sábado, 1 de noviembre de 2014

[REC]4: APOCALIPSIS. (7d10)

Cuando hace unos años Jaume Balagueró y Paco Plaza rodaron juntos la película de cámara en mano [REC] poco iban a imaginar que estaban a punto de inaugurar una de las sagas más prolíficas del cine español, con distribución casi mundial, un remake americano y tres (por el momento) exitosas secuelas.
Consiguiendo hacer el género de found footage creíble y rítmico, el Dúo Dinámico cometieron el error de repetirse en la secuela, quizá más presionados por los productores que por sus propias ganas de repetir esquemas. Así, [REC]2 era más de lo mismo, perdiendo en frescura y originalidad, sólo que aportando nuevos datos a la historia, como que los infectados que nos aterrorizaron en la primera película no eran zombies como tal, sino más bien poseídos.
Así las cosas, la pareja decidió seguir caminos separados para poder dar lo mejor de sí mismos en las sucesivas entregas, siguiendo un poco (salvando las distancias, claro está) el esquema de la saga Alien y variando de género en cada nuevo film, de manera que [REC]3: Génesis es básicamente una genial comedia de terror mientras que la que nos ocupa contiene más acción que otra cosa.
De esta manera, Jaume Balagueró se propone poner el punto y final (aunque muchos de sus seguidores esperamos que se lo piensen mejor y hayan más películas) a la historia de Ángela (recuperada de forma coherente –si aceptamos el término coherencia en una peli de zombies- tras su ausencia en el film de Plaza) ofreciendo algún dato nuevo (aunque menos de los prometidos, eso hay que reconocerlo) al origen de todo ese mal y avanzando hacia delante olvidándose de nuevo del concepto cámara en mano aunque sin perder la identidad que definía la saga (y el título) con múltiples referencias.
De hecho, lo que más prueba la intención de cerrar definitivamente la saga son los constantes guiños y homenajes a las películas anteriores, recuperando imágenes y hasta una invitada de la boda de [REC]3: Génesis, la que parecía la más alejada del espíritu original.
 La acción arranca casi a continuación del final de [REC]2 (que a su vez transcurre en paralelo a [REC]3: Génesis) mostrándonos el rescate de Ángela para saltar casi de inmediato a una especie de carguero/laboratorio donde la periodista, los dos policías involucrados en su rescate y la superviviente de la boda de Clara y Koldo están sometidos a una especie de cuarentena. 
O eso les hacen creer al principio, pues su objetivo allí es ser sometidos a diversas pruebas para conseguir una cura para el virus mortal en previsión de un posible tercer brote. La clave de todo puede recaer en encontrar a la cepa madre, la que infecto hace años a la niña Medeiros, la cual podría ser que se encontrase con ellos en el barco…
La película, como no podría ser de otra manera, está plagada de zombies. Hay sangre y algo de gore. Sustos, gritos y muertes a cascoporro. Pero mientras la primera y segunda parte de la saga apostaba por el terror más primitivo en esta ocasión la acción predomina por encima de todo, con persecuciones, tiroteos y alguna que otra explosión. [REC]4: Apocalipsis contiene de lo mejor y lo peor de Balagueró, pues mientras que algunas de las escenas caen demasiado en el tópico (por ejemplo la poco emocionante por previsible escena de Ángela en el agua) y los momentos de lucha y forcejeos están filmados de una manera demasiado frenética, con una cámara exageradamente nerviosa que por intencionada no vamos a aprobarla, mientras que otros momentos son realmente épicos (con mucha ayuda de Arnau Bataller, autor de la vibrante banda sonora) y se agradecen los sorprendentes giros de guion, que ofrecen al espectador algo más que una lucha por la supervivencia lineal y rutinaria.
Con una atmosfera sucia y claustrofóbica que recuerda mucho al Alien de Ridley Scott y que evoca también a aquellos pasillos estrechos y angustiosos del antiguo edificio de pisos, Balagueró juega constantemente con las imágenes captadas por las diversas cámaras repartidas por el barco, consiguiendo así mantener el sentido al título de la saga (recuerden que en [REC]3: Génesis se empezaba también cámara en mano para cambiar bruscamente el punto de vista con chiste incluido, y manteniendo intacta la esencia de la serie, con chistes privados como devolver a Ángela a un lugar oscuro por el que se mueve igual que en el clímax de la primera película o la frase de uno de los policías, con un motor de lancha a modo de arma (“que empiece la fiesta”) homenajeando a Leticia Dolera armada con una motosierra.
Con sus fallos y aciertos, [REC]4: Apocalipsis es un digno final a una saga épica, un divertimento puro y duro, con más carga de adrenalina y algo menos de terror, con ligeras pinceladas de humor y aspiraciones épicas.
Desde luego, no contentará a todos y habrá hasta quien ponga el grito en el cielo pero yo, personalmente, estoy encantado de haberme visto las caras de nuevo con Ángela (cuyo personaje evoluciona mejor de lo que lo hace la esforzada pero limitada Manuela Velazco como actriz) y ya la estoy echando de menos. Siguiendo la línea de subtítulos de Resident Evil, ¿qué tal una posible [REC]5: Extinción? Por soñar que no quede…

ANNABELLE (3d10)

Desde hace ya unos años James Wan se ha coronado como cabeza visible de la nueva ola de cine de terror que, gracias habitualmente a unos presupuestos ínfimos, triunfan en las taquillas de todo el mundo, aterrado a adolescentes de toda una generación como los Carpenter, Craven, Dante y compañía hiciera con sus padres, por más que la crítica especializada pueda no estar demasiado de acuerdo.
Guste más o menos su cine, lo cierto es que Wan ha logrado revitalizar un género agónico gracias a la moda insoportable del found footage representado por las Paranormal Activity y sucedáneos, recuperando un estilo visual y narrativo tradicional y, exceptuando su debut con Saw, reciclando historias clásicas de fantasmas y casas encantadas como se vio en Insidious y Expediente Warren.
Fue precisamente en la tópica pero efectiva Expediente Warren donde hacía acto de presencia una inquietante muñeca de porcelana de aspecto macabro y con una presunta historia detrás de la que sólo se nos mostraba un esbozo en forma de flashback.
Como fuera que el invento gustó, y mucho, no era arriesgado suponer que la bicha de barras tendría su propia película, a modo spin-off de la saga de los Warren. El problema principal es que el asunto se ha planteado más como una manera de exprimir la teta y sacar todo el jugo posible sin preocuparse mucho por los resultados (dinero va a dar, así que ¿para que esforzarse en hacerlo bien?) y no se cuenta para esta precuela con ninguno de los actores iniciales así como tampoco con la presencia del propio Wan, que se limita a poner el nombre y la cartera.
Annabelle no ofrece nada nuevo bajo el sol. Se trata de la clásica historia de un elemento maldito que entra a formar parte de una pareja joven en espera de su primer retoño y que sirve como puerta de acceso al mal en estado puro.
Con algún que otro acierto narrativo pero demasiado influenciada por títulos como La semilla del diablo, Annabelle no da nada más de lo mínimamente esperado, resultando demasiado previsible y tediosa como para merecer entrar en el Olimpo del cine terror. Con sustos escasos y más provocados por los inevitables golpes de efectos musicales que otra cosa, la historia transcurre con demasiada parsimonia, más cercana en ocasiones al drama que al terror y sin invitar a empatizar demasiado con ningún personaje.
Annabelle se deja ver sin muchos problemas, decepcionando sólo a aquellos que puedan esperar algo grande de ella, siendo lastrada sobre todo por el conocimiento previo su final (no es ningún spoiler decir que la muñeca no va a ser destruida: tarde o temprano deberá acabar la vitrina de los Warren).
No es, desde luego, una basura total como podrán ser algunos títulos recientes del género (El heredero del Diablo, sin ir más lejos, también con embarazos de por medio), pero para acudir a verla a una sala de cine hay que ir muy mentalizado de que ofrece, poco, demasiado poco, y solo puede convencer a los más adeptos.
Dinero fácil para sus productores con poco esfuerzo. ¿Alguien esperaba más?

CAMINANDO ENTRE LAS TUMBAS (5d10)

Dos son las cosas que fallan de antemano en esta entretenida pero poco más película de acción con mayor dosis de intriga que otra cosa: el título y el protagonista.
Y es que un título como Caminando entre las tumbas (muy acorde con la carátula) y Liam Neeson en el papel protagonista invita a pensar que estamos ante un film trepidante, al estilo de las de la saga Venganza, donde –como se dice coloquialmente- Neeson reparta hostias como panes.
Pero no, tras un principio prometedor pero que revela a un personaje exageradamente arquetípico (el héroe atormentado por un error de su pasado que se refugia en el alcohol) y presentarnos que el tema va de unos tipos que se dedican a secuestrar mujeres con oscuros fines, la trama deriva más hacia el género detectivesco que hacia la acción pura y dura, resultando interesante pero pelín aburrida hasta llegar a un final donde el ritmo crece pero demasiado tarde para arreglar el desaguisado.
Se podría decir que Scott Frank, guionista de larga trayectoria pero que debuta aquí como director de largometrajes, sueña a ser como un niño que de mayor quiere ser David Fincher, pero claro, ni él dirige con la maestría del realizador de La red social ni su trabajo tiene nada que ver con excelentes títulos como Zodiac, la versión americana de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres o la reciente (y de fácil y odiosa comparación) Perdida.
Frank se basa para su libreto en una novela de Lawrence Block, pero algo falla en la traslación, pues la historia se me antoja demasiado lineal, demasiado falta de giros de guion que desorienten al espectador (hay que insistir en este punto que el eje central del film es una investigación) y con muchos personajes, como el de los villanos, sin ir más lejos, bastante mal dibujados, hasta el punto que algunas de sus motivaciones o incluso decisiones, no llegan a comprenderse bien.
En ciertos momentos, casi se diría que el director parece más interesado en la relación del protagonista, Matt Scudder, con el alcohol que en el rescate de la persona secuestrada (de hecho, el secuestro que mueve el film definitivamente se produce ya superado el ecuador y concluye de manera bastante anticlimática). Pero tampoco se queda uno con la sensación de que la redención sea el tema clave que propone el film.
Como caminando entre dos aguas, y naufragando en ambas, Caminando entre las tumbas no se decide sobre lo que pretende ser, y eso termina por descolocar e incluso aburrir al espectador, que debe conformarse con aceptar a Neeson poniendo los gestos de siempre y esperar a que en algún momento explote la acción.
Sinceramente, muy flojita y decepcionante, casi incluso me atrevería a asegurar que fácilmente olvidable. Liam Neeson sigue empeñado en ser, a su edad, un héroe de acción. Pero aquí se ha equivocado.

martes, 28 de octubre de 2014

MAGICAL GIRL (9d10)

Extraña e inquietante esta apuesta patria que parte de tres personajes complejos y muy diferentes entre sí cuyas vidas se terminan cruzando irremediablemente de forma fatídica.
Bárbara es una joven de turbio pasado casada con un adinerado y posesivo psicólogo que la trata de sus muchos traumas. Luis es un profesor en paro que mantiene sólo a Alicia, su hija de doce años enferma de leucemia. Damián es un hombre mayor, también antiguo docente, que acaba de cumplir condena en la cárcel. A partir de estos tres personajes Carlos Vermut constituye una trama magnética que desconcierta e intriga por igual, saltando ligeramente es el tiempo para ayudar a entrelazar mejor las historias hasta dar un sentido de coherencia brillante y adictivo. Partiendo de la sencilla premisa de una niña terminal que desea más que nada un vestido de un personaje manga llamado Magical Girl Yukiko, la película supone un paseo por el lado oscuro del ser humano, un confrontamiento entre deseo y razón que se visualiza metafóricamente entre el colorido y la musicalidad del mundo del manga y la sucia sencillez de los bares de extrarradio.
Con una pizquita del enmarañado salto temporal de Pulp Fiction y los afluentes narrativos de Vidas Cruzadas, Magical Girl es un amalgama de sentimientos, todos ellos inicialmente bondadosos, todos ellos definitivamente truculentos, que provocarán, tras un camino de sensaciones agradables, algo de humor negro y alguna carcajada totalmente inesperada, a una dureza perturbadora, adentrándonos en mundos oscuros que no desearíamos pisar pero de los que no podemos (ni queremos) escapar.
Con una inspiración originaria del cine coreano, tal y como reconoce el propio director, Magical Girl posee unos personajes con pasados oscuros que nunca llegaremos más que a intuir. Y ese es uno de los secretos del film, que en ocasiones lo que no se muestra logra interesar tanto o más que lo que se enseña. Fácil lo había tenido Vermut para realizar una película claramente retorcida y macabra con sólo enseñarnos que sucede dentro de la habitación del lagarto negro o con un flashback revelándonos qué llevó a prisión a Damián años atrás, pero dejar esos espacios en blanco (en negro sería más apropiado) para que los rellenemos nosotros mismos con nuestra propia imaginación es mucha más sutil y, a la vez, malévolo, haciéndonos sentir incluso sucios ante las perversidades que se nos pueden sugerir.
Elegantemente filmada y con un gran trabajo actoral, destacando la mirada tierna de la niña Lucía Pollán o la seductora derrota que refleja Bárbara Lennie, y sin dejar jamás de lado al siempre prodigioso José Sacristán, Magical Girl es una película de miradas y silencios, de sonidos y músicas, de efectos que apuntan directamente al corazón y desazonan el espíritu.
Inquietante, descorazonadora, triste, perturbadora… definitivamente genial, un sentimiento de vacío nos invade al permanecer pegados al asiento durante los títulos de crédito, mientras que el recuerdo del puzle (tanto literal como metafórico) de la pieza se nos quedará grabado en la memoria durante días, ganando, como el buen vino, con el paso del tiempo al dejarla madurar en nuestra mente.

RELATOS SALVAJES (8d10)

Resulta curioso (y probablemente errático por mi parte) que después de la paliza de películas que me pegué en Sitges, maratón de películas de «fragmentos» incluida, la mejor película de estas características cayese de mi lista, siendo recuperada ahora gracias a su estreno en cines.
Con producción española y avalada por los hermanos Almodóvar en persona, esta película argentina que recopila una serie de retratos de violencia todas ellas firmadas por Damián Szifrón, que recuerdan poderosamente aquella clásica y siniestra serie televisiva Alfred Hitchcock presenta. Con un reparto que recopila lo mejor del talento argentino, Relatos Salvajes en brutalmente divertida, con un macabro humor negro tan destructor como insano siendo su mejor virtud la cotidianeidad de sus situaciones. Pese a la violencia desmedida con la que concluye cada historia, cualquier espectador ha vivido alguna de las situaciones propuestas, permitiendo así una identificación perfecta con los protagonistas.
Naturalmente, conformar la película con historias tan parejas provoca que el ritmo pueda ser algo desigual, facilitando que cada espectador tenga su relato favorito y provocando así que el ritmo pueda llegar a resentirse, dependiendo que el fragmento con el que más se disfrute sea de los iniciales o hacia el final. Y más teniendo en cuenta la divertida y brutal primera historia, breve y concisa, que sirve en realidad como prólogo de lo que ha de llegar, aunque quizá nunca se llegue a remontar del todo.
Uno de los grandes aciertos de Szifrón es no sólo conseguir que cada historia tenga su espíritu propio, claramente diferenciadas entre ellas, sino que incluso la manera de filmar es diferente, alternando diversos estilos en función a las necesidades de cada historia.
Pueden adivinarse referencias cinematográficas en cada capítulo, desde El diablo sobre ruedas de Spielberg, Un día de furia de Schumacher, la tensión contenida propia de Tarantino (en este aspecto encuentro como único punto negativo algo floja la conclusión del fragmento Las Ratas, faltó de algún epílogo final que sí se encuentra en el resto de episodios) o incluso el ambiente festivo que termina desastrosamente de una boda que parece hermana de la que describe Plaza en [Rec]3.
Acción, violencia y humor muy, muy negro en una película fresca, original e intense, que puede llegar a hacernos sentir culpables por disfrutar tanto con ella.

EL AMOR ES UN CRIMEN PERFECTO (5d10)

Marc es un profesor de literatura (o lo que es lo mismo, un escritor fracasado) a la par que un mujeriego con un poder de seducción para sus jóvenes (y curiosamente atractivas) alumnas extremo. Pero su tranquila y apacible rutina se verá interrumpida con la desaparición de una chica (su última conquista secreta) y la aparición de su madre en escena, demasiado joven y hermosa como para que Marc pueda resistirse a sus encantos.
Disfrazada de thriller policial con la investigación de la desaparición como telón de fondo y con los impresionantes paisajes nevados de los Alpes franceses como protagonista indirecto, la película es en realidad un drama sobre las debilidades de un hombre y su falta de empatía con la sociedad en contraste con sus habilidades tanto como seductor como en su faceta de profesor.
Con demasiadas subtramas siempre alrededor de Marc, como la extraña y enfermiza relación con su propia hermana, que intentan ayudar a construir un personaje pero amenazan también con desviar demasiado la atención sobre la historia principal, El amor es un crimen perfecto muestra demasiado pronto sus cartas insinuando sin rubor el probable destino de la muchacha y destinando la intriga sólo en conocer la psique de Marc así como su resolución. Por ello, la falta de un giro argumental que nunca se produce (al menos en referencia a su argumento principal, giros sí hay pero en su mayoría tramposos e incluso muy forzados) la compenso sólo con el descubrimiento de que el gran seductor que parece Marc (personaje que de entrada podía ser la envidia de cualquier hombre) termina revelándose como una víctima constantemente dominado y manipulado por sus aparentes conquistas, convirtiendo al gran cazador en presa fácil para las depredadores que lo rodean.
Curiosamente, en el apartado interpretativo, Mathieu Amalric convence en el papel del arrebatado profesor pese a no tener un físico idóneo para creérnoslo mientras que en el caso femenino está claro que se ha priorizado el atractivo de las damas que sus dotes interpretativas, en especial Maïwenn que acusa de su mirada de melancolía perdida hasta resultar desesperante.
En conclusión, la película es interesante y entretenida, pero con demasiadas lagunas que invitan a pensar que los directores Jean-Marie y Arnaud Larrieu no terminan de tener claro hacia dónde quiere encaminar su nave.
Y eso termina pisando demasiado.

LA GRAN SEDUCCIÓN (6d10)

Ambientada en un tranquilo puerto de la costa canadiense, La gran seducción es una comedia rural, quizá excesivamente blanca e bienintencionada que refleja las consecuencias de la crisis en una población derrotada y desesperanzada y con una media de edad notablemente alta. 
El pueblo del que se diría cualquiera quiere escapar y, a juzgar por la escasa juventud, todo aquel que ha podido lo ha hecho. Por eso, resulta casi una utopía pensar que un médico joven que debe pasar un mes en la localidad como una especie de servicio social obligado pueda desear establecerse de manera definitiva. Sin embargo esa es la última esperanza de los lugareños para conseguir que una empresa de reciclaje de residuos construya una fábrica en el lugar devolviéndoles el orgullo y la posibilidad de trabajar.
Aunque el arranque es una brillante y ácida metáfora sobre la responsabilidad del propio individuo ante la falta de opciones laborales por su propio conformismo y holgazanería, pronto el tema deriva hacia una comedia de enredos capitaneada por un brillante Brendan Gleeson que se encargará de transformar el puerto en una especie de paraíso para el doctor que interpreta con carisma y simpatía Taylor Kitsch (que todavía anda tratando de quitarse el sambenito de haber estado a punto de arruinar la Disney con la exageradamente vapuleada John Carter de Marte), incluyendo la creación de un campo de cricket, escuchas telefónicas o impuestas sesiones de pesca con aroma paternal.
Sin llegar a ser nada del otro mundo la apuesta (en el fondo una vuelta de tuerca más al eterno contraste entre urbanitas y rústicos) es simpatía y agradable, con un trasfondo claramente optimista que nunca viene mal en estos tiempos y un puñado de personajes entrañables. La química entre los protagonistas es buena y eso ayuda a que les pediremos algunas situaciones demasiado tópicas o previsibles.
Dicen que el fin justifica los medios, y eso se demuestra en este título que no tiene más fin que aportar una hora y media de abstracción y aportar una sonrisa duradera al espectador. Y eso, sin duda, lo consigue.

domingo, 26 de octubre de 2014

EL JUEZ (7d10)

Pululan por Hollywood algunos grandes actores de increíble talento que se ven relegados a un solo personaje que parece impedirle hacer otro tipo de interpretación.
En ese sentido, el magnífico y reinventado Robert Downey Jr. Es un claro ejemplo, pues tras su redención tras una época oscura y olvidable su Tony Stark de Iron Man lo convirtió en todo un fenómeno de masas y uno de los actores mejor pagados de la industria (basta con ver lo que va a embolsarse por aparecer en la tercera parte de El Capitán América). Pero el carisma del propio Tony Stark es el precio a pagar, y hasta en su otra franquicia estrella, Sherlock Holmes, se adivina algo del descaro y la prepotencia del engreído millonario de Marvel.
Por eso aplaudo la aparición de una película como esta, un drama intenso aunque con ligeros alivios que invitan a la sonrisa, donde Downey Jr. tiene un papel a su medida (no es casualidad que él y su esposa sean productores) en el que pueda coger a Tony Stark y desnudarlo hasta lograr humanizarlo, lanzándolo al lodo y enseñarnos que también sabe sufrir.
El juez arranca con la presentación de un abogado, Hank Palmer, que podría ser un calco del mencionado Stark, descarado, excesivo y muy pagado de sí mismo, que al conocer la muerte de su madre debe regresar a su pueblo natal, Carlinville, donde, aparte de enfrentarse a un error de su pasado (y la presencia de su hermano es un recordatorio constante) y a una exnovia con un posible secreto sobre él, se encontrará con su padre, juez del condado, con el que no se ha dirigido la palabra en años.
Al ser el juez Palmer acusado inesperadamente de homicidio, Hank debe prolongar su estancia en la tierra de su infancia para encargarse de su defensa, hecho que provocará que la relación entre padre e hijo avance, quien sabe si hacia una posible reconciliación o hacia el abismo definitivo.
Con un plantel de secundarios de lujo (ahí están Vera Farmiga, Vicent D’Onofrio y Billy Bob Thornton), la película aborda diversos argumentos relacionados con el pasado de Hank para terminar decantándose por dos tramas vitales: el juicio y su relación con su padre. No cabe duda de que, por encima de todo, ese es el quid de la cuestión, cómo un padre e un hijo pueden llegar a convertirse en dos desconocidos llenos de odios y reproches y el camino que debe conducirlos, irremediablemente, bien a la redención, bien a la condenación.
Aunque podrían buscarse segundas lecturas a la trama (en esta época convulsa que vivimos de corrupción y desfalcos puede verse como un soplo de aire fresco saber que también un juez puede caer bajo el peso de la ley), es evidente que toda la película gira en torno al abogado y al juez, a sus disputas, gritos y lágrimas. Y por ello eran necesarios dos actores capaces de estar a la altura, dos monstruos interpretativos que, por encima de guiones y escenificaciones, supieran cargar con el peso de la trama en sus espaldas.
Y si Downey Jr. está genial en su papel de hijo, Robert Duvall está sublime en el de padre. Este veterano actor, al que creí ver algo perdido y agotado en la reciente Una noche en el viejo México, de Emilio Aragón), está aquí más en forma que nunca, posiblemente camino al Oscar (al menos en forma de nominación) y comiéndose a todos sus compañeros de escena sin aparente dificultad.
Con una duración algo excesiva (media hora menos habría sido de agradecer), la película es una lucha constante entre dos grandes actores cuya química traspasa la pantalla y  que consiguen que el juicio alrededor de lo que gira todo sea algo secundario y que la incertidumbre de si van a terminar abrazándose o abofeteándose sean más interesante que el veredicto de inocencia o culpabilidad.
Intensa y emotiva, El Juez invita a reflexionar sobre las cosas sencillas de la vida. Y sobre con quién debemos compartirla. Y pocos mensajes hay más importantes que estos…


DRÁCULA, LA LEYENDA JAMÁS CONTADA (5d10)

Desde hace algún tiempo los grandes estudios de Hollywood parecen empeñados a tomar grandes personajes literarios (y si son malvados, mejor) y convertirlos en una especia de superhéroes trágicos, supongo que acongojados por los grandes éxitos de películas basadas en personajes Marvel y DC y de los que la mayoría no tienen los derechos. Me vienen a la mente, por lo pronto, Yo, Frankenstein o Maléfica, que, aun tratándose de personajes de ficción, poseen un origen que merecería ser respetado.
No quiero ponerme en plan gafapastas (eso le pega más a los señores del CSI a los que llevaba tiempo sin nombrar por aquí) y exigir que se respeten textualmente los relatos originales o los hechos históricos, pues el cine debe ser por encima de todo un divertimento y todo vale con tal de hacer un buen entretenimiento, pero debería exigirse al menos un poco de criterio a la hora de versionar y retorcer algunos mitos, hacerlo con algún aporte, no solo como parte de una futura franquicia sin cuidar lo más mínimo los detalles. Y para que conste que no me obceco con el tema quiero recordaros que soy un gran defensor de títulos como Abraham Lincoln, cazador de vampiros, Hansel & Gretel, cazadores de brujas o el Van Helsing de Sommers. Al menos aquellas tenían ideas frescas en sus guiones y directores que sabían lo que pretendían ofrecer.
En esta ocasión, con la excusa de resucitar y homenajear a sus grandes clásicos de antaño, la Universal ha concebido el inicio de una franquicia monstruosa que, tras el estreno de obras basadas en Frankenstein, El Hombre Lobo, la Criatura de la Laguna Negra, la Momia o el Hombre Invisible, terminarán entremezclándose todos en un único film al más puro estilo Los Vengadores.
¿Y qué nos encontramos en la primera piedra de un mega proyecto que sólo las taquillas decidirán si llega a cuajar? Pues lo esperado, una versión nada fiel a la narrada por Stoker del señor de los vampiros, mucho CGI, no demasiada sangre (para no asustar al público más tierno) y algunas actuaciones lamentables.
No voy a negar que Drácula, la leyenda jamás contada (el título es bueno, nunca se ha contado esta versión de la leyenda, entre otras cosas porque no existía hasta ahora esta versión de la leyenda) sea bastante entretenida y no se haga para nada pesada, aun cuando carezca de la capacidad de sorprender y sólo la escena final (donde vemos al gran Charles Dance en todo su inquietante esplendor) nos deja con ganas de más.
Vlad (Drácula) es un príncipe (por decir algo, pues da la sensación de que sólo gobierna sobre su propio castillo amurallado) que ve como su pueblo va a ser subyugado por los turcos y hace un pacto con ente maléfico para convertirse en una criatura de la noche y así poder enfrentarse al malvado Mehmed (un ridículo y esperpéntico Dominic Cooper). 
Lo peor del invento, que tampoco aspira a nada más que a mostrar cuatro escenas de batallas demasiado digitales y a edulcorar la trama con la presencia algo cansina de Milena (Sarah Gordon), la esposa del príncipe, es la mala definición de sus personajes, a los que tampoco ayuda unas interpretaciones algo limitadas, empezando por el propio protagonista, Luke Evans, que se limita a repetir dos expresiones (tipo guapo e interesante y tipo enfadado) todo el rato.
Drácula no da miedo. Y no lo digo yo, se refleja en el film. A la postre, no es respetado ni por su pueblo ni por sus enemigos turcos. Y ni siquiera al final, desatado ya todo su poder, consigue ser respetado por otros vampiros. Esto quizá sea una buena treta para no atarlo a nadie y convertir su figura en la de un héroe caído, atormentado, que pueda dar mucho juego en futuras películas (ya el cartel es una especie de homenaje/copia al Batman de Nolan), pero que hace que realmente nos importe poco que logre o no su objetivo en la película. Eso y el nulo respeto histórico (hemos de recordar que Vlad fue un personaje real, no así Drácula) hace que el film flojee demasiado. Casi al comienzo de la acción, cuando Vlad va a ser transformado, su “mentor” le dice: “que empiece el juego”, y no podría estar más acertado.
Drácula, la leyenda jamás contada no es más que un juego. Un divertimento. Hay buenas historias inspiradas en la leyenda de Drácula creada por Brad Stoker. Hay también interesantes obras que recrean la realidad del príncipe Vlad, el Empalador. Y luego está esto…
No voy a cargarme del todo la película, ni siquiera la voy a suspender, pero es innegable que, bajo los ojos de un amante del género vampírico como me considero este amalgama de superhéroe y vampiro resulta, cuanto menos, decepcionante.
Y eso que tampoco es que esperara mucho.

THE PRINCE (4d10)

¿Recuerdan a Jason Patric, ese chico moreno de irada penetrante que en los noventa parecía que iba a comerse el mundo codeándose con estrellas como Brad Pitt, Dustin Hoffman, Robert De Niro o Kevin Bacon en Sleepers y sustituyendo a Keanu Reeves en la secuela de Speed? Pues bien, el chico se ha hecho mayor, ahora tiene la mirada cansada y se ha debido conformar con ir apareciendo en pantalla de forma vagamente regular en papeles secundarios y olvidables.
Empiezo así mi comentario porque quiero constatar que The Prince es una película protagonizada por Jason Patric y sólo por Jason Patric, por más que una tal Jessica Lowndes (una total desconocida para mí, aunque parece ser que apareció en ese absurdo remake de Sensación de Vivir) cope casi tantos planos como él.
The Prince es una historia previsible y tópica de padres con turbio pasado buscando a sus hijas desaparecidas dispuestos a llevarse por delante a todo aquel que le impida rescatar a su pequeña. Vamos, de esos papeles que hace unos años le venían que ni pintados a Mel Gibson y que ahora parecen reservados para Liam Neeson. El problema es que las películas a las que pueden evocar este argumento solían ser grandes divertimentos cargados de adrenalina, alguna dosis de humor y, en ocasiones, hasta con diálogos afortunados, mientras que esta cosa dirigida por un ineficaz Brian A. Miller, es un cúmulo exagerado de despropósitos, desde su inicio lento y cansino que nos hace pensar que estamos ante un telefilm de sobremesa hasta su final excesivo que, en su clímax, roza la estupidez con un enfrentamiento ridículo y hasta patético con el villano de turno.
La película podría definirse como una historia de perdedores. Tanto, que no es fácil empatizar con ninguno de los personajes, ni el padre atormentado con cara de pena que en ningún momento consigue ofrecer un atisbo de credibilidad a su personaje (desde aquí le recomendaría echar un ojo a The Equalizer a ver si aprende de su colega Washington cómo parecer perdido y duro a la vez), la chica que lo acompaña que duda entre ir de lolita salida o de vecinita guay y encantadora y, sobre todo, la hija dichosa, una heroinómana que no inspira en el público ninguna necesidad de proteccionismo paternal.
Pero ahí no acaba la cosa. Para culminar el grupito de losers nos encontramos con dos perdedores de altísimo nivel. Y no me estoy refiriendo a ningún personaje de la historia, sino a los actores que los interpretan, dos decadentes estrellas de Hollywood a los que llegué a admirar hasta el infinito y que en cada nueva película parecen empeñados en lanzar sus carreras por la taza del wáter. Y eso que sus aportaciones en este film son tan mínimas (y aun así espantosas) como destacables en el poster promocional (de ahí mi insistencia de resaltar que Patrick es el prota único y verdadero). Y es que estoy refiriéndome, ni más ni menos, que a Bruce Willis y John Cusack, que me revuelven el estómago además de partirme el alma cada vez que aparecen en escena.
Pese a todo, y una vez rebajadas al mínimo las exigencias, la película tiene un punto de acción que aspira a entretener mínimamente, lo cual no la convierte en una ruina total pese a lo desafortunado de su final. No consiguen ser una de esas pelis de justicieros memorables a los que antes me he referido pero sí habría servido para pasar el rato entremezclada con esas cutreces de serie B de finales de siglo cuando los videoclubs ofrecían una segunda oportunidad a esos títulos que no conseguían (ni merecían) su éxito en cines.





jueves, 23 de octubre de 2014

PERDIDA (8d10)

Tenían razón. Todos los que habían visto Perdida decían (el propio director incluido) que cuanto menos se supiera de esta película, mejor. Y eso hace complicado realizar una crítica acertada de la misma, ya que cualquier mínimo dato revelador sería un spoiler y podría fastidiar un primer visionado de la misma (luego, el film es tan bueno que puede volverse a disfrutar una y otra vez aun sabiendo lo que va a ocurrir, pero la primera vez conviene acudir al cine lo más virgen posible).
Basada con justa fidelidad en la novela de Gillian Flynn (la propia autora es la firmante del guion y ha concedido algunos cambios relativos al desenlace final), la película sale airosa de la difícil traslación a la pantalla grande del libro, pues la estructura narrativa del mismo lo hacía harto complicado. David Fincher, que  película tras película demuestra que es uno de los mejores directores de su generación, ha conseguido plasmar esa dualidad con brillantez, acostumbrado como está a jugar en diferentes franjas temporales como hiciera ya, por ejemplo, en La Red Social.
Además, para protagonizar la película ha elegido en dos actores que soportan con maestría todo el peso narrativo y consiguen que un ejemplo, a priori, de guion elaborado termine derivando en un ejercicio maestro de interpretación y buen hacer frente a las cámaras.
Rosamund Pike, gran actriz a la que Hollywood le debía un gran papel como este, condenada hasta ahora de ser una cara reconocible pero siempre a la estela de la estrella de turno (véase Jack Ryan o Bienvenidos al Fin del Mundo, por poner dos ejemplos recientes) encarna a Amy Dunne, una mujer en apariencia feliz y querida por todos que un día desaparece sin más. Su diario, del cual vamos conociendo pasajes en paralelo a la investigación policial, revela sin embargo que las cosas no son tan bonitas como parecía. La Pike consigue abanico de registros magníficos, consiguiendo llevar al espectador por donde ella quiere a su antojo.
Ben Affleck, por su parte, está impecable en el papel del sufrido esposo, no demasiado empático y con un aurea de oscuridad a su alrededor. Desde el primer momento las sospechas caen sobre él, y solo su talento le permite no revelar más (ni menos) de lo que debemos saber o intuir en cada momento. Cierto es que su interpretación se ha beneficiado de sus propias experiencias personales, pues sus diversos enfrentamientos como carnaza con la prensa sensacionalista bien pueden haberse inspirados en la locura en que se convirtió su vida privada durante su cacareada relación sentimental con Jennifer Lopez. Affleck, además, ya conoce de soslayo el tema, pues su debut como director fue la interesante Adiós, pequeña, adiós, en la que ya abordaba el tema de un posible secuestro.
Fincher, con su virtuosismo narrativo de siempre, se basa en la desestructuración de un matrimonio para crear una historia de intriga aprovechando la ocasión de llamar la atención sobre los medios de comunicación, manipuladores algunas veces, perturbadoramente influyentes en otros. ¿Todo vale, podíamos preguntarnos, por conseguir audiencia, siendo el efectivísimo más importante incluso que la verdad?
Y es que Perdida es mucho más que una simple historia de intriga, una intriga tan bien llevada, por otra parte, que no precisa de demasiados giros bruscos de guion, pues con un par de curvas peligrosas le basta para desorientarnos e incluso tiene la valentía de mostrarnos el pastel casi en el ecuador de la misma sin que por ello se pierda un ápice de interés.
Perturbadora y agotadora por momentos, Perdida no necesita ser tramposa para engancharnos, presentando a unos personajes tan especiales y estudiados como perfectamente identificables, sin olvidarnos de la aportación de Carrie Coon como la hermana del marido, Nick Dunne y con una única pieza que rechina, la presencia de Neil Patrick Harris, que aunque lo hace francamente bien su mera aparición provoca risitas entre el público independientemente de su función dramática. Y es que la sombra de Barnie es alargada…
Y hasta aquí puedo llegar. Sobresaliente y emotiva, todo lo que siga diciendo empezará a estar de más. Lo mejor es disfrutarla. Fincher es único, y lo vuelve a demostrar…
Por cierto, y solo a modo anecdótico: ¿alguien sabe porqué en el póster original aparece Ben Affleck de espaldas y en el español sale de frente? ¿Será que aquí el nuevo Batman cae mejor (o menos mal, según se mire) que al otro lado del charco?