jueves, 15 de diciembre de 2016

LAS APARIENCIAS ENGAÑAN, lo justo para distraer.

En el título de Las apariencias engañan (frase hecha que no traduce para nada el original Keeping Up with the Joneses) se encuentra posiblemente la mayor mentira de la película. No, en este caso las apariencias no engañan para nada. La última película de Greg Mottola (que ha vivido tiempos mejores gracias a Supersalidos, Adventureland y Paul) ofrece exactamente lo que con su cartel y su propuesta argumental aparenta: una comedia simpática pero simplona que entretiene durante sus 105 minutos de duración pero que invita al olvido casi al momento. Incluso el giro argumental al que parece aludir el título se desvela en el propio poster de la película.
Quizá lo único verdaderamente decepcionante sea el desperdicio al que se somete a su interesante cuarteto protagonista, encabezado por un Zach Galifianakis irreconocible tras su notable adelgazamiento (y bastante menos gracioso de lo habitual quizá precisamente debido a ello), siguiendo con unas Isla Ficher y Gal Gador que pretenden rivalizar en belleza (cada una con su estilo: contundentes redondeces contra elegante delgadez) y un John Hamm que sigue buscando su lugar tras la conclusión de la serie Mad Men.
La premisa no puede ser más sencilla: un matrimonio aburridos de su vida en común, con sus hijos y su rutina, descubren que sus nuevos vecinos, una glamurosa y atractiva pareja, son en realidad una especie de súper espías, aunque en qué bando de la ley es algo que está por ver. Así, a bote pronto, es como mezclar a los soseras de Malditos Vecinos con El Sr. y la Sra. Smith.
Se supone que algo de mensaje se puede encontrar en la propuesta, como la frialdad de los barrios elegantes y exclusivos, la doble moral americana, la necesidad de echarle algo de sal al matrimonio o la aparición de la amistad en las situaciones más insospechadas, pero no nos engañemos. Esto va de echarse unas risas y poco más.
Al menos no aspira a ser una cachondada que se desinfla a las primeras de cambio, como Fiesta de empresa. Esta es mucho más humilde en sus intenciones y se limita a subirse al carro de las comedias de acción con espías que tanto has destacado en los últimos dos años, desde la magnífica Kingsman hasta la horrenda Agente contrainteligente pasando por Espías, Un espía y medio o la patria Anacleto,agente secreto.
Desde luego, tanto su base argumental como sus actores daban para mucho más de lo ofrecido, pero estamos en una época en la que no hay que pedirle peras al olmo de la comedia americana y hay que saber conformarse con productos de consumo rápido que no invitan más que a provocar la sonrisa y evadirse durante algo más de hora y media.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Cds: EDDIE EL ÁGUILA, cuando los sueños se hacen realidad.

Una de los puntos de partida más llamativos a la hora de crear una historia es la reconstrucción de un héroe. El mundo del cine ha dado héroes de todo tipo: libertadores enfrentados a su propio país, como el Newton Knight de Los hombres libres de Jones, médicos que salvan vidas en tiempo de guerra, como el Desmond Doss de Hasta el último hombre, o simples pilotos de avión que se limitan a hacer su trabajo lo mejor posible como Chesley Sullenberger en Sully.
A su manera, el mundo del deporte también ha dado héroes de todo tipo, siendo posiblemente Jesse Owens (cuya última adaptación a su vida fue en El héroe de Berlín) uno de los más populares.
Sin embargo, en ocasiones, las hazañas no pueden medirse por su grandeza, y un ser casi anónimo puede convertirse en un héroe incluso siendo el peor de su categoría. Algo así sucedió con Eddie Edwars, un chaval británico sin ninguna aptitud para el deporte que se empecinó en participar en unos Juegos Olímpicos logrando su sueño en la modalidad de salto de esquí.
La cosa tiene truco, por supuesto. Gran Bretaña no tenía equipo olímpico de salto y, pese a las tramas que le pusieron (era considerado, quizá de forma merecida, poco más que un payaso), los requisitos para clasificarse eran tan mínimos que logró cumplir su sueño. No solo eso, sino que siendo incluso el peor saltador consiguió dos record para su país y, sobre todo, el cariño y la aclamación popular.
Eddie el águila, la adaptación al cine de este héroe improbable y estrafalario corre a cargo de Dexter Fletcher (director de la simpática Amanece en Edimburgo), que hace un trabajo correcto pero que no va más allá de lo funcional. Quien parece estar realmente tras el corazón de la película es Matthew Vaughn (viejo amiguete de Fletcher, pues contó con él como actor en Stardust y Kick-Ass), quien además de producir se ha traído para protagonizarla a la estrella de su película Kingsman, un Taron Egerton qaue está realmente brillante.
Egerton es, posiblemente, el alma de la película, el que hace que funcione tan bien y sea posible encariñarse con un tipo que, visto de otra manera, pudiera resultar patético. De hecho, sus primeras escenas, las más histriónicas de la película, invitan a sospechar que su interpretación (reforzada en una notable caracterización) pudieran caer hacia el esperpento, pero el joven actor consigue superar las trabas iniciales y componer un personaje tierno, sensible y capaz de calar en nuestros corazones.
Consciente de sus limitaciones históricas, la película no pretende en ningún momento ser un drama épico como cualquiera de los ejemplos más arriba mencionados, sino que apuesta claramente por la comedia ligera, haciéndonos conocer las desgracias de Eddie con una sonrisa y pudiendo empatizar con él más fácilmente, emocionándonos con sus avances sin importar que sepamos de antemano el resultado final.
Quizá una pieza clave para que todo funcione es la invención de un entrenador que nunca existió en la vida real al que interpreta magníficamente Hugh Jackman. Jackman aporta el toque de socarronería y gamberrismo necesario para contrastar con el optimismo exagerado de Eddie y permite que se desarrolle una historia secundaria de redención que no se molesta para nada con la principal y aporta su granito de arena a que todo cuadre a la perfección.
Después de que la película pasara fugazmente por las carteleras, casi de tapadillo, el VOD es una magnífica oportunidad para recuperarla y conocer un poco mejor a este patán con de buen corazón y ambiciones claras que da sentido a la popular cita de que “lo importante es participar, no ganar”.

Valoración: Siete sobre diez.

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE. Brutal a la par que magistral.

Posiblemente, si se le pide a alguien hacer la lista de sus directores favoritos o de aquellos en activo a los que considere mejores, Mel Gibson no entraría en ninguna de esas listas. 
Ello se debe, sin embargo, no a su falta de validez, sino a que ya sea por lo poco que se prodiga tras las cámaras (y ya puestos, incluso delante) o a que en los últimos años ha sido más noticia por temas ajenos a la cinematografía. Como sea, Gibson es uno de los mejores realizadores de nuestro tiempo, y la prueba es que pese a lo reducida filmografía todos sus títulos son de una calidad ejemplar. Dejando de lado la interesante pero algo menor El hombre sin rostro (quizá un banco de pruebas para lo que habría de venir), películas tan dispares, cada una arriesgada a su manera, como Braveheart, La Pasión de Cristo y Apocalypto son suficientes para rendirnos ante el australiano y olvidarnos de sus problemas con la justicia o su lengua afilada (y en demasiadas ocasiones equivocada).
Hasta el último hombre supone su regreso a la dirección tras diez años, y es una nueva demostración de lo grandioso que puede llegar a ser. No es la primera vez que se utiliza la guerra como excusa para reivindicar la paz (de eso iba ya La Chaqueta Metálica de Kubrich), pero resulta difícil hacerlo con la contundencia y brillantez con la que lo hace él.
Hasta el último hombre cuenta la historia real de Desmond Doss, un chico de pueblo que tras la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial decide alistarse voluntario con el deseo de ejercer como médico, ya que sus creencias como Adventista del Séptimo día le hizo declararse objetor de conciencia y se negó a coger un arma ya desde la instrucción.
Con la sombra de loa nazis en Europa y el enfrentamiento contra Japón por el Pacífico, huelga decir que la actitud pacifista del muchacho no fue muy bien recibida por sus compañeros de compañía, lo que pondrá su voluntad a prueba en no pocas ocasiones.
Con esta base, Gibson nos ofrece un relato intenso y apasionante sirviéndose de una estructura impecablemente clásica. La película, con tres partes bien diferenciadas, muestra la vida de Desmond en su pueblo natal, su adiestramiento e inevitable enfrentamiento con el estamento militar y, finalmente, el combate contra los japoneses. Durante todos esos episodios Desmond simboliza, más allá de sus creencias y su fuerza de voluntad, la lucha pacífica, un mensaje de entendimiento y diálogo entre civilizaciones donde el uso de la fuerza tendría que ser desterrado y, en pos de la incomprensión, la lucha contra sus propios allegados.
Con un reparto ecléctico que cumple a la perfección, Gibson muestra a la guerra con una crudeza que podría compararse con el magnífico arranque de Salvar al soldado Ryan de Spielberg, consiguiendo un realismo tal que en ocasionas dan ganas de apartar la mirada de la pantalla ante el muestrario de amputaciones y heridas de todo tipo que sufren los protagonistas, un festival gore de sangre y vísceras que, no lo olvidemos, son de un realismo descarnado. Esto es una guerra, sin edulcorantes ni adornos impíos. Sangre, lágrimas y muerte. Y en mitad de este amalgama de locura y crueldad, un héroe improbable emerge como esperanza de luz y salvación.
Resulta difícil ponerle un solo pero a la película. Es larga pero en ningún momento lo parece, resultando igual de interesante cualquiera de sus tres fases argumentales. Rupert Gregson-Williams, músico que quizá no es demasiado conocido y parecía condenado a partituras de comedias de medio pelo, hace una composición soberbia. El guion de Robert Schenkkan y Andrew Knight es efectivo y emocionante. Y los actores están sobresalientes, desde el siempre intenso Hugo Weaving hasta el protagonista Andrew Garfield, acostumbrado a hacer de héroe después de sus dos interpretaciones del Spiderman de Marc Webb. Pero eso sin olvidar a un Vince Vaughn cada vez más metido en papeles serios (recuerden por ejemplo, su aportación a la segunda temporada de True Detective), un Sam Worthington al que (Avatares aparte) ya se daba por perdido o a la eficiente Teresa Palmer. Y junto a ellos un repertorio de rostros jóvenes, carnaza para el campo de batalla, que aportan el toque humorístico-dramático que toda película bélica que se precie necesita, incluyendo a uno de los hijos del propio Gibson.
El bueno de Mel sabe que no necesita de florituras para dar forma a esta dura pero emotiva historia, cediendo el protagonismo a las propias imágenes (que maravilla de coreografías para las escenas bélicas) y permitiéndose lucirse en momentos breves pero potentes, como el maravilloso plano final. Gibson es, decididamente, uno de los grandes de la historia, y si la polémica que rodea a su figura no lo impide, su película será una de las imprescindibles de cara a los próximos Oscars. Y si no, al tiempo…

Valoración: Nueve sobre diez.

viernes, 9 de diciembre de 2016

FIESTA DE EMPRESA: otro desmadre descafeinado

Fiesta de empresa llega con el propósito de convertirse en la comedia gamberra de estas navidades, un repertorio de locuras a cuál más extrema que puede parecer una unión entre Como acabar con tu jefe (por aquello del tema laboral como telón de fondo y por contar ambas con Jason Bateman y Jennifer Aniston en sus filas) y la trilogía de Resacón en las Vegas.
Y digo propósito porque, aun a expensas de saber qué otros estrenos nos esperan de aquí a final de año, lo cierto es que ni resulta tan gamberra ni mucho menos es lo loca que se cree.
Todo arranca con la amenaza de recortes (o incluso cierre) de la sucursal de una empresa de productor informáticos dirigida por Clay (el hijo del fallecido fundador de la misma) amenazado por la directora ejecutiva, que para colmo es su propia hermana, cargada de ira y traumas infantiles por haber sido Clay el favorito de papá. Para tratar de salvar la empresa, Clay, con la ayuda un tanto forzada de Josh y Tracey, dos de sus mejores empleados, a la par que amigos, decide organizar una fiesta navideña antológica con la intención de convencer a un potencial cliente para que trabaje con ellos. Naturalmente, las cosas se irán de madre y el descontrol será casi legendario.
Ya el tráiler nos anticipaba cómo iba a terminar la cosa, un caos destructivo que, insisto, recuerda mucho al arranque de Resacón en Las Vegas, por lo que la única gracia de la historia es saber cómo se ha llegado a ello (ya que la conclusión final de la trama empresarial es fácil de adivinar). Con Jason Bateman (en su clásico papel de contrapunto del personaje cómico, un tipo formal e incapaz de tomar riesgos y saber divertirse) y Olivia Muun como principales motores de la acción, la película se completa con una serie de caras conocidas que son referentes importantes del mundo de la comedia. Pero, por esta vez, eso parece jugar más en contra de la película que en favor, ya que como sucediera con la española Villaviciosa de al lado, da la sensación de que todos son conscientes de que la fuerza del film está en sus actores y se menosprecia totalmente el apartado de guion.
No es que la historia sea mala, que tampoco es eso, pero estamos ya tan acostumbrados a ver fiestas que se van de las manos, desmadres y todo tipo de excesos en las comedias americanas (y últimamente incluso españolas) que es difícil sorprender, y los chistes no son tan ingeniosos ni divertidos como para sostener una película que, al final, solo se agarra a alguno de sus actores para mantener el interés. La película no es en ningún momento aburrida, llegando por momentos a ser incluso algo emocionante, pero reír lo que se dice reír… bien poquito, la verdad. Sí invita a la sonrisa constante y se puede llegar a encontrar a algún personaje más o menos entrañable, pero de ahí al cachondeo que se anunciaba dista un mundo.
Y de nuevo, como en Como acabar con tu jefe, es el personaje de Jennifer Aniston (o precisamente por el hecho de ser de Jennifer Aniston) quien, pese a su condición de secundario, mejores momentos se lleva.
Sin la acidez corrosiva que necesita una comedia gamberra, pero tampoco conteniendo ninguna moraleja a la que agarrarse como buena comedia blanca, la cosa está en tierra de nadie, quedándose a medio camino sin que se sepa muy bien qué pretendían contarnos sus directores. Es como si se limitaran a empalmar gags uno tras otros, intentando hacer gracia por el simple hecho de apabullar con sus despropósitos y olvidando que normalmente, y este es un claro ejemplo, más es igual a menos.
Si este es el nivel de las películas navideñas de este año… cuanto vamos a echar de menos a John Hughes.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 5 de diciembre de 2016

1898. LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS. Héroes a su pesar.

No es que quiera hacer leña del árbol caído, pero después de la polémica de la semana pasada alrededor del boicot a La Reina de España (una película que por cierto rezumaba españolismo por todas partes) se estrena ahora un título bélico que esconde en su interior una feroz crítica a la defensa obsesiva e irracional de la bandera y la absurdez de matar (o morir) en nombre de esa cosa llamada Patria.
1898, los últimos de Filipinas recrea, con gran precisión y todo lujo de detalles, el Sitio de Baler, ese asedio que sufrió un pelotón del ejército español durante la insurrección de Filipinas y que los mantuvo acorralados en el interior de una iglesia durante 337 días, durante los cuales el mundo exterior continuó avanzando, la guerra entre España y Filipinas terminó, Estados unidos traicionó su alianza con la colonia asiática y los soldados sitiados ni se enteraron de todo ello. O no se quisieron enterar, más bien.
La película es una ficción que inventa algunos personajes, todos ellos soldados jóvenes, y elimina otros para narrar una historia dramáticamente real, donde los temores y la cabezonería de los militares al mando, el capitán Enrique de las Morenas y el teniente Martín Cerezo, respectivamente (ambos personajes reales, estos sí), provocaron y alargaron hasta la extenuación uno de los episodios más absurdos y crueles de la historia militar en España, al negarse a rendir la plaza pese a las evidencias de que la guerra había terminado. A medio camino entre héroes y locos, estos pobres desgraciados se enfrentaron a los ataques filipinos y a las enfermedades en un cautiverio desolador que no tendría por qué haber tenido lugar y luchando por un país en el que estaban empezando a dejar de creer.
Los últimos de filipinas es una expresión popular muy utilizada, aunque seguro que apenas hace un año muchos jovenzuelos de este país ignoraban el origen de la misma, por más que exista una película anterior (dirigida por Antonio Román en 1945) sobre la misma gesta. Sin embargo, el principal problema al que se debe enfrentar la película de Salvador Calvo (que debuta como director de cine tras una larga carrera televisiva) es la cercanía con dos episodios de la magnífica serie El ministerio del Tiempo que este mismo año reflejaba con brillantez esta misma contienda.
Posibles spoilers televisivos aparte (que por un lado restan emoción a lo que podemos encontrarnos en la pantalla grande pero que también puede servir como divertido complemento), 1898, los últimos de Filipinas es una excelente película, en la que el generoso presupuesto luce en cada segundo de metraje, ya sea en la recreación de esa selva filipina tan impactante (y que se ha rodado entre Gran Canaria y Guinea en lugar de en la isla de Luzón real) como en las violentas y desagradables escenas de guerra.
1898, los últimos de Filipinas recrea una batalla real sí, pero aprovecha también para hacer un discurso en contra del falso patriotismo y de las crueldades de las guerras, invitando a reflexionar sobre quiénes son los buenos y quienes los malos en cada absurdo enfrentamiento entre países por un puñado de tierra con menos valor que la sangre derramada. Filipinas bien podría ser el Vietnam español, y como tal la película me recuerda en su mensaje al Platoon de Oliver Stone o a cualquiera de sus retratos en contra de la política militar americana, aunque es evidente que Calvo ha revisionado también Apocalipsis Now, El Álamo y algún que otro título de Kubrick, cuyo espíritu flota en el ambiente. No sé si Fernando Trueba habrá visto esta película ni qué pensará de ella, pero tras su visionado uno podría plantearse si en caso de guerra uno también debería ir con el enemigo. Es más feroz la crítica al “Imperio español” de esta obra que cualquier discurso en alguna entrega de premios. Quizá por eso no está triunfando en taquilla como se merece, porque al español le gusta mucho insultar a su propio país, pero no permite que sea otro el que lo critica, prefiriendo taparse los ojos y tratar de reírse con patochadas como Villaviciosa de al lado en lugar de saber aceptar la realidad.
Pero Salvador Calvo no está solo en su propósito, y para que la película funcione el dinero y una estética impecable (¡que maravillosos planos cenitales!) no lo es todo, así que nada mejor que aliarse con un casting insuperable que une dos generaciones extraordinarias. Si por un lado Luis Tosar, Javier Gutierrez, Eduard Fernández, Carlos Hipólito y Karra Elejalde están fuera de toda duda y su grandiosidad se da por hecho, no es para nada desmerecedor el papel de los jóvenes, con un magistral Álvaro Cervantes que pisa cada vez con paso más firme y unos Patrick Criado, Miguel Herrán y Alexandra Masangkay que no se quedan atrás.
En definitiva, magnífica película que resulta tan emocionante y emotiva como didáctica, y a la cual el único pero que se le podría poner es su duración, algo excesiva.
Así se hacen las leyendas. Así se forjan los héroes… Así caen los imperios.

Valoración: Ocho sobre diez.

VILLAVICIOSA DE AL LADO, humor añejo a granel.

Este viernes pasado, el mismo día de su estreno, Villaviciosa de al lado se aupó a lo más alto de la taquilla española, por encima de películas notabilísimas como 1898, los últimos de Filipinas o Vaiana (esta ha tenido que esperar al fin de semana para arrebatarle el puesto), lo que demuestran que aquellos que protestan porque el cine español se nutra sólo de películas sobre la Guerra Civil y comedias costumbristas rancias se equivocan por partida doble. Primero, porque hay mucho más que eso en nuestra producción (y no solo ahora, este es un tópico que nunca ha sido cierto) y segundo porque al parecer es lo que el público quiere ver, ya que Villaviciosa de al lado se engloba en el segundo grupo.
Efectivamente, la nueva película de Nacho G. Velilla es una comedia bastante desafortunada cuyo principal valor es la base de la historia: un pueblo de interior pasa por sus peores momentos económicos cuando se ve agraciado con el primer premio de la lotería de Navidad. El problema es que el número en cuestión es propiedad del puticlub del pueblo y, claro, ahora nadie se atreve a cobrar las participaciones. Una graciosa premisa de la que no se exploran todas sus posibilidades.
Para dar forma a todo esto se ha recurrido a un casting bastante carismático, encabezado por la siempre solvente Carmen Machi y donde destacan las presencias de Arturo Valls, Carmen Ruiz, Macarena García, Belén Cuesta, Yolanda Ramos, Jon Plazaola, Carlos Santos, Salva Reina, Gonzaide Nuñez, Antonio Pagudo, Bore Buika, Jorge Asín o Julieta Serrano, aunque quien se lleva la palma es el monologuista de Leo Harlem en su debut como actor, siguiendo los pasos de Dani Rovira, Andreu Buenafuente o David Guapo (este en menor medida, pues no ha sido aún protagonista, pero tiempo al tiempo). Un reparto tan impresionante como desaprovechado por culpa de unos diálogos pobres y cafres y un repertorio de chistes bastante casposo. Pese a las referencias a la situación política actual y las burlas nada sutiles hacia los dirigentes del Partido Popular y Podemos, la película tiene un humor infantil y torpe, siendo el personaje interpretado por Salva Reina, el tonto del pueblo, quien mejor define la chapuza. Tampoco es que el desarrollo argumental sea mucho mejor, con situaciones tan absurdas que impiden cualquier posibilidad de creerse lo que está pasando hasta el punto de que lo que mejor funciona sea, quizá, la parte de comedia romántica que protagonizan Macarena García y Jon Plazaola y el auto homenaje al mundo del cine que ello conlleva. También la breve pero aplaudida aportación de Tito Valverde y Miguel Rellán como espectadores de la función, al más puro estilo de Statler y Waldorf, los abuelitos de Los Teleñecos, ayuda a elevar un poco el nivel de esta mediocre comedia donde tanta tontada termina por lograr, aunque sea casi de casualidad, algún momento divertido pero que carece de la inteligencia narrativa necesaria para cumplir con las expectativas del reparto.
Una pena, pues la sátira política, un poco mejor tratada, podría haber dado mucho de sí. Claro que viendo los resultados en taquilla, parece que esto es lo que el público quiere…

Valoración: Cuatro sobre diez. 

VAIANA, Disney vuelve a maravillar.

Tras unos años de relativa oscuridad Disney parecía haber resurgido de sus cenizas en lo que a cine de animación respecta. Frozen, Big Hero 6 y Zootrópolis fueron tres éxitos consecutivos que ponían el listón muy alto, con lo que las expectativas ante su nuevo producto resultaban muy atractivas, más si tenemos en cuenta que hablamos de retornar a un género mucho más clásico que el que proponían las dos últimas películas mencionadas.
Ese es el primer desafío de Vaiana (el polémico cambio de nombre respecto al Moana original se debe a un tema de derechos), que pretende recuperar el aroma de las películas de princesas Disney pero sin encastrarse en el pasado ni echar por tierra lo conseguido en la maravillosa Frozen. Allí, las princesas protagonistas tenían unos dramas personales muy por encima del típico malentendido con su Príncipe Azul, y aunque había algo de romance se apostaba por un amor diferente, el fraternal (en ese caso entre dos hermanas) por encima del carnal. En ese sentido Disney continua por el buen camino y renuncia a cualquier posibilidad de plantear una subtrama romántica para la Vaiana protagonista, a la vez que su condición de princesa (“hija del jefe”, se empeña en corregir constantemente la chiquilla) es más un motor de arranque para la acción que una condición como tal.
Apostando de nuevo por el musical (aunque en ese sentido sí está bastante por debajo de Frozen), Vaiana cuenta la historia de una isla de la Polinesia que ha olvidado su pasado como navegantes, aunque la hija del jefe siente una atracción irresistible por el mar que la hará embarcarse en una peligrosa aventura cuando los recursos naturales del paradisíaco lugar parecen agotarse drásticamente. Tomando pinceladas de la mitología polinésica, Vaiana deberá hacer equipo con el semidios Maui para devolver el corazón robado a la diosa de la Creación, la Isla Madre.
Vaiana es una gran película de aventuras con acertadísimos toques de humor y mucha ironía. Cierto es que una vez deslumbrados por la originalidad del planteamiento y de la vuelta de tuerca que se da a la mitología maorí, lo cierto es que la historia resultante termina siendo bastante plana, sin nada que destaque demasiado y con un trasfondo demasiado tópico: es una película de aprendizaje, donde se defienden los valores de la lealtad y la amistad y bla, bla, bla…
Sin embargo, por encima de ello, nos encontramos con una nueva maravilla visual, una completa delicia que supera todo lo visto hasta ahora consiguiendo poner los límites del perfeccionismo a alturas insospechadas. El entorno, los paisajes, el mar… todo es perfecto, hermoso e hipnótico, superando incluso lo conseguido por Pixar con El viaje de Arlo, pero es que además la expresividad de los personajes es impecable. Recuerdo en los tiempos de Toy Story cuando alucinaba con esos primeros pasos de la animación por ordenador donde se evitaba en la medida de lo posible la aparición de personajes de carne y hueso por la dificultad de insuflarles vida. Todo eso está totalmente superado y Vaiana (que por momentos me recuerda a una versión polinésica de la Daenerys Targaryen de Juego de Tronos) tiene una expresividad que amenaza con superar a la de muchos actores reales. Y eso que no he podido disfrutar de las voces originales de Auli'i Cravalho y Dwayne Johnson, que dicen que son impagables.
Ron Clements y Don Hall, los directores, viejos conocidos de la casa (suya es, sin ir más lejos, La Sirenita) se enfrentaban al difícil reto de estrenarse en la animación digital, por más que no han dejado de lado el trabajo tradicional (representado en los divertidos tatuajes de Maui) y lo han superado con creces. La combinación de drama y humor, de aventuras y canciones y de personajes estrambóticos con otros aterradores (el demonio final parece un personaje de película de terror) está medida a la perfección, y aunque el argumento carezca de la inteligencia y la profundidad de Zootróplis o Del revés (esta es una película más infantil) sin duda hará las delicias de todo tipo de espectador.

Valoración: ocho sobre diez.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Análisis: NUNCA ME HE SENTIDO ODIADOR, NI CINCO MINUTOS

Resulta muy curioso como es el español. Parece que esté siempre dividido para todo. Fútbol, política, idioma… Solo cuando es Iniesta el que marca un gol que nos da un Mundial parece que fingimos cierta unión. Bueno, entonces, y cuando se trata de odiar y despreciar gratuitamente.
No soy muy aficionado a las redes sociales, utilizándolas casi como un mal necesario, pero eso no ha impedido observar como circulan por todas partes, wasap incluido, videos arremetiendo, con un odio y una repulsa ciertamente notables, contra Fernando Trueba a raíz del estreno de su última película: La reina de España.
Todo viene a tenor de una frase, interpretada libremente y entendida fuera de contexto, del director español (ganador de un Oscar de Hollywood por Belle Epoque, recordémoslo) en la entrega del Premio Nacional de Cine de hace más de un año, donde dijo, entre otras muchas cosas, no haberse sentido español ni dos minutos de su vida, y que en caso de que España participara en una guerra seguramente iría con el enemigo. Ya entonces fue duramente criticado por ello, pero ahora, con la excusa de boicotear una de las películas más españolas que recuerdo, todo el mundo parece acordarse de esas palabras.
Puedo aceptar que quizá el discurso de Trueba, al que hay que entender la ironía y cierta parte de crítica oculta en él, no fuese el más adecuado para el lugar en que se encontraba, pero ni interpreto ello como un “acto de traición” a su país de nacimiento ni creo que sea merecedor de los insultos y la campaña de desprestigio al que está siendo sometido. Porque, ateniéndonos solo a ese titular (y es que estoy convencido de que la gran mayoría de los que lo están insultando no se han molestado en escuchar el discurso completo) yo me pregunto: ¿qué es sentirse español? Todo (y subrayo la palabra todo) el mundo se ha ofendido mucho con esa muestra de antiespañolismo de Trueba pero, ¿acaso la gran mayoría de los catalanes se siente española? ¿y de vascos? Incluso podríamos preguntar a muchos gallegos u oriundos de cualquier otra comunidad autónoma. ¿Se siente español el actor que lo que más desea en el mundo es irse a triunfar en Hollywood? ¿Y el jugador de básquet que sueña con abandonar España para ganarse las habichuelas en la NBA? ¿Y los científicos que huyen de nuestras Universidades en busca de mejores oportunidades? Yo mismo, que soy nacido en Barcelona y me siento tan orgulloso de ser español como catalán, tengo dudas sobre si me siento español. ¿Uno es de donde quiere ser o de dónde nace? ¿Qué es el sentimiento ese del que todo el mundo habla? Uno de mis grupos de rock catalán favorito cantó esto una vez: “No sé pas perquè et vinc jo amb tot aquest merder, si jo voldria viure a New Jersey en lloc del Vendrell (y no sé por qué te vengo con todo este follón si yo quisiera vivir en New Jersey en lugar de en El Vendrell)”.
Ahora es cuando muchos hablarán de libertad de expresión y de respetar las ideas de todos, pero, ¿no es este boicot un atentado contra la libertad de expresión de Trueba? Una cosa es la libertad de expresión y otra muy diferente es el insulto, el desprecio e incluso las amenazas, insensateces proclamadas por analfabetos que seguramente serán los mismos que se llenan la boca con palabras como “que mierda de país” o “este es un país de pandereta” cada vez que sube el pan, hay unas elecciones con un resultado diferente al que les gustaría o hay que pagar los impuestos.
Dejando la política de lado, que ni es de lo que va este blog ni es algo de lo que yo entienda lo más mínimo, y ciñéndonos solamente al cine, que es por lo que hay que juzgar al señor Trueba, lo cierto es que mucho es lo que este país tiene que agradecerle. Trueba es uno de los grandes realizadores de nuestra filmografía y hay un montón de películas que así lo demuestran, aparte de ser de los pocos que pueden presumir de haber conseguido un Oscar para este país. Incluso en su aventura americana con Two Much lo hizo para mayor lucimiento de nuestro actor más internacional, Antonio Banderas.
Y luego está el tema de las subvenciones, que por lo visto hay muchos a los que duele que parte del dinero público vaya a parar a films como La reina de España. Seguro que estaría mejor financiando a algún equipo de futbol o directamente oculto en alguna cuenta suiza que promoviendo la cultura, ¿verdad? A eso les digo, por cierto, que no es Trueba (ni ningún director español) quien recibe subvenciones públicas, sino las productoras. Y La reina de España, por cierto, de quien más ha recibido es de una productora televisiva, privada para más datos.
Luego presumimos de eso del “Spain is diferent” y nos llevamos las manos a la cabeza viendo como al otro lado del charco repudiaron a artistas tan brillantes como Mel Gibson (gran actor y magnífico director) por temas que van más allá del cinematográfico. Y con otros como Tom Cruise porque no pudieron, pero cerca estuvieron. A ver si vamos a tener que copiar lo de la Caza de Brujas de McCarthy.
Recapacitemos un poco y dejemos que cada uno, sin ofender ni herir a nadie, opine lo que quiera. Ni comparto las palabras de Trueba ni creo que La reina de España sea una gran película, pero ello no me impide juzgar su trabajo desde un punto de vista cinematográfico. Y si el señor dice no sentirse español, pero nuestro gobierno decide que merece un premio como director, pues mejor para él. ¿No han ganado Oscars de Hollywood fraceses, británicos o italianos? ¿Qué se sentían ellos?
Basta de insultos y boicots promovidos por la rabia. Critiquemos con respeto y razonamientos a quienes opinen diferentes y juzguemos la obra de un artista por su trabajo, ya sea cantante, escritor o cineasta. Ese, y no sus palabras o sus ideas, es su legado. Y ese legado es lo que enriquece el patrimonio cultural de un país, sea el país que sea.
La reina de España ha decepcionado en taquilla. Y estoy convencido que no ha sido solo por su calidad (películas mucho más malas han hecho mejores recaudaciones), sino por la insistencia de estos energúmenos (incluso algún programa de radio se ha negado a hablar del film por miedo a promocionarlo). Curiosamente una película cuyo argumento rezuma “españolismo” por doquier y que supone un homenaje a aquellos trabajadores del cine de la España franquista de postguerra. Insisto en que no pienso defender la película, pero creo que quien pensaba verla debería hacerlo más allá de los wasap que haya podido recibir o de los videos iracundos que haya visto en su Facebook. Y luego, que opine y la valore tanto si le ha gustado como si no.
Yo es lo que he hecho. Y, desde luego, es lo que pienso seguir haciendo. Que los tiempos de las dictaduras y las imposiciones ideológicas ya deberían haber quedado atrás.
Tal y como he titulado este comentario, y versionando las palabras del propio Trueba, yo nunca me he sentido odiador, pero con los que insultan, y sobre todo con los que les siguen el juego sin saber de qué va la cosa siquiera, me lo estoy empezando a plantear.
¿Qué pensará de todo esto el dios Wilder?

sábado, 3 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS, desesperadamente aburrida

Tom Ford, o bien es un tipo muy simpático, de esos que caen bien a todo el mundo, o tiene mucha suerte. O quizá un poco de ambas. Ya en su primera película como director y guionista, Un hombre soltero, logró unificar un interesante cuarteto protagonista (lo que le ayudó a triunfar entre la crítica y acumular un buen puñado de premios), pero en su segunda película ha conseguido superarse logrando un casting verdaderamente impresionante, por más que en la mayoría de los casos sean apariciones tan fugaces que al menor descuido uno se las podría perder.
Animales nocturnos es esta segunda película en la que la crítica parece haberse vuelto a volcar y que ya empieza a acumular también algún que otro reconocimiento. Es, además, una película que ha llegado casi por sorpresa, de la que no se ha hecho apenas publicidad ni se ha machacado con trailers previos, con lo que es fácil entregarse a ella sin tener ni idea de lo que uno se puede esperar. Este ha sido, al menos, mi caso.
Y la película, inspirada en una novela de Austin Wright, arranca, hay que reconocerlo, con imágenes impactantes, una de las escenas de desnudez femenina más desagradables que puedo recordar y que, como poco, logra atrapar al espectador como si del propio Nicolas Winding Refn se tratase. De hecho, en varios momentos parece Ford querer parecerse a Winding Refn, igual que su aparente sátira al mundo ecléctico y superficial del arte quiere parecerse al de la moda que se muestra en The Neon Demon. Pero esas intenciones se desvanecen bien pronto cuando Ford apunta a otra dirección, al thriller más convencional (y la arquetípica banda sonora así nos lo quiere demostrar), planteando el típico juego de los espejos donde dos historias se muestran en paralelo, una real y una ficticia, que se retroalimentan la una de la otra.
Susan Morrow es una influyente galerista de arte atrapada en una vida que no le satisface con un marido casi siempre ausente que recibe, por sorpresa, el manuscrito de su primer marido, un joven aspirante a escritor que por fin parece haber cumplido su sueño. Susan se sumerge en la novela, una historia rural y violenta sobre una familia que es atacada en una carretera solitaria de Texas, reconociendo en ella los vacíos de su propia existencia.
El lujo acomodado de Susan se opone a los paisajes áridos y abruptos de Texas en un paralelismo que invita a pensar que estamos ante una obra reflexiva, una metáfora sobre la pérdida y el deseo bienintencionada y de momentos visualmente interesantes pero que fracasa en su premisa más básica: es insoportablemente aburrida.
Desconozco el material original de la novela en la que se basa, pero la adaptación es aterradoramente fallida. La historia “ficticia” está plagada de tópicos y diálogos bochornosos y no funcionaría ni como telefilm de domingo por la tarde (que, por cierto, es a lo que recuerda), aparte de que no tiene ninguna credibilidad como supuesta obra literaria. La historia “real” comienza a deslucirse en favor a la novelada entorpeciendo aún más el ritmo con flashbacks que nos muestran una tercera historia, la del momento en que Susan y Tony, ese primer marido abandonado y futuro escritor, se conocieron, enamoraron y separaron.
Para dar lustre a estas dos insufribles horas de anodinas secuencias presuntuosas pero vacuas Ford ha conseguido reunir a Amy Adams (en cartel con la también reflexiva, pero en este caso inteligente y brillante La llegada) y Jake Gyllenhaal (acostumbrado a personajes incómodos en películas difíciles como sus dos colaboraciones con Villeneuve, Enemy y Prisioneros o la brillante Nightcrawler) como la pareja protagonista, aunque destaca también la presencia de Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson y Armie Hammer. Otros nombres destacados, aunque con una presencia efímera como comentaba al principio, son Isla Fisher, Laura Linney, Jena Malone y Michael Sheen. Imagino que sobre el papel el proyecto resultaba realmente estimulante. En la práctica, ni siquiera las interpretaciones logran salvar la película, antojándoseme de las peores de los respectivos protagonistas, alguno de los cuales roza el ridículo.
Cierto, he escrito más arriba que la crítica la está aplaudiendo y premiando. ¿Se trata, quizá, de que tenía un mal día o simplemente que la estoy tratando con demasiada dureza? Bueno, en mi defensa debo señalar que, a tenor de los bostezos y comentarios finales del resto de la sala, no. Nadie parecía más contento que yo con esta patraña que no conduce a nada, no me invita a reflexionar como entiendo que pretende y no me produce ningún sentimiento más que el tedio total. Ni siquiera el ecléctico final me invitó a congraciarme con Ford ni por un momento, por más que pretenda ser líricamente emotivo y cerrar el círculo de heridas abiertas.

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 27 de noviembre de 2016

ALIADOS: sospechas en tiempos de guerra.

Estamos ante una de esas películas en las que se habla más de lo que sucedió (o pudo suceder) durante el rodaje que de su calidad como obra, lo cual resulta publicitariamente beneficioso pero intelectualmente perjudicial. Cuesta enfrentarse ante esta película sin tener en mente la figura de Angelina Jolie  por más que no tenga participación alguna en la misma.
Igualmente, parece, por lo que se lee por ahí, que es imposible hablar de Aliados sin referirse a la mítica Casablanca de Michael Curtiz. Sí, realmente estamos ante una historia de amor que arranca en Casablanca en 1942, pero en cuanto avanza la acción las similitudes desaparecen hasta encontrarnos más cerca del cine de Hitchcock que de Curtiz. De lo que no hay duda es de que todo en Aliados rezuma a cine clásico, a añoranza de una época en que las historias tenían un ritmo pausado, el lujo detallista envolvía a los protagonistas y el amor imperaba por encima de la acción.
Robert Zemeckis es un gran director, quizá uno de los mejores que hay en activo, pero desde que su trabajo se centra en lo que podríamos denominar como cine “serio” no parece haber encontrado al guionista adecuado con quien trabajar. Olvidadas ya sus descacharrantes y divertidas aventuras de la época de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabitt? o La muerte os sienta tan bien y su etapa volcada en el cine de animación por stop motion, Zemeckis no ha conseguido hacer todavía ninguna película que me convenciera por completo, encontrando carente de identidad el desenlace de El vuelo y la aburridilla El desafío.
El gran problema de Aliados es su historia, perpetrada por Steven Knight, que no termina de definirse hasta demasiado avanzada la película. Estamos ante la historia de Max y Marianne, un espía del ejército británico (aunque en realidad canadiense) y una miembro de la resistencia francesa. Juntos abordan la misión de asesinar a un embajador alemán y a unos cuantos nazis de regalo, y mientras lo hacen aprovechan para enamorarse. Tras esto la película se convierte en una historia costumbrista con Max y Marianne en Londres, casados y con una niña. Y es el tercer giro, cuando advierten a Max de las sospechas de que Marianne es en realidad una espía alemana, cuando de verdad arranca la historia. Y llevamos ya cuarenta y cinco minutos de película.
Afortunadamente, para contrarrestar esto, tenemos el enorme carisma de Brad Pitt y la eficaz ambigüedad de Marion Cotillard, la magnífica puesta en escena con un diseño de producción impecable y el estilo fino y elegante de Zemeckis tras las cámaras. Robert Zemeckis huye de la frialdad política que tenía la excelente El puente de los espías, de su amigo y mentor Steven Spielberg, para recrearse más con el detalle, regalándonos la vista con esos vestidos y peinados de la época, ese Londres de mitad de siglo y esa exquisita ambientación. Poco importa lo absurda que pueda ser la escena del sexo durante la tormenta de arena cuando está filmada con ese virtuosismo, o lo fuera de lugar que quede una estampa tan brutal y desgarradora como el parto bajo el bombardeo. Zemeckis rememora el cine clásico pero no renuncia a la tecnología más actual, aquella con la que siempre ha querido jugar, y ello justifica momentos como el del  avión derribado sobre Londres.
Al final, la historia resulta previsible y casi hasta irrisoria, pero da igual. Hay toda una secuencia (la de la cárcel) inverosímil por su situación, y no importa. Los secundarios están en muy segundo plano y quedan totalmente desaprovechados, pero es lo mismo. Aliados es el título perfecto para definir la alianza entre Zemeckis, Pitt y Cotillard, y sobre ellos tres, y nada más que ellos tres, gira todo.
Y si aceptamos esa única y sencilla norma, la película resulta deliciosa, interesante y tristemente dolorosa. Y supone, para mí, el mejor trabajo de Zemeckis desde la época de Contact.

Valoración: Siete sobre diez.

LA REINA DE ESPAÑA: la niña ya no es lo que era.

Más de dieciocho años después de que Trueba triunfara en los premios Goya con la interesante La niña de tus ojos, con la que culminaba una época dorada tras su coqueteo americano de Two Much, La Reina de España supone una continuación de las peripecias de esa troupe cinéfila alrededor de la estrella Macarena Granada a la que daba vida Penélope Cruz.
Como recordarán, La niña de tus ojos culminaba con un Antonio Resines desamparado en la Alemania nazi al que se le podía dar por muerto, condensando el descenso a la oscuridad de una película bastante divertida que se iba volviendo más seria y triste a medida que avanzaba el metraje. Con La reina de España sucede justo lo contrario, empieza muy dramática, con el personaje de Resines regresando a un Madrid lluvioso, convertido en un hombre sin hogar y, casi, sin identidad, para ir cogiendo color hasta un final festivo y bastante simplón, un final “made in Hollywood”, que diría Woody Allen.
Pues sí, el antaño director de cine Blas Fontiveros ha sobrevivido a su estancia en un Campo de Concentración y ha regresado a la España de postguerra coincidiendo con el retorno del Hollywood dorado de su musa y antigua amante, la actriz Macarena Granada, que va a protagonizar en España una película basada en Isabel la Católica (un proyecto, por cierto, que existió realmente: Samuel Bronston habría producido Isabel of Spain protagonizada por Sophia Loren de no ser por el fracaso de La caída del Imperio Romano).
Así, Fontiveros y Macarena se reencuentran, al igual que el resto del equipo: Julián Torralva (Jorge Sanz), Castillo (Santiago Segura), Lucía (Neus Asensi), Trini (Loles León) y Rosa (Rosa María Sardà). Solo el marco interpretado por Jesús Bonilla cae de la ecuación y su participación se limita a un simple cameo. A estos hay que añadir a dos nuevos integrantes, el ayudante de dirección Pepe Bonilla (Javier Cámara) y el maquinista Leo (Chino Darín).
La excusa para esta secuela (algo a lo que, Torrente y REC aparte, no estamos demasiado acostumbrados en este país) es la ilusión de Fernando Trueba por saber qué ha sido de estos personajes a los que tomó tanto cariño y volver a reencontrarse con ellos, y sin duda esa ha sido también la excusa para que el reparto original al completo haya accedido a regresar, Penélope incluida. Sin embargo, quien ya no está es David Trueba y Rafael Azcona en la escritura del guion y quizá eso sea lo que marca las principales diferencias entre La reina de España y La niña de tus ojos. Y es que, digámoslo sin tapujos, La reina de España es inferior, muy inferior, a la película de 1998.
Trueba parece querer hacer un homenaje a su profesión y reivindicar el ejercicio de los cineastas españoles durante el franquismo, en un ejercicio de egocentrismo profesional y auto homenaje similar al que hicieran los hermanos Coen en ¡Ave, César! pero con mucha menos gracia. La mayoría de los gags no divierten como debieran, la trama general es simplista y absurda y se intuyen un montón de posibles buenos momentos desaprovechados. Hay, además, un claro discurso político que no favorece en nada a la película y al que supo esquivar muy bien en La niña de tus ojos, convirtiendo por momentos el film en una proclama antifranquista (por más que se empeñe también en minimizar la figura del dictador español con constantes comparativas con Hitler).
Ni siquiera la aportación americana luce como debe, con un esperpéntico Cary Elwes (que lejos ha quedado La Princesa prometida) que logra milagrosamente sacar algo de jugo a su torpe personaje, un interesante Mandy Patinkin (desaprovechado reflejo de la Caza de Brujas de McCarthy, un presencial Arturo Ripstein reflejando al propio Bronston y una versión cruelmente deformada de John Ford con los rasgos de Clive Revill. Eso sí, al menos hay que reconocer que los actores se esfuerzan al máximo y logran sacar provecho de lo poco rescatable de sus guiones. Se nota que se sentían cómodos en los personajes y que han podido acomodarse en ellos a la perfección, abriendo las puertas (el propio Trueba no lo ha descartado) a una tercera película.
No todo en La Reina de España es malo. Hay momentos divertidos, secuencias muy bien rodadas y se denota un amor por el cine que siempre termina por traspasar la pantalla y contagiar al espectador más apasionado. Esos trucos con los decorados, esas construcciones de cartón piedra y esas intimidades en los rodajes son una gozada, y la magnífica puesta en escena (es lo que hay cuando se tiene dinero para gastar) consiguen que la película merezca el aprobado justo, lo cual no deja de ser una tremenda decepción ante las expectativas creadas.
La reina de España es más una fiesta de reencuentro entre viejos amigos que una película, y todo aquel que no se sienta partícipe de la misma se quedará con un regusto amargo y con la sensación de que el propio guion no es, en cierta medida, una copia de lo que ya había en la anterior película. Eso sí, como en toda fiesta que se precie, hay invitados sorpresa. Y saber reconocerlos es también un aliciente añadido.

Valoración: Cinco sobre diez.