viernes, 26 de agosto de 2016

CAZAFANTASMAS: Risas (fantasmales) aseguradas

Lo primero que me llama la atención de este remake del clásico de 1984 es la fría acogida que ha recibido. Sin embargo, la película es perfectamente honesta tanto en su concepción como en su realización y ofrece justamente lo que prometía, recuperar el espíritu de la obra de Ivan Reitman sin enturbiar su recuerdo.
Y es que, seamos realistas, la Cazafantasmas original tampoco es que fuese una gran obra. Era una hija de su tiempo, un producto cien por cien ochentero que la nostalgia ha elevado a título de culto y que visto ahora con objetividad ha envejecido francamente mal. Pero el espíritu, la esencia, permanece intacta en la obra de Paul Feig, no en vano el propio Reiman junto a  Dan Aykroyd figuran como productores.
Paul Feig se mueve como pez en el agua en comedias de acción protagonizadas por mujeres, siendo Melissa McCarthy su actriz fetiche (han trabajado juntos en La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales y Espías), por lo que parecía la opción más lógica para situarse al frente de este proyecto que versiona en femenino al equipo antaño formado por Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis  y Ernie Hudson con los rostros de Kristen Wiig (otra vieja conocida de Feig), Kate McKinnon, Leslie Jones y la mencionada MCCarthy, todas ellas, por cierto, renombradas comediantes curtidas en el Saurday night. Para rizar el rizo, el papel de la secretaria torpe recae ahora en manos de Chris Hemsworth, burlándose del tópico de la chica sexy pero tonta y demostrando que, cuando no está salvando al mundo con las galas de Thor o del Cazador de Blancanieves es capaz de reírse de sí mismo como el que más, acaparando casi los mejores gags de la función.
Cazafantasmas es puro divertimento, dos horas del absurdo más total con fantasmas que sueltan mocos verdes, pistolas de protones, trampas contenedoras y posesiones demoníacas, donde no puede faltar, por supuesto, el tema musical de Ray Parker Jr.
Estamos ante una comedia bastante blanca y familiar, un pasatiempo al que sería un error pedirle más de lo ofrecido, un espectáculo pirotécnico con buenas interpretaciones, interesantes secundarios (por ahí andan también Andy García, Charles Dance o Michael McDonald) o los impagables cameos que no voy a revelar aquí y que hay que ir descubriendo en la pantalla grande. Cazafantasmas no pretende más que divertir a todo tipo de público y doy fe de que lo consigue, ya sea por la química entre sus protagonistas, por la estupidez del personaje de Hemsworth o porque los seres del inframundo, al fin y al cabo, siguen siendo unos cachondos. Sí es cierto que habría encontrado más simpática una secuela que un remake y que ya empiezo a aburrirme de películas cuyo clímax final de compone de un vórtice amenazando con arrasar la ciudad entera (esto no es spoiler, es el setenta por ciento de las pelis de acción actuales), pero todo se puede perdonar cuando lo importante es el humor y aquí el humor funciona tanto o incluso más que en la película original (o por lo menos muy por encima de la secuela de 1989).
Clásica película a la que las críticas más duras han llegado antes de sus primeros visionados y a los que muchos no han perdonado el cambio de género de sus protagonistas, pero que merece una oportunidad llegando incluso a suponer un pequeño oasis en la mediocridad de estrenos palomiteros de los últimos meses. Lástima que la taquilla nos vaya a impedir ver una secuela.

Valoración: Siete sobre diez.

SECUESTRO: absurda ineptitud

Aunque podamos presumir de que últimamente el cine español ha sabido reinventarse y tocar todo tipo de palos genéricos, en la mayoría con acierto, todavía arrastramos la el resurgir que hace unos años padeció el thriller de terror gracias, sobre todo, a títulos como Los otros o El orfanato. Ahora que parece que es el thriller policial el que ha ocupado su lugar en la predominancia de películas de género, Secuestro parece un intento tardío de aprovecharse de esa moda, no dudando en referirse a otros títulos de la productora como El Cuerpo, Los ojos de Julia o la mencionada El Orfanato para publicitarla o recurrir a José coronado para una colaboración breve pero crucial, algo a lo que se está acostumbrando últimamente (Hijo de Caín sería otro buen ejemplo).
Secuestro no es un film de terror como tal, pero pretende conseguir una atmósfera de misterio angustiante y tramposa que va más allá del simple policíaco, como si aspirase a lograr la sordidez de títulos de culto como Seven. Todo comienza con la aparición de Víctor, un niño mudo, en mitad de la carretera y ensangrentado. Víctima de un secuestro, el hecho de que sea hijo de una importante abogada da al caso una relevancia especial que pronto se convertirá en una caza de brujas contra el único sospechoso del caso, un granuja de poca monta acostumbrado a trapicheos menores y con antecedentes penales.
Mar Tarragona debuta aquí como directora, aunque tiene amplia experiencia en el campo por su faceta de productora de alguno de los títulos antes mencionados, y aunque sale airosa en su trabajo carece de un guion lo suficientemente contundente como para que su historia funcione como debe ser. Personajes increíblemente estúpidos, situaciones descabelladas, subtramas desaprovechadas y giros que se ven venir de lejos son demasiado lastre para conseguir que la película funcione, por más que las interpretaciones se esfuercen en salvar la papeleta o, por lo menos, dignificarla.
Y es una lástima, porque uno podría conformarse con que una película de estas características distraiga y mantenga la tensión durante algo más de hora y media, pero hay algunos despropósitos argumentales tan grandes que es imposible desconectar de ellos y disfrutar de la película sin más, lo que echa al traste todo lo bueno que, por el contrario, se pudiese encontrar.

Valoración: Cuatro sobre diez.

CDS: LA INVITACIÓN: con amigos como estos...

Aprovechando el tiempo de ¿descanso? que se supone otorgan las vacaciones estivales, es buen momento de recuperar alguna de esas películas que se escaparon en el momento de su estreno. Y en el caso concreto de La Invitación se trata de una oportunidad perdida doble, ya que fue una de las más comentadas en el pasado Festival de Sitges meses antes de su estreno en salas comerciales.
La Invitación cuenta con un guion de Phil Hay y Matt Manfredi al que dio vida Karyn Kusama, directora que regresa así al mundillo de las pequeñas producciones después de haber probado el cine más comercial con Jennifer’s body o Æon Flux.
Con un reparto bastante coral en el que destacan Logan Marshall-Green, visto en Prometheus, y Michiel Huisman, el Daario Naharis de Juego de Tronos, la película arranca con el clásico encuentro entre viejos amigos a los que las vicisitudes de la vida ha ido distanciando. Algo muy en la línea de Los amigos de Peter o Pequeñas mentiras sin importancia, pero con un trasfondo más oscuro y desasosegador.
Kusama sabe crear la atmósfera desde el primer momento, con la llegada accidentada de Will, el personaje de Marshall-Green, a la casa donde se realiza el encuentro fraternal, para encerrar luego a todos los protagonistas en un lujoso chalet de Los Angeles donde poco a poco iremos descubriendo sus secretos del pasado, aunque a la hora de la verdad todo versa alrededor del pasado común entre Will y Eden y los motivos que los llevaron a separarse.
Intriga que se va cociendo a fuego lento, insinuando un catastrófico final, quizá no demasiado sorprendente pero siempre efectivo, La Invitación es de esas películas donde lo verdaderamente importante no es a dónde te lleva, sino el viaje en sí mismo. Aderezada con un amargo regusto a drama, La Invitación, aparte de ser un ejercicio de suspense y desconciertos, es una reflexión sobre la pérdida y las diferentes maneras de enfrentarse al dolor, resultando desgarradora por su total ausencia de humor.
No resulta un film redondo y se llega a desaprovechar algún personaje o situación que prometían mucha más tensión, pero es, desde luego, un destacable ejercicio narrativo que incomoda con sus silencios y sutilezas creando una atmosfera turbia pero envolvente.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 13 de agosto de 2016

EL HOMBRE PERFECTO: un fraude con complejo de escritor.

Los días de vacaciones son ideales para recuperar alguna de esas películas que se escaparon en el momento del estreno y que gracias a algunos cines que no se conforman con ofrecer simple entretenimiento prefabricado apuestan por alternativas más arriesgadas.
En este sentido, no es que El hombre perfecto se pueda llegar a englobar bajo el estigma de “cine de autor”, pero el simple hecho de ser una producción francesa y que no sea una comedia ya la distingue de cualquier blockbuster veraniego prominente del otro lado del charco.
Dirigida por Yann Gozlan, casi un debutante en esto del cine, y con Pierre Niney como máximo foco de atención (este si es un rostro conocido de la filmografía francesa, siendo la producción española Altamira su último trabajo), la película narra la historia e Mathieu Vasseur, un empleado de una empresas de mudanzas que sueña con ser escritor de novelas, aunque debe resignarse a ver como su único trabajo es rechazado por las editoriales sin mucha compasión. Pero su suerte cambia cuando en un trabajo de limpieza del piso de un anciano fallecido sin familia descubre un diario de guerra y decide convertirlo en novela, transcribiendo sus páginas de manera literal. La obra se convierte en un repentino éxito de crítica y público y Mathieu se convierte en una celebridad, conquistando a la (adinerada)chica de sus sueños y aspirando a conseguir por fin todo aquello con lo que había soñado. Pero el secreto sobre el que se sostiene su éxito no tardará en atormentarlo embarcándolo en una espiral de mentiras y pesadillas que lo empujarán irremediablemente al abismo.
Gozlan, firmante también del guion, pretende realizar una parábola sobre las dificultades del creador, los obstáculos que se presentan en su camino y el pánico, no ya al fracaso, sino al propio éxito. El terrible miedo al folio en blanco se ve perfectamente reflejado en el atormentado Mathieu y el desafío que supone enfrentarse a una segunda obra tras un éxito sin precedentes puede ser una presión tan demoledora como para encaminar al protagonista por el reverso más oscuro de su psique. Sin embargo, todo lo interesante que la situación pueda llegar a ser se vuelve en contra de la propia película por culpa de la construcción de un personaje cuya estupidez es tal que no es posible empatizar en ningún momento con él. Puede que en comedia sea simpático enfrentarse a un antihéroe capaz de tomar siempre la decisión más errónea, pero esto es un drama muy negro, y aquí no tienen cabida ciertas cosas.
El hombre perfecto es la historia de un fraude, pero no es la novela de la que hablan (Arenas negras) el fraude en cuestión, sino el propio Mathieu, un tipo mentiroso, cobarde y sin nada de autoestima que puede llegar incluso a ofender por lo bien que le llegan a ir las cosas. Viéndome yo mismo reflejado en el origen del personajes y sabiendo lo que es ser rechazado por editoriales sin ninguna explicación al respecto, no me cabe en la cabeza que alguien con ansias creativas como se le suponen al protagonista no tenga la necesidad e cambiar una sola coma o palabra del diario que plagia, así como se me antoja imposible que aparte de esa novela rechazada no tenga e un cajón cientos de ideas, proyectos o borradores que le sirvan cuanto menos de punto de partida para su segundo trabajo.
Así, al final resulta que el propio guion de la película resulta ser un fraude también, tanto por el desarrollo de ciertos acontecimientos que no debería relatar aquí como por el detalle de que la propia historia creada por Gozlan no deja de ser una burda copia del libreto de Brian Klugman de la película El ladrón de palabras que Bradley Cooper protagonizó en 2011. 
Aun así, aceptando que no estamos más que ante una representación de lo mismo que se pretende criticar, El hombre perfecto contiene, el menos, brillantes interpretaciones y una dirección firme y directa que la convierten en un eficaz entretenimiento con grandes dosis de intriga que ayudan a que uno olvide las obviedades de un manido guion o la incierta falta de moralidad en la descripción de un descenso a los infiernos que al final no resulta ser para tanto.
Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 8 de agosto de 2016

MASCOTAS: Vuelve la diversión.

Cuando llevábamos un tiempo en que el cine de animación (después de una época dorada) parecía estar de capa caída, sin grandes alegrías más allá de Disney/Pixar (y en ocasiones ni por esas), Illumination Entertainment y Universal nos han dado una agradable sorpresa con esta Mascotas que si bien parece copiar su premisa argumental del clásico Toy Story, cambiando los juguetes de una por los animales domésticos de la otra) lo cierto es que es capaz de crear su propia historia para poder evitar comparaciones imposibles de superar.
No estamos ante una película de gran madurez, de esas que invita a reflexionar a los adultos y que esconde una profunda carga emocional de trasfondo. De eso que se encarguen otros. Mascotas es sincera en su propuesta y busca solo la diversión, una diversión tan acertada que, dentro de su sencillez, es capaz de cautivar a grandes y pequeños.
Una de las grandes bazas de Mascotas es no apostar claramente por un único protagonista, convirtiéndola en una comedia casi coral, donde la amistad/rivalidad entre Duke y Max sirve más como punto de arranque de la narración que como motor principal.
No hay, además, un gran villano pese a lo que pudiera parecer, sino un conjunto de inadaptados que terminan siendo más excusas para que la diversión no decaiga sea donde sea que esté el foco de atención.
Puede que se note alguna carencia en el aspecto técnico, sobretodo en la sencillez de los personajes, mucho más planos que en títulos recientes como Buscando a Dory o Zootrópolis, pero eso se compensa con creces con la belleza colorida y casi mágica con la que se retrata a un hermoso Nueva York. 
La escena inicial con la cámara sobrevolando la ciudad hasta aterrizar en Central Park ya compensa por sí sola el precio de la entrada. 
Y si además tenemos en cuenta la maravillosa banda sonora de Alexandre Desplat, la cosa ya no puede pintar mejor.
Maravillosa y tronchante, triunfadora en taquilla y con una secuela ya anunciada, la última película de Illumination, muy heredera (auto homenaje incluido) de su mayor creación: Los Minions, confirma a su productora como la verdadera alternativa a Disney/Pixar haciendo que nos olvidemos definitivamente de sagas tan caducas ya como la de Ice Age.
Para disfrutar sin más pretensiones.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 5 de agosto de 2016

ESCUADRÓN SUICIDA: Otra decepción más de Warner/DC

Como buen amante del mundillo de los superhéroes y a tenor de lo visto en los trailers (además de que el cine de David Ayer siempre me ha parecido muy interesante, incluyendo la injustamente defenestrada Sabotage) le tenía muchas ganas a esta película, por más que apenas conozco a sus protagonistas, más allá, evidentemente, del Jocker y (muy de pasada) de Harley Quinn. Al menos tenía pinta de ofrecer algo totalmente diferente, mucho más gamberra y poco convencional. No esperaba a Deadpool, pero casi.
Por otro lado, no hay ningún motivo para confiar en lo que están haciendo en Warner/Dc en cines últimamente. Desde El Caballero Oscuro no levantan cabeza y cada película parece más torpe que la anterior (precisamente estos días he aprovechado para recuperar Batman V. Superman en su versión Ultimate, y aunque mejora un pelín –al menos dignifica algo, aunque tampoco mucho, a Clark Kent/Superman- tampoco basta para salvar al film del desastre). Solo quedaba la duda de si se debía culpar de ello a sus creadores (Nolan siempre pareció más interesado en hacer un thriller policíaco que un film de Batman y en El regreso del Caballero Oscuro se le fue la mano en todos los sentidos) o de los directivos. A ellos se les achaca el desastre de Batman V. Superman, por más que los palos iniciales cayesen sobre Snyder.
En espera a una Liga de la Justicia que debería seguir los pasos de ese dúo oscuro y depresivo, Escuadrón Suicida prometía ser un oasis en el desierto, una película capaz de ir a su bola, lejos de las influencias de Zack Snyder y del también denostado David S. Goyer, dejando las riendas en manos de un artesano con suficiente personalidad propia como para hacer SU propia película. Pero esos rumores de montajes alternativos impuestos desde arriba (se dice que incluso se llegó a engañar a Ayer para que diese el visto bueno) así como el aumento a posteriori del protagonismo de Batman tras ser de lo poco que gustó del film anterior (que al final no es para tanto) no hacían presagiar nada bueno.
Y con total falta de hype pero a tope de ilusión y esperanza me he enfrentado a este nuevo capítulo de la saga que pretende contarnos, muy a trompicones, la creación del Universo DC.
¿Y qué es lo que me he encontrado? Pues, lamentándolo mucho, un despropósito total. No puedo decir que esta película sea peor que Batman V. Superman, pero no le anda a la zaga.
De entrada, ambos comparten el mismo problema: tienen las bases para ser una gran película y lo echan todo a perder con un guion ridículo. Ya desde la misma escena de presentación de personajes uno intuye que la cosa no va bien encaminada. No hay una coherencia narrativa (aún no sé si esto es un drama, una comedia, una peli de superhéroes, una epopeya bélica o una de terror), el montaje es confuso y precipitado y los personajes, por más que se les quiera dotar de un trasfondo dramático, son meras caricaturas. Ni siquiera los efectos especiales salvan la papeleta, con un Killer Croc grotesco, un Diablo que en su confrontación final con el villano de opereta me recordaba a los peores momentos de El Motorista Fantasma y una amenaza (otra vez el mundo en peligro por la abertura de portales interdimensionales, o místicos, o qué se yo…) final que parecía sacada de Cazafantasmas.
Esta es la primera película de supergrupo de DC y es evidente que ha fracasado por completo, aunque su escena postcréditos (sí, tiene escena postcréditos, para que luego digan…) deje clara la posible conexión con La Liga de la Justicia.
No obstante, no deja de ser una película de superhéroes, y eso significa mamporros, acción y espectacularidad, y eso siempre mola pero, ¿mola lo suficiente? No cuando todo es tan confuso y se abusa tanto del Deus ex machina. Había momentos en los que no me enteraba de nada, no porque no entendiese lo que pasaba, sino porque no entendía porqué pasaba, en un completo homenaje al absurdo y el sinsentido, personificado todo ello en el papel de Viola Davis. Tanto es así que hubo momentos en los que me sentí como cuando vi Los Cuatro Fantásticos de Josh Trank.
Y aun así, acepto darle un aprobado raspado. Y eso se debe, además de a una interesante banda sonora, a la presencia de un impresionante reparto (aunque con alguna estrella totalmente desapercibida, como Adewale Akinnuoye-Agbaje bajo capas y capas de maquillaje o Scott Eastwood, que ni recordaba que salía hasta leer los créditos finales). Pero la presencia de nombres como Jai Courtney, Joel Kinnaman o Clara Devigne dan cierta enjundia al producto, mientras que Will Smith y Margot Robbie es de otro nivel. Pese al deje atormentado que pretenden dar a Deadshot, Smith vuelve a recordar al magnifico actor de comedia de sus comienzos y la empatía entre su personaje y el de Harley Quinn logra salvar la película. Y es que si en mi comentario de La leyenda de Tarzán ya advertía que la Robbie era de lo mejor del film y prometía más o menos lo mismo para esta ocasión, lo cierto es que la rubia descubierta en El lobo de Wall Street está colosal. Su personaje por sí solo justifica el visionado de la película, con un humor delirante e histriónico que logra resumir a la perfección la esencia del personaje. ¡Y qué bien le sientan esos shorts tan cortos!
Lo de Jared Leto como Jocker es otro tema. No sé si es culpa del doblaje en español o del director, pero se me antoja otro despropósito casi tan grande como el Luthor de Eisenberg.
En fin, nueva oportunidad desperdiciada de Warner y su universo comiquero. Muchas eran las esperanzas puestas en este título y nueva desilusión que hace que ya poco me pueda esperar del próximo, turno de Wonder Woman. Copiar el estilo Marvel e momento no les está funcionando. Veremos lo que les depara el futuro. Ahora será tiempo de ver si la taquilla está en consonancia a las críticas y si este segundo varapalo trae nuevas consecuencias. Lo que parece claro es que Ayer solito no puede ser responsable del fiasco y algo tendrán que decir los directivos que anteponen sus opiniones económicas a las creativas. Esto es un negocio, sí, pero a este paso pronto van a dejar de ganar dinero.

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 3 de agosto de 2016

MALAS MADRES: una nueva muestra del gamberrismo más mojigato.

Malas Madres es la nueva película del dúo formado por Jon Lucas y Scott Moore, que debutaron con la insuficiente Noche de marcha pero que serán siempre recordador por haber escrito aquella gamberrada tan aplaudida que fue Resacón en Las Vegas, aunque en honor a la verdad no han vuelto a hacer nada memorable desde entonces.
Muy por debajo de la película que consagró a Bradley Cooper, Malas Madres sigue la estela de la clásica comedia americana llena de gamberradas y chistes de mal gusto pero que, en el fondo, esconde un mensaje edulcorado y bienintencionado. Esa falta de mensaje es lo que distinguía a Resacón en Las Vegas, que junto a una narrativa bastante original prometía diversión y solo diversión (sí, podía verse oculto un canto a la amistad pero…). En ese sentido, Malas Madres se encuentra en el lado opuesto, y por mucho que su punto de partida (tres madres que renuncian al compromiso de actuar con la impecable responsabilidad que se les supone) promueva la libertad y la felicidad que puede conseguirse con solo dar un portazo en las narices a los maridos y los hijos, la conclusión final es justo lo contrario, y junto al tufillo exageradamente feminista que desprende el film la conclusión final es que la maternidad es lo más bonito del mundo, que no hay nada como los hijos y que cualquier sacrificio es poco. Y que no existen, en realidad, las malas madres. Solo las malas expectativas.
Desconozco que le está pasando a la comedia actual que, pese a regar sus guiones con chistes obscenos y escatológicos, terminan resultando más moralistas que un telefilm de Disney (recuerden el reciente caso de Hermanísimas), como si la mala baba que se gastaban los Reitman, Landis y compañía y que solo lograron rozar en sus primeros films Judd Apatow o los hermanos Farrelly se hubiese agotado ya. O quizá es producto de una nueva corriente de puritanismo y conservadorismo en la sociedad americana. El caso es que lo que se promete como una gamberrada rompedora y desafiante termina siendo una comedia blandita y moralizadora, casi panfletaria. Y si no, atentos a las escenas que acompañan a los títulos de crédito finales.
Con todo, la peli cuenta con un reparto femenino bastante apañado, encabezado por una Mila Kunis que después de su descalabro con El destino de Júpiter ha demostrado sentirse más cómoda en la comedia que en cualquier otro campo. A su lado están nombres como Kathlyn Hahn, Kristen Bell, Christina Applegate o Annie Mumolo, todas unas expertas en estos inventos. La guerra de sexos habitual ha sido sustituida aquí por una guerra de lobas (también con final feliz, no vaya a ser que alguien se nos ofenda), y el desmadre viene de la mano de tres improbables amigas que amenazan con romper (por poco tiempo) con las reglas de la sociedad.
La película es divertida, no lo voy a negar, y los personajes logran que empatices con ellos, mostrando un variado repertorio de filias y fobias (algunos rozando el tópico más clasicista), pero ese regusto a mensaje buenrollero impide disfrutar del todo del show, casi como si a uno le obligaran a quedarse a barrer y limpiar después de la fiesta.
La vida se ha edulcorado, y aunque aquí encontremos malas madres, malos hijos, malas esposas, malos maridos y malos profesores, la irreductible unión fraternal entre las bunas amigas (¿qué importa que nos acabemos de conocer?, que diría Sabina) podrá con todo.
Comedia de carcajadas contadas y sonrisa estable, algo más simpática que la media habitual pero muy poca cosa para ser obra de quien es. Y es que la sombra del Resacón es alargada…

Valoración: Seis sobre diez.

LA MINA: cine de terror indie a medio camino de todo

Dirigida por Miguel Ángel Jiménez, La Mina es una de esas curiosas películas que aparecen de la nada y logran escapar de la invisibilidad por encima de otras producciones a priori más llamativas y con alguna estrella en su reparto.
No hay ningún rostro reconocible en esta producción íntegramente española aunque filmada en inglés con actores foráneos y que pese a acontecen en un pueblecito de la América profunda ha sido filmada en gran parte en Asturias y País Vasco (algo lógico si se trata de minas).
De una modestia tal que recuerda un poco a las producciones casi de serie B de Blumhouse, La Mina narra la historia de Jack, un hombre que acaba de salir de prisión y regresa a su hogar, donde le aguardan (que no esperan) su hermano, su mujer y su hijo. Deseoso de rehacer su vida y tener una segunda oportunidad con su matrimonio acepta el trabajo de vigilante nocturno de una mina abandonada, una mina que, como su propio pasado familiar, esconde muchos secretos.
La trama, así como la escena inicial, ya invitan a pensar que estamos ante una propuesta de terror psicológicos, donde lo que no se ve va a ser más aterrador que lo que se muestra en pantalla. 
Tenemos también el suficiente interés personal como para adivinar que se trata de una película de personajes capaz de profundizar en ellos más allá de presentarnos a una serie de sujetos predispuestos a ser machacados por el psicópata de turno. 
Lo malo es que Jiménez no es capaz de aunar correctamente ambas vertientes, creando un híbrido que abandona durante demasiados minutos del metraje su faceta aterradora mientras que la parte correspondiente al drama familiar resulta previsible  y algo cansina. Jiménez quiere cocer su historia a fuego lento, pero se pasa de pausado y, cuando al fin arranca la acción, es ya demasiado tarde. 
Un breve y precipitado festival gore (donde se encuentran las principales carencias de Jiménez como realizador) no es suficiente para reactivar una película con momentos interesantes e intérpretes correctos (el protagonista es Matt Horan, cantante del grupo Dead Bronco que debuta en la interpretación) pero que no alcanza a emocionar (ni aterrorizar) lo suficiente y que corre el peligro de que, de querer analizarla en profundidad, tenga demasiados vacíos en su guion, dejando demasiadas preguntas sin responder.
Una propuesta prometedora, no lo niego, pero demasiado irregular como para llegar a convencer. Un cuento de terror a medio camino de todo.

Valoración: Cuatro sobre diez.

martes, 2 de agosto de 2016

ZIPI Y ZAPE Y LA ISLA DEL CAPITÁN: Inferior pero aceptable.

En pleno auge de las adaptaciones comiqueras al cine resultaba extraño que en España no se apostara por un género que sobre el papel había dado grandes clásicos, siendo Mortadelo y Filemón las únicas incursiones en materia (a la espera de la eternamente prometida SuperLópez). Pero eso cambió el año pasado con los estrenos de Anacleto,agente secreto y, sobre todo, Zipi yZape y el club de la canica.
Con las aventuras de Los Cinco, de Enid Blyton como principal referente literario, y las películas juveniles de aventuras, con Los Goonies de Richard Donner como principal muestra, la película de Oskar Santos no guardaba una fidelidad demasiado exhaustiva con respecto a los personajes de papel creados por Escobar, lo cual terminó siendo una suerte, ya que de lo contrario podría haber terminado cayendo en el ridículo.
Siguiendo la estela de la acertada aventura juvenil, el propio Santos ha vuelto a hacerse cargo de Zipi y Zape y la Isla del Capitán, una secuela que, aun siendo muy fiel a la original, ha sabido evolucionar lo suficiente para no limitarse a repetir esquemas y aportar un capítulo nuevo en las andanzas de los gemelos más famosos del tebeo. 
Sorteando sin problemas la necesidad de cambiar a los actores protagonistas (cuyas edades actuales no serían acordes a los personajes), Santos ha optado esta vez por inspirarse en la literatura más universal y acoger, como si de la Liga de los hombres extraordinarios de Alan Moore se tratase, influencias tan variopintas como el Capitán Nemo de 20.000 leguas de viaje submarino, el Hombre Invisible, Peter Pan y el Capitán Garfio, el doctor Jeckyn y Mr. Hyde o el mismísimo Sherlock Holmes.
Una cosa parece segura, y es que Santos ha querido hacer una película mucho más grande y ambiciosa que su predecesora, con más humor, más aventura y más efectos visuales. Y ese avance evolutivo en la historia sería de agradecer si no fuese porque, por el contrario, lo que no ha evolucionado ha sido el presupuesto. Así, las ambiciones de Santos se contraponen con sus limitaciones, lo cual termina por evidenciarse en pantalla (la aparición del gorila, personalmente, me saca mucho de la historia).
Con todo, no se le puede negar a la película el deseo de contagiar al público por el amor al cine de aventuras de hace unos años, terminando por ser un estupendo entretenimiento infantil y juvenil perfectamente llevadero para los adultos y donde, como en la anterior ocasión, lo mejor de la función reside en el papel del villano, en esta ocasión con el rostro de Elena Anaya, que lo borda como la empalagosa aunque histriónica dueña de una especie de orfanato afincado en una misteriosa isla donde irán a recaer los dos hermanos.
Cine familiar del bueno, algo por debajo de El club de la canica, pero igualmente recomendable.

Valoración: Cinco sobre diez.

JASON BOURNE: Previsiblemente decepcionante.

Cuando se tiene en tus manos a la gallina de los huevos de oro hay que seguir exprimiéndola hasta acabar con ella. Esa es una máxima que en Hollywood se sigue al pie de la letra y el caso del espía más desmemoriado de la historia no iba a ser una excepción.
Tras una trilogía que rallaba a gran nivel casi se cargan a la susodicha gallina cuando, para mantener el tirón, hicieron un cambio de cromos en el papel protagonista y Jeremy Renner interpretó a una versión paralela de Bourne en El legado de Bourne que no pareció convencer a nadie y que, vista en la distancia, no estaba mal del todo.
Pero la gallina seguía viva. Agonizante, pero viva. Y se ha decidido traer de vuelta al Bourne original, ese Matt Dammon metido en labores de productor e imponiendo directores, en una cuarta (o quinta, ya no lo tengo muy claro) entrega que, siguiendo la estela de Rocky Balboa o John Rambo, demuestra su falta de ideas desde su mismo título, simplemente el nombre del protagonista: Jason Bourne.
Tras crear un laberinto con sus recuerdos en la trilogía original, basada por cierto en las novelas de Robert Ludlum, esta vez ya no parecía quedar secretos sobre el pasado del personaje, por lo que la historia debía ir por otros derroteros. Pero Paul Greengrass (que además de director se ha enchufado también en tareas de guion) y Christopher Rouse no se han molestado en arriesgar lo más mínimo y, ya sin la obra de Ludlum como referencia, han tirado por el mismo camino, desluciendo el final de El ultimátum de Bourne, y rebuscando más secretos en el pasado del pobre agente secreto.
La saga Bourne, aun con sus dosis de intriga y acción, siempre se ha caracterizado por mostrar la cara más seria y torturada del agente secreto, dotando a sus films de una verosimilitud que ni tenía ni buscaba la saga Bond, por poner un ejemplo similar. Sin embargo, en esta ocasión, pese a la cámara nerviosa y el abuso de los primeros planos tan característicos de Greengrass, nada es creíble en este sinfín de piruetas de destrucción, tiroteos y persecuciones que transforman a Bourne, aún con su alma taciturna, en un superhéroe del montón.
Jason Bourne no es divertida porque la saga nunca ha pretendido serlo, pero lo necesita para poder aceptar la transformación a la que ha sido sometida, un lavado de cara fallido y que solo se sustenta porque, aun con lo alargadas que son la mayoría de sus secuencias, no llega a aburrir, y porque el lujo de contar con Tommy Lee Jones, Alicia Vikander o Vicent Cassel acompañando a Matt Dammon en sus peripecias compensan incluso la espantosa dirección de Greengrass, que no estaría en esta silla si no fuese por su amistad con la estrella o la fama de documentalista (¿acaso había algo más que eso en la soporífera Capitán Philips?) y que encima amenaza con insistir (¿no le ofrecen más trabajos?) en una nueva entrega.
Torpe y excesiva, Jason Bourne no pasa de entretenimiento veraniego, trascendental y olvidable, que empaña el recuerdo de las películas anteriores y hace buena a El legado de Bourne. Ya puestos a retorcer a la gallina, al menos se podría reactivar aquel proyecto de juntar a los personajes de Dammon con el de Renner. Al menos tendría su chicha…

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 27 de julio de 2016

AHORA ME VES 2: Película de magos carente de magia.

Ahora me ves fue uno de esos éxitos que nadie se esperaba, recaudando más de trescientos cincuenta millones sobre un presupuesto de setenta y cinco y convirtiéndose en una de las sorpresas de 2013.
Amén de un reparto bastante lujoso y de un director muy competente, el film parecía rescatar de forma tardía la moda por el cine relacionado con la magia que arrasó en el 2006 con títulos como El truco final, El ilusionista, Scoop o El último gran mago (esta última ya del 2007), pero mezclándolo con un estilo dinámico que recordaba también a títulos corales como Ocean’s Eleven y sus secuelas.
Parecía lógico (incluso de alguna manera anunciado al final de la propia película) que tarde o temprano llegase a las carteleras una segunda entrega (ya está anunciada la tercera), donde se prometía más de lo mismo pero mejor y más grande. Con un cambio de cromos en la silla del director y en el protagonismo femenino, la película aspiraba a superar el listón de su precedente ampliando más aún el reparto e incorporando, quizá a modo de moda privada, al intérprete del mago más importante del cine: Harry Potter.
Así pues, con Daniel Radcliffe en el equipo, la película busca esa grandeza que se exige a toda secuela apostando también por un toque más humorístico. Para ello se centra en dos personajes nuevos, un acierto y un error tremendo. Mientras la sustitución de Isla Fisher en manos de Lizzy Caplan aporta un toque de frescura y socarronería, la interpretación doble de Woody Harrelson como hermano gemelo bufonesco del personaje de Merrit no funciona para nada, convirtiendo el elemento cómico en una broma grotesca que lastra el ritmo narrativo.
Tampoco la sustitución del espectacular Louis Letterrier por Jon M. Chu es beneficiosa, haciendo que se eche de menos el dinamismo y las acrobacias de cámara del film de 2006.
Pero el gran vacío de Ahora me ves 2 hay que buscarlo en su historia, una historia tramposa y artificial que buscando más acción y diversidad se aleja de los casinos y los espectáculos cerrados para aspirar a mucho más de lo puede abarcar y saturando al espectador con mucho ruido sin sentido.
Cabe recordar que una de las cosas que más pueden atraer de un espectáculo de magia es el no descubrir el truco que oculta, pero no estamos ahora, recordemos, ante un espectáculo de magia, sino ante uno de cine. Una cosa es ver desaparecer a David Copperfield (co-productor de la película, por cierto) en vivo y en directo y otra muy diferente que lo haga alguien en pantalla y no expliquen en ningún momento como lo ha hecho. No vale con decir que son luces estroboscópicas y ya está.
Todo el casting original ha crecido en caché con respecto a 2013, lo cual se agradece pues son las interpretaciones y la aparición de tanto rostro conocido lo que más disfrutable hace la película, pero eso no parece suficiente para tomar en serio un film que sigue siendo distraído y que funciona en momentos puntuales pero que contiene una historia demasiado deshilachada y una puesta en escena torpe y algo repetitiva que hace que, como sucedía con La leyenda de Tarzán, resulte decepcionante. Ahora me ves prometía ser una saga potente y sus personajes podían dar mucho juego. De momento, no lo están dando. Ya veremos qué pasa (si se confirma finalmente, la taquilla no está siendo muy halagüeña)  en esa tercera parte de los magos de El Ojo.

Valoración: Cinco sobre diez.