miércoles, 3 de agosto de 2016

MALAS MADRES: una nueva muestra del gamberrismo más mojigato.

Malas Madres es la nueva película del dúo formado por Jon Lucas y Scott Moore, que debutaron con la insuficiente Noche de marcha pero que serán siempre recordador por haber escrito aquella gamberrada tan aplaudida que fue Resacón en Las Vegas, aunque en honor a la verdad no han vuelto a hacer nada memorable desde entonces.
Muy por debajo de la película que consagró a Bradley Cooper, Malas Madres sigue la estela de la clásica comedia americana llena de gamberradas y chistes de mal gusto pero que, en el fondo, esconde un mensaje edulcorado y bienintencionado. Esa falta de mensaje es lo que distinguía a Resacón en Las Vegas, que junto a una narrativa bastante original prometía diversión y solo diversión (sí, podía verse oculto un canto a la amistad pero…). En ese sentido, Malas Madres se encuentra en el lado opuesto, y por mucho que su punto de partida (tres madres que renuncian al compromiso de actuar con la impecable responsabilidad que se les supone) promueva la libertad y la felicidad que puede conseguirse con solo dar un portazo en las narices a los maridos y los hijos, la conclusión final es justo lo contrario, y junto al tufillo exageradamente feminista que desprende el film la conclusión final es que la maternidad es lo más bonito del mundo, que no hay nada como los hijos y que cualquier sacrificio es poco. Y que no existen, en realidad, las malas madres. Solo las malas expectativas.
Desconozco que le está pasando a la comedia actual que, pese a regar sus guiones con chistes obscenos y escatológicos, terminan resultando más moralistas que un telefilm de Disney (recuerden el reciente caso de Hermanísimas), como si la mala baba que se gastaban los Reitman, Landis y compañía y que solo lograron rozar en sus primeros films Judd Apatow o los hermanos Farrelly se hubiese agotado ya. O quizá es producto de una nueva corriente de puritanismo y conservadorismo en la sociedad americana. El caso es que lo que se promete como una gamberrada rompedora y desafiante termina siendo una comedia blandita y moralizadora, casi panfletaria. Y si no, atentos a las escenas que acompañan a los títulos de crédito finales.
Con todo, la peli cuenta con un reparto femenino bastante apañado, encabezado por una Mila Kunis que después de su descalabro con El destino de Júpiter ha demostrado sentirse más cómoda en la comedia que en cualquier otro campo. A su lado están nombres como Kathlyn Hahn, Kristen Bell, Christina Applegate o Annie Mumolo, todas unas expertas en estos inventos. La guerra de sexos habitual ha sido sustituida aquí por una guerra de lobas (también con final feliz, no vaya a ser que alguien se nos ofenda), y el desmadre viene de la mano de tres improbables amigas que amenazan con romper (por poco tiempo) con las reglas de la sociedad.
La película es divertida, no lo voy a negar, y los personajes logran que empatices con ellos, mostrando un variado repertorio de filias y fobias (algunos rozando el tópico más clasicista), pero ese regusto a mensaje buenrollero impide disfrutar del todo del show, casi como si a uno le obligaran a quedarse a barrer y limpiar después de la fiesta.
La vida se ha edulcorado, y aunque aquí encontremos malas madres, malos hijos, malas esposas, malos maridos y malos profesores, la irreductible unión fraternal entre las bunas amigas (¿qué importa que nos acabemos de conocer?, que diría Sabina) podrá con todo.
Comedia de carcajadas contadas y sonrisa estable, algo más simpática que la media habitual pero muy poca cosa para ser obra de quien es. Y es que la sombra del Resacón es alargada…

Valoración: Seis sobre diez.

LA MINA: cine de terror indie a medio camino de todo

Dirigida por Miguel Ángel Jiménez, La Mina es una de esas curiosas películas que aparecen de la nada y logran escapar de la invisibilidad por encima de otras producciones a priori más llamativas y con alguna estrella en su reparto.
No hay ningún rostro reconocible en esta producción íntegramente española aunque filmada en inglés con actores foráneos y que pese a acontecen en un pueblecito de la América profunda ha sido filmada en gran parte en Asturias y País Vasco (algo lógico si se trata de minas).
De una modestia tal que recuerda un poco a las producciones casi de serie B de Blumhouse, La Mina narra la historia de Jack, un hombre que acaba de salir de prisión y regresa a su hogar, donde le aguardan (que no esperan) su hermano, su mujer y su hijo. Deseoso de rehacer su vida y tener una segunda oportunidad con su matrimonio acepta el trabajo de vigilante nocturno de una mina abandonada, una mina que, como su propio pasado familiar, esconde muchos secretos.
La trama, así como la escena inicial, ya invitan a pensar que estamos ante una propuesta de terror psicológicos, donde lo que no se ve va a ser más aterrador que lo que se muestra en pantalla. 
Tenemos también el suficiente interés personal como para adivinar que se trata de una película de personajes capaz de profundizar en ellos más allá de presentarnos a una serie de sujetos predispuestos a ser machacados por el psicópata de turno. 
Lo malo es que Jiménez no es capaz de aunar correctamente ambas vertientes, creando un híbrido que abandona durante demasiados minutos del metraje su faceta aterradora mientras que la parte correspondiente al drama familiar resulta previsible  y algo cansina. Jiménez quiere cocer su historia a fuego lento, pero se pasa de pausado y, cuando al fin arranca la acción, es ya demasiado tarde. 
Un breve y precipitado festival gore (donde se encuentran las principales carencias de Jiménez como realizador) no es suficiente para reactivar una película con momentos interesantes e intérpretes correctos (el protagonista es Matt Horan, cantante del grupo Dead Bronco que debuta en la interpretación) pero que no alcanza a emocionar (ni aterrorizar) lo suficiente y que corre el peligro de que, de querer analizarla en profundidad, tenga demasiados vacíos en su guion, dejando demasiadas preguntas sin responder.
Una propuesta prometedora, no lo niego, pero demasiado irregular como para llegar a convencer. Un cuento de terror a medio camino de todo.

Valoración: Cuatro sobre diez.

martes, 2 de agosto de 2016

ZIPI Y ZAPE Y LA ISLA DEL CAPITÁN: Inferior pero aceptable.

En pleno auge de las adaptaciones comiqueras al cine resultaba extraño que en España no se apostara por un género que sobre el papel había dado grandes clásicos, siendo Mortadelo y Filemón las únicas incursiones en materia (a la espera de la eternamente prometida SuperLópez). Pero eso cambió el año pasado con los estrenos de Anacleto,agente secreto y, sobre todo, Zipi yZape y el club de la canica.
Con las aventuras de Los Cinco, de Enid Blyton como principal referente literario, y las películas juveniles de aventuras, con Los Goonies de Richard Donner como principal muestra, la película de Oskar Santos no guardaba una fidelidad demasiado exhaustiva con respecto a los personajes de papel creados por Escobar, lo cual terminó siendo una suerte, ya que de lo contrario podría haber terminado cayendo en el ridículo.
Siguiendo la estela de la acertada aventura juvenil, el propio Santos ha vuelto a hacerse cargo de Zipi y Zape y la Isla del Capitán, una secuela que, aun siendo muy fiel a la original, ha sabido evolucionar lo suficiente para no limitarse a repetir esquemas y aportar un capítulo nuevo en las andanzas de los gemelos más famosos del tebeo. 
Sorteando sin problemas la necesidad de cambiar a los actores protagonistas (cuyas edades actuales no serían acordes a los personajes), Santos ha optado esta vez por inspirarse en la literatura más universal y acoger, como si de la Liga de los hombres extraordinarios de Alan Moore se tratase, influencias tan variopintas como el Capitán Nemo de 20.000 leguas de viaje submarino, el Hombre Invisible, Peter Pan y el Capitán Garfio, el doctor Jeckyn y Mr. Hyde o el mismísimo Sherlock Holmes.
Una cosa parece segura, y es que Santos ha querido hacer una película mucho más grande y ambiciosa que su predecesora, con más humor, más aventura y más efectos visuales. Y ese avance evolutivo en la historia sería de agradecer si no fuese porque, por el contrario, lo que no ha evolucionado ha sido el presupuesto. Así, las ambiciones de Santos se contraponen con sus limitaciones, lo cual termina por evidenciarse en pantalla (la aparición del gorila, personalmente, me saca mucho de la historia).
Con todo, no se le puede negar a la película el deseo de contagiar al público por el amor al cine de aventuras de hace unos años, terminando por ser un estupendo entretenimiento infantil y juvenil perfectamente llevadero para los adultos y donde, como en la anterior ocasión, lo mejor de la función reside en el papel del villano, en esta ocasión con el rostro de Elena Anaya, que lo borda como la empalagosa aunque histriónica dueña de una especie de orfanato afincado en una misteriosa isla donde irán a recaer los dos hermanos.
Cine familiar del bueno, algo por debajo de El club de la canica, pero igualmente recomendable.

Valoración: Cinco sobre diez.

JASON BOURNE: Previsiblemente decepcionante.

Cuando se tiene en tus manos a la gallina de los huevos de oro hay que seguir exprimiéndola hasta acabar con ella. Esa es una máxima que en Hollywood se sigue al pie de la letra y el caso del espía más desmemoriado de la historia no iba a ser una excepción.
Tras una trilogía que rallaba a gran nivel casi se cargan a la susodicha gallina cuando, para mantener el tirón, hicieron un cambio de cromos en el papel protagonista y Jeremy Renner interpretó a una versión paralela de Bourne en El legado de Bourne que no pareció convencer a nadie y que, vista en la distancia, no estaba mal del todo.
Pero la gallina seguía viva. Agonizante, pero viva. Y se ha decidido traer de vuelta al Bourne original, ese Matt Dammon metido en labores de productor e imponiendo directores, en una cuarta (o quinta, ya no lo tengo muy claro) entrega que, siguiendo la estela de Rocky Balboa o John Rambo, demuestra su falta de ideas desde su mismo título, simplemente el nombre del protagonista: Jason Bourne.
Tras crear un laberinto con sus recuerdos en la trilogía original, basada por cierto en las novelas de Robert Ludlum, esta vez ya no parecía quedar secretos sobre el pasado del personaje, por lo que la historia debía ir por otros derroteros. Pero Paul Greengrass (que además de director se ha enchufado también en tareas de guion) y Christopher Rouse no se han molestado en arriesgar lo más mínimo y, ya sin la obra de Ludlum como referencia, han tirado por el mismo camino, desluciendo el final de El ultimátum de Bourne, y rebuscando más secretos en el pasado del pobre agente secreto.
La saga Bourne, aun con sus dosis de intriga y acción, siempre se ha caracterizado por mostrar la cara más seria y torturada del agente secreto, dotando a sus films de una verosimilitud que ni tenía ni buscaba la saga Bond, por poner un ejemplo similar. Sin embargo, en esta ocasión, pese a la cámara nerviosa y el abuso de los primeros planos tan característicos de Greengrass, nada es creíble en este sinfín de piruetas de destrucción, tiroteos y persecuciones que transforman a Bourne, aún con su alma taciturna, en un superhéroe del montón.
Jason Bourne no es divertida porque la saga nunca ha pretendido serlo, pero lo necesita para poder aceptar la transformación a la que ha sido sometida, un lavado de cara fallido y que solo se sustenta porque, aun con lo alargadas que son la mayoría de sus secuencias, no llega a aburrir, y porque el lujo de contar con Tommy Lee Jones, Alicia Vikander o Vicent Cassel acompañando a Matt Dammon en sus peripecias compensan incluso la espantosa dirección de Greengrass, que no estaría en esta silla si no fuese por su amistad con la estrella o la fama de documentalista (¿acaso había algo más que eso en la soporífera Capitán Philips?) y que encima amenaza con insistir (¿no le ofrecen más trabajos?) en una nueva entrega.
Torpe y excesiva, Jason Bourne no pasa de entretenimiento veraniego, trascendental y olvidable, que empaña el recuerdo de las películas anteriores y hace buena a El legado de Bourne. Ya puestos a retorcer a la gallina, al menos se podría reactivar aquel proyecto de juntar a los personajes de Dammon con el de Renner. Al menos tendría su chicha…

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 27 de julio de 2016

AHORA ME VES 2: Película de magos carente de magia.

Ahora me ves fue uno de esos éxitos que nadie se esperaba, recaudando más de trescientos cincuenta millones sobre un presupuesto de setenta y cinco y convirtiéndose en una de las sorpresas de 2013.
Amén de un reparto bastante lujoso y de un director muy competente, el film parecía rescatar de forma tardía la moda por el cine relacionado con la magia que arrasó en el 2006 con títulos como El truco final, El ilusionista, Scoop o El último gran mago (esta última ya del 2007), pero mezclándolo con un estilo dinámico que recordaba también a títulos corales como Ocean’s Eleven y sus secuelas.
Parecía lógico (incluso de alguna manera anunciado al final de la propia película) que tarde o temprano llegase a las carteleras una segunda entrega (ya está anunciada la tercera), donde se prometía más de lo mismo pero mejor y más grande. Con un cambio de cromos en la silla del director y en el protagonismo femenino, la película aspiraba a superar el listón de su precedente ampliando más aún el reparto e incorporando, quizá a modo de moda privada, al intérprete del mago más importante del cine: Harry Potter.
Así pues, con Daniel Radcliffe en el equipo, la película busca esa grandeza que se exige a toda secuela apostando también por un toque más humorístico. Para ello se centra en dos personajes nuevos, un acierto y un error tremendo. Mientras la sustitución de Isla Fisher en manos de Lizzy Caplan aporta un toque de frescura y socarronería, la interpretación doble de Woody Harrelson como hermano gemelo bufonesco del personaje de Merrit no funciona para nada, convirtiendo el elemento cómico en una broma grotesca que lastra el ritmo narrativo.
Tampoco la sustitución del espectacular Louis Letterrier por Jon M. Chu es beneficiosa, haciendo que se eche de menos el dinamismo y las acrobacias de cámara del film de 2006.
Pero el gran vacío de Ahora me ves 2 hay que buscarlo en su historia, una historia tramposa y artificial que buscando más acción y diversidad se aleja de los casinos y los espectáculos cerrados para aspirar a mucho más de lo puede abarcar y saturando al espectador con mucho ruido sin sentido.
Cabe recordar que una de las cosas que más pueden atraer de un espectáculo de magia es el no descubrir el truco que oculta, pero no estamos ahora, recordemos, ante un espectáculo de magia, sino ante uno de cine. Una cosa es ver desaparecer a David Copperfield (co-productor de la película, por cierto) en vivo y en directo y otra muy diferente que lo haga alguien en pantalla y no expliquen en ningún momento como lo ha hecho. No vale con decir que son luces estroboscópicas y ya está.
Todo el casting original ha crecido en caché con respecto a 2013, lo cual se agradece pues son las interpretaciones y la aparición de tanto rostro conocido lo que más disfrutable hace la película, pero eso no parece suficiente para tomar en serio un film que sigue siendo distraído y que funciona en momentos puntuales pero que contiene una historia demasiado deshilachada y una puesta en escena torpe y algo repetitiva que hace que, como sucedía con La leyenda de Tarzán, resulte decepcionante. Ahora me ves prometía ser una saga potente y sus personajes podían dar mucho juego. De momento, no lo están dando. Ya veremos qué pasa (si se confirma finalmente, la taquilla no está siendo muy halagüeña)  en esa tercera parte de los magos de El Ojo.

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 26 de julio de 2016

LA LEYENDA DE TARZÁN: descafeinado regreso de un mito.

Cuando se anunció que se estaba planeando la realización de una nueva versión de Tarzán la pregunta más habitual era: ¿es necesario? ¿Hay algo que añadir a la historia de sobras conocida tanto en sus versiones en imagen real (con Johnny Weissmuller como imagen insuperable del hombre mono) con en animación
Quizá por eso los productores optaron por ir un paso más allá y en lugar de limitarse a contar la misma historia inventaron una especie de secuela, un ¿qué paso después? que narra la historia de Tarzán tras adaptarse a la vida civilizada y tener que regresar a la selva que le vio crecer.
En esta línea se encontraba ya la versión que protagonizó Christopher Lambert, Greystoke: la leyenda de Tarzán, rey de los monos, pero que dejaba demasiado de lado el aspecto aventurero de la obra de Edgar Rice Burroughs   y se acercaba casi a un drama romántico a lo Jane  Austen. La leyenda de Tarzán quiere ir por el camino de en medio y mezclar ambas vertientes, presentándonos a un Tarzán reconvertido en lord John Clayton, un caballero de la nobleza británica, casado con su inseparable Jane, que acepta regresar al Congo para comprobar las intenciones del rey de Bélgica con respecto a sus antaño amigos indígenas.
No es un mal punto de partida si no fuese por las carencias de un guion que no sabe exactamente hacia donde se dirige. Quiere ser una película aventurera pero la acción tarda demasiado en llegar, quiere tener una vertiente realista pero se olvida de profundizar en la personalidad de Clayton, quiere mostrar a una Jane independiente y fuerte pero termina convirtiéndola en la clásica damisela en apuros sin más recursos que esperar la llegada de su amado, quiere dar una carga de denuncia social con el tema de los esclavos y los diamantes que anhela el rey de Bélgica y termina olvidándose de seguir por ese camino… 
Pero es, por encima de todo, su director, un errático David Yates que trabaja tanto con el piloto automático que incluso se rumorea que dejó la película a medias para poder dedicarse a su nueva incursión en el mundo de Harry Potter. Es a Yates a quien hay que culpar de los altibajos de ritmo, de la frialdad que demuestra Alexander Skarsgård como Tarzán, de la fotocopia de casi todas sus interpretaciones anteriores que presenta Christoph Waltz o de la simpleza de algunos efectos visuales, demasiados dependientes del CGI y que en algunos omentos (como el horrendo desenlace) lucen verdaderamente mal.
Quizá uno de los problemas de La leyenda de Tarzán haya sido haberse estrenado tan poco tiempo después de El libro de la Selva, otra película “selvática” donde los animales, también creados por CGI tenían vida e incluso personalidad. Aquí estamos ante una mezcla de estos animales y la captura de movimiento empleada en la saga de El planeta de los Simios.
Con todo, la película no aburre, tiene a un Samuel L. Jackson recuperado para el bando de los buenos y a una Margot Robbie que termina siendo lo mejor de la película (y promete ser también lo mejor de Escuadrón suicida el mes que viene) y alguna escena de acción ligeramente inspirada.

Poco bagaje para una película que podría haber aspirado a mucho más y que no pasa de simple entretenimiento veraniego, un producto de usar y tirar que apenas será recordado al finalizar el verano y que deja cierto aroma a decepción.
Valoración: cinco sobre diez.

lunes, 25 de julio de 2016

ICE AGE: EL GRAN CATACLISMO: Caída libre hacia la mediocridad.

Tradicionalmente el cine de animación se dividía en dos vertientes: las historias sencillas y simplonas para entretener a los niños o las tramas elaboradas con referencias ocultas en as que poder distraer también a los sufridos padres. No era un terreno propio de secuelas a no ser las mediocridades oportunistas que se destinaban directamente al mercado doméstico. Pero los tiempos han cambiado y ahora la obsesión por hacer una franquicia de cualquier cosa ha propiciado que se establezca la norma del “todo vale por la pasta”.
La propia “jefa” de todo esto ya ha demostrado las carencias de títulos como Monstruos University o Cars 2 (algunos metería en el saco a Buscando a Dory), mientras que la decadencia se ha hecho mucho más evidente en títulos como Kung Fu Panda, Shrek o la que toca ahora, Ice Age.
No es que la Ice Age: La edad del hielo fuese una maravilla, pero entretenía bastante y presentaba a unos personajes con carisma suficiente para dar bastante juego. Pero no para llegar a la que es ya la quinta entrega de una saga que ha ido en claro bajón de calidad. Como en el caso de Shrek (solo la primera era verdaderamente interesante), el invento no da para tanto, y el verdadero cataclismo al que elude el título de esta nueva película de Manny, Sid y compañía es el propio argumento, una tontería plagada de violencia y trompazos como si no se pudiese aspirar a otra cosa que al humor fácil de Scrat golpeando y golpeándose con todo y la total falta de inteligencia en la construcción de situaciones o diálogos.
Nunca se ha caracterizado esta saga por su realismo (ya en su primera parte hacen coincidir humanos con mamuts), pero los despropósitos han ido a más hasta llegar al absurdo más absoluto (aquí te explican que la creación del universo, el big bang, fue culpa de Scrat pero… ¿de dónde sale Scrat? ¿y la nave extraterrestre? ¿y…?).
En fin, un cúmulo de tonterías una tras otra, con muchos colorines para no aburrir a los más pequeños (otra cosa es que lo consiga) pero totalmente prescindible para los mayores. Ni siquiera merece la pena como excusa para huir del calor veraniego que nos machaca. A no ser que lo que queramos es un lugar fresco donde echarnos una buena siesta, claro está.

Valoración: Tres sobre diez.

INFIERNO AZUL: agónica supervivencia.

Jaume Collet-Serra es uno de esos directores españoles que no logró ser profeta en su tierra y se largó al otro lado del charco a hacer las américas. Y no le ha ido nada mal, la verdad.
Infierno azul es su última película, y una de las pocas en las que no ha contado con su amigo Liam Neesson como protagonista. Y es también la película que va a ser comparada hasta la saciedad con el Tiburón de Spielberg.  Pero lo cierto es que más allá de que ambas están protagonizadas por un enorme escualo, poco es lo que tienen en común.
Infierno azul es una película mucho más pequeña, más sencilla, que la mítica obra de Spielberg, pero no se entienda esto como que es una película menor. Lo que sucede es que aquí no hay un pueblo en peligro por el bicho marino, ni alcaldes desoyendo las evidencias de peligro ni grupos de protagonistas que se unen frente a la amenaza. Aquí se trata más bien de una película de supervivencia, de un combate mano a mano entre la protagonista, una Blake Lively que hace una intensa y convincente interpretación y que las pasa canutas casi todo el metraje.
Poco hueco para la sorpresa hay en una historia que tiene en su desenlace su principal carencia, por más que sea algo obligado en un film de estas características, pero ese es precisamente el inmenso mérito de Collet-Serra. Conseguir estremecer al espectador y meterle el corazón en un puño en situaciones en las que por pura coherencia narrativa sabes que la chica se va a salvar no es algo al alcance de todos, y él lo consigue desde el minuto uno. Sin perder el tiempo en prólogos innecesarios, la acción arranca con rapidez y, salvo los “aperitivos” necesarios para definir sin dejar lugar a dudas al tiburón como la gran amenaza que es, el enfrentamiento entre ambos, chica y monstruo, se prolongará hasta el final. No estamos para tonterías y eso se agradece.
Puede que si analizamos la película con una lupa encontremos mil exageraciones que la despojen de su aparente realismo, pero nada de eso importa al lado del terror, la angustia y el sufrimiento que provoca, tanto en la pobre Lively como en el propio espectador. La ejecución de la acción, los movimientos de cámara, la música de Marco Beltrami (emulando y tratando de distanciarse a la vez de John Williams), la hermosa fotografía y la calidad de los efectos especiales hacen de esta película, de apenas una hora y media, una deliciosa pesadilla, una obra magnífica, imposible de comparar con esas patochadas de amenazas marinas tan de moda últimamente ya sea con tiburones, pirañas o mezclas raras entre ambos.
Una pequeña joya, aterradora y claustrofóbica en la prisión sin paredes que puede suponer un simple pedazo de roca. Magnífica sin más.

Valoración: Ocho sobre diez.

PREMONICIÓN: aceptable sucedáneo de Seven.

Cuentan que tras el gran éxito de crítica y taquilla de Seven en 1995 los productores se pusieron de inmediato manos a la obra para trabajar en una secuela. El resultado parece ser que es el guion de esta Premonición, en la que el personaje encarnado por Morgan Freeman resultaba tener poderes mentales que lo ayudaban a resolver el siguiente caso. Afortunadamente algo de control creativo quedó sobre David Fincher que se horrorizó con la idea y logró frenar el proyecto.
Ahora, más de dos décadas después, la película se ha hecho realidad, aunque totalmente desvinculada de los míticos personajes a los que dieron vida Freeman y Brad Pitt.
Anthony Hopkins interpreta a John Clancy, un vidente que vive aislado del mundo acosado por los fantasmas de su pasado (la muerte de su hija y el abandono de su mujer) al que la policía debe recurrir de nuevo para tratar de detener a un asesino en serie que los tiene totalmente desconcertados.
El esquema básico de pareja de investigadores que la propia Seven promovía se convierta ahora en trío cuando el agente Joe Merriwether, amigo desde hace años de Clancy, le obliga a colaborar con la joven y escéptica  Katherine Cowles (Abbie Cornish), creando un ambiente de animadversión mutua inicial que derivará, como era previsible, en una relación paterno filial.
Puede que en los arranques del film los esfuerzos del inexperto director Afonso Poyart por realizar un ejercicio visual efectivo inviten a injustas comparaciones con un David Fincher a todas luces inalcanzable, pero a medida que la narración te va atrapando y logras olvidarte completamente de Seven la película se revela como un interesante thriller, quizá con un esquema algo noventero (algo así sucedía con la reciente El secreto de una obsesión). Así, Poyart se esfuerza por dotar de dinamismo visual a una historia interesante de la cual quizá el tráiler nos había revelado demasiado pero que más allá del clásico conflicto entre buenos y malos propone una reflexión sobre quienes son en realidad los buenos y los malos. ¿Es el odio, como suele ser habitual en estos casos, lo que impulsa al villano de la función al que pone rostro Colin Farrell, o es más bien el amor? ¿Acaso no haríamos lo mismo que él nosotros mismos de encontrarnos en su situación y con sus poderes? Este es el trasfondo de Premonición, y lo que la diferencia de un capítulo más de las muchas series de televisión que abordan personajes similares.
No esperaba salir del cine con un tema de debate en la cabeza, y aunque tampoco es que estemos hablando de una profundidad reflexiva como para lanzar cohetes, en los tiempos que corren que un film te invite a reflexionar sobre algo (y de una u otra manera llevo ya tres seguidos) no es moco de pavo.
Como thriller policíaco, Premonición es una película interesante, bien filmada y con buenos actores, aunque sin demasiadas armas como para desmarcarse de la media del género. Es este punto de dualidad en su supuesta maldad lo que le da un pequeño aliciente. No es lo bastante como para que sea una gran película, pero al menos si consigue que las dos horas invertidas en su visionado valgan la pena.

Valoración: Seis sobre diez.

ELECTION: LA NOCHE DE LAS BESTIAS: Brillante punto y final.

Resulta curiosa (y hasta confusa) la decisión que se llevó a cabo en España a la hora de traducir el título de la película de 2013: The Purge. Como si La Purga fuese algo difícil de entender, se decidió dejar el título en inglés y añadir el subtítulo de La noche de las bestias, manteniendo el absurdo en sus dos secuelas, de manera que la saga The Purge se ha convertido aquí en la saga La noche de las Bestias. En fin…
El caso es que aquella película de hace dos años con la que el guionista James DeMonaco se consagraba como director resultó ser una pequeña decepción ante lo enormemente interesante de su propuesta: en una sociedad ligeramente futura en los Estados Unidos se decide celebrar una noche al año donde los delitos de vandalismo u violencia gocen de total impunidad, permitiendo así dar rienda suelta a los instintos más bajos del ser humano y garantizando, supuestamente, que el resto del año la violencia será fácilmente controlada. Aunque ya apuntaba esa obra a denuncia social, la limitación de su presupuesto obligaba a que toda la acción se limitara al interior de una casa, con lo que el original punto de partida se volvía algo rutinario y repetitivo pese al buen hacer de sus protagonistas, Ethan Hawke y Lena Headey, aunque ya hacía gala DeMonaco de una puesta en escena impactante y un gran diseño de personajes, con unos villanos caracterizados con máscaras y atuendos realmente perturbadores.
La película funcionó lo suficientemente bien como para dar pie a una secuela (Anarchy) en la que el propio DeMonaco hizo lo que todo el mundo deseaba: trasladar la acción a las calles y crear un personaje, el Leo Barnes interpretado por Frank Grillo (una versión nada disimulada del Punisher de Marvel), que pudiera hacer frente a los violentos, amplificando el conflicto en lugar de limitarse a repetir el esquema de víctimas atrapadas luchando por su supervivencia. Ya se intuía aquí, además, que las intenciones del gobierno (esos autoproclamados Nuevos Padres Fundadores) no eran tan benévolas como decían.
He dedicado tanto tiempo a repasar las películas anteriores porque con la tercera (y presumiblemente definitiva) película de la saga, DeMonaco se ha quitado directamente la careta (pero no la de sus personajes, que siguen luciendo un  look gloriosamente grotesco) para señalar con el dedo a un gobierno corrupto ávido de poder y dinero pero con un ligero mensaje de esperanza. Los políticos no son todos malos, como se suele decir. Sólo los que gobiernan. Y en ello está la senadora candidata Charlie Roan (Elizabeth Michell, la recordada Juliet de Perdidos), que con la ayuda, de nuevo, de Leo Barnes tratará de hacer frente a la cúpula de poder que se escuda en la decadencia de la sociedad para seguir justificando una Purga que solo beneficia a los de arriba. Si es que logra sobrevivir a la noche, claro está.
Election: La noche de las Bestias es sin duda la mejor película de las tres, demostrando DeMonaco que es capaz de crecer con cada nuevo trabajo, que es capaz de sumar profundidad e intenciones sin abandonar las virtudes que definen la saga. Así, consigue que este nuevo film tenga mucha violencia y tensión pero sin dejar de ser por ello reflexiva y profunda. La decadencia de una sociedad donde se han perdido los valores y que, además, se vuelve ahora global (genial el concepto del turismo criminal) encuentra una pequeña llama de esperanza que invita a que la lucha, por fin, tenga sentido.
Pero lo mejor de esta última película es que, además, vista la saga en su conjunto, hace que la primera parte tome más sentido y gane en calidad. Lo que entonces parecía un film algo flojo se ha convertido en una brillante carta de presentación, en un simple primer acto de una historia que, dos años después, parece haberse completado.
No estoy seguro de si The Purge deba considerarse una saga de cine de terror, por más que la sangre fluya a borbotones y la violencia y asesinatos la definan, pero lo que está claro es que el retrato de DeMonaco del ser humano puede llegar a dar mucho más miedo que todos los fantasmas de James Wan juntos.

Valoración: Siete de diez.

EL REY TUERTO: teatralidad reflexiva algo impuesta.

Escrita y dirigida por Marc Crehuet, El ReyTuerto es la adaptación de su propia obra teatral, y esto es un problema que la película arrastra durante casi todo el metraje (sobre todo en la escena de la cena) pero que luego se convierte en virtud en su tramo final, en un curioso ejercicio de metalenguaje con el que se busca la implicación del espectador de manera nada sutil.
Inspirada en algunos incidentes tristemente célebres entre policías antidisturbios y protestantes antisistema en unas recientes manifestaciones en Barcelona, la película pretende abordar los dos puntos de vista antagónicos entre un  mosso d’esquadra y una de sus víctimas, un joven que ha perdido un ojo por el impacto de una bola de goma disparada por el agente de la ley. Dos personajes a los que el destino une de forma caprichosa cuando sus respectivas parejas resultan ser amigas de la infancia reencontradas gracias a Facebook y se conocen en una incómoda cena que prometía ser uno de los puntos álgidos del film y que al final resulta ser de lo más fallido de la película. La tensión que se palpa entre los cuatro protagonistas es desaprovechada y termina sabiendo a poco, siendo al final muy breve y superficial. No es, desde luego, nada parecido a Un Dios salvaje, de Polanski, aunque apuntaba en esa dirección, además de ser en el momento en que más se peca de teatralidad (los dos protagonistas masculinos, además, son los mismos que habían representado la obra sobre el escenario), con momentos en los que los actores llegan a quedarse estáticos en espera a una interacción con el público imposible de alcanzar. Tenía además, hasta el momento, otra dirección la película, que parecía apostar más por reflexionar sobre la incomprensión o falta de comunicación entre las parejas (ninguna de las dos pasa por sus mejores momentos) que hacia la crítica social. Sí que funciona, no obstante, la cena como punto de inflexión para el primer giro de la película, donde se empieza a apostar más por una comedia casi surreal y un desarrollo esperpéntico de los personajes que recuerdan que, por encima de lecturas sociales y propuestas de debates, estamos ante una comedia. Y es en el terreno del humor donde mejor se mueve Crehuet, consiguiendo trasladar a la pantalla grande la química entre Miki Esparbé y Alain Hernández y permitiendo que la diversión impere por encima de la denuncia.
Y es que la denuncia nunca termina de funcionar del todo por culpa, sobretodo, al posicionamiento claro del propio Crehuet, que parece más interesado en dirigir al espectador para que reflexione en la dirección que él quiere que no en que se forjen sus propias opiniones. No parece, sobre el papel, que esta deba ser una película de buenos y malos, sino de puntos de vista, pero lo es. Por más que se caricaturice al bueno y se pueda llegar a sentir compasión del malo, lo es. Y eso desvirtúa en gran medida esa magnífica escena final en la que, disfrazada de definitivo descenso a la locura del protagonista, se implica de forma directa al espectador. David, el mosso interpretado por Hernández, recorre el camino que le lleva a ser verdugo, juez y hasta víctima del sistema. Al espectador no se le permite hacer lo mismo.

Valoración: Seis sobre diez.