jueves, 28 de octubre de 2021

Visto en Disney+: ¿QUÉ PASARÍA SÍ...?

Existen varios universos, superpuestos unos sobre otros. Eso, al menos, es lo que dictaminan los cómics de Marvel. Hay acontecimientos que marcan el futuro pero, en ocasiones, algo pude cambiar, una sutil diferencia que puede llegar a derivar en uno de esos nuevos universos alternativos.  Y Uatu, de la raza extraterrestre de Los Vigilantes,  es el único capaz de verlos todos. Esa era la premisa de la corrección de cómics What if? que por tierras españolas se tradujo como «¿Y sí…?» y ahora ha llegado el momento de incluir el multiverso en el mundo audiovisual del MCU.

La muerte de «El que permanece» en manos de Sylvie al final de la serie Loki rompió las barreras del multiverso, revelando, por el momento, su existencia y cuyas consecuencias no descubrirnos hasta Ant-man y la Avispa: Quantumania, a no ser que Spider-Man: sin camino a casa y sus vinculaciones con Bruja Escarlata y Doctor Strange nos adelante alguna pista de por dónde irán los tiros.

¿Qué pasaría si…?, la primera serie de animación del MCU, la adaptación de la mencionada serie de cómics, es una especie de aperitivo a ese multiverso que parece ser clave para la Fase Cuatro del Universo Marvel. Aparentemente, pese a estar dentro del canon, esto no es más que un simple divertimento, un lugar donde jugar con las diversas películas estrenadas en cine y retorcer sus posibilidades, ya sea cambiando la identidad de sus personajes (hay una Capitana América con el rostro de Penny Carter y un Star-Lord que no es Peter Quill, sino el príncipe T'Challa), ofreciendo versiones oscuras de algunos de ellos (tanto Doctor Strange como Hank Pym recorren ese camino) o incluso derivando en un desolador apocalipsis zombi.

Se trata, en apariencia, de historietas auto concluidas y sin vinculación tras con el resto del MCU, que, como todas las antologías, tienen una calidad irregular, con episodios muy planos alternándose con otros brillantes.  Con una animación tan extraña como hipnótica y la gracia de contar con la mayoría de actores originales poniendo voz a sus versiones animadas,  ¿Qué pasaría sí…? no pasa de ser, por ahora, un pasatiempo muy entretenido con sorpresa final que no debería tener más relevancia de la cuenta.  Pero sabiendo lo mucho que a Kevin Feige y los suyos les gusta jugar con nosotros,  ¿quién sabe si en algún momento veremos en live action a esa Capitana Carter o al imponente Visiontron (un amalgama entre Visión y Ultron).

Visto en Netflix: HAY ALGUIEN EN TU CASA

Con la festividad de Halloween a la vuelta de la esquina, las diversas plataformas se van poniendo las pilas para ofrecer su granito de arena en forma de película o serie con aroma a terror.

Hay alguien en tu casa es una de las propuestas de Netflix para animar el cotarro la noche de marras, un slasher universitario que bebe demasiado de las producciones de los ochenta y principios de los noventa, la edad de oro de los asesinos en serie fantasmagóricos,   sintiéndose ahora algo desfasada y fuera de lugar.

Dirigida por Patrick Brice, el mismo que con Creep y su secuela se las probaría muy felices pero que tras Ejecutivos agresivos la cosa se empezó a desinflar, poco hay a destacar entre su retiro Johan, la mayoría carne de cajón para el psicópata de turno.

Para no caer la mediocridad argumental, conviene buscar una excusa para justificar las matanzas, y en este caso en cuestión se trata de sacar a la luz los más terribles secretos de sus víctimas.  Al menos en principio,  ya que a medida que avanza el film los terribles secretos son cada vez más nimios,  pasando de un abusador maltratador y una influencer racista a temas tan triviales como amoríos secretos o identidades sexuales.

Como sucede con muchas propuestas modernas d esta índole, el problema de Hay alguien en casa radica en quedarse a medio camino de dos puntos.  Por un lado pretende ser lo suficientemente macabra como para hacer huir a un público familiar, pro tampoco alcanza los niveles de mala leche o casquería que hace disfrutar al fan más festivalero. Por otro lado, tampoco es que la trama proponga nada especialmente novedoso,  como podría ser la vuelta de tuerca de los bucles temporales que proponía Feliz día de tu muerte, por lo que al final nos encontramos con una propuesta que no molesta pero que tampoco está como para echar cohetes.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 19 de octubre de 2021

Cine: SIN TIEMPO PARA MORIR

Desde que Daniel Craig llegara a la franquicia de James Bond las cosas empezaron a cambiar en la saga inspirada, cada vez menos, en el personaje literario de Ian Fleming. Craig ha dado vida a un Bond más rudo y contundente pero, a la vez, más sensible y romántico. Además, es la primera vez que una saga delimitada por la participación de un actor en concreto tiene su propio argumento continuista, pudiéndose decir que el bond de Craig es, a la vez, el de la saga de Spectre, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.

Bueno, porque da a la franquicia una solidez al permitir un mayor y más creíble desarrollo de personajes. Malo, porque obliga a cada película a sufrir el lastre de los errores de las antecesoras. Y es que otra cosa que define al Bond de Craig es su terrible irregularidad. Aciertos como Casino Royale o Skyfall se alternaban con patinazos como Quantum of Solance y Spectre (la más decepcionante de todas), invitando a pensar, por una simple cuestión de alternancia (se dice que las películas buenas son las impares), que a Sin tiempo para morir le tocaba ser de las buenas.

Lo que más marca a Sin tiempo para morir es su marcado espíritu de despedida, quedando claro desde el primer momento que se trata del final de una etapa, no solo por las declaraciones del propio Craig diciendo que abandonaba para siempre al personaje, sino por la propia estructura narrativa de la misma, aunque ello tampoco era garantía de nada. A fin de cuentas, habían jugado la misma carta con Spectre, que también se suponía era el final definitivo de este Bond y cuyo epílogo (bond abandonándolo todo por una chica y la ilusión de purgar sus fantasmas con la pretensión de una familia de verdad) recordaba mucho al que tuvo el Batman de Nolan al final de El Caballero Oscuro: la leyenda renace.

Dirigida por Cary Joji Fukunaga, realizador quizá excesivamente valorado cuya ya lejana primera temporada de True Detective sigue siendo su mejor trabajo, la película adolece de un estilo visual propio digno de un director de tal renombre. Sí acierta en el ritmo, tan trepidante que uno apenas tiene tiempo de pensar en lo que está pasando en pantalla. Muchos son los que están alabando las virtudes de este último Bond, y la clave de ello está precisamente en ese ritmo tan adrenalítico que hace que uno se agarre fuerte a su butaca y sufra poniéndose en la piel del agente con licencia para matar. Solo en un segundo visionado, o si se toma la molestia de reflexionar un poco el film tras salir de la sala del cine, uno se da cuenta de lo ridículo (casi insultante por momentos) que puede resultar el guion, con uno de los peores villanos de toda la saga (y no me refiero a la de Craig solamente; el tal Lyutsifer Safin es posiblemente el villano más plano y burdo de las veinticinco películas oficiales), y no solo por culpa (que también) del trabajo de Rami Malek.

He comenzado diciendo que este Bond se aleja bastante del prototipo matón y mujeriego creado por Ian Fleming, y aunque eso no es necesariamente malo (ha tenido tiempo de evolucionar, adaptándose también a los tiempos más actuales), no deja de estropear un poco la esencia del personaje. No me termina de entusiasmar eso de tener a un Bond enamorado (y es algo que se arrastra desde la primera película y la dichosa Vesper), pero lo que sí me chirría es lo de que en cierto momento se rinda tan fácilmente.  A fin de cuentas, lo primero ya lo habíamos visto en 007 al servicio secreto de su majestad, película a la que Sin tiempo para morir rinde constantes homenajes; lo segundo, todavía no.

Mi principal problema con la película, aparte de un final de opereta que desvirtúa la historia del bond de Craig, es que va claramente de más a menos. Con la esperanza de que el personaje de Blofeld interpretado por Christoph Waltz tuviese una redención tras el fiasco de Spectre y quedarme con las ganas, hay un punto de inflexión en la película en la que el interés empieza a decaer terriblemente, en paralelo a los disparates que su guion propone. 

Es justo decir que ello es debido a un arranque majestuoso, con dos prólogos brillantes (el primero parece casi una película de terror, el segundo es una de las secuencias de acción más emocionantes y espectaculares de la franquicia) que provocan que los inevitables títulos de crédito iniciales lleguen casi a la media hora de metraje. Poco después nos encontramos con la chica Bond definitiva (y no, no me refiero a la insulsa de Léa Seydoux ni a una Lashana Lynch que compone un personaje prefabricado con aspiraciones a protagonizar un spin-off femenino que no me interesaría para nada): la Paloma de Ana de Armas. Con una aparición demasiado fugaz consigue comerse con patatas todas las piruetas argumentales y visuales de la película, consiguiendo no solo las secuencias más divertidas y la mejor lucha del film sino que sus secuencias terminan siendo las más recordadas de todo Sin tiempo para morir. Llegada casi como capricho de Craig (coincidió con Ana de Armas en Puñales por la espalda), su Paloma sí sería merecedora de una película propia (o una saga entera, ya que estamos). Luego llegaría el momento de Jeffrey Wright/Felix Leiter, emotivo como el que más. Y de ahí, hacia abajo.

Insisto, Sin tiempo para morir no es para nada una película aburrida. Si se consigue no pensar demasiado en lo que se está viendo puede llegar a ser muy disfrutable, con Hans Zimmer jugando a ser John Barry, Aston Martins a tutiplén y todos los homenajes que hayan podido caber para un fin de ciclo digno pero insuficiente. Al fin de cuentas, estamos ante una película de casi tres horas que nunca se hace pesada, por más que algo de tijera le habría sentado muy bien.

 

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 16 de octubre de 2021

Visto en Netflix: EL JUEGO DEL CALAMAR

Muchas veces he empezado un comentario aludiendo al hecho de que iba a tratar la nueva serie de moda de Netflix. Sin embargo, lo que está consiguiendo El juego del calamar está rompiendo todos los moldes, batiendo récords y siendo el tema de conversación principal en reuniones familiares o de amigos. E incluso, de manera preocupante, de colegios.

Está claro que, por el motivo que sea, lo coreano está de moda. Tras la imparable expansión musical del K-pop, ahora es turno de su rico espectro audiovisual. Solo por poner algún ejemplo, podría mencionar la influencia que actualmente ejerce en el cine de terror (más concretamente de zombis) como demuestra Tren a Busan y su secuela o la magnífica serie de The Kingdom, su capacidad para arrasar en unos premios tan elitistas como los Oscar con Parásitos o la gran cantidad de realizadores surcoreanos (Park Chan-Wook, Bong Joon-Ho, Yeon Sang-ho… ) que son referentes en Hollywood.

Pero, ¿es realmente para tanto? Dejando claro que la serie me ha gustado, la verdad es que no. Con innegables reminiscencias de Battle Royale (y por extensión de otros productos derivados como Los juegos del hambre), el recurso de concursos demenciales en los que el perdedor muere ya lo ha tratado incluso Stephen King, con su novela Perseguido, se  libremente adaptada al cine allá por 1987. El juego aquí está en mezclarlo con una fórmula más propia del torture-porn, acercándose a productos del estilo Saw o, sobre todo, Cube.

Podría parecer a simple vista que El juego del calamar sea una serie fresca y novedosa, pero en realidad responde al resultado de una fórmula muy calculada que basa su éxito en un ritmo endiablado (pese a que la narrativa propia del cine coreano ralentice en algunos momentos la acción, sobre todo por sus diálogos), haciendo sus cliffhangers que se torne adictiva y se devore en un suspiro.

Sin ser recomendable para un público infantil (y la polémica que está creando por ello) pero sin ser tampoco tan explícita y agresiva como podría parecer, todo en la serie funciona como un reloj, facilitando que sus deficiencias queden camufladas por sus virtudes.

De manera que la premisa de la serie no es precisamente original (hace poco la misma Netflix produjo la japonesa Alice in Borderland que juega más o menos o menos en la misma liga), pero la forma en que está ejecutada y su ritmo adrenalítico la convierten en una apuesta ganadora, logrando que pese a su, a priori arriesgada apuestas, acabe convirtiéndose en una serie familiar casi para todos los gustos.

Cine: REMINISCENCIA

Hace ya un tiempo que vi esta película, pero no había encontrado tiempo para hablar sobre ella, de manera que ya se ha caído de las salas de cine. No obstante, lo mismo habría sido si me hubiera puesto con ello la misma semana de su estreno, pues su paso por las carteleras ha sido realmente efímero. Ello se debe a varios motivos, como puede ser su pobre promoción publicitaria o su calidad irregular, pero principalmente a que ha llegado precedida de la noticia de ser el peor estreno en la historia de cine en Estados Unidos. Recaudar apenas dos millones habiendo sido estrenada en más de 3000 salas es una cifra ridícula incluso en tiempo de pandemia, más teniendo en cuenta sus ambiciones y el nombre de sus implicados.

Pero, ¿es realmente tan mala? Pues probablemente no. Cuenta con el esfuerzo y carisma de Hugh Jackman, la presencia  siempre brillante de Rebecca Ferguson (muy por debajo de su trabajo en Dune, eso sí) y con la dirección de Lisa Joy, co-creadora de Westworld. Su pecado principal es que tiene un ritmo lento y anodino que, pese a las ambiciones comentadas, la hacen sumamente aburrida. Es esa ambición, quizá, la primera responsable del descalabro, ya que sin ser una película barata tampoco es que cuente con un presupuesto suficientemente generoso como para mostrar en pantalla lo que pretende.

Reminiscencia bebe mucho de la literatura de Philip K. Dick, pretendiendo aunar la ciencia ficción con un cine negro que se me antoja apolillado, siendo más una colección de tópicos donde no puede faltar ni la molesta voz en off ni la manida (y casi ridícula por lo estereotipada) femme fatal. Joy se ha visto unas cuantas veces Blade Runner, pero está claro que no las suficientes.

Al final, la historia conformada a base de recuerdos que podría reflexionar también sobre las adicciones y la obsesión se vuelve confusa y muy plana, algo lastrada también por una realización falta de garra que evidencia en todo momento sus orígenes televisivos.

Eso provoca que la parte noir resulte poco interesante, principalmente en su temible tramo central, mientras que el mundo que propone (una sociedad futura en ciudades inundadas) no es más que un mero decorado del que apetecería saber mucho más.

En fin, que sin ser merecedora del descalabro épico, tampoco es que hayan demasiados motivos para defenderla, siendo una más en la lista de películas sobre lo que podría haber sido pero no fue.

 

Valoración: Cuatro sobre diez.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Visto en Netflix: JAGUAR

Cuando escuché hablar por primera vez de Jaguar lo cierto es que llamó bien poco mi atención, aunque luego mis sensaciones con respecto a la serie ha sido como una montaña rusa, llena de altibajos.

Lo cierto es que el tema de los cazadores de nazis siempre me ha interesado (como casi todo lo relacionado con la II Guerra Mundial), pero la premisa me recordaba demasiado a Hunters, la serie de Amazon Prime con Al Pacino que, la verdad, tampoco es que fuera para tirar cohetes.

Sin embargo, una vez puestos en harina, la cosa pintaba francamente bien. Debo reconocer que, pese a los peros que le pueda llegar a poner, me devoré la serie entera en una sola tarde, del tirón, algo que no suelo hacer excepto en ocasiones excepcionales (La Casa de papel es una de ellas).

Con una sencillez de recursos más limitada de lo que a simple vista podría parecer (cada capítulo tiene un único escenario, tal y como define el propio título del episodio), la serie gira bastante alrededor de Blanca Suarez, siendo ella el principal reclamo de la misma tal y como en Hunters hacía Pacino, aunque su rol dentro del grupo de cazadores es más similar al del personaje de Logan Lerman. La principal diferencia es que Jaguar está ambientada en los años 60, con lo que los protagonistas son verdaderos supervivientes del Holocausto, no meros descendientes.

Hay que destacar que, en contra de otras producciones patrias de Netflix como Sky rojo, la serie se toma en todo momento muy en serio, por más que su secuencia de créditos tenga cierto aire comiquero, lo cual hace que cuando es necesario un ejercicio excesivo de suspensión de la credulidad la cosa rechine demasiado, en especial respecto a los dos últimos episodios.

Un acierto es que no se trate de una serie episódica, con un villano por episodio, pero por el contrario el final queda demasiado abierto, obligando a esperar a una segunda temporada con la misma continuidad. Esto provoca que quede un cierto deje de insatisfacción, haciendo que, incluso tras reconocer haber visto toda la temporada sin descanso, tenga serias dudas del interés que me suscite la continuación. Al final, como en las series menores, dependerá de qué otras series tenga en pendientes en ese momento, desaprovechando la oportunidad de haber dado un buen cierre a la trama y centrarse en otro villano en caso de renovación, que no será por nazis… El problema es haber usado personajes reales (o más o menos), pues superar en maldad y villanía a Aribert Heim, apodado no por nada El Doctor Muerte, no es moco de pavo.

Visto en Amazon Prime: LOS VOYEURS

Poco a poco Amazon Prime va llenando su catálogo de títulos originales, muy lejos todavía del fondo de armario de Netflix y con ayuda de la crisis de los cines de por medio.

Los voyeurs es la última apuesta con la que pretenden llamar la atención del respetable, un supuesto thriller con claras reminiscencias a La ventana indiscreta que ya sirvió de inspiración a la irregular La mujer en la ventana, que podría tener también como referente los thrillers eróticos que florecieron en los noventa a la sombra de Instinto básico.

La cuestión es que la película de Michael Mohan tiene mucho más de erótica que de thriller, siendo en su mayor parte una especie de melodrama que poco tiene que aportar más allá de las tórridas escenas que invitan al espectador en convertirse en los propios voyeurs del título.

La historia de una pareja de enamorados que, tras instalarse en su nuevo apartamento, descubren que sus vecinos de enfrente no son nada cohibidos en el terreno sexual, llegando a obsesionarse con ellos, podría haber sido un material de primera en manos de directores turbios como Paul Verhoeven o Roman Polanski, pero queda bastante tibio en manos de un Mohan sin demasiada experiencia en largometrajes.

Cierto es que, llegado a un punto concreto, la película ofrece un giro radical que, más allá de lo creíble que pueda resultar, anima bastante el cotarro. Otra cosa es que el punto de inflexión llegue a tiempo de salvar una película que, en formato televisivo, es fácil que quede en el olvido a medio visionado.

Juegos eróticos, fantasías y traiciones son la salsa de una película que exige demasiado al espectador, pero que una vez sufrida hasta el final puede llegar a resultar satisfactoria en su desenlace.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Netflix: CUENTOS AL CAER LA NOCHE

Aunque aún faltan unas semanas para la llegada de Halloween, en Netflix ya se están poniendo las pilas, estrenando una aproximación al género de terror de carácter claramente juvenil (que en otra época menos sobreprotectora sería más bien infantil) con Sam Raimi como padrino de lujo.

Aunque podría parecer que Cuentos al caer la noche es una antología de relatos de miedo, estos en realidad son mínimos episodios al servicio de una única historia principal alrededor de una bruja que secuestra niños para que le sirvan o matarlos. Alex es uno de ellos, cuyo principal talento es el de tener una imaginación desbordante que, hasta la misma noche en que fue secuestrado coincidiendo con su cumpleaños, destinaba a escribir relatos de miedo.

Bajo esta premisa, el director David Yarovesky (del que hace poco vimos la más inspirada El hijo) compone un cuento oscuro sobre una bruja malvada con muchas reminiscencias a Hansel y Gretel y que comparte algo de espíritu con Las Brujas de Robert Zemeckis. Aquí, la bruja malvada está encarnada por una apenas reconocible Krysten Ritter, tratando de conseguir (sin lograrlo del todo, un tono oscuro pero a la vez ingenuo similar a los clásicos Cuentos desde la Cripta.

No es que sea una mala propuesta para ver una propuesta familiar en Halloween, pero desde luego, por echar la vista atrás a los últimos años, es muy inferior a La casa del reloj en la pared o Pesadillas, aunque sí supera a la secuela de esta.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Netflix: PRESAS DE CAZA

El subgénero de la caza humana no es algo novedoso. Desde clásicos como El malvado Zaroff hasta la reciente Punto Rojo, hay un sinfín de propuestas sobre seres humanos convertidos en presas en una cacería mortal y, normalmente, irracional. Habitualmente la excusa es una variante retorcida y cruel de un simple deporte, pero en otras es la venganza (lógica o no) la que mueve toda la acción.

Presas de caza, la película que nos ocupa ahora, es una propuesta alemana sobre un grupo de hombres que deciden celebrar la despedida de soltero de uno de ellos haciendo una ruta por las montañas germanas. Pero cuando alguien empieza a dispararles desde la distancia, está claro que la aventura va a tener poco de festiva.

Hay que agradecer a la película que pase en un suspiro, con un ajustado metraje que apenas alcanza la hora y media, con lo que la tensión y el ritmo constante impide que el espectador tenga tiempo de aburrirse. Sin embargo, el peaje a pagar es el de carecer de tiempo para desarrollar apenas los personajes, más allá de jugar al melodrama entre dos de ellos que, a la postre, tampoco es que tenga demasiado interés. Además, la figura que encarna el mal no solo se justifica de manera algo ridícula (no todo lo relacionado con el #metoo ha de ser positivo), sino que plantea una omnipresencia que puede llegar a rozar el ridículo, casi como si las montañas de la Selva Negra fuesen un pañuelo y los personajes pudiesen cruzarse aleatoriamente sin problemas.

Por ello, el resultado no es más que otra pieza de disfrute rápido, como una hamburguesa de su fast food preferido, algo que se devora casi sin pensar y que se olvida al momento, sirviendo para pasar un rato distraído pero poco más.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Disney+: AMIGOS PASAJEROS

Parece que últimamente John Cena quiere estar en todas partes, y si es en papeles de comedia a cual más ridículo, mejor. Luchador de la WWE de gran reputación, se metió en el mundo del cine (como hicieran otros nombres ilustres como Dwayne Johnson o Dave Batista) en papeles de tipo duro, pero tras destacar en un rol secundario en Padres por desigual y su secuela, su presencia en Hollywood se ha vuelto cada vez más importante, habiendo sido el fichaje estelar de Fast&Furious 9, el coprotagonista de El escuadrón suicida y estando a punto de ser la estrella de la serie El Pacificador, un spin-off de la película de James Gunn.

En Amigos Pasajeros, otra de esas películas pensadas para el cine y que ha terminado recayendo en Disney+, los teóricos protagonistas son Lil Rel Howery y Yvonne Orji, dando vida a una pareja algo aburguesada a punto de casarse que tras una serie de peripecias conoce en un viaje a México a una extravagante pero divertida pareja que hará aflorar su lado más salvaje y desinhibido. Pero una vez finalizadas las vacaciones, los problemas los acompañan a casa cuando sus nuevos amigos aparecen por sorpresa en la celebración de la boda.

Dicho esto, el único problema de la película, que es francamente divertida, radica en que los personajes de John Cena y Meredith Hagner son mucho más interesantes que los supuestos protagonistas, comiéndoselos en cada plano que comparten y haciendo que uno lamente que su presencia en el film sea mayor. Pese a ello, la comedia está servida, y la extraña estructura del film, dividida en dos actos (las vacaciones y la boda) no impide que todo funcione como un tiro, resultando desternillante y de una confusa moralidad extrañamente apropiada para un producto Disney, siendo un producto original de 20th Century Studios (la defenestrada Fox).

Podría calificarse como de diversión estúpida, desde luego, pero en ocasiones no hay nada mejor que una propuesta descerebrada para pasar un rato agradable.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: ALGUIEN COMO ÉL

Parece que nadie domina tan bien la comedia romántica juvenil como Netflix, y es por eso que hay que rebuscar en su catálogo para saber separar el polvo de la paja. Alguien como él no es que sea una maravilla, pero al menos consigue hacerse más soportable que la mayoría de producciones de este calado y que tiene además algo de denuncia social que, no nos engañemos, va a caer en saco roto.

Alguien como él nos presenta un personaje tan actual como la influencer de medio pelo, esa que es un referente en su ambiente más cercano pero que todavía no juega en las grandes ligas, aunque podría hacerlo de formar un lucrativo contrato publicitario.

Un desengaño amoroso y una mala reacción por su parte, retransmitido en directo, pueden truncar sus aspiraciones, pero también le ofrece una nueva oportunidad gracias a una apuesta con una amiga: tomar como pupilo a uno de los «pringados» del instituto y convertirlo en alguien popular. Pero con lo que no contaba (¡Oh, sorpresa!) es con que se iban a terminar enamorando y que el secreto que le oculta puede hacerlo estallar todo por los aires.

Con Addison Rae interpretándose casi a sí misma (es una estrella de Tik Tok que prácticamente debuta en cine con esta propuesta) y Tanner Buchanan (uno de los protagonistas de la célebre Cobra Kai) como pareja de baile, la película sabe equilibrar bien el lado más empalagoso con el cómico, cayendo en tópicos pero consiguiendo forzar las sonrisas pese a ello. Tiene incluso algún momento tronchante, en especial los protagonizados por Matthew Lillard, actor que curiosamente estuvo en una película de calado similar que se llamó, precisamente, Alguien como tú, aunque invirtiendo los roles.

Desconozco si las intenciones del director Mark Waters con esta película era la de concienciar a los jóvenes sobre los peligros de seguir ciegamente a ídolos fugaces de las redes (en cuyo caso la elección de la actriz protagonista sería cuanto menos curiosa), pero dudo mucho que las Dulceiras de la vida vayan a aprender muchas lecciones valiosas de ver el film. Por ello, es mejor tomárselo como un pasatiempo que se ve con mucho más agrado del que cabría esperar y que deja un buen sabor de boca.

 

Valoración: Seis sobre diez.