domingo, 17 de noviembre de 2013

SÓLO DIOS PERDONA (5d10)

Antes de empezar a analizar esta película permitídme divagar unos instantes sobre la ética que siguen las distribuidoras a la hora de publicitar sus estrenos. Entiendo y comparto que para ellas lo primero es recaudar el máximo posible, pero ¿a cualquier precio? ¿Incluso atrayendo al cine a gente a la que no le va a interesar nada su película? Digo esto por cómo se ha anunciado Sólo Dios perdona, resaltando a Ryan Gosling en el cartel, alejado de florituras y excesos visuales lumínicos y de color como en el original, y vendiéndola como “la nueva película del director de Drive”, buscando así a todo aquel que disfrutó de aquella magnífica película.
Y sin ser nada de ello falso, lo cierto es que muchos son los que se han sentido engañados con la nueva obra de Nicolas Winding Refn, llegando muchos incluso a abandonar las salas de cine a mitad de la proyección, aunque para ser justos tantos otros son los que la ensalzan como a una obra maestra.
Dicen de Nicolas Winding Refn que es el nuevo David Lynch, y a juzgar por Sólo dios perdona podría parecerse mucho, con lo que ya para empezar no va a conseguir atraerme. Cierto es que se trata del director de Drive, pero nada tiene que ver esta película con aquella, aparte de su protagonista, y no porque el realizador haya decidido dar un cambio de estilo, sino porque era precisamente en Drive donde abandonó alguno de sus tics habituales, volviendo en Sólo dios perdona a sus fobias particulares.
Pero eso no lo avisa el cartel.
Sólo dios perdona es una fábula sobre la venganza, repleta de sexo (sugerido) y violencia (explícita) en una enfermiza ciudad de Shangay, que explica como Billy viola y mata a una adolescente sin motivo alguno y el comisario de policía Chang incita al padre a que se cobre la justicia por su mano para después castigarlo también a él. Cuando la madre de Billy entra en escena (deslumbrante y odiosa Kristin Scott Thomas) obliga a su otro hijo Julian (Ryan Gosling) a que vengue a su hermano, iniciando entonces una reacción en cadena de sangre y vísceras.
Interesante historia que en manos de cualquier director más convencional (y no me refiero ya a taranti8no, sino a cualquiera de sus imitadores) sería un exceso de violencia sin más, pero que Nicolas Winding Refn convierte en un álbum fotográfico de pasillos interminables, luces de neón y planos de Gosling (el actor que hizo de la mirada perdida un arte del cual ya comenzamos a estar cansados), logrando hastiar al espectador con su pasividad, eso sí, hipnótica.
Difícil de definir, es una película a la que puedes odiar o amar, aunque yo he conseguido encontrar el camino intermedio, pues la encuentro tan aburrida rítmicamente como visualmente hermosa. Una de esas películas que todo buen aficionado debería ver, aunque solo sea para poder echar después pestes de ella.

Y odiar un poco más el karaoke.

EL JUEGO DE ENDER (5d10)

Cuando se estrena una película basada en una novela (y más si se trata de una novela superventas como es el caso) es inevitable preguntarse si uno debe analizar la película como tal o en función a lo bien o mal adaptada que esté. Es evidente que cuando se escribe un libro no hay límites ni imaginativos ni de duración, por lo que el autor puede explayarse todo lo que quiera sin miedo a exceder presupuesto alguno, cosa que no ocurre en las películas. Ello obliga a que, por ejemplo, los seis años que en la novela dura la formación del protagonista deba resumirse en unos pocos meses.
Sin embargo, yo no he leído el libro ni tengo un conocimiento suficiente de la obra del por otro lado odiado Orson Scott Card, por lo que voy a limitarme a opinar de El Juego de Ender como si de una película original se tratase, sin la carga que lleva a cuestas debido a su pasado literario.
Y así, me encuentro ante una película flojita, cuyo ritmo, efectos visuales y carisma de sus intérpretes la salvan de ser un gran fiasco, pero poco más. Y es que poco hay en su argumento que se pueda sostener, empezando por la absurdidad de empeñarse en que todo el futuro de la humanidad recaiga en las manos de un solo hombre (niño en este caso) y que éste deba comandar una escuadra militar pese a estar supervisado por una serie de mandos superiores que sin duda deberían ser mucho más aptos que él para la misión.
Como muchas otras historias por el estilo (After Earth es el ejemplo más reciente) el argumento parte con un planeta superviviente a una invasión alienígena (cuando lo más interesante sería que por una vez nos dejasen ver la acción y no solo las consecuencias). El coronel Graff dirige una academia militar con el objetivo de encontrar a la persona capaz de comandar toda la tropa terrestre en previsión de una segunda oleada alienígena, con el pretexto de que la mente de un niño es mucho más imaginativa para el combate que la de un adulto. Así es como Ender Wiggin entra a formar parte de un elitista grupo de elegidos donde irá escalando peldaños con pasmosa facilidad, demostrando que es el más mejor en todo, hasta llegar al momento del desafío final.
Así de absurdo es el argumento de los Juegos de Ender, donde ni las motivaciones de los que rodean al pequeño Ender se explican ni los desafíos a los que se debe enfrentar son prueba suficiente como para justificar que se convierta en el defensor de la humanidad. Escenas de ridículo ajeno como cuando le asignan en un entrenamiento un grupo de marginados sociales a su mando (añgo parecido los llama el coronel Graff) y tras un triunfo en un combate virtual ya pasan a ser los mejores amigos del mundo y la mano derecha de Ender a la hora de defender a la humanidad.
Otro claro ejemplo es cuando tras encararse Ender a uno de sus superiores, el sargento Dap (interpretado por Nonso Anozie, posiblemente uno de los peores actores de la historia del cine), asegurándole que algún día el sargento será quien le tenga que saludar a él y el militar se burla, diciendo que eso nunca sucederá. Apenas una secuencia después Ender ya ha sido ascendido y el sargento no solo le saluda, sino que lo hace con total satisfacción. Todo, absolutamente todo, lo que le sucede a Ender es con suma facilidad, y por mucho que nos quieran mostrar a un elegido, al poseedor de nuestro destino, es todo demasiado plano como para que podamos identificarnos bien con el héroe.
En medio de todo ello un mensaje de absoluto fascismo, un elogio insoportable a la doctrina militar que algún compañero ha definido con acierto como “las juventudes hitlerianas del espacio”. Cierto es que en un momento dado hay un giro de los acontecimientos de los que hablaré en un momento y donde dije digo digo diego, pero en cine ya es tarde para rectificaciones. Un giro argumental puede sorprendernos con grado, pero no hacernos cambiar de parecer sobre la doctrina que nos han estado inculcando hasta el momento. No si no hay un detonante dramático suficiente como para hacer tambalearse nuestros sentimientos. Y en Los juegos de Ender, desde luego, no los hay.
¿Qué se puede aprovechar de esta película? Evidentemente, se trata de un gran espectáculo visual. Tiene unos efectos visuales de primera y su ritmo es acertado, al menos hasta llegar a sus compases finales. Además, siempre es interesante ver de nuevo en pantalla grande a Harrinson Ford, por más que lleve ya unas cuantas películas que parece que lo único que le interesa del cine sea que le pague la hipoteca. Afortunadamente, a su lado están Ben Kingsley y Viola Davis, y eso ya son palabras mayores, y no deja de tener su gracia ver juntos en pantalla al niño de La Invención de Hugo y a la niña de Valor de Ley, aparte de la breve presencia de Abigail Breslin a la que siempre recordaré cargándose muertos en Bienvenido a Zombieland.
Pese a todo, la película no deja de ser entretenida durante su visionado, sin conseguir por ello llegar a forzar la reflexión interna una vez finalizada a la que aspira (y que imagino sí conseguía la novela). El problema principal viene cuando hay un error de libro en su guion que voy a describir a continuación, aclarando primero que se trata de un spoiler en toda regla y que, si no conocéis el giro final y queréis seguir sin conocerlo, deberíais dejar de leer de inmediato.
Pues bien, la cosa es que Ender se prepara para su última misión. Una especie de graduación, digamos. Debe comandar a su grupo en una simulación visual contra los alienígenas. Ender, desde una pantallita de ordenador, dirige el ataque y, ni corto ni perezoso, decide destruir el planeta entero. Muerto el perro, se acabó la rabia que dicen por ahí. Es entonces cuando entre celebraciones y aplausos, se espera que le digan que es el elegido para liderar la Tierra, pero no, porque ya lo ha sido, y es que resulta que lo que ha hecho no era una simulación, sino una realidad. Ha cometido un genocidio contra una raza extraterrestre en un ataque preventivo sin provocación alguna.
¿Conclusiones? Dos, principalmente. La primera a nivel estructural. Es la primera vez que me encuentro con una película donde te indican que se ha llegado al clímax una vez finalizado este. ¿Cómo puede emocionarnos la batalla final si no sabemos que es la batalla final? ¿En serio nos tenemos que tragar esto? El segundo es a nivel argumental. Si Ender ejecuta la misión como lo haría en la realidad, ¿por qué se desespera cuando se entera de que ha matado a toda una raza? ¿Acaso si hubiera sido en verdad una simulación habría actuado después de forma diferente? ¿Para qué piensa que lo están entrenado, para un videojuego?
Así que, me la vendan como me la vendan, el mensaje está claro. Dispara primero y pregunta después. Supervivencia de la raza. Enemigo bueno, enemigo muerto. Llámenlo como quieran. Kubrick se estará revolviendo en su tumba.
Dicen que no está garantizada la secuela (por más que el final sea abierto), y que de hacerse lo más seguro es que vaya directamente a vídeo. Quizá sea mejor así. Si esto es lo mejor que saben hacer…

Creo que me voy a leer las novelas. Será sin duda un tiempo mejor invertido.

INSIDIOUS CAPÍTULO 2 (5d10)

Dicen los que entienden de esto que James Wan es el rey del terror después de poner de moda el gore con la saga Saw y, cuando todo el mundo comenzó a imitarle (no miro a nadie, Eli Roth) se salió por la tangente diciendo que el terror del bueno no precisa de sangre y se sacó de la manga la barata a la par que exitosa Insidious
Algo de razón debía tener cuando de nuevo le imitan por todas partes sin rubor, pese a que la mejor peli de miedo del año (aunque tampoco es para tanto como algunos quieren ver) ha sido suya, concretamente Expediente Warren, de la que ya se habla de secuela (lógico) y un par o tres de spin-off (¿nos hemos vuelto locos?). Así que no es de extrañar que ahora se estrene la secuela de la propia Insidious, cuyo argumento empalma directamente del final de la primera, avanzando así la narración en lugar de limitarse a repetir esquemas. Y es que si algo hay que alabar del cine de Wan es su intento de reinventarse continuamente, evitando el copia y pega que tanto usan sus imitadores. Pero claro, en esto del cine de terror (y más concretamente en la vertiente de los espíritus demoníacos) ya queda poco por inventar y lo que finalmente consigue Wan con dudoso resultado es introducir elementos menos tópicos pero que, quizá precisamente por eso, terminan por chirriar.
Claro ejemplo de ello son los dos investigadores, ya presentes en la primera entrega pero que aquí son utilizados como recurso cómico, desdramatizando en exceso la trama.
Y es que Indidiuos capítulo 2 no debería ser definida como película de terror, pues por más que se apoye en elementos sobrenaturales está más cercana a un thriller de intriga, donde el objetivo no es llegar con vida al final, sino averiguar el secreto oculto, resolver la clave del enigma.
Y en medio de todo, viajes temporales, posesiones, dramas infantiles y espiritismo (y que me perdonen los apasionados del tema porque imagino que habrá una base científica detrás, pero ver a Carl interpretando los mensajes de los difuntos mediante unos dados con letras me invita a pensar está jugando al Apalabrados con ellos), un pastiche de mil y una cosas que, en busca de romper tópicos acaba confundiendo al personal con un batiburrillo que al final no conduce a nada.
Una vez más, el punto fuerte de la película de Wan son sus intérpretes, en especial un Patrick Wilson apegado al género y director que se mueve como pez en el agua pero cuya carrera puede encasillarse peligrosamente (¿alguien lo recuerda en Watchmen?)

Así que, resumiendo, nueva vuelta de tuerca a lo de siempre en una película que entretiene pero poco más, pero que quien busque sustos que no se haga ilusiones.

sábado, 16 de noviembre de 2013

SOMOS LOS MILLER (6d10)

Pues aquí estamos otra vez ante una de esas comedias sin más pretensiones que hacernos pasar un buen rato y -¿será por los tiempos que corren?- habiendo sido número uno en la taquilla americana. Está claro que, hoy por hoy lo que mejor funciona son las comedias simples y las películas de terror más simples aún, aunque haya demasiadas comedias que den miedo y demasiadas películas de miedo que den risa.
En este caso, sin embargo, la propuesta está un poco por encima de lo esperado, por más que empieza a cansar ya el temita de que Jennifer Aniston se haya empeñado en destacar su faceta más sexual en todas sus películas (desde Cómo acabar con tu jefe parece que imponga por contrato aparecer ala menos una vez en ropa interior), aunque que se confundan sus escenas eróticas con escenas cómicas no debería decir mucho en su favor.
Sea como sea, Aniston aparte, Somos los Miller se presenta como una comedia loca, divertida y repleta de gags que, por mucho que deriven a un final previsible e inevitable, funcionan en la mayoría de las veces, apoyándose sobre todo en la vis cómica de sus intérpretes y en un surrealismo delirante en ocasiones (esa pecera gigante con una orca asesina dentro) pero con las convenientes dosis de acción para hacer de esta road movie familiar un producto de puro entretenimiento.
No nos engañemos, no estamos hablando ni de lejos de la reencarnación de Billy Wilder, pero es que el panorama humorístico tiene unos niveles tan bajos que cualquier peliculilla como esta que te permita soltar cuatro o cinco carcajadas ya merece un aplauso.
Y eso y poco más es lo que debemos pedirle a Somos los Miller. Pasar un buen rato riendo y olvidando los problemas de la vida real con una serie de tontadas mejor o peor contadas y con unos intérpretes que se mueven como pez en el agua en este tipo de producciones. Dirigida por Rawson Marshall Thurber, cuya obra más destacada hasta la fecha era Cuestión de pelotas, cuenta en su reparto con Jason Sudeikis, visto en Carta Blanca, Cómo acabar con tu jefe y en diversas comedias televisivas, Ed Helms, para siempre el más desgraciadico de Resacón en las Vegas, y los jóvenes Emma Roberts (sobrina de Julia) y Will Poulter (que se dejaba ver por alguna de las Crónicas de Narnia).
La historia es tan absurda como que un camello del tres al cuarto debe convertirse en narcotraficante internacional a la fuerza y no tiene mejor idea para cruzar sin problemas la frontera mejicana que aliarse con un grupo de semidesconocidos para fingir ser una familia feliz y empalagosa que pasa las vacaciones a bordo de una monstruosa auto caravana.
Evidentemente, por muy gamberra que quiera ser la película (se trata de un camello, una stripper, una sin techo y un pardillo aún virgen) todo tendrá un final con moralina y resaltando los valores familiares, pero aun así y todo el mensaje no se hace lo suficientemente empalagoso para llegar a molestar tanto como se podría esperar, mientras que por el otro lado, el humor es más sutil y blanco de lo que pretende mostrar el tráiler, donde se han condensado todos los chistes zafios como dirigiendo –equivocadamente- el producto hacia un público demasiado descerebrado para entender ningún chiste que no sea de cacaculopedopis.

No sé, quizá es que con los años me esté volviendo muy conformista, pero yo conseguí reírme casi todo el rato. Y a eso iba. ¿Para qué pedir más?

SÉPTIMO (6d10)

Nos encontramos ante un nuevo ejemplo de que el cine patrio sigue apostando por películas de género, con pretensiones más o menos internacionales (aunque en esta ocasión rodando en español) y con Belén Rueda convertida en una auténtica especialista en el tema.
Situada en la ciudad de Buenos Aires (de hecho se trata de una coproducción con Argentina), Séptimo explica la historia de una pareja en proceso de divorcio cuyos hijos desaparecen misteriosamente mientras bajaban por las escaleras de su comunidad. No es la primera vez que Rueda pierde a un hijo (todos recordamos El Orfanato), pero en lugar de actuar como una madre coraje y desesperada en esta ocasión deja que sea el padre, sufrido Ricardo Darín, quien tome las riendas de la situación y haga lo imposible por recuperar a sus vástagos. Con las entrañas del edificio como escenario principal comienza una búsqueda contrarreloj en la que, como si de una partida de Cluedo se tratase, se van sucediendo los sospechosos: una antigua canguro obsesionada con los niños,  un comisario de policía (siempre hay algún policía implicado en un secuestro, afirma el padre), un vecino de extraña conducta, el conserje, un empresario al que el personaje de Darín, abogado de profesión, tiene contra las cuerdas, o incluso el propio padre.
Hasta este punto la película muestra una factura impecable, con una sensación claustrofóbica acompañando a la creciente tensión y con unas interpretaciones excelentes, entregándose ambos al sufrimiento y al temor pero con la suficiente moderación para no caer en el histerismo exagerado, siendo capaces de traspasar su angustia al espectador.
El problema estriba en que el director, Patxi Amezcua, que tenía la opción de inclinarse hacia la vertiente más dramática de la historia, decide entregarse al thriller puro y duro, queriendo componer un puzle plagado de pistas falsas y giros de guion, pero olvida hacer partícipe al público. Siendo como son automáticamente descartados todos y cada uno de los sospechosos el resultado final es un camino demasiado lineal, donde a poco que apliquemos un poco de lógica daremos con la solución antes de lo debido.
Además, y esto es lo que más me molesta, Amezcua abre muchas puertas por el camino, algunas meras distracciones con la intención de que los árboles no nos permitan ver el bosque, pero se olvida luego de cerrarlas. Sin desvelar nada crucial pondré como ejemplo ciertas acciones que el abogado realiza en un momento dado para conseguir dinero que deberían tener graves consecuencias, pero que caen totalmente en el olvido. Un recurso habitual en el cine de intriga son los finales abiertos; esto, sin embargo, es más buen un final inacabado.
Insisto en que esto me podría parecer bien en un drama, donde quedan preguntas en el aire para que el espectador las reflexione más tarde en la soledad de sus pensamientos, pero aquí estamos ante un juego, un enigma en el que, una vez descubiertas las máscaras, se desinfla como un globo con un poro.
Una lástima, porque quizá hubiera bastado un último epílogo para cerrar las tramas, aunque eso obligaría al director a concluir su película con un tono que sin duda no era el deseado. Pero hacer trampas tampoco es lo deseado, querido Amezcua, por más que a cambio nos regales una hermosa panorámica de Buenos Aires.

Una vez más, algo que podría haber sido y se queda a las puertas.

EL ÚLTIMO EXORCISMO PARTE 2 (3d10)

Perdonadme por empezar con un chiste tan fácil como malo, pero digo yo que el exorcismo este no era tan último como prometían, ¿no? Y como se suele decir: y lo que te rondaré, morena.
Bromas aparte debo confesar que quizá no sea totalmente objetivo a la hora de reseñar esta película ya que, aunque no puedo decir que no me gusten las películas de terror (siempre he pensado que si una película es buena el género no importa) sí que estoy ya un poco hastiado de esta moda de exorcismos y parapsicólogos baratos que han sustituido a los slashers de los ochenta al amparo sobre todo de los inventos baratos pero mega rentables de James Wan y sus amigos. Además, para más inri, me atrevo con esta secuela sin haber visto la primera, pensando que como sucedía con Exorcismo en Georgia, no tendrían nada en común. Craso error, aunque por fortuna es tan aburrida esta película que no tuve problema en recurrir a la fiel wikipedia durante la proyección para saber de qué iba el rollo este.
Por lo visto, la primera parte pertenece al sobreexplotado subgénero del metraje encontrado, y con la excusa de un documental sobre exorcismos la cosa deriva en una marcianada con sectas satánicas por medio. Algo muy raro todo y que iba a acabar como el Rosario de la Aurora, pero que sonaba ligeramente original (verlo trasladado a la pantalla posiblemente sea ya harina de otro  costal).
El caso es que para esta secuela pasan totalmente de las cámaras de video y de forma totalmente convencional seguimos los pasos de la chica superviviente de la paranoia aquella que, naturalmente, no acaba muy bien de la cabeza y es llevada a un hogar de acogida donde durante media película la veremos interactuar con otras chicas, trabajar, tontear con un chico... cosas así, insoportablemente aburrido todo por más que quieran meter algún sustillo por medio para hacerte saltar de la butaca (y si el que salta es el de al lado, al menos sirve para despertarte). Entonces de repente alguien se acuerda de que esto es una pel


 
i de miedo y pisa el acelerador, pero ya es tarde para arreglar lo que no tiene arreglo, por más que lo que queda por ver sea tan bizarro que recuerde a un cruce entre Carrie y la niña de Ojos de fuego, con un final que obliga a pensar en una tercera película que de seguir por estos derroteros debería ser más de acción que de terror, una especie de Resident Evil con niñas poseídas en lugar de zombies.
Así, El último exorcismo 2 es un bodrio total donde sólo se salva la interpretación de la protagonista, Ashley Bell, que o bien va sobrada de talento en comparación con los responsables de esta película o bien para las escenas de horror la motivaban con el guion de El último exorcismo 3.
Del director mejor ni hablo, porque ni sé quién es (ni yo ni nadie) ni quiero saberlo.

James Wan, nunca nos podrás compensar por tanto mal que has hecho. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS (6d10)

Si comienzo diciendo que nos encontramos ante una película española ambientada durante la dictadura franquista posiblemente lo primero que pensareis es: ¡venga, otra más!
Sin embargo, en esta ocasión, esa oscura etapa de nuestra historia reciente no sirve como base para un alegato político crítico con el régimen, sino como simple telón de fondo para una historia tan sencilla como (a priori) amarga que, en forma de road movie coral y con John Lennon como excusa argumental, desemboca en un mensaje optimista y cargado de buenas intenciones (quizá incluso demasiadas) cuando se torna en una historia sobre la lucha interna y el espíritu de superación.
Sin ser ni de lejos la mejor película de David Trueba, el hermano pequeño de Fernando se basa en una historia real (la de un profesor de Albacete que utiliza las letras de las canciones de los Beatles para enseñar inglés y se desplaza hasta Almería para tratar de conocer en perdona al líder del grupo de Liverpool con el propósito de convencerle para que añadan las letras de las canciones en las fundas de los discos) aderezada con retazos autobiográficos para confeccionar el periplo de tres personajes diametralmente opuestos como son el profesor, una joven embarazada que huye de su pasado y un adolescente que huye de su propia indeterminación, que no solo conectaran desde el primer momento sino que terminarán enseñándose unos a otros lecciones de lo que es la vida y cómo enfrentarse a ella.
Apoyada sobre todo en una exquisita ambientación de la época y unos personajes totalmente empáticos, la historia de Trueba peca demasiado de sencillez, dejando un buen pero breve sabor de boca, y con la sensación de que se queda tan solo a las puertas de la grandeza a la que podría aspirar. Por ello, lo mejor del film son sus intérpretes, con un Javier Cámara tan brillante como nos tiene acostumbrados y dos promesas con un gran futuro, como Francesc Colomer, ya visto en Pà Negre, y la desconocida Natalia De Molina, con el encanto de una sencillez tan arrebatadora que, sin necesidad de una belleza deslumbrante, enamora sin concesiones.
Sin ellos, la película sería una simple sucesión de situaciones simpáticas pero sin alma, pero que con sus interpretaciones se torna apasionada y emotiva,
También ayuda la participación de Eduardo Antuña y los breves cameos de Jorge Sanz, Ariadna Gil y Valentí Guardiola (el padre de Pep), además de dos secundarios de lujo como son el Seat 850 del protagonista y la presencia, casi espiritual, de Lennon y su legendaria Help.
Concluida la visualización quizá uno se quede con ganas de más, sintiendo que falta algo que termine de redondear el círculo, pero nada podrá evitar que una sonrisa se dibuje en nuestro rostro y nos sintamos un poquito más felices, lo que pese a las carencias que pueda tener la película, es más que suficiente para justificar el precio de la entrada.

Y es que, efectivamente, hay veces en que vivir es fácil. Solo hace falta que luchemos por ello.

PACTO DE SILENCIO (6d10)

Un espectacular reparto no siempre es suficiente para justificar las excelencias de una película, y si encima su director es alguien con el prestigio y la calidad demostrada como Robert Redford, las expectativas estarán por todo lo alto.
Es por ello que Pacto de silencio, aun siento sumamente entretenida, sabe a poco.
Redford propone un interesante thriller sobre un abogado viudo que se ve acosado por los fantasmas de un pasado ligeramente turbio: su implicación en un grupo activista contrario a la guerra de Vietnam que casi sin saber cómo pasa de los actos de protesta pacíficos a tener sus manos manchadas de sangre y convertirse en prófugos del FBI incluso treinta años después.
Ya en la actualidad la tranquila vida de Jim Grant (Redford) se verá bruscamente interrumpida cuando el periodista Ben Shepard (magnifico Shia LaBeouf) comienza a hurgar en su pasado. Comienza así una frenética huida en la que Grant tratará de limpiar su nombre antes de que otros inocentes (como su propia hija) sean salpicados por la polvareda que Shepard está levantando.
Muchos son los buenos propósitos que podemos adivinar en esta película, como una reflexión sobre el compromiso social y la responsabilidad ciudadana frente a las malas gestiones políticas, un análisis sobre el periodismo actual y la fina barrera de la ética que tan frecuentemente se traspasa y, sobretodo, un discurso sobre la madurez y la prioridad de la familia por encima incluso de los propios ideales, capas de cebolla, todos ellos, demasiado finas como para que a la postre nos encontremos con poco más que una simple historia de intriga, con giros de guion no excesivamente sorprendentes pero narrada con la habitual elegancia que define el cine de Redford.
Quizá la nota más desentonante sea la presencia del propio Redford en su faceta de actor, demasiado mayor para el personaje y que no termina de hacerse nunca con él, aunque para compensarlo están las apariciones, en algunos casos fugaces, de Julie Christie, Terrence Howard, Chris Cooper, Brendan Gleeson, Brit Marling, Susan Sarandon, Nick Nolte, Stanley Tucci, Richard Jenkins, Sam Elliott o Anna Kendrick.

Menos alabado por la crítica que otros compañeros de profesión como Eastwood, Redford es para mí el más regular de los muchos actores metidos a realizadores del panorama actual, con una dirección sencilla pero sobria (su anterior película, La Conspiración, le da mil patadas al Lincoln de Spielberg) y sin rehuir nunca de ligeras gotas de compromiso. Lástima que en ocasiones esas gotas sepan a poco.

THOR, EL MUNDO OSCURO (7d10)

Aun después de siete películas continúo quitándome el sombrero ante la maravillosa y arriesgada fórmula elegida por Marvel Studios para trasladar a la pantalla grande sus más celebres personajes (o por lo menos aquellos de los que mantienen sus derechos).
Como si de los propios comics se tratara han construido un Universo propio gracias al cual no solo encontramos referencias de unas películas a otras sino incluso cameos de sus actores para regocijo de fans.
En este panorama, Thor, el mundo oscuro forma el segundo eslabón de la cadena que nos conducirá hasta Los Vengadores: la era de Ultrón, situándose cronológicamente justo tras los sucesos de Los Vengadores y, por lo tanto, a la par de Iron Man 3. Además, en ella se dan pistas que no voy a revelar aquí sobre Guardianes de la Galaxia, que llegará justo a continuación de Capitán América: el Soldado de Invierno. Para rizar más el rizo algo de lo que en esta película sucede tendrá consecuencias (como pasará también en la segunda aventura del Capi) en la serie de televisión de Shield.
Pero centrándonos solo en este film lo primero que destaca es que los mandos han cambiado de manos. La ausencia de Kenneth Branagh en la silla de dirección implica un distanciamiento al tono shakesperiano que tan al dedo iba para definir la relación amor/odio entre Thor y su padre Odín, restando brillo a la magnífica Asgard vista en la primera película, aunque la experiencia de su sustituto, Alan Taylor, como realizador de diversos capítulos de Juego de Tronos se traduce en un mejor dominio de la narrativa bélica. Obviamente, Taylor está más interesado en la acción pura y dura que en las intrigas de palacio, y es que el conflicto que Branagh nos mostró entre Thor, Odín y Loki ya ha quedado atrás. El Dios del trueno ha madurado y es ahora un digno heredero del padre de todos, mientras que los sucesos de Nueva York narrados en Los Vengadores han dejado a Loki en una  situación de no retorno, encarcelado y repudiado por su propio padre.
Tampoco es necesario perder tiempo con la relación entre Thor y Jane Foster, pues una vez reencontrados podrán reanudar su amor interrumpido tras la marcha de Thor al final de la primera película (ahora sabemos que tras la destrucción del Bifröst ha estado recorriendo los Nueve Reinos para restaurar la paz) mientras forman alianza para salvar Midgard y, posiblemente, el universo entero.
Y de eso precisamente trata Thor, de las alianzas. Mucho más coral que otras películas Marvel el hijo de Odin deberá recurrir a la ayuda de sus compañeros de armas, Fandral, Volstagg, Heimdall (Hogun se mantiene en esta ocasión en un segundo plano), y la enamorada Sif (Jaimie Alexander, verdadera fémina de la película, mucho más interesante que una desganada Natalie Portman) por un lado, contará de nuevo con la colaboración terrestre del profesor Erik Selvig, Darcy y la propia Jane (a quien se les une un nuevo personaje, el becario Ian), mientras que uno de los puntos álgidos del film será la necesidad de tener que confiar en su traicionero hermanastro Loki.
Olvidados los Hombres de Hielo, los villanos en esta ocasión volverán a ser originarios de la mitología asgardiana: los Elfos Oscuros, una raza tan antigua como la existencia misma que ya fueron derrotados en el pasado por el padre de Odín, Bor, y que tratarán de nuevo de extender su oscuridad por todo el universo, siempre comandados por el pérfido Malekith. Es en este punto donde encontremos quizá lo más flojo de Thor, el mundo oscuro, pues tanto el origen como las motivaciones de Malekith y su raza queda bastante desdibujada, obligándonos a afrontar el hecho de que son los malos de la historia sin darle más vueltas.
Con Christopher Eccleston en el papel de villano, el resto del elenco es prácticamente el mismo que en la primera parte, con Chris Hemsworth totalmente amoldado al papel y un Tom Hiddleston que de nuevo es lo mejor de la película, logrando que su Loki, pese a contar con menos metraje que en Thor o en Los Vengadores, vuelva a ser la estrella de la función. Solo Natalie Portman parece desentonar con una actuación más floja de lo que nos tiene acostumbrados, quizá debido a sus discrepancias iniciales con la productora por la elección del director o que, simplemente, tras su merecido Oscar por Cisne Negro ha aprendido a actuar con el piloto automático puesto en estas producciones que si bien le van a llenar los bolsillos no van a proporcionarle premios ni alabanzas por mucho que se esfuerce. O a lo mejor simplemente es que su papel no da para más porque esta vez, por encima de todo, lo importante es la aventura. Hay drama, desde luego, vuelven los conflictos familiares e incluso alguna muerte que no es cuestión de desvelar ahora, pero lo más destacado de esta secuela es que Thor, por fin, en Thor. No tiene que adaptarse a Midgard, como le sucediera en la primera parte, o a sus nuevos aliados, como fue el caso de Los Vengadores. Ahora, al fin, vemos al superhéroe dándolo todo en el campo de batalla, volando, peleando y lanzando el martillo como los lectores de los cómics llevan tiempo esperando. Además, el detalle de trasladar la acción del ya sobradamente machacado Nueva York hasta Londres (un Londres, por cierto, menos tópico de lo habitual en Hollywood) imprime un nuevo soplo de aire fresto.
Por eso, pese a alguna carencia argumental, Thor, en el mundo oscuro, es un disfrute total, con mucha acción pero muy bien gestionada y un humor que no puede faltar en las producciones Marvel perfectamente incorporado al ritmo narrativo.
Chris Hemsworth (el más desconocido de los actores que conforman la plantilla de héroes de Marvel) es, definitivamente, Thor, y –tal y como pasa con su compañero de fatigas Robert Downey Jr.- no es posible ya imaginar al futuro rey de Asgard con otro rostro.

Thor: larga vida al rey. Larga vida al Vengador.

viernes, 1 de noviembre de 2013

UNA CUESTIÓN DE TIEMPO (6d10)

Aunque el subgénero de las comedias románticas suele relacionarse con unas películas pastelosas, destinadas a un público primordialmente femenino (y prueba de ello es que ha estado siempre liderado por mujeres: Meg Ryan en los 80’, Julia Roberts y Sandra Bullock en los 90’ y Jennifer Alliston y Reese Witherspoon en la actual década), hace un tiempo apareció un tipo con la sana intención de cambiar los conceptos y romper los tópicos de las historias facilonas, con más lágrimas que risas y con tanto almíbar que no eran actas para diabéticos.
Estoy hablando de Richard Curtis, que aunque nació en Nueva Zelanda ha bebido mucha comedia británica en la que se mueve como pez en el agua. Tras escribir diversos episodios de La Víbora Negra y Mr. Bean triunfó en el cine con los libretos de Cuatro bodas y un funeral, Nothing Hill, El diario de Bridget Jones o War House (su trabajo más alejado del romance y también el más fallido), saltando también a la dirección con Love Actually y Radio Encubierta.
Empeñado en dotar a sus historias de un punto diferente a lo habitual, con personajes inteligentes, diálogos brillantes y grandes interpretaciones (rozando casi siempre los repartos corales), Curtis nos propone en Una cuestión de tiempo algo tan inusual como estimulante como es la combinación de la comedia romántica con la ciencia ficción más clásica: los viajes en el tiempo.
No es que vayamos a encontrar aquí grandes alardes técnicos con efectos visuales digitales, ni mucho menos, pero la capacidad de Tim, el chico protagonista, de viajar a su pasado bebe directamente de las influencias de la obra de H.G.Wells y no rehúye del concepto del Efecto Mariposa que tanto temen los viajeros temporales.
La premisa es sencilla: el padre de Tim le revela el día de su cumpleaños  esa curiosa cualidad que todos los varones de la familia poseen y el chico la aprovechará para conseguir lo que más desea, el amor de su vida. Desgraciadamente, como no podía ser de otra manera, descubrirá que las cosas nunca pueden ser tan sencillas y que cada acción viene seguida por una reacción.
Domhnall Gleeson (uno de los hermanos Westley de Harry Potter) y Rachel McAdams (que ya sabe lo que es protagonizar una comedia romántica con viajes temporales gracias a Woody Allen) protagonizan el bello romance bien secundados por el magnífico Bill Nighy como el padre de Tim; aunque no menos importantes son las aportaciones de Margot Robbie, Will Merrick, Tom Hollander, Lydia Wilson, Lindsay  Duncan, Vanessa Kirby y Richard Cordery, que conforman esta peculiar familia.
Portador de amor y alegría, como buen espíritu navideño (hay quien ha llegado a definir Love Actually como el Qué bello es vivir de las nuevas generaciones), las películas de Curtis tienen menos drama de lo habitual, hasta el grado de que no hay villanos en sus películas, aunque cuando la desgracia golpea lo hace sin contemplaciones.
El punto negativo lo encontraremos en alguna toma de decisiones de Tim y en las incongruencias  inevitables en los viajes temporales (Regreso al Futuro no solo no caía en esas incongruencias, sino que se reía de ellas; todas las demás películas de esa temática, desde la clásica Terminator hasta la reciente Looper tiene alguna que otra errata. Dejo de lado Midnigth in Paris porque los viajes de Wilson al pasado era más testimoniales que causales, y el único Efecto Mariposa en el film de Allen era en el propio viaje interno del protagonista). Tim hace lo que hace y le sucede lo que le sucede porque así lo decide Curtis, haciéndonos creer sin ser cierto que no existan soluciones mejores porque ello arruinaría la trama y posibilitando que, de pretender analizar en profundidad los viajes regresivos y sus consecuencias, todo parezca una absoluta tontería.

Pese a todo, esto es una fantasía y debemos dejarnos llevar por ella. No es una película sesuda ni metafísica, simplemente es cine simpático, cariñoso y optimista, de ese que conviene ver de vez en cuando para relajar nuestras almas y dejarnos enamorar, como Tim, por Mary y ser capaces de alterar el curso de nuestra historia por hacerla sonreír.

EL QUINTO PODER (7d10)

Muchas eran las ganas que tenía de ver esta película basada en el fundador de WikiLeaks, sobre todo después de la tremenda decepción que supuso Jobs.
Dirigida por Bill Condon (realizador de películas tan interesantes como Dioses y Monstruos, Kinsey y Dreamgirls, el capítulo piloto de Con C Mayúscula y –ejem, ejem-, Dios sabrá por qué extraño motivo, las dos últimas partes de la saga Crepúsculo) y con guion de Josh Singer a partir de la novela “Inside WikiLeaks: my times with Julian Assange at the world’s most dangerous webside” de Daniel Domscheit-Berg, David Leigh y Luke Harding, la película hace un detallado recorrido por las vidas de Julian Assange (brillante Benedict Cumberbatch) y Daniel Berg (Daniel Brühl) desde que se conocen hasta prácticamente la actualidad.
Tras unos arrebatadores títulos de crédito (como se echan de menos en la mayoría de películas de hoy en día) que sirven como metáfora del paso del tiempo en relación a los medios de comunicación, los protagonistas nos son presentados como una especie de frikis de la informática (se conocen en una feria del sector). Assange y Berg conectan casi de inmediato, siendo el segundo completamente seducido por la labia del primero y arrastrado a un mundo donde el dicho de “la información es poder” es terroríficamente real. Assange, un tipo tan carismático como misterioso, es el creador de un portal de internet donde, gracias a colaboraciones anónimas, documentos privados son revelados con la sana, aunque ingenua, intención de conseguir hacer de este mundo un lugar mejor. Con la ayuda de Berg pronto se convierten en una amenaza para bancos y gobiernos, siendo tildados tanto de héroes como de villanos, siempre dependiendo del cristal con que sean mirados.
¿Y Condon? ¿Qué opina él?
Aun siendo conscientes de que el retrato parte de un libro escrito en parte por el propio Berg, la película trata de mostrarse lo más imparcial posible, incluso cuando las diferencias entre ambos amigos comienzan a surgir y sus posturas respecto al bien que WikiLeaks hace a la sociedad se distancian hasta llegar a un punto de no retorno.
¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto tienen derecho a revelar secretos que pueden afectar gravemente a terceras personas? Estas son las preguntas que marcan la existencia de WikiLeaks y a las que debe enfrentarse por sí mismo el espectador. ¿Es Assange un visionario o un lunático ególatra? No será Condon quien nos de las respuestas, simplemente dejará las cartas sobre las mesas y que cada cual se quede con la que más le guste, ya que no es pretensión del director sermonear sino informar (que de eso va todo el asunto). Y esto, que ha sido de lo más criticado respecto al film, es a mi entender su mejor virtud. La relación entre libertad e información es tal que trasciende la misma pantalla e invita al público a quedarse con la postura más acertada, unas posturas defendidas por sus protagonistas en un punto final sarcástico en el que Berg escribe el libro en que se basa el guion y Assange habla directamente a cámara para defenderse de las acusaciones contra él burlándose, incluso, de la propia película.
Con unos movimientos de cámara frenéticos, como corresponde la movimiento de la información en la red, el punto álgido del film se encuentra –como no podía ser de otra manera- en la interpretación de Benedict Cumberbatch, uno de los mejores actores contemporáneos que lejos de encasillarse en su magistral representación del famoso detective Sherlock Holmes continua escalando peldaños en la dura escalinata de Hollywood con personajes fascinantes y complicados (aún resuena en mi memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad), estando brillantemente secundado por un Brühl en estado de gracia tras su intensa visión del piloto Niki Lauda en Rush y David Thewlis (el popular Lupin de Harry Potter es solo la muestra más conocida de su extensa filmografía) como el periodista Nick Davies, aunque también destacan Anthony Mackie (muy activo últimamente), Laura Linney y Stanley Tucci en pequeños pero importantes papeles. Y es que si la historia de WikiLeaks parece el plato fuerte de la película no menos importante es la relación (casi podríamos definirla como de amor-odio) entre Assange y Berg y sus diferentes puntos de vista sobre el compromiso y la responsabilidad de saberse poseedores de un poder capaz de hacer temblar el mundo, aunque ello no les baste, en ocasiones, para conseguir mantener la estabilidad de sus propias vidas privadas.
La sana intención de explicar una historia que pese a lo compleja que pueda parecer es fácil de comprender para el profano en la materia es su principal diferencia con Jobs, otro personaje de relativas similitudes con Assange que no lograba seducir ni por su historia ni por su intérprete.
El quinto poder no es una película redonda, y quizá se acerque por momentos con cierto peligro hacia el formato telefilmico, pero cumple con creces el objetivo de descubrir al espectador una polémica que para muchos no era más que un concepto vago que durante unos meses repitieron constantemente en los telediarios.
Sin dejar de entretener en ningún momento, el trío Condom-Cumberbatch-Brühl me han convencido por completo, sin tratar de imponerme sus ideas ni decirme cómo debo pensar.

De eso ya me encargaré yo, gracias.