viernes, 15 de noviembre de 2013

PACTO DE SILENCIO (6d10)

Un espectacular reparto no siempre es suficiente para justificar las excelencias de una película, y si encima su director es alguien con el prestigio y la calidad demostrada como Robert Redford, las expectativas estarán por todo lo alto.
Es por ello que Pacto de silencio, aun siento sumamente entretenida, sabe a poco.
Redford propone un interesante thriller sobre un abogado viudo que se ve acosado por los fantasmas de un pasado ligeramente turbio: su implicación en un grupo activista contrario a la guerra de Vietnam que casi sin saber cómo pasa de los actos de protesta pacíficos a tener sus manos manchadas de sangre y convertirse en prófugos del FBI incluso treinta años después.
Ya en la actualidad la tranquila vida de Jim Grant (Redford) se verá bruscamente interrumpida cuando el periodista Ben Shepard (magnifico Shia LaBeouf) comienza a hurgar en su pasado. Comienza así una frenética huida en la que Grant tratará de limpiar su nombre antes de que otros inocentes (como su propia hija) sean salpicados por la polvareda que Shepard está levantando.
Muchos son los buenos propósitos que podemos adivinar en esta película, como una reflexión sobre el compromiso social y la responsabilidad ciudadana frente a las malas gestiones políticas, un análisis sobre el periodismo actual y la fina barrera de la ética que tan frecuentemente se traspasa y, sobretodo, un discurso sobre la madurez y la prioridad de la familia por encima incluso de los propios ideales, capas de cebolla, todos ellos, demasiado finas como para que a la postre nos encontremos con poco más que una simple historia de intriga, con giros de guion no excesivamente sorprendentes pero narrada con la habitual elegancia que define el cine de Redford.
Quizá la nota más desentonante sea la presencia del propio Redford en su faceta de actor, demasiado mayor para el personaje y que no termina de hacerse nunca con él, aunque para compensarlo están las apariciones, en algunos casos fugaces, de Julie Christie, Terrence Howard, Chris Cooper, Brendan Gleeson, Brit Marling, Susan Sarandon, Nick Nolte, Stanley Tucci, Richard Jenkins, Sam Elliott o Anna Kendrick.

Menos alabado por la crítica que otros compañeros de profesión como Eastwood, Redford es para mí el más regular de los muchos actores metidos a realizadores del panorama actual, con una dirección sencilla pero sobria (su anterior película, La Conspiración, le da mil patadas al Lincoln de Spielberg) y sin rehuir nunca de ligeras gotas de compromiso. Lástima que en ocasiones esas gotas sepan a poco.

THOR, EL MUNDO OSCURO (7d10)

Aun después de siete películas continúo quitándome el sombrero ante la maravillosa y arriesgada fórmula elegida por Marvel Studios para trasladar a la pantalla grande sus más celebres personajes (o por lo menos aquellos de los que mantienen sus derechos).
Como si de los propios comics se tratara han construido un Universo propio gracias al cual no solo encontramos referencias de unas películas a otras sino incluso cameos de sus actores para regocijo de fans.
En este panorama, Thor, el mundo oscuro forma el segundo eslabón de la cadena que nos conducirá hasta Los Vengadores: la era de Ultrón, situándose cronológicamente justo tras los sucesos de Los Vengadores y, por lo tanto, a la par de Iron Man 3. Además, en ella se dan pistas que no voy a revelar aquí sobre Guardianes de la Galaxia, que llegará justo a continuación de Capitán América: el Soldado de Invierno. Para rizar más el rizo algo de lo que en esta película sucede tendrá consecuencias (como pasará también en la segunda aventura del Capi) en la serie de televisión de Shield.
Pero centrándonos solo en este film lo primero que destaca es que los mandos han cambiado de manos. La ausencia de Kenneth Branagh en la silla de dirección implica un distanciamiento al tono shakesperiano que tan al dedo iba para definir la relación amor/odio entre Thor y su padre Odín, restando brillo a la magnífica Asgard vista en la primera película, aunque la experiencia de su sustituto, Alan Taylor, como realizador de diversos capítulos de Juego de Tronos se traduce en un mejor dominio de la narrativa bélica. Obviamente, Taylor está más interesado en la acción pura y dura que en las intrigas de palacio, y es que el conflicto que Branagh nos mostró entre Thor, Odín y Loki ya ha quedado atrás. El Dios del trueno ha madurado y es ahora un digno heredero del padre de todos, mientras que los sucesos de Nueva York narrados en Los Vengadores han dejado a Loki en una  situación de no retorno, encarcelado y repudiado por su propio padre.
Tampoco es necesario perder tiempo con la relación entre Thor y Jane Foster, pues una vez reencontrados podrán reanudar su amor interrumpido tras la marcha de Thor al final de la primera película (ahora sabemos que tras la destrucción del Bifröst ha estado recorriendo los Nueve Reinos para restaurar la paz) mientras forman alianza para salvar Midgard y, posiblemente, el universo entero.
Y de eso precisamente trata Thor, de las alianzas. Mucho más coral que otras películas Marvel el hijo de Odin deberá recurrir a la ayuda de sus compañeros de armas, Fandral, Volstagg, Heimdall (Hogun se mantiene en esta ocasión en un segundo plano), y la enamorada Sif (Jaimie Alexander, verdadera fémina de la película, mucho más interesante que una desganada Natalie Portman) por un lado, contará de nuevo con la colaboración terrestre del profesor Erik Selvig, Darcy y la propia Jane (a quien se les une un nuevo personaje, el becario Ian), mientras que uno de los puntos álgidos del film será la necesidad de tener que confiar en su traicionero hermanastro Loki.
Olvidados los Hombres de Hielo, los villanos en esta ocasión volverán a ser originarios de la mitología asgardiana: los Elfos Oscuros, una raza tan antigua como la existencia misma que ya fueron derrotados en el pasado por el padre de Odín, Bor, y que tratarán de nuevo de extender su oscuridad por todo el universo, siempre comandados por el pérfido Malekith. Es en este punto donde encontremos quizá lo más flojo de Thor, el mundo oscuro, pues tanto el origen como las motivaciones de Malekith y su raza queda bastante desdibujada, obligándonos a afrontar el hecho de que son los malos de la historia sin darle más vueltas.
Con Christopher Eccleston en el papel de villano, el resto del elenco es prácticamente el mismo que en la primera parte, con Chris Hemsworth totalmente amoldado al papel y un Tom Hiddleston que de nuevo es lo mejor de la película, logrando que su Loki, pese a contar con menos metraje que en Thor o en Los Vengadores, vuelva a ser la estrella de la función. Solo Natalie Portman parece desentonar con una actuación más floja de lo que nos tiene acostumbrados, quizá debido a sus discrepancias iniciales con la productora por la elección del director o que, simplemente, tras su merecido Oscar por Cisne Negro ha aprendido a actuar con el piloto automático puesto en estas producciones que si bien le van a llenar los bolsillos no van a proporcionarle premios ni alabanzas por mucho que se esfuerce. O a lo mejor simplemente es que su papel no da para más porque esta vez, por encima de todo, lo importante es la aventura. Hay drama, desde luego, vuelven los conflictos familiares e incluso alguna muerte que no es cuestión de desvelar ahora, pero lo más destacado de esta secuela es que Thor, por fin, en Thor. No tiene que adaptarse a Midgard, como le sucediera en la primera parte, o a sus nuevos aliados, como fue el caso de Los Vengadores. Ahora, al fin, vemos al superhéroe dándolo todo en el campo de batalla, volando, peleando y lanzando el martillo como los lectores de los cómics llevan tiempo esperando. Además, el detalle de trasladar la acción del ya sobradamente machacado Nueva York hasta Londres (un Londres, por cierto, menos tópico de lo habitual en Hollywood) imprime un nuevo soplo de aire fresto.
Por eso, pese a alguna carencia argumental, Thor, en el mundo oscuro, es un disfrute total, con mucha acción pero muy bien gestionada y un humor que no puede faltar en las producciones Marvel perfectamente incorporado al ritmo narrativo.
Chris Hemsworth (el más desconocido de los actores que conforman la plantilla de héroes de Marvel) es, definitivamente, Thor, y –tal y como pasa con su compañero de fatigas Robert Downey Jr.- no es posible ya imaginar al futuro rey de Asgard con otro rostro.

Thor: larga vida al rey. Larga vida al Vengador.

viernes, 1 de noviembre de 2013

UNA CUESTIÓN DE TIEMPO (6d10)

Aunque el subgénero de las comedias románticas suele relacionarse con unas películas pastelosas, destinadas a un público primordialmente femenino (y prueba de ello es que ha estado siempre liderado por mujeres: Meg Ryan en los 80’, Julia Roberts y Sandra Bullock en los 90’ y Jennifer Alliston y Reese Witherspoon en la actual década), hace un tiempo apareció un tipo con la sana intención de cambiar los conceptos y romper los tópicos de las historias facilonas, con más lágrimas que risas y con tanto almíbar que no eran actas para diabéticos.
Estoy hablando de Richard Curtis, que aunque nació en Nueva Zelanda ha bebido mucha comedia británica en la que se mueve como pez en el agua. Tras escribir diversos episodios de La Víbora Negra y Mr. Bean triunfó en el cine con los libretos de Cuatro bodas y un funeral, Nothing Hill, El diario de Bridget Jones o War House (su trabajo más alejado del romance y también el más fallido), saltando también a la dirección con Love Actually y Radio Encubierta.
Empeñado en dotar a sus historias de un punto diferente a lo habitual, con personajes inteligentes, diálogos brillantes y grandes interpretaciones (rozando casi siempre los repartos corales), Curtis nos propone en Una cuestión de tiempo algo tan inusual como estimulante como es la combinación de la comedia romántica con la ciencia ficción más clásica: los viajes en el tiempo.
No es que vayamos a encontrar aquí grandes alardes técnicos con efectos visuales digitales, ni mucho menos, pero la capacidad de Tim, el chico protagonista, de viajar a su pasado bebe directamente de las influencias de la obra de H.G.Wells y no rehúye del concepto del Efecto Mariposa que tanto temen los viajeros temporales.
La premisa es sencilla: el padre de Tim le revela el día de su cumpleaños  esa curiosa cualidad que todos los varones de la familia poseen y el chico la aprovechará para conseguir lo que más desea, el amor de su vida. Desgraciadamente, como no podía ser de otra manera, descubrirá que las cosas nunca pueden ser tan sencillas y que cada acción viene seguida por una reacción.
Domhnall Gleeson (uno de los hermanos Westley de Harry Potter) y Rachel McAdams (que ya sabe lo que es protagonizar una comedia romántica con viajes temporales gracias a Woody Allen) protagonizan el bello romance bien secundados por el magnífico Bill Nighy como el padre de Tim; aunque no menos importantes son las aportaciones de Margot Robbie, Will Merrick, Tom Hollander, Lydia Wilson, Lindsay  Duncan, Vanessa Kirby y Richard Cordery, que conforman esta peculiar familia.
Portador de amor y alegría, como buen espíritu navideño (hay quien ha llegado a definir Love Actually como el Qué bello es vivir de las nuevas generaciones), las películas de Curtis tienen menos drama de lo habitual, hasta el grado de que no hay villanos en sus películas, aunque cuando la desgracia golpea lo hace sin contemplaciones.
El punto negativo lo encontraremos en alguna toma de decisiones de Tim y en las incongruencias  inevitables en los viajes temporales (Regreso al Futuro no solo no caía en esas incongruencias, sino que se reía de ellas; todas las demás películas de esa temática, desde la clásica Terminator hasta la reciente Looper tiene alguna que otra errata. Dejo de lado Midnigth in Paris porque los viajes de Wilson al pasado era más testimoniales que causales, y el único Efecto Mariposa en el film de Allen era en el propio viaje interno del protagonista). Tim hace lo que hace y le sucede lo que le sucede porque así lo decide Curtis, haciéndonos creer sin ser cierto que no existan soluciones mejores porque ello arruinaría la trama y posibilitando que, de pretender analizar en profundidad los viajes regresivos y sus consecuencias, todo parezca una absoluta tontería.

Pese a todo, esto es una fantasía y debemos dejarnos llevar por ella. No es una película sesuda ni metafísica, simplemente es cine simpático, cariñoso y optimista, de ese que conviene ver de vez en cuando para relajar nuestras almas y dejarnos enamorar, como Tim, por Mary y ser capaces de alterar el curso de nuestra historia por hacerla sonreír.

EL QUINTO PODER (7d10)

Muchas eran las ganas que tenía de ver esta película basada en el fundador de WikiLeaks, sobre todo después de la tremenda decepción que supuso Jobs.
Dirigida por Bill Condon (realizador de películas tan interesantes como Dioses y Monstruos, Kinsey y Dreamgirls, el capítulo piloto de Con C Mayúscula y –ejem, ejem-, Dios sabrá por qué extraño motivo, las dos últimas partes de la saga Crepúsculo) y con guion de Josh Singer a partir de la novela “Inside WikiLeaks: my times with Julian Assange at the world’s most dangerous webside” de Daniel Domscheit-Berg, David Leigh y Luke Harding, la película hace un detallado recorrido por las vidas de Julian Assange (brillante Benedict Cumberbatch) y Daniel Berg (Daniel Brühl) desde que se conocen hasta prácticamente la actualidad.
Tras unos arrebatadores títulos de crédito (como se echan de menos en la mayoría de películas de hoy en día) que sirven como metáfora del paso del tiempo en relación a los medios de comunicación, los protagonistas nos son presentados como una especie de frikis de la informática (se conocen en una feria del sector). Assange y Berg conectan casi de inmediato, siendo el segundo completamente seducido por la labia del primero y arrastrado a un mundo donde el dicho de “la información es poder” es terroríficamente real. Assange, un tipo tan carismático como misterioso, es el creador de un portal de internet donde, gracias a colaboraciones anónimas, documentos privados son revelados con la sana, aunque ingenua, intención de conseguir hacer de este mundo un lugar mejor. Con la ayuda de Berg pronto se convierten en una amenaza para bancos y gobiernos, siendo tildados tanto de héroes como de villanos, siempre dependiendo del cristal con que sean mirados.
¿Y Condon? ¿Qué opina él?
Aun siendo conscientes de que el retrato parte de un libro escrito en parte por el propio Berg, la película trata de mostrarse lo más imparcial posible, incluso cuando las diferencias entre ambos amigos comienzan a surgir y sus posturas respecto al bien que WikiLeaks hace a la sociedad se distancian hasta llegar a un punto de no retorno.
¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto tienen derecho a revelar secretos que pueden afectar gravemente a terceras personas? Estas son las preguntas que marcan la existencia de WikiLeaks y a las que debe enfrentarse por sí mismo el espectador. ¿Es Assange un visionario o un lunático ególatra? No será Condon quien nos de las respuestas, simplemente dejará las cartas sobre las mesas y que cada cual se quede con la que más le guste, ya que no es pretensión del director sermonear sino informar (que de eso va todo el asunto). Y esto, que ha sido de lo más criticado respecto al film, es a mi entender su mejor virtud. La relación entre libertad e información es tal que trasciende la misma pantalla e invita al público a quedarse con la postura más acertada, unas posturas defendidas por sus protagonistas en un punto final sarcástico en el que Berg escribe el libro en que se basa el guion y Assange habla directamente a cámara para defenderse de las acusaciones contra él burlándose, incluso, de la propia película.
Con unos movimientos de cámara frenéticos, como corresponde la movimiento de la información en la red, el punto álgido del film se encuentra –como no podía ser de otra manera- en la interpretación de Benedict Cumberbatch, uno de los mejores actores contemporáneos que lejos de encasillarse en su magistral representación del famoso detective Sherlock Holmes continua escalando peldaños en la dura escalinata de Hollywood con personajes fascinantes y complicados (aún resuena en mi memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad), estando brillantemente secundado por un Brühl en estado de gracia tras su intensa visión del piloto Niki Lauda en Rush y David Thewlis (el popular Lupin de Harry Potter es solo la muestra más conocida de su extensa filmografía) como el periodista Nick Davies, aunque también destacan Anthony Mackie (muy activo últimamente), Laura Linney y Stanley Tucci en pequeños pero importantes papeles. Y es que si la historia de WikiLeaks parece el plato fuerte de la película no menos importante es la relación (casi podríamos definirla como de amor-odio) entre Assange y Berg y sus diferentes puntos de vista sobre el compromiso y la responsabilidad de saberse poseedores de un poder capaz de hacer temblar el mundo, aunque ello no les baste, en ocasiones, para conseguir mantener la estabilidad de sus propias vidas privadas.
La sana intención de explicar una historia que pese a lo compleja que pueda parecer es fácil de comprender para el profano en la materia es su principal diferencia con Jobs, otro personaje de relativas similitudes con Assange que no lograba seducir ni por su historia ni por su intérprete.
El quinto poder no es una película redonda, y quizá se acerque por momentos con cierto peligro hacia el formato telefilmico, pero cumple con creces el objetivo de descubrir al espectador una polémica que para muchos no era más que un concepto vago que durante unos meses repitieron constantemente en los telediarios.
Sin dejar de entretener en ningún momento, el trío Condom-Cumberbatch-Brühl me han convencido por completo, sin tratar de imponerme sus ideas ni decirme cómo debo pensar.

De eso ya me encargaré yo, gracias.

miércoles, 30 de octubre de 2013

CAPITÁN PHILLIPS (7d10)

Después de que Green zone: Distrito protegido pasara casi desapercibida por las carteleras, Paul Greenglass, realizador de la interesante United 93 necesitaba un éxito que lo devolviese  al nivel conseguido con sus dos aproximaciones a la saga Bourne.
Cambiando a Matt Damon por Tom Hanks, Capitán Phillips es el vehículo elegido para reconciliarse con el gran público –no por casualidad ha sido estrenada en época pre-Oscars-, inspirándose en la historia real de Richard Phillips, el capitán del carguero Alabama secuestrado por un grupo de piratas somalíes.
Con un estilo rozando por momentos el documental, Greenglas nos ofrece una epopeya intensa, emocionante y angustiosa sobre el secuestro, evitando la moralina barata y sin que en ningún momento se nos ofrezca simpatizar con los piratas, al final meros servidores de un mando superior, por más que en algunos momentos sean tan víctimas de su sociedad como el propio secuestrado.
Así, con una historia potente, un actor brillante y una dirección firme, Greenglass podría haber culminado una película digna de destacar en la temporada de premios que está a punto de comenzar, logrando su mejor título hasta la fecha. Y digo podría porque, aun siendo una muy interesante película, hay demasiados momentos en los que hace aguas como para considerarla obra maestra.
El primer problema está en el abuso de la cámara en mano, un recurso que funcionaba muy bien en United 93 para conseguir convertir al espectador en parte protagonista del drama pero que aquí resulta más molesta que otra cosa, no siendo ni siquiera constante, ya que en las escenas navales hay unos traveling aéreos mucho más que correctos.
El segundo problema es la indefinición hacia lo que se quiere contar y como se pretende hacer. El slogan de la película es “Nadie elige ser un héroe”, invitando a pensar que Phillips terminará convertido en héroe a su pesar, pero nada más lejos de la realidad. La película contiene dos partes muy diferenciadas, la que corresponde al secuestro del barco y la que describe el intento de huida de los somalíes con Phillips de rehén. En la primera de ellas el personaje de Hanks se comporta con firmeza e ingenio durante la crisis  en el carguero, y aunque lejos de actuar como un héroe sí demuestra estar a la altura de los acontecimientos. En la segunda, sin embargo, Hanks se limita a permanecer secuestrado, con algunos esfuerzos interpretativos notables, no lo niego, pero sin un ápice de heroísmo, cosa por otro lado natural, ya que es una historia real sobre un capitán de barco, pero que puede llevar a engaño. 
Tras hora larga intensa y emocionante, la película deriva en una operación de rescate militar, donde la personalidad de Phillips queda en segundo plano y, aunque observemos la acción con interés, no se puede evitar una sensación de alejamiento, como si se nos sacara de golpe de la escena del secuestro y nos descubriésemos sentados en el sofá viendo por la tele un documental de Xplora o algún canal similar.
Posiblemente, el principal error de Greenglass sea hacer recaer el protagonismo en exceso en Tom Hanks, sin permitir que ningún secundario se sume a la fiesta (con excepción de los somalíes). Los marineros del barco desaparecen en un momento dado y ninguno de los militares cuenta con ninguna escena mínima para convertirse en un personaje propio. Así que cuando Phillips queda anulado por el secuestro la identificación del espectador con algún protagonista se anula también.
Y no será por falta de tiempo, ya que Greenglass alarga en exceso el metraje (recuerdo con desesperación la escena de una revisión médica interminable) al que el espantoso doblaje español no le hace favor alguno (una vez más parece que estemos ante un drocudrama de la tele).
Greenglass tenía las herramientas a su disposición. Contaba con la historia y el actor perfecto, además de un puñado de actores para el papel de secuestradores totalmente amateurs pero de excelente factura, pero no ha sabido jugar bien sus cartas, y constantemente parece que su film se quede a falta de dar un último y definitivo paso hacia delante.

Interesante, emocionante, pero falta de alma. 

martes, 29 de octubre de 2013

CUERPOS ESPECIALES (5d10)

Sandra Bullock es una de esas actrices que no engañan. De acuerdo, tiene un Oscar y de vez en cuando se saca de la manga una interpretación sobria y comedida como la de Gravity, que si no le consigue el doblete al menos la meterá en la terma de candidatas a la estatuilla dorada. Pero, por lo general, no engaña. Sabe lo suficiente del negocio de Hollywood como para entender que el prestigio no da de comer, por lo que no tiene reparo alguno en caer una y otra vez en comedias facilonas y cargadas de estereotipos que es lo que realmente se le da bien.
Por muchos premios que pueda llegar a ganar en su carrera nunca será reconocida como una gran actriz, pero gracias a títulos como este sí puede presumir de ser una de las más taquilleras y mejor pagadas (sobre todo desde que julia Roberts parece peleada con su representante). Así, Cuerpos especiales sigue la línea de Miss Agente Especial  y su secuela explotando la vis cómica de la actriz y coqueteando con la acción, recordando que los comienzos de Bullock fueron con títulos como Demolition man o Speed. Si además comparte protagonismo con Melissa McCarthy (más desagradable y vulgar aún que en Por la cara), no tendremos la menor duda del sabor que tendrá esta receta.
El director, por cierto, es Paul Feig, que aparte de labrarse una carrera en televisión dio el pelotazo hace un par de años con La boda de mi mejor amiga, también con McCarthy en el reparto, así que imaginen por dónde van los tiros…
Bullock interpreta a Ashburn, una brillante agente especial del FBI totalmente incapaz de relacionarse con sus semejantes (si recuerdan su papel en La Proposición entenderán perfectamente los matices del personaje), que para conseguir un merecido ascenso deberá trabar codo con codo con una estrafalaria y totalmente anárquica policía de pueblo, Mullins (McCarthy). El choque cultural, social y profesional está servido y ambas se odiarán a muerte hasta comprender que son las únicas amigas que pueden permitirse.
Del resto del argumento poco hay que explicar, ya que importa más la relación entre ellas dos que el caso en sí, y los mejores gags de la función se reparten entre ellas dos, ya que en el fondo se trata de una buddy movie con un descarado aroma ochentero (bonito, aunque rozando la exageración, el homenaje en los títulos de crédito, en el que ellas dos se limitan a repetir sus tics más aplaudidos una y otra vez.
Pulula por ahí alguna cara conocida, como Demian Bichir, que en breve estrenará Machete Kills, Marlon Wayans, que aquí parece un actor y todo, lejos del histrionismo que mostraba en la saga Scary Movie, o Jane Curtin (inolvidable Allie de la serie Katie y Allie o la doctora Mary de Cosas de Marcianos), pero lo mismo podría salir el mismísimo Obama que nada ni nadie iba a hacer sombra a Bullock y McCarthy.
El resultado es una película que no por tópica deja de ser entretenida, con algún momento divertido y donde lo más incómodo de ver es el rostro estirado y artificial de Sandra Bullock, impoluta si hablamos de arrugas pero con serias dificultades para conseguir gesticular lo más mínimo.

Desde luego, no se le puede pedir más a la película, ya que ofrece lo que promete. Es poco, sí, pero sincero.

domingo, 27 de octubre de 2013

GRAND PIANO (4d10)

Si nos dicen que estamos ante una película española con reparto internacional y filmada en inglés, que es un thriller angustiante y relativamente claustrofóbico y que cuenta en su ficha técnica con Rodrigo Cortés, es difícil no pensar en la magnífica Buried. Sin embargo, con Cortés (aquí solo productor) cediendo la silla de director a Eugenio Mira (cuyo debut en Agnosia ya fue más bien flojito), la película que protagoniza Elijah Wood pierde en todas las comparaciones, resultando tristemente decepcionante.
A priori, el argumento es seductor: un pianista retirado desde hace cinco años por culpa del miedo al fracaso (falló estrepitosamente en su último concierto) vuelve a los escenarios ante una sala abarrotada y todos los focos centrados en él. Pero apenas comienza a tocar alguien lo amenaza a él y a su esposa, asegurando que los matará sin contemplaciones en caso de que falle una sola nota de la pieza más difícil de todo el repertorio (evidentemente, la misma con la que erró hace cinco años).
Una historia interesante no solo por su propio argumento como por el desafío de saber cómo puede trasladarse con eficacia a la gran pantalla (esa era precisamente la premisa más interesante de la mencionada Buried). Y la respuesta es sencilla, no se puede. Quizá habría funcionado como un episodio televisivo en aquellas añoradas series de intriga del estilo Alfred Hitchcock presenta…, pero la cosa no da para un largometraje entero, por mucho que dure apenas 88 minutos, incluyendo unos largos títulos de crédito, y que haya muchos momentos en que el guion es sustituido por Wood tocando el piano sin más (una delicia para los amantes de la música sinfónica, pero aquí de lo que se trata es de cine), por mucho que Mira quiera disfrazarse de artista con espectaculares movimientos de cámara que si bien convencen al principio terminan abusando tanto del traveling que se convierten en algo pedantes.
Dos son los lastres principales de la película. Por un lado, despojada ya de la paja que conforma su premisa argumental, la historia es una soberana tontería. Y sin duda tanto Mira como el guionista, Damien Chazelle (un tipo que tan solo puede ¿presumir? de haber escrito la historia en la que se basa El último exorcismo 2) son conscientes de ello, pues para evitar que se descubran los cientos de agujeros de la trama y adivinemos de antemano los escasos giros de guion optan por no contar apenas nada de lo que sucede. No es que sea necesario para entender la historia (en la vida real también pasan cosas sin que nos den un motivo o una explicación), pero en lugar de ser un convite a la reflexión muestra más bien la falta de ideas de los creadores que debían pensar que mantener a Wood atado a un escenario (lo cual tampoco es totalmente cierto) durante todo el metraje sería suficiente para justificar la existencia de esta película.
El segundo problema radica en su escasa verosimilitud. No soy un amante de la música clásica y, por descontado, no tengo ni idea de tocar el piano, por lo que no voy a poner en duda lo que se ve en pantalla. Pero no me lo creo. Y como doy por descontado que la gran mayoría del público objetivo tampoco son consumados pianistas, tampoco ellos se creerán que sea posible tocar el piano en el estado de ansiedad del protagonista mientras mantiene una conversación con el villano, escribe mensajes de móvil y pasea la mirada por los palcos tratando de distinguir la amenaza. Quizá sí que sea posible y haya un buen trabajo de documentación, pero en tal caso aconsejo a Mira y Chazelle (y a Cortés, de paso, que ha permitido que su nombre sea usado como reclamo publicitario, por lo que merece ser salpicado por la culpa) que se lean el magnífico libro de William Goldman Las aventuras de un guionista en Hollywood. Quizá así aprendan la diferencia entre realidad y verosimilitud.
En cuanto al reparto Elijah Wood es en gran protagonista de la función (junto al piano, por supuesto), en un nuevo intento (que me recuerda al caso de Daniel Radcliffe y Harry Potter) de refugiarse en el terror más intimista para librarse de la alargada sombra de Frodo Bolson, y cumpliendo sin problemas con las dificultades de su personaje. A su alrededor destacan unos correctos Alex Winter (desaparecido tras compartir protagonismo con Keanu Reeves en Las alucinantes aventuras de Bill y Ted y El viaje alucinante de Bill y Ted, hace ya muuuuchos años), Don McManus y Kerry Bishé, aparte de una breve presencia de Dee Wallace (actriz a la que recordaremos por E.T., Critters, Aullidos o Cujo -¡ah, aquellos añorados 80’!-). Y por cierto, un aviso a los que quizá vayan al cine atraídos por la participación de John Cusack en este film: vayan a verla en versión original. Es la mejor manera que tendrán de disfrutar de este actor, ya que su presencia física es tan breve como estúpida.

En fin, una película decepcionante, aburrida y fallida que proponía un desafío y termina sin ideas. Espero que Cortés se dedique mejor a producir que a dirigir, que Mira se lo plantee mucho antes de volver a dirigir y que Wood tenga más suerte en su próxima aventura española, Open Windows, de Nacho Vigalondo.

jueves, 17 de octubre de 2013

PRISIONEROS (7d10)

Puede que no sea una definición muy académica, pero personalmente considero película de cine todo aquel producto que ha sido estrenado en una sala comercial, es decir, todas las películas que no son consideradas X (y no es este el foro adecuado para recordar la absurda polémica que provocó hace unos años la ministra de cultura con la prohibición del estreno de una de las partes de la saga Saw) o destinadas directamente al circuito televisivo o, incluso, a su visionado directo en la red o en venta en DVD (por desgracia vamos a tener que ir olvidándonos del concepto de películas de videoclub).
Digo esto porque al comenzar el visionado de Prisioneros uno tiene una sensación similar al principio de la recomendable El mensajero, como si de un domingo por la tarde se tratase y estuviésemos acomodados en el sillón de casa viendo que telefilm nos ofrece la cadena de turno. Así que lo primero que se piensa es: ¿qué pinta Hugh Jackman (lo mismo que decíamos en el otro ejemplo con Dwayne Johnson) en un drama de sobremesa?
Y es que el arranque no puede ser más tópico: Dos familias felices son truncadas cuando alguien secuestra a las respectivas niñas y, ante la aparente ineficacia de la policía, el padre de una de ellas decide actuar por su cuenta. Vamos, otra vuelta de tuerca al ya clásico “padre coraje”.
Hay, sin embargo, algunos detalles que nos indican que no estamos ante un telefilm al uso. Para empezar, el reparto, encabezado por un magnífico Hugh Jackman que cada dos por tres nos recuerda que hay vida más allá de Lobezno (aunque todos sabemos, él incluido, que nunca se librará del estigma del mutante) y acompañado por unos más que correctos Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano, todos nombres reconocibles que brillan con luz propia y conforman el primer punto de interés del film.
El segundo punto en que debemos fijar nuestra atención es en el director, Denis Villeneuve, que ya fue nominado al Oscar por Incendius y que en breve volverá a remover nuestras consciencias con Enemy, de nuevo con Gyllenhaal en el reparto.
Pero el plato fuerte de la película es, no ya su historia (el lema es directo: ¿hasta dónde llegaría un padre por salvar a su hija?) sino el desarrollo de la misma. Partiendo como un thriller clásico y hasta cierto punto tópico la trama va introduciéndose en un terreno pantanoso y enfermizo plagada de decisiones difíciles aunque comprensibles y de escenas incómodas de ver, con giros de guion constantes (algunos más previsibles que otros) aunque siempre inteligentes pero que no lastran el resultado final, como sucede con otras películas de estas características, pues al final descubrimos que, por encima de saber dónde o cómo están las niñas, esta es una película de personajes, de enfrentamientos entre carácteres, de desesperación y de sacrificio.
Con una estética visual brillante, la película nos sumerge en una angustiante carrera contrarreloj en la que su principal virtud es la facilidad con la que el espectador consigue identificarse no ya con el protagonista sino con cualquiera de los personajes principales, ya sea un torturador, un supuesto asesino de niñas o un  padre atormentado con serios problemas de conciencia.
Así que no, definitivamente, no es un telefilm. Es la demostración de que una historia desgraciadamente demasiado cotidiana puede resultar en una gran película. Y tan dura que por momentos ni siquiera parece americana. Aunque lo es.

De ahí su final.

lunes, 14 de octubre de 2013

EL MAYORDOMO (7d10)

Estamos de enhorabuena. Por fin ha pasado el verano. Se olvida uno del calor, los escaparates de pueblan de calabazas y murciélagos y las rebajas dejan paso a los primeros arrebatos de las compras navideñas. Y en cine, tonterías estivales como El hombre de Acero, Pacific Rin o El llanero Solitario dejan paso a aquellas películas con serias aspiraciones a llenar sus vitrinas con los premios más prestigiosos del séptimo arte. Si la semana pasada la visualmente impresionante Gravity hacía el disparo de salida, es ahora turno de El mayordomo, una de las sorpresas de la temporada en los USA a la vez que una sencilla y entrañable historia río sobre un hombre negro que pasó más de veinte años trabajando para la Casa Blanca.
Cecil Gaines nació en una hacienda del sur donde estaba destinado a trabajar en los campos de algodón. Allí vio morir a su padre a manos de su patrón y enloquecer a su maltratada y violada madre, así que tan pronto tuvo edad de valerse por sí mismo salió por piernas de ese lugar y emigró al norte, donde aprendió a ser un “negro doméstico” con tanta eficacia que llegó a ser el mayordomo del mismísimo presidente de los Estados Unidos.
Bajo esta premisa, que se inspira en la verdadera historia de Gaines, Lee Daniels se embarca en una aventura que, lejos de pretender ser un biopic al uso, es un fiel retrato de la sociedad americana de final de siglo. Mientras se nos explica el conflicto familiar de Gaines, tan centrado en su papel de mayordomo que a menudo olvida que tiene una esposa y dos hijos, el verdadero trasfondo del film es el racismo que imperó (y se mantiene aún en demasiadas poblaciones americanas) en un país que era la tierra de las oportunidades dependiendo del color de piel de cada uno. Mientras los presidentes vienen y van por la vida de Gaines (con breves pinceladas de cada uno de ellos), el verdadero conflicto lo mantiene con su hijo mayor, pacífico revolucionario fiel a Luther King al principio y activista de los Panteras Negras de Malcolm X más adelante, en una reflexión sobre la oscuridad que hay en el alma humana que facilita que víctimas y verdugos intercambien roles a la menor ocasión.
Es aventurado a estas alturas pronosticar el Oscar para Forest Whitaker, aunque no me cabe duda de que se hallará entre los nominados, pues encabeza con firmeza un espectacular reparto donde todos rayan a buen nivel (incluso el habitualmente inexpresivo James Marsden), aunque tengan un tiempo demasiado limitado para destacar. Solo Oprah Winfrey dispone del protagonismo necesario para lucirse a la altura de su marido en la ficción, aunque personalmente encuentro que la presentadora es de lo peor del film, con una plasticidad en su rostro que resulta incluso incómoda de contemplar y que sólo convence en el (esperado) arrebato de furia cerca del final de la película. Así, por el Despacho Oval de la Casa Blanca (que por una vez consigue terminar una película intacta), desfilan Robin Williams como Eisenhower, Liev Schreiber como Johnson, James Marsden como Kennedy, John Cusack como Nixon y Alan Rickman y Jane Fonda como Ronald y Nancy Reagan, además de contar también con las interpretaciones de David Banner y David Oyelowo como los hijos de Gaines y las apariciones de Mariah Carey, Vanessa Redgrave, Terrence Howard, Cuba Gooding Jr., Lenny Kravitz y un largo etcétera.
Una vez más, el punto débil de la película es lo mucho que quiere abarcar en tan reducido tiempo, lo que dificulta que los menos conocedores de la historia contemporánea americana puedan perderse entre los recovecos de todo lo que sucede, en ocasiones apenas insinuado. Los problemas de Nixon con el watergate, el asesinato de Kennedy, la postura de Regan ante el apartheid , las diferencias de actitud entre Martin Luther King y Malcolm X… Todo está ahí, pero no siempre es fácil verlo y, mucho menos, reconocerlo.
Con todo, Daniels consigue que en ningún momento decaiga el interés tanto por lo que está sucediendo por todo el país (aterra pensar que actuaciones tan terribles contra la raza negra se dieran hace tan poco tiempo) como por la crisis en el matrimonio entre Cecil y Gloria, a la par que vamos aprendiendo cómo funciona el interior de la Casa Blanca, empleando con sabiduría el montaje paralelo en no pocas ocasiones y aderezándolo todo con una muy acertada banda sonora.

Quizá no sea tan redonda como para definirla como una lección de cine (o ni siquiera una lección de historia), pero se le acerca. Y Whitaker está, una vez más, de Oscar.

ZIPI Y ZAPE Y EL CLUB DE LA CANICA (6d10)

No resulta fácil entrar a valorar esta película, ya que son muchos los criterios diferentes que podemos seguir dependiendo de nuestra edad y expectativas. 
Si somos –como es mi caso- de los que nacieron a principios de los setenta y nos dejamos seducir por el título, seguramente esperaremos ver en la pantalla grande una recreación de esos gemelos revoltosos y de buen corazón que creó Escobar que competía con el humor absurdo de Mortadelo y Filemón en los tebeos de nuestra infancia, historias amenas y divertidas con un tono costumbrista que difícilmente tendría cabida en la España de hoy (de hecho se ha tratado de mantener la publicación en quioscos tras la muerte de su autor, pasando de forma totalmente desapercibida para las nuevas generaciones). Si ese es nuestro caso, la película nos resultará una terrible estafa. Porque, sin ningún tipo de duda, ni estos chicos son Zipi y Zape (ni siquiera son gemelos, ¡por amor de Dios!) ni vamos a poder identificarnos con su mundo (no esperen ver por aquí a don Pantuflo Zapatilla mandándolos al cuarto de los ratones, a doña Jaimita sacudiéndolos con el atizador de alfombras, ni están tampoco Don Minervo, Sapientín o los Plomez). En el extremo opuesto a la excesiva La gran aventura de Mortadelo y Filemón, de Javier Fesser, aquí Zipi y Zape son un mero reclamo publicitario tan válido como si hubiesen comprado en su lugar los derechos de las novelas de Los Cinco de Enid Blyton o cualquier otro icono nostálgico de hace treinta años, en una maniobra posiblemente fallida ya que el público al que puedan atraer con semejante artimaña saldrá de la sala tan decepcionado como enfadado, y en cuyo caso la valoración final de la película apenas alcanzaría para puntuarla con un uno (y sólo por el detalle de que, con la excusa del internado, se mantiene algo de fidelidad con el colorido de los uniformes). Incluso comienza la película mostrándonos las páginas de un libro con los personajes dibujados y estos no tienen nada que ver con los dibujos de José Escobar.
Hablando de tebeos, en la Marvel tienen una colección de comics llamada What if, cuya única premisa argumental es presentar una historia fuera de la continuidad oficial con un condicionante. ¿Y si el tío Ben de Spiderman no hubiese muerto? ¿Y si al recibir sus poderes los Cuatro Fantásticos hubiesen decidido ser villanos? Cosas así.
Hagamos un experimento. Con esa serie en mente, imaginemos que esta película se hubiese titulado: “¿Y si Los Goonies hubiesen estudiado en un Hogwarts regido por un Snape nazi?” Con esta premisa y recordando siempre que en realidad la película va dirigida a un público infantil que ni saben ni les importa quién fue el Escobar ese, la película puede verse ya con otros ojos, descubriendo entonces un interesante producto de aventuras con capacidad de sorprender a lo largo del metraje en el que un grupo de chicos (marginales) se alían para vengarse por las noches de los abusos a los que los profesores y guardias de un internado (encabezados por su déspota director) someten durante el día. Y hete aquí que en una de esas escaramuzas nocturnas se encuentras de bruces con un gran misterio.
Descaradamente influenciada por Harry Potter (triángulo amoroso con ataque de celos incluido), la película de Oskar Santos supone un refrescante divertimento para los más pequeños, que no acusarán las limitadas actuaciones de Daniel Cerezo y Raúl Rivas en los roles protagonistas, aunque puede pecar de tópica e ingenua para mentes más maduras, aunque si son ustedes capaces de rescatar al niño que todos llevamos dentro es una buena propuesta para dejarse llevar y disfrutar de misterios y aventuras sin muchas pretensiones.
Quizá lo que más se eche en falta sea un antagonista a la altura, aun acompañante al gran villano (magistralmente interpretado por Javier Gutiérrez), vamos, un Sloth, para que me entiendan, ya que ni el celador interpretado por Christian Mulas ni la versión castiza de Draco Malfoy parecen suficiente.
No está a la altura de Los Goonies, por supuesto, pero ¿quién pretende estar a la altura de Richard Donner?

Perdidos en medio de la cartelera de otoño (donde se fusionan los últimos retazos del cine palomitero veraniego y las primeras apuestas de cara a los próximos Oscars), Zipi y Zape y el Club de la Canica es, como si de un tebeo se tratase, la hoja de los pasatiempos.

sábado, 5 de octubre de 2013

RUNNER, RUNNER (6d10)

Runner, runner es una de esas películas que llegan con mucho ruido, prometiendo el oro y el moro y cubiertas por un bonito papel de regalo que si bien invita a pensar que esconde algo maravilloso realmente no permite ver de qué se trata.
Desenvuelto el paquete y quedando sus cartas al descubierto (nunca una metáfora había sido tan apropiada), Runner runner acaba decepcionando no por ser una mala película (que no lo es) sino por quedarse en las puertas de lo que proponía y pareciéndose demasiado a otras apuestas que también acababan quedándose en fuegos de artificio. Si usted es de los que se aburrió con 21 blackjack o se sintió estafado con la reciente Ahora me ves, olvídese de esta película, ya que detrás de la exótica  ambientación de los casinos y las lujosas fiestas privadas paralelas, la historia es demasiado simple y previsible para emocionar tanto como pretende, más si tenemos en cuenta que los primeros cinco minutos parecen invitar a reflexionar sobre el mundo de las apuestas y sus consecuencias y al final se olvidan de cualquier tipo de mensaje para limitarse a explicarnos una historia de engaños y traiciones con algunos tópicos demasiado evidentes (el prota que le liga a la novia del jefe) y giros de guion previsibles, apoyados además en unos actores algo faltos en carisma.
Justin Timberlake (ese cantante metido a actor que solo destaca por saber colarse en proyectos ya interesantes por si solos –como Ciudad sin ley, donde secundaba a Kevin Spacey y Morgan Freeman,  o La Red Social, en la que estaba de paso- pero sin fuerza para sostener películas en las que todo el peso interpretativo cae sobre sus espaldas, caso de In time o Bad Teacher) interpreta a Richie Furst, un pijito que vive sobretodo de las apuestas por Internet y pierde todo su dinero en una partida de póker on-line. Convencido de que ha sido timado se va a Puerto Rico (insisto, ha perdido todo su dinero, pero no tiene problemas para pagar un billete de avión y un hotel, ¿me lo explican?) a verse con el que parte el bacalao en esos temas, un tal Ivan Block interpretado por Ben Affleck (sí, sí, el tío a que todo el mundo odia por internet por su interpretación de Batman aun antes de haberse iniciado siquiera el rodaje), con el simple objetivo de echárselo en cara. Y aquí debería acabar la película sino fuese porque al Block este le cae en gracia el pardillo y lo convierte en su mano derecha, instalándolo en un lujoso hotel y haciéndolo millonario. Y el pardillo no solo se lo traga sino que encima trata de levantarle a la chica, una Gemma Artenton que pasa toda la película con la misma expresión, pese a que la propia CIA (representada por el agente Shavers, interpretado por Anthony Mackie, de actualidad también por Dolor y Dinero) le avisa de que Block no es trigo limpio.
Pero no se equivoquen, no por previsible y tópica la película de Brad Furman merece ser suspendida. Superado el desconcierto inicial por culpa del high que la antecedía, y conscientes ya de que no estamos ante una obra maestra, la película es agradable de ver, permitiéndonos disfrutar de secuencias interesantes y un relativo suspense que termina dejando un buen sabor de boca.

Entretenida sin pretensiones, Runner runner es un buen pasatiempo. Pedirle más sería equivocarse.