sábado, 4 de abril de 2015

FOCUS (4d10)

Aunque hace unos años su nombre fuese sinónimo de grandeza y éxito, Will Smith lleva un tiempo vagando entre la mediocridad y el desconcierto, quizá demasiado pendiente en convertirse en un actor serio o distraído intentando inventarle una carrera artística a su niñito hasta el punto de olvidarse de la suya.
Tras haber entrado por la puerta grande en el mundo del cine (tras su fulgurante fama como icono televisivo en los noventa) combinando con acierto el humor y la acción de éxitos descomunales como Men in Black y su secuela, Independence day o Dos policías rebeldes (y algún patinazo perdonable, como el de Wild wild west) su buen hacer en trabajos más serios como La leyenda de Bagger Vance o Ali le tentaron a reinventar su carrera y dotar a sus personajes de un trasfondo atribulado y reflexivo que hacia cierta gracia al principio (Yo, robot o Soy leyenda) pero que rozaban la pretenciosidad con ese deje de amargura y tristeza que reflejaba en En busca de la felicidad (primer intento serio de “enchufar” a su insoportable hijo Jaden) o Siete Almas, en las antípodas de su añorado papel en El príncipe de Bel Air.
Su primer intento de reconducir su camino se produjo con Hancock y el regreso a la saga de Men in black, pero el daño ya estaba hecho y la sombra del héroe amargado y oscuro se había apoderado de él, alcanzando cotas de verdadera ridiculez en la insufrible After Earth.
Tras el último varapalo, Smith estaba obligado a dar un nuevo giro, regresando a la comedia festiva y lujosa que tan bien le funcionó en Hitch, especialista en ligues, que es una de las referencias que uno encuentra al ver Focus, aparte de la evidente amalgama entre títulos como El golpe u Ocean’s Eleven.
Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa, firmantes también del guion (ambos estaba ya tras la aceptable Philip Morris ¡te quiero! y la excelente Crazy, Stupid, Love), Focus es una tontería bien filmada, visualmente elegante, simplemente divertida y completamente vacía. Las aventuras de un grupito de timadores sin el carisma de la alegre pandilla de George Clooney (y que ni por asomo se acerca al dueto Redford/Newman) se deshace como un azucarillo en el agua cuando un incomprensible cambio de rumbo transforma la película en una pantomima romántica carente de credibilidad, a la que no ayuda para nada los torpes giros argumentales con los que Ficarra y Requa pretenden animar el espectáculo engañando al espectador y que resultan tan previsibles que son de vergüenza ajena.
Sin hacer una mala interpretación, Smith demuestra que ha perdido todo signo de carisma y magnetismo que le hiciera brillar en su juventud, y que sin un buen guion como apoyo su presencia no es suficiente para mantener en pie una película que malvive prácticamente gracias a la belleza de Margot Robbie, la única que sale airosa del invento y que tras su arrebatadora presencia en El lobo de Wall Street, tiene un prometedor futuro por delante (aunque su mayor prueba de fuego será volver a coincidir en breve con Smith).
La película no llega a aburrir, por más que resulte exageradamente previsible, pero es como ese truco de prestidigitación en el que el mago hace una gran puesta en escena, con una atractiva ayudante y divertida palabrería, pero al que se le ve el truco a leguas.
Will Smith no comienza por el buen camino su segunda etapa de redención, y así se lo ha hecho saber la taquilla. El futuro le aguarda una peli de DC (así no hay quien le quite la amargura de encima) y, tras renunciar a aparecer en la secuela de Independence day (aunque tras los palos que se está llevando por Focus ya veremos si no cambia de idea), su retorno a la saga de Dos policías rebeldes y (Dios nos coja confesados) ese extraño experimento que pretende unir a los personajes de Men in black con los de Infiltrados en Clase.
Ay, Willyto mío, ¡quién te ha visto y quién te ve…!

EL AÑO MÁS VIOLENTO (9d10)

Dirigida por J.C. Chandor, realizador de la magnífica Margin Call y de la más que correcta Cuando todo está perdido, la película se sitúa en la América de 1981, año que, según los historiadores, se registró el mayor número de delitos en la historia de Nueva York.
Era una época en la que el país despertaba de ese idealismo que se extendió tras la Gran Depresión, cuando el sueño americano empezaba a naufragar y se imponía la ley del más fuerte.
Con referencias más que evidentes a El Padrino de Coppola y toques delj cine de gánsteres más sucio de Scorsese, Chandor aborda la historia de Abel Morales, un empresario dedicado a la distribución de combustible que crea un pequeño y emergente imperio de la nada (bueno, de la nada exactamente no, que la familia de su mujer ayuda a sentar las bases con dinero sucio) y se propone llegar a los más alto sin traspasar el camino de la ilegalidad.
Podría ser esta una historia sobre ambiciones empresariales, luchas por el poder e incluso análisis de un matrimonio (y de hecho lo es, todo esto está contenido en la película), pero Chandor apuesta más por abordar la hipótesis de si se puede conseguir el poder sin caer en la corrupción. Morales es un hombre honrado en una sociedad donde la honradez es una quimera, un empresario a quien todos le dicen que debe quebrantar la ley (incluso la propia ley) para seguir adelante pero que pretende mantenerse firme en su propósito, aun poniendo en juego su futuro, su familia y su propia vida. No es, sin embargo, una película moralista, ni mucho menos. Con un estilo elegante y estilístico, Chandor plantea un argumento, dibuja una situación que fácilmente podría ser real, y deja que cada cual saque sus propias conclusiones, que sea el propio espectador quien juzgue las acciones del protagonistas y, de paso, se juzgue a sí mismo, pudiendo ver reflejado en el mundo de hoy a esa Nueva York del siglo pasado que no resulta tan distante como cabría parecer.
Chandor aborda el tema como si una tragedia shakesperiana se tratase (hay mucho de Macbeth aquí), ejecutando con maestría su puesta en escena en un drama muy violento que consigue transmitir con eficacia esa sensación de presión angustiante que siente su protagonista sin necesidad de mostrar ante las cámaras esa violencia latente y despiadada a la que alude el título.
No se puede dejar de alabar el trabajo de Chandor, fiel heredero también del cine de Lumet, sin que por ello dejemos de lado a su elenco protagonista, un casting de gran nivel encabezado por un sorprendente Oscar Isaac metamorfoseado en un joven y aguerrido Al Pacino (copia todos sus tics interpretativos y estéticos sin que llegue a molestar en ningún momento) y una magnífica Jessica Chastain que probablemente se haya convertido ya en la mejor actriz de su generación  con una habilidad innata para elegir personajes totalmente opuestos entre sí y perfectamente alejados de la mujer florero que suele rodear este tipo de tramas, y a los que complementa David Oyelowo (el reciente Martin Luther King de Selma y que ya compartió papel –que no plano- con Chastain en Interstellar) en el papel de fiscal del distrito.
Resulta curioso que en un año cinematográfico tan flojo como se ha evidenciado en los recientes premios Oscars (con tonterías nominadas como la propia Selma, Siempre Alice, El Francotirador o La teoría del todo, grandes películas como esta hayan quedado en el cajón de los olvidados, haciendo compañía a los Puro Vicio o Nightcrawler de turno.
Algo huele a podrido en Dinamarca, dijo Hamlet. Y se podría añadir que no mejora mucho la cosa en Nueva York, donde las calles son peligrosas y las buenas intenciones no son suficientes para parar las balas. O quizá sí…

LA COSPIRACIÓN DE NOVIEMBRE (6d10)

Muy desapercibida ha pasado esta película por las carteleras españolas, a las que ya llegó, por cierto, con bastante retraso. Y no es porque su calidad sea mala, pues no es el caso.
La conspiración de noviembre es una buena película de espías, con buenas interpretaciones, escenas de acción y un argumento inteligente. El problema que tiene es que parece fuera de época, poseedora de un clasicismo pasado de moda que nos transporta a finales del siglo pasado y cuya elección del actor protagonista, Pierce Brosnan, no es que ayude demasiado.
Basada en una serie de novelas del género (con la evidente intención de convertirlas en saga cinematográfica, cosa que dudo mucho llegue a buen puerto) firmadas por Bill Granger, La conspiración de noviembre nos devuelve al Brosnan (también productor) más recordado, aquel al que le sentaba tan bien el traje de Remington Steel y que parecía haber nacido para ser James Bond, aunque probablemente no será el más recordado de ellos.
Brosnan brilla con luz propia, agradeciendo que su personaje se adecue a su edad actual. Pero ello arrastra un problema: interpretar a un héroe cansado y de vuelta de todo puede contagiar a la propia película, y así el mismo espectador termina por sentirse cansado y de vuelta de todo, comprobando que no nos están contando nada nuevo y que por mucho que se busque nada hay en el film que pueda dejar poso, aparte de una notable violencia algo más explícita que en las películas a las que homenajea (imita) de la década de los noventa.
Heredera directa de Tom Clacy, John LeCarré o el propio Ian Flemming, La conspiración de noviembre es un buen producto de entretenimiento, un deleite durante su degustación pero de la que apenas nos acordaremos pasados unos pocos meses, pese a contar con la siempre interesante participación de Olga Kurylenko, curiosamente una chica Bond de la etapa Craig.
No es un peliculón, pero personalmente siempre he sentido algo de debilidad por Brosnan, y verle de nuevo enfundado en un traje, pistola en mano, en situaciones adrenalíticas ya me bastan para disfrutar durante algo menos de dos horas de película.
Y cuando termina, a otra cosa, mariposa, y todos tan felices.

HOME. HOGAR, DULCE HOGAR (6d10)

Home: hogar, dulce hogar, nace con el claro propósito de repetir sin pudor el éxito de otros films de animación como Gru, mi villano preferido, donde un plantel de secundarios como fuesen en su momento los Minions acabasen seduciendo a los niños y convirtiéndose en los verdaderos protagonistas del film. Concebidos como unos Pitufos modernos y más surrealistas aun si cabe, los Minioms han conquistado a grandes y pequeños, convirtiéndose en avatares de muchos perfiles de Internet y protagonizando memes, felicitaciones navideñas, de cumpleaños… Todo el mundo conoce a los Minions, aunque ignore que así es como se llaman o no haya oído hablar en su vida de Gru. Algo así buscan también es Disney con la creación (en el corto que precede a Cenicienta) de pequeños seres de nieve creados al amparo de Frozen.
Esto es lo que se busca en Home: hogar, dulce hogar. Crear una nueva raza (extraterrestre en este caso) que sea igual de divertida y visualmente atractiva (aquí se añade el concepto de cambiar de color según el estado de ánimo) y que pueda trascender más allá de las pantallas de un cine.
Obviando el descarado ejercicio de marketing de Dreamworks, lo cierto es que la película resulta tierna y divertida, con una relación bien construida entre una niña humana y un torpe extraterrestre, visualmente impactante y con un ritmo adrenalítico.
Y es que lo que más se puede valorar del film es que, a diferencia de las más clásicas apuestas de Pixar, no se anda por las ramas a la hora de narrar la invasión alienígena que sufre la tierra ni el desesperado intento de huida de una niña cuyo único propósito es reencontrarse con su madre. Todo sucede muy deprisa, con grandes golpes de elipsis, que impiden caer en el aburrimiento y permiten contar muchas cosas en muy poco tiempo. Así, la película apenas tiene posibilidades de decaer, siendo la historia (tan absurda y surrealista como debe ser) quien lleve el ritmo narrativo, no los personajes.
Dreamworks sabe de lo que va esto, así que riegan el film de diversos chistes y guiños destinados al público adulto mientras que el derroche de color e imaginación resulta casi hipnótico para los más pequeños de la casa, consiguiendo una vez más que todos puedan salir satisfechos de la sala. No estamos ante un gran clásico, de esos que puedan tener posibilidades de llevarse el Oscar o de convertirse en parte de la historia de la animación, pero tampoco parece ese el propósito de sus creadores.
Home: hogar, dulce hogar, pretende ser fresca, divertida y entrañable, y eso es ni más ni menos lo que consigue. Y ganar dinero, por supuesto, aunque en ese sentido dudo que estos simpares alienígenas lleguen a invadirnos como lo han sabido hacer los Minioms, en breve con película propia.

OBSESIÓN (3d10)

Había una vez, una chica nacida en Nueva York pero con orígenes latinos que quiso ser actriz.
Aunque no era especialmente brillante, la muchacha le ponía voluntad y gracias a un físico envidiable y a una buena elección de papeles consiguió participar en algunos títulos francamente interesantes como Anaconda (poco valorada en su momento pero que resulta ser gloria bendita si la comparamos con los truños del estilo Sharknado que tanto se estilan ahora), La Celda o Giro al Infierno. En estas, la muchacha empezó una exitosa carrera musical (aunque tampoco es que fuese una gran cantante), y comenzó a dejar de lado su ambición cinematográfica, limitándose a participar, muy de tanto en tanto, en comedias románticas carentes de riesgo ni profundidad.
En los últimos años, quién sabe si por tratar de retomar la senda correcta o por puro capricho, Jennifer Lopez está cambiando sus hábitos a la hora de elegir papeles, y tras compartir cartel con Jason Startham en Parker protagoniza ahora Obsesión, en la que ella sola debe llevar el peso de un film de corte dramático y oscuro. Nada que ver con los papeles amables y edulcorados a los que nos tenía acostumbrados.
Un esfuerzo loable si no fuese por lo espantosamente mala que es la película en cuestión.
Obsesión es una película totalmente tópica sobre los peligros de dejarse llevar por la lívido y mantener una tórrida relación extramatrimonial sin pararse a pensar en las consecuencias mezclada con la aparición de un elemento nuevo en el entorno social y familiar tan seductor como amenazador. Vamos, un cruce entre Atracción fatal y De repente, un extraño. Lo malo es que, obviando la falta de originalidad, las películas citadas tenían una fuerza narrativa que te permitía identificarse con los personajes y sufrir con sus penurias, mientras que aquí, cuando vemos a la Lopez retozar con su joven y desconocido vecino como si de un Christian Grey del montón se tratase, uno solo puede pensar en lo tontos que son todos los personajes y lo burdos que son las manipulaciones del bollycao recién llegado a la comunidad.
Ni la puesta en escena, ni los giros argumentales, ni la ambientación buscada están a la altura de una apuesta hollywoodiense de estas características, estando Obsesión más próxima al telefilm de sobremesa (y hablo de la variante más casposa de los melodramas televisivos) que de otra cosa.
Soy consciente de que en el mundo del cine todo (o casi todo) está ya inventado, y de ahí que constantemente veamos (y soportemos) secuelas, remakes o reboots, pero que un argumento haya sido visto mil veces en pantalla no es excusa para no poder ofrecer una versión diferente o imaginativa de la misma. Sírvame el ejemplo de The Guest, una película vista en el pasado festival de Sitges y que incomprensiblemente aún no ha sido distribuida en España, que con un esquema argumental casi calcado al de Obsesión (chico nuevo en la ciudad que se gana el cariño y el respeto de los miembros de una familia hasta que se descubre que hay gato encerrado) pero una puesta en escena divertida, seductora y muy disfrutable.
En definitiva, el nuevo rumbo de Jennifer Lopez como actriz no parece ir a ninguna parte, y la única conclusión de la película cabe encontrarla en las forzadas posturas de la cantante latina y los planos que buscan sin ningún rubor resaltar sus curvas. Poco más hay para rascar…

miércoles, 25 de marzo de 2015

El comentario del mes: ¿ES CARO EL CINE?

Desde hace ya algún tiempo cada vez que toco el tema del cine con mis amigos me salen con la misma cantinela: “es que el cine es muy caro”. 
Escuchas un programa en la radio, o un podcast, y de nuevo lo mismo. Es la salida más típica del mundo. Y tras la subida del IVA cultural de hace un par de años la excusa perfecta para piratear a diestro y siniestro, como si la alternativa a algo caro fuese directamente robar (y, ¡ojo!, no quiero pecar de hipocresía: en esto de descargar de Internet, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra; y yo, desde luego, no estoy en disposición de tirar nada).
Pues bien, estoy ya harto. ¿El cine es caro? Pues no, que queréis que os diga. No es caro. Y no lo digo por decir. Veamos algunos datos:
Una entrada de cine, un fin de semana cualquiera, cuesta entre ocho y nueve euros, dependiendo del cine y la localidad. Si la película es en 3D o en salas especiales puede subir hasta los once o doce. De acuerdo. Eso es lo que cuesta una entrada de cine.
Ahora viene cuando alguno me dice: “Sí, claro, pero es que tenemos dos niños, así que ver una película de dibujos con los dos niños son ya cuatro entradas, a las que hay que sumar las Coca Colas, las palomitas y las chuches y, claro, ya que sales, habrá que pasar por el McDonal’s, ¿no?”. Bueno, no seré yo quien diga a cada uno lo que debe hacer en su tiempo libre ni en qué debe gastar o no su dinero, pero estamos analizando lo caro que es el cine. El tema de los complementos o la cena es otro tema en el que no voy a entrar y del que no se puede culpar al cine en sí. Tanto es así que incluso muchos exhibidores reconocen perder dinero con el precio de las entradas de cine, estando precisamente en la venta de palomitas y refrescos la posibilidad e hacer negocio.
Pero ahí no acaba la cosa ya que… ¿es realmente el que he comentado el precio real de una entrada de cine? Pues no, ni mucho menos. Sigamos viendo datos reales.
Muchas cadenas de exhibición ofrecen packs familiares. Sin detenerme a nombrar a ninguna en concreto, que tampoco me pagan por la publicidad, pondré algunos ejemplos. En el cine al que yo voy habitualmente tienen una tarifa plana que consiste en 22,50 € al mes (sin compromiso de permanencia) por la cual puedes ver todas las películas que se estrenen en ese mes. Por hacer un cálculo aproximado, sólo en esta semana (de lunes a domingo) se podrían ver hasta  28 películas por ese precio. Y sólo en una semana. Otras cadenas proponen quedadas con amigos a través de Facebook de manera que cada entrada cueste sólo cinco euros. Y tienen packs familiares con los que, con sólo llevar a un menos de doce años, el precio de la entrada es de 6 € el adulto y 4,50 € cada niño.
También es cuestión de elegir con cuidado el día. Las matinales del domingo se pueden encontrar entradas por 4 €, y en algunos cines ni siquiera hay recargo en caso de ser en 3D.
Luego está lo que antiguamente se llamaba “el día del espectador”. Algunos cines están asociados a la propuesta “Los miércoles al cine” en los que las entradas pueden variar entre los 3,50 y los 4,90 € en función del cine o aquellos que sólo con tener una tarjeta fidelidad gratuita permiten comprar entradas los miércoles y jueves no festivos por 4 €. También es frecuente encontrar promociones según la cual al ir al cine te hacen entrega de una tarjeta que te da derecho a comprar entradas en promoción de 2x1 si vuelves antes de quince días.
Aquí no acaba la cosa. Con solo buscar un poquito se puede encontrar salas que hacen precios especiales en la primera sesión, a los mayores de 65 años, que ofrecen paquetes de diez entradas por 65 € e incluso hay sitios que proponen abonos anuales.
Así las cosas, con un poco de planificación una entrada de cine puede costar realmente una media de cinco o seis euros. Un precio realmente asequible si tenemos en cuenta que apenas han subido los precios en los últimos meses, pese a las subidas de los impuestos eléctricos para las empresas u otros gastos que han afectado a los exhibidores pero no al precio final del boleto.
Y eso sin tener en cuenta de cada poco tiempo (la próxima es el 11, 12 y 13 de mayo) se celebra la Fiesta del Cine, en la que el precio de cada entrada es de 2,90 €.
Así que no, no me trago eso de que el cine es caro. Otra cosa es que a uno no le guste el cine, y por lo tanto, cualquier cosa le pueda parecer caro. Y es que cada uno tiene sus gustos y nadie es quién para criticarlo, pero ello no justifica el pirateo desmedido o la pataleta de indignación que tan de moda está últimamente.
Y es que, además, hemos de tener en cuenta que el cine es un espectáculo que te garantiza una serie de comodidades (asientos, sonido, calidad de imagen) y al que, con un poquito de información (y eso hoy en día, con Internet, es pan comido) podemos casi (y resalto el casi) la certeza de que nos va a hacer disfrutar durante un periodo de tiempo que conocemos de antemano.
Entre cinco y seis euros, hemos quedado, ¿no? ¿Qué se puede hacer con cinco o seis euros? Poca cosa, la verdad.
Una copa en cualquier bar de moda ya nos va a costas eso como mínimo. Cualquier chiringuito de playa nos los pueden cobrar por un mojito que apenas nos refrescará durante unos minutos. Con lo que cuestan dos entradas de cine (doce euros) podemos disfrutar de apenas diez minutos dando vueltas en unos karts, o jugar una partida de bolos siempre y cuando no sea un festivo. Ir al teatro puede oscilar (pongamos por ejemplo Romeo y Julieta en el Teatro Real) entre los diez euros la peor localidad y los 381 la mejor. Y nadie nos puede garantizar que los actores tengan su mejor actuación. Y eso por no hablar del futbol, cuyas entradas van desde los 30 o 40 euros para ver al Barcelona o al Madrid contra un equipo de bajo nivel hasta los 275 euros que puede costar una localidad en taquilla para la final de la Copa del Rey. Y para que encima pierda tu equipo. ¿Y cómo comparar los cinco o seis euros de una entrada de cine con los cincuenta de un concierto de rock cualquiera o los doscientos de media que se puede pagar por ver a Lady Gaga.
Definitivamente, el cine no es caro. Pero muchos dicen que sí lo es, Los mismos que se quejarían si costase cuatro euros. O dos. O cincuenta céntimos. Porque lo gratis siempre mola más. ¿No?

domingo, 22 de marzo de 2015

La recomendación del mes: EL DIARIO DE NOAH

El diario de Noah es una tierna, romántica y triste historia de amor de esas tan apasionada y hermosa que cuesta creer que puedan darse a este lado de la pantalla. Hollywood siempre ha sido proclive a estos dramas arrebatadores y dolorosos, tratados normalmente con un edulcoramiento excesivo que, en esta ocasión sin embargo, Nick Cassavetes sabe tratar con buen equilibrio de manera que ni los ligeros excesos (ese lago lleno de patos) puedan dañar el sabor intencionadamente amargo que deja el film, como posos quemados de un excelente café.

De hecho, se trata de la película que siempre se nombra cuando se habla de Cassavetes, pese a lo que nunca me he decidido a acercarme a ella hasta la reciente recomendación de mi amiga Mari. Es por ello que, vista con el paso del tiempo, casi queda la sensación que es una película definida por el estigma del “antes de”. Y es que es un título realizado antes de que Cassavetes se perdiera en estupideces de películas como No hay dos sin tres (¡qué mala era, por Dios!), antes de que Ryan Gosling se convirtiese en una estrella de culto con un único registro y eterna cara de palo (pensativo, eso sí, pero palo al fin y al cabo) e incluso antes de que James Marsden protagonizara una de las muertes más polémicas del cine fantástico por culpa de su extremadamente insulsa interpretación del Hombre X Cíclope, personaje que abandonó para acompañar a Bryan Singer en un personaje más insulso aún en Superman Returns.
El diario de Noah es una historia que Duke (el recientemente fallecido James Garner en uno de sus últimos papeles) cuenta a una anciana con problemas seniles en una residencia de la tercera edad. En esa historia se describe el apasionado romance entre Noa y Allie, una historia para nada original y que, como muchas otras, bebe de las influencias eternas de Romeo y Julieta, siendo la diferencia de clases una vez más la principal traba para que los amantes puedan desafiar a su destino.
Reconozco que solo con su ambientación en los dorados años cuarenta americanos ya basta para tenerme ganado, pero quien realmente consigue hacerse con el control de la película devorando al resto del reparto (y eso que por ahí pululan también veteranos ilustres como Joan Allen o Sam Shepard) es la encantadora Rachel McAdams, que con su imperecedera sonrisa consigue enamorar hasta el punto de poder perdonar sus malas decisiones y los errores de su personaje, consiguiendo impregnar a la película de la inocencia propia de la época imprescindible para creernos lo que nos tratan de contar.
Con un guion fiel a la novela en que se basa bastante previsible (el supuesto giro sorpresa –desvelado, por cierto, baste antes de lo deseable- es evidente casi desde el inicio del film), el punto intermedio entre dulzura y dolor es meticulosamente medido por Cassavetes, lo que ayuda a contagiarnos del amor de los jóvenes protagonistas. Poco importa que sepamos cómo va a terminar la cosa o que no sean capaces de sorprendernos en ningún momento. Noa y Allie transmiten sus sentimientos hasta conseguir que empaticemos con ellos y sintamos como propios sus alegrías y decepciones.
Por eso El diario de Noah no será una gran película, pero es, desde luego, una historia hermosa y enternecedora, capaz de emocionar y que invita en más de un momento a la lágrima sensible. Y con eso podemos darnos por satisfechos.

sábado, 14 de marzo de 2015

CHAPPIE (6d10)

Cuesta encontrar el sentido de una película como Chappie, una historia tan extraña e irregular que definirla como una mezcla entre Cortocircuito y RoboCop (la original, claro) puede parecer un recurso fácil, pero las referencias a esas películas es tan constante a lo largo del metraje que es imposible verla y pensar en otra cosa. Claro que es un film de Neill Blomkamp, con lo que no se pueden evitar sus fobias habituales, como la (aparente) crítica social sobre la situación de Sudáfrica, las familias disfuncionales, la soledad de los que son diferentes…
Chappie deambula entre varias tramas paralelas: un trío de ladronzuelos de poca monta que deben devolver una gran cantidad de dinero al psicótico líder de una banda para lo que deben organizar un atraco a lo grande, la competividad entre dos creadores informáticos, uno de los cuales apuesta por la Inteligencia Artificial de sus ciborgs mientras que el otro se decanta más por la fuerza mastodóntica de robots tripulados siempre por humanos y, finalmente, la creación del primer androide con Inteligencia Artificial completa al que hay que enseñarle todo como si de un bebé se tratase.
Con las referencias de Distrito 9 y Elysium en el currículo de Blomkamp uno ya sabe más o menos lo que puede encontrarse en la película: acción bien dosificada, buen ritmo, grandes efectos especiales y mucho entretenimiento. Y todo esto se encuentra en Chappie, aunque repartido de forma muy desmedida e irregular.
Quizá el principal problema de la obra sea que o bien Blomkamp no sabe lo que nos quiere transmitir o bien no es capaz de hacerlo, pero el caso es que su Chappie arranca como una cinta de un corte tan infantil que borda lo ridículo, con ese robot aprendiendo a ser malote (no es un invento mío, la palabra malote se repite varias veces a lo algo de la peli, lo juro) para terminar en una horda de destrucción con toques lo suficientemente sangrientos para recordar el estilo de Verhoeven. 
Blomkamp, además, se rodea de un elenco de actores que no parecen tomarse en ningún momento en serio la historia, exceptuando quizá al esforzado -aunque limitado- Dev Patel, el chico de Slumdog millionaire, destacando el grotesco y sopbreactuado papel de Hugh Jackman, la desaprovechada Sigourney Weaver y los ridículos Ninja (sí, así se llama) y Yo-Landi Visser, una pareja de raperos sudafricanos que bien podrían seguir dedicándose a lo suyo, aunque en el caso de ella casi logra transmitir algo de ternura en su papel maternal de trágico final (no entro a valorar a Sharlto Copley porque la vi doblada).
La historia de Chappie, aparte de su planteamiento inicial, es completamente absurda, logrando que cada giro de guion sea más desconcertante que el anterior y que si se analiza con un mínimo de tranquilidad podría resultar hasta insultante. Es estúpida, boba e insensata, pero son tales los despropósitos que se cruzan en ella que logra, sorprendentemente, ser divertida y hasta entretener.
Se trata, podríamos decir, de cine palomitero elevado a su máximo exponente, siendo obligado el dejar el cerebro en la entrada y dejándose llevar por una serie de tontadas simpáticas de humor muy blanco e ingenuo que no debería aspirar a más que hacer pasar un rato distraído y poco más.
Eso sí, saliendo de la sala del cine uno ya empieza a temblar pensando si eso de que el señor Blomkamp se haga cargo de la nueva película de Alien es realmente buena idea.


PERDIENDO EL NORTE (6d10)

La nueva película de Nacho G. Velilla demuestra, ya de entrada, que tras Fuera de carta y Que se mueran los feos, el director zaragozano mejora en cada trabajo, resultando su  última obra la más redonda de todas las rodadas hasta la fecha.
Esto no significa, sin embargo, que Perdiendo en norte sea una película perfecta, desde luego. En realidad, queda lejos de estarlo, ya que aunque resulta simpática y fresca y contiene algún buen momento de humor no alcanza a ser tan divertida como la comedia que se le supone que es, mientras que los momentos dramáticos, que los tiene también, carecen de la fuerza suficiente para emocionar como es debido.
Ello se debe, en gran parte, a las debilidades de un guion que apuesta por lo seguro en todo momento, sin ninguna pretensión por arriesgar o innovar lo más mínimo, dando la sensación de que pese a que la película funcione perfectamente bien no es más que un refrito de cosas vistas anteriormente.
Nacida como actualización sin complejos del clásico patrio Vente a Alemania, Pepe, de Pedro Lazaga y de la que no por casualidad se recupera al gran José Sacristán, Perdiendo el norte funciona como triste demostración de lo poco que han cambiado las cosas en nuestro país, mostrándonos la historia de dos jóvenes que pese a estar sobradamente preparados para tener éxito en el mundo laboral deciden ir a ganarse las habichuelas a Alemania atraídos por los cantos de sirena de un programa de televisión, en vista de que en España las cosas no pintan demasiado bien, ya sea por culpa de la crisis o de la corrupción. 
Hay aquí un primer amago (centrado básicamente en los propios títulos de crédito) de hacer una denuncia social sobre la situación de nuestro país que termina diluyéndose cuando nuestros protagonistas llegan al país germano donde descubren que no es oro todo lo que reluce y sus aspiraciones laborales se van difuminando en pos de otros derroteros, hasta que la película termina tomando dos caminos diferentes siguiendo el curso de los dos protagonistas, la comedia romántica protagonizada por Yon González y Blanca Suarez y la comedia de situación y enredo en la que tan bien se desenvuelve Julián López y dónde forma un curioso triángulo con Malena Alterio y Younes Bachir.
Como ya he dicho, Velilla toma ideas prestadas de mil y un referentes, desde el arranque que rememora el principio de El lobo de Wall Street  o el recuerdo a films más o menos recientes de temática muy pareja como Un franco, catorce pesetas o La vida inesperada, permitiendo, quizá por culpa de su experiencia en sitcoms televisivas, que la historia se le vaya de las manos, perdiéndose el mensaje que pueda querer transmitir para terminar demasiado plano y previsible, lo cual no es necesariamente malo, aunque inevitablemente deja sensación de oportunidad desaprovechada.
Velilla rodea a sus protagonistas con secundarios de lujo (y amiguetes suyos) como Javier Cámara, Carmen Machi o Úrsula Corberó, aunque quizá quien roba las mejores escenas es Miki Esparbé, el personaje más puramente cómico de la función.
Al final, Perdiendo el Norte es agradable y entretenida, más floja de lo deseable y demasiado complaciente, dejando incluso alguna historia algo en el aire, pero a la que se le puede perdonar en pos a sus buenas intenciones y su simpático desarrollo.

jueves, 12 de marzo de 2015

EN TERCERA PERSONA (5d10)

Nueve años han pasado desde que Paul Haggis ganase el Oscar gracias a Crash y en ese tiempo apenas ha dirigido un par de películas bastante intrascendentes hasta llegar a esta En tercera persona que, por cierto, llevaba acumulando polvo en el cajón de la distribuidora desde el 2013. 
Como queriendo recuperar el esplendor perdido, Haggis repite el mismo esquema que en Crash, creando una trama coral con historias aparentemente sin relación entre ellas que terminarán confluyendo para dar sentido al conjunto y amparándose en un interesante –aunque en ocasiones desaprovechado- reparto.
En tercera persona es una película correctamente dirigida. Haggis sabe dónde poner la cámara en cada momento, imprime el ritmo adecuado a la acción (aunque quizá se exceda en la duración final) y consigue dar forma a su puzle mediante un montaje dinámico y efectivo que por momentos me recuerda (pese a no tener nada que ver ni argumental ni visualmente) al Atlas de las nubes de los Wachowski.
Sin embargo, algo falla en esta ambiciosa metáfora sobre el proceso de la creación  que pretende abordar diversos puntos de vista de las relaciones humanas sin que en ningún momento llegue a tocar la tecla justa. Haggis, más reconocido como guionista que como director, patina en la escritura de un libreto que resulta demasiado previsible (hay un “truco” final que yo intuí casi desde el primer minuto de la película) y cuyas subtramas resultan por momentos poco creíbles e inconsistentes.
Michael (Liam Neeson) es un escritor de éxito en pleno bloqueo creativo que ha abandonado a su mujer (Kim Basinger) por una novelista mucho más joven, Anna (Olivia Wilde) con la que mantiene un juego de poder en su retiro en París mientras intenta buscar la inspiración para su nueva novela. Julia (Mila Kunis) es una joven desequilibrada que lo dejó todo por su relación con Rick (James Franco) con quien ahora tiene una guerra abierta por la custodia de su hijo en común con la ayuda de su abogada Theresa (María Bello) en la ciudad de Nueva York. Scott (Adrien Brody) es un ladrón de diseños de moda que en una estancia de “trabajo” en Roma conoce a Monika (Moran Atias), una gitana que lo conducirá al peligroso mundo de la mafia rusa en un intento desesperado por recuperar a su hija, introducida ilegalmente en el país.
Tres historias aparentemente diferentes entre sí que terminarán confluyendo de una forma, en ocasiones, demasiado artificial y cuyo atractivo radica más en su visión como una extraña mezcolanza de situaciones muy bien entrelazadas por el montaje y la música que por su análisis individual, y cuya suma final termina resultando demasiado floja, haciendo que nos preguntemos qué es exactamente lo que el señor Haggis nos pretendía contar.
Entretenida y disfrutable durante su visionado, su tramposo desenlace facilitará que decaiga en reflexiones posteriores, invitando a que, tal y como le ha pasado a la propia distribuidora, la olvidemos en el acto. Y es que, si no fuese por el atractivo de su reparto (y eso que hoy en día resulta hasta extraño ver a Neeson sin repartir estopa), estaría condenada por oscilar demasiado entre la pretenciosidad moral y el vacío más absoluto.

martes, 3 de marzo de 2015

SAMBA (5d10)

Desde que Olivier Nakache y Eric Toledano arrasaran en todo el mundo con Intocable, incontables son las películas francesas que se han estrenado bajo el epígrafe: “de los artífices de Intocable”, ya sea porque comparta con ella algún productor, el guionista o, vaya usted a saber, el tipo que diseñó los títulos de crédito.
El caso es que ahora por fin llega realmente la nueva película de los realizadores de aquella, y es por ello que las expectativas eran muy altas. No voy a decir que Nakache y Toledano no hayan querido arriesgar, repitiendo el mismo esquema de nuevo, pero sí es cierto que queda cierto regusto de Intocable en esta Samba, con la que, ya de entrada, comparten protagonista. No en vano volvemos a tener un retrato social basado en la relación de un inmigrante negro (y por lo tanto, de clase baja) con alguien económicamente por encima de él pero con un grave problema de salud (en Intocable era un tetrapléjico y ahora es una depresiva). A partir de aquí, sin embargo, empiezan las diferencias.
Y la principal diferencia está en el tono. Samba cuenta la relación, primero de amistad y luego de amor, entre un inmigrante ilegal y una ejecutiva que durante una baja por enfermedad ayuda en una ONG. De esta manera, Samba es un crudo retrato de la realidad de los inmigrantes en el país vecino (que puede que no sea muy diferente de cómo pueda ser en el nuestro propio) y como es su día a día, ayudándonos a ver con otros ojos como en ocasiones los problemas de adaptación no surgen sólo de ellos sino de un sistema que los necesita como trabajadores pero los rechaza como personas.
Hasta aquí, todo correcto. Magnífico, incluso. El problema viene cuando se necesita una historia para envolver convenientemente este documento. Y es que la historia de Samba hace aguas por todas partes.
Pese a los varios momentos simpáticos que endulzan el film, Nakache y toledano nunca saben decidirse en el tono que quieren dar a su película, logrando abrir un debate en las calles sobre si se trata de un drama con tintes cómicos o una comedia con trasfondo social. Parece que el tema va más por el drama pero si quieren saber mi opinión pienso que los autores buscaban en realidad una comedia, solo que les salió una comedia mala.
A diferencia de en Intocable (y van ustedes a perdonarme las continuas comparaciones, pero resulta inevitable) los diálogos aquí son bochornosos y la complicidad que había entre Omar Sy y  François Cluzet no se traduce en química entre el propio Sy y Charlotte Gainsbourg.
Decían en una entrevista los directores que quería emular a las comedias italianas de corte social, lo cual puede ser cierto, pero hay también cierta americanización en el uso de abundantes escenas videocliperas que no le hacen ningún bien a la película, que más allá del interés que pueda ofrecer por el aspecto de cine de denuncia resulta aburrida y poco creíble, a la par que mal resuelta.
No voy a definirla como un desastre total, pero quizá las expectativas estaban muy altas y la presión ha podido con Nakache y Toledano, que después de palpar el cielo con Intocable decepcionan en esta historia irregular y demasiado artificial.