miércoles, 27 de julio de 2016

AHORA ME VES 2: Película de magos carente de magia.

Ahora me ves fue uno de esos éxitos que nadie se esperaba, recaudando más de trescientos cincuenta millones sobre un presupuesto de setenta y cinco y convirtiéndose en una de las sorpresas de 2013.
Amén de un reparto bastante lujoso y de un director muy competente, el film parecía rescatar de forma tardía la moda por el cine relacionado con la magia que arrasó en el 2006 con títulos como El truco final, El ilusionista, Scoop o El último gran mago (esta última ya del 2007), pero mezclándolo con un estilo dinámico que recordaba también a títulos corales como Ocean’s Eleven y sus secuelas.
Parecía lógico (incluso de alguna manera anunciado al final de la propia película) que tarde o temprano llegase a las carteleras una segunda entrega (ya está anunciada la tercera), donde se prometía más de lo mismo pero mejor y más grande. Con un cambio de cromos en la silla del director y en el protagonismo femenino, la película aspiraba a superar el listón de su precedente ampliando más aún el reparto e incorporando, quizá a modo de moda privada, al intérprete del mago más importante del cine: Harry Potter.
Así pues, con Daniel Radcliffe en el equipo, la película busca esa grandeza que se exige a toda secuela apostando también por un toque más humorístico. Para ello se centra en dos personajes nuevos, un acierto y un error tremendo. Mientras la sustitución de Isla Fisher en manos de Lizzy Caplan aporta un toque de frescura y socarronería, la interpretación doble de Woody Harrelson como hermano gemelo bufonesco del personaje de Merrit no funciona para nada, convirtiendo el elemento cómico en una broma grotesca que lastra el ritmo narrativo.
Tampoco la sustitución del espectacular Louis Letterrier por Jon M. Chu es beneficiosa, haciendo que se eche de menos el dinamismo y las acrobacias de cámara del film de 2006.
Pero el gran vacío de Ahora me ves 2 hay que buscarlo en su historia, una historia tramposa y artificial que buscando más acción y diversidad se aleja de los casinos y los espectáculos cerrados para aspirar a mucho más de lo puede abarcar y saturando al espectador con mucho ruido sin sentido.
Cabe recordar que una de las cosas que más pueden atraer de un espectáculo de magia es el no descubrir el truco que oculta, pero no estamos ahora, recordemos, ante un espectáculo de magia, sino ante uno de cine. Una cosa es ver desaparecer a David Copperfield (co-productor de la película, por cierto) en vivo y en directo y otra muy diferente que lo haga alguien en pantalla y no expliquen en ningún momento como lo ha hecho. No vale con decir que son luces estroboscópicas y ya está.
Todo el casting original ha crecido en caché con respecto a 2013, lo cual se agradece pues son las interpretaciones y la aparición de tanto rostro conocido lo que más disfrutable hace la película, pero eso no parece suficiente para tomar en serio un film que sigue siendo distraído y que funciona en momentos puntuales pero que contiene una historia demasiado deshilachada y una puesta en escena torpe y algo repetitiva que hace que, como sucedía con La leyenda de Tarzán, resulte decepcionante. Ahora me ves prometía ser una saga potente y sus personajes podían dar mucho juego. De momento, no lo están dando. Ya veremos qué pasa (si se confirma finalmente, la taquilla no está siendo muy halagüeña)  en esa tercera parte de los magos de El Ojo.

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 26 de julio de 2016

LA LEYENDA DE TARZÁN: descafeinado regreso de un mito.

Cuando se anunció que se estaba planeando la realización de una nueva versión de Tarzán la pregunta más habitual era: ¿es necesario? ¿Hay algo que añadir a la historia de sobras conocida tanto en sus versiones en imagen real (con Johnny Weissmuller como imagen insuperable del hombre mono) con en animación
Quizá por eso los productores optaron por ir un paso más allá y en lugar de limitarse a contar la misma historia inventaron una especie de secuela, un ¿qué paso después? que narra la historia de Tarzán tras adaptarse a la vida civilizada y tener que regresar a la selva que le vio crecer.
En esta línea se encontraba ya la versión que protagonizó Christopher Lambert, Greystoke: la leyenda de Tarzán, rey de los monos, pero que dejaba demasiado de lado el aspecto aventurero de la obra de Edgar Rice Burroughs   y se acercaba casi a un drama romántico a lo Jane  Austen. La leyenda de Tarzán quiere ir por el camino de en medio y mezclar ambas vertientes, presentándonos a un Tarzán reconvertido en lord John Clayton, un caballero de la nobleza británica, casado con su inseparable Jane, que acepta regresar al Congo para comprobar las intenciones del rey de Bélgica con respecto a sus antaño amigos indígenas.
No es un mal punto de partida si no fuese por las carencias de un guion que no sabe exactamente hacia donde se dirige. Quiere ser una película aventurera pero la acción tarda demasiado en llegar, quiere tener una vertiente realista pero se olvida de profundizar en la personalidad de Clayton, quiere mostrar a una Jane independiente y fuerte pero termina convirtiéndola en la clásica damisela en apuros sin más recursos que esperar la llegada de su amado, quiere dar una carga de denuncia social con el tema de los esclavos y los diamantes que anhela el rey de Bélgica y termina olvidándose de seguir por ese camino… 
Pero es, por encima de todo, su director, un errático David Yates que trabaja tanto con el piloto automático que incluso se rumorea que dejó la película a medias para poder dedicarse a su nueva incursión en el mundo de Harry Potter. Es a Yates a quien hay que culpar de los altibajos de ritmo, de la frialdad que demuestra Alexander Skarsgård como Tarzán, de la fotocopia de casi todas sus interpretaciones anteriores que presenta Christoph Waltz o de la simpleza de algunos efectos visuales, demasiados dependientes del CGI y que en algunos omentos (como el horrendo desenlace) lucen verdaderamente mal.
Quizá uno de los problemas de La leyenda de Tarzán haya sido haberse estrenado tan poco tiempo después de El libro de la Selva, otra película “selvática” donde los animales, también creados por CGI tenían vida e incluso personalidad. Aquí estamos ante una mezcla de estos animales y la captura de movimiento empleada en la saga de El planeta de los Simios.
Con todo, la película no aburre, tiene a un Samuel L. Jackson recuperado para el bando de los buenos y a una Margot Robbie que termina siendo lo mejor de la película (y promete ser también lo mejor de Escuadrón suicida el mes que viene) y alguna escena de acción ligeramente inspirada.

Poco bagaje para una película que podría haber aspirado a mucho más y que no pasa de simple entretenimiento veraniego, un producto de usar y tirar que apenas será recordado al finalizar el verano y que deja cierto aroma a decepción.
Valoración: cinco sobre diez.

lunes, 25 de julio de 2016

ICE AGE: EL GRAN CATACLISMO: Caída libre hacia la mediocridad.

Tradicionalmente el cine de animación se dividía en dos vertientes: las historias sencillas y simplonas para entretener a los niños o las tramas elaboradas con referencias ocultas en as que poder distraer también a los sufridos padres. No era un terreno propio de secuelas a no ser las mediocridades oportunistas que se destinaban directamente al mercado doméstico. Pero los tiempos han cambiado y ahora la obsesión por hacer una franquicia de cualquier cosa ha propiciado que se establezca la norma del “todo vale por la pasta”.
La propia “jefa” de todo esto ya ha demostrado las carencias de títulos como Monstruos University o Cars 2 (algunos metería en el saco a Buscando a Dory), mientras que la decadencia se ha hecho mucho más evidente en títulos como Kung Fu Panda, Shrek o la que toca ahora, Ice Age.
No es que la Ice Age: La edad del hielo fuese una maravilla, pero entretenía bastante y presentaba a unos personajes con carisma suficiente para dar bastante juego. Pero no para llegar a la que es ya la quinta entrega de una saga que ha ido en claro bajón de calidad. Como en el caso de Shrek (solo la primera era verdaderamente interesante), el invento no da para tanto, y el verdadero cataclismo al que elude el título de esta nueva película de Manny, Sid y compañía es el propio argumento, una tontería plagada de violencia y trompazos como si no se pudiese aspirar a otra cosa que al humor fácil de Scrat golpeando y golpeándose con todo y la total falta de inteligencia en la construcción de situaciones o diálogos.
Nunca se ha caracterizado esta saga por su realismo (ya en su primera parte hacen coincidir humanos con mamuts), pero los despropósitos han ido a más hasta llegar al absurdo más absoluto (aquí te explican que la creación del universo, el big bang, fue culpa de Scrat pero… ¿de dónde sale Scrat? ¿y la nave extraterrestre? ¿y…?).
En fin, un cúmulo de tonterías una tras otra, con muchos colorines para no aburrir a los más pequeños (otra cosa es que lo consiga) pero totalmente prescindible para los mayores. Ni siquiera merece la pena como excusa para huir del calor veraniego que nos machaca. A no ser que lo que queramos es un lugar fresco donde echarnos una buena siesta, claro está.

Valoración: Tres sobre diez.

INFIERNO AZUL: agónica supervivencia.

Jaume Collet-Serra es uno de esos directores españoles que no logró ser profeta en su tierra y se largó al otro lado del charco a hacer las américas. Y no le ha ido nada mal, la verdad.
Infierno azul es su última película, y una de las pocas en las que no ha contado con su amigo Liam Neesson como protagonista. Y es también la película que va a ser comparada hasta la saciedad con el Tiburón de Spielberg.  Pero lo cierto es que más allá de que ambas están protagonizadas por un enorme escualo, poco es lo que tienen en común.
Infierno azul es una película mucho más pequeña, más sencilla, que la mítica obra de Spielberg, pero no se entienda esto como que es una película menor. Lo que sucede es que aquí no hay un pueblo en peligro por el bicho marino, ni alcaldes desoyendo las evidencias de peligro ni grupos de protagonistas que se unen frente a la amenaza. Aquí se trata más bien de una película de supervivencia, de un combate mano a mano entre la protagonista, una Blake Lively que hace una intensa y convincente interpretación y que las pasa canutas casi todo el metraje.
Poco hueco para la sorpresa hay en una historia que tiene en su desenlace su principal carencia, por más que sea algo obligado en un film de estas características, pero ese es precisamente el inmenso mérito de Collet-Serra. Conseguir estremecer al espectador y meterle el corazón en un puño en situaciones en las que por pura coherencia narrativa sabes que la chica se va a salvar no es algo al alcance de todos, y él lo consigue desde el minuto uno. Sin perder el tiempo en prólogos innecesarios, la acción arranca con rapidez y, salvo los “aperitivos” necesarios para definir sin dejar lugar a dudas al tiburón como la gran amenaza que es, el enfrentamiento entre ambos, chica y monstruo, se prolongará hasta el final. No estamos para tonterías y eso se agradece.
Puede que si analizamos la película con una lupa encontremos mil exageraciones que la despojen de su aparente realismo, pero nada de eso importa al lado del terror, la angustia y el sufrimiento que provoca, tanto en la pobre Lively como en el propio espectador. La ejecución de la acción, los movimientos de cámara, la música de Marco Beltrami (emulando y tratando de distanciarse a la vez de John Williams), la hermosa fotografía y la calidad de los efectos especiales hacen de esta película, de apenas una hora y media, una deliciosa pesadilla, una obra magnífica, imposible de comparar con esas patochadas de amenazas marinas tan de moda últimamente ya sea con tiburones, pirañas o mezclas raras entre ambos.
Una pequeña joya, aterradora y claustrofóbica en la prisión sin paredes que puede suponer un simple pedazo de roca. Magnífica sin más.

Valoración: Ocho sobre diez.

PREMONICIÓN: aceptable sucedáneo de Seven.

Cuentan que tras el gran éxito de crítica y taquilla de Seven en 1995 los productores se pusieron de inmediato manos a la obra para trabajar en una secuela. El resultado parece ser que es el guion de esta Premonición, en la que el personaje encarnado por Morgan Freeman resultaba tener poderes mentales que lo ayudaban a resolver el siguiente caso. Afortunadamente algo de control creativo quedó sobre David Fincher que se horrorizó con la idea y logró frenar el proyecto.
Ahora, más de dos décadas después, la película se ha hecho realidad, aunque totalmente desvinculada de los míticos personajes a los que dieron vida Freeman y Brad Pitt.
Anthony Hopkins interpreta a John Clancy, un vidente que vive aislado del mundo acosado por los fantasmas de su pasado (la muerte de su hija y el abandono de su mujer) al que la policía debe recurrir de nuevo para tratar de detener a un asesino en serie que los tiene totalmente desconcertados.
El esquema básico de pareja de investigadores que la propia Seven promovía se convierta ahora en trío cuando el agente Joe Merriwether, amigo desde hace años de Clancy, le obliga a colaborar con la joven y escéptica  Katherine Cowles (Abbie Cornish), creando un ambiente de animadversión mutua inicial que derivará, como era previsible, en una relación paterno filial.
Puede que en los arranques del film los esfuerzos del inexperto director Afonso Poyart por realizar un ejercicio visual efectivo inviten a injustas comparaciones con un David Fincher a todas luces inalcanzable, pero a medida que la narración te va atrapando y logras olvidarte completamente de Seven la película se revela como un interesante thriller, quizá con un esquema algo noventero (algo así sucedía con la reciente El secreto de una obsesión). Así, Poyart se esfuerza por dotar de dinamismo visual a una historia interesante de la cual quizá el tráiler nos había revelado demasiado pero que más allá del clásico conflicto entre buenos y malos propone una reflexión sobre quienes son en realidad los buenos y los malos. ¿Es el odio, como suele ser habitual en estos casos, lo que impulsa al villano de la función al que pone rostro Colin Farrell, o es más bien el amor? ¿Acaso no haríamos lo mismo que él nosotros mismos de encontrarnos en su situación y con sus poderes? Este es el trasfondo de Premonición, y lo que la diferencia de un capítulo más de las muchas series de televisión que abordan personajes similares.
No esperaba salir del cine con un tema de debate en la cabeza, y aunque tampoco es que estemos hablando de una profundidad reflexiva como para lanzar cohetes, en los tiempos que corren que un film te invite a reflexionar sobre algo (y de una u otra manera llevo ya tres seguidos) no es moco de pavo.
Como thriller policíaco, Premonición es una película interesante, bien filmada y con buenos actores, aunque sin demasiadas armas como para desmarcarse de la media del género. Es este punto de dualidad en su supuesta maldad lo que le da un pequeño aliciente. No es lo bastante como para que sea una gran película, pero al menos si consigue que las dos horas invertidas en su visionado valgan la pena.

Valoración: Seis sobre diez.

ELECTION: LA NOCHE DE LAS BESTIAS: Brillante punto y final.

Resulta curiosa (y hasta confusa) la decisión que se llevó a cabo en España a la hora de traducir el título de la película de 2013: The Purge. Como si La Purga fuese algo difícil de entender, se decidió dejar el título en inglés y añadir el subtítulo de La noche de las bestias, manteniendo el absurdo en sus dos secuelas, de manera que la saga The Purge se ha convertido aquí en la saga La noche de las Bestias. En fin…
El caso es que aquella película de hace dos años con la que el guionista James DeMonaco se consagraba como director resultó ser una pequeña decepción ante lo enormemente interesante de su propuesta: en una sociedad ligeramente futura en los Estados Unidos se decide celebrar una noche al año donde los delitos de vandalismo u violencia gocen de total impunidad, permitiendo así dar rienda suelta a los instintos más bajos del ser humano y garantizando, supuestamente, que el resto del año la violencia será fácilmente controlada. Aunque ya apuntaba esa obra a denuncia social, la limitación de su presupuesto obligaba a que toda la acción se limitara al interior de una casa, con lo que el original punto de partida se volvía algo rutinario y repetitivo pese al buen hacer de sus protagonistas, Ethan Hawke y Lena Headey, aunque ya hacía gala DeMonaco de una puesta en escena impactante y un gran diseño de personajes, con unos villanos caracterizados con máscaras y atuendos realmente perturbadores.
La película funcionó lo suficientemente bien como para dar pie a una secuela (Anarchy) en la que el propio DeMonaco hizo lo que todo el mundo deseaba: trasladar la acción a las calles y crear un personaje, el Leo Barnes interpretado por Frank Grillo (una versión nada disimulada del Punisher de Marvel), que pudiera hacer frente a los violentos, amplificando el conflicto en lugar de limitarse a repetir el esquema de víctimas atrapadas luchando por su supervivencia. Ya se intuía aquí, además, que las intenciones del gobierno (esos autoproclamados Nuevos Padres Fundadores) no eran tan benévolas como decían.
He dedicado tanto tiempo a repasar las películas anteriores porque con la tercera (y presumiblemente definitiva) película de la saga, DeMonaco se ha quitado directamente la careta (pero no la de sus personajes, que siguen luciendo un  look gloriosamente grotesco) para señalar con el dedo a un gobierno corrupto ávido de poder y dinero pero con un ligero mensaje de esperanza. Los políticos no son todos malos, como se suele decir. Sólo los que gobiernan. Y en ello está la senadora candidata Charlie Roan (Elizabeth Michell, la recordada Juliet de Perdidos), que con la ayuda, de nuevo, de Leo Barnes tratará de hacer frente a la cúpula de poder que se escuda en la decadencia de la sociedad para seguir justificando una Purga que solo beneficia a los de arriba. Si es que logra sobrevivir a la noche, claro está.
Election: La noche de las Bestias es sin duda la mejor película de las tres, demostrando DeMonaco que es capaz de crecer con cada nuevo trabajo, que es capaz de sumar profundidad e intenciones sin abandonar las virtudes que definen la saga. Así, consigue que este nuevo film tenga mucha violencia y tensión pero sin dejar de ser por ello reflexiva y profunda. La decadencia de una sociedad donde se han perdido los valores y que, además, se vuelve ahora global (genial el concepto del turismo criminal) encuentra una pequeña llama de esperanza que invita a que la lucha, por fin, tenga sentido.
Pero lo mejor de esta última película es que, además, vista la saga en su conjunto, hace que la primera parte tome más sentido y gane en calidad. Lo que entonces parecía un film algo flojo se ha convertido en una brillante carta de presentación, en un simple primer acto de una historia que, dos años después, parece haberse completado.
No estoy seguro de si The Purge deba considerarse una saga de cine de terror, por más que la sangre fluya a borbotones y la violencia y asesinatos la definan, pero lo que está claro es que el retrato de DeMonaco del ser humano puede llegar a dar mucho más miedo que todos los fantasmas de James Wan juntos.

Valoración: Siete de diez.

EL REY TUERTO: teatralidad reflexiva algo impuesta.

Escrita y dirigida por Marc Crehuet, El ReyTuerto es la adaptación de su propia obra teatral, y esto es un problema que la película arrastra durante casi todo el metraje (sobre todo en la escena de la cena) pero que luego se convierte en virtud en su tramo final, en un curioso ejercicio de metalenguaje con el que se busca la implicación del espectador de manera nada sutil.
Inspirada en algunos incidentes tristemente célebres entre policías antidisturbios y protestantes antisistema en unas recientes manifestaciones en Barcelona, la película pretende abordar los dos puntos de vista antagónicos entre un  mosso d’esquadra y una de sus víctimas, un joven que ha perdido un ojo por el impacto de una bola de goma disparada por el agente de la ley. Dos personajes a los que el destino une de forma caprichosa cuando sus respectivas parejas resultan ser amigas de la infancia reencontradas gracias a Facebook y se conocen en una incómoda cena que prometía ser uno de los puntos álgidos del film y que al final resulta ser de lo más fallido de la película. La tensión que se palpa entre los cuatro protagonistas es desaprovechada y termina sabiendo a poco, siendo al final muy breve y superficial. No es, desde luego, nada parecido a Un Dios salvaje, de Polanski, aunque apuntaba en esa dirección, además de ser en el momento en que más se peca de teatralidad (los dos protagonistas masculinos, además, son los mismos que habían representado la obra sobre el escenario), con momentos en los que los actores llegan a quedarse estáticos en espera a una interacción con el público imposible de alcanzar. Tenía además, hasta el momento, otra dirección la película, que parecía apostar más por reflexionar sobre la incomprensión o falta de comunicación entre las parejas (ninguna de las dos pasa por sus mejores momentos) que hacia la crítica social. Sí que funciona, no obstante, la cena como punto de inflexión para el primer giro de la película, donde se empieza a apostar más por una comedia casi surreal y un desarrollo esperpéntico de los personajes que recuerdan que, por encima de lecturas sociales y propuestas de debates, estamos ante una comedia. Y es en el terreno del humor donde mejor se mueve Crehuet, consiguiendo trasladar a la pantalla grande la química entre Miki Esparbé y Alain Hernández y permitiendo que la diversión impere por encima de la denuncia.
Y es que la denuncia nunca termina de funcionar del todo por culpa, sobretodo, al posicionamiento claro del propio Crehuet, que parece más interesado en dirigir al espectador para que reflexione en la dirección que él quiere que no en que se forjen sus propias opiniones. No parece, sobre el papel, que esta deba ser una película de buenos y malos, sino de puntos de vista, pero lo es. Por más que se caricaturice al bueno y se pueda llegar a sentir compasión del malo, lo es. Y eso desvirtúa en gran medida esa magnífica escena final en la que, disfrazada de definitivo descenso a la locura del protagonista, se implica de forma directa al espectador. David, el mosso interpretado por Hernández, recorre el camino que le lleva a ser verdugo, juez y hasta víctima del sistema. Al espectador no se le permite hacer lo mismo.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 17 de julio de 2016

MI AMIGO EL GIGANTE: Un Spielberg sin alma.

Debo reconocer que en los últimos tiempos Steven Spielberg me tiene un poco desconcertado: Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio y War Horse me produjeron cierta indiferencia, Lincoln me pareció una de las películas más aburridas que recuerdo haber visto y El puente de los espías me entusiasmó hasta el punto de calificarla como uno de los mejores títulos estrenados el año pasado.  Claro que eso ya me viene de lejos, pues nunca he sido un devoto del otrora denominado Rey Midas de Hollywood y nunca entendí la fascinación de títulos como E.T.
El problema con Mi amigo el gigante, más allá de su calidad cinematográfica, está en que exige demasiado al espectador. Es una de esas películas que puede cautivarte (o no) desde el principio y que necesita que uno se deje llevar por la historia, que entre en ella a pies juntillas. Y supongo que yo, simplemente, no entré.
No puedo encontrar demasiados argumentos en contra de la película, el ritmo narrativo es correcto, los efectos digitales maravillosos y Spielberg sigue siendo un gran director, sabiendo poner la cámara siempre en el lugar adecuado. Sin embargo, tal y como me pasara con la adaptación del personaje de Hergé, una cierta desidia me invadía a lo largo del metraje de este cuento demasiado infantil sobre una niña secuestrada por un gigante con el que termina trabando una gran amistad.
Siendo Spielberg un gran conocedor del cine juvenil y de aventuras, quizá su defecto sea querer parecerse demasiado a las aventuras que narraba y producía en los ochenta cuando ese cine ya ha quedado atrás. Así, muchas cosas en la historia sin demasiado simplonas, demasiado superficiales e ingenuas incluso a los ojos de un niño (a no ser que el target al que va dirigida sea ridículamente pequeño), como demuestra la insulsa y breve batalla final.
Tampoco ayuda demasiado la ambientación, muy cuidada y detallada en su arranque, pero desconcertante a la hora de datarla. Puede que el problema sea mío, pero estaba convencido de que iba a ver una historia ambientada en un Londres clásico, casi propio de Dickens, con sus huérfanos y calles vacías al anochecer, y me quedé a cuadros cuando vi soldados de la reina con ametralladoras y helicópteros del ejército. Tampoco el humor, algo chusco en ocasiones (ejemplo: el momento pedos) termina de ir conmigo, habiendo preferido un tono más oscuro y gamberro. Creo que la historia requería más de un toque a lo Burton (pese a estar también en horas bajas) que lo que ofrece aquí Spielberg, que en su trama central, la correspondiente a los gigantes villanos, parece trabajar con el piloto automático, como si él mismo tampoco estuviese demasiado motivado por lo que está haciendo. De esta manera, no consigo simpatizar demasiado con la chiquilla protagonista, algo cansina en algunos momentos, tampoco me cae especialmente bien el amigo gigante (un personaje, por cierto, sin ningún tipo de desarrollo psicológico ni emocional), ni se espera siquiera que nos impliquemos con el resto de los personajes humanos (aparece por ahí, entre otros, Rebecca Hall, que no debía tener nada mejor que hacer ese día o que debió pensar que el nombre de Spielberg quedaría bien, incluso hoy en día, en su currículo).
Mi amigo el gigante no es un bodrio de esos que parecen interminables y que aburren hasta a las ovejas, pero tampoco me apetecería nada enfrentarme a un segundo visionado. Es una película muy justita que entretiene lo justo y que se puede disfrutar más por los momentos de inspiración visual (que tampoco son todos: la tierra de los gigantes tampoco es que esté muy currada) que por la historia en sí. No será el peor Spielberg, pero está lejos de ser el mejor. Y la decisión de apostar más por el público infantil, que ahora mismo está a otras cosas, que por el adulto le puede castigar en taquilla.
Podría llegar a recomendarla por el simple hecho de que es un Spielberg y eso siempre merece una oportunidad, pero sólo si no tienen nada mejor que hacer. Y viendo cómo está la cartelera en estos momentos, pues la verdad, menos es nada…

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 10 de julio de 2016

MONEY MONSTER: desesperación en primer time.

Tras cinco años alejada de la silla de directora, desde la curiosa El Castor, y tampoco mucho más activa como actriz (solo su aparición en Elysium), Jodie Foster vuelve al primer plano de la actualidad con Money Monster, un intenso thriller con tintes de denuncia que tiene la crisis económica como telón de fondo y a dos estrellas como George Clooney y Julia Roberts de gran reclamo.
Clooney es Lee Gates, un gurú de la economía que aconseja inversiones en bolsa desde un programa de televisión que dirige Patty Fenn, el personaje de Roberts. Se trata de un programa de esos llenos de sirenas estridentes, efectos visuales y todo el show necesario para adornar las payasadas de Gates y trivializar la situación económica, aunque se acaba de producir un descalabro en una de las “apuestas seguras” del programa. Todo rutinario hasta que entra en escena, en riguroso directo, Kyle Budwell, un joven que ha perdido todo su dinero invirtiendo en dicha empresa y que, pistola en mano, amenaza a Gates, a quien culpa de su ruina.
A partir de aquí comienza un juego de poder en el que, para salvar su vida, el propio Gates deberá descubrir, desde el propio plató, qué se esconde tras el crac financiero, producido, aparentemente, por un error informático.
Puede entenderse esta película de dos maneras: como un simple entretenimiento con intriga y alguna sorpresa oculta o como una película de denuncia tanto contra la frivolidad televisiva como contra las grandes corporaciones que anteponen el ansia de ganar dinero por encima de todo. Es evidente que Foster apuesta por esta segunda opción, y aunque consigue su objetivo en pequeñas pinceladas la sensación global es que no consigue implicar al espectador lo suficiente como para salir de la sala indignado contra nada ni contra nadie. No es, al fin, una película crítica que invite a la reflexión y he ahí el fracaso de la misma.
Ahora bien, amparándose a un buen ritmo narrativo, a dos estrellas de Hollywood que ya habían demostrado con anterioridad su gran química en pantalla, a la presencia emergente de Jack O’Connell y a una historia que no por previsible deja de ser entretenida en todo momento, Money Monster es un estupendo entretenimiento, un thriller de altura al que si despojamos toda pretensión didáctica y la tomamos como simple espectáculo cinematográfico raya a gran nivel, siendo sumamente recomendable.
En el apartado interpretativo el nivel de las estrellas cumple con lo esperado, aunque quizá sea la Roberts quien tiene un personaje más plano. Clooney está magnífico, como siempre, evolucionando ligeramente desde el presentador altivo y algo cínico del inicio (volviendo a demostrar que pocos galanes son capaces de reírse de sí mismos como él) hasta el hombre comprometido y defensor de la verdad en el que deriva. Habría sido interesante ver cómo hubiese avanzado la historia si se hubiera mantenido su personalidad ácida y egoísta, pero eso ya es  buscar un camino diferente al que ha querido recorrer Foster. O'Connell, quien ya fuese lo mejor del Invencible de Angelina Jolie, está magnífico como hombre atribulado y superado por sus propios errores, optando por el camino fácil de culpar a los demás de sus desgracias (y no sin cierta razón, desde luego).
Entretenidísima película donde el secreto para disfrutarla está entre saber distinguir entre lo que vemos o lo que querríamos ver. Hablando de fútbol, se suele decir que todo español tiene un seleccionador dentro. Evidentemente, todo espectador tiene también un guionista dentro. Pero, por una vez, dejémonos llevar por los que cobran por ello, ¿no?

Valoración: Siete sobre diez.

UN ESPÍA Y MEDIO: Una tontuna que cumple su cometido.

Cuando algo se pone de moda se suele sobreexplotar hasta el aburrimiento. Ya hablé en alguna entrada de finales del año pasado sobre la burbuja de las comedias de espías y la cosa no tiene aspecto de aflojar.
Un espía y medio no es gran cosa, no está en la línea de pequeñas joyitas como fue Kingsman en su momento (veremos qué sale de su secuela) o la infravalorada Operación U.N.C.L.E., pero tampoco un despropósito como Agente contrainteligente. Se encuentra más bien en la línea de Cuerpos Especiales o Espías, películas facilonas y previsibles pero que ofrecen justo lo que prometen.
Todas ellas, además, se caracterizan por ser también buddy movies, es decir, películas de colegas. Pero como se trata de comedias, los colegas son siempre lo más antagónicos posibles. Como antagónicos son (tanto como actores como en lo que se refiere a sus personajes) Dwayne Johnson y Kevin Hart, los protagonistas de Un espía y medio.
Bob Stone y Calvin Joyner se conocieron en el instituto. Mientras el primero era el gordito excéntrico blanco de todas las bromas crueles, él segundo era la estrella de la función, el líder nato que lo tenía todo para triunfar en la vida. Pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios! y Calvin es ahora un contable con complejo de fracasado cuya única proeza es la de seguir casado con su novia antaño (la más guapa del insti) mientras Bob es un super agente de la CIA de cuerpo escultural y grandes habilidades. Pero también metido en problemas para salir de los cuales va a precisar de la ayuda de su antiguo colega.
Clásica comedia de ritmo frenético, espectaculares tiroteos y suficientes estupideces para provocar más de una carcajada, Un espía y medio logra sortear el peligro del ridículo ajeno que ronda en más de una ocasión (ese Dwayne Johnson aficionado a los unicornios) y logra incluso que no se indigeste uno con la presencia de Hart, más comedido de lo habitual. Así, sin ser tampoco nada del otro mundo, logra entretener y contiene algún gag especialmente inspirado que la elevan algo por encime de lo esperado, además de agradecerse alguna que otra presencia popular como Jason Bateman, Aaron Paul o Melissa McCarthy.
Esto es lo que hay y, seamos sinceros, ver a “The Rock” repartiendo estopa siempre mola, ¿no?

Valoración: Seis sobre diez.

ESPERANDO AL REY: Con el rumbo algo perdido.

Esperando al rey es la nueva película como director de Tom Tykwer tras saltar a la fama por la interesante adaptación de El perfume, aunque sin olvidarnos de su colaboración en la infravalorada El atlas de las nubes con los/las Wachowski.
Basándose en la novela Un holograma para el rey, de Dave Eggers, Esperando al rey es el reencuentro del director con el actor Tom Hanks, tras conocerse en la extraña epopeya a través el tiempo y el espacio que fue la mencionada El atlas de las nubes.
A partir de una historia sencilla e universal (la confusión, indefensión y posterior enamoramiento hacia una cultura contrapuesta a la habitual), Tom Hanks se hace con los mandos de una obra que pretende abarcar demasiados temas y fracasa en la mayoría, no por hacerlo mal sino por el distanciamiento que provoca. Eggers utiliza la excusa de un comercial en plena crisis (laboral y personal) que busca una última oportunidad de redención (fue el responsable de una gran cantidad de despidos en su última “hazaña”) en el cierre de un importante negocio que le llevará a entrevistarse con el mismísimo rey de Arabia Saudí para hablar sobre el choque cultural entre el país de Oriente Medio y los Estados Unidos (o los países occidentales, por extensión), para retratar la amenaza del capitalismo (una amenaza identificada ahora con China, aunque para Hollywood el gigante oriental es a la vez amenaza y salvación, que se lo digan a los productores de Warcraft), la crisis de valores empresariales, la dependencia de la tecnología, las consecuencias de la crisis financiera en la vida personal, el miedo al fracaso y la soledad y, cómo no, el amor intercultural. Todo un batiburrillo que Tykwer no consigue mezclar correctamente en su coctelera y que en ocasiones se pierde por deambuleos que pueden distraer e incluso aburrir al personal.
Afortunadamente, cuando ese aburrimiento amenaza con hundir el film aparece el buen hacer de Hanks que, pese a interpretar un poco el mismo papel de siempre, consigue conectar con el público logrando una empatía que salva los muebles a la obre, invitando a que nos fijemos sólo en la historia central (su propio periplo por esas tierras extrañas) y nos dejemos de segundas lecturas.
Así, las andanzas de este comercial y su relación con un chófer con el que terminará forjando una buena amistad (el desconocido Alexander Black, con quien Hanks demuestra tener una brillante química) evitan el naufragio de una película que se deja ver sin demasiados problemas pero que aspiraba a más, a mucho más.
En fin, un simpático viaje de descubrimiento interior que no ofrece demasiadas novedades alrededor de un género algo trillado pero que gracias al trabajo de sus actores logra despertar un ligero interés.

Valoración: Cinco sobre diez.