domingo, 27 de noviembre de 2016

ALIADOS: sospechas en tiempos de guerra.

Estamos ante una de esas películas en las que se habla más de lo que sucedió (o pudo suceder) durante el rodaje que de su calidad como obra, lo cual resulta publicitariamente beneficioso pero intelectualmente perjudicial. Cuesta enfrentarse ante esta película sin tener en mente la figura de Angelina Jolie  por más que no tenga participación alguna en la misma.
Igualmente, parece, por lo que se lee por ahí, que es imposible hablar de Aliados sin referirse a la mítica Casablanca de Michael Curtiz. Sí, realmente estamos ante una historia de amor que arranca en Casablanca en 1942, pero en cuanto avanza la acción las similitudes desaparecen hasta encontrarnos más cerca del cine de Hitchcock que de Curtiz. De lo que no hay duda es de que todo en Aliados rezuma a cine clásico, a añoranza de una época en que las historias tenían un ritmo pausado, el lujo detallista envolvía a los protagonistas y el amor imperaba por encima de la acción.
Robert Zemeckis es un gran director, quizá uno de los mejores que hay en activo, pero desde que su trabajo se centra en lo que podríamos denominar como cine “serio” no parece haber encontrado al guionista adecuado con quien trabajar. Olvidadas ya sus descacharrantes y divertidas aventuras de la época de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabitt? o La muerte os sienta tan bien y su etapa volcada en el cine de animación por stop motion, Zemeckis no ha conseguido hacer todavía ninguna película que me convenciera por completo, encontrando carente de identidad el desenlace de El vuelo y la aburridilla El desafío.
El gran problema de Aliados es su historia, perpetrada por Steven Knight, que no termina de definirse hasta demasiado avanzada la película. Estamos ante la historia de Max y Marianne, un espía del ejército británico (aunque en realidad canadiense) y una miembro de la resistencia francesa. Juntos abordan la misión de asesinar a un embajador alemán y a unos cuantos nazis de regalo, y mientras lo hacen aprovechan para enamorarse. Tras esto la película se convierte en una historia costumbrista con Max y Marianne en Londres, casados y con una niña. Y es el tercer giro, cuando advierten a Max de las sospechas de que Marianne es en realidad una espía alemana, cuando de verdad arranca la historia. Y llevamos ya cuarenta y cinco minutos de película.
Afortunadamente, para contrarrestar esto, tenemos el enorme carisma de Brad Pitt y la eficaz ambigüedad de Marion Cotillard, la magnífica puesta en escena con un diseño de producción impecable y el estilo fino y elegante de Zemeckis tras las cámaras. Robert Zemeckis huye de la frialdad política que tenía la excelente El puente de los espías, de su amigo y mentor Steven Spielberg, para recrearse más con el detalle, regalándonos la vista con esos vestidos y peinados de la época, ese Londres de mitad de siglo y esa exquisita ambientación. Poco importa lo absurda que pueda ser la escena del sexo durante la tormenta de arena cuando está filmada con ese virtuosismo, o lo fuera de lugar que quede una estampa tan brutal y desgarradora como el parto bajo el bombardeo. Zemeckis rememora el cine clásico pero no renuncia a la tecnología más actual, aquella con la que siempre ha querido jugar, y ello justifica momentos como el del  avión derribado sobre Londres.
Al final, la historia resulta previsible y casi hasta irrisoria, pero da igual. Hay toda una secuencia (la de la cárcel) inverosímil por su situación, y no importa. Los secundarios están en muy segundo plano y quedan totalmente desaprovechados, pero es lo mismo. Aliados es el título perfecto para definir la alianza entre Zemeckis, Pitt y Cotillard, y sobre ellos tres, y nada más que ellos tres, gira todo.
Y si aceptamos esa única y sencilla norma, la película resulta deliciosa, interesante y tristemente dolorosa. Y supone, para mí, el mejor trabajo de Zemeckis desde la época de Contact.

Valoración: Siete sobre diez.

LA REINA DE ESPAÑA: la niña ya no es lo que era.

Más de dieciocho años después de que Trueba triunfara en los premios Goya con la interesante La niña de tus ojos, con la que culminaba una época dorada tras su coqueteo americano de Two Much, La Reina de España supone una continuación de las peripecias de esa troupe cinéfila alrededor de la estrella Macarena Granada a la que daba vida Penélope Cruz.
Como recordarán, La niña de tus ojos culminaba con un Antonio Resines desamparado en la Alemania nazi al que se le podía dar por muerto, condensando el descenso a la oscuridad de una película bastante divertida que se iba volviendo más seria y triste a medida que avanzaba el metraje. Con La reina de España sucede justo lo contrario, empieza muy dramática, con el personaje de Resines regresando a un Madrid lluvioso, convertido en un hombre sin hogar y, casi, sin identidad, para ir cogiendo color hasta un final festivo y bastante simplón, un final “made in Hollywood”, que diría Woody Allen.
Pues sí, el antaño director de cine Blas Fontiveros ha sobrevivido a su estancia en un Campo de Concentración y ha regresado a la España de postguerra coincidiendo con el retorno del Hollywood dorado de su musa y antigua amante, la actriz Macarena Granada, que va a protagonizar en España una película basada en Isabel la Católica (un proyecto, por cierto, que existió realmente: Samuel Bronston habría producido Isabel of Spain protagonizada por Sophia Loren de no ser por el fracaso de La caída del Imperio Romano).
Así, Fontiveros y Macarena se reencuentran, al igual que el resto del equipo: Julián Torralva (Jorge Sanz), Castillo (Santiago Segura), Lucía (Neus Asensi), Trini (Loles León) y Rosa (Rosa María Sardà). Solo el marco interpretado por Jesús Bonilla cae de la ecuación y su participación se limita a un simple cameo. A estos hay que añadir a dos nuevos integrantes, el ayudante de dirección Pepe Bonilla (Javier Cámara) y el maquinista Leo (Chino Darín).
La excusa para esta secuela (algo a lo que, Torrente y REC aparte, no estamos demasiado acostumbrados en este país) es la ilusión de Fernando Trueba por saber qué ha sido de estos personajes a los que tomó tanto cariño y volver a reencontrarse con ellos, y sin duda esa ha sido también la excusa para que el reparto original al completo haya accedido a regresar, Penélope incluida. Sin embargo, quien ya no está es David Trueba y Rafael Azcona en la escritura del guion y quizá eso sea lo que marca las principales diferencias entre La reina de España y La niña de tus ojos. Y es que, digámoslo sin tapujos, La reina de España es inferior, muy inferior, a la película de 1998.
Trueba parece querer hacer un homenaje a su profesión y reivindicar el ejercicio de los cineastas españoles durante el franquismo, en un ejercicio de egocentrismo profesional y auto homenaje similar al que hicieran los hermanos Coen en ¡Ave, César! pero con mucha menos gracia. La mayoría de los gags no divierten como debieran, la trama general es simplista y absurda y se intuyen un montón de posibles buenos momentos desaprovechados. Hay, además, un claro discurso político que no favorece en nada a la película y al que supo esquivar muy bien en La niña de tus ojos, convirtiendo por momentos el film en una proclama antifranquista (por más que se empeñe también en minimizar la figura del dictador español con constantes comparativas con Hitler).
Ni siquiera la aportación americana luce como debe, con un esperpéntico Cary Elwes (que lejos ha quedado La Princesa prometida) que logra milagrosamente sacar algo de jugo a su torpe personaje, un interesante Mandy Patinkin (desaprovechado reflejo de la Caza de Brujas de McCarthy, un presencial Arturo Ripstein reflejando al propio Bronston y una versión cruelmente deformada de John Ford con los rasgos de Clive Revill. Eso sí, al menos hay que reconocer que los actores se esfuerzan al máximo y logran sacar provecho de lo poco rescatable de sus guiones. Se nota que se sentían cómodos en los personajes y que han podido acomodarse en ellos a la perfección, abriendo las puertas (el propio Trueba no lo ha descartado) a una tercera película.
No todo en La Reina de España es malo. Hay momentos divertidos, secuencias muy bien rodadas y se denota un amor por el cine que siempre termina por traspasar la pantalla y contagiar al espectador más apasionado. Esos trucos con los decorados, esas construcciones de cartón piedra y esas intimidades en los rodajes son una gozada, y la magnífica puesta en escena (es lo que hay cuando se tiene dinero para gastar) consiguen que la película merezca el aprobado justo, lo cual no deja de ser una tremenda decepción ante las expectativas creadas.
La reina de España es más una fiesta de reencuentro entre viejos amigos que una película, y todo aquel que no se sienta partícipe de la misma se quedará con un regusto amargo y con la sensación de que el propio guion no es, en cierta medida, una copia de lo que ya había en la anterior película. Eso sí, como en toda fiesta que se precie, hay invitados sorpresa. Y saber reconocerlos es también un aliciente añadido.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 26 de noviembre de 2016

MAREA NEGRA, trágica realidad

En muchas ocasiones, por desgracia en demasiadas, la realidad supera a la ficción. Este es más o menos el caso de Marea Negra, la última película de Peter Berg, que describe el desastre ecológico más importante hasta la fecha en la historia de los Estados Unidos.
Diseñada como si de un film fantástico de catástrofes al uso se tratase, Berg sabe medir con temple el ritmo de la historia presentando con calma a los personajes que a la postre van a ser los héroes de la historia sin que ello signifique enfrentarnos a una mitad inicial aburrida. Al contrario, la sensación de amenaza latente que esos planos marinos producen hacen que el interés por los protagonistas (a los cuales tampoco vamos a conocer más de lo necesario, ni falta que hace) sea suficiente justificación para esperar con ansia y temor la catástrofe que está punto de suceder.
Marea Negra describe con impactante eficacia el incidente que tuvo lugar en 2010 en la torre petrolífera DeepWater Horizon, que provocó diversas muertes (no entraré en detalle para no caer en el spoiler, aunque hay que recordar que se trata de un caso real) y un catastrófico vertido de en el golfo de México durante más de ochenta días. No es, como pudiera parecer, un film de denuncia contra las petroleras en general (de hecho, la despedida de “tierra firme” se produce con una serie de imágenes que recuerdan lo fundamental que es el fuel para nuestras vidas a día de hoy), sino más bien contra la avaricia individual, donde los intereses de unos pocos invitan a tomar riesgos aun a costa de unos muchos.
Pese a todo, la denuncia simplemente está ahí, de telón de fondo, dejando que el protagonismo se lo lleve la acción y la espectacularidad de las escenas de explosiones y derrumbes, demostrando que Berg es un virtuoso con la cámara y donde, como ya hiciera en El único superviviente, juegue tanto con la imagen como con el sonido, creando una atmósfera opresiva y angustiante que puede recordar en ciertos momentos al Titanic de James Cameron.
Esta es, como la reciente Sully, una película que mantiene sus influencias post 11S, lo cual hace que la presencia rápida y eficaz de los equipos de rescate queden bien retratados. Pero, por encima de todo, es una película de héroes, de tipos corrientes, con sus familias y sus temores, que luchan por la supervivencia así como por la de los demás. Y para un personaje como este, el héroe corriente, nadie mejor que Mark  Wahlberg, que ya ha interpretado personajes similares en títulos como Transformerso El Incidente, y buen amigo del director, con quien ya colaboró en El único superviviente y con quien repetirá en breve en Día de Patriotas. Junto a él, la magnífica veteranía de un grande, Kurt Russell, que tras el aparente retorno a la popularidad que le supuso Los odiosos ocho parece dispuesto a vivir una segunda juventud hollywoodiana y el también inmenso John Malkovich, trío de auténtico lujo a los que acompañan Kate Hudson (curiosamente hijastra de Russell en la vida real), Gina Rodríguez, Dylan O’Brien y Brad Leland entre otros.
Trepidante película que da forma a un auténtico infierno donde quizá no se señala lo suficiente a los malos de la película (la empresa BP tuvo que pagar una de las multas más altas de la historia por lo sucedido) y que sirve como bonito homenaje a los que allí perdieron la vida, más allá de si la historia de los supervivientes refleja al detalle la realidad de lo que sucedió o es una adaptación demasiado libre.

Valoración: Siete sobre diez.

UN TRAIDOR COMO LOS NUESTROS. Tan efectiva como simple.

Dirigida por Susanna White, realizadora surgida de la televisión británica, aunque debutó en cine con La niñera mágica y el Big Bang, Un traidor como los nuestros es una nueva adaptación a una obra de John le Carré, que ejerce además de productor.
Con un argumento más sencillo y lineal de lo que nos tiene acostumbrado el autor de La Casa Rusia, El hombre más buscado o El Topo, entre otras, la película narra la epopeya de Perry y Gail Perkins, un matrimonio en crisis que en una escapada a Marruecos con el objetivo de avivar la chispa de su relación conocen a un magnate ruso, Dima, con quien entablan una gran amistad. Dima los introducirá en un mundo de lujo y derroche que se pinta muy feliz hasta el momento en que revela a Perry que es un contable de la mafia rusa al que han puesto precio por su cabeza y depende de la buena fe del turista para que contacte con el MI6 para negociar su protección a cambio de un listado de los implicados en turbios asuntos delictivos, entre los que se incluyen influyentes personalidades británicas.
Se inicia así un juego del gato y el ratón en el que el MI6 va a implicar irremediablemente a Perry y su esposa, que verán como su vida cambia drásticamente, pasando de ser un simple profesor de poesía y una abogada penal a dos agentes secretos dispuestos a dar su vida no por su país sino por proteger a Dima y su familia.
Un traidor como los nuestros es una entretenida película de acción e intriga, que no aporta nada nuevo al género pero cumple sus funciones a la perfección. Sin grandes alardes narrativos ni visuales presenta una trama sencilla con unos personajes que van del punto A al punto B y entre los que destacan un magnífico Stellan Skarsgård en el papel del “traidor” ruso.
Estamos en una sociedad confusa y de valores frágiles, y White tiene tiempo para realizar un cambio de papeles y conseguir que un asesino y blanqueador de dinero ruso sea visto con ternura mientras que personajes al servicio del gobierno británico puedan resultar odiosos, y esto funciona en parte con la representación del Perry que interpreta Ewan McGregor como el prototipo del héroe sin debilidades, que lucha por aquello en lo que cree y no duda en jugárselo todo por ayudar a alguien a quien no conoce apenas, como un James Stewart moderno, en un papel que recuerda por momentos al Robert Langdon interpretado por Tom Hanks de las novelas de Dan Brown. Un héroe, como no puede ser de otra manera, con pies de barro, aunque en su caso sus pecados son parte del pasado y simple excusa para situar al matrimonio en en lugar adecuado y en el momento oportuno.
Con un hermoso recorrido turístico por Marrakech, Londres, París y Berna, la película no es –ni lo pretende- una réplica a James Bond ni a Ethan Hunt, sino la humanización del espía en un ejercicio que aboga por la defensa de los valores familiares y la lealtad por encima de todo.
Y completando el reparto Naomie Harris, Damian Lewis, Mark Gatiss o Jeremy Northam ponen la guinda de un pastel tan efectivo como superfluo.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 20 de noviembre de 2016

ANIMALES FANTÁSTICOS Y DÓNDE ENCONTRARLOS: Simple entretenimiento falto de épica.

Después de que la saga de Harry Potter concluyese por todo lo alto, lo lógico sería preguntarse si tiene algún sentido resucitar el mundo mágico imaginado por J.K.Rowling si no es más que por motivos puramente económicos.
Sin embargo, una vez dentro de la sala de cine, con una entrada bastante maja para ser viernes, mayoritariamente adulta, al contemplar los gemidos de emoción al aparecer el logotipo de Warner Bros en pantalla y escucharse unas notas reconocibles (aprended, fans de DC) y sobre todo tras los entusiastas aplausos al final de la proyección (y llevaba tiempo sin oír aplausos en una sala comercial), comprendí que la saga merece seguir viva, aunque solo sea como señal de agradecimiento a unos fans que convirtieron a la escritora en una superventas y a las películas como el gran estandarte de Warner.
Dicho esto, ¿qué podemos esperar de Animales fantásticos y dónde encontrarlos aquellos que no somos unos fans inquebrantables del mago de la cicatriz en la frente y su universo mágico?
Con Harry, Ron y Hermione fuera de la ecuación era necesario encontrar oros protagonistas capaces de aguantar el tirón durante un buen puñado de películas (cinco, se pretenden hacer) así como a unos actores suficientemente carismáticos como para darles vida. Sobre lo primero, parecía lógico recurrir a algo ya existente dentro del mundo creado por Rowling y el elegido ha sido Newt Scamander, quien escribiera el ensayo sobre animales fantásticos que da nombre al film y que los estudiantes de Hotwarts debían estudiar desde su primer curso en la academia de magia. No existe en este caso una novela previa a la película, pero sí un libro de texto a imagen y semejanza al que se supone escribió el tal Scamander. Eso no significa que no esté el sello Rowling en la historia, pues ella es la que se ha encargado de escribir el guion en su primer trabajo para Hollywood.
Tenemos, pues, al protagonista. Y la sombra de un mago tenebroso, Grindelward, aquel del que ya sabíamos su historia por las películas de la saga original. Esto significa que Animales fantásticos y dónde encontrarlos es una especie de precuela de Harry Potter, y lo que esta primera película nos relata es la llegada del joven mago, recién terminado el manuscrito de su obra, a Nueva York como última escala en sus investigaciones, por lo que las diversas referencias a Hotwarts, Dumblemore y demás es tanto un guiño a los fans colmo unas bases de referencia.
Scamander funciona como motor de la historia y se crea un equipo bastante simpático a su alrededor, aunque carece la historia de la épica a la que nos estábamos acostumbrando en las últimas películas de Harry Potter. Puede que ello se deba al hecho de ser una película de origen (pese a que no se sabe por el momento si será también el protagonista de la secuela, aunque se le supone), a que  Rowling puede ser una escritora interesante pero no la más apropiada para crear un guion de cine, con las diferencias de ritmo que hay entre ambos géneros, o a que David Yates nunca ha sido un gran director, como demostró en la reciente Tarzán, viviendo sobre todo del cuento (del cuento de Harry Potter, me refiero, pues ha dirigido las cuatro últimas películas de la saga y parece confirmado para la pentalogía que nos ocupa). Hay un buen trabajo de ambientación, con la recreación del Nueva York de los años cuarenta, y los efectos digitales, centrados sobretodo en el diseño de esos animales fantásticos, pero la historia carece de la fuerza necesaria para lograr emocionar y tras la película queda una amarga sensación de haberse quedado a medio camino de algo, interesante visualmente pero vacía de contenido. Algo parecido a lo que le sucedía a El hogar de Miss Pelegrine para niños peculiares de Tim Burton.
Y luego está el tema interpretativo. Adelanto mis disculpas a sus defensores, pero llevo tiempo pensando (y cada nuevo trabajo suyo me da más la razón) que Eddie Redmayne es uno de los peores actores del mundo, por más que le hayan regalado un Oscar. Y es que tiene su Scamander exactamente los mismos irritantes tics que tenía su Einar Wegener/Lili Elbe de La chica danesa o su Stephen Hawking de La teoría del todo (de su presencia en El destino de Júpiter mejor ni hablar). Sólo él es capaz de destrozar una película con una interpretación espantosa en la que nunca se sabe si ríe o llora y donde parece imposible que hable con alguien mirándole a los ojos.
Más allá de Collin Farrell, correcto como casi siempre, el resto del reparto pasa sin molestar por la pantalla. No parece que ni Katherine Waterston ni Alison Sudol vayan a robarnos el corazón, aunque Dan Fogler sí logra componer un personaje que pese a ser el típico alivio cómico logra la empatía necesaria al espectador como para aplaudir su trabajo. También anda por ahí un divertido aunque irreconocible Ron Perlman, un John Voigh bastante desaprovechado y alguien más que prefiero no comentar dado la sorpresa que su aparición provocó en el respetable por más que su participación en el film (y sobretodo en la secuela) ha sido suficientemente cacareado por la prensa (bendita inocencia del espectador ocasional). Quizá lo más llamativo y rompedor con el estilo visual de toda la saga anterior es la presencia de esa extraña familia encabezada por Samantha Morton con Ezra Miller (el nuevo juguete de Warner) como un inquietante hijo adoptivo suyo, que más bien parece haberse escapado de un film de terror de James Wan que del mundo de Harry Potter.
En definitiva, film muy centrado en contentar a sus fans que sin duda hará las delicias de los más pequeños con sus chistes simples y sus animalillos (algunos excesivamente cómicos) pero demasiado irregular para aquellos que busquen una gran aventura y que tras la creciente oscuridad que dominaba la saga de Harry Potter pensaba que la cosa iría por ahí.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 18 de noviembre de 2016

JACK REACHER, NUNCA VUELVAS ATRÁS. Cruise sigue siendo el mejor.

Hace poco escuché a alguien preguntándose cuándo era la última vez que alguien había visto una mala película de Tom Cruise. Efectivamente, tras algunos años de incertidumbre en los que la afamada estrella parecía ser noticia más por asuntos personales (relacionados con sus creencias religiosas sobretodo) que por su cine, el bueno de Tom ha sabido encauzar el rumbo y resurgir como la gran estrella que es.
Su filmografía siempre se había caracterizado, desde sus inicios, por alternar productos muy comerciales (véase Cocktail o Top Gun) con apuestas arriesgadas (Nacido el cuatro de julio, Rain man), y aunque en los últimos años la comercialidad parece definir sus películas siempre hay espacio para pequeñas frivolidades tales como su aportación a Tropic thunder o el estrambótico personaje que interpreta en Rock of Ages. Dicen, sin embargo, que hoy en día todo gran actor busca desesperadamente una franquicia que le garantice el sustento de forma regular, y si Cruise ya tenía la estupenda Misión imposible (solo la secuela de John Woo era ligeramente fallida) ahora debe sumarse la saga de Jack Reacher, que teniendo en cuenta que se basa en una colección de novelas que ya van por su decimonovena entrega podría tener cuerda para rato.
Jack Reacher fue, en 2012, una grata sorpresa. Dirigida por Christopher McQuarrie, la película presentaba a un exmilitar que aparecía de la nada para ayudar a la fiscal del distrito a desentrañar un asesinato múltiple que escondía una conspiración empresarial detrás. La película presentaba una factura impecable y ya dejaba ver las múltiples posibilidades que ofrecía para el cine este investigador con pasado marcial sin apenas historia, un fantasma que vaga sin rumbo fijo por todo Estados unidos en busca de su lugar (o quizá más bien huyendo de él).
Para esta secuela McQuarrie (que ha vuelto a colaborar con Cruise en Al filo del mañana y Misión Imposible: Nación Secreta) se baja del carro de la dirección, manteniéndose sólo como productor y cediendo el testigo a Edward Zwick, otro viejo conocido de Cruise al que tuvo a sus órdenes en El último samurái y responsable también de clásicos como Leyendas de Pasión o Diamante de sangre.
La película adapta la novela número dieciocho de Lee Child, con lo cual no hay ningún orden preestablecido entre cine y literatura, pero poco importa viendo la autonomía de cada novela. Es aquí cuando empezamos a vislumbrar algo (poco) del pasado de Reacher y aspiramos a conocer su posible ámbito familiar con la aparición de una posible hija ilegítima.
De nuevo estamos ante una historia de conspiraciones que salpica esta vez al propio ejército americano, involucrando como principal sospechosa a la coronel Turner, único contacto de Reacher con “el mundo real” y quizá su única amiga, pese a no haberse conocido nunca en persona. Es cuando ella es arrestada que Reacher decide intervenir y ponerlo todo patas arriba como solo él sabe.
Es posible que el estilo de Zwick no sea tan atrevido como el de McQuarrie y que se le note cierta flojeza en las escenas de más acción, pero no cabe la menor duda de que el realizador de Chicago sabe dotar a su narrativa de cierto clasicismo que aporta al film un aire casi noventero que le sienta muy bien, aparte de dominar a la perfección el apartado sentimental, que en esta ocasión es casi tan importante como la propia acción.
Con Cobie Smulders como coprotagonista del film (la Maria Hill de Marvel o Robin en Cómo conocí a vuestra madre), es la joven Danika Yarosh quien más destaca como tercer miembro de este improvisado equipo de acción que debe hacer frente a una nueva conspiración que, en esta ocasión, puede salpicar al propio gobierno. Es la buena química entre este trío lo que mejor hace avanzar la película, por encima de un villano con carisma pero con la suficiente presencia como para ser clave en esta nueva aventura de Reacher.
Con grandes dosis de acción y un Tom Cruise que sigue en plena forma, Jack Reacher, nunca vuelvas atrás es un fantástico entretenimiento, una película capaz de divertir por sus secuencias de lucha y sus persecuciones pero que logra además tener tiempo para algo de sentimentalismo que funciona a la perfección y que en ningún momento rompe el ritmo de la narración. Quizá por eso mismo el haber prescindido del factor romántico sea otra gran decisión.
Puede que muchos se debatan entre si esta nueva película está por encima o por debajo del Jack Reacher de McQuarrie, pero de lo que no hay duda es de que es una digna sucesora y que  hace que la saga merezca seguir creciendo, aunque de momento no hay nuevo título confirmado y Cruise parece que tiene el futuro demasiado comprometido con la secuela de Al filo del mañana, la nueva entrega de Misión imposible y su participación en el Monsterverso. Habrá que seguir a la espera. Desde luego, por material literario no será…

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 17 de noviembre de 2016

NO CULPES AL KARMA DE LO QUE TE PASA POR GILIPOLLAS: Más claro, agua.

No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Tras tan contundente título se esconde una adaptación de la novela homónima de Laura Norton que dirige maría Ripoll tras la justita Ahora o nunca, ese vehículo de lucimiento para Dani Rovira cuando aún era un actor cómico.
No culpes al karma… pertenece a esa corriente de obras modernillas que pretenden ofrecer ciertas píldoras de sabiduría adaptadas a los tiempos que corren, relatos tragicómicos hipsters en la línea del notable debut como directora de Leticia Dolera en Requisitos para ser una persona normal. Como en aquella, Ripoll compone su narración poniendo el foco en una joven desorientada de la vida a la que la suerte no acompaña, buscando que la empatía con el espectador llegue mediante la compasión y la lástima a la vez que es capaz de reírse con y de ella. Sin embargo, mientras la Dolera lograba un grado de ternura que enriquecía el personaje que ella misma interpretaba no corre la misma suerte la Sara que compone una, por otra parte, magnífica Verónica Echegui.
Sara no se siente plena en la vida, en parte porque el negocio artesanal a base de plumas de aves no termina de arrancar, en parte por la distancia que la separa de su novio, su aparente hombre definitivo. Todo parece salirle mal y la noticia de que su hermana va a casarse con un amor de la infancia que encima es ahora un famosísimo cantante y la irremediable separación de sus padres no ayuda demasiado. Pero el mal de todos sus males, efectivamente, no es provocado por el karma, sino porque ella es, perdonen ustedes, gilipollas. Así, el título no miente, simplemente muestra una realidad con más ingenio que la propia película. Esta Sara es, en definitiva, gilipollas, y eso me hace preguntarme que simpatía debe sentir el espectador hacia ella.
La película busca el gag constante a través de sus absurdas y equivocadas decisiones, su histerismo redomado y su torpeza mental. Y si bien alguna situación puede llegar a tener gracia (un humor que solo funciona plenamente en espectadoras adolescentes, según he comprobado), es tan solo el buen trabajo de Echegui junto a la participación siempre a gran nivel de Jordi Sánchez lo que logra salvar del naufragio la película.
Se nota en el trabajo de Ripoll cierta pretenciosidad, ciertas lecciones de vida que no terminan de funcionar nunca y hacen que el supuesto final feliz que toda comedia romántica debe tener no luzca del todo bien. Sara es una metepatas de cuidado y todo lo que le sucede se lo tiene bastante merecido, si bien no el definitivo triunfo del amor, que visto lo que pasa por su cabeza quién sabe si en verdad es tan definitivo.
El problema más grave de la película es que en ningún momento resulta creíble. Y no lo digo ya por rocambolescas aventuras como la del zoo con su resolución pillada por los pelos, sino por pretender que tenga sentido que una tienda centrada solo en plumas de aves debería funcionar, que el primer capricho romántico de una adolescente termine por ser el amor definitivo (yo lo llamaría más bien obsesión compulsiva), que la hermana se muestre en todo momento tan comprensiva y colaboradora (aunque el derroche de simpatía y carisma de la joven Alba Galocha ayuda a superar el trago), y así un largo etcétera.
En fin, que María Ripoll ha dado un nuevo paso atrás tras la estimulante Rastres de Sàndal, siendo esta No culpes al karma… menos divertida que Ahora o nunca por más que sus intérpretes (Álex García aparte) se esfuercen en mantener la frescura que no se consigue ni con la historia ni con los diálogos.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 5 de noviembre de 2016

SULLY, desmontando al héroe americano.

Acostumbro a desconfiar bastante del trabajo de Clint Eastwood como director, posiblemente uno de los más apreciados por la crítica pero que a mi particularmente nunca me ha terminado de convencer. Demasiado dado al melodrama para mi gusto e ideológicamente manipulador (véase su último trabajo, El francotirador, como ejemplo claro). Claro que también es cierto que a excepción de ese título concreto sus obras más recientes tampoco es que hayan seducido demasiado al público, aunque eso parece haber dado un vuelco con este Sully, un verdadero pelotazo en taquilla.
Y es que ciertamente, Sully es una de las mejores películas de Eastwood, la mejor sin duda de la última década. Puede que esto se deba, sobretodo, a que en lugar de retratar a los perdedores de siempre, personajes oscuros en busca de redención, Eastwood presenta esta vez a un verdadero héroe, un hombre merecedor de convertirse en leyenda que no sólo logra hacer un milagro a los mandos de un Airbus 320 sino también luchar contra el sistema y los intereses creados.
Sully es una película muy heredera de los atroces acontecimientos del 11S, el cual, pese a no nombrarse más que en un efímero momento en la película, está muy presente en todo el metraje, sobre todo en la intencionalidad de expandir el heroísmo de Sully a toda la ciudadanía de Nueva York, ya sean tripulantes del avión, pasajeros, policías, médicos de urgencias, etc.
Estamos ante la historia de Chesley 'Sully' Sullenberger, un experimentado piloto de avión que en pleno vuelo pierde los dos motores de su nave y decide, como medida desesperada, amerizar en medio del río Hudson, logrado la proeza sin ninguna víctima mortal. El problema viene cuando, tras ser designado como un héroe por los medios, la compañía aseguradora y la Administración Federal de Aviación siembran la sombra de la duda al asegurar que Sully podía haber llegado hasta una lista de aterrizaje sin necesidad de poner en peligro la vida de todo el pasaje.
Hay una película de referencia muy cercana en el tiempo, El vuelo, de Robert Zemeckis, cuyo punto de partida era muy similar aunque la integridad moral del piloto que en esa ocasión interpretaba Denzel Washington era la que se ponía en duda (por sus coqueteos con el alcohol). Quizá con esa película en mente (o puede que también con Viven, de Frank Marshall), Eastwood se ha asegurado de no cometer el error de sus colegas de mostrar la escena más espectacular al inicio del film (el accidente del avión en sus respectivas variantes), por más que la película, en realidad trata más sobre la investigación (por no decir juicio) al que someten a Sully en la intimidad que de su heroica gesta. Es por ello que el director californiano recurre a contar la historia en dos líneas temporales, recurriendo con efectividad a los flashbacks que nos permiten ver hasta en tres ocasiones el complicado acuatizaje, no siendo hasta el momento final de la película en que lo apreciamos en todo su esplendor, rescate posterior de pasajeros incluido. Solo un par de flashbaks sobre la infancia de Sully desentonan, no aportando nada verdaderamente importante a la trama, ya que en el fondo el detalle más íntimo del comandante no queda nunca bien definido.
El problema de la decisión de Eastwood radica en que se ponen todas las cartas sobre la mesa desde el primer momento, imagino que dando por hecho que todo el mundo conoce de sobras la historia real y no dejando nada de intriga para su desarrollo. Quizá si hubiesen pensado que fuera de los Estados unidos nadie iba a recordar con detalle la aventura del A-320 y se hubiesen guardado algún dato para el final habría resultado más emocionante, como por ejemplo desconocer el destino de todos los pasajeros. Aun así, parece claro que por una vez no se busca la emotividad a través del drama, sino de la alegría, y Eastwood es capaz de provocar lágrimas viendo las manifestaciones de los supervivientes y su reacción ante la presencia de Sully (de nuevo el recuerdo del 11S sobrevuela la película), y ese es posiblemente su mayor acierto.

Puede que Sully sea, a su manera, igual de manipuladora que 100 metros, ya que eso de convertir a personajes anónimos en héroes es algo que a los americanos se les da muy bien, pero como sea hay que reconocerle a Eastwood que hace un trabajo impecable tanto en los momentos más intimistas como en las escenas del avión y que sabe sacar todo el jugo de la pareja protagonista, un Tom Hanks sensacional y un Aaron Eckhart muy notable. La única pega, como digo, dejar de lado la vida personal de ambos, a los que apenas llegamos a conocer, más cuando de Sully sí nos muestran retazos que, a la postre, resultan incompletos.
Magnífico, esta vez sí, Eastwood en una película emocionante y muy disfrutable, que oculta una feroz crítica a los intereses creados y a la manipulación de la realidad en pos de los beneficios económicos.

Valoración: Nueve sobre diez.

100 METROS, manipuladora pero efectiva.

Nos estamos acostumbrando a que el cine español se abra poco a poco a temas más variados tomando como referente un Hollywood cada vez menos inalcanzable, pero quizá películas como esta son todavía una rara avis por aquí, más allá de algún drama intenso como Mar abierto.
100 metros es una película basada en un personaje real (Ramón Arroyo) con una enfermedad, pero más allá de eso es una historia de superación, una historia sobre que no hay nada imposible y que los únicos límites que tenemos son los que nosotros mismos nos imponemos.
100 metros cuenta como vida de un gran publicista cambia cuando descubre que tiene esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa que lo mengua física y anímicamente y lo hunde en una depresión de la que sólo puede aspirar a salir con el empeño de finalizar un Iron Man, una de las pruebas deportivas más duras y exigentes que hay.
Como no podia ser de otra manera, esto deriva en una aventura de gran calado sentimental y lágrima fácil, con momentos que rozan la pornografía sentimental que ríete tú de Un monstruo viene a verme, con un dramatismo épico que funciona aunque fuerza demasiado la maquinaria.
Afortunadamente, hay en la película una segunda historia que desconozco si es igual de real que la primera, que se centra en la vida triste y aislada de su suegro, aspirante a gran ciclista en su juventud y entrenador retirado ahora. Enfrentados a muerte desde siempre, es la enfermedad y la desesperación lo que les obligará a entenderse y a aprender el uno del otro. Y es en esta subtrama donde mejor funciona el elemento emocional, quizá debido a la empatía del personaje o puede que por la calidad de la interpretación de Karra Elejalde.
Y es que una vez más Dani Rovira se empeña en disfrazarse de actor dramático y la cosa le queda muy forzada, mientras que a Elejandre la pasión le sale de dentro, estando tan brillante como es habitual en él. Rovira se esfuerza, eso es notable, y logra superar su papel en aquella patochada de El futuro ya no es lo que era, pero su composición resulta algo artificial y exagerada. A medio camino se encuentra Alexandra Jiménez, otra habitual de la comedia que sale airosa del experimento pero por los pelos. Y eso me lleva a preguntarme en qué narices estaban pensando los responsables de casting, más allá de la pura comercialidad, para reunir a tres actores de un rango tan marcadamente cómico en semejante drama.
Marcel Barrena, el director, olvida definir un poco mejor al protagonista, Ramón, un friki en potencia (o eso imaginamos) al que relaciona al principio en exceso (en un intento de metáfora nada sutil) con el Iron Man de Marvel para olvidarse pronto de ese rasgo distintivo, mientras que reúne a una colección de marginales demasiado estereotipada para representar el drama de una enfermedad ya que no conviene demostrarle en exceso en el protagonista. Al menos, eso sí, el aprovechamiento de los paisajes es mucho más inteligente y vistoso que en la reciente La propera pell, convirtiendo a la ciudad de Barcelona y sus alrededores en parte de la historia.
100 metros no es una película perfecta y peca por momentos de manipuladora pero cumple en sus requisitos de mostrar una historia de superación casi imposible de creer si no fuese real, con un trasfondo sobre el amor, la amistad y la pérdida que sin duda empañará muchos ojos este fin de semana, aunque sea abusando de la sensiblería.

Valoración: Siete sobre diez.

CIGÜEÑAS: animación para todas las edades

En una época donde la cartelera está plagada de películas de animación bastante irregulares como Ozzy, Trolls y demás, encontrarse una obra como Cigüeñas supone un soplo de aire fresco.
Pese a que la publicidad la anuncia cono una película de los creadores de La LegoPelícula, lo cierto es que Phil Lord y Christopher Miller, guionistas y directores de aquella, no se encuentran detrás de Cigüeñas mas que como productores, aunque algo de su espíritu queda en un film infantil pero con un humor inteligente y por momentos surrealista que no debe espantar en ningún momento al público adulto.
El punto de partida ya es de lo más irrisorio: los tiempos han cambiado, así que las cigüeñas, hasta hace poco las encargadas de traer a los niños al mundo, ahora se dedican al reparto de mercancías de venta on-line al más puro estilo Amazon.
Tiene la película un claro mensaje en defensa de la familia, de todo tipo de familia (como demuestra la secuencia final donde se ven todos los distintos tipos de padres que hay hoy en día), además de una cierta denuncia contra el consumismo desmesurado y la obsesión por el triunfo en el terreno laboral por encima de todo, pero sobre todo Cigüeñas es una trepidante aventura protagonizada por una pareja tan imposible (una cigüeña y una adolescente humana) como la de Zootrópolis pero cuya química funciona a la perfección.
Sin el abuso colorista de otros títulos más facilones aunque algo inferior en el realismo preciosista de Disney, Cigüeñas es un gran entretenimiento, adrenalítico y emocionante, con momentos de gran ternura y una historia inteligente capaz de contener un humor descacharrante y loco como el que aportan los secundarios, en especial una insólita aunque muy apañada manada de lobos
Una película para reconciliarse con el cine de animación no exclusivamente infantil.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

YO, DANIEL BLAKE: cine de denuncia de calidad.

Yo, Daniel Blake es la nueva película de Ken Loach tras la interesante Jimmy’s Hall y que supone una nueva colaboración con guionista habitual, Paul Laverty, después de que este se tomara un respiro para escribir la estupenda El Olivo.
Siguiendo con coherencia el estilo habitual de estos dos colegas, Yo, Daniel Blake se engloba dentro del cine de denuncia en el que tan bien se desenvuelven ambos, con la historia de un veterano carpintero que debe dejar de trabajar tras un infarto y al que el gobierno de niega el subsidio por enfermedad por no tener el grado de gravedad necesario según los resultados de un test escrito. Su única posibilidad para conseguir dinero es acogerse a la prestación de desempleo, pese a saber que no está en condiciones de trabajar. Pero su vida dará un vuelco tras conocer a Katie, una madre con dos hijos sin trabajo y en la más completa miseria con quien forjará una gran amistad.
Yo, Daniel Blake es una película amarga en la que Loach reflexiona con sarcasmo sobre la estupidez de una burocracia compleja y ridícula y la falta total de empatía de unos trabajadores gubernamentales incapaces de salirse del camino estipulado y ofrecer soluciones que no sean contempladas por los formularios y los programas informáticos. Pese al dolor y la desesperación que rezuma la película no todo está perdido, y Loach y Laverty esparcen pequeñas pinceladas de optimismo en forma de los diferentes secundarios que van apareciendo a lo largo de la película y que permiten pensar que no todo está perdido en esta sociedad consumista y digitalizada en la que vivimos.
Sin caer en el sentimentalismo barato, Loach consigue conmover a la vez que indignar con una historia sobre el sufrimiento humano y la fuerza del espíritu, personificados en la figura de un hombre que, pese a las adversidades, se niega a perder la escasa dignidad que le queda y aspira a luchar contra el sistema, por más que las nuevas tecnologías sean una más de las muchas barreras del camino.
Una película conmovedora pese a que contiene momentos ligeramente previsibles y no llega a sorprender en ningún momento, quizá porque estamos ya demasiado acostumbrados a ver injusticias como las del film a nuestro alrededor. No es cuestión de revelarnos y alzarnos contra el sistema, pero sí es reconfortante que alguien alce la voz de vez en cuando, y para eso Loach es único.

Valoración: Siete sobre diez.

TROLLS: empacho psicotrópico-musical.

Da la sensación de que en Dramworks han perdido un poco la chispa. Quizá demasiado acomodados en machacar sus franquicias más exitosas hasta agotarlas, léase Shreck, Madagascar y Kung Fu Panda, ahora les cuesta crear productos verdaderamente originales.
Y no es que Trolls sea una mala película, pero mientras uno la ve no puede evitar acordarse de todo aquello en lo que se inspira o copia, además de que para mi gusto se abusa bastante de las canciones.
Trolls nos presenta a estos pequeños seres que nada tienen que ver con los monstruos que trataban de comerse a los gnomos en aquella serie de televisión o a las impresionantes bestias (aunque no muy listas, eso sí) que se ven en películas como El Señor de los Anillos y Harry Potter, sino que están más inspirados en los juguetes creados por Thomas Dam, con sus ojos saltones y sus largas cabelleras de colores. Aquí los villanos de la historia son los Bergens, que los persiguen para comérselos en una fiesta ritual anual.
Los trolls de esta película son divertidos y les encantan las fiestas, y aquí uno ya empieza a ver una copia de Los Pitufos de Peyo. Al fin y al cabo, algo así intentaron hacer ya los de Dreamworks en Home, hogar dulce hogar (aunque al fin y al cabo, de eso iban más o menos Los Minioms). Y los Bergens no dejan de ser una variante del brujo Gargamel.
Se supone que los trolls producen la felicidad, y es por eso que son tan codiciados, para que los Bergens puedan saber así lo que es ser feliz. Excepto uno de ellos, de color gris, que es el triste y pesimista. Y entonces viene a la mente Tristeza, de Del Revés.
La historia no puede ser más sencilla, una trama muy infantil que pretende ensalzar el valor de la amistad y la lealtad y que se supone que explora los orígenes de la felicidad, pero lo que realmente importa es el aspecto visual de la misma. A diferencia de Ozzy, que aparte de aburrida es visualmente floja, Trolls es un espectáculo de luz y color, un empacho casi psicotrópico que puede llegar a empalagar en su exceso, pero que al menos provocará el entusiasmo de los más pequeños, que se lo pasarán en grande con las payasadas de estos seres en sus diferentes variantes.
El problema que tengo con esta película está en el apartado musical. Soy un gran defensor de los musicales, pero no en el terreno de la animación, donde ya he comentado alguna vez la dudosa calidad de su versión en español. En versión original se ha reunido a un competente reparto de estrellas del pop que pueden hacer la cinta más digerible, pero que en su versión doblada se hace muy dura de aguantar hasta el final. No es cuestión de criticar a unos grandes profesionales del doblaje que hacen su trabajo lo mejor que pueden, pero entre escuchar canciones de Anna Kendrick (que se ha convertido en una especialista en musicales), Justin Timberlake, Russell Brand, Gwen Stefany o Zooey Deschanel o de Paula Ribó, Ivan Labanda, Luis Posada, etc. pues hay mucha diferencia, la verdad.
En fin, orgía visual de las que empachan e historia cogida con pinzas cargada de tópicos que hará las delicias de los más pequeños con tanto color y cancioncita. Para los adultos ya es otra cosa.

Valoración: cinco sobre diez.

OZZY, animación de segunda fila

Ozzy es una producción animada española (aunque cuenta con la colaboración de una productora canadiense) bastante más simple que películas recientes como las de enrique Gato (Las aventuras de Tadeo Jones y Atrapa la bandera) o Mortadelo y Filemón contra Jimmy elCachondo de Javier Fesser.
Dirigida por Alberto Rodríguez (nada que ver con el director de La Isla Mínima y El hombre de las mil caras) y Nacho La Casa, ambos debutantes, la factura técnica denota demasiado las limitaciones presupuestarias. No es plan de comparar con una producción Disney, por supuesto, pero el terreno de la animación ha mejorado tanto últimamente que ver la artificialidad de los movimientos de los humanos o el acabado vasto de los animales rechina bastante.
Ozzy cuenta la historia de un perro al que su familia debe dejar en un hotel especial mientras realizan un viaje de trabajo sin saber que en realidad se trata de una tapadera para una cárcel de animales. Así, el protagonista deberá aprender a adaptarse a un mundo cruel y aterrador donde los celadores son canes desalmados y el alcaide esconde un lucrativo secreto.
Efectivamente, estamos ante una modalidad infantil de la clásica historia de cualquier película carcelaria, con múltiples referencias a cualquiera de ellas, siendo Cadena perpetua la más evidente. Eso es lo único que puede animar una película que, pese al tema, es terriblemente infantil y que apenas aspira a entretener a un ocasional público adulto que, más allá del discurso final inevitable sobre la pérdida de la identidad y la lucha por la libertad individual no propone nada estimulante, aunque también en ese final se pueda ver un reflejo de lo ofrecido hace poco en Mascotas.
Puede que sirva como entretenimiento de los niños en una tarde en casa, pero tampoco creo que los más pequeños vayan a disfrutar especialmente en una sala de cine, más teniendo en cuenta las múltiples opciones que hay ahora mismo en cartelera.

Valoración: Cuatro sobre diez.