sábado, 8 de noviembre de 2014

ALEXANDER Y EL DÍA TERRIBLE, HORRIBLE, ESPANTOSO, HORROROSO (3d10)

Terrible, horrible, espantoso y casi hasta horroroso es soportar esta película cuyos escasos ochenta minutos de duración se hacen eternos y tediosos, no sólo para mi sino también para la mayoría de niños a los que oía murmurar en la sala.
Vale que se trata de una película Disney (lo que no nos dicen es que estaba pensada para el Canal Disney y que en el último momento la decidieron estrenar en cines para ver si colaba) y destinada a un público infantil, pero la presencia de sus dos actores protagonistas, Jennifer Garner y, sobre todo, Steve Carell (que no es un actor al que admire demasiado por sus aportaciones al mundo del cine pero sí que soy muy fan de su papel en The Office), invitaba a pensar que se trataría, al menos, de una comedieta que, si bien trivial y previsible, sería al menos entretenida y con algún chiste que mereciera la pena.
Pero no, todo es tan estúpidamente infantil, tan absurdamente televisivo que ni las situaciones hacen gracia ni la resolución es apropiada.
La trama parte de un niño coñazo que se piensa el ombligo del mundo y que cree que todo le sale mal cuando está rodeado por unos padres y dos hermanos triunfadores y que, en la estela de títulos como Big o Mentiroso Compulsivo, aprovecha el día de su cumpleaños para pedir un deseo y cambiar las cosas. Al día siguiente, él será el que triunfe y el resto de la familia los que se verán abocados al desastre, si en ningún momento se entienda si es causa del azar o si hay algún elemento fantasioso en todo esto, porque cuando se aburren de tanta tontería la tortilla cambia sin más y sanseacabó.
El problema no es tanto en el contenido como en la forma. No encuentro nada divertido ver a cuatro personas sufriendo todo tipo de accidentes desafortunados que se van a terminar arreglando con una facilidad pasmosa, de manera que ni el conflicto es divertido ni lleva a ningún camino, pues si se debe encontrar alguna moraleja para instruir a los más pequeños yo no la he sabido ver.
Tonta, simple y edulcorada en exceso, es un film totalmente prescindible y rápidamente olvidable. Independientemente de la edad.

TORRENTE 5: OPERACIÓN EUROVEGAS (7d10)

Pocas ganas tenía yo de ver esta película, si os he de ser sincero. De hecho, debo ser uno de los pocos españoles que no había visto jamás ninguna de las cuatro películas anteriores de la saga. No me llamaba en absoluto, simple y llanamente.
Con el estreno de este nuevo Torrente me decidí a recuperar en video las anteriores dudando si darle una oportunidad o no, pues los que me conocéis ya sabéis que el humor escatológico no es mi fuerte, y de eso Santiago Segura sabe un rato. Repasando (mal mirando, mejor dicho, hay cosas más importantes que hacer) las primeras películas descubrí que Torrente, el brazo tonto de la ley era flojilla pero no estaba mal. Su secuela, Misión en Marbella, mejoraba técnicamente (el presupuesto se nota) pero tenía menos frescura. Y las otras dos películas son ya simplemente malas a rabiar.
Torrente era, a mi parecer, un buen personaje, con muy buenas posibilidades, pero totalmente desaprovechado en favor de la casquería más degradante y sucia. Y por eso las semanas han ido pasando sin encontrar el momento ni las ganas de ver al más mezquino hincha del Atleti por primera vez en pantalla grande. Pero una coincidencia en horarios me han invitado a ceder al fin la cabeza y…
Pues ¿qué queréis que os diga? ¡Que me ha gustado! ¡Toma ya! Tiene Torrente: Operación Eurovegas la frescura del Segura inicial, el intento de hacer algo original y divertido, pero con la sabiduría que dan los años. Reduciendo los chistes soeces y desagradables a apenas un par (casi obligados para no perder la identidad de Torrente, pero que a mí personalmente me obligan a que baje la nota del conjunto por ello), esta quinta entrega es la menos sucia de todas, apostando por un humor puro y duro donde mezcla con acierto el humor adrenalítico al más puro estilo americano con el toque castizo, consiguiendo además que la sátira social que apenas se intuía en otras entregas aquí sean un detalle más a aplaudir, una ironía social descarnada ayudada por el salto en el tiempo (estamos en 2018, en una España expulsada de la unión Europea, en la que han vuelto las pesetas y Catalunya es independiente además de finalista del Mundial de fútbol) que invita a verlo todo con más perspectiva.
Si en otras películas se adivinaba el homenaje pasado por su rasero que Segura quería hacer sobre películas de acción al estilo James Bond o a dramas carcelarios con Evasión o Victoria, aquí el referente es el cine de atracos, siendo Ocean’s eleven el espejo en que mirarse.
Torrente ha salido de la prisión en la que acabó en su última película y decide pasarse al otro lado de la ley, reuniendo a su habitual grupo de amiguetes para preparar el asalto al casino de Eurovegas a las órdenes de un americano encarnado por Alec Baldwin. Porqué un actor del prestigio como Baldwin ha accedido a meterse en este fregado (últimamente está de nuevo en la cresta de la ola gracias, principalmente, a la serie de Rockefeller Plaza aunque también ha participado en los dos últimos films de Woody Allen y está trabajando actualmente a las ordenes de Warren Beatty, Cameron Crowe y en la quinta entrega de Misión imposible) es un misterio (el primer deseado por Segura fue Mel Gibson, que todavía se debe estar preguntando qué es ese absurdo guion que le han dejado sobre la mesa), pero su aportación da un caché especial al film y su carisma resulta innegable.
Todo funciona a la perfección dentro del engranaje sencillo y sin demasiadas pretensiones de esta película, empezando por los elegantes títulos de crédito (la ausencia de cuerpos desnudos y el hecho de que el tema principal sea cantado en inglés ya demuestra el deseo de romper un poco con todo lo anterior)e  incluyendo el reparto de frikis que, por una vez, son bien aprovechados por el director, y el interminable número de cameos que invitan a ver la película varias veces más para tratar de identificarlos. Incluso un tipo como Jesulín de Ubrique cumple con corrección y muestra una correcta química con el personaje de Segura, mientras que Julián López interpreta a Cuco, lo que origina algún acertado chiste sobre su cambio de físico (en entregas anteriores el personaje tenía el rostro de tenía el rostro de Gabino diego).
No creo que sea el último Torrente que veamos (la taquilla manda, ya se sabe, y esta ha sido el mejor estreno español del año, aunque tras tres semanas en cartel lleva trece millones recaudados, muy lejos aún de los veintidós de la segunda entrega), pero intuyo yo algo de despedida en este film, ya sea por el salto en el tiempo, por la recuperación de personajes de la primera película como los interpretados por Chus Lampreabe o Neus Asensi (¡por Dios! ¿Qué se ha hecho esta mujer?) o la reinvención del tema final de Torrente 2 en manos de nuevo del gran Joaquín Sabina. Es como un fin de fiesta  de una saga que parecía agotada hasta el inteligente giro que Segura ha sabido hacerle.
No quiero que penséis que se trata de una obra maestra del cine español, ni mucho menos, pero sí es una comedia muy entretenida, con momentos épicos, y totalmente digna, como si Santiago Segura se hubiese cansado de buscar la provocación y el escándalo fácil y hubiese querido tratar de hacer cine.
Hay algunos gags memorables, otro que no lo son tanto, y apenas unas pinceladas (innecesarias totalmente pero tampoco mucho más ordinarias que las que se pueden ver, sin ir más lejos, en el simple tráiler de cosas como Dos tontos todavía más tontos) de ordinariez, pero en su conjunto es divertida y refrescante, con alguna interpretación chusquera que sorprende y una doble visión en paralelo del atraco (la que corresponde al plan y la finalmente resultante) digna de mención.
Por lo menos, en esta se les nota que se han divertido filmando. Y lo han sabido transmitir.

jueves, 6 de noviembre de 2014

FILTH, EL SUCIO (8d10)

Me resulta enormemente complejo definir esta película. No encuentro palabras para ello. O quizá sea al revés, quizá encuentro demasiadas, algunas de ellas aparentemente opuestas entre sí.
Divertida, excesiva, extrema, desquiciante, horrible, genial, desagradable, demoledora, hilarante, sórdida, soez…
Todo ello es Filth, la historia de un policía dispuesto a hacer todo lo posible por conseguir un ascenso. Bruce Robertson, el protagonista, es un ser miserable, alcohólico, drogadicto, crápula, taimado y traicionero, casi como una versión británica (escocesa para más señas) de nuestro castizo Torrente, un verdadero cerdo, en pocas palabras. Pero a la vez tiene un aurea de seductor que atrapa, que te obliga a admirarlo e incluso envidiarlo, como si el espectador deseara mimetizarse en él y conseguir su magnetismo creyendo que podría mantener su lado oscuro, su faceta más viciosa a buen recaudo.
La película arranca presentándonos a su mujer, Carol, atractiva y seductora, que rompiendo la cuarta pared (el propio Bruce lo hace constantemente, sobre todo para mirarnos directamente a los ojos y hechizarnos) nos explica de forma ambigua, confusa y perturbadora los secretos de su felicidad conyugal.
Inmediatamente pasamos a conocer la vital importancia que para ese matrimonio es el ascenso de Bruce, la consecución del poder a cualquier precio, y se nos muestra a un joven atractivo, ambicioso y emprendedor al que, poco a poco, iremos descubriendo con asco y horror su lado más perturbador y desagradable. No en vano el título del film, Filth, es inmundicia en español.
Llega un momento, desde luego, que la caída a los infiernos de este personaje carece de frenos. Es entonces cuando el guion (que parte de una novela de Irvine Welsh que al parecer es aún más degradante que la película) se apiada de Bruce y nos ofrece alguna pincelada de su pasado que nos invita a pensar que hay una tragedia que motiva su forma de ser y actuar, no justificándolo pero sí al menos edulcorándolo levemente. Pero ello no sería suficiente para evitar que odiásemos a muerte  a un tipo que no duda en acostarse (y humillar) a la mujer de un compañero, acosar a la esposa de su mejor (o único) amigo y terminar incriminándolo a él, enfrentar a sus compañeros entre ellos o desafiar abiertamente a una superiora por el simple hecho de ser mujer de no ser por un elemento clave en la película: James McAvoy.
Este joven actor escoces ya había demostrado con anterioridad sus grandes dotes de interpretación en paleles tan dispares como el profesor Xabier de los X-men, el atormentado protagonista de Trance o el enamorado de Eleanor Rigby, pero aquí logra superarse a sí mismo y hacerse suyo un personaje difícil, consiguiendo encandilarnos con su mirada y pasar del dolor a la depravación en un parpadeo, con una sonrisa de lobo con piel de cordero que enternece y aterra a la vez.
James McAvoy es el alma de Filth, por más que esté rodeado de un plantel de grandes secundarios como Jamie Bell, Eddie Marsan, Imogen Poots o John Sessions, y cuando el desquiciado montaje a ritmo de magníficos temas musicales amenaza con desbordarse él, con su carisma y magnetismo, solventa la papeleta.
Filth es una de esas pequeñas joyas que de tanto en tanto nos ofrece el cine británico y que todo el mundo debería ver. Quizá alguno me haga caso y termine odiándome por ello, pues la desazón que provoca en algunos momentos es notable, pero terminará dejando poso y. si dejan los prejuicios en la puerta, disfrutarán con su sentido del humor punzante y su sorprendente y revelador giro argumental.
Filth es toda una experiencia cinematográfica, por su seductor arranque, su orgía de sexo y drogas, su bestial banda sonora, su hipnótica fotografía, su montaje desconcertador, sus créditos finales y, sobre todo, por McCavoy y, para bien o para mal, es de obligado visionado.

LOS BOXTROLLS (8d10)

Llevábamos ya un tiempo sin poder disfrutar de una buena película de animación que no sea exclusivamente infantil y con Los Boxtrolls la hemos encontrado.
El mismo estudio que nos trajo ya las estupendas Los mundos de Coraline o El alucinante mundo de Norman llega esta nueva maravilla en la línea de las anteriores donde, con la complicada técnica del stop-motion puesta de moda por ese loco amante de lo clásico que es Tim Burton, entremezclan una historia de intenciones claramente infantiles con moraleja incluida con toques de terror gótico y alguna pincelada incluso macabra.
Los Boxtrolls narra la historia de un insólito pueblo obsesionado por el queso donde, años atrás, una aterradora raza de monstruos diminutos (esa especie de trolls vestidos con viejas cajas a los que hace referencia el titulo) secuestró a un bebé y devoraron después al dolido padre. Desde entonces, el pueblo vive en constante toque de queda mientras un grupo de exterminadores liderados por el inquietante a la par que desagradable Snatcher lucha por eliminar hasta el último de los Boxtrolls y lograr que el poblado se sienta seguro de nuevo.
Con unos decorados espectaculares que forman una impresionante y desquiciada ambientación, la película es una metáfora más sobre la lucha por la supervivencia, la posibilidad de cambiar lo que uno es a fuerza de voluntad y, por supuesto, la prevaricación del bien sobre el mal, todo ello rodeado de truculentas bromas, amenazas de mutilaciones y ríos de sangre y una espeluznante lucha de egos por conseguir el poder, aquí simbolizado por los sombreros blancos que definen a la clase privilegiada con derecho acceder a la sala de cata de quesos. 
Curiosamente, y más en la turbia época en la que vivimos, el poder no es aquí sinónimo de maldad, aunque sí de estupidez.
Y por supuesto, a quien queremos engañar, rodeados de unos boxtrolls sumamente divertidos y enternecedores.
Tampoco faltará, evidentemente, los héroes con el que todos identificarse, ya sean chicos o chicas, que ejercerán de verdadero motor de la historia.
Y como colofón final, para esos pocos que la disfruten en versión original, los dobladores suponen de nuevo un extra destacando la presencia de la simpar pareja Simon Pegg y Nick Frost o al algo encasillado como malvado Ben Kingsley.
He comenzado queriendo destacar la idoniedad de esta película para todos los públicos, ya que a diferencia de algunas de las últimas producciones de Disney (Frozen aparte) como Aviones y su secuela, la experiencia de acudir al cine no será necesariamente traumática para los padres, sino todo lo contrario. Sin embargo, ¿es realmente para todos los públicos? Debo advertir desde aquí que no. Y es que pese a que tendemos a pensar que las nuevas generaciones están ya de vuelta de todo lo cierto es que algún momento concreto del film puede resultar demasiado oscuro para los más pequeños, arriesgándose a que no puedan disfrutar del film como se merece.
Y es que, dentro de su genialidad, hay momentos de verdadero pavor. Un pavor tronchante, pero pavor al fin y al cabo.
Por cierto, y como regalo final, no se pierdan la escena final, un genuino caso de metacine en toda regla.

SERENA (5d10)

Miedo me daba esta película después de las pestes que había leído y escuchado sobre ella.
Y, ciertamente, tiene tres grandes problemas que conviene repasar antes de nada.
En primer lugar tenemos el posible hype que puede haber creado su pareja protagonista, que comparten pantalla por tercera vez tras El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana, ambas amparadas por David O. Russell. Sin embargo esa buena relación no termina de transformarse en química en esta ocasión, aparte de que ni Bradley Cooper ni Jennifer Lawrence consigan ofrecernos en Serena sus mejores actuaciones.
En segundo lugar cabe achacar las malas críticas a su directora, Susanne Bier, que no termina de tomarle el pulso a la historia, mostrando un ritmo irregular y una definición de personajes demasiado superficial para terminar de comprender su complejidad.
Y la tercera traba hay que buscarla en las siempre odiosas comparaciones. Dado su apariencia de historia de amor apasionada enmarcada en un terreno aparentemente hostil para el género femenino y con ese aspecto épico y legendario, resulta difícil no pensar en títulos clásicos como Memorias de África, Australia o El velo pintado, todas ellas películas claramente superiores a esta Serena.
Sin embargo, y pese a todo lo dicho, la película no esta tan mal. Se trata de un intenso drama alrededor de  George Pemberton, empresario no excesivamente honesto de la industria maderera, y Serena, una atractiva dama torturada por su trágico pasado. El amor entre ellos es tan precipitado como desbocado y solo su unión les puede permitir hacer frente a los problemas que les ajuiciarán: económicos, legales y familiares.
La desgarradora historia emociona y seduce lo suficiente para mantenernos preocupados por George y Serena hasta el final, pero qué duda cabe que cualquier otro director habría sabido sacar más partido de estos excelentes actores (también andan por ahí Toby Jones y Rhys Ifans), imprimiendo más ritmo a las escasas escenas de acción y sabiendo contagiarnos del amor entre George y Serena de formas más sutiles que limitándose a mostrárnoslos retozando en el lecho conyugal.
Los actores, por su parte, no terminan de estar a la altura, desperdiciando la Lawrence otro “caramelito” de papel que, en mejores circunstancias bien podría haberle valido una nueva (y van…) nominación al Oscar.
Aparte de la torpeza mencionada ya de Bier en las escenas de acción, podemos destacar el lado técnico entre sus cualidades, con una preciosa fotografía y una banda sonora que ayuda a emocionar dónde los personajes no logran hacerlo.
En definitiva, es apasionada y dura, pero se queda a medio camino en casi todo. Y eso es lo que termina por condenarla.




martes, 4 de noviembre de 2014

VAMOS DE POLIS (7d10)

Hay películas para todos los gustos y todos los momentos.
En ocasiones resulta complicado analizar una película y ser consecuente con sus autores, por lo que hace tiempo tomé la determinación de juzgarlas en función de sus valores y según el cumplimiento de sus objetivos.
Así, Vamos de polis habría que definirla como una estupidez de película, tan previsible como tópica, con un par de actores cumplidores pero poco más. Sin embargo, consigue con creces su objetivo, que no es otro que el de divertir. Y es por eso por lo que merece una muy buena nota, en una época donde las comedias (las buenas comedias) son tan escasas.
Vamos de polis podría querer parecerse en su forma a aquellas comedias de Ben Stiller y Owen Wilson (el tercero en discordia, Vince Vaughn bien podría ejercer de villano, aquí interpretado por el gran Andy García), con algún toque (esto es inevitable en películas que tratan, más o menos, de una pareja de policías en clave de humor) de Dos policías Rebeldes o incluso Arma letal. De hecho, no me habría extrañado para nada haber visto a esos mismos actores en estos papeles si no fuesen ya algo mayores para ello, pues uno de los temas “serio” que se pretenden reflejar es la crisis de los treinta, cuando se cruza la frontera entre la juventud y la madurez y se debe concretar el camino que definirá nuestros destinos.
Ryan y Justin son dos amigos que comparten piso en Los Angeles y que tienen un denominador común: son unos fracasados. Uno era una prometedora estrella deportiva hasta que se lesionó, mientras que el otro ha creado un interesante videojuego pero no tiene el valor suficiente para hacerse escuchar en la empresa en la que trabaja. Pero un día, cuando acudan por error a una fiesta disfrazados de policías y la gente de la calle se piensen que son representantes de la ley de verdad, descubrirán lo que es sentirse importantes. Y se meterán en un papel del que ya no sabrán escapar.
Comedia típica de enredos, malos muy malos y chicas muy buenas, equívocos y casualidades imposibles, el conjunto de la misma es en momentos tronchante. No aspira a nada más que a eso, por muy serio que haya podido quedarme todo el rollo de la crisis de los treinta.
Vamos de polis es lo que es, una chorrada enorme sobre unos tipos bastante idiotas que consigue ser divertida sin apenas recurrir a la escatología, no tomándose en serio a sí misma en ningún momento y consiguiendo ser un muy buen pasatiempo sin más pretensiones que hacernos olvidar por un rato de la vida real.
No da mucho, pero tampoco lo pide.

COHERENCE (8d10)

Existe un experimento teórico en el campo de la física cuántica llamado El gato de Schrödinger, el cual, de manera muy simplista, podría resumir de la siguiente manera: Imaginad que metemos a un gato en una caja cerrada junto a un puñado de comida envenenada. 
Según la lógica, al retirar la tapa de la caja podemos encontrarnos con dos variables: el gato no ha probado la comida y sigue vivo o el pobre animal, efectivamente, ha sido envenenado víctima de su propia gula. Sin embargo, según esta teoría, mientras la caja se mantiene cerrada las dos posibilidades coexisten a la vez. Mientras mantengamos la tapa cerrada la realidad se divide en dos mundos alternativos, en uno de los cuales el gato sigue vivo y en otro en el que ha fallecido.
Según este principio y mucha imaginación que suple a la perfección la falta de recursos, James Ward Byrkit consigue plasmar una película tan sencilla como apasionante, en la que con apenas ocho actores y un par de decorados crea una compleja trama desconcertante y compleja en la que las preguntas se amontonan y cuyas respuestas no nos llegaran, en la mayoría de los casos, hasta varias horas después de abandonar la sala del cine.
Todo parte de una sencilla premisa. Ocho amigos comparten una agradable velada en casa de dos de ellos la noche en que un cometa se dispone a pasar relativamente cerca de la tierra. Con el recuerdo de la visita del cometa Halley y la multitud de películas catastrofistas que lo acompañaron, Ward Byrkit nos propone un enredado puzle de mundos paralelos y enigmas sin resolver que, con toda justicia, ganó el premio al mejor guion en el Festival de Sitges del año pasado.
Con Emily Baldoni como rostro más conocido (y apenas) la película juega con nuestro desconcierto, llegándonos a hacer pensar que no hay nada de coherente (cachondo título) en el asunto hasta que la coralidad a la que apuntaba la historia se deshace y Em (precisamente la Baldoni) se erige como cabeza de lanza con la que identificarnos y, a partir de su propia confusión al principio y sus aterradoras acciones más tarde, lograr componer nuestra propia historia.
Coherence es de esas películas que merecen ir más allá de la pantalla del cien, invitándonos a reflexionarla tras su visualizado en una tertulia de amigos con los que discutir los diversos puntos de vista e incluso las implicaciones morales de su resolución.
Una tertulia de amigos, a ser posible, que no se celebre durante la llegada de un cometa.

LA DESAPARICIÓN DE ELEANOR RIGBY (6d10)

Eleanor Rigby es una bonita canción de The Beatles que, con la peculiar voz de Paul McCartney habla sobre la soledad personificada en dos trágicos personajes.
Hace un año, el neoyorquino Ned Benson se inspiró en ese personaje para componer dos románticas películas que analizaban las dos caras de una ruptura con los clarificadores títulos de: La desaparición de Eleanor Rigby: Él y La desaparición de Eleanor Rigby: Ella. Aclamada en su presentación en diversos festivales internacionales, su productora apostó por estrenarlas comercialmente en cines con la condición de fusionar los dos puntos de vista en una sola película, lo cual reducía notablemente el metraje de la suma resultante pero también lastraba considerablemente la historia, redundando  en su ritmo, por momentos entrecortado y desigual.
La Eleanor Rigby a la que hace referencia el título es la mitad femenina de una pareja locamente enamorada que, tras un suceso no revelado hasta bien avanzada la historia, desaparece sin más, dejándolo todo atrás, marido incluido.
Ella es una chica de buena familia perdida en una vida sin dirección que decide reemprender los estudios. Él es el hijo de un exitoso restaurador  que trata de malvivir alejado de la sombra paterna con su decadente restaurante. Juntos formaban una bonita y entusiasmada pareja con toda la vida por delante para hacer locuras y construir un hogar que, de la noche a la mañana, se derrumba, precipitándose por un precipicio sin final.
Tras su reencuentro, él tratará de quemar sus últimas naves en pos de una reconciliación, pero ella no tiene más deseo que poner distancia de por medio, aunque en ocasiones su cabeza de enfrenta directamente a su corazón.
Con un excelente James McAvoy y una Jessica Chastain algo excesiva (y demacrada), la película describe con humor y acritud la descomposición del amor, la pérdida de un sueño que no ha de volver y la desesperanza con respecto a las segundas oportunidades. Sin embargo, Benson no es capaz de culminar su historia con acierto, y mientras el papel de los padres roza la brillantez (tan magníficas son sus opiniones como las aportaciones del impresionante trío actoral: William Hurt, Isabelle Huppert y Ciarán Hinds) el desenlace de la pareja en cuestión se me antoja poco creíble hasta el punto de desvirtualizar el conjunto y  restarle demasiados puntos.
Y lamento tener que poner aquí el indicador de spoiler para que quien no quiera saber más de lo necesario pueda dejar de leer, pero no me es posible completar mi opinión sin explicar por qué el film fracasa en su definición final, ya que, bien sea por un exceso de blandura por parte del director y guionista o bien por venderse a las exigencias de la industria, no encuentro acertado el final feliz, con reconciliación final, tras ver a los protagonistas caminar tan alejados uno del otro en una senda de autodestrucción emocional.
El tiempo todo lo cura, dicen, pero hay heridas que tardan mucho en cicatrizar. Y no siempre es posible desandar el camino recorrido. Y aunque Benson pretenda hacernos creer que sí es posible a mí no me ha conseguido convencer.
Pese a todo, el conjunto del film es emotivo y amargo. Y eso, junto a unas grandes interpretaciones, hace que la película alcance a nuestros corazones, más allá del acierto o no de su desenlace.
La lastima es que, para redondear la cosa, la susodicha canción no pueda aparecer en la película. Cosas de derechos…

sábado, 1 de noviembre de 2014

[REC]4: APOCALIPSIS. (7d10)

Cuando hace unos años Jaume Balagueró y Paco Plaza rodaron juntos la película de cámara en mano [REC] poco iban a imaginar que estaban a punto de inaugurar una de las sagas más prolíficas del cine español, con distribución casi mundial, un remake americano y tres (por el momento) exitosas secuelas.
Consiguiendo hacer el género de found footage creíble y rítmico, el Dúo Dinámico cometieron el error de repetirse en la secuela, quizá más presionados por los productores que por sus propias ganas de repetir esquemas. Así, [REC]2 era más de lo mismo, perdiendo en frescura y originalidad, sólo que aportando nuevos datos a la historia, como que los infectados que nos aterrorizaron en la primera película no eran zombies como tal, sino más bien poseídos.
Así las cosas, la pareja decidió seguir caminos separados para poder dar lo mejor de sí mismos en las sucesivas entregas, siguiendo un poco (salvando las distancias, claro está) el esquema de la saga Alien y variando de género en cada nuevo film, de manera que [REC]3: Génesis es básicamente una genial comedia de terror mientras que la que nos ocupa contiene más acción que otra cosa.
De esta manera, Jaume Balagueró se propone poner el punto y final (aunque muchos de sus seguidores esperamos que se lo piensen mejor y hayan más películas) a la historia de Ángela (recuperada de forma coherente –si aceptamos el término coherencia en una peli de zombies- tras su ausencia en el film de Plaza) ofreciendo algún dato nuevo (aunque menos de los prometidos, eso hay que reconocerlo) al origen de todo ese mal y avanzando hacia delante olvidándose de nuevo del concepto cámara en mano aunque sin perder la identidad que definía la saga (y el título) con múltiples referencias.
De hecho, lo que más prueba la intención de cerrar definitivamente la saga son los constantes guiños y homenajes a las películas anteriores, recuperando imágenes y hasta una invitada de la boda de [REC]3: Génesis, la que parecía la más alejada del espíritu original.
 La acción arranca casi a continuación del final de [REC]2 (que a su vez transcurre en paralelo a [REC]3: Génesis) mostrándonos el rescate de Ángela para saltar casi de inmediato a una especie de carguero/laboratorio donde la periodista, los dos policías involucrados en su rescate y la superviviente de la boda de Clara y Koldo están sometidos a una especie de cuarentena. 
O eso les hacen creer al principio, pues su objetivo allí es ser sometidos a diversas pruebas para conseguir una cura para el virus mortal en previsión de un posible tercer brote. La clave de todo puede recaer en encontrar a la cepa madre, la que infecto hace años a la niña Medeiros, la cual podría ser que se encontrase con ellos en el barco…
La película, como no podría ser de otra manera, está plagada de zombies. Hay sangre y algo de gore. Sustos, gritos y muertes a cascoporro. Pero mientras la primera y segunda parte de la saga apostaba por el terror más primitivo en esta ocasión la acción predomina por encima de todo, con persecuciones, tiroteos y alguna que otra explosión. [REC]4: Apocalipsis contiene de lo mejor y lo peor de Balagueró, pues mientras que algunas de las escenas caen demasiado en el tópico (por ejemplo la poco emocionante por previsible escena de Ángela en el agua) y los momentos de lucha y forcejeos están filmados de una manera demasiado frenética, con una cámara exageradamente nerviosa que por intencionada no vamos a aprobarla, mientras que otros momentos son realmente épicos (con mucha ayuda de Arnau Bataller, autor de la vibrante banda sonora) y se agradecen los sorprendentes giros de guion, que ofrecen al espectador algo más que una lucha por la supervivencia lineal y rutinaria.
Con una atmosfera sucia y claustrofóbica que recuerda mucho al Alien de Ridley Scott y que evoca también a aquellos pasillos estrechos y angustiosos del antiguo edificio de pisos, Balagueró juega constantemente con las imágenes captadas por las diversas cámaras repartidas por el barco, consiguiendo así mantener el sentido al título de la saga (recuerden que en [REC]3: Génesis se empezaba también cámara en mano para cambiar bruscamente el punto de vista con chiste incluido, y manteniendo intacta la esencia de la serie, con chistes privados como devolver a Ángela a un lugar oscuro por el que se mueve igual que en el clímax de la primera película o la frase de uno de los policías, con un motor de lancha a modo de arma (“que empiece la fiesta”) homenajeando a Leticia Dolera armada con una motosierra.
Con sus fallos y aciertos, [REC]4: Apocalipsis es un digno final a una saga épica, un divertimento puro y duro, con más carga de adrenalina y algo menos de terror, con ligeras pinceladas de humor y aspiraciones épicas.
Desde luego, no contentará a todos y habrá hasta quien ponga el grito en el cielo pero yo, personalmente, estoy encantado de haberme visto las caras de nuevo con Ángela (cuyo personaje evoluciona mejor de lo que lo hace la esforzada pero limitada Manuela Velazco como actriz) y ya la estoy echando de menos. Siguiendo la línea de subtítulos de Resident Evil, ¿qué tal una posible [REC]5: Extinción? Por soñar que no quede…

ANNABELLE (3d10)

Desde hace ya unos años James Wan se ha coronado como cabeza visible de la nueva ola de cine de terror que, gracias habitualmente a unos presupuestos ínfimos, triunfan en las taquillas de todo el mundo, aterrado a adolescentes de toda una generación como los Carpenter, Craven, Dante y compañía hiciera con sus padres, por más que la crítica especializada pueda no estar demasiado de acuerdo.
Guste más o menos su cine, lo cierto es que Wan ha logrado revitalizar un género agónico gracias a la moda insoportable del found footage representado por las Paranormal Activity y sucedáneos, recuperando un estilo visual y narrativo tradicional y, exceptuando su debut con Saw, reciclando historias clásicas de fantasmas y casas encantadas como se vio en Insidious y Expediente Warren.
Fue precisamente en la tópica pero efectiva Expediente Warren donde hacía acto de presencia una inquietante muñeca de porcelana de aspecto macabro y con una presunta historia detrás de la que sólo se nos mostraba un esbozo en forma de flashback.
Como fuera que el invento gustó, y mucho, no era arriesgado suponer que la bicha de barras tendría su propia película, a modo spin-off de la saga de los Warren. El problema principal es que el asunto se ha planteado más como una manera de exprimir la teta y sacar todo el jugo posible sin preocuparse mucho por los resultados (dinero va a dar, así que ¿para que esforzarse en hacerlo bien?) y no se cuenta para esta precuela con ninguno de los actores iniciales así como tampoco con la presencia del propio Wan, que se limita a poner el nombre y la cartera.
Annabelle no ofrece nada nuevo bajo el sol. Se trata de la clásica historia de un elemento maldito que entra a formar parte de una pareja joven en espera de su primer retoño y que sirve como puerta de acceso al mal en estado puro.
Con algún que otro acierto narrativo pero demasiado influenciada por títulos como La semilla del diablo, Annabelle no da nada más de lo mínimamente esperado, resultando demasiado previsible y tediosa como para merecer entrar en el Olimpo del cine terror. Con sustos escasos y más provocados por los inevitables golpes de efectos musicales que otra cosa, la historia transcurre con demasiada parsimonia, más cercana en ocasiones al drama que al terror y sin invitar a empatizar demasiado con ningún personaje.
Annabelle se deja ver sin muchos problemas, decepcionando sólo a aquellos que puedan esperar algo grande de ella, siendo lastrada sobre todo por el conocimiento previo su final (no es ningún spoiler decir que la muñeca no va a ser destruida: tarde o temprano deberá acabar la vitrina de los Warren).
No es, desde luego, una basura total como podrán ser algunos títulos recientes del género (El heredero del Diablo, sin ir más lejos, también con embarazos de por medio), pero para acudir a verla a una sala de cine hay que ir muy mentalizado de que ofrece, poco, demasiado poco, y solo puede convencer a los más adeptos.
Dinero fácil para sus productores con poco esfuerzo. ¿Alguien esperaba más?

CAMINANDO ENTRE LAS TUMBAS (5d10)

Dos son las cosas que fallan de antemano en esta entretenida pero poco más película de acción con mayor dosis de intriga que otra cosa: el título y el protagonista.
Y es que un título como Caminando entre las tumbas (muy acorde con la carátula) y Liam Neeson en el papel protagonista invita a pensar que estamos ante un film trepidante, al estilo de las de la saga Venganza, donde –como se dice coloquialmente- Neeson reparta hostias como panes.
Pero no, tras un principio prometedor pero que revela a un personaje exageradamente arquetípico (el héroe atormentado por un error de su pasado que se refugia en el alcohol) y presentarnos que el tema va de unos tipos que se dedican a secuestrar mujeres con oscuros fines, la trama deriva más hacia el género detectivesco que hacia la acción pura y dura, resultando interesante pero pelín aburrida hasta llegar a un final donde el ritmo crece pero demasiado tarde para arreglar el desaguisado.
Se podría decir que Scott Frank, guionista de larga trayectoria pero que debuta aquí como director de largometrajes, sueña a ser como un niño que de mayor quiere ser David Fincher, pero claro, ni él dirige con la maestría del realizador de La red social ni su trabajo tiene nada que ver con excelentes títulos como Zodiac, la versión americana de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres o la reciente (y de fácil y odiosa comparación) Perdida.
Frank se basa para su libreto en una novela de Lawrence Block, pero algo falla en la traslación, pues la historia se me antoja demasiado lineal, demasiado falta de giros de guion que desorienten al espectador (hay que insistir en este punto que el eje central del film es una investigación) y con muchos personajes, como el de los villanos, sin ir más lejos, bastante mal dibujados, hasta el punto que algunas de sus motivaciones o incluso decisiones, no llegan a comprenderse bien.
En ciertos momentos, casi se diría que el director parece más interesado en la relación del protagonista, Matt Scudder, con el alcohol que en el rescate de la persona secuestrada (de hecho, el secuestro que mueve el film definitivamente se produce ya superado el ecuador y concluye de manera bastante anticlimática). Pero tampoco se queda uno con la sensación de que la redención sea el tema clave que propone el film.
Como caminando entre dos aguas, y naufragando en ambas, Caminando entre las tumbas no se decide sobre lo que pretende ser, y eso termina por descolocar e incluso aburrir al espectador, que debe conformarse con aceptar a Neeson poniendo los gestos de siempre y esperar a que en algún momento explote la acción.
Sinceramente, muy flojita y decepcionante, casi incluso me atrevería a asegurar que fácilmente olvidable. Liam Neeson sigue empeñado en ser, a su edad, un héroe de acción. Pero aquí se ha equivocado.