viernes, 18 de diciembre de 2020

Cine: EN GUERRA CON MI ABUELO

Las ganas de volver al cine hacen que uno se atreva con cosas que, en otros momentos, habría mirado con recelo. Y es que, pese a la excepción que supuso El Irlandés (y es que Scorsese es mucho Scorsese), lo cierto es que los últimos papeles de Robert de Niro eran trabajos alimenticios que parecía enfocar con el piloto automático.

No es que su regreso a la comedia con En guerra con mi abuelo sea como para darle un Oscar, pero al menos logra acomodarse en un género que no le es desconocido y que le proporcionó una de sus últimas alegrías mediante la saga Los padres de ella.

Hay mucho en común entre esta película y aquella saga, con el conflicto generacional de nuevo como eje central con la diferencia de que ahora los dos antagonistas, pese a su diferencia, se queden, no como les pasaba a Ben Stiller y su inminente suegro.

Aunque la cosa no pareciese prometer mucho (va de un niño que declara la guerra, literalmente, a su abuelo para recuperar su habitación), lo cierto es que el humor absurdo y alocado de Tim Hill, que segura aquí como director en imagen real pero que es máximo responsable de un buen puñado de éxitos de animación, incluyendo la desternillante última película de Bob Esponja.

Con un reparto de secundarios de lujo donde destacan Christopher Walker y Jean Seymour (Uma Thurman quizá sea la que parece más perdida), la película es una sucesión de haga a cual más tronchante, que rehúye del sentimentalismo barato y sólo se pone algo sería cuando juega a funcionar como metáfora sobre las auténticas guerras, con sus víctimas y bajas colaterales. Sin embargo, es un apunte mínimo para decorar una película que se ve con una sonrisa constante y bastantes tramos de carcajadas descontroladas.

Quizá en el fondo todo sea una tontería cargada de tópicos, pero llevaba tiempo sin reírme tanto con una película, y pocos motivos mejores hay para regresar a una sala de cine.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: HERENCIA NAVIDEÑA

Ante la pobres perspectivas que nos brindan unas fiestas extrañas y poco familiares (o así deberían ser, al menos, si queremos un enero mínimamente feliz), he tomado la costumbre de dejarme llevar cada fin de semana por una de las miles de propuestas navideñas que hay por las plataformas.

Ante el evidente empalague rancio de la mayoría de ellas (y eso que son casi un submundo lleno de entusiastas defensoras), he decidido buscar algún aliciente extra que justifique mi elección, y esta vez la excusa tiene el nombre propio de Eliza Taylor. Lo mismo que el año pasado disfrute con la deliciosa Last Christmas donde la Daenerys Targaryen de Juego de Tronos era una cándida enamorada, me divertía comprobar ahora cómo se las gastaba la Clarke Griffin de Los 100 en un rol parecido (también podría haber probado suerte con Rose Molver en Un príncipe por Navidad, pero saber que es ya una trilogía me daba mucha pereza, y más si no la veo elegirse delirios receta de cerebros como en IZombie).

Herencia navideña nos presenta a una joven, guapa y rica, que está a punto de heredar todo un imperio comercial pero a la que le falta algo de madurez para demostrar estar a la altura del puesto. Por ello, su padre le encomienda una misión aparentemente sencilla, viajar haya el pueblo donde se gestó todo para entregar en mano una carta al co-fundador de la empresa. El problema es que debe hacerlo sin dar a conocer su nombre, con un presupuesto ínfimo y sin tener ni idea de donde está ni cuándo volverá el destinatario de la misiva, por lo que esta chica de ciudad se verá obligada a tratar de sobrevivir en un pueblecito en puertas de la Navidad.

Resulta evidente que aquí finaliza toda esperanza de sorprendernos y que los acontecimientos que se suceden están telegrafíados desde el primer momento. Esto se debe, por un lado, a un guion simplón e insistentemente previsible que no busca arriesgar lo más mínimo, dejándolo todo en manos del supuesto espíritu navideño que ablande nuestros corazones y nos deje poseer por una menos casi inexistente. Por otro lado, tenemos una caracterización de personajes bastante irregular, con una protagonista supuestamente preparada para dirigir una gran empresa pero tan tonta que hace el ridículo cada vez que se enfrenta a un desafío mínimo. Una muestra de la dejadez en el desarrollo de personajes se ve en la propia escena de presentación de la muchacha, que si bien es cierto que hace algo el ridículo durante una gala benéfica, todos los comentarios se centran en ello (la heredera fiestera, la llaman), ignorando el hecho, por ejemplo, de que haya cuadriplicado una importante donación. O también podemos fijarnos en el triángulo amoroso que se forma casi desde el minuto cinco. Es cierto que tenemos un conflicto más desarrollado que el de, por ejemplo, Christmas Wonderland, pero el hecho de que el chico de pueblo al que conoce sea casi un ser de luz puro y celestial, y que no tardemos en ver al novio actual como un cretino manipulador y algo abusivo, hace que el conflicto se vea resuelto antes incluso de ser planteado.

Al final, lo que queda es una dramedia romántica simpática, algo falta de magia, con el clásico mensaje de que la vida de campo siempre es mejor que la de ciudad (allí todos son malvados y ambiciosos) y que lo importante está en la amistad de la gente que te rodea y la unión familiar.

Película justita que se ve con agrado pero se olvida casi al momento. Yo, por mi parte, sigo prefiriendo a una Eliza combativa que asesine sin reparos a las tribus rivales y que lidere/ame/traicione a los suyos según lo que toque en esa temporada.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Netflix: BRONX

Acostumbrados como estamos a esas comedias simplonas que se anuncian como la película del año en Francia (de esas que había seis o siete cada año), da gusto descubrir que en el país vecino se hace algo más que falso costumbrismo del montón con moralina de postureo.

Bronx es un relato criminal violento y duro sobre un cuerpo de policía y sus confrontaciones con una banda mafiosa, poco amable y carente de humor, un policiaco en toda regla cuyo principal defecto posiblemente sea estar demasiado preocupado de desligarse, precisamente, de los prejuicios hacia el cine galo para mirarse tanto en el espejo americano que, al final, se carga denegado de tópicos y situaciones mil veces vista que no consigue ofrecer algo novedoso al espectador.

Resulta difícil ponerle peros a una película que no hace nada realmente mal, pero tampoco logra sobresalir en nada, con lo que al final sólo queda un relato interesante y, por momentos, emocionante, fácil de olvidar apenas ha terminado.

Cierto es que, tal y como pasaba con La Bestia, el hecho de no ser americana la libera del clásico final «made in Hollywood», otorgándole un punto de amargura muy acorde con el estilo de toda la función, pero no sé si es suficiente para poder ensalzar una peli mil veces vista y cuyo reparto ligeramente coral impide empatizar especialmente en ningún protagonista en concreto.

 

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Reflexiones: LA AGONÍA DEL CINE (y no sólo por culpa de la pandemia)

Son malos tiempos para las salas de cine y para el mundo del espectáculo en general. Tras unos años convulsos de caídas en taquilla y tibias remontadas, gracias principalmente al efecto dominó de los grandes blockbusters, la situación parecía más o menos controlada hasta que, a principio de 2020 estalló la pandemia mundial que lo cambió todo.

Dejando un reguero de muerte e infectados con secuelas a su paso, los negocios, grandes y pequeños, están siendo daños colaterales, de los que los cines, por supuesto, no se libran. Puede que incluso, aunque no sepan o quieran llorar tanto como los restauradores, sean de los más perjudicados. Y eso que tras el primer cierre por el estado de alarma se reportó que con los controles rigurosos que estaban manteniendo, la incidencia de los contagios en las salas era de cero. Y aun así, ante la mal llamada segunda ola, fueron de los primeros a los que obligaron a volver a cerrar; en Catalunya, al menos.

Hago un inciso para explicar lo de la mal llamada segunda ola. Antes del verano, en ese impase extraño que hubo entre que el gobierno dijera que iba a mantener las playas, bares y chiringuitos cerrados hasta septiembre y la confirmación de un agosto relativamente normal, los grandes expertos sanitarios del gobierno y otras cabezas pensantes advirtieron del peligro de una segunda ola en octubre o noviembre, con el frío. Pero en vista de que ese frío apenas está llegando ahora, tras un otoño agradablemente cálido, yo siempre he sostenido que estábamos ante el coleteo de esa misma primera ola o un simple avance de la segunda. Y algo de razón debía tener cuando de repente se alerta de la tercera ola que llegará en enero (si no antes), causada por el frío y los excesos navideños, de la que no nos habían hablado en su momento, por más que fuese una cuestión de pura lógica.

Pero volvamos a los cines… Ya en su momento, cuando tenía ilusas esperanzas de que eso tan horrible denominado «nueva normalidad» (odio el simple concepto) fuese sinónimo de una relativa calma, me preocupé ante el cambio de costumbres de la sociedad. Tras tanto tiempo sin poder ir a cenar, a tomar una cerveza a una terraza o cambiar un espectáculo de cine o teatro por la serie que se acabara de estrenar Netflix, se corría el peligro de que la gente se acostumbrarse a ello, y aunque con la flexibilidad de las restricciones todos se han lanzado como locos a por las cervezas y las bravas, el cine sigue dando miedo. Una prueba más del país «cultural» en el que vivimos, por más que siempre lloren los mismos (igual el problema de los restauradores es que son demasiados y les gusta mucho mirarse el ombligo, ignorando que mientras ellos hacen servicios a domicilios o les amplían las terrazas sin coste adicional a su alrededor hay librerías (desesperadas sin su Sant Jordi salvador), locales de estética, tiendas de ropa que pagan un dineral por estar en un local de un centro comercial que no les permiten abrir, agencias de viajes y cientos de negocios más en los que nadie piensa porque mientras podamos tomar una cerveza en la calle todo va bien. Y luego la culpa será de Amazon, claro, que siempre es bueno culpar a alguien de lo que nosotros mismos provocamos.

Y en el caso concreto de los cines, habrá quien, en un ejercicio de cinismo, piense que no es para tanto, que al fin y al cabo son gente forrada de pasta y que a Hollywood ya le va bien un escarmiento después de las taquillas multimillonarias de productos como Endgame, Star Wars, Fast&Furious y demás. Ejercicio de cinismo, digo, porque parecen olvidar que la crisis del cine lleva a la quiebra a salas comerciales y deja en la calle a taquilleros, vendedores de palomitas y otros servicios de bar, empleados de limpieza, etc, amén de otros empleos colaterales como publicistas, todo el personal implicado en la elaboración de festivales… Y ya por no hablar de la propia producción cinematográfica, donde aparte de productores, directores y actores de sueldos generosos, está también los carpinteros, electricistas, decoradores, responsables de catering y así hasta casi el infinito…

El cine, a lo largo de su historia, ha pasado por diversas crisis, y más o menos las ha sabido capear: la llegada de la televisión, el vídeo doméstico, las descargas de Internet y, ahora, las plataformas de streaming. La diferencia con lo que sucede ahora es que anteriormente la industria estaba unida para combatir la amenaza de turno, pero, con la excusa de la pandemia (que ya veremos que no es la verdadera causante de la crisis que se avecina), el enemigo lo tienen en casa. Y es que las últimas maniobras perpetradas desde Warner pueden suponer un nuevo clavo en el ataúd del séptimo arte.

Vayamos por partes para analizar cómo empezó todo:

Con la aparición del Covid-19, que nos pilló a todos con el pie cambiado, los primeros en reaccionar fueron los de Dreamworks, que decidieron estrenar Trolls 2 directamente en streaming con muy buenos resultados. Una decisión polémica pero razonable, pues un producto infantil que se alimenta del recuerdo de la primera película no puede quedar en el dique seco mucho tiempo.

Algo parecido motivo que Atresmedia optar por ceder los derechos de distribución a Netflix de Ofrenda a la tormenta, la conclusión de la saga del Baztan que pese a que sus dos primeras películas se estrenaron el cine no tenía mucha lógica distancia en el tiempo Legado en los  huesos con su conclusión, más teniendo en cuenta la continuidad entre las mismas.

El tercer capítulo de nuestra historia lo firmó Disney, cuando tras tener que aplazar varias veces el estreno de Mulan, su película estrella para este 2020, terminaron por apostar una fórmula nueva: estrenarla directamente en su plataforma de Disney+ pero sumando a la cuota un importe adicional. El resultado, a nivel económico, es dudoso (hay tal baile de cifras que según a quien preguntes fue un acierto o un rotundo fracaso). Dudo mucho que, al menos en España, los datos fuesen muy halagüeños. Al menos en mi ambiente, donde hay muchos suscriptores de Disney+, nadie optó por el pago, decantándose por volver a los tiempos de las descargas ilegales, esperar a que pasaran un par de meses y estuviese disponible de manera gratuita o, simplemente, ignorarla, que tampoco es que la peli fuese para tirar muchos cohetes.

Es complicado saber cuál es la fórmula correcta, y yo mismo he elogiado a Netflix por hacer cosas parecidas (me refiero a lo de «robar» películas a las salas, no a cobrar por ello), llegando a recibirlo como «el Salvador del cine en época de pandemia», pero los estrenos de películas de Netflix y lo que quiere hacer ahora Warner es muy diferente.

Me explico: hay tres líneas a seguir en los estrenos de Netflix. Por un lado están las producciones propias que, por más que se pueda lamentar no ver en pantalla grande, son títulos que ellos han pagado, por lo que es razonable que no quieran consistir los beneficios con nadie. Además, y esto es muy importante, son películas que seguramente no se habrían podido hacer nunca sin la valentía de la plataforma (estoy pensando en Roma, El Irlandés, Historia de un matrimonio…) y, sobretodo, en la que todos los implicados eran plenamente conscientes de que estaban trabajando para un proyecto destinado a ser visto vía Internet. Y este detalle es el que hay que recordar cuando lo comparemos con Warner. Y enseguida llego a eso, lo prometo.

Las otras dos líneas de estrenos directos de Netflix son aquellas películas que nadie quiere (algunas con cierto fundamento, como The Cloverfield Paradox, otras más incomprensibles, como Aniquilación) o esas que, por culpa de la pandemia, siendo películas «menores», se habrían perdido, en el supuesto de que todo esto par algún día, en el maremagnum de estrenos que nos esperan en el 2021, con lo que títulos como Orígenes secretos se han visto, sin duda, beneficiados por la oportunidad.

Y en estas que llegamos al último capítulo de la historia. Ya he hablado largo y tendido de la «guerra entre superhéroes» que enfrenta, sobretodo, a Disney/Marvel con Warner/CD, demostrando que los que hablaban de una burbuja a punto de explotar no tenían ni idea de lo que hablaban.

Dos son las películas sobre las que se centraban casi todos los focos de atención (con permiso del ya cansino James Bond). Viuda Negra y Wonder Woman 1984. La primera parece tener asegurado su estreno en cine, más por cabezonería de Kevin Feige que de deseo de Disney, pero con la segunda han optado por el camino de en medio, una opción salomónica que, vista en perspectiva, puede ser la más inteligente. Se trata de estrenar a la vez (este mismo viernes, de hecho), en cines y en HBO Max (sin coste adicional), una medida triste pero necesaria para no seguir arrastrando un estreno que estaba previsto para principios de este año. ¿Cuál es el problema? Pues que de una medida desesperada provocada por la situación se ha pasado a una apuesta de futuro cómoda y que poco o nada tiene que ver con la pandemia en sí. Me refiero a la medida adoptada por Warner de hacer lo mismo con todos los estrenos previstos para el 2021. Eso significa que títulos como Dune o Kong vs. Godzilla se podrán ver directamente en pantallas de televisión (u ¡horror! en el móvil) de forma legal desde el primer día.

La polémica radica en que esta no parece ser una decisión ligada a la pandemia, sigo que esta es una mera excusa para enfatizar la guerra de plataformas que va a envolver a HBO Max y Disney+ en los próximos meses, una guerra en la que no se ha tenido en cuenta, siquiera, a amigos como Legendary, productora participante en las dos películas mencionadas, que ya ha amenazado con acudir a los tribunales.

Auguro malos tiempos para el cine, pero esta sensación catastrofista no es mía en exclusiva. Sé qué muchos dirán que los tiempos cambian y que hay que aceptar nuevas maneras de hacer y ver películas, pero la gran mayoría de cineastas y artistas (por no hablar de los grandes damnificados, las cadenas de distribución) han puesto el grito en el cielo, y el propio Christopher Nolan, el niño mimado de Warner, ha arremetido contra semejante despropósito.

Sé que no son buenos tiempos para el romanticismo, y por más que opine que el cine se debe disfrutar en el cine, con la magia de una sala oscura y en silencio y sin interrupciones, comprendo que esto, en el fondo, es un negocio. Y cada uno debe velar por sus intereses. Pero ni siquiera mirándolo desde ese punto puedo apoyar la decisión de Warner (yo mismo he llamado al boicot contra esta empresa en alguna ocasión), que supone un grave precedente y hace que uno se pregunte cuáles serán sus planes para 2022 en adelante. Porque no creo que, económicamente, haya sido una idea inteligente.

Es muy difícil valorar los beneficios que una película proyectada en streaming reporta a su creadora. Ya he comentado antes el debate que hay sobre la rentabilidad de Mulan (y también he opinado por aquí sobre su estrategia), mientras que nadie termina de comprender del todo como Netflix se puede permitir esos presupuestos multimillonarios, pero lo que está claro es que las plataformas nunca van a conseguir la relevancia del cine.

Pongamos un ejemplo. 6 en la sombra es una de las películas de mayor presupuesto del año pasado y puede que una de las películas más locas y divertidas de su director, Michael Bay. Y aunque es posible que la hayan visto muchos millones de suscriptores y haya sido un gran éxito para Netflix, no va a dejar ni de lejos la huella que dejó La Roca, La Isla o cualquiera de los Transformers del señor Bay. No digo con esto que me parezca mal no haberla podido ver en pantalla grande (una pena sí, desde luego), porque como ya he comentado, la diferencia es que tanto el director como Ryan Reynols y el resto de participantes en la producción sabían de ante mano donde estaban. No como todos los directores y actores que han trabajado en Warner este último año y que se sienten engañados con la decisión de limitar los estrenos en cine. Porque, con la multitud de plataformas y series de las que disponemos hoy en día, cada una de esas películas, a partir de la segunda semana de su estreno, no serán más que parte de un fondo de armario casi infinito que pasará desapercibido para la mayoría de usuarios, eliminando el concepto de película evento que todo el mundo tiene que ver sí o sí.

Luego está en quién va a querer trabajar en esas condiciones, más que por razones económicas. Netflix está recibiendo a lo mejor de lo mejor, con resultados dispares, pero al menos les ofrece una libertad total (a veces incluso contraproducente), lo cual puede atraer a muchos artistas, cosa que totalmente opuesto a las formas garrafas habitualmente en Warner.

La única nota positiva ha sido la manera de contraatacar de Disney, que parece que va a mantener la apuesta por el cine en el deseado 2021 y va a enriquecer Disney+ con multitud de series implicadas en los universos Marvel y Star Wars. De momento, con El Mandaloriano, la primera batalla la ha ganado sin despeinarse. A ver si con los anuncios de las nuevas películas galácticas de Patty Jenkins y Taika Waitiki y el hype que está despertando el multiverso de Marvel en Warner entran en razón y se reconduce la cosa.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Visto en Amazon Prime: MATAR A SANTA

Matar a Santa, propuesta navideña recaída, en esta ocasión, en Amazon Prime, es una extraña cinéfila de acción donde sus directores y guionistas, Ian y Eshom Nelms, proponen un mundo donde Santa Claus, camuflado bajo el nombre de Chris Cringle, es real, vive junto a su esposa Ruth en Alaska y se enfrenta a la crisis de valores de los niños de hoy en día que le obliga a aceptar un encargo del Gobierno para poder mantener la fábrica de elfos activa.

Por otro lado, tenemos a un engreído y odioso niño rico que, incapaz de aceptar la derrota, decide contratar a un psicótico sicario para matar a Santa tras recibir su merecida reacción de carbón la noche de Navidad.

Seriamente planteamiento llevaría a pesar en una comedia algo desmadrada, pero los Nelms prefieren guardarlo muy en serio y presentar su honor en forma de sutiles detalles, como el hecho de que Santa cobre un subsidio por parte del gobierno, pero el trasfondo invita más a la sonrisa ligera que a la carcajada. Llegados al final, donde tras dos tramas que siguen a Santa y al sicario por separado, en confinamiento final tiene aroma puro de western, con una dosis de acción bien medida y ejecutada.

Así, estrenos ante una interesante y divertida película de acción donde el trasfondo navideño es casi lo de menos y a la que se echa en falta una dosis más gamberra de humor negro, algo que desmitificara más la figura del «gordo» como ya hacían títulos como Bad Santa años atrás.

Lo mejor, como no podía ser de otra manera, la presencia siempre magnífica de Mel Gibson, que presenta a un Papá Noel que vendría a ser la cara amarga del que compone Kurt Russell en sus Crónicas de Navidad.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: LA NAVIDAD MÁGICA DE LOS JANGLE

Ante la falta de grandes propuestas cinematográficas, Netflix se ha autoproclamado como «el Salvador de la Navidad», y aunque la mayoría de sus propuestas son simples telefilms bastante insulsos, siente hay alguna cosita destacable con la que contentar a los más pequeños de la casa. Tras lo bien que están funcionando Crónicas de Navidad y la maravilla que fue Klaus, este año llega otra propuesta infantil bastante interesante.

Con Forest Whitaker y Keegan-Michael Key como rostros más reconocibles, La Navidad mágica de los Jangle es un musical con forma de cuento mágico que bebe tanto de los relatos de Charles Dickens como del indicado visual del Tim Burton de antaño.

Realizada con bastante ambición, la historia cuenta la pugna entre dos fabricantes de juguetes que empezaron trabajando juntos (un argumento que recuerda en parte a Crónicas de Navidad,parte dos) hasta que la decepción de uno de ellos por sentirse infravalorado lo lleva a robarle los inventos al otro.

Estamos ante un cuento cargado de magia y buenos sentimientos, al que se le echa un poco en falta potenciar el elemento navideño (la acción podría transcurrir en cualquier otra época, la verdad), donde se resaltan los valores propios de propuestas navideñas como el amor por la familia, la lealtad, el perdón y, sobre todo, el creer siempre en la magia.

La imaginería visual es una maravilla, más teniendo en cuenta que es una película original de Netflix, y gana mucho con el uso de marionetas para los flashbacks, aunque puede que en algún momento se abuse algo de las canciones. O quizá eso sea cosa mía, ya he dicho en repetidas ocasiones que no me gusta que en las películas de imagen real (por muy infantiles que sean) me doblen a los cantantes. Eso hace que los temas compuestos por John Legend desluzcan bastante y resulten harto repetitivos.

Con todo, una interesante propuesta familiar que flojea algo en su argumento pero es una delicia visual.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Amazon Prime: GUNS AKIMBO

No sé si el representante de Daniel Radcliffe es, en realidad, su peor enemigo, o si es que su obsesión por desligarse de la sombra de Harry Potter lo lleva a elegir papeles tan extremos como desconcertantes. Y es que si recordamos Horns (sobre un tipo que un día amanece con un buen par de cuernos -literales- en la cabeza), Swiss army man (donde hace toda la película de un cadáver pedorro -de nuevo literal-) y esta Guns Akimbo, en la que le clavan sendas pistolas en las manos y se pasa media película huyendo en calzoncillos, pues no parece que el chaval vaya para galán de Hollywood, la verdad, aunque cierto es que con lo que ganó con la saga de J.K. Rowling bien se lo puede permitir.

Guns Akimbo está definida en el algoritmo de Amazon Prime como comedia negra, acción y violencia, pero en realidad pertenece a un género muy particular que es el molonismo. O al menos aspira a ello, ya que en el fondo es un tostón interminable que busca conseguir con un ritmo adrenalítico muy en la línea de Crack, veneno en la sangre, ocultar los muchos agujeros de un film tan absurdo como ridículo.

El arranque quiere parecer una crítica al submundo de los juegos y apuestas de Internet, capaces de sorber el seso a las masas, tal como Nerve o Ready Player One, pero de ahí no pasa la cosa. Un juego a muerte seguido desde la red (algo que ya inventaron en Marvel para el lucimiento de un personaje bastante olvidable de Spider-Man) y un hater de Internet que toca las narices a quien no debe es la base de un cúmulo de escenas mediocres de persecuciones, tiroteos y salpicaduras de sangre con planos cortos y rápidos que parecen querer imitar (mal) el estilo de Edgard Whrite y que dan pie a unos personajes tan mal desarrollados como poco empáticos.

No diré que una vez puestos en harina no sea fácil aguantar hasta el final, pero la colección de villanos que transmitirán a lo peor de las pelis de los noventa, la antagonista que se supone que es una máquina de matar y falla más que un tiro de feria y el patetismo del personaje de Radcliffe hace que ese deseo del director Jason Lei Howden (que también escribió el guion bajo vaya usted a saber qué mezcla extraña de drogas) de que todo «mole mazo», pero para molar de verdad lo único que debería haber hecho es pegar un tiro en la peineta escenas al papanatas del ex niño mago y pasar pronto a otra cosa, mariposa.

En el fondo, no es que aburra, más bien enfada. Y eso es casi peor.

 

Valoración: Tres sobre diez.

Visto en Netflix: LA BESTIA

Llegada de la vecina Francia, La Bestia no deja de ser una nueva vuelta de tuerca de la clásica película de acción en la que a un padre más chulo que un ocho le secuestran a alguien de la familia y remueve cielo y tierra hasta lograr el rescate. Algo muy propio de Charles Bronson de quien robaron buena nota Bruce Willis, Mel Gibson, Steven Seagal y, más recientemente, Liam Neeson.

Estamos más o menos ante un esquema muy arquetípico. A un macho con pasado militar y desgraciado de la familia le secuestran su niñita y, ante la aparente ineficacia de la policía, decide tomarse la justicia por su mano. Algo que, con el aspecto físico que se gasta en esta película Fabrizio Gifuni no es como para tomarse en broma.

Se nota, tanto en la puesta en escena como en la estructura argumental, que no estamos ante una película americana, pues aquí el drama se impone sobre la acción y no hay espacio para la clásica socarronería propia del género. Leonida, el protagonista, es duro y despiadado, parco en palabras, pero muy efectivo. Está, quizá, más emparentado con el protagonista de la saga Venganza, quizá por lo de ser en ambos casos producciones europeas, aunque ya se sabe que Luc Besson es un artesano del copia y pega hollywoodiense

Con secuencias de acción duras y bien filmadas, plagadas de peleas de esas que duelen de verdad, y un ritmo que alterna con eficacia la acción con los necesarios interrogados dramáticos, La Bestia es de esas películas que se ve sabiendo más o menos lo que va a venir a continuación, pero sin embargo uno no puede dejar de estar pendiente de la pantalla, enganchado y hasta un poco angustiado.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: NOCHEVIEJA EN EL MAGNOLIA

A medida que se acercan las fechas mágicas que deriven este mes de diciembre, y abre la insistente sequía de grandes títulos en las carteleras, es cuestión de seguir buceando por el infinito baúl de películas navideñas de Netflix con el fin de encontrar algo que destaque entre la morralla general.

Caídos de lleno en el género de la comedia romántica (cómo añoro esa época en que cuando uno hablaba de películas navideñas lo primero que venía a la mente eran maravillas como Sólo en casa, Jungla de cristal, Gremlins, etc. ), Nochevieja en el Magnolia tenía un aura que me inspiró un punto de confianza. El que los protagonistas compartirán un programa de radio y que fuesen ávidos de la infancia llegando de toda la vida sus propios sentimientos me invitaba a pensar en una película donde el humor fuese más sutil que visual, sin que el tema navideño fuese un exceso empalagoso y con diálogos mínimamente ingeniosos. Y aunque no es que estamos ante una película de Woody Allen, lo cierto es que si me encontré con un interesante desarrollo de personajes que, por más que deambulen por un terreno de sobras conocido, consiguieron captar mi atención y simpatía.

Esta es la clásica historia de un chico y una chica abre el dilema de enfrentar la amistad con el amor y sobrevivir a ello, y con este planteamiento no se puede engañar a nadie, pero también es un recuerdo de aquella época en que la radio acumulaba más seguidores que los influencers de Internet, de fiestas de Nochevieja en grandes salones al ritmo de jazz y de una época que, aunque ya caduca, no por ello deja de ser maravillosa. Un guion que, al final, resulta muy neoyorquino, por más que la acción se suponga que transcurre en Chicago aunque en realidad esté filmada en Canadá.

Una película agradable y simpática de ver donde los protagonistas brillan consiguiendo enamorar (a la vez que enamorarse) tanto a sus regidores radiofónicos como a los espectadores del film, pudiendo perdonarle sus errores sin odiarlos ni reuniéndonos por el empalague de la clásica moralina navideña ñoña.

 

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Visto en Amazon Prime: HISTORIAS LAMENTABLES

Javier Fesser es un realizador peculiar. Dotado de un extraño sentido del humor que ya desarrolló junto a su hermano en el grupo Gomaespuma y que consolidó en su primera película importante, El milagro de P. Pinto, su concepto del absurdo le dio validez para romper taquillas con La gran aventura de Mortadelo y Filemón (que bajo mi gusto fue un horror) pero algo debió rechinarle a él mismo para redimirse con su última aproximación al personaje, esta vez en animación, con Mortadelo y Filemón contraJimmy el Cachondo. Y en esas que, cuando uno menos se lo espera, se lió la manta a la cabeza y se nos puso serio, como en Camino o, sobretodo, su gran éxito: Campeones.

Se diría que la película protagonizada por Javier Gutiérrez le abriría las puertas a hacer lo que le diera la gana en su siguiente proyecto, pero pocos imaginarían que este fuese otro relato de humor absurdo y personajes grotescos financiado por Amazon en formato antología.

Efectivamente, Historias lamentables recupera ese humor cafre basado en personajes caricaturescos, casi bufones, sobre los que plantear mil y una desgracias. No soy muy seguidor de Fresser y su filosofía, pero debo admitir que esta vez ha conseguido el más difícil todavía, con una colección de historias con las que lleva al límite a los protagonista pero sin llegar a pasarse de la raya. No es sencillo abusar de unos protagonistas hasta la caricatura más burda y que la pena o el odio (o ambas cosas, que todo es posible) que despiertan en el espectador no provoque rechazo, pero Fresser llega hasta esos límites sin rebasarlos, consiguiendo que al final lo que cuente es el divertimento con que se nos explica todo.

Podría ser que alguna de las historias resulte un pelín alargada, pero incluso en el difícil ejercicio de proponer tramas tan diferentes y que todas funcionen igual de bien sale bien parado.

Cada uno podrá tener su segmento preferido (yo me inclino por el último), pero será ya más cosa de gustos personales que responsabilidad de Fresser, que mantiene un nivel más o menos igual en todos ellos.

Para mí, que consideró Campeones como una películilla bien intencionada pero poco más, exageradamente tópica y ñoña), esta es la prueba de madurez de un director que ha conseguido al fin aunar sus fobias y su personalidad con un producto equilibrado y fácil de digerir. Sin duda, su mejor trabajo hasta la fecha, puede que a la par de su aproximación animada del mundo de Francisco Ibáñez.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Amazon Prime: TERMINAL

La primera impresión que uno tiene al echar un vistazo a Terminal es la de pedantería. El desconocido Vaughn Stein escribe y dirige esta especie de policiaco noir alrededor de una femme fatalle y un grupo de hombres de aspecto oscuro y desolador. Todo transcurre alrededor de un bar situado en la terminal de una línea de tren, lo que puede sugerir el origen del título, aunque también se podría aludir al estado de algún protagonista. Desde el primer momento, parece claro que la vida no va a terminar bien para la mayoría de ellos.

De entrada, todo invita a que estamos ante una historia muy oscura, pero Stein busca jugar con la luz y los colores de una forma harto radical, casi como si Nicolas Winding Refn hiciera una nueva versión del Sin City de Frank Miller. Incluso utiliza un montaje que rompe las líneas temporales constantemente como ya hiciera, en su versión, Robert Rodríguez.

Stein, con una ambición muy superior a los resultados obtenidos, pretende elaborar una trama criminal llena de giros desconcertantes y sorpresas, pero es con el montaje, con saltos adelante y atrás en el tiempo, con lo que consigue crear algo de interés, obligando de paso a esforzarse al espectador para no perderse detalle. Con una narrativa lineal sin duda los descosidos serían más visibles y el guion no pasaría de ser plano e incluso algo torpe.

Por todo ello, da la sensación que se desaprovecha un interesante reparto (pienso, sobretodo, en Mike Meyers y Simon Pegg), siendo Margot Robbie la auténtica estrella de la función. Ella es quien se lo pasa bomba en todo este desaguisado, y aunque es lo mejor del film junto a la cuidada y elegante fotografía, no basta para levantar una película que ofrece mucho menos de lo que promete y que, viendo el toque de absurda locura de la protagonista, podría verse como una precuela de la propia Harley Quinn.

Con todo, esas trampas que sirven para enmascarar la simpleza del guion, como los neones y las piruetas dialécticas, apuntan un punto de interés suficiente como para alcanzar un aprobado. Justo y rasgado, eso sí, pero la Robbie bien lo vale.

 

Valoración: Cinco sobre diez.