Todo
lo que empieza tiene un final, dicen. Y la saga de Venganza acaba aquí. Veremos…

Fue
Besson también el principal artífice de convertir a Liam Neeson en héroe de
acción (luego Jaume Coixet Serra y otros se han subido al carro) hasta el punto
de que cuesta imaginarse ahora al excelente intérprete irlandés en papeles más
serios como el que le consagró en La lista
de Schindler.
Esto
no es necesariamente malo, aceptando que estaos ante una película sin más
pretensiones que el entretenimiento puro y duro y que la profundidad dramática
que pueda contener no es más que una mera excusa para poner la acción en
marcha, sin que deba servir para sensibilizar nuestro corazoncito ni invitarnos
a una reflexión profunda. ¿Y qué más da? También los ochenta estuvieron
plagados de héroes de estas características y bien que disfrutábamos todos.
El
problema radica en que Besson acostumbra a escribir (él o un ejército de
negros, quien sabe, porque menudo ritmo lleva el gachó) y producir, pero salvo
en contadas ocasiones deja el tema de la dirección en manos de otros (hasta él
tiene una vida, parece ser) y Olivier Megaton, quien ya estuviera tras la primera
secuela y la tercera parte de Transporter,
no está para nada a la altura de las circunstancias (¿qué se puede esperar de
un director con nombre de Transformer?).

Comparaciones
aparte, la cosa podría funcionar bastante bien (tiros, peleas, persecuciones y
Liam Neeson siendo más listo, más duro y más guay que nadie y repartiendo
tortas como panes) si no fuera por la incompetencia del Megaton este que
consigue que las escenas de acción sean confusas y precipitadas, siendo los
momentos de las persecuciones (supuestamente espectaculares) las peor rodadas
de todas, invitando al espectador a desconectar de la trama y a perder el
sentido adrenalítico que Neeson, con su cara de sufridor duro, trata de
imponer.
Al
final, la película resulta tan entretenida como cabía esperar, sin aportar nada
nuevo al género pero sin desmerecerlo demasiado tampoco (no es que estemos
hablando de La jungla: un buen día para
morir), siendo simplemente una más para pasar el rato, pero que con un buen
director podría haber proporcionado un espectáculo algo más memorable. Eso hace
que, al final, quede un regusto amargo.
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