lunes, 10 de febrero de 2014

LA GALA DE LOS GOYA

Paso rápido por el blog pese a las horas intempestivas que son para comentaros brevemente los resultados de la Gala de los Goya de este año, donde ha habido dos claras triunfadoras, una en el apartado artístico y la otra en el técnico.
Después de una gala de casi tres horas, pesada y con poca gracia, con un Manel Fuentes acartonado y de escasa chispa (por no mencionar el horrible número musical) donde no se salvan ni los habitualmente ingeniosos chicos de Muchachada Nui, David Trueba ha sido el gran vencedor. Acostumbrado a perder (como él mismo ha reconocido, no en vano es del Athletic), su simpática y entretenida Amar es fácil (con los ojos cerrados) le ha propiciado el Goya al mejor director y al mejor guion original, además de haberse coronado como mejor película.
La historia de un profesor de inglés que se empeña en conocer a John Lennon para pedirle que incluya las letras de las canciones en los discos ha conquistado los corazones de los miembros de la academia, que han premiado también a Javier Cámara (parece increíble que no tuviera ninguna estatua cabezona después de seis nominaciones) y a Natalia de Molina como mejor actriz novel. La música original de Pat Metheny es la culpable del sexto Goya.
Las Brujas de Zugarramurdi, del gran Alex de la Iglesia, no ha conseguido ninguno de los grandes, a excepción de la mejor actriz de reparto que ha sido para Terele Pavez, pero sus ocho premios en total no son moco de pavo.
La Gran Familia española (que de once nominaciones se ha tenido que conformar con la mejor canción y el de actor de reparto) y Caníbal (que se va con las manos vacías pese a tener ocho opciones) son las grandes derrotadas.
Consolados pueden sentirse los productores de La herida con dos premios cantados para Fernando Franco como director novel y Marián Álvarez como actriz.
El mejor actor revelación ha sido Javier Pereira por Stockholm y Roberto Álamo se ha llevado el de mejor actor de reparto.

Como no podía ser de otra manera, no han faltado los actos reivindicativos, como las manifestaciones por los despedidos de Coca Cola, la referencia a la marea blanca en boca de Javier Bardem o las multiples críticas por la subida del IVA al gobierno español y al ministro Wert, que curiosamente no pudo acudir a la cita. Mariano Barroso, ganador al mejor guion adaptado por Todas las mujeres es el que está más fino: “Si el ministro de Defensa no fuese al desfile de las Fuerzas Armadas a al día siguiente le echarían"

OLD BOY * (4d10)

Por mucho que Spike Lee se canse en decir que no es un remake, sino una adaptación directa del comic, es imposible evitar las comparaciones con la brillante película de Chan-wook Park. No voy a ocultar mi admiración por el cine de Park –basta con que reviséis mi crítica de Stoker-, pero lo cierto es que no hay en esta nueva versión de una terrible historia de venganza nada de la belleza visual y el colorido de la original, más allá de algunos carteles inspirados y un par de escenas concretas.
Ya de entrada no hay nada destacable desde el punto de vista de la dirección. Spike Lee fue años atrás un director de gran personalidad caracterizado por su lucha por la igualdad social, siendo Malcon X su mejor ejemplo, pero de un tiempo a esta parte se ha domesticado en exceso y aun manteniendo sus dotes fílmicas no muestra unas señas de identidad destacables.
En vacío el debate sobre si es o no necesario este remake, ya que debemos recordar que el público objetivo es el americano y posiblemente ellos no habrán podido disfrutar (y mucho menos doblada al inglés) la Old Boy de Park, por lo que es mucho más lógico un remake como este que, por ejemplo, el de Robocop que llegará a España en unos días.
Old Boy cuenta la historia de un hombre despreciable, alcohólico, tan mal marido como padre, que un día es secuestrado y retenido durante veinte años en una pequeña habitación mientras mediante un televisor es informado del atroz asesinato de su ex mujer y de cómo él es el principal sospechoso, siendo buscado por la policía y repudiado por su propia hija. Cuando al fin consiga la libertad pondrá en marcha una sangrienta venganza y una búsqueda de la redención sin más ayuda que la de una joven voluntaria social.
El principal escollo de la película, dejando de lado las comparaciones, está en la interpretación de dos de los protagonistas (Elizabeth Olsen está muy bien, como nos tiene acostumbrados), ya que Josh Brolin lo borda cuando tiene que ser desagradable y consigue que lo odiemos pero fracasa a la hora de convencernos para empatizar con él y apoyemos su cruenta venganza que, por otro lado, no le resulta demasiado complicada (dejando de lado el giro final que no es cuestión de revelar aquí), mientras que Samuel L. Jackson insiste en mimetizarse en tipos extravagantes y ridículos que no ayuda a que nos involucremos en la trama.
Las escenas de lucha no son, desde luego, lo fuerte de Lee, que no domina el arte de las coreografías  como merece una historia surgida de un comic oriental, propiciando que la venganza de este hombre llamado Doucett sea menos creíble todavía.
Si bien su argumento es interesante, su puesta en escena es cansina y pesada, llegando a aburrir durante su primera mitad, alargando en exceso esos veinte años que dura el encierro, de manera que cuando empieza la acción el público ya ha perdido gran parte del interés. Y cuando eso sucede, en ocasiones es imposible recuperarlo.
Para rematar, la distribuidora es la primera que no ha confiado para nada en la película, habiéndose estrenado (otra más) muy mal, casi a escondidas, por lo que de nuevo he tenido que recurrir a una “sesión privada” como muestra el asterisco de arriba.

Y puestos a tener que recurrir al cine de salón, ¿por qué no os revisáis mejor la película de Chan-wook Park?

LA LEGO PELÍCULA (4d10)

No tengo por costumbre justificar mis opiniones ni la puntuación que otorgo a cada película. No me baso en la opinión de otros ni en las críticas que publican otros medios, e intento no dejarme influenciar por el estado de ánimo en el que me encuentre en el momento de visionar el film o la simpatía o antipatía que me produzca un director o unos actores concretos.
Comienzo así porque me ha sorprendido las maravillas que se cuentan por ahí sobre Lego (en IMDB está puntuada con un 9, filmaffinity le da un 7,5, un 4,5 sobre 5 en Sensacine…), ya sea en radio, blogs de Internet y otros altavoces de lo medio de comunicación. Y, la verdad, quitándole el punto de curiosidad que supone que los personajes y los decorados se compongan de piezas del popular juguete de bloques, poco más hay para rascar en una película simpática pero poco más.
Lego cuenta la nada original historia de un tipo corriente, vulgar y anodino que termina por convertirse en héroe y salvar el mundo mundial de la destrucción en manos de un megalómano tiránico y desquiciado. Con algunos gags especialmente inspirados, curiosamente todos ajenos a los protagonistas (tanto Batman como la relación entre Superman y Linterna Verde se llevan los mayores aplausos), Lego no deja de ser un anuncio de juguetes de hora y media de duración. Un anuncio al que se apunta la propia productora, la Warner Bros, ya que todos los personajes reconocibles le pertenecen, ya sea como dueña de DC, productora de cine (El Hobbit, Harry Potter…) o como distribuidora (Tortugas Ninja). Es por eso que no hay rastro de personajes Marvel o cualquier otra franquicia ajena a Warner de los que sí se aprovecha Lego en sus juguetes.
Y sin querer spoilear el giro argumental del final, permitidme comentar también que la moralina que se desprende del personaje interpretado por Will Ferrer se me antoja gratuita, mientras que el cambio de actitud de “El hombre de arriba” es muy precipitado y para nada justificado.
Tiene buenas intenciones, pero termina cayendo en demasiados tópicos. Y tanto juguetito arriba y abajo, con o sin 3D, a mí me llegó a aburrir.
Felicidades a los que disfrutaron tanto de “esto”. Quizá es que sean más felices de corazón. Yo no lo hice. Y tampoco la gente que se encontraba conmigo en la sala el viernes del estreno a media tarde.

¡Ay, no, perdón! Que estaba yo sólo en la sala…

lunes, 3 de febrero de 2014

LA GRAN ESTAFA AMERICANA (6d10)

Hace apenas unos años el director David O. Russell era persona non grata en el mundillo de Hollywood. Acabó a puñetazos con George Clooney en el rodaje de Tres Reyes, fracasó con su película Extrañas coincidencias pese a su interesante reparto y dejó una película inacabada por sus desvaríos con el presupuesto, estando a punto de llevar a la quiebra a una de las productoras que participaban en ella.
Fue entonces cuando su actor fetiche Mark Wahlberg le convenció para hacer The Fighter, una de esas películas que nacen ya con los Oscars como punto de mira. Finalmente Mark se quedó con un palmo de narices, pero los otros dos protagonistas de la historia, Christian Bale y Amy Adams si se llevaron una estatuilla a casa y Russell aprendió el arte de hacer amigos.
Su siguiente película, El lado bueno de las cosas,  era interesante dentro del género de las comedias románticas, pero ninguna obra maestra, pese a lo cual tuvo un montón de nominaciones incluida la que ganó Jennifer Lawrence y algo parecido puede pasarle con el estreno que nos ocupa.
Está claro que en Hollywood es fundamental caer bien. Y por algún extraño motivo las tornas se han girado y ahora David O. Russell cae bien. La gran estafa americana es la máxima favorita para llevarse un montón de premios este año y su reparto está presente en las cuatro categorías interpretativas de los Oscars. ¿Es para tanto la cosa? Desde luego que no.
Partiendo de una temática real (unos estafadores que son obligados por el FBI a colaborar para detener políticos corruptos), podríamos encontrar similitudes en cuanto a los personajes con las recientes El lobo de Wall Street o Sudor y dinero; de nuevo un puñado de personajes actuando de forma bastante absurda, unos perdedores que en pos de la justicia no merecerían dar un palo al agua (vale, los tipos de la peli de Scorsese están forrados, pero quitando a Belfort el resto no deja de ser un grupito de matados a los que la suerte les lleva a ganar una millonada). Otro referente que nos puede venir a la mente son los Ocean’s de Sodelberg, con la que comparte la espectacularidad del casting y la base de ladrones robando a ladrones (o timadores timando a timadores para ser más exactos), pero ni Russell tiene el nivel narrativo como cineasta de sus colegas Bay, Scorsese o Sodelberg ni el guion está a la altura de las circunstancias.
El reparto es interesante, sí, y todos lo hacen muy bien, desde Bradley Cooper tratando de desencasillarse de sus Resacones hasta un irreconocible Christian Bale, barrigudo y medio calvo, pasando por las divas Amy Adams y Jennifer Lawrence y un episódico Jeremy Renner (el único que se ha quedado sin nominación), pero tampoco creo que podamos hablar de interpretaciones antológicas que queden gravadas en nuestras retinas para el resto de nuestras vidas.
Además, 140 minutos para contar esta historia es algo excesiva, llegando a aburrir en muchos momentos (el mismo arranque es tedioso) y resultando más interesante las maquinaciones y traiciones entre ellos que la trama general de la estafa (que sí, es americana, pero no tiene nada de grande), mientras que lo mejor son los puntos más absurdos y surrealistas como la participación de Michael Peña haciéndose pasar por jeque árabe o el cameo de Robert De Niro interpretando, cómo no, a un mafioso.
Al final, da la sensación de que Russell se ha obsesionado queriendo rendir homenaje a la década de los setenta de tal manera que parece más centrado en los adornos que en la historia en sí, cuidando más los detalles de maquillaje y vestuario (los verdaderos protagonistas del film son los peinados de ellos y los escotes infinitos de la Adams) y en la estupenda banda sonora repleta de hits de la época que en hacer creíbles algunas situaciones y diálogos.

En resumidas cuentas, mucho ruido y pocas nueces para una película correctita pero que no va a ser, ni de lejos, de lo más destacado del año. Yo, probablemente, el mes que viene me haya olvidado ya de ella.

AL ENCUENTRO DE MR. BANKS (7d10)

Existen dos formas diferentes de analizar esta película.
La primera, y más importante, es analizándola como lo que es, un producto Disney, una historia entrañable, tierna y simpática basada en los esfuerzos de Walt Disney para conseguir que la escritora Pamela Travers le ceda los derechos de su obra más personal: Mary Poppins, de la que el mandatario de la multinacional de las orejas lleva veinte años enamorado. Así, la película discurre por un lado entre las negociaciones con la autora, la confección del guion a ocho manos (la propia Travers interviene de forma determinante en la escritura del mismo junto al guionista Don DaGradi y los autores musicales Robert y Richard Sherman) y el esperado estreno, mientras que por otro lado conoceremos los orígenes de la popular niñera mediante un recorrido por la infancia de Travers y su relación con su admirado padre, un hombre fantasioso y soñador pero con preocupantes problemas que arrastrarán a toda su familia).
Así, podríamos pensar que es una película en la línea de Mi semana con Marilyn o Hitchcock, que no eran realmente biopics de los dos artistas, sino crónicas del rodaje de El Príncipe y la Corista y Psicosis respectivamente, pero yo la acercaría más bien a la deliciosa (y finalmente trágica) Descubriendo nunca jamás, la historia de como James Barrie consigue estrenar la obra teatral basada en su célebre Peter Pan (otro personaje que, curiosamente, ha logrado pasar parte del imaginario infantil gracias a Disney). Como aquella, Al encuentro de Mr. Banks no es tanto un estudio del mundo de Hollywood (el célebre concepto de cine dentro de cine) como un análisis de lo que pasa por la cabeza de la excéntrica y gruñona escritora, por lo que aquí importa es más la parte literaria de Mary Poppins que no la parte cinematográfica.
Con esta base, la historia está repleta de toques de humor, sensibilidad y algo de dramatismo (este es el mundo real, aquí no hay magia que valga), que funciona perfectamente gracias a una brillante dirección a manos de John Lee Hancock, que filma de manera muy clásica y tradicional, y consiguiendo equilibrar a la perfección las dos historias paralelas. Pero de nada nos valdría todo esto si no fuese por el gran nivel de sus intérpretes, con un Tom Hanks muy convincentemente transformado en Walt Disney, con Colin Farrell demostrando una vez más que brilla mejor como secundario que cuando debe llevar el peso de la película (por cierto, un inciso: ¿por qué es tan ninguneado tanto en los títulos de crédito como en algunos de los carteles del film cuando su presencia en pantalla es tan grande –si no más- que la del propio Hanks y quizá más relevante), y secundarios brillantes como Bradley Whitford, Jason Schwartzman, B.J. Novak o Paul Giamatti.
Mención especial merece Emma Thompson, posiblemente la opción más lógica para interpretar este personaje si tenemos en cuenta sus dos recientes experiencias como guionista con La niñera mágica y La niñera mágica y el Big Bang, en las que interpreta a una niñera claramente inspirada en Mary Poppins. Thompson está brutalmente genial, recreando en las poco más de dos horas de metraje todos los registros posibles en un actor, mimetizándose perfectamente en la estirada escritora de portes británicos, consiguiendo traspasar su antipatía cuando es preciso pero provocando también nuestra simpatía a su antojo. Es incomprensible como puede haber quedado fuera de la terma de los Oscars, pues pocas interpretaciones pueden tener la fuerza de la Thompson a excepción, probablemente, de Cate Blanchett, cuyos respectivos personajes (recuerden la desequilibrada Blue Jasmine) guardan ciertas similitudes.
La segunda forma de analizar la película es confrontándola a la realidad que pretende trasladarnos. Y ahí es donde falla la cosa. Como es natural, no vamos a exigir una fidelidad fiel a un retrato de Walt Disney producido por los estudios Walt Disney Productions, ya que se prefiere apostar por las tiranteces entre Disney y Travers apostando por la comicidad que produce la diferencia de caracteres y el choque cultural entre la flema británica y el Hollywood más artificial, pero nada se dice del carácter tiránico del creador de Mickey Mouse ni de lo mucho que finalmente llegó a odiar Travers la película, cuya excesiva caracterización como mujer amargada y antipática (por momentos parece la mala de la peli, en contraposición con el amable y generoso Walt) y el desprecio que siente ante la pérdida de los valores y la venta de su propia integridad en favor del dinero americano se debe simplemente a un trauma infantil.

Si se tratase de una película de corte histórico o de la biografía de una personalidad clave sin duda me sentiría decepcionado, pero la fidelidad alcanzada en una historia casi anecdótica que sirve de paso para mostrarnos una vez más el Hollywood dorado y sus entresijos no me resulta fundamental a la hora de decantarme por disfrutar de una película entrañable y muy bien hecha que incita irremediablemente a revisar la Mary Poppins original apenas llegar a casa.

JACK RYAN: OPERACIÓN SOMBRA (6d10)

Nueva adaptación al cine del célebre personaje de Tom Clancy, aunque con una importante salvedad: se trata de un guion escrito directamente para la gran pantalla por David Koepp y Adam Cozad, sin partir de ninguna novela concreta. Así, no hay que encuadrar esta película dentro de una hipotética saga de Jack Ryan, como pueda suceder con James Bond o Ethan Hunt, y la prueba más clara es que la película arranca con un Ryan universitario contemplando con estupor los atentados del 11 de septiembre, lo cual impide cualquier alineación cronológica con las otras versiones del personajes (todas ellas, esa vez sí, basadas directamente en novelas de Clancy), las interpretadas por Alec Baldwin en La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), Harrinson Ford (Juego de Patriotas, 1992, y  Peligro Inminente, 1994, ambas de Phillip Noyce) y Ben Affleck (primer intento de renovar la supuesta saga con Pánico Nuclear, de Phil Alden Robinson, en 2002).
En esta ocasión es Chris Pine (quien ya consiguiera hacer olvidar a William Shatner reinventando al Kirk de Star Trek) quien pone rostro y carisma al popular analista de la CIA que empleando más el ingenio y la lógica que la fuerza y las armas (eso tampoco significa que la película carezca de escenas trepidantes y de gran acción), diferenciándolo de otros agentes secretos más al uso. Aun así, los guionistas no evitan hacer un guiño a los seguidores más exigentes del personaje respetando elementos icónicos como su relación con Cathy (descubrimos ahora como se conocieron y sus primeros años de convivencia antes de decidirse a pasar por el altar), interpretada en esta ocasión por Keira Knightley , así como las razones que lo llevaron a convertirse en analista (agradézcanselo a su mentor Thomas Harper, un Kevin Costner recuperado para el cine después de que su Jonathan Kent fuese de lo mejorcito de El hombre de acero, muerte estúpida aparte) y por qué un simple burócrata está tan preparado para la acción (el Ryan original fue veterano de la II Guerra Mundial, este estuvo en Afganistan, ¿ve lo que les decía de la cronología?).
Una característica de la obra de Clancy es ser muy respetuosa con el tiempo que le ha tocado vivir, y las películas no son una excepción. Si las intrigas de la Guerra Fría o el temor al terrorismo fueron temas importantes en los títulos anteriores, es este caso la amenaza que puede acabar con el estilo de vida americano se puede traducir en una demoledora crisis económica (no podía ser de otra manera).
El tercer eslabón de la cadena que garantiza el éxito de este film (tras los nombres de Pine y Clancy) es el de Kenneth Branagh, otrora brillante director reconvertido ahora en artesano eficaz que lejos de sus análisis de personajes reflexivos como corresponde a un fiel shakesperiano (aunque algo se mantuvo en su anterior película, Thor, al menos en la parte centrada en Asgard) se centra más en desarrollar correctamente una historia que en manos de un director menos diestro podría resultar confusa, demostrando que aun estando lejos de la maestría de sus mejores obras (como añoro al autor de Los amigos de Peter, Mucho ruido y pocas nueces y –sí, voy a atreverme a definirla como obra maestra- Frankenstein de Mary Shelley) sigue filmando extraordinariamente bien, midiendo bien el ritmo, dando el tiempo correcto a los diálogos (y es de agradecer encontrar buenos diálogos en un film de acción) y teniendo tiempo incluso para regalarnos la pasividad inquietante de su rostro en la confección del villano de la historia.
Pese a estar estrenada en este mes tan repleto de festivales y premios, Jack Ryan: Operación Sombra no es, ni pretende serlo, una película de Oscars, sino un simple entretenimiento, elegantemente filmado, con aroma clásico y buenas interpretaciones que no aburre en ningún momento aunque tampoco se atreve a arriesgar en su apuesta, por lo que pocas sorpresas se pueden hallar en ella.

Intriga, persecuciones, americanos heroicos y rusos malos. Y la sonrisa de chico travieso de Chris Pine. No pidan más y no serán decepcionados.

domingo, 26 de enero de 2014

HÉRCULES, EL ORIGEN DE LA LEYENDA (3d10)

De vez en cuando aparecen películas que, independientemente de su calidad, suponen un antes y un después en la forma de concebir el cine, tanto para bien como para mal.
Sucedió, por ejemplo, con Star Wars en 1977, Matrix cambió la forma de entender el cine de acción en 1999, James Cameron revolucionó los efectos especiales en 1991 con Terminator 2 y reinventó el 3D en el 2009 con Avatar, pero quien más daño puede haber hecho al mundo del cine, muy a su pesar, fue Zack Snyder, en el año 2006, con su revolución visual y digital en 300, donde con un uso abusivo del croma y una utilización magistral de la cámara lenta (llegando incluso a usar imágenes estáticas) conseguía dar un aspecto muy irreal, más cercano al comic de Frank Miller en que se basaba que a los clásicos péplum del viejo Hollywood. La jugada, por cierto, le salió francamente bien, pero sentó un precedente cuyas últimas consecuencias se aprecian en la última película de Renny Harlin, un director que parecía que iba a algún lugar cuando realizó películas interesantes como Máximo Riesgo y La Jungla 2, se equivocó cuando orientó su carrera a mayor gloria de su efímero matrimonio con Geena Davis y no ha levantado cabeza desde la ya lejana Deep blue sea y que con esta fotocopia visual de 300 demuestra que no tiene ni personalidad propia ni el talento de Snyder, por más que también es cierto que ninguno de los payasos que pululan por la pantalla tampoco tienen nada que ver con Gerard Butler o Lena Headey.
Pero vayamos por parte. La película empieza con una panorámica bochornosa espantosamente mala que recuerda a un videojuego de la Play One de bajo presupuesto. Y a partir de ahí todo va para abajo.
Sustituyendo todo posible duelo interpretativo por una comparativa para ver quien tiene los pectorales más desarrollados (lo que se habrá reído Kirk Douglas si ha tenido la desgracia de ver esto), la historia, sin pies ni cabeza, plagia sin vergüenza escenas de Gladiator, incluye discursos alentadores muy por debajo del de Breveheart, deja a las mediocres Furia de Titanes / Ira de Titanes a la altura de clásicos y adorna el despropósito con una historia de amor descafeinada y nada apasionada.
Ridícula, con diálogos espantosos, dirección penosa, efectos digitales patéticos (ese león, ¡Dios mío!), situaciones absurdas y, encima, muy aburrida. De principio a fin. Y para colmo, pretende ser muy violenta (con esas peleas cuya cámara lenta es muy útil para ocultar las mediocres coreografías) pero no hay rastro de sangre alguna, como si de un mal producto Disney se tratara.
Y para colmo, está protagonizada por uno de los peores actores que recuerdo, un tal Kellan Lutz salido de la gloriosa serie de Crepúsculo y cuya carrera debería haber muerto junto a esa saga, acompañado por un puñado de tipejos que tampoco ayudan a mejorar mucho el tema.
Cada año nos toca vivir un duelo entre dos películas de temáticas parejas y este año el hijo de Zeus era el denominador común. Es triste como me puedo arriesgar a asegurar que el Hércules que dirige Brett Ratner, con la musculatura de Dwayne Johnson de percha, ha ganado la batalla sin siquiera haberse estrenado.

En una palabra: espantosa.

MINDSCAPE (6d10)

Mindscape es el debut del cortometrista y ayudante de dirección español Jorge Dorado como director, con el apadrinamiento del catalán Jaume Collet-Serra mediante su productora Ombra Films, empresa cuyo propósito es la de abrir camino futuras promesas de la dirección española en las siempre difíciles tierras americanas. Así, Mindscape es una película hispanoamericana con un equipo técnico patrio y un reparto puramente hollywoodiense, encabezado por el siempre solvente Mark Strong y la sorprendentemente deslumbrante Taissa Farmiga, prometedora hermana de Vera y ya vista en la serie American Horror Story y en la flojilla The Bling Ring, aunque podemos encontrar en el reparto otros rostros conocidos como el veterano Brian Cox o la breve pero importante aparición de Alberto Ammann.
En la línea de los últimos grandes éxitos del cine español, cabría definir Mindscape como una película de género, un thriller de constantes giros de guion y sorprendentes revelaciones. Pero más allá de eso, hay en el film de Jorge Dorado una mezcla de estilos en el que se puede adivinar los muchos referentes del director a la hora de embarcarse en su aventura yanqui, partiendo por la presencia de una jovencísima femme fatale con reminiscencias al cine noar de los años 60 pero recordando también a la Lolita de Kubrick.
Con un ligero (y a la postre irrelevante) toque fantástico que nos acerca a la obra de Philiph K. Dick, Mindscape nos introduce a un futuro cercano en el que los “detectives de la memoria” son el pan nuestro de cada día. Se trata de personas con la capacidad de sumergirse en los recuerdos de sus clientes, práctica suficientemente aceptada por la sociedad que es incluso admitida en los tribunales como pruebas en un juicio, por debajo, eso sí, de las habituales pruebas de ADN. John Washington era el mejor detective de su empresa hasta que la muerte de su esposa le obligó a retirarse temporalmente. Necesitado de dinero, decide aceptar un caso aparentemente sencillo, averiguar los traumas ocultos en la mente de Anna, una chica de dieciséis años de acaudalada familia que se encuentra en huelga de hambre. Pero una vez se inicia la relación entre ambos John comprobará que hay puertas que quizá deberían seguir cerradas.
Así, ignorando el elemento futurista, nos encontramos ante la clásica historia de un detective atrapado en las garras del magnetismo salvaje de una dama que pese a su aparente fragilidad podría terminar siendo quien mantenga en todo el momento el control de la situación. O quizá no, y todo sea un intento desesperado de su padrastro por controlar la increíble fortuna de su esposa que, en buena ley, debería heredar la adolescente a no ser que fuese internada en un  psiquiátrico y declarada incapacitada. Existe, por tanto, el juego de la dualidad visto en películas como Las dos caras de la verdad o Instinto básico (película que el propio director pidió a Taissa que viera para ayudar a entender su personaje), mientras que los juegos mentales –con alguna que otra trampa que busca despistar de forma algo artificial al espectador- recuerda también títulos recientes como el Origen de Christopher Nolan o el Shutter Island de Scorsese (casualmente ambas con Di Caprio).
Las mejores armas de la película son, qué duda cabe, sus factura técnica y la gran química entre sus protagonistas, con una Taissa Farmiga brillante cuyo trabajo remite a la Mia Wasikowska de Stoker, consiguiendo transmitir una dulce fragilidad a la vez que produce cierto desasosiego con su sola mirada.
El talón de Aquiles, por su parte, está en las nobles intenciones de engañar al público con sus trucos argumentales, con una sinceridad  tal que obliga a dejar pequeñas miguitas por el camino para demostrar que no hay nada improvisado sobre la marcha, de manera que se corre el peligro de que el avispado espectador puede  llegar –como me sucedió a mí- a adivinar el desenlace apenas alcanzado el ecuador de la película, con lo que tengo la duda de si la película podría resistir con éxito un segundo visionado.
De lo que no cabe la menor duda es de que la película está muy bien hecha, es fácil de seguir (en eso se agradece su ausencia de pretenciosidad intelectualoide que se encontraba en la paja mental de Nolan) y entretiene.

Y de paso, invita a reflexionar sobre porqué una película que no precisa de un gran presupuesto, debe emigrar al otro lado del charco pese a que sus principales talentos son españoles. ¿Este es el apoyo que merece nuestro cine?


domingo, 19 de enero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET (9d10)

Es tanto lo que se puede llegan a comentar de esta película que es difícil saber por dónde empezar. Quizá lo primero sería señalar que estamos posiblemente ante una de las mejores (si no la mejor) películas del 2013 y que, no obstante, es la que menos posibilidades tiene de ganar la estatuilla dorada en la próxima edición de los Oscars.
¿La razón? Los excesos. Constantes. Reincidentes. Y sin embargo, necesarios. Muchas mujeres desnudas, mucha droga, mucha droga consumida sobre mujeres desnudas, sexo, vicio, enanos humillados y toda muestra de la bajeza a la que puede llegar el ser humano gracias al dinero está reflejado en esta episódica biografía de Jordan Belfort, un joven que se abrió paso en el mundo de la bolsa desde abajo y que en un tiempo record se convirtió en multimillonario gracias a unos métodos que, si bien no son los más legales del mundo, tampoco eran muy diferentes de los empleados por las grandes empresas del sector.
Scorsese es, pese a su veteranía, uno de los mejores directores de la actualidad, y con esta película lo demuestra una vez más. Después de la ingenua, dulce, casi infantil, y –pese a todo- absolutamente brillante La invención de Hugo, el neoyorkino se sumerge en una década, la de los 90, muy propicia para que los emprendedores surgieran de debajo de las piedras y subieran como la espuma, como ya se explicó –muy mal, por cierto- en Jobs. El lobo de Wall Street, pese e esos excesos que quizá podrían incomodar a algún espectador, es puro cine. Un ritmo narrativo brillante, grandes secuencias, divertidos diálogos, drama puro, una banda sonora brutal y mucho talento en sus actores. Tal es la perfección de este film que las tres horas de metraje pueden llegar a antojarse cortas, estando el espectador dispuesto, si pudiese, a permanecer en sus asientos una hora más para saber más cosas de este Belfort despreciable pero al que uno no es capaz de odiar completamente.
La historia de Belfort es tan surrealista que, al igual que sucediera con la estupenda Dolor y dinero, si no nos asegurasen que está basada de manera fidedigna en la historia real de este estafador de las finanzas sería difícil de creer. Pero todo lo que se ve en pantalla es completamente real, desde la prohibición de tener sexo en los lavabos de la empresa que funda (Stratton Oakmont) fuera de un horario concreto hasta el mono repartiendo el correo.
Mucha polémica ha generado este film no ya solo por la ostentación del sexo y la droga que contiene, sino por parecer elogiar la figura de un hombre que arruinó la vida de muchos pobres incautos (y eso que no vendía preferentes), un hombre autodestructivo que pese a la decadencia en la que se vio envuelto no sufrió un castigo tan severo como para que la película pueda servir de moraleja (fíjense en la última escena en el metro del agente del FBI Patrick Denham, ahí está todo dicho), pero creo que Scorsese prescinde deliberadamente de toda moralina para reflejar una realidad que, simplemente, fue así, y un personaje que no por no ser admirable debe tampoco ser ignorado. Belfort no es el Messi de los futbolistas ni el Charles Mason de los asesinos. No fue el mayor estafador de Wall Street, sino un simple grano de arena en un desierto donde los valores y la honradez brilla por su ausencia (importante para entender esto el personaje que interpreta Matthew McConaughey), por lo que lo verdaderamente destacable de Belfort no es la facilidad con la que ganaba dinero (cosa que, por otro lado, pese a ser ilegal, no deja de ser digno de admiración) sino la facilidad con la que lo gastaba. Inteligente y brillante como vendedor se podría decir que fuera de la oficina era un inepto caprichoso y estúpido que conducía un Ferrari blanco sólo porque era el modelo que llevaba Don Johnson en Corrupción en Miami y que era incapaz de pensar ni actuar por sí solo sin la ayuda de las drogas. Dos caras de una misma persona que, en cierto momento, apunta hacia la redención pero que, sin embargo, es derrotado por la realidad (cosa que no supieron hacer con el personaje de Washington en El Vuelo, lo que estropeó irremediablemente la película).
Mucho podría hablar de este film, dedicarle incluso varias entradas del blog, porque es una película poderosamente atractiva, tan adictiva como las drogas que se consumen en ella, consiguiendo escenas muy duras con otras desternillantes, con canciones perfectas para acompañar a las imágenes y con un reparto de verdadero lujo, que va desde estrellas como McConaughey (este 2013 ha sido su año, sin duda), Jonah Hill (¿qué agente demente le consigue oportunidades en películas como Moneyball, Django desencadenado y ésta combinadas con sus estupideces habituales?) o Rob Reiner (brillante su presentación como padre de Belfort) junto con caras reconocibles como John Favreau, Jean Dujardin (¿lo recuerdan de The artist?), Kyle Chandler o Jon Bernthal (de moda con La gran revancha también en cartel) o figuras prácticamente desconocidas como Margot  Robbie (que podría pensarse que está ahí sólo por su cara –y otras cosas- bonita pero que aguanta perfectamente el tipo) o la veterana Joanna Lumley (que vivió sus días de gloria a principios de los 60 con la serie Los nuevos Vengadores).
Y luego, por supuesto, está Leo. El gran, inmenso y magistral Leo.
DiCaprio es el mejor actor de su generación. Y de muchas generaciones. No me cansaré de decirlo. Parece ser que fuera de los rodajes no es el más simpático. Quizá los críticos no le perdonen su pasado como protagonista de las carpetas de adolescentes. O duela que sea el protagonista de la película más exitosa de la historia. Pero es totalmente injusto que no tenga en su poder por lo menos un Oscar de Hollywood (y este año me temo que tampoco lo ganará, aunque yo no pierdo la fe). Es capaz de salvar películas mediocres como J. Edgar, hacer soportable tostones como Origen o brillar por encima de fuegos de artificios en El gran Gastby. Y aquí, demostrando la perfección de su binomio con Scorsese, es el pilar de la película. Casi omnipresente, su interpretación pone los pelos de punta, con un personaje que evoluciona mucho más que el resto del reparto a lo largo del film y consiguiendo humanizar a Jordan Belfort. Cualquier otro actor, posiblemente, no habría podido impedir que lo odiemos, pero Leonardo DiCaprio es más que un simple actor. Es un genio.
Belfort destroza todas las vidas que toca, incluyendo la suya propia, pero Scorsese y DiCaprio consiguen que una parte secreta de nosotros sienta admiración por él y sus extravagantes caprichos (¿quién no soñaría con un yate con un helipuerto incluido?). O que, finalizada la película, tengamos ganas de verla de nuevo.
Belfort debería estás pudriéndose en la cárcel en estos momentos, pero no es así. Porque, muchas veces, la vida no es justa. Por eso mismo El lobo de Wall Street no arrasará en los Oscars de este año.

Pero lo merece.

MANDELA: DEL MITO AL HOMBRE (4d10)

Una vez más nos encontramos ante un biopic de un personaje histórico, un hombre mundialmente conocido pero cuyo camino hasta la gloria puede tener detalles que muchos ignoren. 
Después de que, con un acontecimiento deportivo como telón de fondo, Clint Eastwood nos lo presentara tras su puesta en libertad en Invictus, y con varias cintas sobre el premio nobel de la paz en la memoria (ha sido interpretado, aparte de por Morgan Freeman, por Sidney Poitier, Dennis Haysbert o Terrence Howard entre otros), esta cinta de Justin Chadwick (que dirigió Las hermanas Bolena), pretende hacer un recorrido por la trayectoria del recientemente fallecido presidente de Sudáfrica desde que fuera un joven rebelde integrado en el movimiento político CNA en contra del Apartheid hasta su llegada a la presidencia, pasando, claro está, por sus más de veinte años en prisión.
Sin embargo, como me temo nos tiene acostumbrado Hollywood en los últimos años, la película es completamente decepcionante, olvidándose totalmente de cualquier aspiración didáctica y centrándose más en la relación de Nelson Mandela con su esposa Winnie, la cual no compartía las ideas pacíficas de su esposo. Es esta relación lo único que podemos descubrir de la vida de Mandela, pues no hay nada novedoso en esta biografía que, eso sí, cuida muy bien los detalles como el vestuario o las localizaciones. Tanto es así que podríamos decir que hay casi una obsesión por fotocopias escenas reales, como se puede apreciar con las fotografías auténticas que decoran los títulos de crédito finales y que han sido imitadas al detalle durante la película, mientras que detalles “nimios” como el guion han quedado olvidados a un segundo plano.
Así, no se entiende, viendo la película, qué motiva que un hombre que recurre a las armas para combatir la presión del poder blanco termine volviéndose un pacifista casi incluso extremo, así como tampoco se entiende que se convierta en el líder que fue y que la gente lo aclame como a un héroe mientras estuvo en prisión. Parece como si Chadwick tuviese la obligación de mantener a Mandela en pantalla hasta el último segundo de metraje, no pudiendo apartar la cámara de él para explicarnos lo que está sucediendo a su alrededor.
Y a lo que no nos explica la película debemos añadir lo que explica mal, como las razones de su liberación, que Chadwick nos presenta exclusivamente como un acto de buena voluntad del presidente De Klerk, obviando los intercambios de prisioneros, las presiones internacionales y resumiendo toda la reacción mundial en unas pobres imágenes de estudio del famoso concierto de Wembley y poco más.
Por no querer explicar, ni siquiera se molestan en poner los títulos rótulos explicativos al final de la película con lo que el futuro deparó a los personajes protagonistas.
Como si de una crónica rosa se tratase (no tan extrema como Diana, desde luego), solo su segundo matrimonio (el primero, por cierto, se lo podían haber ahorrado, pues no aporta nada a la narración y se olvidan de él a los diez minutos de película) centra el interés de la historia. Afortunadamente, en compensación de la torpeza de director y guionista (y dejando aparte la preciosa canción de U2), los dos protagonistas principales (y únicas caras reconocibles de la película) rayan a un nivel sobresaliente, así como la caracterización física –paso de los años incluido- de Mandela.
Idris Elba (secundario en Pacific Rin, Prometheus y el Heimdall de los dos Thor) y Naomie Harris (la Tia Dalma de Piratas del Caribe y Eve/Moneypenny en los Bonds de Sam Mendes) logran hacernos creer esa relación de amor que la distancia no puede romper pero sí los ideales, pero me parece un pobre consuelo para una película demasiado vaga y ambigua que no de lejos hace honor a la grandeza del personaje al que pretende inmortalizar.
El subtítulo en español es: del mito al hombre. Conocemos al hombre, pero no cómo se convirtió en mito.

SOBRAN LAS PALABRAS * (5d10)

Posiblemente última de las películas atrasadas del 2013 que por su escasa distribución (y porque en el fondo no deja de ser una película pequeña) se había quedado en el tintero.
Se trata de una comedia romántica, entendiendo el concepto de comedia romántica como aquella película simpática que te invita a sonreír en gran parte del metraje pero que dista mucho de provocar carcajadas, tendiendo a desembocar en momentos más bien tristes con la esperanza de enviar al espectador un mensaje que invite a la reflexión. Así, Sobran las palabras nace con la vocación de hablar sobre las segundas oportunidades en el mundo del amor, la soledad después del divorcio, de la marcha de los hijos, de la posibilidad de creer en una nueva vida.
Así se encuentra Eva, que después de su divorcio se encuentra abocada casi exclusivamente en su trabajo como masajista y en su hija Ellen, a punto de marcharse a la Universidad. Preocupada por sentirse abandonada por segunda vez acompaña a su amiga Sarah, también divorciada, y su actual pareja a una fiesta, donde conoce a una popular poetisa que se convertirá, primero, en nueva clienta y posteriormente en una buena amiga y a Albert, un hombre gordo y poco agraciado pero con un gran sentido de humor, también divorciado y con una hija pre-universitaria, de la que terminará enamorándose.
El conflicto estalla cuando descubra que su nueva amiga Marianne, que durante sus sesiones de masajes se desahoga criticando todos los defectos de su ex, era la esposa de Albert.
Simpática es la mejor definición de esta película, que huye del humor fácil y tosco propio de, por ejemplo, Sandra Bullock o Katherine Heigh, para centrarse más en los diálogos, buscando los conflictos con más sutilidad, como si de un Woddy Allen descafeinado se tratase.
Pocas posibilidades habría tenido esta película de estrenarse en nuestro país –y mucho menos en versión doblada- si no fuese por tratarse de la obra póstuma de su protagonista, James Gandolfini, fallecido a finales del 2013. Gandolfini fue un estupendo actor que hizo de secundario en multitud de películas interesantes pero que saltó a la primera fila de la fama gracias a su personaje televisivo de Tony Soprano.
También de la televisión proviene la protagonista del film, Julia Louis-Dreyfus, que será siempre recordada colmo la chica de Seinfeld (172 episodios no son moco de pavo).
Completa el reparto más conocido Toni Collette y Catherine Keener, junto a las jóvenes Tracey Fairaway, Tavi Gevinson y Eve Hewson.

No se trata de una gran película, pero sí muy apropiada para relajarse sin grandes emociones en días lluviosos como el de hoy.