sábado, 16 de febrero de 2019

LA BUENA ESPOSA

Con la ceremonia de los Oscar a la vuelta de la esquina, es buen momento para tratar de recuperar alguna de las películas que se escaparon de la cartelera en su momento con opciones a llevarse algún premio, y gracias a las segundas oportunidades que algunos cines dan a las películas más minoritarias he podido acceder a la que, casi con toda seguridad, se va a llevar el premio a la mejor actriz principal para Glenn Close.
Sin ser una mala película, lo cierto es que La buena esposa es Glenn Close y poco más. Sí, la historia es interesante y funciona muy bien y Jonathan Pryce está a la altura como supuesto protagonista, pero la puesta en escena es tan floja que impregna cierto aire de telefilm al resultado final de la misma.
Uno de los posibles problemas de la película (y no sé si es culpa de la productora, de la distribuidora o de la prensa) que desde el primer momento se sabía de qué iba la cosa: de un escritor al que conceden el Nobel cuyos libros, en realidad, son obra de su mujer, mientras que la película pretende mantener el misterio hasta bien avanzada la película. Así, en plena época del ·#meetoo, la denuncia se puede acercar a la de casos reales como Big eyes, de Tim Burton (allí eran cuadros) o la más reciente Colette, aunque en ambos casos se trataba de películas más ambiciosas y de mayor presupuesto.
La buena esposa transcurre en apenas unos días, alrededor de la ceremonia de entrega del premio, y recurre a flashbacks algo innecesarios para rememorar el pasado de los protagonistas. Intenta, eso sí, tocar otros palos, como el sacrificio del hijo de estar a la sombra de un genio, o la duda sobre si para un escritor lo importante es el simple hecho de escribir o el de ser reconocido.
Con todo, sin ser una gran película ni tener una dirección demasiado virtuosa, cumple con su cometido de reflejar las tensiones entre un matrimonio enfrentado por sus respectivos talentos y los diversos roles que deben cumplir de cara a la sociedad y que tiene en el sobrio trabajo de Close su mejor baza, con una interpretación de esas de grandes miradas y largos silencios en los que no necesita decir nada para que se entienda todo.

Valoración: Seis sobre diez.

THE PRODIGY

Después del momento de esplendor que vivió el cine de terror desde finales de los 70 hasta entrados los años noventa, con la proliferación del concepto del slasher por obra y gracia de John Carpenter y con grandes sagas cuya culminación vino de la mano de Wes Craven y su Screen. 
Desde entonces, hubo un vacío creativo que solo james Wan consiguió revitalizar gracias a las franquicias de Saw, Expediente Warren e Insidious, pero a la vez se convirtió en un modelo a seguir que se tradujo en multitud de fotocopias insoportables y totalmente carentes de imaginación (a las que hay que sumar la moda del found footsage o metraje encontrado que terminó por arruinar definitivamente el género).
Desde entonces, solo pocas obras logran sobresalir del abuso de efectos sonoros y sustos fáciles para conseguir ser considerados buenas piezas de terror, siendo principalmente casos casi independientes y minoritarios (terminando por ser obras de culto), como podría ser La Bruja, Babadook, Hereditary y demás…
The Prodigy no está a la altura de estas, pero al menos se distancia de la típica producción de Wan (o de Jason Blum, por nombrar al otro gran impulsor del género), consiguiendo un tono clásico que la acerca más a títulos como La Profecía, de Richard Donner que a cualquier historia de niño poseído que pudiera pertenecer al Warrenverso.
Como es de suponer, no se puede encontrar en The Prodigy una originalidad extrema, pues el concepto de la posesión infantil es casi un género en sí mismo, pero al menos tiene las suficientes virtudes como para conseguir aterrorizar y angustiar sin caer en recursos demasiado simplistas, consiguiendo que la historia predomine siempre por encima del efectismo y que, más allá de que cada uno acepte entrar más o menos en el juego que propone, resulte más interesante y verosímil que la media de productos de estas características.
Así, no estamos ante una producción que merezca elogios desmesurados, pero al menos cumple con su función de entretener y asustar a partes iguales, que es lo mínimo que se debe pedir a este tipo de películas, con unas interpretaciones que, sin nombres conocidos, logra estar a la altura de las circunstancias, jugando con entremezclar el terror de los asesinatos con el drama familiar.

Valoración: Seis sobre diez.

LA LEGO PELÍCULA 2

Debo reconocerlo de antemano. Puede que no sea completamente objetivo con este tipo de películas, pero, la verdad, es que nunca le he encontrado la gracia a eso de hacer una película con piezas de Lego. Sí, de entrada, tiene un punto de originalidad que la diferencia de una película de animación más clásica, pero una vez superada la sorpresa inicial la cosa me empieza a cansar e incluso aburrir.
Ya lo comenté con la alabada por todos La Lego Película, y con Batman: la Lego película llegué a sentirme incluso hastiado con el batiburrillo de piezas salando por los aires y planos confusos que se me antojaron como el caos visual de los Transformes de Michael Bay traducido a la animación.
Cierto es que, con Lord y Miller como guionistas, el punto de locura en La Lego Película 2 funciona bastante bien, pero al final la única gracia estriba en los guiños referenciales a otras franquicias clásicas del cine (en especial a las de los superhéroes DC), con Batman de nuevo como objeto de burlas que mejor funciona. Por el contrario, lo que en La lego película más sorprendía (ese final en el que se traspasa la barrera de la imaginación para conectar los juguetes con el mundo real) se usa aquí como recurso del que se abusa en exceso, de manera que el humor que se supone que debe proceder de la contraposición entre realidad y fantasía no deja de ser un remiendo del humor que se desprende de la contraposición entre el mundo miniaturizado y el normal de películas como Ant Man.
El resultado de todo es que, pese a los gags aislados que funcionan más o menos bien y a que se ha intentado subir el grado de épica de la película, incluyendo un nuevo mensaje simplón de moralina rancia (has de querer y respetar a tu hermana pequeña), a mí, las aventuras de ese tontaina llamado Emmet pronto me dejaron de interesar y que, quitando esas pocas sonrisas mal contadas que he mencionado, el resultado final me resultó aburrido.
Insisto, puede que el motivo sea simplemente que estas películas no son para mí, pero la verdad es que es la tercera oportunidad que doy a una película Lego y es la tercera vez que salgo del cine pensando en que he perdido el tiempo durante casi dos horas. Ya veremos si hay una cuarta…

Valoración: Cuatro sobre diez.

jueves, 14 de febrero de 2019

JEFA POR ACCIDENTE

La mejor palabra que podría definir una película como Jefa por accidente es efectiva.
Dudo que nadie que se acerque a un film de estas características espera grandes sorpresas ni vaya a tener un nivel de exigencia demasiado fino. Estamos ante uno de esos casos de comedia previsible, cuyo esquema argumental se puede adivinar paso a paso y cuya gran baza es la simpatía que pueda provocar (o no) la protagonista Jennifer Lopez en el espectador.
Sabiendo esto, conviene reseñar que, pese a ser un producto de lucimiento para la actriz (faceta que últimamente tenía algo abandonada en favor de su trabajo como cantante y musa de Instagram), cuenta con algunos valores añadidos, como es el caso de su director, Peter Segal. Bien es cierto que Segal, como la Lopez, llevaba un tiempo alejado de las cámaras de cine, refugiado sin demasiada pompa en la televisión, pero a él se le deben títulos tan recordados como el cierre de la saga Agárralo como puedas, Ejecutivo agresivo, 50 primeras citas, Superagente 86 o La gran revancha, con lo que está claro que se encuentra cómodo en la comedia ligera, de tono blanco y gotitas de lágrima fácil.
Eso es lo que es esta historia sobre una mujer inteligente y decidida que no tiene opción a demostrar su valía por carecer de unos estudios y un currículo que le abra las puertas necesarias. Una mirada al mundo de las oportunidades laborales que no se entretiene mucho en querer ser una denuncia social para profundizar más en los vaivenes cómicos de la protagonista y en una subrama familiar que, buscando emocionar con simpleza, termina por funcionar mejor de lo que cabría esperar.
Con una Vanessa Hudgens que, físicamente, está en las antípodas de su reciente participación en Polar, y la presencia de tipos como Treat Williams, Milo Ventimiglia o Alan Aisenberg, la película termina dejando un regusto agradable, consiguiendo que poco importe lo inverosímil de su trama o los giros de guion pillados por los pelos, logrando el mérito de ser, por lo menos, más potable que la mayoría de comedias simples y carentes de pretensiones de estas características y que, sin ser tampoco nada del otro mundo, se deja ver con agrado, rememorando aquellas comedias de una época anterior a la de los Farrelly, Apatow y compañía, la de las comedias románticas de Julia Roberts y Meg Ryan, todas cortadas por un mismo patrón pero cuya fórmula funcionaba sin altibajos.
Poco más se puede esperar de ella, pero, a la vez, tampoco ofrece menos de lo que se podría esperar.

Valoración: seis sobre diez.

sábado, 9 de febrero de 2019

MARÍA, REINA DE ESCOCIA

La historia de los Estuardo, más concretamente de María I de Escocia (es decir, Mery Stuart, que en esta época empieza ya a rechinar eso de traducir los nombres propios), no es algo novedoso en el mundo del cine. A bote pronto me vienen a la cabeza las interpretaciones que de esta malograda monarca hicieron Katherine Hepburn en la versión de John Ford del 36 o la de Vanessa Redgrave en la adaptación que hizo Charles Jarrot en 1971, por no mencionar las visiones de la historia desde el punto de vista de su contrapartida inglesa, Isabel I, en Elizabeth, la edad de oro, en la que Samantha Morton daba vida a María y Cate Blanchett a Isabel.
En la era del #meetoo, era inevitable ver en pantalla otra recreación de la época en que dos mujeres pugnaban por el poder en la siempre difícil relación entre Escocia e Inglaterra, y ha sido también una mujer, la debutante Josie Rourke, quien se ha hecho cargo del proyecto de María, reina de Escocia. Rourke tenía amplia experiencia como directora artística teatral, y ello se ve reflejado en el cuidadoso diseño de producción del film, con una puesta en escena elegante y detallista que, junto al trabajo de sus dos intérpretes principales, constituyen lo mejor del film.
No es momento ahora de descubrir los innegables valores de Saoirse Ronan y Margot Robbie, que, aunque no hayan sido tenidas en cuenta de cara a los Oscar de este año (donde sí está representada la película en los apartados de vestuario y maquillaje y peluquería), si se enfrentaron el año pasado por Lady Bird y Yo, Tonya respectivamente, siendo finalmente derrotadas por Frances McDormand. No obstante, ambas hacen un trabajo impecable, adaptándose a la situación de sus personajes a lo largo del tiempo y dando un empaque a la película que peca en ocasiones de un abuso estético por encima del narrativo.
La película es muy interesante, con momentos de épica y emoción, pero adolece de un cierto ritmo errático que hace que por momentos se hubiese agradecido algo de tijera en la sala de montaje. Aún así, estamos ante una propuesta estupenda, un gran retrato de dos mujeres enfrentadas pese a la distancia (aunque el papel de Isabel I es, en realidad, bastante relativo a lo largo de la historia narrada) y cuyo discurso feminista se puede intuir (apreciar incluso), sin que pueda por ello ser tachada de película discursiva.
Una película que interesará a todos aquellos que deseen profundizar un poco más en la historia de la construcción de Gran Bretaña (y que podría formar un tríptico junto a Braveheart y El rey proscrito, aunque de las tres esta es sin duda la más fiel a la realidad) para entender mejor las siempre convulsas relaciones entre Escocia e Inglaterra, además de a todos aquellos que disfruten con las sagas de historias palaciegas y conspiraciones por hacerse con el trono, algo sobre lo que también habla La favorita, película que posiblemente haya eclipsado a esta en los grandes premios también por su propuesta sobre féminas luchando por el poder.


Valoración: Siete sobre diez.

POLAR

En un año en el que Netflix promete ser un referente definitivo en el mundo de los largometrajes, Polar es su primera propuesta supuestamente potente.
Con producción a caballo entre Estados Unidos y Alemania y basada en un comic del valenciano Victor Santos, esta ópera prima del realizador sueco Jonas Åkerlund podría definiste con una sola palabra: excesiva.
Buscando un delirio visual intencionado, la película es excesiva en casi todos los sentidos: en el uso del sexo gratuito y artificial (desde primeros planos de culos y escotes que harían sonrojar incluso a los autores de cualquier Fast & Furious hasta la innecesaria escena entre el protagonista y una de sus atacantes), en la violencia extrema (con momentos que rozan el gore y que, a la postre, es de lo mejor de la película), y en el tono grotesco que desprende gran parte del film, con un colorido y unas interpretaciones que ahondan en lo ridículo que denotan más las intenciones del director de llamar la atención que en pretender hacer algún tipo de obra con personalidad.
Precisamente este último detalle es lo que más llama la atención del film la gran diferencia entre los momentos más oscuros e incluso intimistas alrededor del protagonista (un Mads Mikkelsen que, sin esforzarse demasiado, es lo mejor de la película) y todo lo que rodea a los villanos de la trama. El argumento, sin ser nada del otro mundo, se planteaba estimulante: una agencia de asesinos que, debido a el magnífico plan de jubilación que ofrece a sus empleados, se dedica a liquidarlos poco antes de llegar dicha jubilación para ahorrarse un buen pastizal. Pero cuando es el turno de Duncan (en personaje de Mikkelsen), una especie de John Wick crepuscular que solo quiere retirarse en la soledad de su cabaña perdida en medio de la nada, este no va a ponerle las cosas nada fáciles a la organización. Y aunque John Wick sea, precisamente, el principal referente de Polar, las diferencias estéticas y de valor interpretativa (por ahí andan Vanessa Hudgens y Katheryn Winnick, la Lagertha de Vikingos, el resto son caras desconocidas y de dudosa calidad actoral) la ponen a muchos escalones por debajo de la (en breve) trilogía a mayor gloria de Keanu Reeves, aunque la mayor libertad que Netflix otorga a sus creadores permite una violencia descarnada que, al menos, supone un aliciente que muchas producciones de cine no se pueden permitir.
Al final, la película resulta ser tontorrona, grotesca y ridícula, pero al menos cumple con el objetivo de entretener y funciona como propuesta descerebrada para una sesión de cine e la que no se quiera perder el tiempo en reflexiones profundas y se contente uno con ver a Mikkelsen partiendo la pana en un entorno estúpidamente irreal.

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 5 de febrero de 2019

PREMIOS GOYA 2019

Un año más se ha celebrado la fiesta grande del cine español. Hace apenas unos días los premios Feroz coronaban a El Reino como mejor película dramática del año (recordemos que aquí hay dos catalogaciones, ganando Campeones como mejor comedia), al igual que a su director, Rodrigo Sorogollen y a sus dos actores principales, Antonio de la Torre como protagonista y Luis Zahera como actor de reparto, por lo que se podría imaginar (a la espera de los Fotogramas de Plata) que iba a repetir éxito en los Goya.
Ciertamente, en una gala presentada por Andreu Buenafuente y su mujer Silvia Abril, algo mejor que la del año anterior pero tampoco como para tirar cohetes, El Reino se llevó los principales premios, repitiendo director, actores y guion, pero la gran sorpresa fue cuando Campeones (que ya se había llevado un par de premios, a la canción y al actor revelación) fue designada como mejor película.
En una ceremonia sin demasiada emoción, más allá del discurso de Jesús Vidal y la entrega del Goya de honor a Narciso Ibáñez Serrador (contando para la ocasión con la presencia de sus discípulos más avanzados: Amenábar, Balagueró, Bayona, Cortés, De La Iglesia, Fresnadillo, Plaza y Vigalongo, vamos, lo mejor de lo mejor entre el fantástico español), Campeones ha sido la gran sorpresa, pues pese a llevarse solo tres cabezonas, en contra de los siete de El Reino, el ser designada como mejor película deja muchas dudas sobre si lo que se premia es la calidad cinematográfica de un producto o su calidad humana.
No voy a negar los méritos de Campeones, un verdadero canto en pos de la integración y un meritorio esfuerzo por hacer visibles a unos miembros de la sociedad en ocasiones marginados y ninguneados, pero de ahí a decir que el film de Fresser es lo mejor del año… Poco dice en favor del cine español del 2018. O es que quizá los académicos no han visto Petra, Todos lo saben o Quién te cantará (que se ha tenido que conformar con el reconocimiento a una de sus actrices). Al menos la brillante La sombra de la ley se ha impuesto en el apartado técnico con tres premios más.
Más allá de gustos particulares, la gran pregunta es: ¿Cómo puede una película tener al mejor director, al mejor guion y a los mejores actores (aparte de la mejor banda sonora, montaje y sonido) y no ser la mejor película del año? ¿Qué méritos tiene Campeones para poder decir que es mejor que El Reino? Insisto, un despropósito cinematográfico que demuestra que el criterio no es todo lo ecuánime que debería y que solo sirve para dar la razón a aquellos que aseguran que los premios de cine no sirven para nada. En Estados Unidos aún deben estar carcajeándose al ver la candidatura española por una película cuyo esquema argumental hacen ellos año sí año también…
En fin, que mejor no hacer más leña y felicitar a Sorogoyen por su éxito y a Jesús Vidal como representante de todos sus componentes no profesionales del reparto de Campeones. Y una mención rápida a los otros títulos que lograron rascar alguna cosa también, como Carmen y Lola, La noche de los 12 años, La enfermedad del domingo, El hombre que mató a Don Quijote o SuperLópez. En el apartado extranjero, no hubo color (si me permiten el chiste): Roma y Cold War.
Aquí podéis consultar el listado completo. Ahora, a pensar ya en los Oscar...

sábado, 2 de febrero de 2019

BAJO EL MISMO TECHO

La premisa de Bajo el mismo techo es muy clara: Divorcio + hipoteca = guerra. Bajo ese concepto, es de suponer que lo que iba a salir de aquí sería una comedia muy desmadrada que analizara la actualidad de la guerra de sexos, pero han pasado ya treinta años desde La guerra de los Rose, de Danny DeVito y la cosa no parece haber cambiado tanto.
La mención a la película protagonizada por Michael Douglas y Kathleen Turner no es casual. Las similitudes son tantas que incluso, supongo que, como aceptación a lo innegable, se llega a mencionar en un momento dado de la película, aunque los resultados estás a una distancia infinita.
Dirigida y co-escrita por Juana Macías, la película tiene un buen punto de partida, pero todo se va al garete en el mismo momento en que se intuye que la más mínima denuncia social ha quedado relegada a la simple anécdota para dejarlo todo en manos del humor más aparatoso y casi hasta grotesco, mientras que los protagonistas están delimitados por unos personajes apenas dibujados, totalmente arquetipos (ni faltan ni los clásicos amigos como apoyo narrativo), que impiden que Jordi Sánchez y Silvia Abril (viejos conocidos) puedan lucir como saben, quedando limitados a simples caricaturas condenadas a la exageración.
Toda buena película de enfrentamientos debe invitar al espectador a inclinarse hacia uno u otro bando, siendo la película que aporta suficientes motivos por ambas partes como para crear la duda la que merece una mayor consideración. En este caso, el enfrentamiento entre los protagonistas, en lugar de servir como base para una reflexión conciliadora e integradora, no hace más que promover el desprecio irracional hacia el género contrario, invitando a que el espectador masculino se decante hacia el protagonista masculino y el espectador femenino haga lo propio con el personaje de ella. Craso error, que solo puede aspirar a trasladar a la pantalla las miserias de la vida real. Y más cuando, siendo mujer la directora, es imposible alcanzar ese equilibrio tan necesario para que el invento funcione, haciendo que su desenlace roce casi lo insultante.
Bajo el mismo techo tiene muchas situaciones locas y disparatadas, y eso sin duda conectará con un cierto tipo de público que peda llegar a soltar más de una carcajada (alguna escuché en el cine donde la vi), pero que desde mi punto de vita resulta tan estúpida y superficial, tan cliché y plana, que apenas logro hacerme sonreír en un par de ocasiones, logrando indignarme más que divertirme.
Y es que, sin menospreciar a ninguno de los actores, los que menos culpa del despropósito tienen (de hecho, Daniel Guzmán y Malena Alterio son de lo mejorcito que hay), el ver un reparto tan claramente televisivo ya anticipaba por donde iban a ir los tiros. Y es que los tiempos del humor televisivo fácil ya han pasado. Y este, además, casi nunca ha funcionado en su trasvase al mundo cinematográfico.

Valoración: Cuatro sobre diez.

GREEN BOOK

Si me hubiesen dicho hace unos años que iba a ensalzar una película dirigida por alguien apellidado Farrelly no me lo habría podido creer. Cierto es que, trabajando los dos hermanos juntos, lograron clásicos como Algo pasa con Mary o Dos tontos muy tontos, pero su “magia” parecía haber caído en el olvido, limitándose a comedias sin gracia de humor grueso y chabacano. Dos tontos todavía más tontos es el mejor ejemplo de ello.
Sin embargo, dirigiendo por primera vez lejos de la sombra de su hermano, Peter Fallerry ha demostrado con Green Book que aún merece ser tomado muy en serio. Aquí, en un relato inspirado en una historia real (y cabe subrayar lo de inspirado, a raíz de las quejas de algunos de los implicados), Farrelly demuestra que no es necesario ser afroamericano para poder tratar el problema racial en los Estados unidos, y consigue un alegato en favor a la igualdad y la integración muy por encima de lo que propone Barry
Jenkis con la aburrida El blues de Beate Street.
Green Book narra la improbable relación entre Tony, un caradura y vividor matón, honesto y fiel a sus ideales, de ascendencia italiana, y el Doctor Don Shirley, un pianista negro de alta sociedad que decide contratarlo como chofer para realizar una gira por los estados sureños del país.
Con semejante premisa, y una construcción a medio camino entre la buddy movie y la road movie, Farrelly no se limita al típico juego de dos personas distintas que se acaban entendiendo entre sí. Habría sido muy fácil pintar a Tony como un racista descerebrado que a fuerza de convivir con Doc termina simpatizando con su causa. Aquí hay mucho más en juego, como las diferencias entre clases sociales (los negros también tienen de eso) y la capacidad por saber reconocer los orígenes propios y abrazarlos como tal. Y eso se demuestra en la figura del prestigioso pianista, que pese a realizar semejante gira para desafiar a unos estados racistas y demostrar la dignidad de su raza, tampoco es capaz de sentirse cómodo entre los suyos. Quizá sea por eso por lo que, pese a que toda la historia avanza al ritmo de Tony y que el trabajo de Viggo Mortensen es impresionante, se ha terminando reconociendo a Mahershala ali como el protagonista de la función.
Ciertamente, ambos actores estás sobresalientes, mostrando una gran química entre ellos y sabiendo aportar el punto de humor y humanidad quela historia necesitaba. Una historia que, pese a algunos momentos duros e indignantes, no deja de ser una comedia muy agradable, una de esas muestras de que conviene a veces cambiar de discurso para ser escuchado mejor (algo parecido a esa otra maravilla de hace un par de años que fue Figuras ocultas), sin caer en los tópicos de que ni todos los negros comen pollo frito ni todos los polis blancos son unos racistas de mierda.
Definitivamente, Peter Farrelly ha demostrado que saber hacer algo más que tontadas de medio pelo, consiguiendo una obra magnífica, tanto en su discurso como en su puesta en escena, de cuidado paisaje musical, con momentos de gran ternura (esas cartas que Tony escribe a su mujer), una historia que, por encima de la diferencia de raza, va sobre la amistad entre dos hombres de mundos diferentes y de como aceptarse a uno mismo y a sus semejantes.
Green Book, sin renunciar a señalar con el dedo (me parece escalofriante la existencia de un libro como el que refleja el título, dedicado a mostrar hoteles a los que puede ir un negro cuando viaja, todos ellos de ínfima calidad), es una historia humana, de esas que, una vez vista, invita a plantearse ser mejor persona.

Valoración: Nueve sobre diez.

EL BLUES DE BEALE STREET

Hace apenas un ar de años, el desconocido Barry Jenkins saltó a la palestra al ganar el Oscar a la mejor película con Moonlight(espoleado también por la grotesca equivocación de Warren Beatty y Faye Dunaway), una obra a mi entender sobrevalorada y que parece haber caído en el olvido con el paso del tiempo (y eso es que hablamos casi de antes de ayer).
El blues de Beale Street es su nueva película, y en ella el tema racial vuelve a estar como telón de fondo, aunque acompañado de una historia de amor demasiado acaramelada (y hasta algo cursi) que entorpece la narrativa.
Lo cierto es que el arranque es sorprendentemente bueno, con la joven protagonista anunciando a sus padres y futuros suegros su embarazo, en un momento muy divertido de diálogos afilados que recuerda los momentos más inspirados de Un dios salvaje. Pero es solo un espejismo.
A partir de ahí, la película transcurre en dos corrientes temporales: el presente, en el que el futuro padre está en la cárcel por una violación que dice no haber cometido, y el pasado, en el que vamos conociendo como creció su amor. Al final, mezclando ambas tramas, uno puede encontrar un punto de interés en saber cómo va a desarrollarse la trama judicial, mientras que el resto es puro relleno que no hace más que invitar al aburrimiento. Está bien seguir denunciando el racismo y recordar que las cosas siguen estando muy mal para ciertos colectivos, pero en la época en la que vivimos se debería exigir un poco más de calidad en la denuncia, evitando caer en los tópicos de siempre (esa escena con el poli blanco matón, por ejemplo). Quizá Jenkis podría tomar ejemplo de Farrelly y su magnífica Green Book.
En fin, otra muestra más de la arrogancia de Barry Jenkins, que, pese a querer hablar de los problemas de gente pobre y marginal lo hace desde las alturas, con planos en los que demuestra lo mucho que se gusta a sí mismo, en un ritmo muy lento, buscando (sin conseguir) una poesía nada original. Moonlight me pareció una película floja en su momento, pero al menos me pilló con el pie cambiado y logró sorprenderme lo suficiente como para verle unos méritos que dudo que tuviese. En el caso de El blues de Beale Street no pienso volver a caer en el mismo truco y, pese a que podría estar un poco por encima de aquella, esta vez no me voy a dejar cegar por el brillo de sus artificios.
Aprueba, sí, pero poco más.

Valoración: Cinco sobre diez.

LA CASA DE JACK

Siempre resulta complicado acercarse a los mundos propuestos por Lars von trier, uno de los directores más polémicos (tanto a nivel profesional como personal) cuyas obras suelen ser odiadas y amadas por igual, pese a la irregularidad de sus propuestas.
Poco después de firmar uno de sus mejores trabajos con Melancolía (y volver a caer con Nynphomaniac) y estar en el ojo del huracán por sus declaraciones afirmando que simpatizaba con Hitler, Lars von Trier presenta una película hiperviolenta sobre un asesino en serie con el que es difícil lograr el más mínimo ápice de empatía. Es. Precisamente, esa falta de construcción moral, de mínima justificación hacia sus actos, lo que más ha molestado a sus detractores, que ven al Jack de la película como un promotor de violencia gratuita, una violencia que escandalizó en el pasado festival de Cannes y que fue considerado por muchos como demasiado extremo y desagradable (más si contamos que entre sus víctimas se encuentran niños).
A mi modo de entender, hay dos maneras de interpretar la película, y en ambas quedé suficientemente convencido. Por un lado, tenemos una historia de violencia relativamente clásica (hasta llegar al acto final), sobre una mente enferma, pero calculadora que no puede evitar ceder ante sus instintos más salvajes. Aquí Matt Dillon, un gran actor, pero sin esa gran película que defina su carrera, está soberbio, consiguiendo una interpretación impactante a la vez que contenida, sin caer en histrionismos ni sobreactuaciones a las que su personaje podría invitar. Además, Lars von Trier lo que en realidad parece plantear es, en realidad, una comedia muy negra, y secuencias como la de Jack en la furgoneta analizando una y otra vez las manchas de sangre que podría haber pasado por alto tras su último asesinato me parecieron de lo más divertido que he visto en bastante tiempo.
Por otro lado, se podría pensar que todo esto no es más que una metáfora, un autorretrato del propio Lars von Trier en el que analiza su propia filmografía, su relación asesina con la crítica. Él mismo es, en realidad, ese asesino de mujeres, ese maltratador con trastorno obsesivo compulsivo, que se enfrenta a su propia verdad en busca de una redención que sabe que no va a conseguir y que le lleva, inevitablemente, a un descenso a los infiernos absolutamente literal.
Es La casa de Jack una película de horror y violencia, pero es también una película sobre el arte en todos sus sentidos, convirtiendo al criminal el artista y presentando una galería de obras que van desde las propias representaciones con las víctimas hasta los pasajes pertenecientes al viaje final del protagonista, siendo la representación de La barca de Dante, de Eugene Delacroix, el momento cumbre.
Lars von Trier no reniega de sus referentes, y si para la construcción de su Jack recurre a una mezcla de asesinos reales (desde Ed Gein hasta Ted Bundy) y ficticios (Jack el Destripador y Hannibal Lecter están también ahí), pero hay también mucho de Poe, del humor negro de los Coen de Fargo o del Mary Harron de American Psycho, el absurdo retorcido de films como Saw y, por supuesto, de la Divina comedia de Dante. Y hay mucha reflexión interna, quizá para justificar sus actos o, tal vez, para reincidir en ellos. El creador, el autor, es un asesino, un francotirador, y en esta película Von Trier dispara con bala, responde a las críticas de misoginia reflexionando en el debate interno del protagonista sobre si todas las mujeres (o al menos todas las que él mata) son estúpidas, y se burla de sus meteduras de pata nacistas poniendo a Bruno Ganz (el Hitler de El Hundimeinto) como voz de la conciencia de Jack (o quizá su ángel vengador, cada uno decidirá) y hablando sobre el arquitecto del III Reich Albert Speer con imágenes del Holocausto de fondo.
Lars von Trier no pide perdón. Se defiende contraatacando. Y si bien su discurso pueda resultar algo obvio (no es una metáfora tan compleja como la que planteaba Aronofsky en Madre!, por ejemplo), no se puede dudar que estamos ante una interesante propuesta, no apta para todos los estómagos (y no solo por sus escenas de violencia), pero que se acerca bastante a la obra maestra.

Valoración: Ocho sobre diez.