jueves, 28 de mayo de 2015

El comentario del mes: LA NUEVA TELEVISIÓN

Desde hace ya algunos años, gracias a series de gran factura como Los Soprano, Breaking bad o, sobretodo, Perdidos (Lost), el mundo de las series para televisión ha empezado a considerarse como el sustituto natural del cine, confirmándose con el paso de actores y directores considerados estrellas en el mundo del celuloide a la pantalla pequeña.
Es por eso que, pese a ser este un blog dedicado exclusivamente al séptimo arte, considero que la “caja tonta” se merecía un pequeño hueco en forma de comentario breve, y más cuando exitosos experimentos como son el Universo cinemático de Marvel o el Universo expandido de Star Wars han permitido que ambos mundos se retroalimenten mutuamente.
En España, pese a la costumbre que tenemos de tirarnos piedras sobre nuestro propio tejado, las diversas cadenas televisivas empiezan a ponerse las pilas y a ofrecer productos de cierta calidad, pese a que da la sensación de que saben mejor crearlas que cuidarlas.
El último y más claro referente lo encontramos en El ministerio del Tiempo, cuya primera temporada ha concluido este mismo mes y que ha supuesto toda una revolución en el panorama nacional, con una legión de fans fieles que recuerda, en su justa proporción, claro está, a los que cosechó en su momento la propia Perdidos.
Pero lo más importante de lo conseguido por El ministerio del tiempo no radica tanto en la aceptación que ha tenido como en el hecho de convertirse en el vehículo que demuestre el cambio generacional y, sobre todo, la nueva manera de consumir productos audiovisuales.
Refiriéndonos en concreto a la televisión es imprescindible comprender que los tiempos han cambiado y que la esclavitud de los horarios y las pausas publicitarias están agonizando. Internet ha modificado nuestros hábitos y en España nadie parecía querer darse cuenta de ello. La tele, como tal, ha muerto, excepto que hablemos de programas deportivos o eventos de riguroso directo. El ministerio del tiempo ha triunfado en aficionados, pero no en espectadores. Televisión Española estuvo a punto de cancelarla debido a sus pobres índices de audiencia, sin alcanzar a comprender que en twiter y Facebook hubiese un movimiento de masas hablando de ella pero sin verla. Sería fácil volver a los errores de siempre y culpar a la piratería de todos los males del mundo, pero alguien pareció darse cuenta de la realidad y descubrir que estaba batiendo records en visionados on-line. Gracias a la propia web de Televisión Española el aficionado podía seguir su serie preferida cuando y donde quisiera, como dictan los nuevos tiempos. Y “eso del Internet” a lo que hasta ahora muchos visionarios de nuestro país apenas prestaban atención resulta que es el motor que puede salvar la industria en un futuro inmediato. Porque la tele ya no se puede ver sólo en la tele. También se ve en el móvil, en la Tablet, mediante Smart tv, con las aplicaciones de la Playstation y, sobre todo, en el PC.
El ministerio del tiempo ha conseguido quitarle la venda de los ojos a muchos carcas que seguían blandiendo el estandarte de la piratería como excusa para justificar todos sus errores con el lema de que “Internet es el mal personificado”. El siguiente paso está al caer, cuando se den cuenta del segundo problema que tenemos en este país, la inmediatez de estrenos.
True detectives será, posiblemente, la nueva piedra de toque. Cuando la serie, ya anunciada en España, sea un fracaso. “Pero si fue la serie de moda el año pasado”, se extrañarán algunos, que no entienden que hoy en día el año pasado equivale a una eternidad. Va a resultar ridículo estrenar una serie a bombo y platillo cuando todo el mundo al que le puede interesar ya la ha visto hace tiempo. Nos quejamos cuando una película se estrena en nuestros cines un par de semanas más tarde que en Estados Unidos, pero en televisión parece algo habitual. Los seguidores de Marvel tuvimos que ver Los Vengadores: La era de Ultrón sin conocer los episodios relacionados en Agentes de Shield o Agente Carter (próximamente en nuestras televisiones), mientras que el futuro de la saga lo tenemos en el aire pues no hay fecha confirmada para la llegada de Daredevil (otra que ya ha visto todo el mundo). En la competencia pasa lo mismo: se emite Arrow pero no su serie agermanada Flash, que contiene capítulos entrecruzados.
Algo tiene que cambiar en España para que la televisión no acabe siendo un simple mueble decorativo. La renovación de El ministerio del tiempo y la cancelación de “cosas” del siglo pasado como Alfombra roja son el primer paso. Juego de Tronos ha estrenado su última temporada de forma simultánea en España y Estados unidos. Están apareciendo nuevas plataformas televisivas sin ataduras a elevadas mensualidades telefónicas, como Yomvi Play. Y en otoño se espera la llegada de Netflix como agua de mayo (ahora habrá que ver qué catálogo nos trae).
Es solo un paso pequeño, pero esperemos que sea también el primero de muchos.

La recomendación del mes: ¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

Reconozco que existe cierta época de cine español que tengo bastante dejada de lado y que hay toda una serie de clásicos que merecen ser recuperados con carácter de urgencia. Por eso, cuando el otro día mi prima Susana me recomendó encarecidamente este título de Narciso Ibáñez Serrador que siempre me ha picado la curiosidad pero al que nunca encontraba tiempo para ella, decidí que era la siguiente película a la que debía dedicar esta sesión semanal del Blog.
¿Quién puede matar a un niño? significó la segunda y última aportación al mundo del cine como director del hombre que sin embargo pasaría a la historia como creador televisivo, con una historia extremadamente angustiante y aterradora, logrando transmitir una perfecta sensación de ahogo y claustrofobia pese a transcurrir en los espacios abiertos de una apacible (y ficticia) isla mediterránea.
Basada en la novela El juego de los niños de Juan José Plans (aunque con ligeros pero acertados cambios en la adaptación) Serrador, autor también del guion aunque firmado en su momento bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, describe la epopeya de una pareja de turistas (ella embarazada del que será el tercer hijo de ambos) que decide embarcarse hacía la fatídica isla de Almanzora de la que el hombre guarda bellos recuerdos de su infancia. Allí, sin embargo, les esperan calles vacías, bares abandonados y un silencio sepulcral, aunque no tardarán en advertir la presencia de diversos niños con terribles intenciones.
Como el propio autor reconoció en su momento, la película tiene claras influencias del cine de Hitchcock, recordando también a otros títulos con niños perversos como El pueblo de los malditos y adelantándose en un par de años a la publicación del relato y posterior adaptación cinematografía de Los chicos del maíz, con las que guarda evidentes similitudes (quién sabe si Stephen King había visto el film antes de escribir su historia), amén de que la música de Waldo de los Ríos recuerda poderosamente al clásico de Polanski La semilla del diablo (con la que comparte además el protagonismo de una mujer embarazada.
Tras un largo y desasosegante prólogo en el que vemos a modo de documental diversos momentos de la historia donde se rebela el cruel sufrimiento de niños indefensos, la historia se desarrolla con una estudiada lentitud, contando con la complicidad del espectador (que va a descubrir antes que la pareja protagonista que la muerte aguarda tras las blancas casas de pescadores de Almanzora), creando una tensión latente que terminará por estallar en una oleada violenta y sanguinaria y que derivará, en boca de uno de los propios supervivientes de la masacre, en la pregunta a la que se refiere el título y que va a suponer el quid de la cuestión.
La definitiva pérdida de la inocencia es reflejada por Serrador de manera brillante en forma de un juego inocente, una simple diversión para los niños que no dudan en disfrutar a carcajadas de cada cuchillada, cada vida adulta arrebatada como implícita venganza de las penurias que la propia sociedad hace pagar a los más desprotegidos.
Una de las grandes virtudes del guion de Serrador es la de no intentar buscar una explicación racional a lo sucedido, algo que sí se apunta, aunque levemente, en la novela. Con una ambigüedad que recuerda precisamente a la del maestro de Maine, Serrador se limita a mostrar unos hechos, dejando a la imaginación del espectador las causas e incluso las consecuencias, más aún tras su desesperanzador y cruel final y tras habernos mostrado instantes antes una de las secuencias más duras que recuerdo en una película, pese a no ser necesariamente sangrienta (y me estoy refiriendo a lo que le acontece a la pareja estando encerrados en un cuarto del hotel, no digo más).
En definitiva, una excelente muestra de cine de terror muchos años antes de que el llamado "cine de género" se pudiera tan de moda en nuestro país, aterrando y acongojando con truculenta escenas pero capaz de crear una insoportable tensión con momentos de sutileza más movidos por lo que se sabe que por lo que se ve.
Ignoro los motivos que llevaron a Narciso Ibáñez Serrador a abandonar el cine por la televisión, pero revisando ¿Quién puede matar a un niño? uno se da cuenta de la gran pérdida que supuso para nuestra filmografía.

jueves, 14 de mayo de 2015

A CAMBIO DE NADA (6d10)

No está nada mal el debut tras las cámaras de Daniel Guzmán, un joven al que muchos identificarán sólo por haber sido el novio de la pija en Aquí no hay quien viva pero que tras su cara de buen chico esconde además de a un estupendo actor a un hábil boxeador, motorista profesional y, tal y como descubrimos ahora, un buen guionista y director.
A cambio de nada narra los problemas de un adolescente atrapado por las secuelas del matrimonio roto de sus padres que se ve abocado a una rutina definida por la delincuencia y la soledad. Con confesos rasgos autobiográficos, la película pretende ser, ante todo, un alegato a la amistad, representada de manera intergeneracional por el amigo de toda la vida del protagonista, un veterano mecánico "de la vieja escuela" tan leal como ilegal, que aporta algo parecido a la figura paterna que el chico necesita, y una anciana tan necesitada de compañía como el propio protagonista.
Con estos datos la película puede recordar levemente a Barrio, de Fernando León de Aranoa, aunque esa fotografía tan poco elegante en busca de un híper realismo así como la autenticidad de sus desconocidos intérpretes (me refiero a los protagonistas, que en el reparto hay grandes nombres como LuisTosar o Miguel Rellán), me remiten personalmente a las Carminas de Paco León, aunque sin llegar a aportar por ese humor tan castizo y descarado.
No estamos ante una película redonda, que carece en su arranque de una correcta empatía con el protagonista, al que el deterioro de la estructura familiar no parece justificación suficiente para su comportamiento, desconcertando por momentos la intemporalidad de la historia, que parece reflejar una fría década de los ochenta pese a poderse ver matrículas actuales y hablar de euros, pero con todo resulta cuanto menos interesante y un prometedor debut para Guzmán que tiene en su acierto para el casting su mejor baza y al que habrá que estar atentos a su futuro más inmediato.

EL GURÚ DE LAS BODAS (5d10)

Debo confesar que me acerqué a esta película sin la más mínima esperanza de encontrarme con algo más que un nuevo bodrio escatológica con pretensiones de comedia gamberra sin la más mínima gracia, estirando aún más el chicle (¿volvemos a hablar de burbujas?) de las comedias relacionada con las bodas y/o las despedidas de soltero.
Sin embargo, menos gamberra de lo que podría ser, El gurú de las bodas es lo suficientemente entretenida y divertida como para merecer cuando menos el aprobado, con unos personajes simpáticos (muy graciosa esa alusión a Los Goonies) y una pareja protagonista con gran química entre ellos.
Sin necesidad de recurrir a escenas de dudoso gusto (dejemos la historia del perro como aislada excepción), la historia de un perdedor a punto de casarse con una mujer muy por encima de sus teorías posibilidades (la Penny de The Big Bang theory) que debe contratar a una empresa que le consiga falsos amigos funciona francamente bien, consiguiendo que un tipo tan cutre y desastroso sea fácilmente identificable y dando una vuelta de tuerca al concepto del patético perdedor al que estamos acostumbrados (y es que, ¿quién es el auténtico perdedor de la película?).
No es cuestión de volvernos locos y poner las película por las nubes, pero escenas como la del baile, personajes como la prostituta del este y la presencia (esto es ya cuestión de alianza personal, lo reconozco) de Jorge García justifican sobradamente su visionado si lo único que pretendemos es pasar un rato divertido con una comedia bastante blanca y con toque sensiblero en su tramo final.
Podría haberse sacado más de la historia, desde luego, pero estamos tan acostumbrados a que nos den mucho menos que este poco sabe a mucho.

SUITE FRANCESA (6d10)

Da la sensación que de un tiempo a esta parte ha habido un resurgir de todo lo relacionado con la II Guerra Mundial. Después de que la amenaza islamista fuese el último enemigo oficial de los Estados Unidos Hollywood vuelve a mirar al pasado convirtiendo de nuevo a los nazis (y por extensión los japoneses) en la gran amenaza, tal y como antaño fueses los rusos y los vietnamitas.
Al punto de vista más comercial que nos ofrecieron Angelina Jolie en Invencible a finales de año y David Ayer en Corazones de acero un par de meses después hay que añadir el punto de vista europeo con obras como La conspiración del silencio, que nos explicaba la post guerra desde el punto de vista alemán, La dama de oro que recordaba que años después de la invasión nazi las consecuencias se seguían pagando, y ahora este film francés que ofrece un nuevo e interesante punto de vista al mostrar como vivo y sufrió el pueblo galo la rendición de Pétain frente al ejército de Hitler y la relación entre los habitantes de los pueblos dominados con sus invasores.
Es este documento histórico lo más interesante de un film que se centra demasiado en una trama romántica (la clásica historia de que incluso en el infierno puede encontrarse a alguien bueno) que desdice un poco el paisaje global y convierte el film en una historia plana y demasiado previsible.
Algo que no colabora demasiado en la identificación del espectador es el detalle que pese toda la trama gira en torno a la relación entre franceses y alemanes los protagonistas están interpretados por actores foráneos, lo cual no deja de desconcertar. Y no es que lo hagan mal, ojo, que el reparto es soberbio y Michelle Williams y Kristin Scott Thomas están brillantes en su interpretación de una suegra y una nuera no demasiado bien avenidas pero condenadas a entenderse tras la invasión y en espera a que el cabeza de familia regrese del frente. Algo parecido sucede con Margot Robbie, que por mucho que le escondan su rubio habitual no da el pego. Tomen nota: una americana, una británica y una australiana interpretando a aldeanas francesas. Sin palabras…
Suite francesa parte de una curiosa historia que bien podría por si sola dar para un guion de cine: se trata de una novela inacabada de Irène Némirovsky sobre la Francia ocupada escrita en la misma época que relata y que la autora no pudo concluir al ser detenida por su origen judío y llevada a un campo de concentración.
Lo más interesante de las película es la posibilidad de conocer la ocupación de Francia bajo una mirada poco común, habituados como estamos a que sean los americanos o los británicos quienes nos den su punto de vista. Lástima que el director, Saul Dibb, lo haga de manera tan anodina, careciendo de la pasión y fuerza necesaria para dotar de alma a una historia que no termina nunca de arrancar, ni en su faceta dramática ni en su vertiente romántica, una vertiente, por cierto, ajena a la novela original.

WALKING ON SUNSHIRE (5d10)

A todos aquellos que proclaman indignados en contra de la burbuja de los superhéroes, a los que acusan de estar copando las pantallas y agotando un género (creo sin duda que ya debe ser considerado como tal), les invito a analizar cuántas películas basadas en cómics se han estrenado en lo que llevamos de año y cuántos musicales (ese género tan prolífico hace ya cuatro décadas y que parecía condenado al olvido hasta hace apenas unos años) han llegado a las carteleras en ese mismo periodo de tiempo. Y es que si tenemos que hablar de una burbuja en el mundo del cine (seguido muy de cerca por la peliculillas YA o las basadas en cientos de hadas) sin duda hay que referirse al musical.
Desde el estreno, hace ya de años, de Mamma mía!, la que bebe, y mucho, este film, todo parece valer con tal de ganar dinero con producciones de durante calidad aunque con bonita tonadas, alentados posiblemente por el auge en televisión de programas tipo La voz, Operación Triunfo y similares, canteras interminables de ¿actores?  dignos de los más pulcros gorgoritos.
En esa línea se mueve Walking on sunshine, con una historia estúpidamente previsible y plana y unos actores tan mediocres como carentes de empatía, y cuyas voces tampoco es que sean para lanzar cohetes (se salva, por razones obvias, Leona Lewis, que como actriz no vale un pimiento pero a la que se echa en falta más protagonismo en las canciones).
Tan carente de originalidad es este film que por tener no tiene ni una línea musical predefinida. Estamos acostumbrados a musicales inspirados en obras de Broadway, en historia versadas alrededor de un grupo o artista o, incluso, en las que se crean sus propias canciones. Pero este Walking on sunshine se limita a coger canciones populares ochenteras de aquí y allá, sin más criterio que el buen rollo que provocan, y las meten con calzador en medio de una historia de amor adolescente de vergüenza ajena.
Y si la historia es mala y los actores peores, ¿qué tiene la película que merezca su aprobado?, os preguntaréis. Pues que desprende lo mismo que las canciones seleccionadas: buen rollo.
Puestos a copiar, al menos han decidido copiar bien y de Mamma mía!, el referente más claro, hereda el uso y disfrute de unos paisajes de ensueño (en este caso las bonitas playa del pueblo de Puglia, en la costa italiana), los actores son todos (tanto ellos como ellas) insultantemente guapos, y las canciones (ahí están Venus, The power of love o la propia Walking on sunshine, entre muchas otras) terriblemente contagiosas.
Así, los directores Max Giwa y Dania Pasquini (dos personas han sido necesarias para consumar este despropósito, firmando además con el ridículo apelativo de Max & Dania) consiguen al menos que uno salga de la sala del cine de buen humor, pese a ser consciente de que la película es mala, embriagado quizá por el derroche de luz y color, de los hermosos planos que parecen postales, sonriendo y con las canciones resonando en la memoria.
Y eso, por sí solo, ya constituye un mérito, ¿no?

SEXO FÁCIL, PELÍCULAS TRISTES (7d10)

Sexo fácil, películas tristes narra la historia de Pablo Diuk (Ernesto Alterio), antaño escritor de éxito y en la actualidad en horas bajas debido al temido bloqueo del artista, que encuentra una salida en la oportunidad que le brinda un amigo productor de escribir el guion de una comedia romántica. El problema estriba en cómo lograr la inspiración necesaria para una historia de amor cuando su propio matrimonio hace aguas.
Esta es la premisa de la que parte el director Alejo Flah, que con este título debuta como realizador de largometrajes, para narrar dos historias en paralelo, la real y la imaginaria, cada una de ellas fiel reflejo de lo que en la otra sucede. No es excesivamente original la idea de contarnos en cine dos historias en paralelo, aunque quizá el referente más cercano se encuentre en la fallida En tercera persona, donde Paul Haggis nos propiciaba un juego algo más rocambolesco y engañoso sobre la imaginación de un autor y sus propias miserias. No obstante, mientras en aquella se buscaba sorprender al espectador con la por otro lado previsible sorpresa final, en Sexo fácil, historias tristes las cartas se ponen sobre la mesa desde el primer momento, no permitiendo que confundamos en ningún momento realidad con ficción, y centrando el punto de mira den la intimidad de los sentimientos de los protagonistas (una mirada claramente masculina, eso hay que reconocerlo) más que en la propia acción.
Buena heredera de los signos de identidad del cine argentino la película suma con acierto el humor con la tristeza, dando forma a un análisis sobre el desamor y la soledad, penetrando en los medios y fobias del creador y aprovechando de piso para desgranar los arquetipos de un género cinematográfico tan estereotipado como efectivo.
Alterio y Julieta Cardinali funcionan como muestra real de la destrucción de un matrimonio, mientras que Quim Gutiérrez y Marta Etura hacen gala de una química convincente y atractiva que ayuda al espectador a permanecer cómplice de una historia tan previsible como exige la situación (en este punto resulta especialmente gracioso ver como el desarrollo de la historia va cambiando a merced de los caprichos de la productora como la incursión, por ejemplo, de cierto viaje a París), teniendo el personaje de Camila como nexo común entre ambas historias en una metáfora perfecta de cómo funciona la inspiración de un escritor.
Con buenas interpretaciones e ingeniosos diálogos (y Carlos Areces, como siempre, en plan roba escenas) la trama avanza sin complicaciones hacía un desenlace que puede no ser del gusto de muchos pero al que no se le puede acusar de tramposo.
Al fin y al cabo, el propio protagonista, mediante su voz en off, lo viene anunciando desde la primera frase de la película.

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.

THE GUEST (7d10)

Ya hable ligeramente de esta película a raíz de su paso por Sitges 2014, aunque tras el éxito cosechado en el Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya quise esperar a su anunciado estreno comercial para poderla analizar más en profundidad, no esperando que este fuese tan limitado y fugaz.
Dirigida por Adam Wingard, quien destacó como realizador por Tú eres el siguiente y cuyos trabajos hemos podido ver también en diversos segmentos de V/H/S y The ABC’s of Death, la película supone un claro homenaje a las películas de videoclub de los años ochenta, a ese tipo de cine de serie B que pasaba de puntillas (o simplemente no pasaba) por las carteleras pero que luego el boca a oreja las convertían en las grandes estrellas en el formato doméstico.
Ya su argumento no puede ser más simple y tópico: un joven aparece en la vida de una familia americana para seducirlos con su labia y sus aptitudes de manera que cuando se descubra su lado turbio ya sea demasiado tarde. No hay ningún spoiler en esta frase, pues el propio director, con un hábil uso de la música y merced al rostro camaleónico de Dan Stevens, se asegura de que nos quede bien claro desde el primer momento.
Podría decirse sin temor a equivocarnos que todo en The Guest es una absoluta tontería, un sinsentido que se sostiene por los pelos y con un gran esfuerzo de credulidad por nuestra parte, pero lo cierto es que da lo mismo. Wingard y Stevens se las apañan para que rizar el rizo que proponen sea sumamente divertido, burlándose incluso de los estereotipos y dándonos simplemente lo que queremos, una buena dosis de humor y mala leche con un final adrenalítico en un improbable escenario de Halloween de instituto.
Perfecta es la labor de Wingard para “colarnos” su aventura, pero de nada le valdría un buen trabajo tras las cámaras si no hubiese contado con el talento de Dan Stevens, un actor poco conocido hasta la fecha pero con un prometedor futuro. Stevens es el invitado a quien se refiere el título pero, por encima de eso, es el alma de la fiesta que es en realidad la película. Stevens es tan guapo como macarra, tan seductor como inquietante, representando tanto la figura del mejor amigo o el vecino perfecto como el mayor y más aterrador hijioputa del barrio. Una sonrisa, una mirada, que se transforma en menos de un segundo.
Rematando la jugada con una inteligente banda sonora, The Guest contiene todo aquello de lo que Obsesión carecía, esa peliculilla de hace unas semanas protagonizada (es un decir) por Jenifer Lopez que venía a mostrar un planteamiento más o menos parecido, como si ambas películas fuesen las dos caras de una misma moneda, pero que pese a haberse estrenado con mucho más rebomborio resultaba a la fin una pésima caricatura de esta.
The Guest posee toda la cutrez de cine más vacilón de los ochenta pero con un bonito envoltorio y como tal hará las delicias de todos aquellos que no pidáis a la peli más de lo que promete, una hora y media de violencia y diversión. Una película, en fin, para pasárselo bomba escudados ante un buen tanque de palomitas.

DOBLE O NADA * (4d10)

Del antiguamente prestigioso Stephen Frears, que el año pasado pareció reconciliar a publico u crítica con Philomena (nominación al Oscar incluida) nos llega ahora su trabajo anterior, una película tan interesante en su reparto como decepcionante en su resultado final.
Demostrando que a Bruce Willis hace ya tiempo que se le apagó la estrella, Doble o nada está encabezada por una caricaturesca Rebecca Hall a quien la responsabilidad de sostener todo el peso narrativo parece venirle demasiado grande. Basada en una historia real, novelada además por la propia protagonista, Beth Raymer, la película sigue los esquemas clásicos de la chica perdida que sueña con triunfar en Las Vegas, aunque en esta ocasión el destino la salva de ser la típica camarera o bailarina de striptease para introducirla en el mundillo de las apuestas. Un argumento que invita al glamour y la intriga pero que se desarrolla con cierta apatía, resultando anodina y poco interesante. De poco valen las apariciones de rostros familiares como Joshua Jackson (recién salido de Fringe), Vince Vaughn, Frank Grillo o Catherine Zeta-Jones (la cual precisa de un agente nuevo de manera urgente), pues es el propio director (antaño grande entre los grandes merced de Las amistades peligrosas, Héroe por accidente o La reina) quien no consigue encontrar el ritmo adecuado a una película que oscila demasiado entre la comedia ligera y el drama, rescatando ligeras, ligerísimas pinceladas que podrían recordarnos a Ocean’s Eleven, El lobo de Wall Street o Showgirl pero que componen un batiburrillo que deambula sin rumbo fijo sin decidirse por ningún estilo propio.
Ninguno de los personajes tienen el carisma suficiente como para llegar a enamorarnos de él (por momentos no consiguen que los entendamos siquiera) y la total falta de empatía deriva en el bostezo continuo en una película que sin ser demasiado larga lo parece.
Me preguntaba qué había motivado a un film con semejantes actores y tan conocido director a ser estrenada con dos años de retraso y en cuatro salas de cine mal contadas. Ahora lo he descubierto. Una lástima, la verdad.

FELICES 140 (6d10)

Resulta curiosa e incluso desconcertante la nueva película protagonizada por una Maribel Verdú que se me antoja mejor a medida que pasan los años y que aquí lleva toda la voz cantante, por más que se rodee de un reparto ciertamente interesante.
Dirigida por Gracia Querejeta a partir de un guion de Santos Mercero la película arranca como una suerte de Los amigos de Peter a la española cuando Elia, la protagonista, decide reunir a la vieja pandilla en una casa rural para celebrar su cuadragésimo cumpleaños. Sin embargo, tras esa invitación se esconde una doble intención, ya que Elia quiere aprovechar para comunicar también a sus seres más queridos que es la única ganadora del Euromillones, exactamente de un bote de 140 millones de euros.
Todo pinta a comedia costumbrista que reflexiona sobre la amistad, el paso del tiempo y las heridas no cicatrizadas, algo parecido a lo que sucedía en el magnífico título de Kenneth Branagh que también describía un reencuentro entre amigos con un secreto de fondo. Una premisa argumental que se ha visto muchas veces en cine pero que suele funcionar francamente bien.
Hay, sin embargo, un giro argumental a mitad del metraje que retuerce el concepto y provoca que nos encontremos en dos películas diferentes dentro de una. Y ahí es donde Felices 140 se topa con su principal virtud y su mayor problema.
Ese jugar con los géneros le facilita el diferenciarse de las principales referencias, cambiando el punto de vista y convirtiendo al nuevo elemento introducido en el motor sobre lo que gira todo (que en el fondo no es la amistad, como parecía al principio, sino el dinero). Corre el riesgo, sin embargo, que ese cambio de estilo resulte indigesto y haya quien, incluso, se sienta decepcionado al encontrarse ante una película que no es la que esperaba.
Personalmente, creo que las dos intenciones casan muy bien, y que el ritmo de la historia no decae en ningún momento, siendo la transición argumental muy adecuada y echando tan solo en falta un final algo más alargado. Ello es mérito del guion y del buen trabajo de Querejeta tras las cámaras, que sabe aprovecharse además del paisaje canario que rodea el lugar del reencuentro, pero no se puede negar que la cualidad principal de la película hay que encontrarla en su reparto, con una inmensa Maribel Verdú que luce por encima de todos pero con la labor siempre excelente de Antonio de la Torre y Eduard Fernández, sin desmerecer a Nora Navas, Marian Álvarez, Alex O’Dogherty, Paula Cancio o Marcos Ruíz.
Sin caer en excesos, Felices 140 tiene sus momentos de humor y de drama, de buenos sentimientos y de odiosas decisiones, y sin llegar a ser una película perfecta logra emocionar e invita a la reflexión sin atufar por ello a pretenciosidad.
Simpática, entretenida y muy recomendable, siempre y cuando no nos indigestemos con tanta mala leche.