de la misma moneda, almas gemelas (aunque totalmente opuestos a la vez) que por mucho odio que crean tenerse estarán condenados a entenderse y admirarse mutuamente.
Ambientada a principio de los 70’, la película arranca alternando las historias de ambos corredores, usando sendas voces en off para conocer sus pensamientos, cuando comenzaban en Fórmula 3: Hunt, mujeriego y juerguista, interpretado por un excelente Chris Hemsworth totalmente desatado lejos de la relativa rigidez que le supone ser un dios nórdico, y Lauda, frío y sensato, medido y camaleónico Daniel Brühl. Rápidamente ascienden hasta la Fórmula 1, dónde el austriaco Lauda logrará su primer campeonato, centrando toda la película en el duelo que tendrá al año siguiente contra el aspirante británico.
Ignoro hasta qué punto se ha sido fiel a la historia real y a las arrebatadoras personalidades de ambos (si hay algún lector conocedor del tema y quiere dar su opinión en los comentarios le será agradecido), pero desde el punto de vista cinematográfico la presentación de ambos es impecable, consiguiendo además que entendamos fácilmente como ve cada uno el mundo de las carreras (la presentación, por separado, de cada uno en sus respectivos talleres es un claro ejemplo de la manera de trabajar).  Ambos viven para correr y es lo único que parece importarles, pero mientras uno trabaja con la cabeza, el otro lo hace con el corazón, y por más evidente que pueda parecer quién de los dos obra con corrección (y si no ahí queda la Historia para corroborarlo), el gran acierto de la película es que en ningún momento plantea a uno como el bueno y otro como el villano, no hay favoritismos en esta lucha de egos, en este combate pasional que fue más allá de los circuitos y que se refleja también en sus vidas personales, representadas en la forma de sus matrimonios (la modelo Suzy Miller fue la fugaz esposa de Hunt hasta que lo dejó por el actor Richard Burton mientras que Marlene le robó el corazón y fue inspiración para Lauda), correctamente interpretadas por Olivia Wilde y Alexandra Maria Lara.
Casi al final de la película, tras casi dos horas de enfrentamientos y odios, Lauda y Hunt coinciden en un aeródromo y tienen una breve conversación en la que cada uno insiste en defender sus posturas. Y es ahí donde, si el espectador no ha decidido todavía quién es su favorito, ya no lo hará nunca, pues ambos tienen razón y ambos se equivocan, ya que eso es la vida, acertar y equivocarse, pero siempre con el corazón y desde la pasión.
A años luz de Jobs, Ruch logra seducir al espectador con el lujoso y espectacular mundo de la alta competición (nada que ver, eso es cierto, con el circo que es hoy en día), mostrando además sus peligros con escenas de escalofriante crudeza, consiguiendo hacernos partícipes de él e invitándonos a sentirnos como un miembro más del equipo.
Si hay que buscar algún pero podríamos encontrarlo en las escenas de carreras, brillantes y hasta poéticas, pero a las que en ocasiones les iría bien algo más de efectismo. Los planos de Howard son emocionantes, con mucho zoom y cámaras a ras de suelo, pero quizá se echa en falta ver con más claridad los adelantamientos, siempre rápidos y confusos, imagino que para hacernos sentir como dentro del propio monoplaza. Un simple detalle que no enturbia una brillante película, apasionada y apasionante, sobre una rivalidad y un campeonato que, en su época, sin duda provocó que alguien dijera: parece una historia de película.
De gran película, debo añadir.


JOBS (4d10)

Quizá demasiado reciente en el recuerdo la brillante exposición que David Fincher y Aaron Sorkin hicieron sobre Mark Zuckerberg y la creación de Facebook, uno esperaría que la aproximación a la figura de Steve Jobs, cofundador de Apple siguiese los mismos derroteros, pero por desgracia no es así, quedando a años luz de distancia de La red social, en la cual podía uno simpatizar más o menos con el personaje que interpretaba Jesse Eisenberg, pero al menos se salía del cine conociendo al personaje y sus motivaciones.
No es así con Jobs, ya que para empezar no se sabe si admirar o despreciar a ese tipo larguirucho y desgarbado demasiado pagado de sí mismo que logra hacerse millonario sin saberse muy bien cómo. Y es que dejando de lado los conocimientos que uno pueda tener sobre el mundo de Apple (o lo que nos pueda interesar), no queda bien definida en la cinta la aportación de Jobs en la industria, quedando (a manos de un profano como yo) la sensación de que se trata de un simple charlatán que se aprovecha del éxito de otros, inicialmente de su amigo y socio Steve Wozniak (Josh Gad).
El primer problema de la película está en la elección del director, Joshua Michael Stern,  un desconocido con apenas un par de títulos en su currículo, con lo que se indica por dónde van los derroteros en cuanto a ambición cinematográfica se refiere, y al que le tiembla la mano a la hora de confeccionar una biografía totalmente carente de épica.
Continuamos con el guion. No voy a insistir en comparaciones con la magnífica película de Fincher (tampoco sería justo), pero cualquier biopic que se precie debe conseguir transmitirnos algo del personaje a tratar, y la narración no lo consigue en ningún momento. Es decisión del guionista decidir si quiere dar un esbozo de toda una trayectoria (se me ocurren los ejemplos de Chaplin o Ed Wood), centrarse en una época determinada (como con Jerry Lee Lewis en Gran bola de fuego) o incluso minimizar la cosa y centrarse en apenas unos días (Mi semana con Marilyn). También conviene saber de qué se quiere hablar, si de su trayectoria profesional, su vida personal o de todo en general, dando importancia al hombre por encima del personaje. Esto son cosas que se deben decidir en reuniones previas al comienzo del rodaje, de manera que todos los miembros importantes del equipo (guionista, director y productor) sepan que están en la misma onda. Obviamente, en el caso de Jobs esas reuniones no existieron, pues o bien estamos ante una película recortada que debería durar cuatro horas más o hay tantas lagunas en la historia que solo la tremenda incompetencia de sus autores puede justificarlas. Y ¡ojo! no estoy haciendo prevalecer mis deseos. No debe ser el espectador quien decida si le apetece más saber detalles truculentos de la vida privada de Jobs o prefiere una película de enredos empresariales. Pero lo que es inaceptable es que se entretengan en explicarnos detalles íntimos como la relación de Steve con una novia a la que deja embarazada para renegar luego de su hija para luego no volver a saber de ella, se nos plantee una semilla de drama con la (mala) relación entre Steve Jobs y su amigo Daniel Kottke (Lukas Haas) para que luego este personaje desaparezca por arte de magia, o que de repente nos encontremos sin saber cómo con un Jobs casado y con hijos. Por no mencionar que se ignora por completo cualquier detalle sobre su enfermedad. Por otro lado, el recorrido de Jobs como dueño de Apple se centra más en su mala relación con el presidente de la junta de accionistas Arthur Rock que en sus logros tecnológicos.
La película comienza con una imagen de Jobs ya mayor en la presentación del iPod, pero esa secuencia solo parece servir para presumir de los buenos maquilladores que hay en la película y en como consiguen que Ashton Kutcher se parezca a Steven Jobs, al cual si hubiésemos visto directamente joven no habríamos podido identificar, ya que tampoco avanza la historia hasta la creación del susodicho iPod, así como no hay referencia alguna (ni siguiera en forma de títulos de crédito finales explicativos) de la creación del iPhone, de iTunes o de la productora de cine Pixar.
Dejando aparte las evidentes limitaciones interpretativas de Kutcher, que tal y como Daniel Day Lewis hacía en Lincoln se reduce a pasear encorvado y con andares de gallina clueca por toda la película, Stern –que apenas consigue un film digno para la televisión- parece creer que un buen reparto lo soluciona todo, y así vemos deambular por aquí a Dermot Mulroney,  Matthew Modine, J.K.Simmons, Leslie Ann Warren y un visto y no visto James Woods. Además, la decisión de contratar como protagonista a Kutcher pesa mucho y está claro que el papel le viene grande a un actor que ya hace tiempo que parecía haber renunciado a triunfar en cine (por cierto, una curiosidad: para demostrar la supuesta madurez del personaje se usa la metáfora de ver al protagonista cortándose algo el cabello y quitándose la barba, justo lo mismo que hacía Kutcher con su personaje en Dos hombres y medio).
Quizá el verdadero problema estribe en lo reciente de la muerte de Jobs, un personaje demasiado cercano como para no tener a todos sus herederos revoloteando alrededor de la película, obligando a dar una imagen del informático demasiado amable, pues si bien se dan algunos retazos de su carácter ególatra y dictatorial, el resumen lo deja como un idealista, un creador de sueños, ignorando las muchas denuncias que tenía por explotación y sus malos modos empresariales.

Me duele dar una  nota tan baja a una película que tampoco es tan horrible, poro asistir a un biopic que te deja con más preguntas que antes de verla no puede merecer un aprobado. Esperemos que la aproximación a Wikileaks que se está ultimando en Hollywood cumpla con las expectativas. Jobs no lo ha hecho.

JUSTIN Y LA ESPADA DEL VALOR (6d10)

Nacida con pretensiones de iniciar una saga cinematográfica en manos de Manuel Sicilia (El lince perdido), Justin y la espada del valor es la nueva apuesta de Antonio Banderas como productor, comprometido con el proyecto hasta el punto de doblar a uno de los personajes protagonistas en la versión original.
Acostumbrados a las luchas titánicas entre Disney/Pixar con Dreamworks, Sony y compañía, con unos deslumbrantes alardes técnicos y unos argumentos en ocasiones más adultos de lo aconsejable (aunque parece que últimamente esta tendencia va a la baja), Justin y la espada del valor podría parecer algo insignificante, una obra menor donde no nos vamos a deslumbrar por la calidad de las escenas con agua o el perfeccionismo del cabello de los personajes. Nada de eso. Lejos de falsas apariencias en forma de cantos de sirenas, Sicilia ha preferido limitarse a hacer una película de animación como las de antes, con una historia sencilla y claramente dirigida a un público infantil, por más que la animación convencional sea suplida por el ordenador.
Y eso es lo que encontraremos en Justin y la espada del valor, una historia de superación, de un chico anónimo que se acaba convirtiendo en héroe, de malos muy malos, sin dobles caras, y de princesas y dragones (o no, porque en este último aspecto las cosas no son lo que parecen).
Justin y la espada del valor explica la historia de un reino donde la reina, aconsejada por un abogado (el padre del protagonista), decide prohibir los Caballeros, sin darse cuenta de que con ello no solo está asfixiando con absurdas normas y leyes a su pueblo sino que lo deja también indefenso ante una posible amenaza externa. Con la leyenda sobre su heroico abuelo en la cabeza, Justin rechazará su destino de estudiar derecho y se marchará del pueblo para tratar de convertirse en caballero y salvar el destino de la reina y, por extensión, de todas sus tierras.
Con un sorprendente sentido del humor, Justin y la espada del valor alterna aventura, diversión y, como no, gotas de romance, componiendo una obra ágil y entretenida quizá algo por debajo de otras aventuras animadas patrias como Planet 51 o Las aventuras de Tadeo Jones pero ciertamente recomendable para los más pequeños de la casa, sin que por ello resulte para nada aburrida para los sufridos padres que los acompañen, gracias sobre todo a la correcta confección de los personajes y a los muchos gags que complementan la aventura, algunos de ellos desternillantes.

Sin el trasfondo metafórico y profundo que antaño pretendía tener Pixar, Justin y la espada del valor es una aventura que invita, simplemente, a soñar, lo que no es poco.

sábado, 21 de septiembre de 2013

ASALTO AL PODER (8d10)

Hace escasos meses se estrenó la película Objetivo: La Casa Blanca que explicaba con todo lujo de detalles el asalto terrorista al edificio más protegido del mundo poniendo en peligro la vida del presidente y con una única persona como esperanza para salvar la situación, mientras desde el exterior el presidente de la Cámara debía ejercer las funciones del Presidente y tomar difíciles decisiones.
Ya comenté entonces la proximidad del estreno que hoy me ocupa, cuyo argumento no podía llegar a imaginar que iba a ser tan milimétrico. Dirigida por Roland Emmerich, el tipo que mejor destroza edificios icónicos de los USA, ese argumento tan similar es una de los principales lastres de esta película, junto al aspecto de panfleto patriótico, Presidentes de estado heroicos, un actor principal muy limitadito y una serie de situaciones absolutamente increíbles. Y toda esta colección de despropósitos iniciales son los que promueven que puntúe la película con tan solo un ocho pese a rozar el nueve.
Porque sí, la película es una vuelta de tuerca a lo ya visto mil veces, propagandística y con muchas similitudes a otras obras de Emmerich como Independence Day, no lo voy a negar, pero es también una sucesión de imágenes impactantes, brillantemente filmadas, épicas, emotivas y emocionantes. Durante más de dos horas el espectador se queda pegado al asiento contemplando tiroteos, explosiones, persecuciones, lanzamientos de misiles, aviones explotando… Todo tiene cabida en esta locura de película que, sin embargo, mantiene en todo momento una coherencia argumental gracias, en parte, a que el guion viene firmado por un profesional como James Vanderbilt (Zodiac, Amazing Spiderman) y el sosainas de Channing Tatum (uno de los incomprensiblemente actores de moda que aquí no está mal del todo) está muy bien secundado por actores de la talla de Maggie Gyllenhaal (El Caballero Oscuro), Jason Clarke (La noche más oscura), Richard Jenkins (The Visitor), James Woods (al que últimamente lo teníamos más visto en televisión que en cine), Joey King (lo mejor de Expediente Warren: the Conjuring) y, compartiendo protagonismo, Jamie Foxx, que ha pasado en pocos meses de ser un esclavo caza recompensas en Django Desencadenado a emular al mismísimo Barack Obama como líder del mundo libre (aunque pronto volverá al mal camino interpretando al villano de Amazing Spiderman 2).
Emmerich, que cuando tiene un buen guion entre manos demuestra que sabe medir con precisión los goteos de comedia y drama que aderecen la acción adrenalítica, a la vez de convertirse en un  gurú de las maquetas explosivas que tan bien lucen en Independence Day o Godzilla, compone una película brillante, en la que puedes encontrar varios personajes diferentes con los que empatizar, no limitándose a regalarnos un reguero de bonitas pero vacuas destrucciones, como le sucediera en las fallidas El día de Mañana y, sobre todo, 2012, consiguiendo la que posiblemente sea la mejor pieza de su filmografía hasta la fecha. Y aunque no engaña fingiendo en ningún momento que lo que importa aquí son los fuegos de artificio tiene tiempo aún para dar cuatro pinceladas sobre los problemas de un padre divorciado para conectar con su hija adolescente, hablar sobre el duelo por la pérdida de un hijo, reflejar la visión de la sociedad vista a través de los medios de comunicación o atreverse incluso a lanzar un mensaje pacifista (en medio de tanta muerte y destrucción, ironías de la vida) en forma del acuerdo que el Presidente quiere conseguir para lograr la paz en Oriente Medio.
La historia es sencilla: Cale, policía de la Casa Blanca por enchufe (en realidad es más bien el chofer del Presidente de la Cámara) recurre a un favor para conseguir una entrevista de trabajo para ingresar en el cuerpo de seguridad del Presidente, consiguiendo un pase para su hija adolescente, una verdadera friki de la política norteamericana. Estando con un grupo de visitantes turísticos se verá embarcado en medio de un atentado terrorista con fines poco claros que lo llevarán a un correcalles laberíntico por los recovecos de tan ilustre edificio tratando primero de proteger a su hija y acabando tratando de sobrevivir mano a mano con el propio Presidente.
Chaning y Foxx son, qué duda cabe, los protagonistas absolutos de una película que sigue fielmente los cánones impuestos hace ya veinticinco años por la magnífica Jungla de Cristal de John McTiernan (de hecho, toda la película desprende un aroma ochentero, incluso en su forma de preparar la historia, con un inicio calmado en el que Emmerich se toma su tiempo para que podamos conocer perfectamente a los personajes mientras el drama se va mascando poco a poco), aunque como es habitual en la filmografía del director germano hay un punto de coralidad, permitiendo que todos y cada uno de los secundarios dispongan de su propio minuto de gloria, desde Emily, la hija de Cale, hasta el guía turístico Donnie interpretado por Nicolas Wright.
Otro de los méritos de Emmerich es lo bien que sabe filmar las escenas de acción, permitiéndonos ver con claridad lo que sucede y huyendo de los planos confusos y precipitados de , por ejemplo, Michael Bay, como demuestra con la persecución de coches por los jardines de la Casa Blanca o las impresionantes escenas de los helicópteros volando a ras de suelo por entre las calles de Washington. Tatum (que no por casualidad termina la película en camiseta de tirantes y ensangrentado) y Foxx tienen química juntos y consiguen que aceptemos a unos personajes totalmente increíbles, un Supersoldado clon del Gerard Butler de Objetivo: La Casa Blanca y un heroico y sacrificado Presidente, algo más terrenal por eso que el que interpretara Bill Pullman en Independence Day (con la alargada sombra del Presidente Bartlet en el recuerdo). De los malos mejor ni hablo por no desvelar sorpresas, aunque sí apuntaré que la trama urdida es inteligente, conformada por una especie de puzle de piezas totalmente diferentes que terminan encajando son sencillez llegados al final.

No estamos ante la mejor película del año, ni entrará en ninguna quiniela por los Oscars, pero qué duda cabe que se trata de una de las peripecias más divertidas, entretenidas y apasionantes del año, algo por debajo de esa obra maestra de Abrams llamada Star Trek: en la OscuridadAsalto al poder es una montaña rusa de adrenalina, dos horas en las que el cine se hace espectáculo. Y tras un verano en el que hemos tenido que lidiar con tonterías como Pacific Rin, El llanero Solitario  o El hombre de Acero ha sido un soplo de aire fresco.

martes, 17 de septiembre de 2013

LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA (6d10)

No hay ninguna duda que las comedias alrededor de las bodas son casi un subgénero propio. Tras títulos tan recordados como El padre de la novia, Los padres de ella o la reciente y flojita La gran boda llega a las carteleras la versión a la española de todas ellas, un retrato de una familia “tipo” que ante las complicaciones que supone la celebración de una boda deben quitarse las caretas y desnudarse unos a otros, aflorando la realidad que se oculta tras los buenos sentimientos y las sonrisas forzadas.
Ese es el planteamiento de la nueva película de Daniel Sánchez Arévalo, que tras Azuloscurocasinegro, Gordos y Primos se ha convertido en un referente en la comedia de este país y un artista (tanto como director como en su faceta de guionista) muy a tener en cuenta. Con un amplio reparto, La gran familia española nos cuenta en cuatro pinceladas la historia de un matrimonio que se enamoraron viendo  Siete novias para siete hermanos y trataron de emular a los protagonistas de la película de Stanley Donen hasta descubrir que la vida no es tan bonita como en el cine y acabar en un doloroso divorcio, con cinco hijos y una nieta (con nombre de chico, para seguir la tradición) como herencia. Ahora, el pequeño de los hermanos se dispone a casarse con su novia de toda la vida, embarazada para más señas, con la que espera conseguir el “séptimo hermano” y cumplir con el sueño roto de padre, gravemente afectado del corazón.
Comienza así un día de locura que, para más inri, coincidirá con la final del Mundial de fútbol que España juega contra Holanda, produciéndose así dos historias paralelas, la protagonizada por esta arquetípica familia por un lado con inciertos resultados y la de conocido final feliz llevada a cabo por Iniesta, Casillas y compañía.
Quiere Sánchez Arévalo hacer un homenaje al cine que más admira (Siete novias para siete hermanos no es solo una excusa argumental, con las imágenes originales del film se abre y cierra esta película), cayendo quizá en las trampas de este. En su esfuerzo por dibujar a una familia española tipo, como anuncia el título, el director cae al lado contrario, enredándose con tópicos que si bien funcionan con corrección quitan un punto de realismo al asunto. Así, el tema del infarto en medio de la boda, el personaje deficiente, la prima zorrona, o los triángulos amorosos (dos hay en esta boda, aunque resueltos de maneras diferentes), son algo más habitual en el cine que en cualquier boda española habitual, cuya identidad con la realidad se demuestra, básicamente, en la importancia del partido de futbol por encima de convites y otras monsergas.
La película funciona con bastante corrección, pero esquivando el humor absurdo y desenfrenado y resaltando demasiadas situaciones dramáticas como para poder definirla abiertamente como comedia. Y aquí se encuentra tanto su mayor acierto como su principal tara. Por un lado, es de aplaudir que los personajes tengan cara y ojos e inviten a la reflexión a través de las historias paralelas que ocultan cada uno de ellos, sus dramas personales que impera por encima de todo hasta llegar a la conclusión de que lo verdaderamente importante es la unión familiar, mientras que por otro lado, la montaña rusa sentimental que se propone, alternando situaciones difíciles con momentos desternillantes llega a desconcertar, haciendo dudar al espectador sobre si debe reír o llorar o ambas cosas a la vez.
Con todo, la película es sumamente entretenida y los actores están todos de aprobado, consiguiendo Sánchez Arévalo un retrato triste de una familia española pero invitando al optimismo y la esperanza (quizá poco creíble pero de agradecer), aderezada con una bien seleccionada banda sonora.

Y como guinda el pastel, y personen ustedes el spoiler, el gol de Iniesta. ¿Qué más se puede pedir?

PERCY JACKSON Y EL MAR DE LOS MONSTRUOS (5d10)

Tres años después de que el veterano Chris Columbus dirigiera Percy Jackson y el ladrón del rayo se estrena la secuela de la que pretende ser la sucesora de Harry Potter y que desde ya podemos asegurar que no lo va a con seguir. Copiando descaradamente algunos esquemas (empezando por el trío protagonista: las similitudes entre Percy, Annabeth y Grover –alternándose con Tyson repiten, con menos gracia, eso sí, los roles de Harry, Hermione y Ron) la saga de Percy Jackson pretende recuperar combinación entre magia, épica y adolescencia que dejó huérfana la serie de J.K.Rowling, pero apenas logra quedarse a las puertas, aunque en su defensa hay que decir que en el caso de los magos de Hogwarts también las dos primeras películas eran las más flojas.
Alcanzar poco más de doscientos millones de recaudación sobre un presupuesto de noventa y cinco no auguraba nada bueno a esa primera aventura que, como corresponde a una iniciación, se veía lastrada por la necesaria presentación de personajes. Sin embargo, pese a parecer predestinada a morir a las primeras de cambio, como sucediera con La Brújula Dorada o Eragon (y quizá espoleados por el notable éxito de Los juegos del Hambre), en la FOX decidieron darle una segunda oportunidad al personaje creado por Rick Riordan (en una colección compuesta por cinco libros, aunque con una secuela en marcha), aunque reduciendo su presupuesto, cosa que se nota visualmente.
La película parte con una premisa interesante: alojado en el campamento Mestizo con otros semidioses el que fuera salvador del Olimpo no parece destacar sobre sus compañeros, lo que le lleva a una crisis existencial sobre si es en verdad un héroe o todo lo acontecido en la primera película es fruto de la suerte y la casualidad. Curioso punto de partida que se diluye apenas transcurridos cinco minutos de película para convertirse en una aventura demasiado infantil y totalmente convencional, donde la aparición de un personaje nuevo (Tyson, aparentemente hermano de Percy) no hace sino entorpecer más aún la acción, edulcorando la trama con una moralina familiar que no viene mucho a cuento.
Pese a que el exceso de digitalización no molesta demasiado (los efectos visuales son correctos, con nuevas criaturas que cumplen sin abochornar), las secuencias de acción son torpes y carentes de emoción, llegando a cansar, demostrando que el cambio en la silla de director ha sido para peor (aparte de Diario de Greg lo más destacado hasta la fecha de Thor Freudenthal es Hotel para perros), mientras que en el aspecto interpretativo hay también un ligero bajón. El trío protagonista repite, desde luego, pero en el plantel de secundarios solo destacan Stanley Tucci y un brevísimo cameo de Nathan Fillion, mientras que Anthony Head (el mentor de Buffy Cazavampiros) sustituye a Pierce Brosnan como Chiron y no hay ni rastro de las figuras que se dejaban ver por la primera entrega (recordemos que por ahí andaban Sean Bean, Rosario Dawson, Uma Thurman…)

No voy a sentenciar tampoco que sea una película pésima, ni mucho menos, pero si decepciona que no sepan aprovechar el espíritu aventurero de las novelas para hacer una gran espectáculo visual (la mitología griega siempre ha tenido mucho tirón tanto en cine como en videojuegos), conformándose en quedarse reducido a un pasatiempo demasiado infantil, muy lejos de las aspiraciones con las que soñaba y sin demasiadas esperanzas de llegar a un tercer episodio. Cosa, por otra parte, que tampoco creo que nadie lamente demasiado.

lunes, 9 de septiembre de 2013

KIKC-ASS 2 . CON UN PAR (6d10)

Después del éxito que tuvo hace tres años Kick-Ass, dirigida por Matthew Vaughn (ahora dueño y señor de la franquicia mutante de Marvel) y basada en la obra homónima de Mark Millar y John Romita Jr., revitalizando el cine de superhéroes y ofreciendo algo diferente a lo que estábamos acostumbrados, era inevitable que más temprano que tarde llegase su secuela, basada también, con bastante fidelidad, en la secuela del comic. Todos, excepto el director repiten en la función, aunque la llegada de Jeff Wadlow no entorpece apenas, pues se limita a seguir obediente las directrices ofrecidas por Vaughn (ahora productor) en la primera entrega, sin variar pero tampoco innovando.
La acción arranca tal y como quedó al final de Kick-Ass, con Dave habiendo marcado el camino a seguir al resto de superhéroes, Mindy entrenando furtivamente a escondidas de su padre adoptivo y Chris D’Amico queriendo vengar la muerte de su padre. Se desarrollan entonces tres historias paralelas que, inevitablemente, tendrán que cruzarse en algún momento, produciendo mucho dolor y sangre. Por un lado, Kick-Ass se encuentra con un grupo de héroes que lo aceptan como miembro bajo las órdenes del Coronel Barras y Estrellas, Mindy decide cumplir la promesa hecha a su padrastro de abandonar su carrera como Hit-Girl y tratar de adaptarse a la vida en el instituto y D’amico se convertirá en el primer supervillano del mundo real bajo el nombre del Hijoputa y urdirá un plan para acabar con Kick-Ass y sus amigos.
Pocas veces (salvo algún cambio leve e irrelevante –qué manía tienen estos de Hollywood en que Kick-Ass “moje”- y, sobre todo, el final) una película ha sido tan fiel a la obra en que se basa, calcando escenas –e incluso viñetas- del comic tal y como Zack Snyder hiciera con Watchmen, con la salvedad de que la obra de Alan Moore roza la maestría y la de Millar es, siendo generosos, muy flojita. Así, la principal losa con la que debe cargar la película es repetir los errores del cómic, una novela gráfica que parece nacer más del oportunismo que del deseo de Millar, generalmente revolucionario y fresco, y cuyo cansancio se nota incluso en los dibujos desgarbados y de trazo fácil de Romita. Así, la película, que sigue siendo muy entretenida, abusa demasiado de la violencia gratuita y los tacos, como si por sí solos pudiesen hacer funcionar la historia. Wadlow no se da cuenta de que lo que más gustó de la película de Vaughn era la frescura y la capacidad de sorprender al espectador, que ahora acude de nuevo a las salas sabiendo lo que va a ver y esperando que le sorprendan con algo nuevo. Además, la gracia de Kick-Ass estaba en trasladar a los superhéroes al mundo real, consiguiendo que estos se vean ridículos y patosos, pero cuando Madre Rusia liquida ella sola a diez policías, Hit-Girl se enfrenta a toda una banda armada desde lo alto de una furgoneta y Kick-Ass y el Hijoputa tienen un duelo épico en el clímax final, resulta que estamos presenciando los mismos clichés que en una película de superhéroes convencional, y el que los personajes se dediquen a repetir infinidad de veces que está en el mundo real no va a conseguir que en verdad lo sea.
Otro problema con el que han tenido que lidiar ha sido con los actores. Aaron Taylor-Johnson, musculoso y con planta, poco tiene que ver con el flacucho desgarbado que dibuja romita, mientras que a Mindy la han tenido que añadir varios años con respecto al comic, ya que la edad de Chloë Grace Moretz (de nuevo protagonista absoluta del film) no es fácil de disimular. Precisamente uno de los cambios con respecto al comic se basan en que mientras en papel se dedican apenas cuatro viñetas en forma de diario a relatar la vida de Mindy en el colegio aquí su adaptación (o mejor su falta de ella) a la sociedad es una trama destacada, con Mindy enfrentada a sus compañeras en una secuencia más cercana a la Carrie de Stephen King (precisamente el próximo proyecto de Chloë Grace Moretz) que de la Hit-Girl de Millar. Con respecto al resto del reparto Christopher Mintz-Plasse continúa igual de histriónico que en la primera película, mientras que las ausencias forzosas de Nicolas Cage y Mark Strong es suplida con corrección por Jim Carrey y John Leguizamo.
Cumple con el objetivo de distraer y divertir, desde luego, pero estando tan por debajo de su predecesora no te deja con la sensación de que sea necesaria una tercera película.

A no ser que se dejen de tonterías y le cedan todo el protagonismo a Hit-Girl, claro está.

RIDDICK (6d10)

Cuando en el año 2000 el director David N. Twohy eligió a Vin Diesel para protagonizar Pitch Black poco imaginaba como cambiaría esa película la vida de un actor que pese a haber tenido un papel relevante en Salvar al soldado Ryan parecía no entrar en los planes de ninguna gran productora de Hollywood. 
Fue esta cinta de ciencia ficción de pequeño presupuesto la que le abrió las puertas de la Meca del cine donde se consolidaría el actor neoyorquino apenas un año después con The fast & the furious (A todo gas). Twohy, con más currículo como guionista que como director, conseguiría componer una película de culto que cuatro años más tarde tendría una secuela mucho más ambiciosa, Las crónicas de Riddick, en la que se pretendía crear todo un universo de ficción digno de rivalizar con la mitología de Star Wars o Star Trek, pero no se sabe muy bien si por culpa de la desmesurada ambición o por la falta de libertad que supone el control de una gran productora, el film no tuvo el éxito de crítica ni público que se esperaba y, pese a no llegar a ser un fracaso estrepitoso, los planes para seguir narrando las epopeyas de Riddick empezaron a coger polvo en un cajón.  Ahora, cuando las horas bajas de Diesel le han obligado a refugiarse en sus personajes más exitosos (tras resucitar Fast & Furious y Riddick se espera que retome también su personaje de la saga xXx) llega la tercera parte de una trilogía que siempre ha estado en manos de Twohy con Diesel en la producción.
Con la lección bien aprendida y de nuevo en manos de productoras pequeñas, Twohy ha regresado a los orígenes del personaje para volver a llevarlo a un terreno inhóspito y hostil donde deberá superar tres duras pruebas, así como tres son los actos de la película, perfectamente diferenciados.  Primero, tras un escueto flashback que nos explica brevemente como ha llegado hasta ese planeta después del final de Las crónicas de Riddick, deberá sobrevivir a las duras condiciones del hábitat que lo rodea, conteniendo esta unas de las más brillantes escenas de la película, sin diálogos (tan solo algo de voz en off) y devolviéndonos al Riddick más salvaje. En la segunda parte Riddick se transforma en una especie de psicokiller espacial cuando dos grupos de caza recompensas aterrizan en el planeta en su búsqueda. Es en la tercera, donde los supervivientes se deben enfrentar a un ataque de una raza autóctona, sanguinaria y letal, cuando las similitudes con Pitch Black son más evidentes, convirtiéndose casi en un remake (ahora mola más decir reboot) de aquella, aunque también es donde la imaginación escasea más, recordando demasiado a mil cosas ya vistas anteriormente, con Alien y Depredador como referencias más claras.
Riddick no es, pues, una obra redonda, y la libertad que ha tenido Twohy para rodar es equiparable a la reducción de presupuesto con respecto a Las crónicas de Riddick, de manera que los efectos digitales son en ocasiones algo bochornosos, sobre todo las escenas en las motos voladoras, pero no es algo que moleste en exceso si pensamos que estamos ante una película con más pretensiones de acercarse a la serie B que a una superproducción.
El aspecto interpretativo puede ser algo secundario, ya que Vin Diesel es el amo y señor de la función, y pese a sus limitaciones como actor nadie duda que Riddick está hecho a su medida. No obstante, es de agradecer ver pasar por ahí a rostros conocidos como Karl Urban (uno de los escasos recordatorios a la existencia de Las crónicas de Riddick y cuya violencia cruda y desmedida de la película recuerda precisamente al estilo de su Dreed), Katee Sackhoff (todavía en cartel con Exorcismo en Georgia), Dave Bautista (que siguiendo los pasos de Dwayne Johnson quiere dar el salto de la lucha libre a la interpretación) y, sobre todo, nuestro Jordi Mollà, que pone el punto exacto de humor y mala leche para compensar la sombría amargura de Riddick.
Quizá no tenga el encanto casposo de Pitch Black, aunque supera sobradamente a Las crónicas de Riddick y sus dos horas de metraje pasan volando, independientemente de que la división tan evidente en tres subtramas casi de diferentes géneros pueda afectar en algo el resultado global. La verdad es que la película no aburre en ningún momento y da esperanzas de que la carrera de este fugitivo de ojos brillantes continúe en un futuro cercano. Historias por contar quedan, desde luego, y Riddick tiene las suficientes cuentas pendientes para dar más juego antes de conseguir su ansiado regreso a casa.

Ahora solo falta que el público esté de acuerdo y la taquilla invite a ello.

domingo, 8 de septiembre de 2013

CAZADORES DE SOMBRAS: CIUDAD DE HUESO (6d10)

Llevábamos ya unas semanitas sin nuestra ración crepuscular en los cines, y tras los discretos estrenos de Memorias de un zombie adolescente, Hermosas Criaturas o The Host (La Huesped) llega el turno a la producción más ambiciosa de todas, nacida descaradamente con el propósito de dar pie a una saga (el título y subtítulo ya lo reflejan claramente) y con los mismos componentes que la maldita Crepúsculo que tanto daño ha hecho al mundo del cine (aunque sé de millones de adolescentes que no estarán para nada de acuerdo conmigo). Repasemos: está basada en una novela (curiosamente la autora, Cassandra Clare, es también mujer), protagonizada por una chica joven, hay triángulo amoroso, elementos sobrenaturales y drama y al final todo se reduce en la lucha del bien contra el mal. Más claro, agua. Con semejante entradilla parece que lo más lógico sería huir corriendo del cine pero, una vez más, como ya ocurriera con los zombies y los aliens enamorados, la copia (el libro se publicó por primera vez en 2007, dos años después de Crepúsculo) supera a la original. Y me refiero, claro está, a la película, cuya fidelidad con respecto al libro no voy a valorar ya que no he leído la novela en la que se basa y espero poder morir dentro de muchos años sin cambiar ese hecho.
La cosa, como vais a comprobar, no tiene nada de original. Una muchacha, al llegar a la adolescencia, detecta fenómenos extraños a su alrededor. Las cosas no son lo que parecen y descubre que debe cargar el peso de una herencia genética especial y que la salvación de la humanidad (o de sus amiguetes, tampoco nos pongamos tan trascendentales) está en sus manos. Vamos, como Harry Potter, Percy Jackson… Mira que hay madres embusteras por la vida, ¿eh? El caso es que cuando descubre que ella es, en realidad, una Cazadora de sombras no tiene más remedio que entrar en el juego y luchar contra brujas, demonios y vampiros (los hombres lobo, parece, son de momento aliados), sobre todo porque la vida de su propia madre está en juego. Junto a ella, claro está, su mejor amigo, ese que todo el mundo sabe que está enamorado de ella menos ella. Y sus nuevos compañeros Cazadores no podrián ser gordos frikis llenos de granos adictos a los videojuegos de Dragones y Mazmorras, como sería lógico, sino buenorros de pecho depilado y porte angelical. Así que ya tenemos conflicto amoroso, que en este caso va un paso más allá que sus predecesoras y se atreve a tocar temas tabús como el amor homosexual y el incesto.
Al frente de todo esto se encuentra Harald Zwart, un director cuyos mayores logros son La pantera Rosa 2 y The Karate Kid, mientras que el guion corre a cargo de la propia Clare junto a Jessica Postigo, autora de… de… Bueno, este es su primer guion, a decir verdad, pero en breve parece ser que tendrá listo el libreto de la continuación de la saga (¡Que Dios nos coja confesados!)
Ante tal panorama, cuesta creer que haya algo en la película, aparte de las fans que pueda arrastrar la novela, que llame la atención, amén de su reparto, donde destaca la casi omnipresente Lily Collins (conocida tanto por ser la Blancanieves que le toca las narices a Julia Roberts como por ser la niñita de papá Phil) acompañada de Jamie Campbell Bower (que se ha paseado por tres Crepúsculos, dos Harry Potters y ha sido el Arturo de Camelot) y Robert Sheehan (el más insoportable de la pandilla de Misfits), actores jóvenes pero con algo de currículo, aunque como suele ser propio de estas producciones, la calidad real la aportan los secundarios, donde destacan Kevin Durand, Jared Harris, Jonathan Rhys Meyers y, sobre todo, Lena Headey, que aunque parezca huir de su personaje de Juego de Tronos se está encasillando demasiado en su papel de “madre coraje” (Las crónicas de Sarah Connor, The Purge: la noche de las bestias).
Ante este puzle tan variopinto, lo mejor que se puede decir de la película es que entretiene, manteniendo correctamente el equilibrio entre la acción y el drama, dando tiempo suficiente a los personajes para demostrar sus debilidades y evoluciones (el precio a pagar por ello es alto: más de dos horas de duración), siendo completamente sincera en su propuesta pero enfocando más el punto de mira en la lucha contra los demonios que en los asuntos de corazón, que saben mantenerse siempre latentes pero en un sabio segundo plano. Tanto es así, que en ocasiones parece que estemos más ante una versión más adulta de Harry Potter (el uso de la magia, el diseño de la iglesia-escuela, las espadas…)
No va a convertirse esta saga en un clásico del cine contemporáneo, ni Ciudad de hueso nos va a dejar impacientes ante el estreno de su secuela, como sí está pasando con la odisea de Los Juegos del Hambre (claro que Jennifer Lawrence juega en otra liga), pero al menos servirá para demostrar que se puede hacer un cine destinado a adolescentes sin que tenga necesariamente que insultar su inteligencia, creando además una mitología propia en lugar de destruir absurdamente leyendas ancestrales. Sólo llegando al final, quizá por miedo a alargar más aun el metraje, se nota una cierta precipitación, hasta el punto que el destino de algunos personajes queda un poco desdibujado, dejándolo a nuestra imaginación. Pero bueno, para eso están las secuelas.

Y debo advertiros que sólo de novelas hay la friolera de doce, así que si el público responde, hay Cazadores de sombras para rato.