sábado, 30 de diciembre de 2017

THE GREATEST SHOWMAN, el último gran musical.

Empezó el año (al menos en las pantallas españolas) con Ciudad de Estrellas (La la land) y lo terminamos con otro musical, The greatest showman. Con ello se completa un círculo en el que, para terminar de cerrar mejor el asunto, los autores de las piezas musicales son los mismos. Y solo por ello va a ser inevitable comparar ambas producciones.
No hay duda de que en el apartado visual Damien Chazelle es más adelantado que Michael Gracey, que debuta en la dirección con esta aparente biografía de P.T. Barnum. No esperen encontrar aquí imposibles planos secuencias ni la maestría que tenían algunas secuencias de la triste historia de amor entre el músico de jazz y la aspirante a actriz, pero ello no significa que no hayan lujosas y espectaculares coreografías y que, desde el punto de vista más formal, este sea un musical más redondo que La la land, donde habían demasiados momentos donde se echaba en falta más canciones. Además, aunque la presencia allí de Emma Stone era impagable, hay que reconocer que en cuanto a lo que carisma se refiere Ryan gosling no le llega a Hugh Jackman a la altura de los zapatos.
Jackman se mueve como pez en el agua en el terreno de los musicales, ya sea por su gran trabajo como presentador de los Oscars o por se de lo único salvable en aquella insípida y teatral adaptación de Los Miserables, y por ello solo los recovecos del guion (que dan una importancia bastante elevada a una subtrama romántica entre los personajes de Zac Efron y Zendaya) impiden que él solo se coma toda la película, eclipsando a todo lo demás.
The greatest showman dice ser un biopic de P.T. Barnum, pero ni se profundiza lo suficiente en su figura ni se ofrece una fidelidad extrema como para no reconocerlo como una simple excusa, una treta para hablar (como ya sucedía en The disaster Artist, también con Efron de secundario) sobre un hombre que persigue sus sueños y los límites que es capaz de cruzar para alcanzarlos.
The greatest showman tiene grandes nombres en su reparto, todos ellos capaces de brillar con luz propia (me quedé hipnotizado con la belleza y la voz de Rebecca Ferguson), aunque quizá Michelle Williams mereciera algo más de peso en la trama. Pero al final, por más que se quiera hablar de una especie de “ceniciento” que logra triunfar pese a sus humildes orígenes, aunque sea una oda a la integración y la igualdad sin importar razas o deformaciones, aunque sea una historia sobre el amor, la familia y la amistad, aunque los números musicales tengan magia y el espectáculo visual sea por momentos acaparador, nada logra al fin hacer sombra a Jackman.
El ya retirado Lobezno es el motor, para bien y para mal, de toda la historia, tal y como Barnum lo debía ser en su propio mundo, y solo por él ya valdría la pena pagar la entrada.
The greatest showman tiene sus deficiencias, no voy a negarlo, y quizá falta algo más de profundidad y reflexión en su sencilla historia, mucho más amable que la realidad que envolvía a Barnum, pero desprende un amor y un cariño por parte de todos sus realizadores (ahí está Bill Condon, autor de Chicago que este año ha arrasado como director de La bella y la bestia, colaborando en el guion; o James Mangold, amigo personal de Jackman y director de Logan, como productor), y es, en resumen, un gran espectáculo musical, un ejemplo de locura y maravilloso caos donde todo es posible y la magia es tan real como los gigantes, los enanos, las mujeres barbudas y otros encantadores engendros.

Valoración: Ocho sobre diez. 

THE DISASTER ARTIST, la inexplicable magia del cine.

The Room es una película que Tommy Wiseau pagó de su propio bolsillo con tal de poder dirigir y protagonizar su propio guion. O quizá considerarla película se demasiado generoso. Lamento profundamente no haber podido “disfrutar” Todavía de ella, pero parece ser un engendro tal que merece el nombramiento de “peor película de la historia”. Sin embargo, tiene algo mágico, algo tan horriblemente encantador que, una vez superado el shock inicial, se convierte en una comedia involuntaria que miles de fans entregados han disfrutado en sesiones especiales hasta convertirla en obra de culto.
James Franco es uno de esos fans entregados, y tras leer el libro autobiográfico The disaster artist: my life inside the room, the greatest bad movie ever made que Greg Sestero, el mejor amigo de Wiseau amén de coprotagonista de The Room, escribió sobre ese infernal rodaje, decidió convertirlo en su próximo proyecto como director (y el primero que se estrena en nuestro país).
Quizá como trabajo cinematográfico The disaster artist sea algo limitado (a Franco le queda aún mucho camino por recorrer), pero como muestra de la magia que puede encontrarse en esta locura que es el mundo del espectáculo resulta casi una obra maestra.
Es tentador comparar The disaster artist con el Ed Wood de Tim Burton, ya que ambas juegan a lo mismo, a utilizar la figura de un supuesto artista, totalmente incompetente y falto de talento, para hacer una oda al mundo del espectáculo, a eso tan difícil de definir que solemos calificar como “la magia del cine”. Por eso, The disaster artist, además de ser una comedia tronchante y servir como crónica de un rodaje y retrato agridulce de un creador, es una lección sobre como luchar por cumplir los sueños, en una alegoría sobre la superación y la amistad y la demostración de que los sueños, como en algunos cuentos de hadas, sí pueden hacerse realidad.
Wiseau, como Wood, es un tipo excéntrico, alguien por quien nadie en su sano juicio daría un duro, y que solo con el apoyo de un aspirante a actor sin demasiado talento como Sestero (en un soporte anímico similar al de Lugosi respeto a Wood) es capaz de seguir peleando. Como James Dean, ambos creen en sí mismos, por más que el resto de la industria les desprecie. Claro que ninguno de ellos es James Dean...
Franco no está a la altura de Burton, y es por ello que su película tiene alguna carencia visual, quizá demasiado plana para lo que el resto del conjunto merece, pero su interpretación es tan perfecta, y la recreación del mundo (y la película, lo que es más o menos lo mismo) de Wiseau es tan exacta que todo lo demás se le puede perdonar. De hecho, su mayor virtud es saber imitar a un tipo tan caricaturesco sin caer, precisamente, en la caricatura, y convertir su adaptación en un homenaje. Y es que, al fin de cuentas, la visión de Franco sobre Wiseau está hecha desde el respeto y la admiración.
Y es que, al final, no deja de tener su mérito conseguir hacer una película de culto, tal y como atestiguan algunos rostros reales (aparte de los cameos que se dejan ver por la película) dando sus impresiones sobre The Room.

Valoración: Ocho sobre diez.

DANDO LA NOTA 3: merecida despedida a las Bellas

El humor gamberro y estereotipado es un subgénero en sí mismo que ha causado no pocos bodrios, habitualmente inclinados al chiste fácil y de sal gruesa. Si buscamos su vertiente femenina y lo disfrazamos de musical (a capella, nada menos), el desastre podría estar confirmado.
Y, sin embargo, Dando la nota demostró en el 2012 que cuando las cosas se hacen bien no es tan difícil que algo así funcione.
No creo que en su momento Jason Moore imaginara que su película daba para convertirse en franquicia, pero Dando la nota 2: aún más alto llegó en 2015, siendo una obra muy disfrutable, casi de lo más divertido de ese año, con lo que una nueva secuela era casi obligatorio.
Con el deseo de dar un cierre de oro a la historia de las Bellas antes de caer en el agotamiento, Dando la nota 3 cambia de directora (la primera secuela vino de la mano de Elizabeth Banks) para que sea la debutante Trish Sie quien de forma al reencuentro final de este grupo de amigas (más una familia) para una última gira que las lleve hacia la madurez definitiva.
Aunque casi todas ellas tienen su propia historia y hay un momentito de lucimiento para cada una, siguen siendo Beca y Amy la gorda (Anna Kendrick y Rebel Wilson) quienes llevan la voz cantante (nunca mejor dicho), una de ellas por enfrentarse definitivamente a lo que pretende sea su futuro y la otra para resolver su conflicto paternal (con John Lithgow debutando en la franquicia).
Con un final desmadrado al más puro estilo de las comedias de acción, con buenos números musicales, interesantes coreografías y, sobretodo, un sentido del humor suficientemente ácido (y bastante políticamente incorrecto, principalmente en boca de los imprescindibles John y Gail), la película supone una buena despedida, con espacio para la nostalgia, que, si bien deja un cierto regusto rancio a gala de reencuentro de Operación Triunfo, resulta eficaz y suficientemente divertida como para perdonarle los defectos (que los tiene).
Aun sin ser imprescindible haber visto las películas anteriores para disfrutar de esta continuación, Dando la nota 3 es como el reencuentro con unas viejas amigas a las que, quizá sin ser plenamente conscientes de ello, echábamos de menos. Y si, además, la fiesta pasa por Cádiz, miel sobre hojuelas.
Dando la nota 3 es alegre, divertida y estimulante, y es el adiós que las Bellas se merecían.

Valoración: Seis sobre diez.

FERDINAND, ¡ay, torito guapo!

Desde que Pixar y Disney son de la misma compañía (aunque lo cierto es que siempre han mamado ambos de la misma teta), Blue Sky es la única productora de animación que podía amenazar la hegemonía de la “major”, destacando por encima de Sony (que posiblemente se ha acomodado demasiado a Gru y los Minions) o Dreamworks (sentenciada tras el agotamiento de Shrek). Pero podría ser que Ferdinand, que precisamente adapta un cuento que ya tuvo versión animada en un corto de, precisamente, Disney, sea la última muestra de ello tras la compra de Fox (la casa madre de Blue Sky) por parte de la casa de las orejas de ratón.
Las grandes sagas suelen propiciar buenos ingresos a las compañías, pero también amenazan con el agotamiento artístico. Blues Sky no ha escapado del todo de la maldición, agotando hasta la extenuación su Ice Age, pero al menos ha logrado destacar de tanto en tanto con productos como Peanuts o la Ferdinand que ahora nos ocupa.
Ferdinand es, pues, el último reducto de originalidad en un mundo donde el dominio del imperio Disney es abusivo y, por tanto, un soplo de aire fresco para el cine infantil, pero eso tampoco debe entenderse como que estamos antes una grandiosa película, más cuando sigue en cartelera maravillas como Coco.
Ferdinand, la historia de un toro que poco tiene de bravo, es una historia bonita pero muy poco arriesgada, que desaprovecha las posibilidades de enfrenarse con valentía al tema del sufrimiento y la muerte. Si Coco era elogiada, precisamente, por atreverse a mostrar a un niño que la vida tiene fecha de caducidad, en Ferdinand todo es demasiado acaramelado como para sacar conclusiones de ella. Incluso el mensaje antitaurino que uno podría llegar a intuir en su tramo final resulta demasiado leve, y ni siquiera la caricaturización del mundo del toreo, con el torero identificado como la figura del villano, es suficiente como para poder ofender a nadie, mientras que el argumento es demasiado clásico y previsible como para aspirar a sorprender en algo.
Con una animación correcta y momentos divertidos aunque no delirantes y las obligadas notas de tristeza que pueden agobiar a los más pequeños (el niño sentado a mi lado se pasó toda la película protestando porque lo que él quería ver era Jumanji), Ferdinand sí destaca por la belleza de sus paisajes, representando con eficaz colorido a España y sus fiestas (no solo la taurina, sino sobretodo los mercados de flores). Por eso, Ferdinand es una película divertida y agradable de ver, pero muy convencional, quizá demasiado pendiente del público infantil y que, pese a poder ser digerida sin problemas por los adultos, no les aportará nada especialmente interesante.
Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 28 de diciembre de 2017

LA CENA: la moralidad a debate

Se me hace complicado analizar de forma objetiva esta película ya que más allá de sus cualidades cinematográficas hay una decisión por parte de su realizador que me llegó a molestar hasta el punto de influir en mi valoración. Y es que agradezco como el que más el que una película no trate como idiota al espectador y tras su visionado le invite a reflexionar sobre la misma, generando debate y dejando espacios en blanco para que cada espectador los rellene en su mente, pero una cosa es eso y otra los finales abruptos que parecen ponerse de moda últimamente. Me vienen a la mente casos recientes como en La Cordillera, que más que un recurso narrativo más (como podría ser el caso de El amante doble) da la sensación de que el director no ha sabido culminar su historia, preocupado solo por el conflicto planteado. Aun sin ser siempre necesaria la resolución, un final tan abrupto invita a pensar en la desidia o incompetencia de un realizador que consigue así agriar una buena historia.
Y eso que hasta el momento el visionado de La cena era sumamente interesante, aun con su cocinado a fuego lento. Es de esas películas que tardan en arrancar, de esas que no se pueden recomendar a la ligera (en mi sala, no demasiado llena, algunos abandonaron la proyección a medias), pero que si uno consigue engancharse a la trama y al gran trabajo actoral se sigue con interés y desconcierto.
Dos matrimonios se reúnen en un restaurante de lujo para solventar un conflicto. Esa es la base del argumento, que podría recordar a Un Dios salvaje, de Polanski, aunque el dilema moral que plantea sea muy diferente. Además, el director Oren Moverman abandona la estancia en forma de flashbacks que no solo nos revelan el origen del conflicto sino que sirven para profundizar en los personajes. Un truco efectivo pero que le resta méritos que sí merecía Polanski en su obra y que ni con esas evita una cierta teatralidad en la puesta en escena.
Dejando de lado mis quejas sobre el final, La cena tampoco sería una película redonda, ya que ese conflicto moral que plantea parece a priori una simple excusa para hablar sobre los conflictos familiares, aunque tocando también otros temas, como las enfermedades mentales o la difícil educación de los adolescentes de clases adineradas. Hay, incluso, un trasfondo político, con cierta sorna al ser en cierto momento el personaje vinculado con esa clase política el que parece tener un código moral más férreo.
Al final, como no podría ser de otra manera en una película de estas características, todo queda supeditado al trabajo de los protagonistas, para los que Moverman ha conseguido reunir un cuarteto de primer nivel, con Richard Gere, Steve Coogan, Laura Linney y Rebecca Hall a la altura de las circunstancias, salvando por momentos la papeleta a un director que en ocasiones pierde el pulso narrativo y alarga en exceso alguna escena.
Interesante propuesta, pues, con muchos flecos que analizar y un puntito de humor ácido en la figura de los representantes hosteleros, pero a la que debo restar puntos por ese brusco cierre.

Valoración: cinco sobre diez.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

JUMANJI, bienvenido a la junga: Superando a la nostalgia.

Cuando se anunció el remake de Jumanji, aquella simpática película con Robin Williams de protagonista, lo más normal era llevarse las manos a la cabeza y preguntarse: ¿porqué? Y más con el referente tan cercano de Enganchados a la muerte, que solo conseguía engrandecer a la original.
Sin embargo, Jumanji: bienvenido a la jungla (que al final resulta ser más una secuela que un remake), no solo dignifica el recuerdo de la película de Joe Johnson sino que la supera incluso.
No hay que buscar originalidad en la propuesta firmada ahora por Jake Kasdan (Bad Teacher y Sex tape son hasta ahora las únicas muestras de su talento), ya que el esquema argumental sigue casi a pies juntillas a su fuente de inspiración, aunque gracias a un inteligente desarrollo de personajes y al buen hacer de sus cuatro intérpretes adultos, la película resulta ser un estupendo divertimento, una trepidante aventura divertida y muy emocionante que sabe reírse de si misma lo suficiente como para que toda la locura mostrada funcione sorprendentemente bien.
Ha pasado el tiempo de los juegos de mesa, así que el diabólico Jumanji (que cabe recordar que ya tuvo una suerte de secuela espacial llamada Zathura) debe evolucionar y se transforma en un videojuego que abduce a los jugadores y los transporta a ese mundo imaginario en el que deben superar diversas pruebas para llegar a un final feliz.
La nueva Jumanji es fresca y divertida, sobretodo gracias a entregarse por completo a un actor con tanto carisma como es Dwayne Johnson, un artista quizá sin demasiados registros pero que nunca defrauda (él era de lo poco salvable de Baywatch). Además, la química con el resto de sus compañeros es total y actores supuestamente cómicos tan denostados como Kevin Hart o Jack Black están geniales. No es tan sencillo como parece ser capaces de hacer dos personajes en uno, el que representan en el juego y el que llevan en su interior, y en este sentido es Black quien más se luce gracias a su doble identidad sexual. Karen Gilliam, cuyo personaje parece haber tomado buena nota de lo acontecido en Guardianes de la Galaxia, completa el solvente cuarteto protagonista.
Es fácil en este tipo de películas caer en los tópicos, pero Kasdan logra aprovecharse de ellos para convertirlos en homenajes a esas películas de aventuras de series B que darían origen a tipos como Indiana Jones, a la par que hay incluso para su momentito emotivo cuando todas las pruebas mortales a las que se enfrentan tienen, como en la primera película, la meta de convertir a los jugadores en mejores personas.
En resumen, estimulante y fresca película de aventuras y fantasía que resulta de lo más recomendable dentro de la cartelera navideña de estas fiestas y que puede resultar un disfruta para toda la familia.

Valoración: Siete sobre diez.

CdS: BRIGHT: tremenda tontería...

Había mucha expectación por ver la gran apuesta de Netflix en el mercado cinematográfico, un campo en el que todavía no han llegado a destacar tanto como en el de las series. Y Bright era la película que debería sentar las bases de esas producción propia de películas que aumentasen la controversia surgida en festivales como el de Cannes y gracias a bocazas como Nolan y compañía.
Pero va a ser que no. La propuesta era, desde luego, lujosa, y hay que reconocerle que tiene un acabado cinematográfico impecable y que no desmerece a otras producciones fantásticas estrenadas en pantalla grande, pero más allá de eso la película dirigida por David Ayer y protagonizada por Will Smith y Joel Edgerton es un despropósito total.
Aunque no podamos hablar de uno de los mejores trabajos del realizador de Escuadrón suicida (que confirma aquí que no pasa de ser un director más del montón) y tampoco es que los actores parezcan muy entregados a la causa (aunque sí al talonario, Smith ya parece haber firmado para la secuela), lo cierto es que el principal responsable del desaguisado lleva el apellido Landis. Porque Max, hijo del histórico John Landis, es quien firma un guion tan absurdo y vacío que resulta incomprensible que alguien en Netflix diera luz verde a este proyecto.
Bright plantea una nueva realidad donde los seres mágicos conviven con nosotros. Así, en un Los Angeles contemporáneo, hadas, elfos y orcos transitan a sus anchas por las calles, formando sus propios ghettos mientras dragones sobrevuelan los cielos y se habla de varitas mágicas con una naturalidad que roza el ridículo.
Al principio, todo parece una excusa para hablar de forma poco sutil de la integración y el racismo, pero en un momento dado todo decae en una explosión de fuegos de artificio sin mucho sentido, con una mitología mal explicada y que no consigue captar en ningún momento la atención del espectador.
Smith está tan poco inspirado como de costumbre, mientras que la capa de maquillaje que transforma a Edgerton en un orco impiden cualquier atisbo de interpretación por su parte. Con todo, hay momentos en los que parece que Ayer quiere practicar un ejercicio de cine policial formal, al estilo de sus trabajos Dueños de la calle o Al límite, pero también termina por lastrar una película que se pretende tomar demasiado en serio a sí misma y a la que le haría falta mucho más humor (tan solo algunos diálogos entre la pareja protagonista que parece querer jugar a ser Dos policías rebeldes provocan alguna sonrisa) para conseguir ser digerible. Una villana de opereta sin un gran trasfondo, guerras de clanes y profecías ancestrales resueltas con previsibilidad son insulsos alicientes para una propuesta que no llega ni a la condición de pasatiempo y que, de haber sido realmente una película de cine, habría sufrido un estrepitoso fracaso.
Pero esto es otra cosa. Y en televisión, por lo visto, lo malo también vende. A nadie le ha gustado, pero la han visto suficientes personas como para que Netflix trabaje en una continuación.
Como si fuese necesario...

Valoración: Tres sobre diez.

UNA VIDA A LO GRANDE: grandes aspiraciones, pequeños resultados

Alexander Payne siempre se ha caracterizado por hacer films intimistas, pequeños en su puesta en escena pero ambiciosos en su propuesta argumental, capaces de invitar a la reflexión y de arañar nuestros sentimientos. Y su última película, Nebraska, fechada hace ya cuatro años, filmada en un amargo blanco y negro, es buena muestra de ello. Por ello, Una vida a lo grande es su apuesta más arriesgada y lujosa, una producción de grandes miras con tintes de ciencia ficción moralista al servicio de la historia más que de los efectos visuales.
Sin embargo, es tanto lo que Payne quiere abarcar en esta nueva peripecia visual que el resultado final resulta confuso y deshilachado, puede que por no decidir con claridad el mensaje por el que quiere apostar o por esa indecisión entre comedia y drama que queda finalmente entre dos aguas. Al final, queda la sensación de que hay una sucesión de acciones sin demasiada consistencia, como si Payne se hubiese olvidado de estructurar su guion en los inevitables tres actos de rigor, lo que provoca momentos de aburrimiento y una sensación de que la película es más larga de lo que en realidad es.
Matt Damon interpreta a un hombre corriente convencido de que está destinado a algo grande. Cuando unos científicos noruegos descubren la manera de reducir la masa orgánica de los seres vivos de manera que pueden construir comunidades reducidas con las que combatir los problemas consecuentes de la superpoblación, este decidirá apuntarse a esa nueva vida junto a su amada esposa.
Existen en este punto diversos toques de agradable ironía, como el contrapunto entre las intenciones teóricas de los voluntarios de ayudar a salvar a la humanidad y la realidad, que al convertirse en “pequeños” ven su patrimonio exponencialmente aumentado, de manera que es posible vivir una vida de lujo sin tener que preocuparse por trabajar en esas nuevas comunidades idílicas.
A partir de aquí, sin embargo, la película se embarrunta, apuntando interesantes ideas (los pícaros que trafican con productos gigantes) aunque con un mensaje muy previsible, que el ser humano es decadente por naturaleza y que toda sociedad, por idílica que sea, terminará por corromperse por sí misma. Sin embargo, Payne no se conforma con ello y la película se pierde definitivamente cuando los personajes salen de la utópica comunidad.
Payne no busca hacer una película realista, sino metafórica, pero ello no es condición para abandonar todo realismo posible. Renunciar a hacer una película de aventuras no implica que el medir apenas unos centímetros de altura no conlleve unos riesgos, y que esta especie de “increíble hombre menguante” pueda campar por sus anchas por el mundo exterior sin sensación alguna de peligro obliga a una suspensión de la credibilidad tal que, a esas alturas de película, invita a desconectar con ella.
Más pretenciosa que efectiva, con grandes parrafadas cargadas de supuesto transcendentalismo, erráticamente cómica y con demasiados mensajes políticos, sociales y ecológicos sobre los que se profundiza mal, Una vida a lo grande arranca muy bien para naufragar en un absurdo que terminó por aburrirme y decepcionarme.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 24 de diciembre de 2017

WONDER WHEEL, el genio brilla más que nunca

Existen dos Woody Allen diferentes, por más que en ocasiones uno se entremezcle con el otro: el cómico y el dramático. En los últimos años el cómico parece haberse difuminado poco a poco, haciendo que esos inteligentes diálogos del neoyorquino sean cada vez menos divertidos, aunque fue Blue Jasmine la película más amarga del autor en los últimos tiempos.
Con un paralelismo innegable con aquella, Wonder Wheel es tan amarga o más, siendo también un relato de perdedores, de tipos abocados al fracaso y a la autodestrucción, que buscan una felicidad inexistente a base de engañarse a ellos mismos y a sus propias convicciones. Son, en fin, personajes mezquinos, egoístas, alcohólicos o vanidosos, pero también personajes de lo que uno es capaz de enamorarse sin poder evitarlo.
Mickey, un aspirante a dramaturgo, es un socorrista de playa en una playa donde nunca se ahoga nadie. Él hace de narrador de la historia, incapaz de asumir, desde la misma presentación, los propios fantasmas que lo atormentan. Ginny es una antigua aspirante a actriz que ha visto como la vida le ha pasado de largo, madre de un hijo pirómano y casada con un borracho que, a la postre, ha sido su salvador. Humpty no es nadie. No tiene aspiraciones. Maneja un Tío Vivo en Coney Island y sale a pescar con sus amigos. Solo el regreso de una hija a la que no veía desde hace cinco años le devuelve la alegría. Carolina es una chica marcada, apenas una niña que huyo de casa para casarse con un mafioso y a la que han puesto precio por su cabeza.
Estos cuatro personajes, como en una tragicomedia griega, cruzan sus caminos hacia una irremediable perdición a la sombra de la noria Wonder Wheel, una de las atracciones más características de Coney Island, que ilumina de rojo y azul el interior del hogar de Ginny y Humpty, y que sirve de magnífica metáfora sobre las vueltas que da la vida, generalmente para terminar en el mismo punto de partida. Ambientada en los años cincuenta, Coney Island sirve también como representación de la decadencia humana, tal y como se encontraba la popular zona turística tras la decadencia a la que entró una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Wonder Wheel es una de las mejores películas de Woody Allen, desangelada y con un punto de sarcasmo que, al final, termina por dibujar una tímida sonrisa en el rostro, como la utilización del niño pirómano, metáfora del propio Allen arremetiendo contra sus propios miedos (sirva como ejemplo cuando prende fuego a la consulta de la psiquiatra).
Con cientos de guiños a otras películas, siendo el aroma de Tenessee Williams el que más empapa la obra, se confirma aquí el cambio de estilo fílmico de Allen que ya apuntaba en Café Society, quizá influenciado por su nuevo director de fotografía, el reconocido Vittorio Storaro, que consigue unos juegos de luces y unos movimientos de cámara que dotan de cierta modernidad al habitualmente estilo plano y clasicista de Allen. Los actores, como es habitual en trabajos del director, están sobresalientes (me ha alegrado reencontrarme con Jim Belushi, al que tenía muy perdida la pista, aunque siempre recordaré de aquellos años de Danko, calor rojo, o el Superagente K9), siendo la escena del diálogo final entre Ginny y Mickey sencillamente brillante. Un agotador enfrentamiento entre Kate Winslet y Justin Timberlake en un plano sin cortes que es un verdadero prodigio.
Es difícil si estamos ante uno de los mejores Allen, ya que en el nuevo siglo no ha llegado a alcanzar la calidad de sus obras maestras, pero si no es así, poco le faltará. La película emociona y desgarra. Y eso es lo que pretende el autor. Retorcernos al ritmo del carrusel multicolor.

Valoración: Ocho sobre diez.

SE ARMÓ EL BELÉN, rememorando el nacimiento de Jesús.

Se armó el belén es el macarrónico título que han puesto en español al mucho más escueto The Star. Producida por Sony animation, entre otras, supone el debut como director de Timothy Reckart y cuenta con un buen puñado de voces reconocibles en su versión original, tales como Christopher Plummer, Ving Rhames, Mariah Carey, Oprah Winfrey o Kris Ksistofferson, entre otras.
Se armó el belén se anuncia como la película sobre las primeras navidades, y eso no puede ser más cierto, ya que lo que cuenta en apenas una hora y media el la piedra angular del Nuevo Testamento, desde la enunciación a la Virgen María hasta el nacimiento del niño Jesús, con la marcha hacia Belén de María junto a José para apuntarse al censo o la visita de los Reyes de Oriente al palacio de Herodes anunciando la buena nueva. La gracia de la cosa es que la película está vista desde el punto de vista de los animales, en concreto un burro y una paloma que ansían vivir grandes aventuras y que el descubrimiento de una nueva estrella en el cielo les hace pensar que el destino les depara algo grande.
Visualmente hermosa, Se armó el belén no es que tenga un humor demasiado sofisticado, a fin de cuentas de que el publico al que va dirigido es, probablemente, excesivamente infantil, pero ofrece su mensaje con sinceridad y es terriblemente valiente para los tiempos que corren por abrazar la tradición cristiana con tanta convicción. No hay medias tintas en esta nueva versión del nacimiento de Jesús, por lo que nos encontramos ante una verdadera lección de catecismo con animalillos haciendo gansadas por en medio y un villano algo impostado que parece escapado de Juego de Tronos.
La película no es nada del otro mundo, pero se deja ver con agrado, alcanzando a colmar las expectativas. Es muy autoconsciente de que no puede competir en la liga de Pixar y compañía y tampoco lo pretende, y de esa sencillez tan propia de sus propios protagonistas nace su mejor virtud.
Una propuesta ideal para disfrutar con los pequeños de la casa en estas fechas tan oportunas.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 21 de diciembre de 2017

LOS ÚLTIMOS JEDI: fallido intento de revitalización

Hace dos años, ya bajo la batuta de Disney, la franquicia de Star Wars inició una nueva andadura con su Episodio VII: El despertar de la fuerza que provocó discrepancias entre los fans, pero un impresionante éxito de taquilla. Aunque yo siempre he defendido que es el episodio de mayor calidad de la saga, sí es cierto que dejaba un cierto aroma a remake, planteando además preguntas que quedaban luego en el aire.
Tras ese disfrutable paréntesis que supuso Rogue One, ha sido Ryan Johnson quien ha sustituido a J.J. Abrams en la silla de director y ha construido el siguiente peldaño de una historia que debería concluir definitivamente en el 2019, de nuevo con Abrams al mando. Con el presumible éxito económico que va a lograr, se esperaba que las aguas de la polémica volviesen a su cauce y la película, pudiendo gustar más o menos, contentara a todos a nivel general, pero parece que los enfrentamientos entre sus defensores y detractores son más feroces si cabe que en aquella ocasión, recordándome casi a los estrenos del CDEU de Warner, llegando incluso a producirse una recogida de formas solicitando que quede fuera de la continuidad canónica.
¿Qué está pasando con esta película que no debería ser más que un eslabón más de una cadena firmemente afincada en el imaginarium popular y con poco hueco para la sorpresa? Pues, sencillamente, que Johnson -quien por cierto es el primer autor, aparte de George Lucas, al que le permiten escribir en solitario su propia película- ha disfrazado Los últimos Jedi con una preciosa capa de estilo y personalidad, con imágenes visuales muy hermosas y de gran poderío, con las que adorna una trama torpe que, aun aparentando tomar direcciones novedosas e incluso arriesgadas, no deja de ser una copia conceptual de El Imperio contraataca mezclada con detalles de El retorno del Jedi, menos descarado que El despertar de la Fuerza pero igualmente evidente. El Episodio VII podría ser casi un remake visual, pero el VIII lo es a nivel argumental.
Sin entrar en detalles para no caer en spoilers (de eso habrá tiempo en unos días), diré que Johnson repite los (pocos) errores de Abrams en su film y añade unos cuantos, de propia cosecha, concibiendo así una película que como espectáculo de entretenimiento funciona a la perfección pero que deja insatisfecho por el cauce que toman los acontecimientos. Y no se trata, como critican algunos, de que se distancie de la mitología clásica. Eso me parece bien, pues ya es hora de explorar nuevos caminos (como lleva haciendo con acierto desigual Star Trek), pero ignora que, de forma sutil pero muy interesante, eso es lo que había empezado a hacer ya Abrams y que él desprecia sin concesiones. No solo Los últimos Jedi deja de responder alguna de las dudas que dejaba El despertar de la Fuerza (se podría pensar que Johnson no quería hacerse cargo de los muertos de Abrams y se los deja para que él mismo se los coma en la siguiente película), sino que directamente las obvia, cerrando con ello la puerta a futuras interpretaciones. Y las pocas que sí responde lo hace, a mi entender, mal. Su argumento, obviando que forma parte de una saga, hace un cambio de rumbo que podría ser muy útil en esa trilogía nueva que pretende hacer (Disney ya la había confirmado, pero ahora mismo dudo mucho que confíen tan ciegamente en él), pero no en lo que se supone el segundo capítulo de algo que otro director había comenzado. 
Y lo peor de todo es que, con la conclusión de la película, el aroma a cierre de ciclo es tan grande que solo deja dos alternativas a Abrams, crear una historia prácticamente partiendo de la nada, inventando nuevas subtramas y centrándolo todo al previsible enfrentamiento definitivo entre Rey y Kylo Ren o copiar la traicionera jugada de Johnson y continuar su historia renegando de la mayoría de las cosas narradas en este episodio. En ambos casos, todo un papelón para J.J.
Los últimos Jedi es, por momentos, una comedia sin gracia con la que pretender ocultar las gotas de oscuridad que empapaba la brillante El Imperio contraataca, como si así se pudiese obviar la repetición de las tramas. Hay chistes de vergüenza ajena que, si bien no ponen a la película a la altura de Thor Ragnarok, poco le falta. Ya dije en su momento que Los Guardianes de la Galaxia era el Star Wars de esta generación, y el señor Johnson parece querer darme la razón. Al menos allí el humor sí funcionaba.
Pero no todo es negativo en la película, ni mucho menos. 
En realidad, Los últimos Jedi es una película muy entretenida, en la que las dos horas y media de duración pasan en un suspiro, pese a que alguna de sus subtramas puede resultar indigesta en un segundo visionado. El problema es que alterna momentos de gran intensidad y emoción (todo lo relacionado con Luke, Rey y Kylo Ren) con momentos innecesarios. Se puede disfrutar mucho mientras no se piense demasiado en lo que se está viendo y hasta se le pueden encontrar lecturas políticas (y hoy en Catalunya es un buen día para hablar de ello) o religiosas, pero todo ello se empaña con las historietas de dos grupos de personajes, La Primera orden y la Resistencia, que parecen empeñados en demostrar quién es más tonto de los dos, pasándose el film haciendo un montón de cosas que al final no sirve para nada. Sí, hay peleas de sables laser, descubrimientos sobre los Jedi, momentos para la nostalgia, persecuciones y bichejos nuevos (hay que vender peluches, no lo olvidéis), y no puedo negarle a Johnson que la mayoría e las veces usa muy bien la cámara, consiguiendo planos espectaculares y de gran hermosura (y la última escena de Luke es el mejor ejemplo). Por ello, pese a todos los fallos y todos los enfados que la película pueda llegar a provocar, sería injusto suspenderla, ya que estamos ante todo frente a un producto de entretenimiento y en ello cumple las expectativas.
Sin embargo, esto debería ser más, mucho más, y decepciona tanto que al final, pese a la diversión y la emoción, uno se queda con un regusto amargo.
Tanto El despertar de la Fuerza como Rogue One, las anteriores películas Star Wars de la era Disney, lograron emocionarme en algún momento. Los últimos Jedi no lo ha conseguido. Y eso que tenía las armas.
Decididamente, Johnson está más interesado en el confrontamiento entre los tres protagonistas que en todo lo demás, que es simple relleno. Al menos, hay que agradecer que los tres actores lo den todo y cumplan con brillantes interpretaciones.
Demasiada poca cosa a la que poderse agarrar los fans, que no dejan de ver más de lo mismo pero peor.

Valoración: Seis sobre diez.