jueves, 14 de mayo de 2015

WALKING ON SUNSHIRE (5d10)

A todos aquellos que proclaman indignados en contra de la burbuja de los superhéroes, a los que acusan de estar copando las pantallas y agotando un género (creo sin duda que ya debe ser considerado como tal), les invito a analizar cuántas películas basadas en cómics se han estrenado en lo que llevamos de año y cuántos musicales (ese género tan prolífico hace ya cuatro décadas y que parecía condenado al olvido hasta hace apenas unos años) han llegado a las carteleras en ese mismo periodo de tiempo. Y es que si tenemos que hablar de una burbuja en el mundo del cine (seguido muy de cerca por la peliculillas YA o las basadas en cientos de hadas) sin duda hay que referirse al musical.
Desde el estreno, hace ya de años, de Mamma mía!, la que bebe, y mucho, este film, todo parece valer con tal de ganar dinero con producciones de durante calidad aunque con bonita tonadas, alentados posiblemente por el auge en televisión de programas tipo La voz, Operación Triunfo y similares, canteras interminables de ¿actores?  dignos de los más pulcros gorgoritos.
En esa línea se mueve Walking on sunshine, con una historia estúpidamente previsible y plana y unos actores tan mediocres como carentes de empatía, y cuyas voces tampoco es que sean para lanzar cohetes (se salva, por razones obvias, Leona Lewis, que como actriz no vale un pimiento pero a la que se echa en falta más protagonismo en las canciones).
Tan carente de originalidad es este film que por tener no tiene ni una línea musical predefinida. Estamos acostumbrados a musicales inspirados en obras de Broadway, en historia versadas alrededor de un grupo o artista o, incluso, en las que se crean sus propias canciones. Pero este Walking on sunshine se limita a coger canciones populares ochenteras de aquí y allá, sin más criterio que el buen rollo que provocan, y las meten con calzador en medio de una historia de amor adolescente de vergüenza ajena.
Y si la historia es mala y los actores peores, ¿qué tiene la película que merezca su aprobado?, os preguntaréis. Pues que desprende lo mismo que las canciones seleccionadas: buen rollo.
Puestos a copiar, al menos han decidido copiar bien y de Mamma mía!, el referente más claro, hereda el uso y disfrute de unos paisajes de ensueño (en este caso las bonitas playa del pueblo de Puglia, en la costa italiana), los actores son todos (tanto ellos como ellas) insultantemente guapos, y las canciones (ahí están Venus, The power of love o la propia Walking on sunshine, entre muchas otras) terriblemente contagiosas.
Así, los directores Max Giwa y Dania Pasquini (dos personas han sido necesarias para consumar este despropósito, firmando además con el ridículo apelativo de Max & Dania) consiguen al menos que uno salga de la sala del cine de buen humor, pese a ser consciente de que la película es mala, embriagado quizá por el derroche de luz y color, de los hermosos planos que parecen postales, sonriendo y con las canciones resonando en la memoria.
Y eso, por sí solo, ya constituye un mérito, ¿no?

SEXO FÁCIL, PELÍCULAS TRISTES (7d10)

Sexo fácil, películas tristes narra la historia de Pablo Diuk (Ernesto Alterio), antaño escritor de éxito y en la actualidad en horas bajas debido al temido bloqueo del artista, que encuentra una salida en la oportunidad que le brinda un amigo productor de escribir el guion de una comedia romántica. El problema estriba en cómo lograr la inspiración necesaria para una historia de amor cuando su propio matrimonio hace aguas.
Esta es la premisa de la que parte el director Alejo Flah, que con este título debuta como realizador de largometrajes, para narrar dos historias en paralelo, la real y la imaginaria, cada una de ellas fiel reflejo de lo que en la otra sucede. No es excesivamente original la idea de contarnos en cine dos historias en paralelo, aunque quizá el referente más cercano se encuentre en la fallida En tercera persona, donde Paul Haggis nos propiciaba un juego algo más rocambolesco y engañoso sobre la imaginación de un autor y sus propias miserias. No obstante, mientras en aquella se buscaba sorprender al espectador con la por otro lado previsible sorpresa final, en Sexo fácil, historias tristes las cartas se ponen sobre la mesa desde el primer momento, no permitiendo que confundamos en ningún momento realidad con ficción, y centrando el punto de mira den la intimidad de los sentimientos de los protagonistas (una mirada claramente masculina, eso hay que reconocerlo) más que en la propia acción.
Buena heredera de los signos de identidad del cine argentino la película suma con acierto el humor con la tristeza, dando forma a un análisis sobre el desamor y la soledad, penetrando en los medios y fobias del creador y aprovechando de piso para desgranar los arquetipos de un género cinematográfico tan estereotipado como efectivo.
Alterio y Julieta Cardinali funcionan como muestra real de la destrucción de un matrimonio, mientras que Quim Gutiérrez y Marta Etura hacen gala de una química convincente y atractiva que ayuda al espectador a permanecer cómplice de una historia tan previsible como exige la situación (en este punto resulta especialmente gracioso ver como el desarrollo de la historia va cambiando a merced de los caprichos de la productora como la incursión, por ejemplo, de cierto viaje a París), teniendo el personaje de Camila como nexo común entre ambas historias en una metáfora perfecta de cómo funciona la inspiración de un escritor.
Con buenas interpretaciones e ingeniosos diálogos (y Carlos Areces, como siempre, en plan roba escenas) la trama avanza sin complicaciones hacía un desenlace que puede no ser del gusto de muchos pero al que no se le puede acusar de tramposo.
Al fin y al cabo, el propio protagonista, mediante su voz en off, lo viene anunciando desde la primera frase de la película.

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.

THE GUEST (7d10)

Ya hable ligeramente de esta película a raíz de su paso por Sitges 2014, aunque tras el éxito cosechado en el Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya quise esperar a su anunciado estreno comercial para poderla analizar más en profundidad, no esperando que este fuese tan limitado y fugaz.
Dirigida por Adam Wingard, quien destacó como realizador por Tú eres el siguiente y cuyos trabajos hemos podido ver también en diversos segmentos de V/H/S y The ABC’s of Death, la película supone un claro homenaje a las películas de videoclub de los años ochenta, a ese tipo de cine de serie B que pasaba de puntillas (o simplemente no pasaba) por las carteleras pero que luego el boca a oreja las convertían en las grandes estrellas en el formato doméstico.
Ya su argumento no puede ser más simple y tópico: un joven aparece en la vida de una familia americana para seducirlos con su labia y sus aptitudes de manera que cuando se descubra su lado turbio ya sea demasiado tarde. No hay ningún spoiler en esta frase, pues el propio director, con un hábil uso de la música y merced al rostro camaleónico de Dan Stevens, se asegura de que nos quede bien claro desde el primer momento.
Podría decirse sin temor a equivocarnos que todo en The Guest es una absoluta tontería, un sinsentido que se sostiene por los pelos y con un gran esfuerzo de credulidad por nuestra parte, pero lo cierto es que da lo mismo. Wingard y Stevens se las apañan para que rizar el rizo que proponen sea sumamente divertido, burlándose incluso de los estereotipos y dándonos simplemente lo que queremos, una buena dosis de humor y mala leche con un final adrenalítico en un improbable escenario de Halloween de instituto.
Perfecta es la labor de Wingard para “colarnos” su aventura, pero de nada le valdría un buen trabajo tras las cámaras si no hubiese contado con el talento de Dan Stevens, un actor poco conocido hasta la fecha pero con un prometedor futuro. Stevens es el invitado a quien se refiere el título pero, por encima de eso, es el alma de la fiesta que es en realidad la película. Stevens es tan guapo como macarra, tan seductor como inquietante, representando tanto la figura del mejor amigo o el vecino perfecto como el mayor y más aterrador hijioputa del barrio. Una sonrisa, una mirada, que se transforma en menos de un segundo.
Rematando la jugada con una inteligente banda sonora, The Guest contiene todo aquello de lo que Obsesión carecía, esa peliculilla de hace unas semanas protagonizada (es un decir) por Jenifer Lopez que venía a mostrar un planteamiento más o menos parecido, como si ambas películas fuesen las dos caras de una misma moneda, pero que pese a haberse estrenado con mucho más rebomborio resultaba a la fin una pésima caricatura de esta.
The Guest posee toda la cutrez de cine más vacilón de los ochenta pero con un bonito envoltorio y como tal hará las delicias de todos aquellos que no pidáis a la peli más de lo que promete, una hora y media de violencia y diversión. Una película, en fin, para pasárselo bomba escudados ante un buen tanque de palomitas.

DOBLE O NADA * (4d10)

Del antiguamente prestigioso Stephen Frears, que el año pasado pareció reconciliar a publico u crítica con Philomena (nominación al Oscar incluida) nos llega ahora su trabajo anterior, una película tan interesante en su reparto como decepcionante en su resultado final.
Demostrando que a Bruce Willis hace ya tiempo que se le apagó la estrella, Doble o nada está encabezada por una caricaturesca Rebecca Hall a quien la responsabilidad de sostener todo el peso narrativo parece venirle demasiado grande. Basada en una historia real, novelada además por la propia protagonista, Beth Raymer, la película sigue los esquemas clásicos de la chica perdida que sueña con triunfar en Las Vegas, aunque en esta ocasión el destino la salva de ser la típica camarera o bailarina de striptease para introducirla en el mundillo de las apuestas. Un argumento que invita al glamour y la intriga pero que se desarrolla con cierta apatía, resultando anodina y poco interesante. De poco valen las apariciones de rostros familiares como Joshua Jackson (recién salido de Fringe), Vince Vaughn, Frank Grillo o Catherine Zeta-Jones (la cual precisa de un agente nuevo de manera urgente), pues es el propio director (antaño grande entre los grandes merced de Las amistades peligrosas, Héroe por accidente o La reina) quien no consigue encontrar el ritmo adecuado a una película que oscila demasiado entre la comedia ligera y el drama, rescatando ligeras, ligerísimas pinceladas que podrían recordarnos a Ocean’s Eleven, El lobo de Wall Street o Showgirl pero que componen un batiburrillo que deambula sin rumbo fijo sin decidirse por ningún estilo propio.
Ninguno de los personajes tienen el carisma suficiente como para llegar a enamorarnos de él (por momentos no consiguen que los entendamos siquiera) y la total falta de empatía deriva en el bostezo continuo en una película que sin ser demasiado larga lo parece.
Me preguntaba qué había motivado a un film con semejantes actores y tan conocido director a ser estrenada con dos años de retraso y en cuatro salas de cine mal contadas. Ahora lo he descubierto. Una lástima, la verdad.

FELICES 140 (6d10)

Resulta curiosa e incluso desconcertante la nueva película protagonizada por una Maribel Verdú que se me antoja mejor a medida que pasan los años y que aquí lleva toda la voz cantante, por más que se rodee de un reparto ciertamente interesante.
Dirigida por Gracia Querejeta a partir de un guion de Santos Mercero la película arranca como una suerte de Los amigos de Peter a la española cuando Elia, la protagonista, decide reunir a la vieja pandilla en una casa rural para celebrar su cuadragésimo cumpleaños. Sin embargo, tras esa invitación se esconde una doble intención, ya que Elia quiere aprovechar para comunicar también a sus seres más queridos que es la única ganadora del Euromillones, exactamente de un bote de 140 millones de euros.
Todo pinta a comedia costumbrista que reflexiona sobre la amistad, el paso del tiempo y las heridas no cicatrizadas, algo parecido a lo que sucedía en el magnífico título de Kenneth Branagh que también describía un reencuentro entre amigos con un secreto de fondo. Una premisa argumental que se ha visto muchas veces en cine pero que suele funcionar francamente bien.
Hay, sin embargo, un giro argumental a mitad del metraje que retuerce el concepto y provoca que nos encontremos en dos películas diferentes dentro de una. Y ahí es donde Felices 140 se topa con su principal virtud y su mayor problema.
Ese jugar con los géneros le facilita el diferenciarse de las principales referencias, cambiando el punto de vista y convirtiendo al nuevo elemento introducido en el motor sobre lo que gira todo (que en el fondo no es la amistad, como parecía al principio, sino el dinero). Corre el riesgo, sin embargo, que ese cambio de estilo resulte indigesto y haya quien, incluso, se sienta decepcionado al encontrarse ante una película que no es la que esperaba.
Personalmente, creo que las dos intenciones casan muy bien, y que el ritmo de la historia no decae en ningún momento, siendo la transición argumental muy adecuada y echando tan solo en falta un final algo más alargado. Ello es mérito del guion y del buen trabajo de Querejeta tras las cámaras, que sabe aprovecharse además del paisaje canario que rodea el lugar del reencuentro, pero no se puede negar que la cualidad principal de la película hay que encontrarla en su reparto, con una inmensa Maribel Verdú que luce por encima de todos pero con la labor siempre excelente de Antonio de la Torre y Eduard Fernández, sin desmerecer a Nora Navas, Marian Álvarez, Alex O’Dogherty, Paula Cancio o Marcos Ruíz.
Sin caer en excesos, Felices 140 tiene sus momentos de humor y de drama, de buenos sentimientos y de odiosas decisiones, y sin llegar a ser una película perfecta logra emocionar e invita a la reflexión sin atufar por ello a pretenciosidad.
Simpática, entretenida y muy recomendable, siempre y cuando no nos indigestemos con tanta mala leche.

lunes, 27 de abril de 2015

LA FAMILIA BÉLIER (3d10)

Llevábamos ya algunos meses sin recibir la inevitable película francesa que ha arrasado en su país y que pretende marcar un nuevo hito en el mundo de la comedia del país vecino, aunque tras la decepción que supuso Mambo las expectativas no deberían estar demasiado altas.
Y bien que haríamos, porque “la comedia que ha seducido a más de siete millones de espectadores en Francia” resulta ser un peñazo insoportable, una historia que se antoja eterna pese a sus 106 minutos.
Paula es una adolescente de un sencillo pueblo rural que debe ayudar en las tareas de la granja a su familia, los Bélier del título, compuesta por sus padres y su hermano pequeño, los tres sordos de nacimiento.
Bajo esa premisa el director Eric Lartigau, cuyo trabajo más reconocible es el fragmento que dirigió para la película coral Los Infieles, pretende crear una comedia juvenil con toques románticos en la que crear un alegato en contra de la discriminación que pueda sentirse hacia cierto sector de la sociedad (digamos que los disminuidos de cualquier tipo, aquí representados por los sordomudos) y con una subtrama como telón de fondo que termina haciéndose con la prioridad narrativa: las habilidades para el canto de Paula.
Podría haber funcionado muy bien como metáfora irónica el contraste entre la bella voz de la hija y la incapacidad de su familia para escucharla (y por lo tanto comprenderla) pero el guion es tan torpe y desangelado que todo termina derivando en un panfleto en favor de la rebeldía juvenil y la emancipación más propio de series del estilo de al salir de clase que de una película seria.
Dos son las principales trabas de la película: lo espantosamente mal retratados que aparecen la familia de la protagonista, que en un intento desesperado de conseguir algo de chispa parecen más idiotas que otra cosa, produciendo antes rechazo que empatía, y la poca gracia que tiene todo lo que se cuenta, haciéndome dudar sobre si realmente estamos ante una comedia o más bien un melodrama musical mal llevado.
Además, para empeorar la cosa, los guionistas (cuatro personas han colaborado en este despropósito) se pierden por los cerros de Úbeda con subtramas que desaparecen como por arte de magia (la campaña electoral del padre de Paula para alcalde del pueblo) o secundarios que están ahí pero a los que no se les saca ningún provecho (la amiga de Paula o el rebelde del insti).
Al final, lo único destacable del film es el buen hacer de la protagonista Louane Emera, una muchacha que debuta en el cine con esta película tras su exitoso paso por la versión francesa del programa televisivo La Voz (y eso se nota, toda la película parece una excusa para oírla cantar y poco más) y su talento musical.
Resulta curioso el caso de los actores que interpretan a los padres sordomudos, secundarios de bastante reputación en el país galo que sobreactúan hasta resultar grotescos y que, sin embargo, han contado con el favor del público en su país de origen donde han nominado (locura total) a Karin Viard al César a la mejor secundaria (por cierto, que la propia Emera ganó el de mejor actriz revelación).
En fin, cansina, aburrida e insoportable película que ofende más que agrada y que se engloba en la calificación de “películas Candy Crush”, ustedes ya me entienden…

EL MAESTRO DEL AGUA (7d10)

Parece curioso, pero cuando un actor decide embarcarse en la tarea de dirigir su propia obra es fácil dejarse tentar por una historia épica y de superación, como en el Bailando con lobos de Kevin Costner o la Invencible de Angelina Jolie (en el caso de la señora de Brad Pitt se trataba en realidad de su segunda película, aunque la primera con carácter plenamente comercial). 
De hecho, hay varios puntos en común entre El maestro del agua e Invencible, pues ambas son desgarradoras historias reales con un profundo sentido trágico que invita a la reflexión en contra de cualquier conflicto bélico (en los ejemplos expuestos datados en la I y II Guerra Mundial respectivamente) y planteando las diferencias e igualdades entre los diferentes bandos (aunque siendo realistas los japoneses de la película de la Jolie quedan bastante peor retratados que los turcos de El maestro del agua).
Parece ser que hace tiempo que el gusanillo de la dirección había picado a Rusell Crowe, pero no ha sido hasta ahora que ha podido hacer su sueño realidad, descubriendo que este nuevo oficio parece llenarle mucho más que el de actuar, por más que –en un nada disimulado ataque de ego- se reserva el casi omnipresente papel protagonista de su film.
El maestro del agua cuenta como un granjero australiano con un peculiar don para localizar brechas de agua bajo la superficie decide partir hacia Turquía, cuatro años después de la batalla de Galípolis para recuperar el cadáver de sus tres hijos, desaparecidos en combate. Bajo esta premisa, Crowe describe la proeza de un hombre desesperado, casi sin esperanza, dispuesto a enfrentarse a los restos de una guerra que aún colea sin importarle el bando al que deba recurrir para conseguir ayuda.
El maestro del agua pretende ser una epopeya de superación personal, emotiva y desgarradora, con un claro mensaje conciliador e incluso una demanda de perdón en nombre del ejército Australiano por ser ellos los agresores en la famosa batalla (que tan bien retrató, recordemos, Peter Weir en la película homónima que protagonizó Mel Gibson). En este sentido, y debiendo hacer algún salto de fe (no me queda claro si el protagonista tiene un “don” real que le permite incluso conocer la ubicación exacta del cadáver de sus hijos o si es fruto de la simple conexión paterno filial), aparte de perdonar alguna inexactitud histórica, la película funciona bastante bien, con una narración muy clásica y un evidente buen gusto por parte del actor/director a la hora de mover la cámara.
Hay que lamentar, sin embargo, que Crowe quiere aspirar a demasiadas cosas en su primera incursión tras las cámaras, y quizá su talento no dé para tanto. La historia de amor coprotagonizada por Olga Kurylenko, la relación entre británicos y turcos tras el final de la Guerra, la incursión de Grecia en territorio otomano… son quizá demasiadas subtramas que terminan alargando demasiado la historia y provocando que queden demasiadas cosas sin contar (el personaje del marido de la Kurylenko es totalmente olvidado) que, además, es exageradamente bienintencionada, resultando casi todos los militares (crueles asesinos durante la guerra) gente de honor y bello corazón cuando toca desvivirse por el granjero y sus pesquisas.
No es, desde luego, un mal debut para Crowe, que no consigue emocionar como debe pero configura una interesante aventura que tiene a la búsqueda del agua como una metáfora algo forzada pero visualmente efectiva.

CÓMO SOBREVIVIR A UNA DESPEDIDA (3d10)

Si ya hace tiempo que hemos dejado atrás el (falso) sambenito de que el cine español son solo tetas y Guerra Civil y hemos superado la sensación de que el único cine de calidad podían ser comedias costumbristas e historias de terror, esta película supone un paso atrás en el prestigio de nuestra filmografía y a buen seguro dará buenos argumentos a aquellos espectadores indocumentados y patanes que aprovechan el más mínimo traspiés para echar pestes sobre el cine patrio cuando seguramente habrán pagado con gusto por ver basuras como Cincuenta sombras de Grey o comedietas americanas de medio pelo.
La realidad es que Cómo sobrevivir a una despedida es una película mala, rematadamente mala. Englobada en una nueva ola de comedias españolas que están cautivando al público tras estrenos recientes como Tres bodas de más o ¿Quién mató a Bambi? (porque no sólo de Ocho apellidos vascos vive en cine), Cómo sobrevivir a una despedida llegaba a las carteleras con la intención de convertirse en uno de los títulos de este año siguiendo una premisa bastante coherente: si el año pasado triunfaron las bodas (también hay que recordar el éxito de La gran familia española, toda ella situada durante la celebración de una), es hora de dar paso a las despedidas de soltero.
Por supuesto, el cine está plagado de películas sobre despedidas de soltero, pero si hay una que sin duda merezca pasar a la historia fue la que protagonizaron hace unos años Bradley Cooper y Zack Galifianakis entre otros y que se convirtió en exitosa trilogía: Resacón en Las Vegas. Podrían pensar ustedes que las comparaciones son odiosas y que hablar de Resacón en Las Vegas para analizar Cómo sobrevivir a una despedida es injusto por mi parte. Pues para nada.
Tras un irregular arranque en el que sin demasiada gracia y a medio camino entre el videoclip (hay momentos que la banda sonora parece un recopilatorio de Flash fm o algo así) y el publirreportaje (sin duda media película debe estar financiada por Turismo de Canarias) en el que se nos presenta a las cinco amigas protagonistas (cuatro chicas y un gay), una peña desde la infancia y a las que la vida ha distanciado y que con la excusa de la boda de ellas pretenden revivir juergas del pasado, la película da un salto en el tiempo de varias horas para trasladar al grupito protagonista a una serie de situaciones a cual más absurda y desquiciante sin que ninguno de ellos recuerden lo más mínimo de lo sucedido durante la noche (ya que sin saberlo ellos han consumido una potente droga) y deben dedicar la mañana siguiente a resolver los vacíos en sus recuerdos y componer el puzle que les permita salir del embrollo en que se han metido. ¿Les suena de algo?
Efectivamente, Cómo sobrevivir a una despedida no busca inspirarse, sino que copia descaradamente a Resacón en Las Vegas aunque sin la gracia de aquella, limitándose a proponer una serie de situaciones tan absurdas como previsibles tras otra, con toques de humor burdo y hasta desagradable, y con unos personajes a los que se quiere dotar de profundidad dramática pero que terminan siendo meros estereotipos, siendo Natalia de Molina (con el carisma que ya demostró en Vivir es fácil con los ojos cerrados) la única que se salva de la quema y donde no falta ni el cameo del famosillo de turno como hiciera Mike Tyson en la película fotocopiada.
Aun siendo su séptima película confieso no conocer de nada el trabajo de la directora, Manuela Moreno, pero se ha lucido en esta patochada que carece de gracia y llega, en algunos momentos, a insultar la inteligencia del espectador.
Me temo que, una vez más, los que disfrutan criticando al cine español tendrán en Cómo sobrevivir a una despedida un buen argumento.

SUPERPOLI EN LAS VEGAS (4d10)

Kevin James es uno de esos actores que caen en gracia sin necesidad de un talento interpretativo demasiado amplio, en la línea de otros patanes del humor como Adam Sandler (por cierto, productor de este film) o Will Ferrer y cuyo éxito se debe más a la necesidad de cierto público de buscar una vía de escape en un cine cómico extremadamente facilón y de escasas pretensiones. James es, además, un tipo gordo, y lejos de acomplejarse por ello, ha convertido dicha característica en una especia de marca de la casa, haciendo que casi todos sus personajes giren en torno a esa cuestión.
Si nos paramos a revisar su filmografía descubriremos que lo más reconocible en ella son patochadas al estilo Niños Grandes y su secuela, Zooloco y, por descontado, Superpoli de Centro Comercial, una especie de burla zafia e insultante del John McCaine de Jungla de Cristal subido en un Segway, esos curiosos vehículos de dos ruedas muy empleado por guardias de seguridad. Si a ello le sumamos que el director del invento es un tal Andy Fickman cuya mayor gloria fue Papá por sorpresa y otras banalidades de la subdivisión más infantiloide de la Disney podemos imaginar a qué tipo de film nos enfrentamos.
Superpoli en Las Vegas es una película espantosamente mala, tal y como lo era su predecesora Superpoli de Centro Comercial, cuyas únicas premisas sean las de burlarse de la profesión de agentes de seguridad (que no tienen nada de policías reales, aunque es curioso que los que motivan dicha burla sean también agentes de seguridad, aunque más guapos y molones, eso sí) y de la propia torpeza del personaje al que da vida James. Por supuesto, para distinguir que estamos ante una comedia blanca para todos los públicos en lugar de una gamberrada soez al estilo Apatow, hay un presunto mensaje intrínseco con la relación paterno filial con su hija Maya y una no historia romántica de fondo que, bien llevada, podría haber dado bastante juego.
Con la excusa de un robo de piezas de arte en un gran hotel de Las Vegas, la película es una simplería que ahonda en la nada más absoluta, aunque hay que reconocerle un mérito: posiblemente consciente de sus propias carencias no pierde apenas tiempo en momentos supuestamente reflexivos ni se complica mucho en la acción, apostando siempre por el humor como base para hacer funcionar el film, machacando constantemente al espectador con un gag tras otro de manera que, al final, resulta imposible no encontrar algo que termine por hacer gracia.
Si ponemos nuestro nivel de exigencia en el listón más bajo, la película puede llegar a entretener, siempre que ver a un  gordo pegándose porrazos y metiendo la pata de la manera más estúpida sea lo que nos va. Kevin James no hace mal lo poco que se le exige, Neal McDonough cumple en su papel de villano y Eduardo Verástegui y Daniella Alonso encajan a la perfección en sus estereotipos prefabricados como los guapos de la función. Y alguna pelea está suficientemente bien filmada como para despertarnos del hastío (ese enfrentamiento entre los dos grupos en un pasillo recordando la, por otro lado bochornosa, pelea callejera al final de El Caballero Oscuro: la leyenda renace).
Poco más se le puede sacar a una película mínimamente entretenida que provoca alguna sonrisa aislada y que puede ser recomendable para una tarde lluviosa de domingo atrincherados en el sofá de casa, siempre que seamos conscientes de la tontería que vamos a ver.

LA OVEJA SHAUN (6d10)

Creada para el formato televisivo con más de un centenar de cortometrajes en su haber, La oveja Shaun es la nueva incursión en cine de la compañía Aardman, aquella que ya nos deslumbró con Rebelión en la granja y Wallace & Gromit, y que continúa apostando por el laborioso trabajo del stop-motion con figuras de plastilina como base para la animación.
La historia, sin ser nada del otro mundo, es simpática y con ligeros toques de crónica social, partiendo de un grupo de ovejas que, hastiadas de estar condenada a un estricto horario, traman un plan (encabezadas por la ingeniosa y algo traviesa Shaun) para conseguir tener un día libre y sin el control del Granjero y de Bitzer, el perro. Pero los planes no siempre salen bien y Shaun y sus amigos terminan viviendo una increíble aventura en la gran ciudad a la que acuden en rescate del Granjero y donde sus propias vidas correrán un grave peligro.
Bajo estos varemos, la película, que sortea sin problemas la (a priori) dificultad de conseguir atrapar sin necesidad de diálogos, es una sucesión de gags tan afortunados como simples que con seguirá hacer las delicias del público infantil sin menospreciar por ello a los adultos que se acerquen a ella con curiosidad.
Poco más se podría decir de entrada para analizar una muy correcta y divertida fábula (sin ser por ello la mejor pieza de los chicos de Aardman) si no fuese por la insistencia en otros medios de definirla como una obra de extrema inteligencia destinada más al público adulto que al infantil. Y a partir de ello quiero hacer una pequeña reflexión sobre el tema.
¡Basta ya de disfrazar las películas para niños de obras maduras y reflexivas o de pretender que sean los mayores el público objetivo de las mismas! La oveja Shaun es una película para niños, y quien diga lo contrario, simplemente, miente. 
Otra cosa es que dentro del cine infantil hayan películas estúpidamente simplistas (como puedan ser los casos de Stand by me: Doraemon o Ant-boy) que puedan provocar urticaria y ansiedad crónica a los pobres padres que tengan la obligación de sufrirlas, mientras que otros títulos tienen una calidad técnica y de guion que pueden entretener, e incluso gustar, a un público más variado. Y luego hay un tercer grupo de películas infantiles llenas de referencias directas para adultos, ya sea en forma de profundidad reflexiva, como en los momentos más inspirados de Pixar, o por gags difíciles de comprender por un niño, como en los buenos tiempos de Dreamworks, pero que, insisto, siguen siendo películas infantiles. 
Así que dejémonos ya de milongas y de hablar de películas de dibujos que son más para mayores que para niños (que las hay, pero esa ya es otra liga, como los anime tipo Akira o El despertar de los titanes) que son en realidad una excusa para justificar (como si hiciese falta hacerlo) que un mayor pueda pasarlo bien con determinados títulos.
La oveja Shaun es, en fin, una película decididamente infantil. Que puede gustar a todo tipo de público, perfecto, pero cuyo objetivo es provocar las carcajadas de los más pequeños con el loable propósito de no tratarlos como si por ser de poca edad fuesen también de escasa inteligencia.
La oveja Shaun es tronchante, dinámica, imaginativa y visualmente espectacular, pero no llega a ser una joya de la animación con aspiraciones a convertirse en un clásico inmortal porque, para empezar, ni siquiera lo busca.
Animación de calidad y bien hecha. No tiene más. Tampoco menos. Y si un adulto tiene tentaciones de verla, que lo haga. No es necesario justificarse por ello. Ni mucho menos avergonzarse.