martes, 30 de agosto de 2016

CUERPO DE ÉLITE: tronchante e inteligente.

Resulta extraño, a la vez que estimulante, encontrarse con una película de estas características en nuestra filmografía. Sabiendo que el género de las comedias de acción están muy de moda actualmente, faltaba una muestra de ello en el cine español, donde Anacleto, agente secreto o la saga de Torrente es lo que más se le acercaba.
Para empezar, Cuerpo de élite tiene el mérito de no esconder sus intenciones. Es imposible ir a ver esta película y salir diciendo que no era lo que uno se esperaba, pues más claro no puede estar todo. Los referentes se intuyen desde lejos y las intenciones también. En el fondo, no deja de ser una nueva vuelta de tuerca a la comedia de tópicos que funcionó estupendamente bien en Ocho apellidos vascos y algo peor en Ocho apellidos catalanes, aunque es cierto que las burlas regionales, al final, terminan siendo poca cosa con lo que cabría esperar.
La película comienza con una especie de prólogo al más puro estilo Bond para enseguida presentarnos a nuestro grupito de perdedores que deberán dejar de lado sus diferencias para hacer piña contra un mal menor. Nada nuevo bajo el sol desde luego, pero contando con un interesante elenco actoral nutrido sobretodo del mundo televisivo, el invento funciona francamente bien. Haciendo bandera del absurdo, Cuerpo de élite homenajea sin disimulos a películas como Misión Imposible, James Bond o Mentiras Arriesgadas, se inspira en sátiras como Loca academia de Policía, Arma Fatal o cualquier película con Leslie Nielsen al frente y, aun perdiendo la batalla comparativa con todas ellas, roba de aquí y allá logrando algo tan difícil como conseguir su propia identidad.
Para ser justos, deberíamos decir que es muy inferior a casi todos los ejemplos mencionados, aunque por lo menos sabe hacer una mezcolanza de clichés y tópicos sin afectar al ritmo (ni de la acción ni del humor) que tiene mucho mérito. Pese a las referencias evidentes, no pude evitar durante el metraje compararla con otra película de rabiosa actualidad por más que sus diferencias sean también abismales. Repasemos: tenemos un grupo formado por una chica guapa y varios tipos más o menos duros. Cada uno experto en algo diferente. Unidos por un poder superior pese a sus diferencias. Alternando chistes más o menos tontos con acción. Y que encima, antes del clímax final, se definen ellos mismos como a punto de embarcarse en una misión suicida…
Efectivamente, veo yo en Cuerpo de Élite a una versión cañí y mucho menos elegante del Escuadrón Suicida, pero con la salvedad de que en esta ocasión si gana en la comparativa. Para bien o para mal, Cuerpo de élite cuenta con una presentación de personajes, se toma su tiempo para preparar y conectar a sus miembros entre ellos y da tiempo a que se conozcan y los conozcamos. Plantea la misión correctamente y ofrece los suficientes giros argumentales para mantener el interés. Joaquín Mazón acierta en todo aquello en lo que David Ayer fracasaba, logra que los ojos azules y la ingenuidad sureña de María León me hagan olvidar los shorts de Margott Robbie y permite que me crea que, pese a todo, estos tipos tan ridículos y estrafalarios son capaces de actuar como equipo.
Luego hay ciento setenta y un millones de presupuesto de diferencia, y eso a la fuerza se tiene que notar. Pero tampoco tanto, la verdad.
Así que, con todas la limitaciones que ofrece la simple idea de formar un equipo de idiotas (en el buen sentido de la palabra) con sus tics autonómicos algo exagerados (aunque tampoco tanto), Cuerpo de Élite termina resultando una divertidísima comedia de acción, que funciona en casi todo su metraje, con algunas escenas impagables y cameos muy celebrados y que supone un colofón perfecto a un mes de agosto que, cinematográficamente hablando, ha tenido de todo, desde grandes decepciones hasta interesantes títulos.
Cuerpo de élite merece sin duda estar entre el segundo grupo, ya que de lo que no tengo ninguna duda es de que yo me dejé los complejos en la puerta y me lo pasé en grande. Y por eso va a ser una de las películas que voy a recordar de este verano.

Valoración: siete sobre diez.

HEIDI, nostalgia de altura.

De vez en cuando aparecen películas como esta Heidi de las que uno apenas conocía su existencia hasta toparse de repente con el primer tráiler y no puede más que decir: ¿En serio? Para los que pertenecemos a una generación que creció con el anime japonés dejándonos atados al televisor sufriendo por la relación entre esa niña huérfana y su taciturno abuelo, por la jovencita inválida o por la antipática institutriz de Frankfort  se nos antojaba absurdo querer dotar de imagen a unos personajes tan icónicos que quedarán para siempre grabados en nuestra memoria, siendo además poco menos que imposible condensar en una película la historia que la suiza Johanna Spyri repartió en dos tomos o los cincuenta y dos episodios de la serie animada. Sin ir más lejos, ¿alguien recuerda esa versión titulada Más allá de la aventura en la que Heidi era Juliette Caton y Pedro Charlie Sheen?
El caso es que el realizador suizo Alain Gsponer se ha atrevido con la propuesta y ha logrado filmar una de las películas alemanas de más éxito en los últimos años, consiguiendo llegar hasta las nuevas generaciones (para las que el clásico de los años setenta quedaba ya muy lejano) con una historia sencilla y muy bien narrada.
Corría el peligro de que la aventura de la niña huérfana que es llevada a la fuerza a vivir a una casa perdida en lo alto de los Alpes con su huraño abuelo resultara en exceso empalagosa o lacrimógena. Sin embargo, Gsponer ha tenido el acierto de limpiar de paja casi toda la trama decidido a ir al grano, permitiéndose algunas elipsis que perjudican gravemente al desarrollo de personajes, que quedan retratados de manera muy simplista, pero favoreciendo con ello al ritmo narrativo.
En las casi dos horas me metraje pasan tantas cosas que uno no puede aburrirse en ningún momento, con las idas y venidas de Heidi a los Alpes, su estancia en Frankfort y el descubrimiento de lo que significa la amistad en manos de Pedro y Clara. No hay tiempo para más y uno quizá echa en falta más interacción animal (no busquéis aquí ni a Niebla ni a Pitchi, mientras que a las cabras se las llama por su nombre y poco más) o un poco de pausa para entender mejor los sentimientos de los personajes, pero ello haría que la obra se inclinase peligrosamente hacia el melodrama. Gsponer tenía muy claro lo que quería, una comedia simpática, familiar, alegre y que dejara a los niños con un buen sabor de boca y con alegría en sus corazones, sin que ello llegue a resultar en ningún momento demasiado indigesto para el público adulto.
Sí, como ya sucediera en la reciente Peter y el dragón, Heidi peca un poco (o quizá incluso demasiado) de ingenua y contiene un optimismo algo pasado de moda, pero de vez en cuando conviene ver alguna película así en la que enseñar a los más pequeños a disfrutar del cine sin necesidad de violencia i grandes catástrofes.
No es una obra perfecta ni pasará a los anales de la historia (posiblemente ni de nuestra memoria a corto plazo), pero se disfruta con simpatía y es un buen pasatiempo para despedir el verano con buen humor.

Valoración: seis sobre diez.

CAFÉ SOCIETY, pequeño gran Allen

El estreno de un Woody Allen siempre es una buena noticia para las carteleras, por más que su cine sea más apetecible con el dorado de las hojas del otoño que sufriendo el último empujón del calor veraniego, donde apetece más refrescarse al amparo de estupideces palomiteras de rápido olvido.
Café Society no está entre lo mejor de la filmografía del Sr. Allen, que en lo que llevamos de siglo solo ha hecho dos películas realmente memorables: Match point y Midnigth in Paris (Blue Jasmine no estaba nada mal, pero eso era más mérito de Cate Blanchett que de él), pero tampoco está entre lo peor. Se mueve más bien en un terreno intermedio, marcado por la comodidad, en la que el neoyorquino parece estancado desde hace muchos años.
Café Society, como la mayoría de sus títulos recientes se limita a realizar un copia y pega de sus tics más habituales, configurando una comedia triste donde la genialidad de los diálogos sólo asoma muy esporádicamente y en la que la cámara se mueve acompasadamente pero sin grandes virtuosismos. Eso sí, es la primera vez que Allen filma en digital y eso embellece la fotografía, sobretodo en la parte correspondiente al Hollywood clásico.
Leí una vez que muchos autores (el artículo comparaba demencialmente a Allen con Stephen King) escribían sobre perdedores a los que les pasaban grandes cosas hasta que la vida sonreía a estos autores y entonces se dedicaban a hablar sobre triunfadores a los que les pasaban malas cosas. En ese término, Café Society nos enseña como un don nadie, Bobby, vuelve escaldado de su intento por comerse el mundo en el Hollywood de los años 30 para terminar regentando el local más cool de todo Nueva York, pero, como suele suceder en el cine de Allen, el amor se cruzará en su  camino y será ese amor, imposible por definición, lo que marcará el ritmo de la historia, una historia, eso sí, regada de lujo y glamour por doquier.
Con toques humorísticos más dedicados a las tramas paralelas que a la principal, Café Society es una historia triste y reflexiva que deja un regusto amargo tras su visualización y desaprovecha las muchas posibilidades que la mítica meca del cine podía ofrecer.
Nuevamente es en el reparto donde se encuentran las mejores bazas de la película mostrando Eisenberg y Stewart la gran química que hay entre ellos (es su tercera película juntos) y lo que han evolucionado como actores. Ella, con un papel intencionadamente comedido y sensual que la acercan más a la Valentine de Viaje a Sils Maria que a la Bella de la saga Crepúsculo, mientras él consigue que superemos las pesadillas que su Luthor nos provocó en Batman V. Superman. Por el contrario, la magnífica Blake Lively apenas tiene tiempo ni frases para lucirse mientras que Steve Carrell, un gran actor de comedia a la que cada vez lo vemos en más películas serias, no parece en su mejor momento, haciendo que nos preguntemos cómo habría cambiado la película si su papel lo hubiese realizado el inicialmente previsto Bruce Willis.
Allen acierta en muchas de sus propuestas, con escenas bastante icónicas (el encuentro de Bobby con la prostituta Candy) o las falsas apariencias que el personaje de la Stewart debe mostrar según en qué momento de su vida se encuentre, pero al final la cosa sabe a poco como si esta hubiese podido ser una gran película que queda algo desleída y Allen no hubiese sabido (o querido) retorcer a sus personajes en el último momento. A Jasmine la trató tremendamente mal: con otros personajes como  la Sophie Baker que Emma Stone interpretó en Magia bajo la luz de la luna supo ser más amable. En Café Society prácticamente abandona a la joven pareja a su antojo para que ellos mismos purguen sus errores y deja pie al espectador para juzgar por sí mismo quien gana y quién pierde a raíz de las decisiones tomadas.
Café Society no es una gran película, pero en manos de Woody Allen ninguna película es tampoco demasiado pequeña.

Valoración: siete sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

AL FINAL DEL TÚNEL: entretenida y poco más

Pese a la presencia de algún actor español en el reparto, Al final del túnel es una película cien por cien argentina. Ello no implica que se englobe dentro de la moda actual en nuestra cinematografía de apostar por las películas de intriga policíacas, más concretamente en su vertiente de robos a bancos, y en esa línea se encuentra el título que ha dirigido Rodrigo Grande.
Leonardo Sbaraglia es Joaquín, un hombre condenado a una silla de ruedas tras un trágico accidente cuya única finalidad en la vida es espiar a sus vecinos de finca que planean un elaborado robo a una sucursal bancaria. Pero en el momento en que Berta (Clara Lago) y su hija alquilan una habitación en su casa toda su vida se verá trastocada.
Fábula de intriga sobre el honor, la lealtad y el amor que contiene grandes momentos de tensión (todo lo referente al túnel al que alude el título) y que está filmada con elocuencia y buen hacer pero que, a la hora de la verdad, poco o nada aporta al género. Todo lo que se ve es esperable y los giros de guion no resultan ni de lejos tan sorprendentes como se pretende, ni impacta lo suficiente ese clímax final tan inspirado en Tarantino.
Al final del túnel es una de esas películas que se ven con agrado, que te mantienen tenso y pegado a la butaca y que se pueden olvidar tras la salida de la sala. Cine de consumo puro y duro, tan correcto como innecesario y que, desde luego, no va a trascender para nada.
Y aun así, se puede recomendar sin problemas, porque hay veces en que la trascendencia es conveniente dejarla aparcada en la puerta y dejarse llevar por una historia sin implicarse demasiado en la misma.

Valoración: Cinco sobre diez.

STAR TREK: MÁS ALLÁ. Echando de menos a J.J.

Corría el año 2009 y la saga Star Trek (televisiva y cinematográficamente hablando) parecía totalmente agotada y defenestrada hasta que llegó el nuevo rey Midas de Hollywood J.J.Abrams y se sacó de la chistera una mezcla entre remake/secuela/reboot que funcionó estupendamente y ofreció una segunda juventud para las aventuras del Enterprise y su tripulación por más que los trekkies más radicales echaran pestes de ella. 
Tras una secuela igual de exitosa se puso por medio Star Wars y Abrams se bajó de la silla de director (que no de productor) dejando su puesto a Justin Lin, director taiwanes que ya había demostrado su buen hacer en las mejores piezas de la saga Fast & Furious.
No es este el único cambio importante que hay tras los créditos de Star Trek: Más allá, ya que los guionistas de las dos primeras entregas (Alex Kurtzman y Roberto Orci), fieles colaboradores de Abrams, dejaron los papeles en manos de Simon Pegg y Doug Jung. También Carol Marcus, el personaje de Alice Eve en Star Trek: En la oscuridad, desaparece sin comentario alguno.
Por el resto, todo sigue como siempre, con la tripulación de la Enterprise bien definida y la personalidad del capitán James T. Kirk evolucionando de película en película. Atrás han quedado los días de las chiquilladas, y tras los hechos de En la oscuridad el personaje al que da vida Chris Pine es ya un mando responsable y formal que incluso parece cansado ya de las aventuras espaciales y se plantea sentar la cabeza definitivamente.
Con la entrada de Pegg en el equipo de guionistas se podría pensar que la cosa iba a ser mucho más humorística, pero el protagonista de Zombies Party parece saberse muy bien las inquietudes de los trekkies recuperando a la Enterprise del espíritu aventurero de la que quizá carecía en las dos películas anteriores y recordando que se trata de una nave de exploración y no bélica, por más que la guerra termine persiguiéndola a ella.
De hecho, es la muerte uno de los temas centrales de la película, o al menos de las motivaciones de sus dos protagonistas principales. El fallecimiento de Leonard Nimoy, el Spock original que estaba presente en esta saga como versión futura y alternativa del Spock de Zachary Quinto, es usado como recurso para que el Spock joven se replantee su lugar en el mundo (además de servir para rendirle tributo), mientras que el cumpleaños del capitán Kirk le recuerda que ha conseguido vivir más de lo que lo hizo su propio padre (no os preocupéis por ello, Abrams ha anunciado que este, interpretado por Chris Hemsworth, volverá en la siguiente entrega, ya veremos cómo). Además, y como elemento externo, hay que recordar que el actor Anton Yelchin, que daba vida a Chekov, falleció poco después de terminar el rodaje; a él también va dedicada la película.
Star Trek: Más allá tiene momentos de mucha oscuridad, pero también de pura aventura, explorando nuevas razas y mundos desconocidos e incluso añadiendo nuevos personajes a la ecuación, como la Jaylah a la que interpreta Sofia Boutella, toda una declaración de intenciones que pretende diversificar la acción pero que termina pesando demasiado en el ritmo narrativo. Hay mucha acción, persecuciones y peleas, pero Lin no es Abrams y la dirección no es tan firme como en las dos películas anteriores. No trabaja Lin con la misma limpieza (reflejos luminosos aparte)y hay momentos de confusa precipitación que ensombrece el espectáculo, parte que el exceso de maquillaje reste presencia a un actor como Idris Elba en el papel de villano, en clara contraposición a lo que sucedía con el Khan de Benedict Cumberbatch.
En resumen, que estamos ante un nuevo gran espectáculo visual, una delicia de película, divertida, emocionante y adrenalítica, algo loca en algunos momentos (el capitán Kirk haciendo motocrós en un planeta extraño), pero que no consigue despegar del todo en busca de esta nueva identidad que la diferencia del trabajo de Abrams, colocándola un pasito por debajo de las dos anteriores estregas. Incluso el gran Michael Giacchino parece algo más acomodado que en otras ocasiones.
Película a la que se le pueden poner objeciones, y bastantes, pero que sigue siendo un magnifico entretenimiento.

Valoración: siete de diez.

PETER Y EL DRAGÓN. Un cuento para niños grandes.

A estas alturas de la película no seré yo quien se extrañe (y mucho menos se queje) del abuso que está haciendo Hollywood de hacer remakes de sus propias películas, aunque este verano está siendo especialmente sangrante. Evitando caer en la tentación fácil de criticar una película antes de verla (aunque me apetece muy poco hacerlo, la verdad), estamos a punto de recibir a un nuevo Ben-Hur, más tarde llegarán Los Siete Magníficos y aún estamos pendientes del resultado comercial que tengan las nuevas Cazafantasmas. Y en medio de todo esto llega Peter y el dragón, remake de un clásico Disney que por estas tierras se tituló Pedro y el dragón Eliott y que supuso una revolución al combinar dibujos animados con acción real.
Por mucho que esa película pudiese marcar a los niños de mi generación, aquí la Disney no se ha andado con chiquitas y lo único que tiene de remake la cosa es la idea conceptual de un niño que se hace amigo de un dragón, desmarcándose inteligentemente de su referente para todo lo demás. Este ya no es de dibujos animados ni hay canciones por doquier (a Dios gracias). Y el doblaje, desde luego, ya no es en español latino.
Sí tiene la película un aire muy clásico, al menos en su concepción, que recuerda las comedias familiares de la época de Mary Poppins o La bruja novata, donde no hay buenos ni malos y todo se soluciona de la forma más sencilla e ingenua posible. Es ese sentido, Peter y el dragón es una comedia muy blanca e infantil que, sin embargo, se deja ver con agrado por espectadores de cualquier edad.
El argumento tiene muy poco de original, resultando una mezcla extraña entre El libro de la Selva y King Kong, con un niño humano criado en el bosque y una bestia gigante tratando de ser capturada para su exhibición. Y quiere David Lowery (director de En un lugar sin ley que en breve repetirá con Robert Redford en El viejo y la pistola y con Disney con Peter Pan) ser tan onírico y visualmente hermoso que todo el primer arco argumental que explora la amistad entre Peter, el niño perdido, y Eliott, el dragón, retozando y sobrevolando los bosques del noroeste del Pacífico, amenaza con hacerse pesado e incluso soporífero. Pero pronto entran en escena el resto de los humanos y la cosa se anima.
Con un reparto de verdadero lujo (Bryce Dallas Howard, Robert Redford, Wes Bentley y Karl Urban), quienes realmente se llevan la palma son los pequeños de la función, maravillosos Oakes Fegley y Oona Laurence, que enamoran a la cámara y hacen creíbles lo increíble de sus personajes.
En Peter y el dragón no hay cabida para la verosimilitud ni la coherencia. Todo es muy absurdo, tramposo y pillado por los pelos, pero da igual, ya que de lo que se trata es de un cuento sin hadas pero con mucha magia destinado al niño que todos llevamos dentro. Y por eso podemos aceptar que una bestia salvaje que vuela, se mimetiza con su entorno y puede escupir fuego sea, en realidad, tan adorable como un cachorro. Y es que, aunque estemos saturados de tanto Hobbit y tanto Juego de tronos la realidad es que, pese a todo, los dragones siempre molan.
¿O no?

Valoración: Seis sobre diez.

NUNCA APAGUES LA LUZ: Ten miedo a la oscuridad.

Hace ya algunos años que el director malayo James Wan se ha postulado como referente dentro del cine de terror y parece que, pese a sus recientes devaneos con blockbusters totalmente alejados del género (dirigió Fast&Furious 7 y actualmente está trabajando en Aquaman), no hay nadie capaz de hacerle sombra. Se dice de él que revitalizó el género con la saga gore de Saw, que luego lo transformó hacia un clasicismo mucho menos sangriento pero más aterrador con títulos como Insidious o Expediente Warren y ahora parece querer reinventarse de nuevo alejándose de los sustos fáciles y los efectos musicales tramposos para ahondar en un terror mucho más basado en el drama de los vivos que en devaneo con los muertos. Esto le ha funcionado de maravillas en la excelente Expediente Warren: El caso Enfield y repite la jugada como productor en Nunca apagues la luz.
El origen de la película está en un corto con el mismo título que dirigió David F. Sandberg hace tres años sobre un ente demoníaco que solo podía moverse entre sombras. Wan lo vio, le encantó (o le aterró, mejor dicho) y le puso el trampolín necesario para convertir su idea en un largometraje.
Como film de terror, Nunca apagues la luz funciona medianamente bien. Crea un posible nuevo icono para la galería de villanos del género (esa Diana de dedos alargados y retorcidos) y le confiere el suficiente mal rollo merced a unos juegos de luz bastante efectivos que invita a que nos lo pensemos dos veces antes de apagar la luz a la hora de irnos a dormir. Tampoco tiene mucho más, la verdad. Todo está ya inventado y el truco que tan bien podía funcionar en el corto resulta ahora alargado y se hace algo cansino, por más que la película no alcance siquiera la hora y media de metraje.
Pero sustos y apariciones aparte, es en su faceta dramática donde mejor funciona la película, con el drama de dos hermanos de distintas generaciones (con la hermana mayor, Teresa Palmer, como miembro más fuerte de la familia) ante la degeneración metal de su madre (convincente Maria Bello), verdadero epicentro de la locura que impregna a esa familia.
Por eso, por encima de excusas argumentales que justifiquen la existencia del ente diabólico de turno, la verdadera clave de la película está en la sensación de desamparo por parte de un niño de ocho años cuyo mayor temor no es la aparición fantasmal sino la amenaza de abandono por ya que ya ha sufrido en el pasado. Así, Nunca apagues la luz termina siendo un  drama familiar intenso sobre la dificultad de las relaciones, el miedo al compromiso y la lealtad familiar y fraternal. Y ahí es donde se encuentran sus mayores méritos, más allá del mal rollo que las luces parpadeantes puedan ocasionar o de los trucos tramposos a los que recurre Sandberg para que la amenaza, en un mundo tecnológico como el de ahora, resulte intimidante.

Valoración: Seis sobre diez.

NERVE: Sin "likes" no eres nadie.

Dirigida por Henry Joost y Ariel Schulman, oriundos de la saga Paranormal Activity, y con la novela de Jeanne Ryan como fuente de inspiración, Nerve pretende ser un retrato de la juventud actual en el que el medio audiovisual es la base de las nuevas religiones y uno es capaz de cualquier cosa por conseguir un like en Facebook.
En plena fiebre del Pokamon Go los teléfonos móviles son los verdaderos motores de la sociedad, albergando en su interior toda la identidad de sus usuarios, ya sea en forma de Facebook, twitter, Instagram, etc. y pudiendo llegar a arrebatársela. Este es el punto de partida de Nerve, en el que un juego virtual está arrasando por todas partes. En él, los participantes pueden elegir entre ser Observadores o Jugadores, siendo los primeros los que controlen a los segundos proponiendo una serie de pruebas que les hará subir de nivel y recibir tentadores premios económicos. Unas pruebas, por supuesto, creadas a partir de sus propios perfiles, conocedores de sus gustos, sus miedos y sus debilidades.
Vee Delmonico es la protagonista de la función personificando al adolescente anónimo, sin grandes aspiraciones y con miedo a luchar por sus creencias que encuentra en el (falso) anonimato de la red una oportunidad para sentirse viva y hacer posible todo aquello de lo que no se creía capaz. De esta manera Nerve arranca como un retrato de una época y una generación, tal y como hace años hiciera la comedia de Ben Stiller Reality Bites (de hecho, pese a no participar en ese film, Juliette Lewis, que interpreta en Nerve a la madre de Vee, era una de las actrices componentes de la llamada generación X), pero se aprecia en la puesta en escena detalles visuales que parecen prestados de La noche de las bestias (The Purge) y, sobre todo, es muy heredera de la magnifica serie británica Black Mirrow.
La alienación de la juventud, la obsesión por la fama instantánea (y efímera) y la perdida de la identidad son interesantes puntos de partida que, sin embargo, terminan diluyéndose en un film que va claramente de más a menos, que anuncia pero no llega a acusar ni a tomar partido y que deriva al fin en un thriller de intriga con dosis de romance, algo muy naiff y descafeinado y con una solución final tan facilona como irrisoria.
Con todo, el arranque es lo suficientemente interesante y revelador como para merecer un aplauso, por más que a sus realizadores, como a la propia protagonista, la cosa se les vaya de las manos y sean incapaces de controlar su propio ego. Esta es, quizá, la mayor metáfora de la película. Que al final la identidad termina por desaparecer bajo los efectos de los intereses del consumismo y la dictadura de una sociedad que prefiere un film comercial que uno que acuse y señale a su público objetivo.
Película interesante pero descafeinada aunque magnífico ejemplo de metacine accidental.
Valoración: Seis sobre diez.

EL HOMBRE QUE CONOCÍA EL INFINITO: un genio por mandato divino.

De nuevo tengo oportunidad de recuperar en cines una película de hace ya un par de meses a la que tenía bastantes ganas.
El hombre que conocía el infinito es un retrato de la historia real de Srinivasa Ramanujan, un joven indio que sin estudios ni formación previa logró crear fórmulas matemáticas que lo situaban a la altura de Einstein y cuyos trabajos se siguen utilizando en la actualidad para el estudio de los agujeros negros.
El principal handycap que tiene la película es su complejidad temática. Lo mismo que el profano en economía puede perderse ante algunas explicaciones de La gran apuesta o el que no esté interesado en tecnología no se entera nunca de lo que hablan en Steve Jobs, aquí podemos pasar mucho tiempo contemplando a Dev Patel o a Jeremy Irons (que da vida al mentor de Srinivasa y su máximo valedor ante los incrédulos y algo racistas académicos de Cambridge) escribiendo fórmulas en una pizarra que nos pueden sonar a chino. ¿La solución? Reconocer que nos importa un pepino y disfrutar del trasfondo de la historia. Porque esto, en realidad, no va de matemáticas, sino del joven que vive por y para ellas. Así, El hombre que conocía el infinito es un retrato de un chico que lo abandona todo en pos de un sueño pero es también una historia de amor y amistad, un fresco de una época donde la discriminación por el color de la piel no estaba mal vista y  una mirada episódica a una Europa que comenzaba a conocer los horrores de su primera gran guerra.
Interesante y emotiva, es esta una película exclusiva para entregados a tales ofrendas, que podría causar bostezos en el aficionado más comercial pero que nos devuelve al mejor Irons en mucho tiempo que con su mera presencia logra dar un empaque especial a la historia y que logra rociar de humor (fino y británico, pero humor al fin y al cabo) una historia muy dramática sin caer en el ridículo.
Proyecto muy personal de Matt Brown, que escribe, produce y dirige, al que se le nota la carencia de fondos que hace que en algunos momentos tenga un aspecto visual demasiado televisivo, un mal común en este tipo de producciones biográficas de recursos limitados. Apenas una ligera pega para una buena película que, cuanto menos, sirve para darnos a conocer a un hombre legendario del cual, lo confieso, no había oído hablar nunca.
Solo por eso ya vale la pena.

Valoración: Seis sobre diez.

CAZAFANTASMAS: Risas (fantasmales) aseguradas

Lo primero que me llama la atención de este remake del clásico de 1984 es la fría acogida que ha recibido. Sin embargo, la película es perfectamente honesta tanto en su concepción como en su realización y ofrece justamente lo que prometía, recuperar el espíritu de la obra de Ivan Reitman sin enturbiar su recuerdo.
Y es que, seamos realistas, la Cazafantasmas original tampoco es que fuese una gran obra. Era una hija de su tiempo, un producto cien por cien ochentero que la nostalgia ha elevado a título de culto y que visto ahora con objetividad ha envejecido francamente mal. Pero el espíritu, la esencia, permanece intacta en la obra de Paul Feig, no en vano el propio Reiman junto a  Dan Aykroyd figuran como productores.
Paul Feig se mueve como pez en el agua en comedias de acción protagonizadas por mujeres, siendo Melissa McCarthy su actriz fetiche (han trabajado juntos en La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales y Espías), por lo que parecía la opción más lógica para situarse al frente de este proyecto que versiona en femenino al equipo antaño formado por Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis  y Ernie Hudson con los rostros de Kristen Wiig (otra vieja conocida de Feig), Kate McKinnon, Leslie Jones y la mencionada MCCarthy, todas ellas, por cierto, renombradas comediantes curtidas en el Saurday night. Para rizar el rizo, el papel de la secretaria torpe recae ahora en manos de Chris Hemsworth, burlándose del tópico de la chica sexy pero tonta y demostrando que, cuando no está salvando al mundo con las galas de Thor o del Cazador de Blancanieves es capaz de reírse de sí mismo como el que más, acaparando casi los mejores gags de la función.
Cazafantasmas es puro divertimento, dos horas del absurdo más total con fantasmas que sueltan mocos verdes, pistolas de protones, trampas contenedoras y posesiones demoníacas, donde no puede faltar, por supuesto, el tema musical de Ray Parker Jr.
Estamos ante una comedia bastante blanca y familiar, un pasatiempo al que sería un error pedirle más de lo ofrecido, un espectáculo pirotécnico con buenas interpretaciones, interesantes secundarios (por ahí andan también Andy García, Charles Dance o Michael McDonald) o los impagables cameos que no voy a revelar aquí y que hay que ir descubriendo en la pantalla grande. Cazafantasmas no pretende más que divertir a todo tipo de público y doy fe de que lo consigue, ya sea por la química entre sus protagonistas, por la estupidez del personaje de Hemsworth o porque los seres del inframundo, al fin y al cabo, siguen siendo unos cachondos. Sí es cierto que habría encontrado más simpática una secuela que un remake y que ya empiezo a aburrirme de películas cuyo clímax final de compone de un vórtice amenazando con arrasar la ciudad entera (esto no es spoiler, es el setenta por ciento de las pelis de acción actuales), pero todo se puede perdonar cuando lo importante es el humor y aquí el humor funciona tanto o incluso más que en la película original (o por lo menos muy por encima de la secuela de 1989).
Clásica película a la que las críticas más duras han llegado antes de sus primeros visionados y a los que muchos no han perdonado el cambio de género de sus protagonistas, pero que merece una oportunidad llegando incluso a suponer un pequeño oasis en la mediocridad de estrenos palomiteros de los últimos meses. Lástima que la taquilla nos vaya a impedir ver una secuela.

Valoración: Siete sobre diez.

SECUESTRO: absurda ineptitud

Aunque podamos presumir de que últimamente el cine español ha sabido reinventarse y tocar todo tipo de palos genéricos, en la mayoría con acierto, todavía arrastramos la el resurgir que hace unos años padeció el thriller de terror gracias, sobre todo, a títulos como Los otros o El orfanato. Ahora que parece que es el thriller policial el que ha ocupado su lugar en la predominancia de películas de género, Secuestro parece un intento tardío de aprovecharse de esa moda, no dudando en referirse a otros títulos de la productora como El Cuerpo, Los ojos de Julia o la mencionada El Orfanato para publicitarla o recurrir a José coronado para una colaboración breve pero crucial, algo a lo que se está acostumbrando últimamente (Hijo de Caín sería otro buen ejemplo).
Secuestro no es un film de terror como tal, pero pretende conseguir una atmósfera de misterio angustiante y tramposa que va más allá del simple policíaco, como si aspirase a lograr la sordidez de títulos de culto como Seven. Todo comienza con la aparición de Víctor, un niño mudo, en mitad de la carretera y ensangrentado. Víctima de un secuestro, el hecho de que sea hijo de una importante abogada da al caso una relevancia especial que pronto se convertirá en una caza de brujas contra el único sospechoso del caso, un granuja de poca monta acostumbrado a trapicheos menores y con antecedentes penales.
Mar Tarragona debuta aquí como directora, aunque tiene amplia experiencia en el campo por su faceta de productora de alguno de los títulos antes mencionados, y aunque sale airosa en su trabajo carece de un guion lo suficientemente contundente como para que su historia funcione como debe ser. Personajes increíblemente estúpidos, situaciones descabelladas, subtramas desaprovechadas y giros que se ven venir de lejos son demasiado lastre para conseguir que la película funcione, por más que las interpretaciones se esfuercen en salvar la papeleta o, por lo menos, dignificarla.
Y es una lástima, porque uno podría conformarse con que una película de estas características distraiga y mantenga la tensión durante algo más de hora y media, pero hay algunos despropósitos argumentales tan grandes que es imposible desconectar de ellos y disfrutar de la película sin más, lo que echa al traste todo lo bueno que, por el contrario, se pudiese encontrar.

Valoración: Cuatro sobre diez.