miércoles, 25 de noviembre de 2015

LOS JUEGOS DEL HAMBRE: SINSAJO, PARTE DOS (8d10)

Cuando se estrenó la primera parte de Los juegos del Hambre: Sinsajo (a partir de ahora vamos a dejarlo en Sinsajo, si os parece), ya adelanté que la película parecía más una especie de prólogo excesivamente largo que terminaba en una especie de coitus interruptus, que dejaba totalmente insatisfecho al espectador, casi con la sensación de que le habían tomado el pelo. Vista de nuevo, compruebo que algo de razón tenía, más cuando recordaba con agrado las dos primeras entregas de la saga mientras que esta tercera había caído completamente en el olvido en mi ya de por sí caótica memoria, pese a ser la vista más recientemente.
Sin embargo, vivida la experiencia de realizar una mini-maratón con las dos partes de Sinsajo seguidas, lo cierto es que de no ser por la duración esa primera parte gana bastantes enteros, demostrándose así que no tenía mucho sentido sin el visionado inmediato de su continuación pero que sentaba bien las bases para comprender en qué se había convertido Panem tras la conclusión de los Juegos descritos en En llamas y la rebeldía de Katniss.
Ya entrados en harina, esta última película que cierra de manera triunfal la saga retoma la acción en el punto exacto en la que finalizó la primera parte de Sinsajo, amenazando con ofrecer más de lo mismo, con Katniss convertida en un icono publicitario y dejando la guerra en un despreciable segundo plano. Sin embargo, Francis Lawrence no decepciona y Katniss, después de rebelarse contra el sistema al principio de la saga, se rebelará también contra sus nuevos aliados con una sola idea en la cabeza: matar al Presidente Snow.
Sinsajo, parte dos tiene un marcado carácter de fin de fiesta, una despedida por todo lo alto donde todos los personajes protagonistas deben tener su pequeño momento de gloria siempre sin llegar a eclipsar a Jennifer Lawrence (por supuesto) y dónde, más allá del final de la rebelión, se deben clausurar el resto de tramas secundarias en las que no puede faltar, me temo, el imprescindible triángulo amoroso de la protagonista, un tema sobre el que gira parte de la trama pero que ni mucho menos terminará por contaminar la película como para lastrarla con sensiblería de baratillo. Sinsajo, parte dos, sigue siendo una película para adolescentes, pero no por ello reúsa a mostrar la cara más realista de una guerra, con las suficientes dosis de dramatismo como para que, pese a la ausencia de escenas realmente truculentas, esto no sea para nada un cuento de hadas. Los juegos del Hambre nacieron con la pretensión de ser una metáfora social y no van a perder ese rasgo en su tramo final.
Como no puede ser de otra manera, repiten todos los viejos conocidos, algunos fieles compañeros de viaje desde la primera película, aunque se echa en falta algo más de presencia del gran Stanley Tucci, que ya en Sinsajo, parte uno, estaba muy desaprovechado. De todas formas, por más que la mayoría de sus tomas parecen haberse podido aprovechar, un deje de tristeza colma al espectador cada vez que el malogrado Philip Seymour Hoffman copa la pantalla, resintiéndose su personaje de la trágica muerte del actor solo en el desenlace final, donde se echa en falta una emotiva despedida tan merecida y necesaria como la que tuvo Paul Walker en Fast&Furious 7 (claro que Walker era protagonista y Hoffman un simple secundario de lujo).
Todos los intérpretes rallan a magnífico nivel, incluso aquellos que están de paso, posiblemente más interesados en cobrar un lucrativo cheque y acercarse a las nuevas generaciones que a desarrollar un desafío interpretativo, caso de Julianne Moore o Donald Sutherland, mientras resulta curioso que Liam Hemsworth tenga que dar un paso atrás para dejar espacio a un mayor lucimiento de Josh Hutcherson mientras en la vida real es el hermanísimo de Thor quien parece tener una carrera más encauzada.
Aunque hay quien define la tercera entrega de la saga literaria como la más floja de las tres la película recrea con notable fidelidad los pasajes principales, siendo lógicamente algo más sutil en el trasfondo político aunque sin rechazar hablar de las tentaciones y las atrocidades que se pueden llegar a cometer por atesorar y mantener una posición de poder (algo previsibles en pantalla, por otra parte). Metáforas sociales aparte, Sinsajo, parte dos, es una muy entretenida película, mucho más espectacular y palomitera que su antecesora, aunque algo abusiva en su duración. Como si de una obra estirada de Peter Jackson se tratase nada hay en el argumento (y recuerdo que he podido ver las dos partes de Sinsajo seguidas) que me indique que fuese imposible hacer una sola película, y ese es el principal punto negativo para una obra que, en su totalidad, ha necesitado de doscientos sesenta minutos para contar su final.
Los juegos han terminado, esta vez para siempre. Aunque eso, en el mundo de Hollywood (que se lo digan al entorno de Harry Potter) es mucho decir. Sí han terminado, al menos, para Phillip Seymour Hoffman, y esta obra es una buena despedida. Vaya con Dios…

lunes, 23 de noviembre de 2015

OCHO APELLIDOS CATALANES (6d10)

Apenas un par de años ha tardado en llegar la secuela de la más exitosa película de la historia de nuestro país. Y por ello las expectativas son tan altas como difíciles de cumplir.
No, definitivamente la continuación de Ocho apellidos vascos no va a tener el éxito de su predecesora (aunque dinero va a dar, de eso no hay duda) y ya se están escuchando las primeras (e injustificadas) críticas negativas.
Ocho apellidos catalanes no es una gran película, dejémoslo claro desde el principio, tal y como tampoco lo era Ocho apellidos vascos. Siempre consideré que era una buena comedia pero su éxito fue desmesurado y a todas luces inaudito, y por ello es imposible que su secuela esté a la altura de algo que, en la práctica, no tenía tal altura. Es como luchar contra el recuerdo de algo que nunca fue.
Además, la película nace ya de entrada con un terrible handycap. No puede innovar demasiado, pues los que disfrutaron de la primera película en el fondo quieren más de lo mismo, pero tampoco puede convertirse en una mera fotocopia a la que acusen de falta de originalidad. ¿Solución? No la hay. Y por eso muchos van a sentirse decepcionados ante esta continuación que, todo sea dicho, no es que tenga un gran guion.
La cosa es sencilla. Amaia va a casarse con un catalán y Rafa, advertido por Koldo, decide presentarse en la boda para tratar de reconquistar a su chica. Todo muy típico y previsible, demasiado convencional. La clásica comedia romántica vista mil veces y cuyo desenlace podemos adivinar desde la primera escena, no solo en lo referente a los protagonistas sino también en cuando a los secundarios.
El acierto de los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José está en los diálogos, que como en la versión vasca es donde se muestran más mordaces y donde se pueden encontrar los mejores puntos de humor. No se han sustituido las bromas a costa de vascos y andaluces por las referidas a los catalanes, sino que estos se han añadido, dando más colorido a la función y permitiendo que no quede títere con cabeza en esta comedia con toques de vodevil (toda la escena situada en la masía propiedad del personaje de Rosa María Sardá) con una mala leche a base de tópicos e iconos geográficos perfectamente repartidos por gran parte del territorio nacional, aunque es innegable que el tema de la independencia centra todos los focos, como era de esperar.
En el apartado interpretativo, aparte del cuarteto original que repite con solvencia, tenemos la aportación de un Berto Romero que cada vez parece sentirse más cómodo en su faceta como actor (y todo parecía haber empezado como una broma a modo de cameo), de Rosa María Sarda que se come la pantalla con su presencia en cada aparición (y que ayuda a olvidar su espantosa interpretación en la más espantosa todavía Rey Gitano) y de Belén cuesta, la última punta de este cuadrado amoroso que Emilio Martínez de Lázaro nos propone y la que más sorprende por su versatibilidad lingüística.
Vista desde tierras catalanas, tengo la curiosidad de ver la reacción del público local ante los chistes más radicales. Con la primera película muchos se tomaban con buen humor la pantomima que se hacía de vascos y andaluces, pero cuando les toca a ellos… Habrá que ver si se toman las cosas con la  misma tolerancia.
Yo por mi parte me lo pasé relativamente bien, sabiendo lo que iba a ver y sin esperarme ninguna maravilla. Es una correcta continuación que, como sucede con la mayoría de secuelas de comedias, adolece el factor sorpresa que tuvo la primera parte y que repite un esquema ampliando sus horizontes y recuperando con calzador algunos personajes como Joaquín y Curro, aunque sí le puedo achacar algo de falta de valentía en situaciones más extremas como la insípida intervención en el pueblo de la Guardia Civil, una subtrama claramente desaprovechada.
Reírse es una costumbre muy sana, y reírse de uno mismo más todavía. Eso es lo que propone la película, y quererle pedir más que eso sería una seria equivocación. Hay lo que hay y no hay que pedirle peras al olmo. Aunque sea un olmo catalán.


Actualización: en su primer fin de semana ha arrasado en taquilla, batiendo todos los récords y rebasado sobradamente el estreno que tuvo Ocho apellidos vascos, y viendo las colas kilométricas que sufrí ayer noche en mi cine parece innegable que, pese a coincidir en su estreno con un Madrid-Barça de fútbol, el éxito está asegurado. Eso sí, cabe recordar que la recaudación de Ocho apellidos vascos fue de menos a más y estuvo mucho tiempo aferrada en el número uno y algo me dice que esta va a sufrir el efecto contrario y el boca a oreja le va a hacer mucho daño. Aunque claro, que le quiten lo bailado...

SICARIO (7d10)

Resulta especialmente difícil en estos tiempos tan convulsos con los últimos ataques terroristas por tierras francesas tan recientes, atreverse a disfrutar con una película pretendidamente realista sobre asesinos y fuerzas de la ley capaces de saltarse cualquier norma o código moral por tal de conseguir sus objetivos. No obstante, tal y como mencionaba en mi comentario del mes, conviene saber diferenciar cine y realidad ya que solo así podemos disfrutar de los tiroteos y las matanzas que nos propone Villeneuve en su nuevo film sin necesidad de sentirnos culpables.
Entrando de lleno en la película, otro elemento a priori preocupante es la participación de Denis Villeneuve como director en la que se supone será su última película antes de abordar la secuela / remake de Blade Runner. Con dos estrenos presentados el año pasado de forma casi simultánea uno no podía evitar preguntarse: ¿nos encontraremos con el Villeneuve duro e impactante pero de firmes resoluciones y visualmente atrayente de Prisioneros o al autor de la fascinante pero estúpidamente incomprensible y casi insultante Enemy? No hay peligro. Estamos ante una obra que evoca el realismo frío pero estremecedor de la película que unió los destinos de Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal en una historia para nada amable pero completamente coherente y cerrada.
Incluso concede Villeneuve un regalo al espectador en forma del personaje al que da vida Emily Blunt. Así com o en la vida, la película comienza casi a mitad de una historia, con una operación que engloba a la CIA, a agentes del FBI y a la propia policía, tanto americana como mejicana, de manera que el espectador puede sentirse un poco perdido al principio, con la sensación de subirse al carro en marcha y faltándole información para atar todos los cabos. Afoirtunadamente a Kate Macer (Blunt) le pasa exactamente lo mismo y eso nos permite identificarnos a la perfección con ella y sentirnos aliviados de poder descubrir juntos las respuestas necesarias.
Sicario narra la operación orquestada por las fuerzas del gobierno estadounidense por capturar a uno de los más importantes capos de la droga personificaos en tres personajes principales de caracteres fuertes pero distantes convincentemente interpretados por la mencionada Blunt, Benicio el Toro y Josh Brolin. Hay que decir, no obstante, que si bien los tres rallan a muy buen nivel ninguno de ellos se aleja demasiado a personajes a los que ya hubiesen interpretado con anterioridad (la chica fuerte pero superada por las circunstancias, el latino despiadado e impertubable y el tipo duro), siendo por tanto elecciones tan acertadas como poco arriesgadas. Hay por ahí algún decundario de lujo como Victor Garber o Jon Bernthal que terminan de dar lustro al reparto.
Sicario es una película emocionante y tensa, algo previsible en su desenlace (estamos de nuevo ante esos títulos redundantes que estropean la trama a poco que uno sea algo hábil), viulenta pero curiosamente esquiva a la hora de mostrar la violencia más explicita (muchoas de las muertes más impactantes ocurren fuera de plano), con un buen ritmo narrativo que mide con sabiduría las escenas de acción con los momentos más íntimos, aunque quizá se eche en falta algún aporte más sobre el análisis interno de los personajes, de los ncuales apenas conocemos más que lo que vemos y lo poco que podemos intuir.
En resumen, un buen trabajo de Villeneuve que, de ir por este camino, puede darme alguna esperanza de cara a retomar el trabajo de Ridley Scott con los replicantes. El de Enemy, cuanto más lejos mejor.

DEUDA DE HONOR (7d10)

Deuda de honor es la nueva película de Tommy Lee Jones como director basándose en la novela The homesman de Glendon Swarthout.
A diferencia de los westerns clásicos de cielos azules y héroes impolutos, Jones nos retrata un oeste americano sucio, despreciable y lleno de tipos oscuros de difícil caladura moral. Sólo la protagonista de la historia, Mary Bee Cuddy (interpretada por una magnífica Hilary Swank), parece una mujer transparente y de fuertes convicciones. Demasiado, quizás, para el mundo que la rodea, que la mantiene aislada de sus vecinos como si de un bicho raro (y feo) se tratase.
La trama arranca cuando Mary se ofrece voluntaria para transportar en un carruaje a tres mujeres del pueblo que han enloquecido por diversos motivos (incómodos y desasosegantes flashbacks que nos anuncian de buen principio la dureza de la dirección de Jones) hasta una lejana ciudad donde puedan hacerse cargo de ellas sin más ayuda que la de George Briggs, un maleante despreciable y poco de fiar (Tommy Lee Jones) al que salva la vida de ser ahorcado por ladrón.
Siguiendo muchas de las convicciones del género (hay grandes desiertos, indios y vaqueros, tiroteos y persecuciones a caballo), Deuda de honor es en realidad un drama existencial, una historia de redención donde la verdadera fuerza reside en la confrontación entre las personalidades de Mary y George cuya moralidad y personalidad definirán el devenir de la película. Pese a los mencionados flashbacks, la historia se sigue de una manera muy lineal, muy convencional, casi hasta rutinaria, lo cual nos deja totalmente desamparados para el duro golpe que pervierte la esencia de los personajes y transforma la historia de forma para la que no estábamos preparados.
Con interesantes secundarios como William Fichtner o John Lithgow y el extraordinario y complicado trabajo del trío de dementes (Miranda Otto, Sonja Richter y Grace Gummer, hija de Meryl Streep que se reserva además una breve aparición), que logran transmitir sus miserias sin caer en el esperpento, Tommy Lee Jones logra concebir una cruel historia sobre la condición humana, usando la suciedad y la decadencia de muchos personajes para dar forma a la amistad, la lealtad y la responsabilidad, convirtiendo así su obra en un mensaje de (amarga) esperanza.

LA ADOPCIÓN (6d10)

Escrita y dirigida por Daniela Féjerman (ayudada en el libreto por Alejo Flah), La Adopción es el duro relato de un matrimonio que se desplaza hasta un indefinido país de la antigua unión Soviética (no se llega a nombrar nunca el lugar, aunque es fácil identificarlo como Rusia, pese a la participación lituana en la producción) para finalizar el proceso de adopción de un niño.
Inspirada en un hecho real, la película denuncia con dureza las difíciles trabas burocráticas a la que los esperanzados futuros padres son sometidos, convirtiendo la estancia en ese país (que tendría que haber sido un momento de felicidad y alegría) en un verdadero infierno del que muchos regresan escaldados y casi arruinados. La corrupción de los funcionarios, la incompetencia de las organizaciones españolas y el desinterés de los gobiernos de origen pervierten lo que debería ser uno de los gestos más bonitos del mundo: la posibilidad de dar una familia a quienes no pueden tenerla por sus propios medios a la par que ofrecer la posibilidad de salvación a unos niños que, de otra manera, quien sabe cómo podrían terminar.
Me queda la duda, sin embargo, de si la película pretende ser una verdadera denuncia o un simple drama personificando toda esta red de embustes, egoísmo y avaricia en la pareja protagonista (correctos Francesc Garrido y Nora Navas) y sus desventuras en antiguas tierras comunistas (magnífica la ambientación feista y desasosegante del lugar). El problema está en que Féjerman plantea muy bien todos los conflictos, contagiando al espectador del desconcierto, la angustia y hasta la indignación de los protagonistas, pero termina personificando demasiado la trama hacia el final del metraje, cargando las tintas sólo en la adopción de un niño concreto, de manera que las otras subtramas que se abrían alrededor para dar consistencia a la película queden olvidadas o solucionadas de una forma demasiado amable. Es como si Féjerman siguiera la doctrina de “bien está lo que bien acaba” sin importarle los cadáveres del camino. Así, ni el mal estado de los niños en el primer orfanato, ni las dificultades que puedan aparecer en el juicio final (anticipadas por una desangelada pareja a mitad de la película) ni la brecha sentimental que las complicaciones provocan en la pareja (y que hace que se digan y hagan cosas para las que ya no hay marcha atrás) quedan reflejadas en el previsible e inevitable final (no voy a spoilearlo, ya lo hace el propio título del film), de manera que pese a todo lo sufrido y lo desalentador que pueda resultar el proyecto para posibles espectadores que se puedan estar planteando adoptar un niño en el extranjero, la realidad es que todo termina resultando demasiado sencillo, casi hasta muy bonito en perspectiva con lo que se nos anuncia y cuyo único obstáculo real es el dinero.
Con dinero en mano, todo es posible. Y ese no creo que pretenda ser el verdadero mensaje de la película.

sábado, 21 de noviembre de 2015

La recomendación del mes: FAHRENHEIT 451

Como si se tratase de cerrar un círculo perfecto, François Truffaut será casi el encargado de culminar este ciclo de recomendaciones (el mes que viene tendrá un toque más… navideño) que comenzó, precisamente, con una película suya: La noche americana.
Fahrenheit 451 es un clásico tanto literario como cinematográfico, y no voy a descubrir ahora al director más representativo de la nouvelle vague. Sin embargo, puede que muchos –incluyendo a mi querida prima Isa, que es precisamente la autora de la recomendación- me pongáis a caldo debido a mi opinión sobre este título en particular.
Basada en una novela distópica de Ray Bradbury la historia sigue los pasos de Guy Mortag en un futuro ambiguo y frío en el que los libros han sido prohibidos por considerar que impiden la felicidad del hombre, llenándolo de sufrimiento y angustia. Mortag es un destacado miembro del cuerpo de bomberos, un organismo que en esa época (posterior al 2010, cuarenta y cuatro años en el futuro con respecto a la fecha de rodaje y cincuenta y siete con la edición de la novela) no se dedica a sofocar fuegos sino a buscar esos libros prohibidos para proceder a su destrucción. Pero el día que Mortag conoce a una joven soñadora y llena de vida sus convicciones comenzarán a flaquear, llegando a preguntarse si no puede haber estado pensando de manera equivocada todos esos años.
Es notable lo mal que ha pasado el tiempo para la película, resultando el futuro que nos presenta completamente absurdo y ridículo, carente de la imaginación de otras películas de ciencia ficción de la época, aunque también podríamos considerar que esa era precisamente la intención de Truffant, interesado en no distraer la atención del espectador del mensaje de la película.
Como si tratase de asentar las bases de la narrativa distópica tan de moda hoy en día en sagas como Los juegos del hambre o Insulgente, en Fahrenheit 451 (que es la temperatura exacta a la que arde el papel) se plantea un mundo idealizado donde la libertad de pensamiento ha quedado absorbida y los programas de televisión sirven para lavar el cerebro de la sociedad, en busca de una aparente pero artificial felicidad. 
Esa es la clave de la película que, al igual que en la predecesora 1984 de George Orwell imagina un gobierno totalitario que ofrece un entretenimiento dirigido y racionado a las masas para asegurarse su docilidad y falta de independencia. Pero tan buena base se malogra, en mi opinión, con un guion confuso y una puesta en escena torpe, resultado posiblemente de las pésimas relaciones entre Truffant y el actor principal, Oskar Werner, o a las limitaciones del realizador ante su primera aventura en inglés. El propio artista galo reconoció posteriormente los muchos errores de encuadre al forzar determinadas escenas de forma incorrecta para asegurarse de seguir lo mejor posible la aparición de determinados libros, verdaderos protagonistas de la trama. Es casi como si la búsqueda (muy acertada en algunas ocasiones) de imágenes que ejemplaricen la metáfora de la narrativa tuviesen una importancia exagerada en detrimento del propio lenguaje cinematográfico. Y el desastroso trabajo de los actores (de los que sólo puedo salvar a una magnífica Julie Christie, muy acertada en su doble papel) no ayuda a mejorar la función.
El paso de los años y la tecnología ha forzado a que la sociedad y el libre pensamiento avance a una velocidad vertiginosa, y eso me lleva a pensar que el plano final de la película (esa icónica -y casual- escena bajo la nieve) sea totalmente desacertada. Lamentablemente no he leído la novela para poder hacer una necesaria comparativa, pero ver a los “hombres libro” caminando como zombies limitándose a recitar las obras que han memorizado de forma casi autómata no me parece precisamente un ejemplo de sociedad comunicativa y de libre albedrío, llegando a plantearme si es, finalmente, un mundo mejor que el que se nos plantea al comienzo o si todo es para nada. La sociedad, con libros o sin ellos, con control gubernamental o sin él, parece condenada.
Y dudo que sea eso lo que quería reflejar Truffant.
En fin, lamento no ser capaz de admirar la virtudes que han convertido esta película en un clásico, encontrándola desacertada y hasta grotesca (espantosa la escena en la que una mujer muere voluntariamente entre llamas cual Juana de Arco), aunque no se me escapan algunos brillantes momentos así como los muchos guiños a obras literarias seleccionadas, unas como simple capricho del director, otras como elementos más que refuerzan la narración visual.

jueves, 19 de noviembre de 2015

El comentario del mes: ¿DÓNDE ESTÁN LOS HÉROES?

Decía una bella canción retrospectiva de McClan: “Cayeron torres, pero Spiderman no pudo estar”. ¿Dónde estaba? ¿Y sus amigos? ¿Y todos los demás héroes?
Es una vieja frase, pero no por tópica menos cierta: “a veces la realidad supera a la ficción”.  El viernes pasado, ya caída la noche, un grupo de desalmados partieron el corazón de los parisinos y, por extensión, del mundo entero. Del mundo cuerdo y coherente, al menos. Durante toda la madrugada, escuchando las noticias que llegaban desde la capital francesa, resultaba curioso como a muchos de los periodistas especializados los atentados les pilló por sorpresa en el cine (algo más o menos normal un viernes por la noche). La mayoría estaba viendo o bien Sicario o bien Spectre.
Y esto me lleva a pensar que estamos tan acostumbrados a ver grandes masacres en cine, a que un asesino a sangre fría pueda resultar encantador o a que ver volar una ciudad por los aires nos resulte simplemente espectacular, que resulta fácil (tentador, incluso) perder el contacto con la realidad. Recordar que fuera de las pantallas también existen los asesinos, los fanáticos inconscientes que no dudarán en segar vidas humanas por defender sus ideas. Unas ideas a todas luces equivocadas.
Porque el debate, no nos engañemos, no es sobre quien tiene razón en una u otra postura. El fondo del asunto es que quien roba una vida inocente nunca tiene razón. Y de igual que hablemos de religión, política, sexo o incluso futbol.
No es momento de analizar si había alguna reclamación razonable tras los atentados del viernes. Nada hay que los justifique, como nada justificaba los del 11S, los del 11M y ese largo etcétera. Da igual que hablemos de islamistas, de etarras o de fascistas. Un teniente que tuve hace ya décadas, cuando hacía el servicio militar, siempre nos decía (con perdón por la expresión): “las pistolas las carga el diablo, pero las dispara un hijo de puta”. Por ahí van los tiros, ustedes ya me entienden. Y por eso los malos, quieran lo que quieran, hayan sufrido lo que hayan sufrido o crean en lo que crean, siempre serán los que aprietan el gatillo. Los que detonan la bomba. Los que secuestran el avión.
La vida no es como una película. No es arte. No hay un técnico en efectos especiales controlando cada bomba, ni una pantalla verde simulando un rascacielos cayendo.
Y por supuesto, en la vida real, Spiderman no nos podrá venir a salvar. Ni James Bond. Ni Ethan Hunt. No hay ningún Dios nórdico volando con su martillo hacia Afganistán para acabar con los talibanes. Ni el último hijo de Kripton podrá utilizar su visión de rayos X para descubrir quiénes llevan un chaleco bomba bajo el ropaje. Ni ningún presidente de los Estados Unidos se pondrá a los mandos de un caza para encabezar la lucha contra el terror.
Un terror que no tiene el rostro de Drácula, el pelaje del hombre lobo ni la torpeza de un zombie. No proviene de alienígenas belicosos ni terminators implacables. Y no hay Rambo ni John McCaine que pueda con él.
La realidad supera a la ficción. Y aquí no hay una escena divertida tras los títulos de crédito. No hay especialistas simulando las escenas de acción cuyos nombres aparecen mientras suena música de John Williams. No hay villanos arrepentidos que busquen una redención final al confesarnos que son nuestro padre. Más de un centenar de personas se enfrentaron este viernes a su definitivo fundido a negro. Y no hay más verdad que esa.
Es tiempo de homenajes y lágrimas. De recordar, de maldecir y de protestar. Pero eso no basta. Lo importante no es el ahora, sino el mañana. Y mañana debemos asegurarnos de recordar. De mantener vivo el espíritu de unidad y solidaridad que nos ha embargado esta última semana.
Volverán. Porque el mal siempre vuelve. Como una película de terror de bajo presupuesto. Como un reboot de Batman. Como una secuela que nunca debió existir. Y por eso debemos estar preparados. Y gritarles a la cara: “No nos dais miedo”. Pueden quebrar nuestros cuerpos, no nuestras almas.
No tenemos superpoderes, no vamos a formar un equipo de Vengadores ni podemos pedir ayuda a los mutantes, pero hay una cosa que sí podemos recordar. Se lo dijo el tío Ben a Peter Parker: “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”.
Y no hay nada más poderoso que el amor. Y la unión. Y la solidaridad.
Y por eso tenemos la responsabilidad de luchar para seguir adelante. De plantarles cara y de decirles “Basta”. Recemos por los muertos de París. Recemos por los que murieron antes que ellos y guardemos una última oración por los que morirán después de ellos. Pero asegurémonos de no olvidarlos. De no escondernos en nuestras propias vidas como si la cosa no fuese con nosotros, como si no quisiéramos saber nada del guionista o director que rige estas vidas.
Esto no acaba aquí. Esto es una saga y debemos asegurarnos de que, en las próximas entregas de la realidad, los malos lleven siempre el caballo más lento y los buenos tengan mejor puntería.
Y no dependamos siempre de que sea otro el que nos diga lo de: “larga vida y prosperidad”.
Amén. 

MIENTRAS SEAMOS JÓVENES (7d10)

Noah Baumbach es un director que, pese a pasar de los cuarenta y cinco años, no ha conseguido una gran carrera (más allá de su trabajo como guionista para algunos títulos de Wes Anderson), viste con un aspecto ligeramente juvenil y busca en sus películas unas temáticas y un estilo independiente poco acorde con lo que la sociedad dicta con respecto a su edad.
Por eso, quizá no sería exagerado decir que Mientras seamos jóvenes puede contener bastantes detalles autobiográficos, bastantes pistas de lo que es y lo que busca Baumbach en su cine.
Josh es un brillante director de documentales que lleva atascado en su última obra la friolera de diez años. Mientras, junto a su amada esposa  Cornelia (hija del mejor productor en la materia), contemplan como la vida pasa ante sus ojos. Sus amigos tienen hijos, formando parte de una nueva sociedad, una llena de convencionalismos en las que los achaques, la miopía y el cansancio forman parte del día a día y las sesiones de canciones para bebés sustituyen a los planes improvisados provistos de cierto aire de libertad. Por eso, cuando conocen a una pareja de veinteañeros admiradores de su arte se dejan seducir por esa corriente hípster que recorre nuestra sociedad, como un soplo de aire fresco que les permite retroceder en el tiempo y enfrentarse a su propio temor a envejecer.
Mientras seamos jóvenes es una comedia amarga, en ocasiones incluso incómoda, que invita a la reflexión sobre lo que somos y lo que queremos. Y está a un paso de ser una gran película, una canto a la vida y a la libertad si no fuese porque Baumbach no se contenta con ese alegato y quiere doblar sus nobles intenciones defendiendo también el arte fílmico, la verdad que se esconde tras el documental por encima de efectismos baratos y comerciales, que buscan el éxito a toda costa pisoteando si es necesario la propia integridad (algo de lo que ya hablábamos con respecto a La Verdad). Y es en esa dualidad de argumentos lo que debilita la película, que amenaza por momentos con perder su rumbo aunque luego termine por recomponerse y volver por el buen camino.
Ambas apuestas son lícitas, pero alargan en exceso la trama, perjudicando en el ritmo de la misma. No obstante, el buen trabajo del cuarteto protagonista (excelentes Ben Stiller y Naomi Watts, muy correctos Adam Driver y Amanda Seyfried) hacen que la película funcione y se deje ver con agrado, invitando al debate al término de la misma y haciéndonos reflexionar (sobre todo a ese público cuarentón al que va destinada) sobre el sentido de buscar la eterna juventud.
Sólo la rendición de su final, algo alejado del grito de libertad creativo que propone para ceder ante los convencionalismos sociales, enturbia algo el alegato brillante de Baumbach.

LA VERDAD (7d10)

Igual que la película de James Vanderbilt tiene dos partes bien diferenciadas también hay dos formas diferentes de entender la historia que nos cuenta. La correspondiente a la forma y la referente al fondo.
Las formas son impecables. Con un guion del propio director basado en un libro autobiográfico de Mary Mapes con claras reminiscencias a Aaron Sorkin y una Cate Blanchett en estado de gracia (como casi siempre), bien secundada por Robert Redford, Dennis Quaid, Topher Grace y Elizabeth Ross, la película sigue con implacable precisión los pasos de la productora televisiva Mary Mapes empecinada en demostrar, en plena campaña electoral del 2004, la falsedad del presidente y candidato George Bush al mentir sobre su abuso de influencias para librarse de ir a combatir a Vietnam durante su instrucción militar. La película, pretensiosa heredera de Todos los hombres del presidente, contiene una frenética primera parte detectivesca, donde las investigaciones y entrevistas del equipo de producción, con el afamado presentador Dan Rather como cabeza visible, son relatadas al detalle, y una segunda en la que, una vez emitido el reportaje, se produce una verdadera caza de brujas contra Mapes y su equipo por la falta de corroboración de sus pruebas y las fuertes presiones a las que los someten desde la CBS así como de la propia opinión social. Es en este punto cuando la película se transforma en un drama, desgarrador, angustiante y doloroso, cuando los últimos periodistas auténticos, aquellos que luchan por descubrir la verdad tras la noticia en lugar de refugiarse en realitys como Supervivientes y compañía, son convertidos en mártires para ser despedazados por una maquinaria social que, cual buitres hambrientos, no van a permitir a nadie que les diga lo que no quieren oír.
Excelente ejercicio democrático y brillante defensa de la dignidad periodística.
Pero luego está el fondo. Y el fondo nos dice que es posible que Mapes no fuese tan buena en su trabajo como parecía. Que quizá su investigación sí fue chapucera y apresurada. Que a lo mejor su obsesión por evitar el triunfo electoral de Bush la hizo precipitarse, traicionando sus propios ideales y poniendo en tela de juicio esa verdad de la que tanto presume. Pero claro, eso, en la película, queda en segundo plano. Algo lógico si recordamos que la historia está explicada por la propia Mapes y que quien la interpreta es, a su vez, productora del film.
Así, lo que con personajes ficticios podría haber sido una excelente película se transforma para la ocasión en una perorata demócrata donde la CBS y el equipo de Bush son los malos, algo que la historia no ha podido todavía corroborar.
Brillante, intensa y emotiva película reivindicativa, pero quien sabe si no tiene en su propio título su premisa más discutible.

CUT BANK (6d10)

Heredera de esas historias de perdedores del medio oeste tan propias de los Hermanos Coen (hay en todo momento un cierto regusto a Fargo, tanto película como serie), Cut Bank cuenta la historia de Dwayne McLaren, un joven harto de malvivir en el pueblo que desea escapar hacia la ciudad como si de la tierra prometida se tratase. Un buen día, mientras graba en vídeo a su novia Cassandra, es testigo del asesinato a sangre fría del cartero del pueblo, lo que ayudará al sheriff local a esclarecer el caso y le otorgará la recompensa que el estado ofrece a aquellos que colaboren en resolver muertes relacionadas con empleados oficiales.
Sin embargo, las cosas no son nunca tan sencillas como parecen y todo se complicará para Dwayne y Cassandra hasta el punto de que sus propias vidas correrán peligro.
Aunque se trate de un thriller rural, la película tiene un cierto toque de humor negro que le sienta de perlas. Los engaños, las traiciones y la ambición de sus personajes difícilmente podrían interesar a un público que, en un tono más serio, podría sentir cierta antipatía por los protagonistas.
Tampoco es que se trate abiertamente de una comedia, pero la tópica imagen que se ofrece de los paletos americanos y la sensación de ahogo que produce el pertenecer a un pueblo tan alejado de los grandes rascacielos y las luces de neón como prisiones a las que uno es condenado de nacimiento como es este Cut Bank, con sus campos de trigo, sus bailes anuales y sus cafeterías con las mejores tartas de fruta del estado, invitan a contemplar toda la película con una sonrisa culpable dibujada en el rostro.
Gran parte del mérito reside también en su competente reparto, que ya habrían firmado para sí mismos los hermanos Coen, encabezado por Liam Hemsworth (el hermano pequeño de Thor) y Teresa Palmer (la chica de Memorias de un zombie adolescente), aunque los verdaderos reyes del mambo son los veteranos Bruce Dern (nominado a los últimos oscars por Nebraska), Michael Stuhlbarg (en breve de actualidad por su papel en Steve Jobs), Oliver Platt (recién salido de la primera temporada de Fargo) y los geniales John Malkovich y Billy Bob Thornton.
Sencilla y quizá en algún momento incluso previsible pero de fácil digestión y poso agradable. Como un buen café, que se disfruta en el momento sin necesidad de que queda grabado en nuestro recuerdo de por vida.

MR. HOLMES (6d10)

Mr. Holmes es la última película de Bill Condon, ese director que empezó su prometedora carrera con títulos como Dioses y Monstruos, Kinsey o Dreamgirls y que aún está cumpliendo pena en el purgatorio por haber perpetrado en dos partes el definitivo final a la insulsa saga de Crepúsculo.
Basada en una obra de Mitch Cullin, la película nos presenta a un decrépito Sherlock Holmes, refugiado en una aislada casa en la campiña inglesa sin más compañía que su cuidadora, la señora Munro, y su hijo Roger. Ya retirado desde hace años de sus aventuras detectivescas, Holmes trata de recomponer en su cabeza su último caso, aquel que le invitó a abandonar de vida y cuya versión novelada, obra de su fiel Watson, podría tener más datos de ficción de los deseados. Así, con el pequeño Roger como ayudante y escudero, Holmes se enfrentará a los tortuosos recuerdos de su pasado mientras la senilidad y la pérdida de memoria amenazan con embarrarlo en un mundo de sombras y misterios.
Mr. Holmes, lejos de la leyenda icónica que supuso la creación de Conan Doyle y sus muchas y variadas representaciones cinematográficas, nos muestra a un héroe con pies de barro, huraño, decrépito y egoísta, una sombra de lo que fue incapaz de sentir nada por nadie más que por él mismo o por su también desahuciada colmena de abejas.
Sin embargo, las ansias de conocimiento del pequeño Roger y la incapacidad de Holmes para recordar todos los detalles del caso que Watson bautizó como “Sherlock Holmes y la dama de gris”, un misterio trágico que finalizará con la visita de Holmes al mismísimo Japón.
Nostálgica, intimista y crepuscular, Mr. Holmes es un canto a la amistad y a las oportunidades perdidas, a los remordimientos y a la vejez. Una hermosa historia que, sin embargo, difícilmente hubiese funcionado igual de bien de no ser por la imponente y magistral presencia de Ian McKeller, bastante más demacrado que la última vez que lo vimos ejercer de Magneto, que se mimetiza a la perfección en la piel del caballero británico hasta el punto que cuesta creer que nunca antes hubiese tenido la oportunidad de encarnar al detective de Baker Street.
Mucha más relajada y reflexiva que las versiones recientes de Guy Ritchie o la frescura de la soberbia serie de Steven Moffat , es una buena oportunidad para ver otra cara del popular personaje, una vuelta de tuerca al mito tal y como hicieran, en otro contexto, Barry Levinson en El secreto de la Pirámide o Billy Wilder en La vida privada de Sherlock Holmes, por citar dos ejemplos más.

sábado, 7 de noviembre de 2015

SPECTRE (6d10)

Cuando en 2006 la MGM decidió hacer un reboot de su personaje más icónico hubo dos detalles que me sorprendieron enormemente:
Por un lado estaba la edad del actor elegido: Daniel Craig. Si se pretendía reiniciar al personaje y explicar su entrada en el departamento Doble Cero, ¿tenía sentido hacerlo con un James Bond de treinta y ocho años?
La segunda característica de este nuevo 007 era que se había pasado de saga a serie. Me explico: hasta ahora cada película tenía una historia propia, por más que algunas tuviesen elementos en común (el propio Spectre, sin ir más lejos) y se mencionaran datos (como el efímero matrimonio que Bond tuvo en Al servicio secreto de su majestad) que vienen a confirmar esa biografía ficticia que se enriquecía (independientemente del desfase temporal y de la edad de los respectivos intérpretes) con el estreno de cada nueva película. A partir del reboot, sin embargo, pese a que las tres primeras películas pueden verse de manera independiente, se dejaban demasiados cabos sueltos como para no entender que había un hilo conductor en las sombras que iba a derivar en esta Spectre, la cual, por cierto, no recomiendo ver sin tener suficientemente frescas las anteriores.
Spectre tiene, pues, un cierto aire a fin de fiesta (el propio Craig ha afirmado que no repetirá con el personaje), a nuevo cierre de ciclo con la autoconciencia de ello de la que careció la descafeinada Muere otro día. Y es por ello que, tras el bombazo en taquilla que supuso Skyfall, se esperaba una despedida por todo lo alto.
¿Cuál es el problema? Pues que con el paso de los años el personaje ha superado a la historia. James Bond mola. Su chulería algo machista mola. Y su manera de pedir vodka con Martini y de conducir un Aston Martin mola. Y Sam Mendes, de nuevo a los mandos de la acción, lo ha sabido plasmar perfectamente en la película. Sin embargo, poco hay tras esa fachada tan icónica y autoreferencial.
Spectre, el gran villano en las sombras, el autor de todo el dolor al que Bond ha sido sometido en las tres películas anteriores, es a la postre una enorme decepción mientras que nunca llego a creerme al personaje de Christoph Waltz. Excesivamente caricaturesco y de motivaciones demasiado irrisorias, no es este el Oberhauser/Blofeld que cabía esperar, y ya se sabe que a un héroe se le mide por la calidad de sus villanos.
No quiero decir con esto que Spectre sea una mala película, ni mucho menos. Es un gran espectáculo, a la altura de las anteriores, pero le falta algo de alma, pareciendo incluso que el propio Mendes se sintiese algo desmotivado. Sí, la filmación es muy correcta, espectacular en algunos momentos, pero carece de las delicias visuales que regaban las mejores escenas de Skyfall.
Unas gotas de humor que no combinan para nada con el tono oscuro y dramático de esta actualización de 007 y los múltiples guiños a la saga clásica y a las novelas no son suficientes argumento para que la película se lleve todos los aplausos que se le suponían. Quizá el problema es que quieren dar un aroma clásico en una época en la que todo parece ya inventado y por eso ni los escasos giros argumentales sorprenden ni vamos a encontrarnos con nada que no nos recuerde a algo ya visto.
Además, hay que recordar que este ha sido un gran año para el cine de espionaje, y aunque Spectre debía ser el colofón final me cuesta mucho decidir si es mejor o peor que Operación U.N.C.L.E., es ligeramente inferior a Kingsman y desde luego no admite comparaciones con Misión Imposible, a la que por momentos (sobre todo con la importancia que en esta ocasión tiene el equipo que lo rodea) quiere parecerse.
Daniel Craig no es un mal Bond (tengo curiosidad por ver lo que hacen ahora con el personaje, aunque todo pinta a nuevo reboot), más si mantenemos en el recuerdo al fallido Pierce Brosnan (aunque desde luego él no es el culpable que sus películas sean las peores de la saga) o al denostado Timothy Dalton (¿soy el único que lo defiende?), aunque yo sigo pensando que, con permiso de Ethan Hunt, el mejor james Bond que ha existido se llamaba en realidad Harry Tasker y lo interpretaba Arnold Schwarzenegger en la magnífica Mentiras arriesgadas de James Cameron.
Junto a Craig repiten Ralph Fiennes como M, Naomie Harris como Moneypenny y Ben Whishaw como Q, mientras que aparecen por ahí gente ilustre como Andrew Scott (el Moriarty de Sherlock), Dave Bautista (que tan sólo dice una palabra en toda la película) o las inevitables chicas Bond: Monica Bellucci (la chica Bond más veterana, y se le nota, por cierto) y Léa Seydoux, que curiosamente ha aparecido en la saga Misión imposible con la que esta película comparte, además, la base argumental.
Interesante propuesta para despedir a un icono del cine y pasar un buen rato, pero con la sensación de que es todo demasiado insípido, demasiado inconsistente. Como si el chicle se hubiese alargado demasiado.
Por lo menos, recuperamos al Bond más elegante, con esmoquin siempre perfecto, después del matón de barrio que parecía en anteriores películas.
James Bond will return…? Habrá que esperar para saberlo. Supongo que, como siempre, la taquilla manda.

jueves, 5 de noviembre de 2015

TRUMAN (8d10)

Todos tenemos nuestra propia vida, una vida que, según las expectativas o el punto de vista, puede ser más o menos feliz, plena, con constantes proyectos, rodeada por seres queridos o disfrutando de una envidiable soledad. Tero un día, súbitamente, alguien nos recuerda que esa vida tiene fecha de caducidad. Y es una fecha irremediablemente cercana. ¿Cómo reaccionamos ante esa noticia?
Esa es la historia que nos cuenta Truman, una película que habla sobre cómo enfrentarse a la muerte y en la que acompañaremos durante cuatro días al protagonista mientras pone sus cosas en orden y se prepara para llegar al final del camino.
Con un inmenso Ricardo Clarín, Truman es una película dura, que golpea al corazón y remueve nuestros sentimientos. Pero no es, en cambio, una película sensiblera ni de lágrima fácil. Cesc Gay consigue distanciarse del melodrama televisivo o del impostado trascendentalismo de películas de temática similar como la reciente Bajo la misma estrella para abordar el tema con madurez, rociando la historia de un humor sutil y ácido que nos mantiene en el filo de la navaja y en la que el personaje de Javier Cámara comparte el punto de vista del espectador y, muy probablemente, sus opiniones, desconciertos y dudas.
Pero lo más importante de Truman no es, al final, la muerte, sino la vida. Una vida que, en el caso del protagonista, viene marcada por su familia, distante pero cercana a la vez (su hermana, su exmujer, su hijo que estudia en Ámsterdam…), por su pasión por su trabajo (es un prestigioso actor teatral) y, sobre todo, por su amistad.
Así pues, estamos  básicamente ante un alegato hacia la vida, una vida que debe vivirse con pasión, con intensidad, recogiendo para sí mismo los pequeños momentos de alegría y sabiendo cuando compartirlos y con quien. Julián y Tomás son los dos amigos a los que el tiempo y los quehaceres profesionales ha alejado y cuya inminente tragedia vuelve a reunir en estos cuatro días en los que se desarrolla la película y que nos servirá para conocer lo usto y necesario sobre ellos y aceptar su desdicha como nuestra propia.
Y, finalmente, la película es también, en honor a su título, la historia de Truman, el perro del protagonista al que hay que encontrar nuevo dueño y que Gay utiliza como metáfora sobre ese sentido de la amistad como algo leal e irreductible.
Aún con algún altibajo argumental centrado en el personaje de Cámara (hay un acto suyo que no cuadra demasiado por más que pueda entender el sentido final de la escena) la película es, en definitiva, una magnífica reflexión sobre el dolor y la pérdida, con un imposible pero magnífico toque cómico que permite disfrutarla sin incomodidad, dejando que los sentimientos y sensaciones que provoca se queden en el corazón para recuperarlos muchas horas, días incluso, después de haber visionado el film.
Emotiva, sensible, inspirada, amarga y profunda. Todo eso y mucho más es Truman. Pero, ante todo, es Ricardo Clarín. Un Ricardo Clarín en estado de gracia  y cuya intensidad en la escena que comparte con Eduard Fernández resume toda su intensidad.

domingo, 1 de noviembre de 2015

EL ÚLTIMO CAZADOR DE BRUJAS (5d10)

Sinceramente, ¿cómo se enfrenta uno a una película cuando termina de ver eso llamado Paranormal Activity: Dimensión Fantasma? ¿Es posible ser objetivo?
Lo cierto es que El último cazador de brujas, título que cierra esta especie de tributo a Halloween, es una tontería como una casa, un intento más de combinar la acción, la fantasía y la brujería, una especie de amalgama que, como ya comenté en mi opinión sobre El séptimo hijo, no suele funcionar muy bien en cine. Tonterías como la mencionada película con Jeff Bridges y Julianne Moore, En tiempo de brujas o El aprendiz de brujo así lo demuestran, y a esa corriente se suma la última marcianada del cada vez más hinchado Vin Diesel.
Sin embargo, y una vez asumido que el guion no hay por dónde agarrarlo y que los actores no están especialmente inspirados (Elijah Wood no levanta cabeza, Rose Leslie parecería una actriz horrenda si no fuese porque la conocemos de Juego de Tronos y Michael Caine se limita a pasar por ahí con su temple habitual) hay que reconocer que la película es entretenida.
Pese a algún error de dirección en las escenas más trepidantes (sobre todo en la primera batalla en esa especie de prólogo) que dificultan la comprensión de lo que sucede en pantalla, la película está bastante bien filmada, obra de Breck Eisner, al que tan solo conocemos por la infame Sahara y el remake de The Crazies que no estaba del todo mal, que se juega aquí su prestigio comercial.
El bueno de Vin es una especie de guerrero nórdico (no queda muy claro, aunque sus pintas recuerdan mucho al protagonista de la serie Vikingos) que junto a otros mercenarios de una época más o menos feudal se enfrentan a una especie de reina de las brujas causante de provocar la Peste que asola Europa (algo que ya se utilizaba en la patochada aquella de Nicolas Cage: En tiempo de brujas). 
Naturalmente, nuestro mazas favorito logra derrotarla, no sin que antes ella le lance una maldición que lo condena a vivir por toda la eternidad. Eso nos lleva directamente al presente, donde el mozo, sin haber envejecido un solo año, sigue enfrentándose a las fuerzas del mal como si fuese un Macleod del montón.
Así comienza una película llena de clichés, con sorpresas argumentales que no lo son tanto y un final que, aunque no voy a revelar aquí, augura irremediablemente (la taquilla lo permita) que esto nace con pretensiones de saga.
No es una buena película ni de lejos, pero tiene una factura y un empaque suficiente para resultar sumamente entretenida, con algún puntito de humor por parte del carismático Diesel (¿soy el único que ve en la escena final un guiño a Fast&Furious), algo de tenebrosidad y mucha (incluso demasiada) fantasía.
Sumémosle a ello una música efectista y unos ajustados efectos especiales y tenemos un simple pero correcto entretenimiento para cerrar esta noche fantasmagórica pero, al final, totalmente alejada del terror verdadero.
¿Interesante? Puede. ¿Merecedora de un aprobado? Desde luego. ¿Digna de convertirse en una saga? Eso ya es decir demasiado. Claro que quizá el truco sea que si se hace una El último cazador de brujas 2 verla justo después de la Paranormal Activity de turno, ¿no?

PARANORMAL ACTIVITY: DIMENSIÓN FANTASMA (2d10)

Vale, con esta iremos rápido. Quizá lo más intrigante del tema sea ¿qué narices hacía yo viendo esta película?
No me voy a llevar las manos a la cabeza ni diré que me sorprendió que la película sea una completa basura. No hay nada con un mínimo de lógica en una tomadura de pelo tan grande como esta y por la que la gente sigue pagando, por más que al termino de la misma (tal y como sucedió con la otra Paranormal Activity que tuve el privilegio de ver, esa que era un spin off, sea lo que sea lo que los productores entiendan que es eso) el público se queda frío y decepcionado, como si se hubiesen esperado otra cosa. El mismo público, por cierto, que pagará de nuevo por ver la siguiente de la saga, por supuesto (aunque los productores han asegurado que esta quinta entrega es la última y definitiva; y voy yo y me lo creo).
No perderé mucho el tiempo con el argumento: una pareja con una niña están en su casa nueva, ven cosas raras a través de una cámara de video, encuentran unas cintas antiguas de VHS con grabaciones inquietantes, hay una presencia sobrenatural que quiere llevarse a la niña, bla, bla, bla… La misma tontura de siempre contada igual de mal que siempre.
Aquí, además, el uso y abuso de la cámara en mano es ridículamente estúpido (más de lo habitual) y hace que uno valore mejor todavía el valor de películas como REC o La Visita, un soplo de aire fresco en el odioso found footage. Lo más triste de todo es que hay un breve momento, apenas un suspiro, que el argumento plantea algo interesante (unas cintas de video grabadas hace veinte años en la que los filmados interactúan con los protagonistas del presente), pero como es de esperar la idea no se aprovecha para nada interesante y se va todo al traste.
Con una dirección totalmente incompetente (es el debut de un tipo dedicado a la edición), unos actores a los que mejor no analizar (lo más destacado del currículo del protagonista es haber sido digitalizado para algún videojuego) y tan rácana que por no gastar no tiene ni banda sonora durante los títulos de crédito, esta Paranormal Activity es una auténtica pérdida de tiempo.
Sé que algunos pensáis que soy demasiado duro con estas patrachas de sustos predecibles a golpe de ruido y lanzamiento de cosas a cámara y que solo buscan el dinero fácil, así que para que no me critiquéis mucho he decidido dale una puntuación inmerecidamente alta. Y es que, si me perdonáis el comentario machista, las dos chicas protagonistas son bastante monas. Y eso ya les merece un punto por cabeza.
¡Sig! Hasta que extremos hemos llegado. ¡Qué penica, por Dios…!

HOTEL TRANSILVANIA 2 (5d10)

Saludos, niños y niñas. ¿Habéis sido buenos o sois de los que vais de puerta en puerta diciendo eso de Truco o Trato? Vale, de acuerdo, eso de Halloween suena muy a americanada (aunque su origen no sea de ahí), pero después de verlo en tantas pelis algo se pega, ¿no?
Sea como sea, comienzo ahora una trilogía dedicada a la noche de Halloween en la que no pueden faltar títulos de terror de la más diversa índole. Y eso que la cartelera española no es que se lo haya currado mucho, adelantando algún estreno interesante para la semana pasada y olvidando algún otro (como Sinister 2) para la que viene.
El caso es que comienzo mi “noche aterradora” (que ya os adelanto que no lo fue para nada) con la parte más infantil y simpática, una película que lleva ya unos días en cartel pero no ha podido pasarse por el blog hasta ahora. Se trata de Hotel Transilvania 2, la secuela de aquella divertida propuesta de Genndy Tartakovsky con producción de Adam Sandler.
Repitiendo el casting de personajes animados, la continuación de la saga (donde Sandler se ha animado y además de producir, doblar y musicar se atreve a meter mano también en el guion), la película arranca con un hotel donde conviven ya sin problemas monstruos y humanos. Parece como si Drácula hubiese aceptado definitivamente a los mortales, pero cuando su primer nieto comienza a crecer sin dar síntomas de tener rastro monstruoso alguno empieza a obsesionarse con ello, orquestando junto a la pandilla habitual mil y una diabluras para conseguir demostrar que su pequeño vástago es un auténtico vampiro. Las cosas se saldrán definitivamente de madre cuando entre en escena Vlad, su padre, un vampiro aterrador de la vieja escuela.
Como se puede adivinar por el argumento, Hotel Transilvania 2 se mantiene fiel al esquema de su predecesora constituyendo un edulcorado tríptico en favor de la aceptación y la unidad familiar. No se le pueden pedir grandes sorpresas, más cuando la gracia principal del invento (la propuesta de reunir a todos los monstruos del imaginario popular y ponerlos en situaciones a cual más desquiciante) ya perdió el factor sorpresa en su primera película. Es por eso que se lamenta que no se haya sabido sacar más jugo al personaje nuevo, un Vlad que resulta mucho más aterrador en los comentarios que hay sobre él, anunciando su inevitable aparición, que cuando por fin se produce.
No es una mala forma de pasar esta noche escalofriante en familia, con algún que otro gag especialmente inspirado, pero no deja de ser más de lo mismo, sin aportar nada realmente refrescante y que al final no pasa de ser meramente simpática.