domingo, 23 de enero de 2022

Visto en Netflix: SIN PUDOR

Es bien sabido que entre el cúmulo de estrenos de la plataforma de Netflix, entre películas carísimas como 6 en la sombra o Alerta roja y cine de autor, como Roma o El poder del perro, hay bastante purria que en otros tiempos no pasaría del soporífero telefilm de sobremesa en Antena 3.

En ocasiones, estas películas de medio pelo pueden tener su gracia, como la reciente Tratamiento real, pero la mayoría invitan a no acercarse a ellas ni con un palo. Me engañaron con Mudanza mortal y me la han vuelto a colar con Sin pudor (aunque algo de culpa tendré, digo yo).

El caso es que la película se ha colocado entre lo más visto durante la semana pasada, aparte de haber causado mucho revuelo en Internet ante los insultos y amenazas que ha recibido su protagonista, Alyssa Milano, simplemente por sus ideas políticas. Y de rebote, a Nora Roberts, autora de la novela en la que se basa esta peliculilla de Monika Mitchell. Naturalmente, condeno sin piedad estos comportamientos, pero la injusticia hacia la escritora y la actriz no deben servir como excusa para simpatizar con esta película ni verla con mejores ojos.

Sin pudor trata sobre una escritora de éxito (ahí has estado fina, Nora Roberts) cuya hermana es asesinada. Como no podía ser de otra manera, la escritora se va a ligar al vecino macizorro de la difunta hermana, que casualmente es inspector de policía y juntos se encargarán de tratar de resolver un caso donde hay una subtrama desaprovechada al descubrirse que la víctima trabajaba en secreto como cam girl.

La película, que ya adelanto que es dolorosamente aburrida, tiene muchos problemas, desde unos diálogos pobres, una dirección plana y una falta total de ambiciones. No hay nada que rascar en ella, ni siquiera un análisis al mundo turbio de las cam girls, mucho mejor mostrada en aquella películita de terror de la Blummhouse titulada, precisamente, Cam.  Pero el peor pecado que tiene, más allá de saberse los pasos de la trama como si nos hubieran adelantado el esquema del guion, es que se puede adivinar la identidad del asesino (supuesto interés principal del argumento) apenas aparece. Tan previsible y torpe es todo esto.

Desconozco si el espanto argumental es culpa de la novela o hay que culpar también a unos guionistas torpes, a una directora que nunca ha pasado del género televisivo (y por lo visto sigue sin hacerlo) o a una actriz, la Milano, que hubo una época en la que parecía que iba a ser la chica de moda en Hollywood y cuya realidad ha sido que, más allá de Embrujadas, su mejor trabajo en casi treinta años de carrera, sigue siendo como hija de Schwarzenegger en su debut en Commando.

Una completa pérdida de tiempo.

 

Valoración: Tres sobre diez.

Visto en Movistar: DEXTER: NEW BLOOD

Parece que hay como una maldición según la cual es imposible que una serie que ha alcanzado la categoría de mítica tenga un final que no genere polémica. Sucedió con Perdidos, se repitió con Juego de Tronos e incluso ha alcanzado al mundo de las sitcoms con ejemplos como Cómo conocí a vuestra madre o The Big Bang Theory.

No tenía yo la sensación de que Dexter, cuyo desenlace es cierto que no gustó demasiado, hubiese provocado las iras de sus seguidores, sobretodo porque a partir de la cuarta temporada la serie se empezó a desinflar y a perder a gran parte de estos, pero repasando ahora las crónicas de la época parece que sí, que el odio generado es superior, en muchos casos, al provocado por los adeptos a J.J.Abrams o George R. Martin hasta tal punto que, ocho años más tarde, los de Showtime han dado el visto bueno a una nueva temporada (ahora considerada como miniserie) para dar otro cierre a la historia del forense de la policía y su pasajero oscuro.

Dexter: New Blood nos presenta la nueva vida de Dexter, una vida en apariencia apacible y feliz, con una identidad falsa y capaz de haber encontrado el amor en el seno de una agradable y fría población de montaña. Vamos, todo lo apuesto a su Miami original.

Todo parece ir de perlas para el asesino más carismático de la historia de la televisión, pero el pasado es algo que siempre tiende a perseguirnos, y el suyo no iba a ser una excepción. Además, su pasajero oscuro sigue ahí, y tarde o temprano tiene que asomar para volver a tomar el control.

La gran duda que debate la serie es si el protagonista, por más que solo asesine a los «malos», siempre según el código que su padre le inculcó, merece redención por sus pecados o no. Por eso, más allá de las subtramas que se vierten en esta nueva temporada, con varios caminos abiertos entrecruzándose entre sí, es cuestión de la propia moral decidir el destino, ahora sí definitivo, de Dexter Morgan.

Para ello, se ha construido una temporada de diez episodios que peca de un arranque demasiado anodino. Para tratar de recuperar la conexión del público con el protagonista y asegurarse de establecer bien las claves de su nuevo status, la serie se toma demasiado tiempo, no teniendo demasiado claro si, de haberla visto al ritmo de un episodio por semana, no la hubiese abandonado tras tres episodios donde, aparte de organizar expediciones por el bosque en busca de un desaparecido, no ocurre casi nada. Por suerte, la serie se endereza y va tomando velocidad de cara a un final que, si bien considero adecuado para el propio Dexter, creo que ningunea a los nuevos secundarios aquí presentados, a los que nos habían enseñado a querer y cuyos destinos quedan demasiado en segundo plano. Otro error podría ser el abuso de la voz en off, redundada por la presencia fantasmal de la hermana de Dexter, la Debra de Jennifer Carpenter que resulta demasiado cargante.

De todas formas, la gran incógnita está en saber si el nuevo final del personaje encarnado por Michael C. Hall va a ser del agrado de sus fans. Y ya os dogo yo que, por más coherente y lógico que pueda parecer, la respuesta es no. Nunca puede llover a gusto de todos, y menos cuando está la moral por en medio.

Como sea, pese al peaje a pagar que supone el ritmo algo torpe de los primeros episodios, ha sido agradable volver a encontrarse con Dexter y su pasajero oculto. No soy muy partidario de reescribir finales, pero ya que lo han decidido hacer, bienvenido sea. Ahora sí, hasta siempre, Dexter Morgan. Intentaremos dejar de echarte de menos.

Cine: THE KING'S MAN: LA PRIMERA MISIÓN

Tras debutar como director en el género negro con Crimen Organizado, allá por 2004, y saltar a la fama con la adaptación de la novela Stardust de Neil Gaiman, la carrera de Matthew Vaughn ha estado siempre vinculada al mundo del comic. Tuvo un primer contacto con Marc Millar mediante Kick-Ass y reinventó la franquicia mutante con X-Men: Primera generación, pero fue con Kingsman: Servicio Secreto, en 2014, con la que logró la fama mundial. De nuevo adaptando una obra de Millar (esta vez con Dave Gibbons a los lápices en lugar de John Romita Jr.), Vaughn haría de su film una franquicia al encargarse tres años después de la secuela, El Círculo dorado. Una película muy divertida y emocionante pero sin duda menos fresca y ligeramente inferior a la anterior.

Decidido a ampliar horizontes hasta el infinito y más allá, mientras se cuece a fuego lento la tercera entrega de la saga, Vaughn ha creído interesante explorar los orígenes de la agencia de espionaje y se ha sacado e la manga esta precuela, The King’s man: La primera misión, para, con un reparto totalmente nuevo, viajar al pasado e indagar en la creación de dicha organización, y de la que muy posiblemente habrá secuela.

Una curiosidad de la revitalización de la saga mutante fue la idea de Vaughn de dar un contexto real a la historia, asociando la crisis de los misiles con Magneto.Esa misma idea es llevada al extremo en su nueva película, donde se basa en personajes históricos reales para explicar, a su manera, la historia de la Gran Guerra, posteriormente conocida como la I Guerra Mundial.

Hay que reconocerle a Vaughn su esfuerzo por reinventarse y no caer en los mismos tropos de sus anteriores éxitos, lo cual no se traduce necesariamente en algo positivo. The King’s man tiene una ritmo y una frescura muy diferente a las películas de Kingman (vamos a tener que poner mucha atención en el apóstrofe para no liarnos), restando parte de comedia e intensificando el drama sin que termine de funcionar demasiado bien el invento.

No tenemos aquí secuencias memorables como la batalla en la iglesia de la primera entrega, debiéndonos conformar con alguna set-piece apreciable, como la pelea con Rasputín o lo que le acontece al hijo del protagonista en el campo de batalla, y se echa en falta la presencia de un villano terrible al que identificar como la gran amenaza. Van pasando varios personajillos por ahí, como el mencionado Rasputín, una versión menos mística de lo esperado de Hanussen o la propia Mata Hari, una simple colección de amenazas, cual enemigos de diversas pantallas de un videojuego, hasta alcanzar a la gran amenaza que se oculta entre las sombras, un personaje cuyo propósito de mantenerlo en secreto no termina de funcionar bien (es fácil adelantarse a su identidad, aunque tampoco es que el momento de la revelación sea muy impactante) y que no tiene la presencia amenazadora de Samuel L. Jackson o Julianne Moore.

No quiero que parezca que The King’s man es una mala película, pues desde luego no lo es y se puede disfrutar mucho con las aventuras, en algún momento jamesmondianas de los personajes de Ralph Fiennes, Gemma Artenton y Djimon Hounsou, teniendo el primero, además, un crecimiento muy interesante mucho mejor desarrollado que en la mayoría de blockbusters al uso, pero el intento de que todo encaje en una realidad histórica y la necesidad de presentar una trama muy solemne con suficiente poso dramático para justificar todo lo que ha de venir provoca que el inicio sea algo indigesto, enfarragoso incluso (en especial para aquellos no muy aficionados a la historia), despegando a mitad de película pero sin conseguir la excelencia en ningún momento.

Muy apreciable, sí, pero sin duda un paso atrás en una franquicia que quizá no este nunca a la altura de la frescura y locura de su primera entrega.

 

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 21 de enero de 2022

Visto en Netflix: TRATAMIENTO REAL

Aunque el cine, por definición, es espectáculo, y uno suele asociar eso con grandes secuencias de acción, diálogos poderosos, travelings interminables y alguna que otra explosión, a no ser que nos decantemos por un cine más de autor, intimista y reflexivo, en ocasiones conviene simplemente dejarse llevar y disfrutar de un par de horas (si llega) de simple placidez.

En Netflix son muy dados a películas de las que antes habríamos denominado de corte televisivo con romances imposibles y paisajes (con imponentes castillos, por supuesto) espectaculares.

Son las típicas películas de príncipes y plebeyas que tanta aceptación tienen entre el público femenino (y que nadie quiera ver un comentario sexista en esto, es una simple constatación de la realidad) y que, por lo general, no suelen tener un mínimo de calidad.

Tratamiento real se podría englobar en esa categoría. Y aunque sus armas para destacar sn muy escasas y no puede llegar a considerarse nunca como una gran película, lo cierto es que la sencillez de su propuesta y la correcta ejecución de la misma hacen que su visionado sea agradable, algo con lo que disfrutar en una tarde de invierno con una taza de chocolate en la mano, por ejemplo.

Nada nuevo bajo el sol en cuanto a su argumento, y tampoco es que su final aspire a sorprender a nadie. De nuevo la historia de la Cenicienta, otra versión nada disimulada de Pretty Woman en la que príncipe guapo y simpático encandila a la chica pobre pero de fuertes ideales.

Lo de siempre, pero consiguiendo que, de alguna manera, sus personajes sean capaces de enamorar, eliminando casi por completa el personaje de villano y componiendo una historia tan pacífica y dulce que es casi imposible enfadarse por las carencias de la película.

No tengo muy claro qué pinta un director como Rick Jacobson (autor de cosas como Perras furiosas y curtido en televisión en series como Spartacus o Ash versus Evil Dead), pero se las apaña para que su cuento de hadas particular luzca muy elegante y consiguiendo que la comedia tenga cabida entre los triángulos amorosos y las manipulaciones de palacio típicas en estos lares.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Cine: MATRIX RESURRECTIONS

Nunca he sido muy fan de la saga Matrix, por más que reconozco los valores de la película que dio origen a la saga allá por 1999. Aunque no creo que sea tan icónica y transgresora como pretende (es cierto que creo tendencia con esa moda cyber-punk basada en las gabardinas de cuero y las gafas de sol, pero en realidad era ya un remiendo de la anterior Blade), pero la revolución visual que provocó gracias a efectos como el llamado «tiempo bala» es innegable, y la historia, aunque necesitada de un mayor desarrollo, era interesante y hasta reflexivamente filosófica. Lo malo fue que esas necesarias continuaciones (en dos películas, una serie de cortometrajes y hasta un videojuego canon con la historia oficial) fueron tan inferiores que muchos las consideran directamente como malas.

Tampoco es que la trayectoria e sus autores (ahora autoras) The Wachowski Brothers, haya sido para echar cohetes, no teniendo ningún gran título tras la susodicha Matrix (pese a que yo soy de los pocos que defiendo El Atlas de las Nubes), y no parece que el desembarco en la dirección de Lana Wachowski en solitario vayan a cambiar la tendencia.

Matrix Resurrections, una secuela tan tardía como innecesaria, tiene la pretensión de burlarse de sus competidoras, haciendo un aparente ejercicio de metalenguaje y burlándose de la fórmula repetitiva de las franquicias, que al parecer es de lo único que vive el Hollywood actual. Sin embargo, aparte de algunos chistecillos ocurrentes en su primera media hora, el film desemboca en otras dos horas de blockbuster repetitivo y cansino, ofreciendo más de lo mismo y cayendo en los mismos errores de los que se pretende burlar.

Cierto es que no cae en la repetición como tal, haciendo una scuela narrativamente diferente a lo esperado, pero eso no implica que sea obligatoriamente bueno. Y es que en esa pretenciosidad filosófica barata, lo que tenemos es un montón de gente que habla de cosas aburridas y que nunca llegué a entender (quizá es que tampoco me interesaran demasiado) y un puñado de escenas de acción mucho menos inspiradas de lo que cabría imaginar. Eso, y mucho flashbacks de las películas anteriores, como si esa huida del concepto de franquicia no fuese incompatible con el hecho de mirarse constantemente al ombligo.

Y al final, para que todo se resuma en un mensaje bastante ñoño y edulcorado en el que todo se reduce al poder del amor (monógamo y convencional, por supuesto). De hecho, hay un momento al inicio de la película en que se verbaliza literalmente, con una reflexión sobre que cuando Neo y Trinity están juntos, su poder es imparable. Pues de eso va la peli, de gente haciendo cosas (y hablando, insisto, hablando mucho) para conseguir que estos dos se reúnan y, como en un cuento Disney del siglo pasado, lo solucionen todo con un beso. Y eso no lo van a impedir ni unas máquinas que han perdido el carisma de Hugo Weaving, ni los chistes machistas de un Neil Parick Harris que no sé muy bien qué pinta en todo este asunto, ni la ridícula presencia de un Morfeo digital que tampoco recuerda a Laurence Fishburne, ni una Jessica Henwick como nuevo fichaje que tampoco es que sirva de mucho.

Así, la vuelta del niño bonito Neo ha resultado todo un fiasco. Y eso que al recurrir al look de John Wick el bueno de Keanu se libra dela cara de palo de su personaje en la trilogía original, pero ni cuenta con un guion para lucirse ni (y esto es lo más decepcionante) con las escenas de acción con las que disfrutar.

En resumen, una película tan innecesaria como su incomprensiblemente ridícula escena postcréditos (quédense hasta el final para verla; me odiarán por ello, pero tendrán algo con que hablar con los amigos en el bar).

Si me permiten un chiste del mismo nivel que la película: no, parece ser que Matrix no ha resucitado. Lo bueno es que, con el batacazo que se ha pegado en taquilla, parece que nos vamos a ahorrar sufrir un Matrix 5.

            

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 16 de enero de 2022

Reflexiones: EL DÍA EN QUE UNA ARAÑA SALVÓ AL CINE (Parte Dos)

Hace unos días escribí un artículo en el que, aparte de analizar la película de Spider-man: No way home con spoilers, hice una reflexión sobre cómo una película de Superhéroes (género tan denostado por muchos) iba a hacer volver a los espectadores a las salas de cine.

Todo eso es cierto, y la prueba está en que la película de Jon Watts no solo ha conseguido una recaudación impresionante para los tiempos de pandemia sino que está batiendo records históricos. De hecho, en este preciso momento se ha colocado en el octavo puesto de las películas más taquilleras de todos los tiempos, superando a Los Vengadores de Joss Whedon, aunque nadie duda que a lo largo de este próximo fin de semana escale algún puesto más.

Esto es muy importante porque ha demostrado al espectador que es posible regresar a las salas de cine sin miedo. De nuevo se han hecho colas en taquilla, se ha gastado dinero en palomitas y refrescos y, lo más maravilloso, se han vuelto a escuchar aplausos, lágrimas contenidas y gritos de asombro en una sala de cine.

Eso no significa que esté todo solucionado, pues los grandes números que está consiguiendo la última colaboración entre Sony y Marvel está enmascarando los fracasos en taquilla de películas tan maravillosas como El último duelo, West Side story y muchas otras que están siendo injustamente maltratadas por el público. Eso provoca que muchos acusen a los seguidores Marvel de maquillar una situación que sigue siendo muy preocupante, pero no nos engañemos. El problema no se ha arreglado, desde luego, pero al menos se ha dado un paso de gigante consiguiendo que todos aquellos que se negaban a ir al cine (ya sea por precaución, por las plataformas, por el pirateo, por vagancia o por lo que se ha dado por llamar coronafobia) han dado el primer paso. Si Spider-man hubiese sido un fracaso (o un éxito discreto), las cosas se habrían puesto muy feas. Pero no ha sido así, y toda la industria del cine (incluso los que están viendo como sus películas se estrenan con las salas vacías). Al final, esto es el efecto dominó, y solo hay que tener paciencia para ver lo que se tarda en recuperar la normalidad. Esperemos que con propuestas tan esperadas como Maverick, Jurassic World, Misión Imposible, etc. los pelotazos se sigan sucediendo.

Es cierto que va a haber una nueva manera de apreciar el cine, y quizá las películas más pequeñas no van a tener mucha cabida en las carteleras, aunque siendo sinceros, nunca la han tenido. Obras de corte independiente avaladas por la crítica se veían condenadas a salas especializadas en cine de autor o versiones originales, y si alguna lograba estrenarse en una sala más comercial apenas permanecía una o dos semanas en cartel, en ocasiones en horarios marginales. Y eso mucho antes de la llegada de Iron Man y el boom de Marvel. Así, son muchos los que piensan que el futuro del cine se verá marcado por las superproducciones, básicamente franquicias, secuelas y remakes (el último en vaticinarlo ha sido Ben Affleck), y si bien eso es algo negativo, también es inevitable.

Pero tampoco es nada nuevo. Recuerdo la época de videoclub, donde muchas películas sin capacidad de estrenarse en las salas tenían una segunda oportunidad. Lo mismo que está sucediendo ahora con Netflix, que convierte en éxitos películas que unos años antes pasaron por las carteleras sin pena ni gloria.

Me viene a la mente la época de la piratería, las muchas discusiones que tenía con amigos que iban habitualmente al cine pero no tenían reparos en ver ciertos títulos en el ordenador o el televisor (no estaba aún tan extendido el hábito de ver cine en el móvil), justificando que había películas que «no valía la pena ver en el cine». Nunca he estado de acuerdo con esa afirmación, ya que considero que cualquier película gana muchos enteros en la pantalla grande (estoy deseando ver lo nuevo de Kenneth Branagh, Belfast, aunque dudo que lo pueda lograr), pero la realidad les ha dado la razón. Queda la duda de lo que va a pasar con la clase media, con películas de grandes presupuestos pero que tampoco llegan a superproducciones. Títulos como los que manejan actualmente tipos como Spielberg, Scott y otro grandes perjudicados por estos nuevos y terribles tiempos.

Pero nada de esto es culpa de Marvel ni de su forma de hacer cine. De hecho, lo que hacen no es tampoco nada nuevo. Sí es nuevo el proyecto histórico que dio lugar a Infinity War/EndGame, concebir películas como si fueran una serie de televisión y convertir a sus aficionados en adictos que necesitan ver cualquier película, incluso las de corte supuestamente menor, para no perderse detalle del gran conjunto. Pero si analizamos cualquiera de sus películas a nivel individual, está claro que la denostada Fórmula Marvel no existe, ni las películas son parques de atracciones sin valor artístico como afirmaba el señor Scorsese. No hay mayor diferencia de lo que se hacía a finales de los 80 y principios de los 90. Porque la Fórmula Marvel consiste, ni más ni menos, en ofrecer películas de entretenimiento y acción y regarla con ciertos momentos de humor, algo que muchos parecen odiar. Como si el humor fuese algo malo que se han inventado los señores estos de los comics. Como si el Superman de Donner no hubiese tenido humor. O la Jungla de Cristal de McTiernan. O el Indiana Jones de Spielberg. O el Regreso al Futuro de Zemeckis. Todas ellas grandes películas convertidas hoy en día en títulos de culto. Todas ellas parques de atracciones que funcionaron a la perfección gracias a la Fórmula Marvel. Todas ellas décadas antes de que existiese la Fórmula Marvel.

Así nque lo siento por señores como Scorsese, Villeneuve, Scott o la señora Champion, pero las películas de superhéroes  no son malas para la industria, sino todo lo contrario. Lo más sangrante es el caso de la Champion, que criticaba a los artistas que se dejaban seducir por la secta de Marvel, acusándolos de no volver más al cine de autor (supongo que lo decía por Chloé Zhao principalmente), ignorando, al parecer, que los dos protagonistas principales de su aclamada (e insulsa) película El poder del perro tienen una lucrativa carrera gracias al cine de superhéroes en general y a Marvel en particular, y de no ser por películas como el Spider-man de Raimi o el Doctor Strange de Scott, seguramente nunca habrían recalado en su film.

Menos mal que al otro lado de la balanza hay tipos sensatos como Paul Thomas Anderson, George Miller o (quizá el más sorprendente) Pedro Almodóvar, que han bendecido el éxito de Spider-man y lo han celebrado como un éxito propio.

Y es que quizá la araña, al fin de cuentas, no haya salvado el cine, así como concepto abstracto, pero sí ha salvado a muchas salas de cien. Y es que si las salas de cine siguen cerrando unas tras otra, sí que será el final de la industria.

Pero no os preocupéis. En unos meses llegará Doctor Strange en el multiverso de la locura. Y a poco bien que funcione, seguirá el debate. Y mientras haya debate, significará que hay cine.

Larga vida al cine. Y larga vida al cine blockbuster y de espectáculo. Porque sin uno, el otro no existiría. Pese a quien le pese.

Así que, larga vida también a Marvel.

Visto en Netflix: EL PÁRAMO

Dirigida por el debutante David Casademunt, El Páramo es un ejercicio de terror angustiante y sobrecogedor, lastrado por una narrativa demasiado lenta y la ausencia de un marco en el que encuadrar la historia.

Aunque ambientada en el siglo XIX, la puesta en escena invita a pensar en un relato atemporal, con una familia viviendo en una cabaña aislada en medio de la nada y temerosa de un enemigo que acecha más allá de sus fronteras, un temor extremo hacia el resto del mundo por parte del matrimonio protagonista (Roberto Álamo e Inma Cuesta) que termina por contagiar al único hijo (excelente Asier Flores). Entiendo el juego de no conocer nada de lo que hay más allá de esos límites marcados con unas señales a medio camino entre espantapájaros y cruces, pero esa desconexión con el exterior provoca también una cierta desconexión con el propio espectador, que provoca que la relación de este con los personajes sea fría y distante.

El páramo se cuece a fuego lento, siendo una obra de ambiente, muy claustrofóbica e intimista, donde todo el peso recae casi en exclusiva en estos tres personajes, acechados a partir de cierto momento por un ser al que denominan como «la bestia» que, según la leyenda narrada por el padre (y que su propia hermana vivió en sus propias carnes), se alimenta del miedo de sus víctimas.

A partir de la entrada en escena del maligno, la película muestra un deterioro en la familia y sus relaciones personales, además de empezar a hacernos ver esa granja más como una prisión que como un refugio. Aquí es donde entra en juego la metáfora y empezamos a descubrir de lo que de verdad nos quiere hablar Casademunt, mostrando la dualidad clásica entre realidad o ficción.

¿Es real la amenaza o solo está en la imaginación de los protagonistas? La película nunca resuelve la pregunta, dejándolo a la interpretación del espectador (y por una vez el ejercicio está bien resuelto, no mediante el clásico final abrupto y desconcertante). Estamos ante una historia bien narrada y bien cerrada, abierta a dos puntos de vista que podrían venir condicionados por la propia presentación de personajes. No voy a revelar mi percepción por no recaer en el spoiler, pero considero que el matiz viene dado, precisamente, de esa presentación brusca y amargada de la familia, lo cual define muy bien lo que nos va a llegar a medida que avance el metraje pero que provoca, también, que nos puedan resultar especialmente antipáticos. Eso, junto a una puesta en escena demasiado próxima y cerrada para mi gusto, me impide empatizar con sus miserias, de manera que cuando se pone toda la carne en el asador (volviéndose, además, demasiado convencional), no me importen demasiado el destino de esa familia.

Casademunt se la juega todo a dos bazas, la fotografía, sucia y opresiva, y el talento de sus actores, los tres muy sobresalientes, pero descuida un poco ciertos matices el guion que confieren al film un ritmo demasiado lento al principio y demasiado vulgar en su desenlace.

En resumen, una propuesta interesante y desoladora pero que no termina de arrancar y vale más por el poso reflexivo que deja que por el propio visionado.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Amazon Prime: INSTINTOS OCULTOS

Pese a lo llamativo de su cartel y a la premisa que se nos presenta, Instintos ocultos, de Neil Burger, es mucho menos provocadora de lo que presume. Teníamos un poco perdido a este director tras haber arrancado la malograda franquicia de Divergente, pero su regreso como autor completo (suyo es también el guion) no es que sea para lanzar cohetes, en vista de la escasa originalidad de la propuesta.

Instintos ocultos es, en su planteamiento, una amalgama de un buen puñado de historias contadas ya con anterioridad, a las que el aspecto visual no engrandece y del que solo cabe rescatar el manido trasfondo social.

La historia nos presenta un futuro en el que la Tierra se acerca a su extinción y se decide enviar una nave a un recién descubierto planeta apto para la vida humana.  El problema es que el viaje durará tres generaciones, por lo que los jóvenes tripulantes saben que seguramente no podrán ver el final de la misión. Para evitar distracciones y problemas, se les administra una droga que suprime sus instintos primarios, tales como el placer y el deseo, pero, claro, llegará el momento en que lo descubran y no les haga demasiada gracia.

Con un reparto muy joven capitaneado por Tye Sheridan (Ready player one), Fion Whitehead (Dunkerque) y Lily-Rose Depp (esta última más conocida por ser hija de Johnny Depp y Vanesa Paradis que por su carreta cinematográfica), y con Colin Farrell como líder y mentor del grupo, la película muestra a una serie de personajes demasiado volubles e irresponsables como para creerse mucho la historia (no da nunca la sensación de que, por automatizado que esté todo, sean capaces por sí mismos de hacer llegar la nave a buen puerto), amén de las continuas decisiones que toman, la mayoría aleatorias y difíciles de comprender. Por eso, y dejando de lado el desenlace del conflicto (una truco que se utilizó ya en Infinity War a modo de chiste/homenaje y que aquí es una simple imitación de un clásico de la ciencia ficción), nos queda abrazar tan solo el mensaje nada sutil que nos quiere ofrecer el señor Burger: que sin un orden y una cadena de mando se deriva en el caos, condenando así la anarquía y, quizá, incluso la libertar de derechos o el librepensamiento. No es tan radical la propuesta (no alcanza para tanto), pero lo parece. Es, en fin, una revisión de baratillo de El señor de las moscas tocada por el estilismo de Los 100.

Entretenimiento justo mucho menos reflexivo de lo que pretende.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 13 de enero de 2022

Cine: WEST SIDE STORY

Aunque pueda tener algún detractor, no cabe duda de que el West Side Story de 1961 es un clásico del cine y uno de los mayores musicales de la historia del cine, por lo que muchos fueron los que se rasgaron las vestiduras ante la noticia de que Steven Spielberg (ni más ni menos) iba a realizar el remake.

¿Para qué?, era la pregunta más habitual. Y ya tenemos la respuesta: para confeccionar uno de los mejores (si no el mejor) musicales de lo que va de siglo, una película brillante, majestuosa y que recupera al mejor Spielberg. Desde luego, se nota cuando el rey Midas pone todo su empeño en una película o la realiza como simple trabajo de encargo.

West Side Story de 2021 sigue las mismas pautas que la obra original, modernizando lo mínimo y rellenando algún hueco, pero logrando que no quede en ningún momento caduca. El eterno conflicto entre puertorriqueños y «americanos» (siempre entre comillas, ya que en realidad son descendientes de italianos, polacos y demás) –tan eterno que sigue vigente hoy en día-, unido al romance imposible heredado el Romeo y Julieta shakesperiano, dan a la historia un empaque sencillo pero efectivo. A ello hay que sumarle un casting muy acertado, donde la debutante Raquel Zegler enamora a propios y extraños, Ansel Elgort está impecable como Tony y Ariana Debose resulta arrebatadora como la nueva Anita. Y no falta ni la presencia de la antigua, una Rita Moreno imprescindible y que ejerce como productora del film, formando un puente de unión entre ambas versiones. Y tampoco desentona ninguno de los pandilleros, chavales de innegable fuerza, mientras que Brian d'Arcy James y Corey Stoll adornan el reparto como rostros conocidos entre tanto jovenzuelo.

El punto definitivo está en la mano de Spielberg. Pese a que no soy un fan acérrimo de su trabajo (al que  encuentro demasiadas luces y sombras) ya he dicho antes que cuando quiere, lo borda. Y si es capaz de brillar en casi cualquier género, ya sea la aventura, la comedia, el drama o el terror, el musical era su deuda pendiente. Y ahora que por fin lo ha abordado, lo ha hecho con una maestría absoluta. Sus largos traveling mostrando el estado desolador del West Side, las brillantes coreografías, el manejo de los tiempos, la efectiva alternancia entre el humor, el romance y el drama… Todo funciona con la perfección de un reloj, consiguiendo aportar a una historia de sobras conocida lo único que podía hacerle funcionar: la magia.

Sin entrar en comparaciones odiosas con la versión clásica (aunque de hacerlo seguramente quedaría vencedora en no pocos campos), su West Side Story es una obra maravillosa, capaz de hacernos disfrutar con sus canciones eternas, soñar con la gracilidad (ya sea bailando o peleando) de sus protagonistas, indignarnos de la estupidez humana (y no solo juvenil) y llorar con un desenlace que no por previsible (incluso para quien no conozca la historia de referencia) es menos doloroso.

En resumen, una gran película, recientemente reconocida con el Globo de Oro, pero que, como casi todo lo que se estrena estos días aciagos, se ha estrellado en taquilla. Ojalá su más que segura presencia en los Oscar de este año (y espero que logre imponerse ante la aburrida El poder del perro) le dé un más que merecido empujón.

 

Valoración: Nueve sobre diez.

Visto en Netflix: CUATRO MITADES

¿Existen las almas gemelas? Y de ser así, ¿hay un alma gemela única para cada uno de nosotros o podemos convertir a nuestr@ compañer@ en esa alma gemela que todos ansiamos?

Lo que podría ser el planteamiento de aquella serie de ciencia ficción llamada The One (de cuya segunda temporada nunca más se supo) es la base de Cuatro mitades, la comedia romántica italiana de Alessio María Federici, una propuesta de Netflix para hacernos pensar en el amor y sus designios.

En una cena de amigos, los anfitriones pretende convencer a sus invitados sobre la existencia de ese concepto abstracto de las «almas gemelas», basándose en la historia de dos parejas de amigos (Dario, Matteo, Giulia y Chiara) que ellos mismos presentaron. A partir de ahí, vemos a modo de flashbacks el camino de esas relaciones, con una particularidad: realidad y ficción se entremezclan al mostrarnos las dos versiones de la cita, es decir: cómo van las relaciones de Dario/Giulia y Matteo/Chiara por un lado o el supuesto de Dario/Chiara y Matteo/Giulia por otro.

Esto hace que la propuesta tenga un punto de originalidad que la diferencia de la comedia romántica habitual, muy arquetípica en cuanto a su estructura, pero que vuelve también algo confusa. El montaje alterna todo momento ambas versiones, sin desvelar hasta el final cuál de ellas es la auténtica, obligando al espectador a hacer un esfuerzo para no caer en la confusión, sobre todo al no  ofrecer la película demasiado tiempo para conocer a los protagonistas antes de que inicien sus relaciones.

Eso y el final algo descafeinado impiden que uno conecte lo suficiente con la propuesta, que por bienintencionada que sea no alcanza en su pretensión de redefinir y etiquetar al amor y sus caprichos.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Amazon Prime: LA RUEDA DEL TIEMPO

Pese a que Amazon Prime es la única que consigue hacer sombra en números de suscriptores a las todopoderosas Netflix y Disney+, no está claro cuántos de estos suscriptores son asiduos habituales a la plataforma o simplemente se aprovechan de las ventajas de la suscripción a la hora de realizar las ventas on-line. Quizá ello sea la razón por la que la plataforma de streaming no ha llegado a despuntar del todo, sin grandes títulos que la representen, sobretodo porque la mayoría de sus películas originales (que a la larga resultan ser coproducciones) suelen pasarse antes por las salas del cine.

Con su ambiciosa versión de El Señor de los Anillos como la gran apuesta para cambiar las tornas, creada con unas pretensiones (que miedo me dan) de ser la nueva Juego de Tronos, La rueda del tiempo ha aparecido como una especie de aperitivo para ese mundo de espada y brujería que imaginó Tolkien, adaptando en esta ocasión las novelas de Robert Jordan.

En una serie de estas características, varios son los elementos imprescindibles, todos ellos cumplidos a la perfección en esta adaptación a cargo de  Rafe Judkins. Unos actores más que correctos (aunque es inevitable que sobresalga la magnífica Rosamund Pike, también productora), unos efectos visuales cuanto menos resultones y unos fantásticos escenarios naturales que den colorido a la historia. Y, por supuesto, el eterno relato de la lucha del bien contra el mal.

Todo eso lo tiene la serie de Amazon, pero sin embargo algo hace que no termine nunca de despegar del todo. Quizá, viendo lo que la trama tiene que ofrecer, le habría venido mejor a la adaptación una apuesta cinematográfica, más directa al grano. O, simplemente, saber desligarse de la épica tolkiniana. Y es que la sombra de El Señor de los Anillos (y en concreto de la cisión de Peter Jackson) es muy larga, y uno no puede evitar tener todo el rato la sensación de que estamos ante un episodio menor de cualquier historia secundaria de la Tierra Media. Cierto es que la confección de personajes y sus motivaciones son muy diferentes a los de la Comunidad el Anillo, aquí conformados por una bruja y un grupo de jóvenes, uno de los cuales parece estar destinado a dominar el mundo (es decir, de nuevo el juego del «elegido», misma base del Luke Skywalker de Star Wars o el Neo de Matrix), teniendo una nueva revisión del viaje del héroe de Joseph Campbell.

Por eso, pese a la brujería y las (escasas) apariciones de seres monstruosos, lo que tenemos es, una vez más, a un grupo de personajes viajando de un lado para otro, a veces juntos, a veces separados, para tratar de evitar el regreso de una amenaza oscura del pasado (otra vez el pasado parece más interesante que el presente, de nuevo los mismos pasos de la mencionada novela de Tolkien, la trilogía original de Star Wars, la leyenda de Harry Potter…). Y es que, pese a los esfuerzos de sus responsables, todo recuerda demasiado a algo ya visto con anterioridad, no siendo capaces de crear una nueva mitología lo suficientemente atractiva como para tener una entidad por sí misma.

Sí, se trata de reinventar la rueda. Y eso no es tarea sencilla.