domingo, 4 de octubre de 2020

Cine: EXPLOTA EXPLOTA

Generalmente, es relativamente sencillo valorar una película, ya sea para bien o para mal. En algunos casos, sin embargo, se hace realmente difícil encontrar un punto de equilibrio con el que medir la obra. Explota explota es uno de esos casos.

Por un lado, debo reconocer que me lo pasé estupendamente bien con la película. Está repleta de temas muy reconocibles de Rafaella Carrá y tiene unos puntos de humor muy divertidos que hace que se vea con mucho agrado. Sin embargo, son tantos los problemas que tengo con ella que no puedo obviarlos, por más que me gustaría.

Voy a empezar por estos, empezando por unos personajes que me parecen bastante antipáticos. La historia va, desde mi punto de vista, sobre una chica que quiere luchar por sus sueños de bailar pero que se pasa todo el rato huyendo de los problemas que se enamora de un chico tan guapo como cobarde y mentiroso. Ni siquiera estoy seguro de que Ingrid García Jonsson y Fernando Guallar estén a la altura. Es el padre de él, magnifico Pedro Casablanc, un censor muy chapado a la antigua quien, por más que sus ideas sean arcaicas y reprochables, es el único íntegro de la historia, pues al menos es fiel a sí mismo. Es cierto que la película trata de hablar sobre la libertad y la tolerancia (y es curioso como defiende el empoderamiento femenino desde la sexualidad y el culto a la belleza), pero para aceptar la premisa es necesario verlo desde la perspectiva de la época, no con ojos actuales. El propio protagonista hace una defensa sobre que lo que en una época era malo en otra no lo es, y más allá de lo a favor o en contra que uno pueda estar sobre la censura la realidad del momento (está fechada en 1973) es que las acciones de la supuesta heroína deberían ser vistas, a ojos de la sociedad, como reprochables y ganarse el odio popular. Al fin y al cabo, aún faltaban casi quince años para la nochevieja más mítica de la historia de TVE y ni siquiera por aquel entonces lo que sucedió con cierta cantante italiana fue visto con buenos ojos por gran parte de los españoles.

Es Amparo, con la piel de Veróniga Echegui, inevitable amiga de la protagonista, quien también se salva de la quema con un personaje extremadamente blanco y cargado de clichés, pero a la vez (casi incomprensiblemente) quien en muchos momentos parece llevar el peso de la acción, incluso en el apartado musical.

Con una exquisita ambientación de la Madrid de los setenta que, sin embargo, falla al no saber transmitir el espíritu navideño que se les supone a las fechas, el verdadero problema que tengo con este musical, del que uno no puede evitar salir tarareando las canciones, son, precisamente, los números musicales. ¿Están mal diseñados? Pues no. ¿Rompen la continuidad de la acción? Pues tampoco. ¿Los actores no están a la altura? Puede ser, pero tampoco es que Emma Stone tenga una gran voz y La la land sigue siendo una delicia. ¿Qué es lo que sucede entonces? Pues no sabría decirlo con precisión, pero tengo claro que, como amante de los grandes musicales, algo me falla cada vez que los personajes se ponen a cantar. Es como una sensación de artificio, como si el director Nacho Álvarez no consiguiese insuflar el toque de magia que un producto así necesita para que funcione. Incluso se denota una falta de naturalidad por parte de los actores, como cuando un cantante mediocre se enfrenta a un playback y no sabe disimularlo.

Y, sin embargo, como he dicho al principio, la película se puede ver con mucho agrado. ¿es mediocre? Sí. ¿Me ha gustado? También. Me recuerda al debate sobre Bohemian Rhapsody, que algunos la tachan de nefasta pero el la que el poderío de Queen se impone sobre todo. Es algo similar, pero a menor escala.

Tiene muchos defectos, pero incluso a pesar de ellos, funciona, más como comedia romántica ligera que como musical, pero funciona. Y muchas veces, las sensaciones que una película provoca deben sobreponerse a la técnica o al talento. A mí, en este caso concreto, me basta con eso.

 

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 3 de octubre de 2020

Cine: GREENLAND: EL ÚLTIMO REFUGIO

Existen dos tipos de personas: las buenas y las malas. Este parece ser el mensaje que Ric Roman Waugh, quien ya dirigiese a Gerard Butler en Objetivo: Washington DC, quiere dar en Greenland: el último refugio.

Lejano ya aquel 1998 en el que Armageddon y Deep Impact competían por llegar primero a las carteleras, de nuevo un meteorito amenaza con eliminar a toda la humanidad de la faz de la tierra. Tener a Butler de protagonista podría ser, a priori, algo para temblar, teniendo en la memoria la espantosa Geostorm en la que también nuestro futuro estaba en juego, pero por fortuna el libreto de Chris Sparling (cuyo guion más recordado sigue siendo el de Buried) va por otros derroteros. Sin dejar de lado la parte más fantástica y apocalíptica, y apoyándose en varios clichés del género, Greenland es, en el fondo, un drama sobre un matrimonio en crisis que debe enfrentarse a duras pruebas para conseguir seguir adelante, siempre con la seguridad de su hijo como principal objetivo. Para ello, deberán dejar varios muertos por el camino (figurada y literalmente), como abandonar a sus amigos y vecinos a su suerte, y verán como la situación escapa demasiado a menudo de su control, dependiendo, como he empezado esta crónica, de la generosidad o la villanía de los que se topen en su camino.

Recordando por momentos a la muy inferior El final de todo, Greenland se podría comparar en pretensiones a The walking dead (aunque en bueno), ya que usa una amenaza mundial como excusa para contar una historia que, en el fondo, es muy intimista y sencilla. Para que ello funcione, es fundamental que los personajes estén bien dibujados y que Gerard Butler y Morena Bacarrin se lo tomen en serio, y lo cierto es que la entrega de ambos en innegable.

Se puede echar en cara, en ciertos momentos, la puesta en escena de Waugh, muy oscura y por momentos confusa, pero tengo la sensación de que más que un defecto es un recurso que el propio director elige para transmitir la confusión y angustia de los propios protagonistas. Además, consciente de que pisa un terreno de sobras conocido por el público mayoritario, no pierde el tiempo explicando innecesariamente porqué suceden algunas cosas, limitándose a mostrarlas en pantalla sin más.

De aspiraciones mucho más humildes que la clásica propuesta de un Emmerich del montón (hay también en la historia ciertas reminiscencias a 2012), Greenland puede abusar de ciertos tópicos y obliga en algunos momentos a hacer verdaderos saltos de fe, pero es una agradable sorpresa que ofrece mucho más de lo que a priori parecía prometer, pudiendo decepcionar, eso sí, a los que busquen un simple film de escapismo y destrucción y recordando también a ciertos momentos de la alabada (y sobrevalorada) serie de El colapso.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Filmin: YOU DON'T NOMI

En ocasiones hay películas tan espantosas que terminan por ser títulos de culto. A ellas se remite la clásica free de «es tan mala que es buena» y los dos referentes más clásicos, cada uno de una generación diferente, son Plan nueve del espacio exterior, de Ed Wood, y The room, de Tommy Wiseau. Curiosamente ambas han merecido sendas películas analizando la historia de su rodaje y surgiendo como base para conocer a sus, por decir algo, autores: Ed Wood, de Tim Burton, y The disaster artist, de James Franco.

No creo que Showgirls juegue en la misma liga, pies aburre no me gustó nada en el momento de su estreno, y más viniendo de la mano de Paul Verhoeven, que estaba arrasando las taquillas con títulos como RoboCop, Desafío total o Instinto básico, pero estaba claro que tras un guion estúpido e interpretaciones sobreactuadas se encontraba un director que sabía o que se hacía.

Las críticas, sin embargo, fueron espantosas y el público le dio la espalda sin contemplaciones, marcando el comienzo del declive del realizador, al menos en su etapa hollywoodiense.

Pero, curiosidades de la vida, con el paso del tiempo ha tenido una segunda vida como película de culto, en una época donde el cine trash se ha vuelto banal y superficial, como demuestran títulos como Sharknado. Precisamente de eso trata You don't Nomi, el documental de Jeffrey McHale que se ha estrenado recientemente el Filmin.

El gran valor del documental, más allá de desvelar algunos de los entresijos de la película (que insisto, para mí no merece la categoría de culto), es la de analizar cómo una mierda (así es descrita textualmente en el documental) puede llegar a convertirse en todo un fenómeno. Además, sirve como análisis de las carreras de Verhoeven y Elizabeth Berkley, la actriz que iba a ser catapultada a la cama gracias a este proyecto y que terminó esfumándose del panorama internacional.

Y sirve, de rebote, para hablar de cine. Para entender muchas cosas de este mundo de locos.

You don't Nomi no va a tratar de convencerte de si la película es mejor o peor, pero si te va a dar unas cuantas claves para entenderla y saber verla con ojos nuevos.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Visto en Netflix: ENOLA HOLMES

Las aventuras de Enola Holmes es una saga literaria ideada por Nancy Springer de la que existen, hasta la fecha, seis entregas. En ella se presenta a una hermana menor del famoso detective Sherlock Holmes que parece destinada a seguir sus pasos y aunque el personaje sea inventado para la ocasión las novelas, muy orientadas a un público juvenil, toman prestados a muchos de los personajes de la obra de Sir Arthur Conan Doyle.

Parece ser que fue la propia Millie Bobby Brown quien, tras ser una fan declarada de las novelas, se empeñó en hacerse con el personaje, siendo la principal impulsora del proyecto hasta que, al cobijo de Legendary (para quien ya había trabajado en Godzilla: rey de los monstruos), el director Harry Bradbeer, responsable de bastantes episodios de las series Fleabag y Killing Eve, entró en escena y entre ambos sentaron las bases de la que sería la primera película basada en el personaje, incluyendo elementos como la voz en off o la ruptura de la cuarta pared.

Inspirada en la primera de las novelas, El caso del marqués desaparecido, Enora Holmes tiene el acierto de ser una historia de origen sin caer por ello en los convencionalismos y los errores característicos. -Esto se consigue, heredado ya de la historia literaria, con la mezcla de dos casos independientes: por un lado, la desaparición de la madre de Enola, que provoca que ella decida huir de sus hermanos en su búsqueda, y los intentos de asesinato de un joven al que la protagonista conoce en un tren.

Con todos los tics propios del cine de detectives, pero un enfoque fresco y divertido, algo surrealista en ocasiones (no solo con la ruptura de la cuarta pared, también con cartelones propios del cine en blanco y negro, recortables teatrales, etc.), la película funciona como entretenimiento juvenil, tanto como homenaje a los fans de Sherlock Holmes, dejándose ver por ahí viejos conocidos como Microsoft Holmes o el teniente Lestrade.

En el apartado interpretativo destacan Henry Cavill, Sam Claflin y Helena Bonham Carter, pero es Millie Bobby Brown quien debe soportar todo el peso de la película y lo hace a la perfección. Ella es quien se apodera de la pantalla desde el minuto uno y nos descubre a una talentosa actriz liberada de las limitaciones que su personaje en Stranger Things le imponían.

Finalmente, estrenada por todo lo alto en Netflix tras la cesión de Warner, asustados por la crisis del coronavirus (quizá el sitió que el destino le tenía reservado: no en vano está protagonizada por dos de las principales estrellas de la plataforma), la película es una deliciosa obra de aventuras, fresca y divertida, que pide a gritos una continuación, más si ello nos permite ver más tiempo juntos a Sherlock y Enora, poseedores de una química innegable.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: EL PRACTICANTE

A la espera de que llegue su último estreno cinematográfico, No matarás, Mario Casas parece sentirse cómodo a las órdenes de Netflix, pues tras ser un secundario de lujo en Hogar ahora es la estrella absoluta del último gran estreno de la plataforma: El practicante.

Ángel es un paramédico de ambulancias al que, desde el primer momento, se le intuye un halo de oscuridad. Vive con la francesa Vane, con quien comparte la frustración de no conseguir ser padres. Cuando un accidente lo condena a la silla de ruedas, todo empieza a ir a peor.

Con una psique retorcida que recuerda en ciertos momentos a la perturbación de Misery (hay algo del King más terrenal en El practicante), el director Carles Torras, acostumbrado a oscuras turbias, completa su descenso a los infiernos con esta historia de obsesión enfermiza en la que cada acción de Ángel se convierte en un camino sin retorno del que no podrá tener escapatoria.

Muchos son los que odian gratuitamente a Casas por su pasado de «forracarpetas», considerándolo poco más que una cara guapita, pero hace años que él se empeña en buscar papeles diferentes y arriesgados con los que romper esos estigmas, tal y como tuviera que hacer al otro lado del charco gente como DiCaprio, por ejemplo. Aunque seguramente nada de lo que haga le sirva para convencer a sus enemigos, lo cierto es que está consiguiendo completar una filmografía de lo más estimulante, y si Adiós fue uno de sus zénits interpretativos, en El practicante seguramente se enfrente a su papel más incómodo y desagradable. Y una vez más, sale airoso del intento.

El practicante es una película que se cuece a fuego lento, de narrativa tranquila y con más silencios que palabras, que se alimenta de las sombras y logra componer a dos personajes tan desesperados como angustiosos. A fin de cuentas, El practicante no deja de ser una historia de amor, por más que sea un amor enfermizo, mal comprendido. Son dos seres rotos, cada uno a su manera, que Casas y Déborah François componen a la perfección.

Al final, lo que tenemos es una película de intriga que coquetea con el terror, muy sórdida e incómoda, que supone, quizá, el mejor trabajo de Torras hasta la fecha y logra erigirse como uno de los títulos más interesantes de Netflix de los últimos meses. Su brutal puesta en escena, sin embargo, no puede ser del agrado de todos. Ese es el precio que, conscientemente, hace pagar Torras, buscando con saña el desagrado y la inquietud.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: COMO VENDER DROGAS ON-LINE (A TODA PASTILLA)

Cómo vender drogas on line (lo de «a toda pastilla» es un chiste del traductor para sustituir lo de «rápido») es el producto de Netflix más exitoso proveniente de Alemania, superando incluso a la ya mítica Dark, lo que ha propiciado que con la segunda temporada recién desterrada se haya anunciado ya una tercera.

En tono de comedia ligera, cuenta la historia de tres chavales que se meten, casi por casualidad, a trapichear con pastillas de éxtasis por Internet convirtiéndose, de la noche a la mañana, y casi por casualidad, en todo un imperio de la droga.

Tengo mis dudas sobre si se trata de un alegato a favor o en contra del consumo de drogas en adolescentes o si se limita a aprovecharse de una realidad para hacer burla de ello, pero el tono de perdedores de los protagonistas y las constantes malas devoluciones que toman fuerza que se les termine por tomar una simpatía que son el alma de la serie. Y eso que el aspecto del protagonista (y la dificultad de simpatizar con los estándares germánicos, acostumbrados al actor anglo sajón) puede provocar un cierto rechazo.

Vista la primera temporada, parecía que la cosa no tenía ya mucho recorrido, pero el nivel de absurdo se ha potenciado en esta segura, con la inclusión de nuevos personajes y mayores amenazas, invitando a pensar que podemos tener droga para rato.

No se trata de un humor descacharrante al estilo sitcom, pero sí se deja ver con gran simpatía, enterneciendo los personajes secundarios e intrigado con las tramas principales.

Al final, queda un producto bien facturado, tan adictivo como las sustancias que lo protagonizan, rápido de ver (son temporadas muy breves de alrededor de media hora por episodio) y con un protagonista al que puedes amar y odiar a la vez, ya que sus problemas son fruto de su mala suerte tanto como de su propia estupidez.

Para consumir con ligereza y un atisbo de sonrisa en el rostro.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Visto en Netflix: ORÍGENES SECRETOS

Nunca me cansaré de decirlo (y no cobro comisión, que conste; más bien la pago): desde que la pandemia ha obligado a cambiar las reglas del juego y poner en jaque a los cines Netflix se está erigiendo como la gran salvadora del cine español. Más que nada porque, independientemente de los beneficios que pueda aportar a las productoras (dato que desconozco), está permitiendo que películas condenadas a quedar sepultadas en una lista de espera aparentemente interminable puedan tener una visibilidad mayor incluso que la que le habría permitido un estreno en cines.

Es el caso, sin ir más lejos, de Orígenes secretos, película que merecería haberse podido disfrutar en pantalla grande pero que, de haber sido así (en circunstancias normales, me refiero), seguramente habría tenido que conformarse con un puñado de salas minoritarias con una campaña promocional más bien discreta.

Y es que, en cierto modo, la película de David Galán Galindo tiene algo de cine de autor (en el sentido más literal de la palabra), ya que el propio director se ha escrito el guion adaptando su propia novela. Todo queda en casa.

¿Y qué nos ofrece Orígenes secretos? Pues una mezcla impecablemente perfecta entre comedia e intriga con un argumento que no reniega de sus referentes (los llega a mencionar, incluso) y que se ve reflejada en la magnífica Seven, de David Fincher, para su punto de partida (el otro gran referente lo obviaré por no caer en el spoiler).

Un asesino en serie está aterrando Madrid, pero lo peculiar del caso es que cada muerte es una suerte de perfomance que parece imitar el nacimiento de algún superhéroe de comic. Para tratar de resolverlo, el detective de la policía David Valentín debe colaborar a su pesar con el hijo del anterior inspector, recién jubilado, un experto en la materia.

Así, tenemos una película de detectives, muy siniestra en algunos momentos, una buddy movie y una comedia que, en el fondo, sirve como vehículo para rendir tributo al mundo del noveno arte y que oculta en su interior centenares de guiños y referencias que, no obstante, no entorpecerán al espectador profano.

España nunca ha tratado bien a los superhéroes. La propia película lo critica en uno de sus diálogos: «mientras en Gran Bretaña escribían sobre el Rey Arturo, nosotros hacíamos el Quijote», y el cine es buena prueba de ello. Lo más digno que teníamos en la patria (y soy muy generoso con la palabra digno) era el SuperLópez perpetrado por Dani Rovira, pero David Galán Galindo pretende cambiar las cosas y dignificar la figura del héroe español, ya sea en la figura de un policía, un bombero o un tipo con capa y mallas.

Javier Rey y Antonio Resines no son Brad Pitt ni Morgan Freeman, y en algún momento pretenden parecerlo, pero la comparativa tiene un punto de acertada y la sombría ambientación que rodea los asesinatos son un eco perfecto y retorcido de la sombra de Fincher. Brays Efe, por su parte, es el representante de ese submundo cultural llamado (con un deje de desprecio por los profanos, pero con un toque de orgullo por los aficionados) frikismo. Es cierto que se le puede reprochar un exceso de cliché en el personaje, pero para eso está el papel interpretado por Verónica Echegui, que normaliza al aficionado al comic y los «muñequitos».

La gran virtud de la película es la de que, pese a tomarse muy en serio a sí misma, consigue ser muy divertida sin caer en el ridículo, resultando efectiva como comedia, como cine negro e incluso en su vertiente más dramática.

Invitando al aplauso con cada referencia oculta (algunas más que otras) y enriqueciéndose de un magnífico reparto, Orígenes secretos solo peca en una ligera falta de originalidad, casi calcando en concepto (que no en estilo) a los dos referentes ya mencionados, pero se le puede perdonar teniendo en cuenta lo magnífica que es en todo lo demás, aspirando a ser, a mi entender, de lo mejor del año en cine español.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: FREAKS. 3 SUPERHÉROES

Una de las cosas que más he escuchado a David Galán Galindo en entrevistas a raíz del estreno de su estupenda Orígenes secretos son los lamentos porque en España sea impecable hacer cine de superhéroes así, tal y como hacen en otras filmografías aparentemente inferiores.

Puede que esa sea precisamente la clave, la falta de complejos que no se puede permitir el cine español actual. Al fin y al cabo, en épocas pasadas (y olvidables) también nos seguimos con cosas como Supersonic man, por ejemplo.

Ahora, sin embargo, gracias plataformas como Netflix es muy fácil acceder a películas de otros países que en otras circunstancias no habrían llegado a los circuitos comerciales. Y viendo Freaks: 3 superhéroes uno no puede más que dar las gracias de que, si este es el modelo a seguir, aquí no hayamos apostado por ello.

La película, de nacionalidad alemana, es una historia alternativa de orígenes que no pretende, ni mucho menos, equipararse a las grandes propuestas de Marvel o DC, desde luego, pero es que ni siquiera aguanta la comparativa con obras más independientes como Super o El protegido, aunque sí pretende insinuar una posible continuación que, desde luego, a mi no me va a interesar nada.

La historia no tiene nada de novedoso, una narrativa de orígenes sin más, pero es que tampoco la puesta en escena es para echar cohetes. Con unas limitaciones económicas más que evidentes, la acción está filmada con torpeza y no hay ningún efecto virtual destacable.

Tampoco es que haya nada horrible en ella. No me estoy refiriendo a chromas espantosos ni a CGI ridículo. Es más bien la simpleza de sus pretensiones que no alcanza para interesar demasiado. Es todo muy plano y sin alma y ni siquiera el desarrollo de personajes, algo más trabajados que en una producción mainstream habitual, llega a enamorar, incidiendo el el cliché de ridiculizar al friki amante de los comics.

En cierto modo, me sentía como si se tratase de un telefilme con pretensiones, más oportunista ante la moda comiquera que verdaderamente ambiciosa.

 

Valoración: Tres sobre diez.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Visto en Amazon Prime: GRETEL & HANSEL

Estrenada de aquella manera justo a las puertas de la pandemia, Gretel & Hansel es una de esas películas condenadas al olvido de no ser por la segunda vida que las plataformas les dan, en este caso a través de Amazon Prime Video.

Estamos ante una nueva versión del popular cuento de los hermanos Grimm, mucho más oscuro y macabro, si cabe, que la propia versión literaria, que nada que ver tenía con los cuentos endulzados a los que estamos acostumbrados. Con una estética sombría y desoladora que recuerda poderosamente a La bruja, de Robert Eggers, y un ritmo pausado heredero quizá de Ari Aster (con lo que tenemos elementos de dos de los gurús del terror actual más importantes),

La película cuenta la historia de dos hermanos que, deambulando por un bosque en busca de comida, se tropiezan con una cabaña cuya anciana propietaria obsequia con deliciosos manjares. Esto es, a través rasgos, lo único que tienen en común el guion con el cuento popular, ya que el director, Osgood Perkins, como se intuye ya con el cambio de orden de los nombres protagonistas, aprovecha la ocasión para lanzar unos cuantos mensajes feministas y hacer algo de crítica social velada que, no obstante, está realizada con el suficiente tacto como para lograr evitar caer en el panfletismo barato.

Para ello, Perkins hace que Sophia Lillis cargue con todo el peso de la película, ya que si bien Alice Krige esta magnífica dándole réplica debe compartir parte del mérito con la horrenda (en el buen sentido de la palabra) caracterización. No voy a descubrir ahora el talento de Lillis, que ya nos enamoró en las dos entregas de It (en especial en la primera) y que se hizo sin problemas con las riendas de la serie Está mierda me supera (de la que el Covid nos ha gustado la esperanza de una segunda temporada). Sin embargo, y sin que para nada sea culpa suya, tengo la sensación que la propia esencia del personaje, tan sobrio y frío, impiden que en esta ocasión pueda lucirse lo suficiente.

He leído alguna crítica que habla de la mejor película de terror del año (lo cual no voy a discutir en vista del año pobre de cine que llevamos), asegurando que es una propuesta para todos los paladares, y con eso sí que no puedo estar más en desacuerdo. Gretel & Hansel es una película difícil, muy lenta y sosegada, con una fotografía muy hermosa y una ambientación impecable, pero que puede llegar a sacar de quicio al espectador acostumbrado a un terror más convencional. Además, es una propuesta muy pequeña y Perkins parece tan consciente de ello que se enfrenta a la película con cierto complejo, cuidando más las formas que los fondos y evitando algún momento más de impacto que, en determinados momentos, la película necesita desesperadamente para poder avanzar. También es cierto que en los pocos instantes de juegos visuales el CGI demuestra lo precario del presupuesto.

Además, los efímeros giros de guion que pretenden despistar al espectador se ven lastrados por un final que, por ser heredero del cuento al que hace referencia el título, malogra la supuesta sorpresa final.

En resumen, curiosa película, de atmósfera turbia e insana, más desasosegante que aterradora y sin un solo toque de humor. Se deja ver, siempre teniendo claro que exige un punto de esfuerzo por parte del espectador. Por lo que a mí respecta, puestos a pedir, sigo a la espera de una secuela de esa locura que fue Hansel y Gretel, cazadores de brujas, con unos Jeremy Renner y Gemma Artenton molando mil.

 

Valoración: Seis sobre diez.


Visto en Netflix: #VIVO

En el peor momento de la pandemia (mejorando lo presente), con casi todo el mundo encerrados en sus casas, se me ocurrió escribir un relato para compartir por las redes y poner mi granito de arena para aliviar el tedio de los presentes. 

La historia, que funcionaba a modo de spin off de Mundo Muerto, planteaba el confinamiento desde la perspectiva del apocalipsis zombi descrito en mi novela.

Casualidades de la vida, algo parecido es lo que propone #vivo, que sigue los pasos de un youtuber de Seúl tratando de sobrevivir a la epidemia desde la soledad de su apartamento.

Sirviendo como aperitivo a la llegada de Península, la esperada secuela de Tren a Busan (de la que, por cierto, no me llegan sensaciones demasiado positivas), la película es en realidad un remake conceptual de una propuesta americana. Sirviendo el guion como inspiración, se da la curiosidad de que la producción coreana ha sido más veloz que la original, estrenándose antes y logrando, gracia a su presencia en Netflix, una visibilidad mayor de lo habitual en una adaptación de estas características.

Tampoco es que importe mucho. Más allá de su planteamiento inicial, la historia tiene muy poco de original, cayendo en unos esquemas demasiado comunes y provocando al espectador cierta sensación de déjà vu algo molesta.

Por otro lado, casi todo el peso de la narrativa cae en su único protagonista (que me cuentan que es más o menos famosillo en su tierra), sin lograr transmitir demasiado y fracasando en el intento de hacerse querer lo suficiente. Por eso, una de las grandes contradicciones de la película es que cuando entra en escena, bien avanzada la trama, otro personaje importante el film gana en ritmo, pero pierde en originalidad.

Sin embargo, es su detalle técnico y la extraña lógica interna de la película lo que más me ha impedido disfrutar de ella. Quizá sea problema mío, por ser muy quisquilloso y fijarme en lo que no debo, pero mientras el maquillaje y la composición de los muertos está muy lograda (siempre siguiendo el lenguaje propio del cine coreano, que el k-zombie es casi un género en sí mismo) me desesperan escenas como la de un Seúl nocturno el vigésimo día de apocalipsis con coches circulando como si nada o el hecho de que se caiga Internet y se queden sin agua pero no haya problemas de luz (quizá sean edificios sostenibles, pero en tal caso sería necesaria una explicación mínima). Tampoco es que las acciones del protagonista me parezcan demasiado coherentes.

En resumidas cuentas, película entretenidilla, con ciertos momentos de intriga bien llevada, pero que no aporta nada nuevo al género y flojea en esa presunta crítica hacia la dependencia virtual que parece querer proponer. Sirve para pasar el rato, pero no ofrece mucho más.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Visto en Netflix: THE BABYSITTER. KILLER QUEEN

No estoy seguro de si el concepto de sleeper (un éxito en cines repentino e inesperado) es aplicable a las plataformas de streaming, pero el caso es que hace poco más de tres años, cuando parecía que Netflix triunfaba con algunas de sus series, pero aún tenía mucho que demostrar en el campo de las películas, un título pequeñito apareció de la nada y copó todas las miradas.

McG, ese director sin apellidos que se dio a conocer con Los Ángeles de Charlie y al que habíamos perdido la pista tras Terminator Salvation (a la que por lo menos hay que reconocerle el mérito de ser la única secuela de los dos filmes de Cameron que trataba de apostar por un camino diferente), presentaba The babysitter, una gamberrada muy divertida más propia del festival de Sitges que de otra cosa. Con mucha sangre y gore del más aparatoso, contaba la historia de un niño enamorado de su niñera y como debe enfrentarse a la amenaza de una secta satánica, mezclando las homme invasion (con Solo en casa como principal referente) con los slashers propios del Wes Craven más desatado.

Como siguiendo el paradigma que el maestro Craven asentó para las secuelas del cine de terror, The babysitter: killer queen, la esperada continuación, apuesta por multiplicar todo lo que funcionaba en la película original, sin miedo a caer en el exceso y coqueteando con el ridículo sin rubor.

Cole, el chaval protagonista, ha crecido, pero sigue traumatizado por los sucesos de la primera entera. Cómo nadie cree en su relato, todos (incluidos sus propios padres) lo toman por chiflado. Peo lo más puñetero de los fantasmas es que tienen la molesta manía de regresar, y esta vez lo hayan de la mano de quien Cole menos se podía esperar.

Aprovechando la mancha ancha que Netflix le ha dado, McG se ha desmelenado, pariendo una absoluta locura con todos los excesos imaginables. Una de esas películas que de ser estrenada en cines habría provocado aplausos y carcajadas en los festivales del género pero que la crítica habría vapuleado.

Y es que, en el fondo (reconozcámoslo), la película podría describirse como una basura, excesiva, descreída y de un humor negro (o casi mejor rojo, vista la hemoglobina que se gasta) tan burdo que en ocasiones roza el cartoon. Pero le salva el hecho de ser tan autoconsciente, tan intencionadamente desvergonzada, que es imposible tomársela en serio en ningún momento, tal y como no lo hacen ninguno de sus autores. Esto es cachondeo puro y como tal se ha de interpretar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Está claro que no es una película del gusto de todo el público, pero aquel que comulgue con la casquería más banal, con los referentes cinematográficos frikis y con el aroma a serie B ligeramente añejo, podrá disfrutar de esta propuesta que, ojalá, tenga continuidad.

 

Valoración: Siete sobre diez.