miércoles, 27 de diciembre de 2017

UNA VIDA A LO GRANDE: grandes aspiraciones, pequeños resultados

Alexander Payne siempre se ha caracterizado por hacer films intimistas, pequeños en su puesta en escena pero ambiciosos en su propuesta argumental, capaces de invitar a la reflexión y de arañar nuestros sentimientos. Y su última película, Nebraska, fechada hace ya cuatro años, filmada en un amargo blanco y negro, es buena muestra de ello. Por ello, Una vida a lo grande es su apuesta más arriesgada y lujosa, una producción de grandes miras con tintes de ciencia ficción moralista al servicio de la historia más que de los efectos visuales.
Sin embargo, es tanto lo que Payne quiere abarcar en esta nueva peripecia visual que el resultado final resulta confuso y deshilachado, puede que por no decidir con claridad el mensaje por el que quiere apostar o por esa indecisión entre comedia y drama que queda finalmente entre dos aguas. Al final, queda la sensación de que hay una sucesión de acciones sin demasiada consistencia, como si Payne se hubiese olvidado de estructurar su guion en los inevitables tres actos de rigor, lo que provoca momentos de aburrimiento y una sensación de que la película es más larga de lo que en realidad es.
Matt Damon interpreta a un hombre corriente convencido de que está destinado a algo grande. Cuando unos científicos noruegos descubren la manera de reducir la masa orgánica de los seres vivos de manera que pueden construir comunidades reducidas con las que combatir los problemas consecuentes de la superpoblación, este decidirá apuntarse a esa nueva vida junto a su amada esposa.
Existen en este punto diversos toques de agradable ironía, como el contrapunto entre las intenciones teóricas de los voluntarios de ayudar a salvar a la humanidad y la realidad, que al convertirse en “pequeños” ven su patrimonio exponencialmente aumentado, de manera que es posible vivir una vida de lujo sin tener que preocuparse por trabajar en esas nuevas comunidades idílicas.
A partir de aquí, sin embargo, la película se embarrunta, apuntando interesantes ideas (los pícaros que trafican con productos gigantes) aunque con un mensaje muy previsible, que el ser humano es decadente por naturaleza y que toda sociedad, por idílica que sea, terminará por corromperse por sí misma. Sin embargo, Payne no se conforma con ello y la película se pierde definitivamente cuando los personajes salen de la utópica comunidad.
Payne no busca hacer una película realista, sino metafórica, pero ello no es condición para abandonar todo realismo posible. Renunciar a hacer una película de aventuras no implica que el medir apenas unos centímetros de altura no conlleve unos riesgos, y que esta especie de “increíble hombre menguante” pueda campar por sus anchas por el mundo exterior sin sensación alguna de peligro obliga a una suspensión de la credibilidad tal que, a esas alturas de película, invita a desconectar con ella.
Más pretenciosa que efectiva, con grandes parrafadas cargadas de supuesto transcendentalismo, erráticamente cómica y con demasiados mensajes políticos, sociales y ecológicos sobre los que se profundiza mal, Una vida a lo grande arranca muy bien para naufragar en un absurdo que terminó por aburrirme y decepcionarme.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 24 de diciembre de 2017

WONDER WHEEL, el genio brilla más que nunca

Existen dos Woody Allen diferentes, por más que en ocasiones uno se entremezcle con el otro: el cómico y el dramático. En los últimos años el cómico parece haberse difuminado poco a poco, haciendo que esos inteligentes diálogos del neoyorquino sean cada vez menos divertidos, aunque fue Blue Jasmine la película más amarga del autor en los últimos tiempos.
Con un paralelismo innegable con aquella, Wonder Wheel es tan amarga o más, siendo también un relato de perdedores, de tipos abocados al fracaso y a la autodestrucción, que buscan una felicidad inexistente a base de engañarse a ellos mismos y a sus propias convicciones. Son, en fin, personajes mezquinos, egoístas, alcohólicos o vanidosos, pero también personajes de lo que uno es capaz de enamorarse sin poder evitarlo.
Mickey, un aspirante a dramaturgo, es un socorrista de playa en una playa donde nunca se ahoga nadie. Él hace de narrador de la historia, incapaz de asumir, desde la misma presentación, los propios fantasmas que lo atormentan. Ginny es una antigua aspirante a actriz que ha visto como la vida le ha pasado de largo, madre de un hijo pirómano y casada con un borracho que, a la postre, ha sido su salvador. Humpty no es nadie. No tiene aspiraciones. Maneja un Tío Vivo en Coney Island y sale a pescar con sus amigos. Solo el regreso de una hija a la que no veía desde hace cinco años le devuelve la alegría. Carolina es una chica marcada, apenas una niña que huyo de casa para casarse con un mafioso y a la que han puesto precio por su cabeza.
Estos cuatro personajes, como en una tragicomedia griega, cruzan sus caminos hacia una irremediable perdición a la sombra de la noria Wonder Wheel, una de las atracciones más características de Coney Island, que ilumina de rojo y azul el interior del hogar de Ginny y Humpty, y que sirve de magnífica metáfora sobre las vueltas que da la vida, generalmente para terminar en el mismo punto de partida. Ambientada en los años cincuenta, Coney Island sirve también como representación de la decadencia humana, tal y como se encontraba la popular zona turística tras la decadencia a la que entró una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Wonder Wheel es una de las mejores películas de Woody Allen, desangelada y con un punto de sarcasmo que, al final, termina por dibujar una tímida sonrisa en el rostro, como la utilización del niño pirómano, metáfora del propio Allen arremetiendo contra sus propios miedos (sirva como ejemplo cuando prende fuego a la consulta de la psiquiatra).
Con cientos de guiños a otras películas, siendo el aroma de Tenessee Williams el que más empapa la obra, se confirma aquí el cambio de estilo fílmico de Allen que ya apuntaba en Café Society, quizá influenciado por su nuevo director de fotografía, el reconocido Vittorio Storaro, que consigue unos juegos de luces y unos movimientos de cámara que dotan de cierta modernidad al habitualmente estilo plano y clasicista de Allen. Los actores, como es habitual en trabajos del director, están sobresalientes (me ha alegrado reencontrarme con Jim Belushi, al que tenía muy perdida la pista, aunque siempre recordaré de aquellos años de Danko, calor rojo, o el Superagente K9), siendo la escena del diálogo final entre Ginny y Mickey sencillamente brillante. Un agotador enfrentamiento entre Kate Winslet y Justin Timberlake en un plano sin cortes que es un verdadero prodigio.
Es difícil si estamos ante uno de los mejores Allen, ya que en el nuevo siglo no ha llegado a alcanzar la calidad de sus obras maestras, pero si no es así, poco le faltará. La película emociona y desgarra. Y eso es lo que pretende el autor. Retorcernos al ritmo del carrusel multicolor.

Valoración: Ocho sobre diez.

SE ARMÓ EL BELÉN, rememorando el nacimiento de Jesús.

Se armó el belén es el macarrónico título que han puesto en español al mucho más escueto The Star. Producida por Sony animation, entre otras, supone el debut como director de Timothy Reckart y cuenta con un buen puñado de voces reconocibles en su versión original, tales como Christopher Plummer, Ving Rhames, Mariah Carey, Oprah Winfrey o Kris Ksistofferson, entre otras.
Se armó el belén se anuncia como la película sobre las primeras navidades, y eso no puede ser más cierto, ya que lo que cuenta en apenas una hora y media el la piedra angular del Nuevo Testamento, desde la enunciación a la Virgen María hasta el nacimiento del niño Jesús, con la marcha hacia Belén de María junto a José para apuntarse al censo o la visita de los Reyes de Oriente al palacio de Herodes anunciando la buena nueva. La gracia de la cosa es que la película está vista desde el punto de vista de los animales, en concreto un burro y una paloma que ansían vivir grandes aventuras y que el descubrimiento de una nueva estrella en el cielo les hace pensar que el destino les depara algo grande.
Visualmente hermosa, Se armó el belén no es que tenga un humor demasiado sofisticado, a fin de cuentas de que el publico al que va dirigido es, probablemente, excesivamente infantil, pero ofrece su mensaje con sinceridad y es terriblemente valiente para los tiempos que corren por abrazar la tradición cristiana con tanta convicción. No hay medias tintas en esta nueva versión del nacimiento de Jesús, por lo que nos encontramos ante una verdadera lección de catecismo con animalillos haciendo gansadas por en medio y un villano algo impostado que parece escapado de Juego de Tronos.
La película no es nada del otro mundo, pero se deja ver con agrado, alcanzando a colmar las expectativas. Es muy autoconsciente de que no puede competir en la liga de Pixar y compañía y tampoco lo pretende, y de esa sencillez tan propia de sus propios protagonistas nace su mejor virtud.
Una propuesta ideal para disfrutar con los pequeños de la casa en estas fechas tan oportunas.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 21 de diciembre de 2017

LOS ÚLTIMOS JEDI: fallido intento de revitalización

Hace dos años, ya bajo la batuta de Disney, la franquicia de Star Wars inició una nueva andadura con su Episodio VII: El despertar de la fuerza que provocó discrepancias entre los fans, pero un impresionante éxito de taquilla. Aunque yo siempre he defendido que es el episodio de mayor calidad de la saga, sí es cierto que dejaba un cierto aroma a remake, planteando además preguntas que quedaban luego en el aire.
Tras ese disfrutable paréntesis que supuso Rogue One, ha sido Ryan Johnson quien ha sustituido a J.J. Abrams en la silla de director y ha construido el siguiente peldaño de una historia que debería concluir definitivamente en el 2019, de nuevo con Abrams al mando. Con el presumible éxito económico que va a lograr, se esperaba que las aguas de la polémica volviesen a su cauce y la película, pudiendo gustar más o menos, contentara a todos a nivel general, pero parece que los enfrentamientos entre sus defensores y detractores son más feroces si cabe que en aquella ocasión, recordándome casi a los estrenos del CDEU de Warner, llegando incluso a producirse una recogida de formas solicitando que quede fuera de la continuidad canónica.
¿Qué está pasando con esta película que no debería ser más que un eslabón más de una cadena firmemente afincada en el imaginarium popular y con poco hueco para la sorpresa? Pues, sencillamente, que Johnson -quien por cierto es el primer autor, aparte de George Lucas, al que le permiten escribir en solitario su propia película- ha disfrazado Los últimos Jedi con una preciosa capa de estilo y personalidad, con imágenes visuales muy hermosas y de gran poderío, con las que adorna una trama torpe que, aun aparentando tomar direcciones novedosas e incluso arriesgadas, no deja de ser una copia conceptual de El Imperio contraataca mezclada con detalles de El retorno del Jedi, menos descarado que El despertar de la Fuerza pero igualmente evidente. El Episodio VII podría ser casi un remake visual, pero el VIII lo es a nivel argumental.
Sin entrar en detalles para no caer en spoilers (de eso habrá tiempo en unos días), diré que Johnson repite los (pocos) errores de Abrams en su film y añade unos cuantos, de propia cosecha, concibiendo así una película que como espectáculo de entretenimiento funciona a la perfección pero que deja insatisfecho por el cauce que toman los acontecimientos. Y no se trata, como critican algunos, de que se distancie de la mitología clásica. Eso me parece bien, pues ya es hora de explorar nuevos caminos (como lleva haciendo con acierto desigual Star Trek), pero ignora que, de forma sutil pero muy interesante, eso es lo que había empezado a hacer ya Abrams y que él desprecia sin concesiones. No solo Los últimos Jedi deja de responder alguna de las dudas que dejaba El despertar de la Fuerza (se podría pensar que Johnson no quería hacerse cargo de los muertos de Abrams y se los deja para que él mismo se los coma en la siguiente película), sino que directamente las obvia, cerrando con ello la puerta a futuras interpretaciones. Y las pocas que sí responde lo hace, a mi entender, mal. Su argumento, obviando que forma parte de una saga, hace un cambio de rumbo que podría ser muy útil en esa trilogía nueva que pretende hacer (Disney ya la había confirmado, pero ahora mismo dudo mucho que confíen tan ciegamente en él), pero no en lo que se supone el segundo capítulo de algo que otro director había comenzado. 
Y lo peor de todo es que, con la conclusión de la película, el aroma a cierre de ciclo es tan grande que solo deja dos alternativas a Abrams, crear una historia prácticamente partiendo de la nada, inventando nuevas subtramas y centrándolo todo al previsible enfrentamiento definitivo entre Rey y Kylo Ren o copiar la traicionera jugada de Johnson y continuar su historia renegando de la mayoría de las cosas narradas en este episodio. En ambos casos, todo un papelón para J.J.
Los últimos Jedi es, por momentos, una comedia sin gracia con la que pretender ocultar las gotas de oscuridad que empapaba la brillante El Imperio contraataca, como si así se pudiese obviar la repetición de las tramas. Hay chistes de vergüenza ajena que, si bien no ponen a la película a la altura de Thor Ragnarok, poco le falta. Ya dije en su momento que Los Guardianes de la Galaxia era el Star Wars de esta generación, y el señor Johnson parece querer darme la razón. Al menos allí el humor sí funcionaba.
Pero no todo es negativo en la película, ni mucho menos. 
En realidad, Los últimos Jedi es una película muy entretenida, en la que las dos horas y media de duración pasan en un suspiro, pese a que alguna de sus subtramas puede resultar indigesta en un segundo visionado. El problema es que alterna momentos de gran intensidad y emoción (todo lo relacionado con Luke, Rey y Kylo Ren) con momentos innecesarios. Se puede disfrutar mucho mientras no se piense demasiado en lo que se está viendo y hasta se le pueden encontrar lecturas políticas (y hoy en Catalunya es un buen día para hablar de ello) o religiosas, pero todo ello se empaña con las historietas de dos grupos de personajes, La Primera orden y la Resistencia, que parecen empeñados en demostrar quién es más tonto de los dos, pasándose el film haciendo un montón de cosas que al final no sirve para nada. Sí, hay peleas de sables laser, descubrimientos sobre los Jedi, momentos para la nostalgia, persecuciones y bichejos nuevos (hay que vender peluches, no lo olvidéis), y no puedo negarle a Johnson que la mayoría e las veces usa muy bien la cámara, consiguiendo planos espectaculares y de gran hermosura (y la última escena de Luke es el mejor ejemplo). Por ello, pese a todos los fallos y todos los enfados que la película pueda llegar a provocar, sería injusto suspenderla, ya que estamos ante todo frente a un producto de entretenimiento y en ello cumple las expectativas.
Sin embargo, esto debería ser más, mucho más, y decepciona tanto que al final, pese a la diversión y la emoción, uno se queda con un regusto amargo.
Tanto El despertar de la Fuerza como Rogue One, las anteriores películas Star Wars de la era Disney, lograron emocionarme en algún momento. Los últimos Jedi no lo ha conseguido. Y eso que tenía las armas.
Decididamente, Johnson está más interesado en el confrontamiento entre los tres protagonistas que en todo lo demás, que es simple relleno. Al menos, hay que agradecer que los tres actores lo den todo y cumplan con brillantes interpretaciones.
Demasiada poca cosa a la que poderse agarrar los fans, que no dejan de ver más de lo mismo pero peor.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 10 de diciembre de 2017

EL VIAJE, brillante duelo interpretativo

En el año 2007, cuando apenas habían pasado dos desde la entrega de armas del IRA, la paz en Irlanda pendía de un hilo y todo Reino Unido, con el primer ministro Tony Blair al frente, estaba expectante ante la primera reunión entre el reverendo Ian Paisley y el militante Martin McGuinness, dos enemigos acérrimos pese a que nunca habían llegado a conocerse personalmente. 
De esa conversación dependía la posibilidad de que Irlanda pudiera vivir al fin en paz, pese a que para ello cada uno tuviese que traicionar parte de sus propios ideales y de las promesas hechas a sus seguidores. Hubo, sin embargo, un percance que obligó a que los dos hombres compartiesen coche durante un trayecto por carretera durante el cual se fraguó la esperada alianza, y sobre ese viaje gira esta película.
Así pues, El viaje cuenta una historia ficcionada alrededor de unos hechos reales, imaginando como pudieron ser las conversaciones y los conflictos entre esos dos hombres a lo largo de dicho recorrido durante el cual cambió drásticamente y para bien la historia de Irlanda.
Timothy Spall y Colm Meaney son dos rostros reconocidos de la interpretación, pero no grandes estrellas. Sin embargo, hay un duelo interpretativo entre ellos sobre el que se sustenta toda la obra. Ayudados por un eficaz guion de Colin Bateman que consigue que solo mediante palabras y miradas se masque toda la presión y la película resulte emocionante (y hasta divertida). Nick Hamm, más dado a producciones televisivas que a la gran pantalla, logra mantener el pulso y llevar la película a buen puerto, consiguiendo esa tensión en el ambiente tan vital para que todo se sostenga, consiguiendo además, reflejar las personalidades de ambos hombres, exponiendo sus ideas y obsesiones pero sin tomar partido por ninguno de los dos. Con las argumentaciones, ambos parecen tener su parte de razón, a la par que ambos demuestran estar completamente equivocados.
Al final, todo se reduce en conseguir la paz por el camino de la no violencia, por encima de ideales y defensas de derechos. La muerte una es la solución,  esa es la gran conclusión que se puede sacar de la película, por más que no queda claro, como no lo está en la realidad, que esa paz definitiva se consiguiera por las buenas intenciones de los implicados o como fin para un objetivo mayor.
El viaje es , pues, una gran película, con brillantes interpretaciones (y la recuperación para el cine de Freddie Highmore, el niño de Charlie y la fábrica de chocolate y Descubriendo nunca jamás, recluido últimamente en televisión con su papel de Norman Bates), amén de tener otra oportunidad para despedirnos (y no será la última, aún le queda algún trabajo por estrenar) de John Hurt.
Una película muy interesante y que invita a la reflexión.

Valoración: Ocho sobre diez.

SUBURBICON: inquietante y divertida, pero no lo suficiente.

Aun teniendo una trayectoria algo irregular, lo cierto es que el cine de los Hermanos Coen nunca llega a decepcionar del todo. Sus comedias son siempre ingeniosas, con un tono muy negro y retorcidamente ácidas.
En ocasiones, como la que nos ocupa, han dejado que sus ideas las filmen en pantalla otros directores. Ya sucedió en Un plan perfecto (Gambit), dirigida por Michael Hoffman, y vuelve a suceder en Suburbicon. Y en ambos casos, aunque se reconoce el estilo inconfundible de Joel y Ethan en el libreto, la puesta en escena no termina de estar a la altura.
El elegido en esta ocasión ha sido George Clooney, viejo amigo y actor habitual de los Coen. Clooney ha demostrado con anterioridad ser un actor solvente y tiene alguna gran película en su haber (Buenas noches y buena suerte y Los Idus de Marzo están en esa categoría), aunque su estilo visual es bastante conservador y clasicista. En Suburbicon, Clooney parece querer imitar a los Coen y, aunque no lo hace mal, las comparaciones le convierten en el perdedor.
Suburbicon es una zona residencial en auge en plena década de los setenta, una barriada pacífica y agradable hasta que unos nuevos vecinos de raza negra se mudan al lugar. Paralelamente a este hecho, unos desconocidos entran en casa de los Lodge, asesinando a la mujer de la casa.
Bajo esta premisa, los hermanos Coen (con Grant Heslov y el propio Clooney retocando el guion) construyen una trama criminal con toques que recuerdan a Fargo, y que tiene en su cuarteto interpretativo su mejor baza. Matt Damon y Juliane Moore están tan eficaces como siempre, Oscar Isaac slo necesita un par de escenas para desplegar todo su talento y el pequeño Noah Jupe, actualmente en Wonder, es el gran acierto, capaz de cargar a sus espaldas con el personaje más complejo y difícil.
Quizá lo que más rechine en la película, y que hacen que no funcione como debería, es la incorporación del elemento social y político, al parecer correspondientes a los añadidos de Clooney y Heslov. Al final, la subtrama racial no termina de ir a ningún sitio y se convierte casi en un mcguffin que, sin embargo, ocupa demasiado tiempo e pantalla para su insatisfactoria resolución.
La película es violenta y divertida a la vez, pero deja una ligera sensación de vacío, como si le faltara algo para poder encajar correctamente todas las piezas. Algo no funciona como debería y, sin embargo, tampoco se puede encontrar un fallo concreto de la misma. Es, simplemente, una amarga sensación de que hay un quiero y no puedo, de que Clooney aspira a algo para lo que se queda corto, algo que ya sucedía en su anterior film como director, Monuments men, y en su última colaboración a las órdenes de los Coen, Ave César!
Pese a ello, la película se deja ver, siendo disfrutable y entretenida, aunque fácil de olvidar apenas salir de la sala.

Valoración: Seis sobre diez.

EL GRAN DESMADRE: de todo menos desmadrada

El gran desmadre (Malas madres 2) es el creativo título que han puesto en España a A bad moms Christmas, continuación de aquella comedia justita sobre tres amigas que se rebelaban contra las convicciones de ser madre. Otra pretendida comedia gamberra que al final resulta ser muy blandita y edulcorada.
Esta secuela, no solo sigue el mismo camino, sino que lo empeora, mostrando una falta de ideas terrible y resultando tan previsible como facilona. Trasladando la acción a Navidad, ya desde el comienzo aspira a presentar sus credenciales con el recurso que tan bien funcionaba en Resacón en Las Vegas, es decir, mostrar una situación desastrosa y hacer marcha atrás para explicar cómo se ha llegado hasta allí. Claro que en esta ocasión, la situación desastrosa es algo tan liviano como un árbol de Navidad volcado y cuatro adornos esparcidos por el suelo.
Englobada dentro de la categoría de comedia navideña, de esas que sabes que al final va a terminar con toda la familia reunida alrededor de una mesa en paz y armonía, la película repite la excusa del conflicto con la otra apuesta de la temporada: Dos padres por desigual. Como en aquella, también ahora el problema asciende generacionalmente, limitándose a cambiar el sexo de los protagonistas. Si allí los copadres tenían que soportar la intromisión de los abuelos, aquí el grupito de mamás amigas se deben enfrentar a sus respectivas madres. Y, como en aquella, lo mejor cabe encontrarlo en la aportación de estas abuelas, nombres ilustres que aportan algo de calidad al invento, como es el caso de una Susan Sarandon ácida y divertida.
Poco más se puede rascar de esta comedia que a la que uno sigue buscando ese gran desmadre que promete el título y que nunca llega, donde los chistes son rutinarios y poco inspirados y, por más que logre arrancar alguna sonrisa, nunca llega a poder ser considerada una buena comedia.
Previsible, insustancial y rutinaria.

Valoración: Cuatro sobre diez.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

PERFECTOS DESCONOCIDOS: genialmente divertida, aterradoramente real.

Me cuentan que Perfectos desconocidos no es un proyecto personal de Álex de la Iglesia, sino una película de encargo. La película inédita en España Perfetti sconosciuti fue un éxito el año pasado en Italia, y a alguien se le ocurrió que sería buena idea hacer un remake a la española.
Desde luego, la base de la misma es sumamente interesante. Por un lado, estamos ante la típica historia del grupo de amigos que se reúnen para una cena rutinaria en la que comienzan a salir los trapos sucios de cada uno, algo que ya hiciera con brillantez Kenneth Brannagh en la magnífica Los amigos de Peter y que se ha utilizado como excusa argumental en innombrables ocasiones, siendo Pequeñas mentiras sin importancia o La invitación dos ejemplos recientes y muy diferentes a la vez. Por otro lado estamos ante una película de corte fantástico que tiene como macguffin un fenómeno astral inusual (los meteoritos o los eclipses son los ejemplos más clásicos, y en este sentido me viene a la mente la interesante Coherence). Y, por último, nos encontramos ante una sátira sobre el dominio que la tecnología e Internet ejercen sobre las redes sociales. En el primer gran éxito del director, El día de la Bestia, el diablo era el villano de la función. En este caso, el demonio se oculta tras las redes sociales y, sobretodo, la adicción a ellas, cual tentación en el desierto, que nos impide prescindir del teléfono móvil ni aunque sea por unas horas.
Siete amigos, tres parejas y el solterón del grupo, se reúnen para una velada amenazantemente aburrida con la excusa de presenciar juntos un espectacular eclipse de luna hasta que a uno de ellos se le ocurre un inocente juego: dejar todos los móviles en el centro de la mesa y, cada vez que haya una llamada o llegue un mensaje, escucharla/leerlo todos en voz alta. Al fin al cabo, entre ellos no hay secretos. O eso creen...
A partir de esta propuesta, De la Iglesia y Guerricaechevarría, su guionista de cabecera, componen una magistral mezcla de intriga y humor, una descarnada sucesión de engaños y mentiras (con importancia en este caso) que van a poner a prueba la resistencia del grupo de amigos.
Siendo inédita la película original, no me es posible valorar la parte de mérito que corresponde a la dupla De la Iglesia-Guerricaechevarría a la hora de confeccionar el guion, pero lo que resulta innegable es que, por más que se trate todo de un trabajo de encargo, el realizador de El bar o Mi gran noche consigue hacer suya la historia, consiguiendo plasmar en la película todas sus señas de identidad y logrando que una película que transcurre en su práctica totalidad en el interior de una casa no tenga para anda un aspecto teatral (algo que no terminó de conseguir Vicente Villanueva en Toc toc).
Pese a las situaciones tan dramáticas e incómodas en las que cualquier espectador puede verse, en un momento u otro, reflejado, De la Iglesia tiene la pericia de abordarlo todo con un humor (negro) muy efectivo, sin que por ello se abandone nunca la intriga ante las situaciones que, pese a no ser excesivamente originales, logran mantener expectante al respetable.
Siendo esta una de las mejores películas de Álex de la Iglesia, no sería justo quitar al elenco de intérpretes su parte de mérito. Todos ellos están excepcionales y ayudan a que la película funcione a tan alto nivel. 
Las parejas formadas por Belén Rueda y Eduard Fernández (que repiten rol tras La noche que mi madre mató a mi padre), Ernesto Alterio y Juana Acosta (pareja en la vida real), Eduardo Noriega y Dafne Fernández y el solitario Pepón Nieto funcionan compactados como engranajes de un reloj y logran resultar creíbles al saber mantenerse histriónicos sin ser por ello histéricos. Al fin y al cabo, cualquiera de las situaciones a las que se ven sometidos invitan a la exageración, pero todos logran medir sus interpretaciones sin llegar a cruzar nunca esa peligrosa linea.
Por todo ello, estamos posiblemente ante una de las películas más redondas de su director, y una de las mejores comedias españolas de este año, aunque las situaciones reflejadas (y los brillantes diálogos) no son, en ocasiones, cosa de risa. Por menos se han roto muchas parejas en la vida real.
Y es que, como ya he dicho, esto de los móviles han de ser un invento del Diablo. Y si no, a ver cuantas familias, en las reuniones navideñas, se atreven a aventurarse con este juego.

Valoración: Ocho sobre diez.

WONDER: edulcoradamente deliciosa

A priori, todo hacía pensar que Wonder iba a ser una de esas películas insoportablemente lacrimógenas, un melodrama más propio de una tv movie que de un film de gran presupuesto. No en vano se trata de la típica historia de superación de un niño inadaptado (en este caso a causa de su deformidad) deseando ser tratado como alguien “normal”.
Sin embargo hay algo extraño en la película que hace que funcione de maravilla. Basada en una novela de R.J. Palacio, Wonder cuenta la historia de Auggie, un niño que a causa de una incompatibilidad genética de sus padres nace con múltiples deformaciones físicas. Tras haber sufrido varias operaciones ha logrado tener una vida más o menos saludable, aunque lo que no han conseguido evitar es que tenga un rostro deforme y con feas cicatrices. Hasta ahora, Auggie ha estudiado en casa, ocultando su rostro bajo un casco de astronauta cada vez que salía a la calle, pero ha llegado el momento de enfrentarse al mundo real e iniciar una nueva andadura en un colegio donde sin duda va a ser centro de atención y objetivo de crueles mofas.
Puede que sea mérito de su director, Stephen Chbosky, acostumbrado a relatos marginales ya que escribió y dirigió Las ventajas de ser un marginado aparte de encargarse también del libreto de La Bella y la Bestia. Quizá sea cuestión de resaltar los trabajos de los intérpretes, desde el pequeño Jacob Tremblay, que ya demostró de lo que era capaz en La habitación, o su amigo Noah Jupe (al que veremos en breve como hijo de Matt Damon en Suburbicon), pasando por las estrellas que interpretan a los adultos, solventes Owen Wilson y Julia Roberts, amén del siempre reflexivo Mandy Patinkin. 
O puede que el secreto esté en la forma de concebir la historia, que evita centrarse solo en el pobre chavalín sino que nos ofrece también el punto de vista de la hermana, afectada por los “daños colaterales” que le provoca ser “normal”, convirtiéndola en otra variedad de marginada dentro del núcleo familiar. 
Incluso se permite ciertas subtramas aparentemente alejadas de la historia principal, como todo lo referente a Miranda, amiga de la familia en el pasado y alejada ahora de ellos por motivos diversos. Al final, todos aquellos que orbitan alrededor de Auggie tienen sus propios problemas, haciendo que esta sea casi una película coral sobre la marginación. Un feo rostro no siempre es el motivo de discriminación más evidente, y ese es el trasfondo de la película. Todos tenemos nuestros propios problemas, y algunos, en ocasiones, son tan sencillos de solventar como escuchar a nuestros propios corazones.
Wonder tiene mucha azúcar, tanta que casi está más cerca de ser una comedia que un drama. Pero eso, por una vez, juega más en favor de la película que en su contra, ya que consigue enternecer al espectador tocándole la fibra mientras le dibuja una sonrisa en el rostro.
Wonder es una lección de vida. Y una estupenda película para disfrutar de estas fechas de buenos propósitos y deseos felices.

Valoración: Siete sobre diez.

COCO, Pixar recupera la capacidad de maravillar

Les confieso que había empezado a perder la confianza en Pixar. Desde Del revés sus películas han sido, cuanto menos, mediocres. Tras la decepcionante El viaje de Arlo se han limitado a hacer secuelas de antiguos éxitos, como Buscando a Dory o Cars 3, y los proyectos de futuro, aunque esperanzadores (Los Increíbles 2, Toy Story 4) no dejaba de reflejar un estancamiento en el imaginarium de la compañía preocupante.
Sin embargo, Coco no solo supone un soplo de aire fresco, un oasis en el desierto de la sosería en la que se habían estancado. Pero, más que eso, Coco es posiblemente una de las mejores películas de la compañía, al nivel de los mejores títulos de la saga Toy Story o de la encumbrada Del Revés.
Aunque la base argumental pueda parecer muy sencilla, en el fondo Coco reúne una gran variedad de estilos que la hacen imprescindible. Con la historia de una familia rota a consecuencia del abandono de un padre hace ya décadas por amor a la música y el temor de que la historia se repita en el presente con el pequeño de la casa, un Miguel empeñado en triunfar como cantante igual que su ídolo, Ernesto de la Cruz, como excusa, Coco propone un alucinante viaje entre la vida y la muerte, creando un universo de música y color asombroso. Hay, como base, una clásica moralina según la cual la familia es lo más importante, pero por encima de todo, y con las tradiciones mexicanas como telón de fondo, es todo un canto de amor hacia el arte (la música en concreto, pero extensible a cualquier otra pasión). Se podría intuir que la propuesta (¿cuánto estás dispuesto a perder por perseguir tus sueños?) es similar a la que el personaje de Ryan Gosling se preguntaba en La la land. 
De hecho, Coco es a la música mexicana lo que era La la land al jazz y como aquella funciona a la perfección gracias a la construcción de unos personajes magníficos y con gran personalidad. Hay, además, tiempo para el humor, por supuesto, la parodia e incluso la intriga, hasta el punto de que hay varios giros argumentales que realmente ayudan a que la película mantenga en todo momento un gran interés.
Y todo ello, lógicamente, con una animación prácticamente perfecta. No solo es un desborde visual de gran colorido que ha provocado no pocas comparaciones con El libro de la vida (que ha obligado a sus productores a salir a la palestra para insistir en que la idea de la película es muy anterior al estreno de aquella película producida por Guillermo del Toro), sino que roza también la magnificencia en detalles más intimistas como el propio rostro de los personajes, en especial los más ancianos.
Coco es, en fin, una pequeña obra maestra, una historia deliciosa y emotiva que puede enseñar a los niños el concepto de la muerte mientras se lo pasan en grande con las peripecias de Miguel y su fiel escudero canino, mientras que los adultos no se sentirán decepcionados con una historia nada simplista, un nuevo ejemplo de que se puede hacer cine infantil sin necesidad de caer en la estupidez (que interesante programa doble navideño podría ser Coco y Padington 2), consiguiendo lo que podría considerarse ya un clásico moderno con una banda sonora (tanto los temas musicales de Giacchino como las canciones de Robert Lopez) espectacular y un homenaje a la cultura mexicana hermoso y absolutamente genial.
Coco es una grandísima película, y nadie debería dejar de disfrutar de ella. Es pura magia del cine.

Valoración: Nueve sobre diez.

DOS PADRES POR DESIGUAL, repitiendo la fórmula original

Empezaba el 2016 con el visionado de una comedia que, sin más atractivos aparentes que su reparto (y eso que yo nunca he sido un gran defensor de Will Ferrer) resultó ser una entretenida comedia, eficaz en su planteamiento y suficientemente bien resuelta como para recordarla con agrado.
Casi dos años después de aquella Padres por desigual nos llega su inevitable secuela, estrenada un poco antes por estar ambientada en plenas fiestas navideñas, a la que hay que reconocerle, cuanto menos, que logra estar a la altura de su predecesora.
Dos padres por desigual se sitúa en la línea de las comedias navideñas que parecen escasear últimamente. Por ello no debe extrañarnos que sea una comedia blanca, lo cual es de agradecer de vez en cuando.
La premisa inicial es la misma: el conflicto entre el exmarido y la actual pareja de una mujer que deciden criar a los niños a medias, convirtiéndose así en lo que ellos llaman “copadres”. Pero, como sucediera en la saga de Los padres de ella, la mejor manera de complicar las cosas es añadir a la historia a los abuelos, naturalmente de caracteres contrapuestos.
El gran acierto del film es contar para ello con dos actores de la talla de John Lithgow y Mel Gibson. Ellos son los que hacen brillar una película que, sin ser nada del otro mundo, logra sacar unas cuantas carcajadas y se disfruta sin demasiada dificultad.
Quizá el secreto de la misma es como logra contagiar al espectador el bueno rollo que se intuye en el rodaje. Mel Gibson en concreto se lo debió pasar bomba, y así lo refleja su personajes, un republicano extremo que de burla de todo y de todos en casi cada plano.
Frente a ellos, Will Ferrer y Mark Mahlberg funcionan correctamente como enemigos íntimos orbitando alrededor de Linda Cardellini, con la modelo Alessandra Ambrosio y el luchador John Cena como secundarios de lujo.
Tópicos navideños, amoríos adolescentes, secretos revelados y todo lo que cabría esperar de una secuela como esta, muy edulcorada y previsible pero suficientemente divertida como para merecer ser vista como aperitivo navideño.

Valoración: Seis sobre diez.