domingo, 25 de enero de 2015

INTO THE WOODS (6d10)

Después de Chicago y Nine, Rob Marshall parece querer especializarse definitivamente en la adaptación al cine de exitosos musicales de Broadway, y este Into de Woods, con música y letra de Stephen Sondheim es la última prueba de ellos.
Sin embargo, hay una notable diferencia entre sus dos trabajos anteriores y este y es que mientras que en aquellos los números musicales tenían un intencionado toque de teatralidad, perteneciendo las canciones a momentos imaginarios o de marcado toque surrealista, aquí deben integrarse perfectamente en la narración, huyendo de vistosas coreografías e iluminaciones escénicas diferentes a las del resto del film, y aquí es donde Marshall muestra sus mayores carencias como director, consiguiendo que el ritmo narrativo se resienta por culpa de la incorporación de canciones que lastran la historia y que están repartidas de manera desigual, de forma que en algunos momentos climáticos casi hasta desaparezcan de la ecuación.
Además, una vez más nos encontramos con un buen ejemplo de lo complejo que es a veces realizar una adaptación cinematográfica de algo creado para cualquier otro medio (ya sea la novela, el comic o, como en este caso, el teatro) ya que los tempos cinematográficos tienen unas normas propias que no pueden obviarse a la ligera. Así, mientras en Broadway funcionaba correctamente la división de la historia en dos partes bien diferenciadas, con un intermedio por en medio que facilita incluso el cambio de estilo entre ambas, en cine se hace extraño que haya un clímax a todas luces definitivo a mitad del film para, a continuación, presentarnos una segunda mitad del metraje con un estilo muy diferente a los visto hasta ahora.
Into the Woods es una amalgama de los principales cuentos clásicos infantiles, tales como Caperucita Roja, Cenicienta, Jack y las habichuelas mágicas y, en menor medida, Rapunzel, aunque toma prestados elementos de otras historias. Un frondoso bosque es el nexo de unión entre todos ellos, con una pareja de panaderos que para poder tener hijos reciben el encargo de una bruja de conseguirle varios objetos de gran valor para ella como excusa argumental.
Una vez más debo reseñar las diferencias entre cine y teatro, pues mientras allí están sujetos a la dictadura del decorado aquí pueden permitirse regodearse en todos los escenarios posibles. Por ello resulta extraña la imposición de tener que conocer de antemano las historias originales (por mucho que se dé por hecho que todo el mundo las conoce) ya que el guion de James Lapine (demasiado empeñado en mantenerse milimétricamente fiel a su propio libreto escénico) y que provoca que la mayoría de las aventuras de los protagonistas sucedan fuera de plano, resultando forzado ver por tres veces a Cenicienta huir del Castillo del príncipe cuando no nos muestran en ningún momento el interior de la fiesta, la historia de Rapunzel no solo es contada con una leve pincelada sino que además ni siquiera se resuelve satisfactoriamente y la gran amenaza de los gigantes que alcanzan el reino no lo es tanto cuando no se nos permite ver a Jack en el mundo que hay a lo alto de la planta de habichuelas. ¿Acaso algún directivo de la Disney imaginó este Into the Woods como una versión de cuento de Los Vengadores, siendo recomendable para digerirla mejor haber visto antes la versión animada de Rapunzel, el Jack, el caza gigantes de Bryan Singer, y la inminente La Cenicienta de Kenneth Brannagh (para Caperucita casi me da miedo tener que quedarme con la versión de Catherine Hardwicke, ya que la magnífica obra de Neil Jordan se aleja demasiado al clasicismo del resto)?
No es la dirección de Marshall tan excesivamente teatral como lo fue Tom Hooper con Los Miserables, aunque se le acerca bastante, y su arranque tan disperso no nos prepara para el cambio de estilo que se avecina, pasando de un edulcorado musical al más puro estilo Disney (aunque afortunadamente se mantiene la mala leche y el humor negro de alguna de las canciones) a una historia oscura y dramática que hace pensar que la película habría resultado mucho más interesante de haber apostado desde el principio por esa línea tan macarra y turbia que la hace crecer como película aunque se intuye que algo pueda haberse suavizado al estar tras ella la productora de las orejas.
Al final, el resultado termina entreteniendo, consiguiendo incluso momentos muy divertidos (me quedo con la canción en la que se analiza quién tiene la culpa de todo lo sucedido) y un reparto bastante lujoso donde (vaya usted a saber por qué) se ha resaltado a una multinominada para todo (como siempre) Meryl Streep que aun haciéndolo bien me parece casi una imitación gestual y de miradas al excentricismo de Johnny Deep, mientras que el publicitado Deep hace apenas un papelito de esos de “pasaba por ahí”.
Debo terminar recomendándola, pues sentí en el cine como iba de menos a más y una vez aceptada la división de dos almas diferentes en el argumento pasé un rato francamente agradable, pero hay demasiadas objeciones para poder aplaudirla como me gustaría, advirtiendo también que quien más desconcertado se pueda sentir en la sala es un público potencialmente infantil que se van a encontrar con una historia final con mucho drama, muertes, infidelidades, abandonos familiares, asesinatos y secretos no desvelados que en ningún momento buscan una moraleja educativa, sino un análisis supuestamente corrosivo y cruel (aunque se queda algo corto) de la sociedad.
Me temo que, al final, los árboles no nos permiten ver el bosque. No tan bien como deberíamos, al menos.

LA CONSPIRACIÓN DEL SILENCIO (5d10)

En estos tiempos convulsos de desconfianza hacia las más altas esferas (y como muestra baste recordar la polémica creada en Cataluña con el documental Ciutat Morta o las suspicacias que ha provocado en Argentina la muerte de Alberto Nisman) es imposible encontrar más actual una película que relata de manera muy explicativa la investigación de un joven e idealista fiscal alemán que propició el mayor juicio de la historia de la República Federal Alemana por los terribles crímenes de muchos nazis que, finalizada la guerra, vivían tranquilos en el anonimato en una sociedad en reconstrucción ignorante de los horrores que sus propios padres acometieron.
En este sentido, resulta muy interesante la película no sólo por conocer la figura del fiscal Johann Radmann sino por comprobar lo ajenos que eran los germanos de las atrocidades que se cometieron en nombre de su bandera, convencidos de que las historias sobre los Campos de Concentración eran exageraciones inventadas por los aliados para aumentar la gloria de la victoria mientras que muchos de los componentes de las altas esferas parecen muy interesados en obstaculizar las investigaciones, bien porque ellos mismos pertenecieran al partido nacionalsocialista, bien por no querer reabrir las heridas de la guerra.
Sin embargo, pese a los esfuerzos del joven Alexander Fehling (cuya mayor aventura internacional fue su participación en Malditos Bastardos), la película no pasa de ahí, de ofrecer un interesante documento histórico que, más allá de su valor didáctico, poco aporta a la historia del cine, presentando una historia demasiado plana y complaciente que pese a querer imitar claramente el estilo de los thrillers judiciales americanos (incluso el protagonista parece una combinación entre el físico de Matthew McConaughey y el porte de Tom Cruise mientras que la dama del film es casi un calco de Keira Knightley) tiene el hándicap de ir siempre un paso por detrás del espectador, lo cual dificulta la buscada empatía con el ciudadano alemán de postguerra. Y es que por mucho que los protagonistas se asombren y escandalicen al descubrir los horrores que ocultaban las alambradas de Austwitch (increíble me parece que en 1954 ni siquiera hubiesen oído hablar del susodicho campo) cualquier espectador de a pie conoce de antemano los secretos que los protagonistas van a descubrir.
Con todo, resulta de elogio que la cinematografía alemana se mire a sí misma y no pretenda esconder las cicatrices de su pasado más reciente, descubriéndonos que, a pie de calle, el alemán común no es para nada un racista psicópata, sino seres humanos tan respetables como cualquiera ignorantes de los que un demente llamado Hitler había llegado a provocar, mientras que por otro lado pocos germanos habían libres de pecado tan solo una generación antes.
Ya conocemos de sobras los secretos que salieron a la luz, pero no está de más saber cómo se lograron destapar. 

jueves, 22 de enero de 2015

El comentario del mes: JUSTICIA BAJO SOSPECHA

Pocas veces un producto audiovisual he provocado tanto ruido y levantado tantas ampollas como el “Ciutat Morta” de Xapo Ortega y Xavier Artigas. Tanto ha sido el impacto social que ha provocado que creo valía la pena hacer una breve mención en el blog, por más que los documentales (y menos cuando su relevancia ha venido dada por la emisión en televisión, no en cines) no sean habituales por aquí.
Como desconozco el impacto que (de momento) ha tenido el asunto fuera de Cataluña voy a hacer un breve resumen de los hechos denunciados en el mismo.
El cuatro de febrero de 2006 se celebra una fiesta ilegal en una antigua sala de fiestas abandonada en Barcelona. Ante las denuncias por ruidos y otras molestias es necesaria la intervención policial, que es respondida por algunos vecinos con el arrojo de diversos objetos desde lo alto de sus balcones. La fatalidad quiso que una maceta impactara contra la cabeza de un guardia urbano que iba sin casco. Quedó en estado tetrapléjico.
El asunto terminó con varios detenidos, entre los que se encontraban tres chicos de ascendencia latina que, según la versión del documental (y que se da por buena ya que nadie del lado de las autoridades ha querido poner voz a su versión) fueron salvajemente torturados en comisaría, terminando en el Hospital del Mar de Badalona antes de su definitiva encarcelación pese a que ellos aseguraban no saber nada del policía herido.
Como si de un guion dirigido por David Fincher se tratase, la tragedia se empeña en acentuar su presencia cuando una pareja de amigos tienen una caída en bicicleta en otro lugar de la ciudad y terminan siendo atendidos en el mismo hospital. Ella, Patricia Heras, cumplía con una estética “dark” (que no tiene nada que ver con ser okupa pero a muchos les da lo mismo) y al verla unos de los policías le requiere el móvil antes de detenerla. Más casualidades macabras: la chica solía acudir a un bar llamado “El bate”. El último mensaje que había escrito en su móvil era una propuesta para quedar con unos amigos que decía, jocosamente: “¿quedamos esta noche para batear?”. Las evidencias son claras: la “okupa” de pintas raras iba armada con un bate a la fiesta a aporrear policías. No hay duda alguna y parece una pérdida de tiempo molestarse en comprobar la versión (si es que se molestó alguien en escucharla) de la bicicleta. Resultado: dos chicos más “pádentro”.
Pese a que el suceso apareció en los medios de comunicación no tuvo apenas relevancia, un charquito más en medio de la marea de noticias de los informativos, y nada volvió a saber el pueblo de Patricia y el resto de detenidos. Nada hasta que Ortega y Artigas consiguieron autofinanciar Ciutat Morta, descubriéndonos que los detenidos pasaron entre dos y tres años de prisión, que nada se supo de una maceta porque “alguien” ordeno una salida especial de los vehículos de limpieza de BCNeta al lugar de los hechos, destruyendo las pruebas, que la juez del caso parecía sentenciar antes de escuchar las versiones, que si el caso hubiese terminado sin unos “culpables claros” la responsabilidad debería caer en el Ayuntamiento, dueña del local abandonado, que ahora quedan por pagar indemnizaciones millonarias y, sobre todo, que Patricia –que se nos muestra como una poeta urbana de gran sensibilidad (oscura, eso sí)- terminó suicidándose.
Toda una red de conjuras y ocultación de pruebas, de trapos sucios escondidos de mala manera por las autoridades debajo de la alfombra y un fenómeno que –gracias principalmente a Internet- ha corrido como la pólvora.
Puede que sea un caso aislado pero no lo parece. Y ahora todos los ciudadanos clamamos en favor de la justicia de un caso de debe ser reabierto y esclarecido. Por la trasparencia política, por el fin de los abusos policiales, por la justicia hacia los chicos condenados, por el derecho a la familia del policía agredido a saber la verdad y, sobre todo, por Patricia. Y aunque tampoco es justo juzgar a los “presuntos responsables” tal y como ellos juzgaron a unos chicos por su aspecto u origen, lo cierto es que siempre se ha dicho que quien calla otorga. Y el silencio de las autoridades durante todo este tiempo es, cuanto menos sospechoso.
Ciudad muerta corresponde a uno de los textos que Patricia escribió en su poético diario, pero también es una canción de Loquillo en la que, crítico siempre con la ciudad condal, dice:

“En esta ciudad comprendes la verdad cuando ya estás muerto,
en esta ciudad de grito y decepción, de pena y de miedo,
en esta ciudad la aventura es huir y la acción un sueño, 
en esta ciudad asciende el impostor y se derrumba el bueno (…)
en esta ciudad, en esta ciudad muerta”.

Terrible premonición.
Finalizo aplaudiendo el sueño de los autores por descubrir una realidad oculta y callada por las administraciones, demostrando que a veces la voluntad puede más que las trabas económicas y la falta de apoyo de las televisiones, celebrando que la conciencia social se sepa activar de vez en cuando y confirmando que, en ocasiones, la era de Internet si es una era de comunicación, ya que el éxito de Ciutat Morta es también el éxito de twitter y semejantes.
El documental traerá consecuencias, desde luego, Aquí, todo el mundo habló de ello y su emisión en el canal secundario de Cataluña batió records de audiencia. Ahora, todo el mundo sabe que sucedió el 4F, ahora ya nadie podrá callar las voces de protesta.

Aunque los que deben hablar sigan sin hacerlo.

miércoles, 21 de enero de 2015

LA SEÑORITA JULIA (5d10)

Tras haber sido musa de Ingmar Bergman, Liv Ullman tiene una incipiente pero leve carrera como directora (su anterior película, Infiel, data del 2000), estrenando ahora su última película hasta la fecha (y sin proyectos conocidos) en la que ella misma adapta la obra teatral de August Strindberg.
Extremadamente fiel a la obra original, La señorita Julia es una apasionado alegato sobre la lucha de clases, el domino del hombre sobre la mujer (hablamos de 1890) y de la sumisión y el respeto alrededor de un poder superior que aun sin aparecer en toda la obra tiene presencia física en forma de unas botas o un puñado de billetes.
La señorita Julia es la hija de un aristócrata irlandés, afectada aún por la muerte, años atrás, de su madre, consentida y caprichosa, que en la noche de San Juan se propone seducir, sin fines muy concretos, a uno de sus sirvientes, John, sin importarle que esté emparejado con la cocinera de la casa.
Pese a recurrir a algunos exteriores y recorrer brevemente varias estancias de la casa (sobre todo en un breve prólogo donde vemos a la Julia niña), la acción se sitúa básicamente en la cocina de la mansión. Esto, y la presencia de tres únicos actores (más la mencionada y anecdótica niña) dan una clara idea de por dónde van los tiros. Y es que pese a una intensa interpretación de los tres protagonistas (sorprende especialmente un Colin Farrell al que no creía dotado para tales embistes, aunque es Jessica Chastain la que mejor logra sacar a relucir la desdoblada personalidad de Julia), una puesta en escena impecable y con algunos planos muy bellos y casi fotográficos (aunque, eso sí, alguien debería explicar a la directora la diferencia entre el día y la noche), la realización de Ullman es exageradamente teatral. Los actores caminan por la cocina como por un escenario, forzando las entradas y salidas y dando una sensación de irrealidad que da al traste con todo el realismo de los decorados. Además, el texto, que bien podría resultar muy adecuado para la escena, es artificioso para una película, no llegando a comprender en ningún momento hacia donde pretenden ir los personajes, siendo imposible por lo tanto comprenderlos y mucho menos aceptarlos. Julia, al menos, se puede excusar en esa especie de locura que la arroja a su cruel desenlace, pero sigo sin ver claras las intenciones de John y Katherine (la cocinera, correcta Samantha Morton), siendo incapaz de decidirme si John actúa movido por su amor, por su codicia, por miedo o por las tres cosas a la vez, resultando tan enfermo como su señora.
Al final, uno se limita a quedarse embobado con unos discursos perfectamente ejecutados por tres actores en estado de gracia sin que le importe mucho los constantes cambios de rumbo de las situaciones, dejándose llevar sin más en espera de un desenlace que se hace de rogar demasiado.
Tan apasionada y enfermiza como distante y confusa, Ullman busca una conjugación entre sátira social y poesía con toques de lujuria apasionada que se le va delas manos. Podría haber conseguido una excelente película. Al final se queda en una obra de teatro filmada. Muy bien filmada, de acuerdo, pero teatro al fin y al cabo.
El concepto adaptación es inexistente. Y eso desmorona el resultado final.

ST. VINCENT * (5d10)

Poco de original hay en St. Vincent, una película que sigue el patrón clásico del viejo cascarrabias al que no soporta nadie que, por caprichos del destino, termina conviviendo de una manera u otra con un chaval que le va a saber sacar lo mejor de sí mismo, llegando a aprender mucho el uno del otro en una simbiosis predecible desde el primer minuto.
Es lo que hemos visto en mil películas y que solo el año pasado me vienen a la mente Una noche en el viejo Méjico o ¡Así nos va!, aunque aquí además le roban alguna idea a El diario de Noa y pretenden abusar algo más de lo “políticamente incorrecto” de otras ocasiones, presentándonos al Vicent este como un bebedor empedernido, habitual a las prostitutas y que, como en la reciente El jugador, pretendiendo salir de sus deudas a base de endeudarse más aún.
Con una moraleja pobre, algo de misticismo religioso (muy abierto a todos los cultos, no se nos vaya a ofender alguien)  y un previsible final feliz tan edulcorado que hasta consigue emocionar, la película pretende divertir sin abusar del chiste, con un toque de amargura que la dignifica bastante y evitando caer en la tentación de aprovechar la presencia de Melissa McCarthy en su reparto para caer en el histrionismo, mientras que la prostituta embarazada que representa Naomi Watts solo gana enteros en su versión original con su esforzado (y ya utilizado en Promesas del este) acento ruso.
Aparte de pasar un rato entretenido sin demasiadas pretensiones con la fábula de que todos tenemos algo de valor en nuestro corazoncito y siempre que no esperemos que las tramas secundarias se resuelvan con suficiente coherencia (¿qué pasa con las deudas?, me pregunto), ¿qué otro aliciente podría haber para interesarse por esta película.
La respuesta es tan sencilla como obvia: Bill Murray. Toda la película gira en torno a su personaje, que tiene manga ancha para hacer lo que se le antoje y, aun teniendo en cuenta que hace un poco lo de siempre (recuerden, por ejemplo, ese divertido entretenimiento navideño que era Los fantasmas atacan al jefe), este actor es inmenso, y es tan poco frecuente verlo actualmente en una película (en un papel importante, al menos), que solo por él ya vale la pena pagar la entrada.
Bill Murray es Vicent tal y como St. Vicent es Bill Murray. Y viendo a él en acción nos damos cuenta de que todo lo demás es como un borrón de cosas que suceden a su alrededor. Si es usted de los que disfrutan de este actor (que ya fue de lo mejor de la fallida Monuments men), esta película le ofrece un reencuentro con el gran Peter Venkman (por mucho que pasen los años Murray siempre será un cazafantasmas en nuestro recuerdo). Si, por el contrario, es de los que aborrecen sus tics y manías, huyan de este título. Poco o nada encontrarán que les interese.
Yo, por lo menos, me entrego a Murray. Aunque a poco más.

MR. TURNER (6d10)

A veces hay películas que pretenden reflexionar sobre el concepto del arte y promover un debate sobre los sentimientos que este provocan, y en otras ocasiones hay películas que ellas en sí mismas son una puerta abierta a la propia reflexión y debate, y Mr. Turner es una de esas.
Se puede contemplar el arte desde dos puntos de vista diferentes: la cabeza, en el que una serie de valores confluyen de manera casi matemática, fría y calculadora, para poder definir la esencia misma de la susodicha obra de arte, y el corazón, según el cual los sentimientos expresan sus preferencias independientemente de lo que dicten críticos y especialistas.
William Turner fue un pintor que se encontró en semejante encrucijada: alabado por algunos, fue un referente en su época con una presencia casi constante en la Royan Academy mientras que ya en la decadencia de su vida fue también objeto de mofas y burlas por su estilo particular de pintar, que llegó a ser definido como una mezcla entre genialidad y locura.
Esa bipolaridad al contemplar su obra (unos paisajes espectaculares, especialmente marinas en la época retratada en la película, con gran dominio de la luz pero ligeramente difuminadas, con una sensación de encontrarse a medio acabar) es lo que produce también la película de Mike Leigh. Al contemplar el film uno es capaz de apreciar una gran obra, con una interpretación soberbia de Timothy Spall (aprovechando completamente una de las pocas ocasiones que va a tener de protagonizar una película, acostumbrados como estamos -en gran parte a raíz de su particular físico, a verlo como villano bufonesco, como en la saga Harry Potter), una hermosísima fotografía, con planos paisajísticos tan sobrecogedores como las pinturas sobre las que habla, y un guion que sabe alejarse con inteligencia del biopic al uso, rechazando darnos una detallada biografía del autor y centrándose en sus últimos días, permitiéndonos conocer a pinceladas (nunca mejor dicho) su peculiar personalidad y no entreteniéndose en contarnos detalles claves de su vida sin duda muy importantes para su desarrollo artístico pero innecesarios para lo que se nos quiere contar, como la consideración de prodigio que se tuvo de él al ser aceptado con apenas catorce años en la Royal Academy de Londres, el trauma que sufrió con la demencia de su madre tras el fallecimiento de la hermana pequeña de William (algo de esto se menciona, pero como muy de pasada) o incluso las referencias a una esposa y dos hijas de las que no quiere saber nada sin que tengamos una idea concreta del porqué.
Así, se reconoce en la película cierta majestuosidad, invitando a considerarla como una gran obra y que mi cabeza sabe reconocer como arte.
Hay, sin embargo, algo que no encaja, como ese borrón que no sabemos apreciar en un cuadro. Quizá su exceso de metraje, quizá sus abruptas elipsis o quizá, simplemente, la escasa empatía que el artista desprende en el público. Turner (según Leigh) no era un hombre agradable y por lo tanto no logra seducirnos en ningún momento, provocando cierto distanciamiento y obligando a que, en este caso, nuestro corazón rechace esa apresurada apreciación de arte.
Mr. Turner es una película que hay que ver, interesante para cualquier amante del cine e imprescindible para cualquier apasionado de la pintura, pero que contiene los elementos para ser una obra maestra y termina quedándose a las puertas, con algunos personajes que rozan la parodia (si esa damisela es un fiel retrato al personaje real es algo que solo podemos suponer) y que revierten en un distanciamiento definitivo, como si Mike Leigh tuviese los colores adecuados en su paleta pero olvidase poner toda el alma en su cuadro.

martes, 20 de enero de 2015

La recomendación del mes: LA NOCHE AMERICANA.

La noche americana es una técnica cinematográfica que consiste en emplear una serie de filtros de color para poder rodar una escena a plena luz del día y que, sin embargo, parezca que transcurre de noche. Es así como se filma la escena más importante de la película ficticia Je Vous Présente Paméla, y es por ello que da título a la película de François Truffaut donde describe el accidentado rodaje de la misma.
Posiblemente estaréis pensando que cómo es posible que alguien que lleva la palabra cinéfilo en su nombre no hubiese visto hasta ahora este clásico del cine francés ganador de multitud de premios entre los que se incluye el Oscar a la mejor película de habla no inglesa de 1973. ¡Pero si es un Truffaut!, me gritaréis. Pues así son las cosas, nunca tuve la oportunidad de verla (en parte porque me cuesta mucho ver cine fuera de las salas de cine y con dos añitos mis padres no tuvieron a bien llevarme a ver el estreno) y la he recuperado para inaugurar esta nueva sección dentro de El Panda Cinéfilo que consiste, como ya había anunciado, en comentar alguna película que ha sido recomendada por alguno de mis lectores y que, por el motivo que fuese, yo no había llegado a ver en su momento. En este caso, la recomendación viene de parte de mi buen amigo Ismael y tiene el privilegio de inaugurar la sección ya que fue precisamente él el primero en apuntarse como seguidor del blog.
La noche americana cuenta, pues, la vicisitudes del rodaje de una ambiciosa película francesa, un drama romántico ambientado en Niza pero en la que participan actores afincados en Hollywood y con capital británico de por medio. Esto le confiere casi un aspecto de producción internacional con los consecuentes problemas que ello acarrea: tensiones con el seguro, ajustes de presupuesto, prisas en el rodaje. Para el joven director del film, un Ferrand interpretado por el propio Truffaut, es una oportunidad de oro para lanzar su carrera, pero también supone una gran presión, obsesionado como está por los grandes clásicos del cine y temeroso de no estar a su altura.
El rodaje de la película, que trata sobre una joven que, en plena crisis de su matrimonio, decide fugarse con el padre de su esposo, está plagado de mil y un problemas, la mayoría relacionados con los actores: tenemos una actriz veterana con problemas con el alcohol, un joven actor impetuosamente movido por sus sentimientos (y que es abandonado por su novia en mitad del rodaje), la actriz joven, emocionalmente inestable, algún embarazo no anunciado…
Todos estos conflictos reales se van intercalando con las circunstancias del guion del rodaje, consiguiendo así Truffant un impecable ejercicio narrativo en el que se muestran las interioridades del mundo del cine, destripando parte de la magia de los rodajes y mostrándonos la cara más real y menos glamurosa del mundo del cine.
Posiblemente vista a día de hoy no resulte tan sorprendente como en su momento, acostumbrados como estamos ya a ver películas que tratan de “cine dentro del cine”, con títulos como El juego de Hollywood, Ed Wood, Mi semana con Marilyn y mil ejemplos más que desentrañan los conflictos (reales o imaginarios) de un rodaje, pero aun así la película de Truffant se mantiene vigorosamente actual, mostrando con frescura e ingenio esas intimidades y alternando momentos de comedia (el plano imposible de rodar porque la actriz confunde constantemente la puerta de un armario con la de la habitación) con situaciones dramáticas y desnudando, con aparente facilidad, a una serie de personajes que, sin perder apenas tiempo en desarrollarlos, llegamos a conocer a la perfección.
Quizá ese es el principal acierto de Truffant, ofrecernos una película suficientemente compleja como para no presentarnos la historia ya mascada, haciéndonos entrar en ella con la sensación de que la pillamos ya empezada y con una serie de personajes a los que nos puede costar ubicar. Consigue así que seamos un miembro más del equipo y que debamos ponernos las pilas para no quedarnos atrás en la historia –tal y como les sucede a ellos mismos, cuyos días de rodaje se van acortando por exigencias externas- para, finalmente, acabar considerándonos como parte de la familia del cine.
Podría no ser la mejor película de Truffant, pero sí un ejercicio altamente recomendable, y mucho más para aquellos que, como yo, amamos el cine y sabemos entender que se trata de algo más que, simplemente, una serie de imágenes reflejadas sobre una pantalla de tela.

lunes, 19 de enero de 2015

PARÍS-MANHATTAN (7d10)

Tres son las películas con la presencia de Woody Allen estrenadas en España en el 2014 (aunque dos de ellas llevaran más de un año esperando turno para tener un hueco en las salas) y es curioso que sea precisamente la más ajena al propio Allen la que mejor recupere el espíritu y las características más destacadas del cine de este peculiar autor.
Tras su participación en la flojita película de su amigo Turturro Aprendiz de gigoló y la desigual acogida de su último trabajo como director, Magia a la Luz de la Luna, esta película francesa escrita y dirigida por Sophie Lellouche supone un soplo de aire fresco para los seguidores del genio de Manhattan. Y no porque sea una magnífica película sino porque, al menos, no pretende aparentar ser más de lo que finalmente es, na comedia romántica simpática, con buenos diálogos y un sentido tributo a la figura del neoyorquino.
Alice es una joven y atractiva parisina que ve cómo pasa el tiempo sin encontrar el amor de su vida, cosa que tampoco parece preocuparle demasiado (a diferencia de su familia, empeñada en encontrarle pareja). Tal y como en Sueños de un seductor el protagonista entablaba conversaciones imaginarias con Bogart, Alice mantiene animadas charlas con su gran ídolo, Woody Allen, el cual, desde un enorme poster que decora su habitación, le aleccionará sobre la vida ye l amor.
Lellouche recupera para la ocasión diálogos del propio Allen repartidos a través de sus muchas películas, constituyendo una especie de fiesta homenaje donde la química entre la pareja protagonista (Alice Taglioni y Patrick Bruel) resulta imprescindible para el buen funcionamiento de esta comedia con todos los tics propios del humor galo pero con clara inspiración hollywoodiense.
Tan previsible como cabría esperar, la película se disfruta con alegría y contiene una sorpresa (o quizá no lo es tanto) final como aplaudido fin de fiesta.
Una nueva oportunidad para disfrutar con una amena comedia francesa sin más pretensiones que la de ayudarnos a soñar y, de paso, homenajear a uno de los grandes. 

JIMMY'S HALL (6d10)

No voy a realizar ninguna gran revelación si digo que ken Loach ha sido siempre un director caracterizado por los mensajes sociales con los que inunda sus películas, marcadas por su influencia trotskistas. Así, poco puede sorprendernos de su nueva película, un nuevo canto a la libertad en el más puro sentido de la palabra, simbolizada en forma de un viejo granero que regenta el Jimmy del título.
Jimmy Gralton es un joven que regresa a un pueblecito de su Irlanda natal tras diez años en los Estados unidos en plena época de la Gran Depresión. Aunque ha regresado con la sabiduría y el sosiego que dan los años, su pasado idealista y revolucionario termina por seducirlo de nuevo, y se deja convencer por la Juventud del pueblo para volver a poner en funcionamiento una especie de centro social que había montado en el pasado en un granero, donde la gente podía ir a bailar, a tocar música o a tomar clases de dibujo. Pero ese granero no es visto con buenos ojos por las clases más institucionales del poder, empezando por la iglesia, que lo tachan de comunista y de corromper al pueblo con sus ideas sacrílegas.
Con una narrativa tan eficaz como de costumbre, Loach consigue conmover con una de las historias más antiguas del mundo, el poderoso que se siente amenazado, tildando casi con fanatismo como de malvado todo aquello que le es mínimamente desconocido.
Loach cumple en su misión de reflejar las dos posturas, consiguiendo incluso que el radicalismo eclesiástico quede suficientemente humanizado gracias a las posturas dispares de dos párrocos, falsos villanos de una época donde el mal se encontraba en una sociedad cegada por sus propios miedos. Solo cuando Loach roza temas más políticos la película pierde un poco de fuelle, corriendo el peligro de caer en el partidismo, pero enseguida se recompone y termina definiéndose como lo que pretende ser, un canto a la libertad de pensamiento y de ideales que, aunque se sitúa en la década de los años 30 bien podría servirnos para reflexionar con lo que hoy mismo está pasando a raíz de ciertas viñetas ofensivas para algunos y sus dramáticas repercusiones.
El mundo a veces parece haberse vuelto loco. Y películas como esta nos recuerdan porqué.  

HOMBRES, MUJERES & NIÑOS * (3d10)

Cuando se estrenó la nueva película de Jason Reitman y vi la poca distribución que tenía en las salas españolas sentí uno de mis habituales arrebatos de furia contra los que deciden qué tenemos que ver y qué no en las salas de cine, sintiéndome obligado a recurrir a otros formatos poco aconsejables para poder ver la película  (ya no es sólo las pocas salas en las que se estrenó, sino lo poco que la mantuvieron en cartel).
Costaba imaginar la poca confianza que se tenía en el hijo de Ivan Reitman, pese al patinazo de su última peli (la aburridísima Una vida en tres días), más teniendo en cuenta que en el reparto de esta última se encontraban nombres tan interesantes como Adam Sandler, Jennifer Garner, Rosemarie DeWitt o uno de los niñatos de moda, Ansel Elgort, pero debo reconocer que, una vez vista, entiendo y agradezco la escasa repercusión que ha tenido. Está claro que el bueno de Reitman ha perdido la magia que parecía demostrar en Gracias por fumar, Juno o Up in the air, película con la que parece tocó techo y desde la que no ha hecho más que caer.
Hombres, mujeres & niños pretende ser una fábula moderna sobre la incomunicación y los peligros de la red. Vivimos en un mundo interconectado, eso es cierto, y quizá sí que algunos exageramos con la dependencia que podemos sentir hacia nuestros móviles, tablets o iphones, pero de ahí a que el señor Reitman se pase dos horas aleccionándonos sobre un sistema de comunicación que, por lo visto, ha sido concebido por el mismísimo Lucifer es pasarse tres pueblos.
Y es que de eso va la peli, por más que se quiera disfrazar de conflicto intergeneracional y pretenda (no sin cierta pedantería) ofrecer su particular punto de vista sobre las relaciones humanas, ya sea entre padres e hijos o entre parejas sentimentales. Con unas imágenes intercaladas de la sonda Voyager viajando por el espacio que sobrealimentan la pomposidad de Reitman (tal y como sucediera con la Lucy de Besson), la película es un alegato casi fanático contra esa nueva sociedad que vive pendiente de “la nube”, una nube que, a ojos del director, solo parece servir para buscar pornografía.
Más allá del mensaje que este buen hombre nos quiera imponer y de que pueda yo estar más o menos de acuerdo con él o no, lo realmente malo de la película es que aburre tanto o más que aquella pastelada de Kate Winslet y Josh Brolin del año pasado, con unos personajes carentes de interés y unas tramas que quieren abarcar tanto que apenas parecen avanzar, consiguiendo que, a mitad de la película, perdamos el interés en todos ellos y nos importe un pepino lo que les sucedan.
Básicamente, Hombres, mujeres & niños es una pérdida de tiempo. Y una decepción más en manos de un director que prometía mucho y se está desinflando como el agua.
Internet sirve para muchas más cosas que el porno o los contactos sexuales, señor Reitman. Por ejemplo, para descargarse su película y no tirar ocho euros a la basura.
Bendita ironía.

domingo, 18 de enero de 2015

LA TEORÍA DEL TODO (7d10)

Dicen los que entienden que La teoría del todo es un biopic sobre el físico y cosmólogo Stephen Hawking, y como tal podemos suponer que vamos a conocer gracias a la película la vida y milagros del famoso científico condenado a una silla de ruedas y a una inmovilidad casi absoluta, obligado a comunicarse a través de un ordenador.
Pese a que la apuesta podría parecer de antemano sesuda y dura de digerir (y más cuando se estrena precedida de diversas nominaciones a los Oscars, incluyendo los de película, actor y actriz), lo cierto es que no es para tanto ya que no solo la enfermedad degenerativa de Hawking sale muy edulcorada sino que no supone el centro de atención de la historia, pese a que –como no podría ser de otra manera- está presente en todo momento.
Y es que La teoría del todo es, básicamente, una comedia romántica.
Sí, han leído bien. Una comedia romántica. Basada en la biografía que escribió la propia Jane Hawking, La teoría del todo trata de cómo Stephen y Jane se conocieron (cuando los únicos síntomas que padecía él era un ligero temblor en la mano y una evidente torpeza) y se enamoraron, y como la llama de ese amor logró mantenerse firme durante treinta años, finalizando la película precisamente con el final del matrimonio.
Ya desde el primer momento el director James March sienta las bases de su premisa en la escena del baile universitario en el que Stephen y Jane tienen su primera cita, un baile que si bien visualmente es espectacular no tiene ni un mínimo ápice de realidad, con estereotipos románticos poco imaginativos (ellos riendo a bordo de un tiovivo, por ejemplo) e imágenes tan hermosas como artificiales como los fuegos artificiales que contemplan sin nadie alrededor o el romántico y solitario puente sobre el que se besan por primera vez, digno de un bonito cuento de hadas.
A partir de ahí la historia transcurre con harmonía, sin demasiadas sorpresas, dejando que el descubrimiento y el enfrentamiento de la enfermedad transcurra en paralelo a la ascensión en el mundo científico de Hawking pero sin olvidar nunca que de lo que realmente se trata es de explicar cómo Jane se enfrentó a un matrimonio que (según las opiniones médicas) no debería haber durado más de dos años, con la llegada de tres hijos y el rechazo a la posibilidad de un verdadero amor en la persona de Jonathan Jones, músico y amigo de la familia.
Así, la enfermedad del científico es tratada muy por encima, sin recrearse en la dureza de sus cuidados y pareciendo que todo es hasta divertido (ese Hawking recorriendo la casa con su silla de ruedas eléctrica jugando con sus hijos) ni pretende tampoco que entendamos las teorías científicas que lo han hecho famoso. Y gracias a eso, posiblemente, se puede distanciar la película del típico telefilm de sobremesa que muchas veces terminan siendo estos biopics carentes de alma ni sentimiento.
Quizá la película no sirva para conocer al verdadero Stephen Hawking, pero sirve como mínimo para acercarse con amabilidad y simpatía a su historia, y aunque no nos invite a amarlo u odiarlo como persona (me parece demasiado jovial la caracterización que se hace del mismo) si podemos al menos admirar tanto su espíritu de superación como  el de su entregada esposa.
Para redondear, los niveles interpretativos son de primera, con un Eddie Redmayne al que esto de las biografías no le viene de nuevo pues ya protagonizó Mi semana con Marilyn, que hace una asombrosa transformación física para mimetizarse en el físico teórico y una Felicity Jones magnifica, rodeados por un puñado de excelentes actores, alguno de ellos extrañamente poco aprovechados, como el caso de una casi anecdótica Emily Watson.
Demasiado blanda y edulcorada para llegar a ser una de las películas del año (lo del Oscar creo que le viene grande, sinceramente), es una buena oportunidad para disfrutar de un film agradable que provoca más sonrisas que lágrimas y que, al fin, no es más que una historia de amor con fecha de caducidad.

BABADOOK (6d10)

Ya comenté en alguna de las entradas que dediqué al pasado Festival de Sitges que el cine originado en las antípodas parecía estar de enhorabuena. Algunas de las mejores películas que pasaron por el festival eran australianas o neozelandesas y de todas, una de las que más impactó fue sin duda Babadook, convertida casi al instante en un clásico del género de terror y comparada constantemente con la Pesadilla en Elm Street original, y que yo no tuve oportunidad de ver en su momento.
Estrenada ahora en cines con bastante más ruido de lo habitual en una película tan pequeña (insisto en el detalle de que no es una producción de Hollywood del montón), el fenómeno ha empezado a extenderse, aunque, como si de una apuesta de arte y ensayo se tratase, sus espectadores se están dividiendo entre los que la aman con locura y los que la odian hasta niveles irracionales.
Y es que para entender los sentimientos encontrados que proporciona la película (yo particularmente, como suele sucederme en estos casos, me encuentro en un punto intermedio, consciente de sus enormes altibajos) lo primero que deberíamos debatir es si se trata realmente de una película de terror o no. Y es que sí, hay una presencia maligna, un libro misterioso, sombras que se mueven en la noche y bastante sangre, pero me da la sensación de que lo que realmente pretende explicar la directora (debutante en esto del cine, por cierto), Jennifer Kent, es el drama de una madre que tras perder al hombre de su vida en un accidente camino al hospital donde va a dar a luz debe mantener la cordura en su vida lidiando entre el dolor por la pérdida y las dificultades se sacar adelante a un hijo ella sola, un hijo, por cierto, heredero de los traumas sufridos por la familia el día de su nacimiento.
Bajo esta premisa, Kent juega a despistar al espectador entre lo que es auténtico y lo que no, dejándonos a nuestro propio criterio (incluso tras el desenlace final), juzgar si lo acontecido es real o está sólo en la imaginación de sus protagonistas. Así, la consecución de una atmósfera angustiante y claustrofóbica está brillantemente lograda, reforzada en el acierto (no sé si por decisión propia o por motivos presupuestarios) de no mostrar más que en sombras al “monstruo” de la película, este Babadook acechante creado en las sombras y que está consumiendo lentamente a esta madre y este hijo hasta abocarlos a su propia locura.
Por eso, quien disfrute con una película malsana y sucia, que te acongoje sin que apenas esté sucediendo nada, y provoque un constante y enfermizo mal rollo podrán deleitarse con la ambigüedad visual de Babadook. Pero aquellos que esperen sustos constantes, subidas musicales súbitas y salvajadas gores de esas que tanto pululan en el cine de terror actual y que a mí personalmente tanto me aburren sin duda se sentirán decepcionados e incluso engañados ante la propuesta de Kent.
No creo yo que merezca ser considerada una gran película ni que suponga la creación de un icono como fue en su tiempo Freddy Krueger (es más, es imposible hacer una secuela de este Babadook sin traicionar su espíritu), llegando a aburrirme en algún momento de su metraje aunque reconozco que la construcción ambiental es excelente y que la interpretación de los dos protagonistas logra poner los pelos de punta y llegar a sacar de quicio en más de un momento.
¿Es una obra maestra? No, desde luego que no. ¿Recomendable? Sí, siempre y cuando uno tenga claro lo que espera de ella y lo que ella puede ofrecer. Más reflexión que  miedo. Más profundidad que sangre. Aunque tampoco lo suficiente.

V3NGANZA (6d10)

Todo lo que empieza tiene un final, dicen. Y la saga de Venganza acaba aquí. Veremos…
Exprimiendo al máximo a la gallina de los huevos de oro Luc Besson es fiel a sí mismo machacando sus creaciones hasta que ya no puede sacar nada de ellas y decidirse a probar algo nuevo. No en vano es el artífice de sagas como Taxi (cinco películas y una serie), Transporter  (en rodaje las entregas cinco y seis) o Nikita (película, remake y dos series), donde demuestra que es el primer defensor de esa máxima que dice que cuando algo funciona, ¿para qué cambiarlo?
Fue Besson también el principal artífice de convertir a Liam Neeson en héroe de acción (luego Jaume Coixet Serra y otros se han subido al carro) hasta el punto de que cuesta imaginarse ahora al excelente intérprete irlandés en papeles más serios como el que le consagró en La lista de Schindler.
Esto no es necesariamente malo, aceptando que estaos ante una película sin más pretensiones que el entretenimiento puro y duro y que la profundidad dramática que pueda contener no es más que una mera excusa para poner la acción en marcha, sin que deba servir para sensibilizar nuestro corazoncito ni invitarnos a una reflexión profunda. ¿Y qué más da? También los ochenta estuvieron plagados de héroes de estas características y bien que disfrutábamos todos.
El problema radica en que Besson acostumbra a escribir (él o un ejército de negros, quien sabe, porque menudo ritmo lleva el gachó) y producir, pero salvo en contadas ocasiones deja el tema de la dirección en manos de otros (hasta él tiene una vida, parece ser) y Olivier Megaton, quien ya estuviera tras la primera secuela y la tercera parte de Transporter, no está para nada a la altura de las circunstancias (¿qué se puede esperar de un director con nombre de Transformer?).
Sin buscar en ningún momento la originalidad en su argumento (alguien mata a la exesposa de Bryan Mills, el prota, y le cargan a él con el mochuelo, por lo que debe de huir de la pasma y buscar venganza a la vez), V3nganza está muy influenciada por cualquier película del género que en esa gloriosa década de los ochenta pudieran protagonizar cualquier héroe justiciero de los muchos que habían (siempre se ha sabido que Besson es un fan de ese cine y ha tratado de copiarlo y adaptarlo a su gusto), pero en este caso dos son los referentes que más rápidamente se me vienen a la cabeza, el John McClaine de Jungla de Cristal y el Richard Kimble de El Fugitivo, con Forest Whitaker emulando aquí a Tommy Lee Jones.
Comparaciones aparte, la cosa podría funcionar bastante bien (tiros, peleas, persecuciones y Liam Neeson siendo más listo, más duro y más guay que nadie y repartiendo tortas como panes) si no fuera por la incompetencia del Megaton este que consigue que las escenas de acción sean confusas y precipitadas, siendo los momentos de las persecuciones (supuestamente espectaculares) las peor rodadas de todas, invitando al espectador a desconectar de la trama y a perder el sentido adrenalítico que Neeson, con su cara de sufridor duro, trata de imponer.
Al final, la película resulta tan entretenida como cabía esperar, sin aportar nada nuevo al género pero sin desmerecerlo demasiado tampoco (no es que estemos hablando de La jungla: un buen día para morir), siendo simplemente una más para pasar el rato, pero que con un buen director podría haber proporcionado un espectáculo algo más memorable. Eso hace que, al final, quede un regusto amargo.

sábado, 17 de enero de 2015

PADDINGTON (6d10)

Reconozco haberme presentado ante esta película con cierto escepticismo, esperando encontrarme una tontada muy grande destinada simplemente a un público infantil al que, como suele ser habitual, se trata como a tontos y no como a niños. Sin embargo, y dejando claro que sí, es una película infantil y no tiene más pretensiones que entretener a los críos con un oso que habla, algo hay tras ella que me transmite más inteligencia que muchos productos de más altas pretensiones.
Paddington es el protagonista de una popular saga literaria creada por Michael Bond, que se inspiró en un oso de peluche que vio en una tienda de la estación de tren de Paddington. Retroalimentándose de la realidad, el escritor concibió la historia de un osezno de una peculiar especia peruana que llega a Londres en busca de un hogar y es acogida por la familia Brown, enternecidos (al penos parte de ella) ante la simpatía y educación del osezno parlante y al que bautizan con el nombre de la estación en la que lo encuentran.
Convertido en un icono más de los muchos que representan la cultura británica, resultaba extraño que la industria del cine hubiese tardado tanto tiempo en poner sus ojos sobre él, siendo lógico que estuviese tras ella David Heyman, productor de la saga Harry Potter, el otro gran referente literario infantil de Gran Bretaña.
Con un reparto correcto donde no falta el obligado toque de glamour para el papel de villano (que en esta ocasión ha recaído sobre una poco esforzada pero divertida Nicole Kidman), la historia no pretende ser nada del otro mundo, la clásica historia de meteduras de pata divertidas y desastrosas que terminarán por desquiciar al cabeza de familia, el toque emotivo con la búsqueda de un  hogar para el desamparado osito, la moralina final en pos de la confraternación familiar y una trama algo absurda donde la Kidman ejerce de una sofisticada Cruella de Vil obsesionada con capturar y disecar a Paddington.
Con todo, la trama funciona correctamente, con momentos muy divertidos alternándose con algún otro algo tópico y que recuerda demasiado a productos típicos de John Hughes y Chris Columbus, pero sin llegar a aburrir en ningún momento, logrando la ternura necesaria para esta especie de “peluche” que habla y con unos efectos digitales brillantes que dan vida con gran efectividad al animalillo. Pero lo que más hay que destacar de la película (y lo que me provocó una agradable sorpresa) es el trabajo de su director, Paul King, apenas conocido a nivel internacional, que otorga al film una pericia visual inédita en el cine infantil y que recuerda por momentos al estilo de Wes Anderson, consiguiendo una ambientación exquisita que saca el mejor partido posible a la ciudad de Londres en general y al Museo de Ciencias Naturales en particular (muy por encima que en la reciente Noche en el Museo 3) y con una transición de planos y unas fusiones muy imaginativas y espectaculares.
Así, Paddington se convierte en una película navideña (pese a su estreno tardío e España) entrañable y aplaudible tanto para pequeños como mayores, con más cualidades de las que se podrían esperar de un producto de estas características.

jueves, 15 de enero de 2015

EMPIEZA LA TEMPORADA DE PREMIOS

Con enero en pleno ecuador, Hollywood comienza a revolucionarse en forma de galas, ceremonias y desfiles donde los artistas lucirán palmito y competirán por ser los más glamurosos y divinos de la muerte mientras sus películas se coronan como las grandes triunfadoras (o perdedoras) del curso pasado. Se coronan, digo, a modo de premios honoríficos pues ya sabemos todos que los premios reales que más celebran los estudios son en forma de ingresos en taquilla, y ahí ya está todo más que decidido.
Si por el lado económico los grandes títulos del año han sido sin duda Las Tortugas Ninja y Los guardianes de la Galaxia (aunque ha habido por ahí otras cosillas como Transformers: la era de la extinción, El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos y Maléfica) estaba claro que ninguno de estas películas iban a rascar nada en cuanto a grandes premios se refiere (dejando de lado los correspondientes al apartado técnico, por descontado), por la parte más académica a priori parecía que habían dos títulos destinados a destacar por encime de los demás: Interstellar de Christopher Nolan y Perdida de David Fincher. Y aunque ambas han cosechado grandes críticas y cuantiosos dividendos han sido sin duda las dos grandes ausentes en la terna de los grandes premios, con Rosamund Pike como única esperanza para salvar la papeleta. Y ya con la simple lista de los nominados a los Globos de Oro se podía empezar a intuir por donde iban a ir los tiros.
Parece que, si mucho no cambian las apuestas, cuatro son las películas que se van a dar de tortas por el trozo grande del pastel: El gran hotel Budapest, Birdman, Boyhood y The imitation Game, aunque algún premio de los importantes podían rascar El francotirador, La teoría del todo, Whiplash, Foxcatcher o Selma (a esta última, basada en Martin Luther King, confieso que no le seguía la pista).
Se suele decir (aunque muchos lo odien) que los Globos de Oro son la antesala de los Oscars, y si bien tal afirmación no corresponde a ninguna regla matemática si es cierto que son un buen baremo para intuir por donde van a ir los tiros (no en vano los premios se conceden apenas unos días antes de desvelarse las nominaciones a los Oscars).
Lo divertido del caso es que, al tener sus premios principales dos categorías (comedia o musical por un lado y drama por otro) otorga a dos posibles favoritas, que en este caso ha sido una de las películas sorpresa de la temporada (uno casi diría que en España ha pasado sin pena ni gloria, pero al ver la taquilla resulta que esté en el puesto 24, por encima justo de Fincher y Nolan y recaudando más que Godzilla y RoboCop juntas): la última locura visual de Wes Anderson contra la arriesgada (y en un humilde puesto 77 de la taquilla española) y ambiciosa Boyhood. Así, este año parece que el riesgo es recompensado por los críticos (la tercera en discordia  es prácticamente un único plano secuencia con un Michael Keaton espectacular). Pueden apostarse algo a que de entre estas tres sale el premio gordo.
Algo parecido se podría decir con respecto a la dirección, haciendo pensar que se pudiera repetir el caso del año pasado en que el premio de mejor película y el de mejor dirección correspondió a dos films diferentes.
En el apartado interpretativo Michael Keaton parece el claro favorito (en Hollywood gusta mucho esto de los actores que resurgen de sus cenizas), no pareciendo que el Stephen Hawking de Eddie Redmayne tenga fuerza suficiente como para hacerle sombra. En las féminas, el gran duelo parece estar entre Julianne Moore y Rosamund Pike, más cuando la otra ganadora del Globo de Oro, Amy Adams, ha caído de la lista de los Oscars.
Esto es, a groso modo, un primer vistazo a la temporada de premios que nos espera y que concluirá  a lo grande con los Oscars del día 22 de febrero y que, como el año pasado, será comentada en directo por el Panda Cinéfilo, este año, además, vía twitter. Con más de un mes por delante, tiempo habrá de analizar las ausencias y las nominaciones innecesarias, tema en el que no quiero entrar a valorar todavía porque, como es menester por estos lares, no hemos podido disfrutar de muchas de las películas. De las ocho nominadas a mejor film, sin ir más lejos, cuatro permanecen aún sin estrenar (aunque mañana mismo la cosa empezará a arreglarse). Con la esperanza de poder haberlo visto todo (¡ja, qué iluso!) antes de la noche de la ceremonia os invito desde ya a hacer vuestras apuestas.
¿Tenéis ya un favorito?

sábado, 10 de enero de 2015

CORAZONES DE ACERO (8d10)

Dirigida por David Ayer, un muy buen director y guionista más centrado hasta ahora en el género policíaco (y que en el 2014 nos regaló la estupenda pero enormemente infravalorada Sabotage), Fury (no me gusta nada su título en español, demasiado épico y que pretende recordar a la también interesante Corazones de hierro de Brian De Palma y con la que solo comparte el escenario bélico, aunque ni siguiera se trata de la misma guerra) es la historia de un tanque y de los cinco tripulantes del mismo en las acaballas de la II Guerra Mundial.
Corazones de acero es una película dura, cruel y despiadada que (excepto en su tramo final, que posiblemente desluce un pelín el espíritu del film) rehúye drásticamente la figura de los héroes de guerra y nos presenta el campo de batalla como lo que posiblemente fue, un lugar sucio y sanguinario donde solo valía el matar o morir.
Aunque supuestamente protagonizada por un excelente Brad Pitt (bueno, hay que reconocer que los cinco intérpretes están muy bien), es Logan Lerman quien lleva el peso de la historia, en realidad una metáfora sobre el despertar de un adolescente que en las apenas veinticuatro horas en las que transcurre la película pasa de niño a hombre, iniciándose en todas las facetas cruciales de la vida y con el personaje de Pitt como mentor máximo.
Ahora que parece que la guerra de Vietnam ha caído ya en el olvido y que la II Guerra Mundial vuelve a ser el foco de atención de Hollywood (ahí tenemos las recientes Monument Men o Invencible), algo en esta película destila cierto aire clásico, quizá por la rudeza de sus protagonistas, la suciedad realista de una guerra despiadada donde no hay héroes ni villanos y donde los propios protagonistas pueden ser tan mezquinos y despreciables como el enemigo más cruel. La muerte se ha convertido en un amigo de camaradería, y eso termina marcando el carácter de un hombre hasta hacerle confundirse sobre sus propios valores.
Brad Pitt, Michael Peña, Jon Bernthal y un sorprendente y entregado Shia LaBeouf forman el grupito de amigos y compañeros a bordo del Fury, a los que se les une a última hora para cubrir la baja del artificiero el joven interpretado por Lerman (dicen que él que podría ser el nuevo Peter Parker/Spiderman), apenas un niño con aptitudes de oficinista llevado al campo de batalla por error.
Pese a no partir de ninguna historia real (aunque sí cuenta con diversas anécdotas reales que Ayer recopiló a través de diversas entrevistas con veteranos de guerra), el realismo de la campaña es notable, quizá ayudado por el hecho de no haber una némesis clara enfrentada al grupo (pongo por ejemplo el sargento japonés de Invencible), sino un ejército casi abstracto e invisible que me recuerda por momentos a la estupenda miniserie de Spielberg Hermanos de Sangre. El enemigo es el ejército nazi, así, en general (pese a que nos encontramos en una fecha en la que la guerra podría incluso haber terminado ya sin que los combatientes lo supieran), aunque también lo son ellos mismos, soldados transformados por las experiencias sufridas en las campañas de África, Francia y, ahora, Alemania. Por eso, por encima de las magníficas escenas de acción (impresionante duelo entre tres tanques americanos y uno alemán), los intensos momentos dramáticos y la desesperación palpable en esa dramática batalla final que la dirección de Ayer y la música de Steven Price confieren un toque épico del que carece la realidad, son los momentos más sosegados (en el pueblo rendido o en el interior del propio tanque –“el hogar”, tal y como ,o define el personaje de Pitt-) los que realmente definen la película y nos muestra el lado más salvaje de la guerra (da igual cual sea) por encima de las obviedades de las batallas o las torturas de los campos de prisioneros. Y de ahì la oportuna y creíble transformación de Lerman, en su intenso rito de iniciación vital.
Pitt produce una película que parece más real y despiadada que la contrapartida que se estrenó hace un par de semanas dirigida por su esposa, Angelina Jolie, que vistas juntas pueden componer las dos caras de una misma moneda: la lucha en el campo de batalla y la lucha por la supervivencia en los campos de prisioneros, el enemigo alemán y el enemigo japonés (desde el punto de vista americano la II Guerra Mundial tuvo una especie de bipolaridad que no se notó tanto en Europa, donde la amenaza nipona parecía mucho más relativa que la nazi),  el sacrificio y la supervivencia.
Excelente película y excelente reflexión la que propone Ayer. Y con un quinteto protagonista (por más que a priori Peña y, sobretodo, Bernthal, no fuesen santos de mi devoción), de auténtico lujo.

jueves, 8 de enero de 2015

FRÍO EN JULIO * (7d10)

Quedé tan gratamente sorprendido tras ver Frío en Julio en el pasado festival de Stiges que me ilusionó saber que iba a tener distribución en España y que iba a poder verla de nuevo en cines, reservándome un comentario sobre la misma más amplio cuando la hubiese recuperado en su versión doblada. Como es lógico, lo único doblado es cómo me la ha metido de nuevo la distribuidora en cuestión que no ha creído para nada en el film y lo ha maltratado (y van…) de mala manera invitando (obligando) a recurrir una vez más al “cine privado” de mi casa para poderla ver de nuevo. Empieza bien el año…
El caso es que la última película de Jim Mickle (un director al que no había seguido la pista y cuyos títulos más destacados son Somos lo que somos y una cosa llamada Vampiros del hampa) es una curiosa mezcla de géneros bastante difícil de definir y que atrapa a espectador por cuestiones que van más allá de la simple lógica. Y es que pese a su interesante reparto (qué fácil es caer en el tópico de definirla como la peli de Dexter y “Sonny” Crockett) el guion de la película no es precisamente redondo, los diálogos carecen del brío suficiente y la dirección es interesante pero ligeramente austera. ¿Qué es, pues, lo que me ha interesado del film?
Imagino que todo se reduce a su planteamiento, a los giros que da la historia (no tanto argumentales sino de género) que te descoloca en varios momentos y hacen que el ritmo de la misma vaya de menos a más.
Todo comienza cuando Richard Dane (Michael C. Hall), un tipo más bien pasmarote, descubre que ha entrado un ladrón en su casa y, preocupado por la seguridad de su mujer y su hijo, lo termina matando. Esto deriva en una especie de drama intimista sobre las repercusiones de su acto, su carga de conciencia, la brecha que puede causar en su matrimonio y la paranoia que le crea la falta de seguridad en el hogar. Hasta que llega el primer giro de guion y aparece en escena Russel (San Shepard), el padre del fallecido, con oscuras intenciones. Ahora nos encontramos ante un thriller tramposo sobre psicópatas acosadores con cierto tufillo a telefilm de sobremesa. Pero hete aquí que el bueno de Dane descubre que lo han estado engañando, y que el muerto no es quien la poli le ha dicho que es. Segundo giro de guion y nueva transformación de la película, que apenas está comenzando, y empieza a mostrarnos ya sus verdaderas cartas. Entra en escena la tercera pata del banco: Jim bob, un Don Johnson en estado de gracia que, como suele suceder con este icono de los 80, se merienda la pantalla en cada aparición y revoluciona el film dándole una nueva apariencia. A partir de ahora todo cambia: la historia, el ritmo… incluso la iluminación y el color parecen obra de otro director.
Lo que empezaba como una metáfora sobre el miedo y la inseguridad se ha transformado en una historia de descubrimiento y venganza, repleta de violencia en sus momentos finales que si no llega a tornarse cómica (la historia de las chicas de fondo es demasiado truculenta para ello, no daré más detalles) si roza un punto de exageración que provocó los aplausos y vítores durante el festival  demostrando que es un tipo de película perfecta (aunque no lo sepamos hasta la mitad de su metraje) para tales eventos.
Al final, el resultado es sumamente satisfactorio, siendo su mejor virtud ese camino retorcido por el que nos ha conducido sin saber qué nos íbamos a encontrar tras cada curva y que nos seduce, sobre todo, gracias a la complicidad del trío protagonista. Con cierto aroma al cine de John Carpenter, Mickle consigue contagiarnos una atmosfera que se podría definir como una mezcla entre el Pulp Fiction de la América profunda  con el encanto del cine indie, que junto con su ambientación vetusta (está ambientada en 1989), logra atrapar al espectador y sumergirlo en la historia poco convencional pero, finalmente, menos tramposa de lo que pudiera parecer.
Una interesante película que sin duda merecía más suerte en su distribución y que muestra en una escena el interior de un gigantesco videoclub (verdadero dinosaurio extinto de esta generación) como metáfora del futuro de este tipo de films que, afortunadamente (a veces hay justicia en el mundo) ha tenido una gran resonancia en el formato VOD (video of demand).

martes, 6 de enero de 2015

SE NOS FUE DE LAS MANOS * (6d10)

Últimamente estoy contemplado con cierto asombro como cada vez que se estrena una película francesa (si es comedia, mejor) el póster advierte que esta ha sido número uno en taquilla y ha arrasado en toda Europa. No voy a poner en tela de juicio semejante afirmación (hoy en día es muy fácil conocer los datos de taquilla de una película) pero empiezo a estar ya un poco cansado de que siempre me vendan la misma historia. Algo parecido me pasa con las películas de terror de bajo presupuesto americanas. Todas son número uno en su país. Luego, pasadas unas semanas, nadie recuerda haberlas visto…
Ahora, tras la que se suponía era la película de más éxito del año en Francia, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? nos llega una nueva comedia gala que presume más o menos de lo mismo: Se nos fue de las manos. Y no voy a negar sus virtudes, ya que como en el caso anterior se trata de una obra divertida y muy amena, pero que si debe representar lo mejor de la filmografía de su país, apañados vamos…
Sin la más mínima intención de arriesgar un ápice, Se nos fue de las manos rasca de todos los palos posibles en busca de conseguir sin éxito una identidad propia. Como no podía ser de otra manera, siendo una comedia francesa, tenemos un grupo de amigos políticamente correctos (no puede faltar el personaje de tendencia islámica, aunque también aquí muy moderado), el entorno lujoso y aristocrático (¿quién dijo que había crisis?) y, como quien no quiere la cosa, un tufillo para nada disimulado a la americana Resacón en Las Vegas, incluyendo, aunque con matices, el estilo narrativo, aunque con toques (por lo de la cámara en mano de gran parte del metraje) a Proyecto X.
El día del 30 cumpleaños de Frank, cuando sus amigos le habían preparado un fiestón por todo lo alto, su jefe le obliga a quedarse en su casa cuidando a su hijo de doce años para poder ir a una gala con su mujer que les fuerza a pasar la noche fuera. Cuando por la mañana la policía les llama para que vuelvan a casa, el matrimonio se encontrará la mansión en un estado lamentable y al hijo desaparecido, y sólo la filmación de una cámara de video les dará una idea de lo que ha pasado allí esa última noche.
Con pretensiones gamberras y algo de humor negro (personalmente la escena del pájaro no la encuentro para nada graciosa, pero bueno), el protagonista Philippe Lacheau (por cierto, codirector de la obra) trata de copiar todos los matices de su alter ego Bradley Cooper, repitiendo el estigma de chico responsable superado por la situación y que termina dejándose llevar. El guion, con celebrados momentos de desmadre, contiene situaciones francamente divertidas, apoyándose básicamente en el carisma que puedan desprender los protagonistas (básicamente los tres amigos –aunque uno está casi todo el film parapetado al otro lado de la cámara-, una chica y Rémi, el hijo de marras), aunque el verdadero punto cómico lo pone con buen critério el torpe policía que interpreta Philippe Duquesne, pero las situaciones hilarantes y desfasadas de la inevitable fiesta se terminan diluyendo en un final previsible y exageradamente edulcorado que nos remite a un telefilm Disney sobre la falta de atención de un padre hacia su hijo. Quizá sea imprescindible un final feliz para coronar esta historia, pero que los tres frentes abiertos (la relación padre-hijo, las pretensiones románticas de Frank y sus aspiraciones laborales) se solucionen de manera tan redonda quita gracia a un argumento que merecería un final más macarra.
Al final, todos quedan contentos, como en un cuento excesivamente familiar, pero la moralina tampoco termina de ser efectiva cuando no hay unas verdaderas consecuencias al desmesurado desmadre que se produce a lo largo del metraje.
En definitiva, como en la mayoría de films de este estilo, nos encontramos ante una comedia simpática y que nos invita a pasar un buen rato, pero que ni merece el exagerado rendimiento en taquilla ni será recordada pasados unos meses.

lunes, 5 de enero de 2015

EL SÉPTIMO HIJO (5d10)

Como si de una excusa de su argumento se tratase, El Séptimo Hijo es una película maldita. 
Basada en la novela de Joseph Delaney: El aprendiz de Espectro, se rodó con la intención de convertirse en el comienzo de una nueva franquicia del no siempre fructífero género de la fantasía juvenil. 
Y parecía una buena apuesta, pues pretendía ocupar el hueco dejado por Harry Potter, tenía suficiente material detrás (dieciséis novelas por ahora) para exprimir la burra muchos años y reunía nombres interesantes en el proyecto, empezando por un director dos veces nominado al Oscar y dos actores de relumbrón como son Jeff Bridges y Julianne Moore.  El problema vino cuando se rodó la película, se anunció la fecha de estreno como el 18 de octubre de 2013 y todo se estancó.
No debían creer demasiado en ella cuando el estreno fue saltando de una fecha a otra, llegando a ser descartada definitivamente por sus productoras iniciales (Warner y Legendary) y siendo después recuperada por Universal que, ya que la tenía, la ha hecho llegar a los cines sin demasiado rebomborio.
En ese año y medio de retraso algunas cosas han cambiado: Jeff Bridges ha perdido parte de su crédito aceptando participar en patochadas como R.I.P.D., Sergey Bodrov no ha vuelto a dirigir nada en Hollywood y los protagonistas más jovenzuelos continúan sin despuntar (aunque 2015 podría ser el año de Alicia Vikander, pues participa en dos títulos a priori interesantes como Ex Machina y The Man from U.N.C.L.E.). Prueba del paso del tiempo se puede encontrar en el brevísimo papel de Kit Harington, por aquel entonces sólo una cara conocidilla y ahora estrella más o menos consagrada por su papel de John Nieve en Juego de Tronos y su paso (más o menos acertado) como protagonista por Pompeya.
El séptimo hijo cuenta la historia de un Espectro (último de una especie de “cazafantasmas” medieval, con un pasado romántico-trágico con la más peligrosa y malvada de las brujas). Cuando su último aprendiz muere debe buscar uno nuevo para enfrentarse al retorno del ser más malvado del lugar, y el elegido es Tom Bard, el séptimo hijo de otro séptimo hijo y con su propio pasado secreto.
La película en sí no ofrece nada fuera de lo esperado, una aventurilla de esas de espada y brujería con algún que otro bichejo de por medio que muestra las carencias de un director poco habituado al cine de acción (la mayoría de los enfrentamientos son mediante secuencias precipitadas y confusas) y una producción limitada que hace que algunos de los efectos visuales sean demasiado básicos para las aspiraciones iniciales del film.
Cierto es que el tema de la brujería nunca ha funcionado demasiado bien en cine (dejando de lado las brujas de cuentos infantiles, eso es otra cosa) y títulos como El aprendiz de brujo, En tiempo de brujas, Hansel y Gretel, cazadores de brujas (esta última al menos era una gamberrada muy divertida) o Sombras tenebrosas han pasado por los cines sin pena ni gloria (y me estoy refiriendo a la versión más clásica y medieval de las brujas, no a sus aportaciones en otras historias como relleno), siendo Stardust o Las brujas de Eastwick alguno de los pocos títulos destacables que me vienen a la memoria. 
Y El séptimo hijo no parece una excepción, haciéndome pensar que el intento de franquicia quedará en un vasto propósito y que el final de la película, invitando descaradamente a una secuela, se quedará en nada.
De lo poco destacable que hay en el film es su reparto, protagonizado por un Ben Barnes que parecía ir para estrella después de ser el Príncipe Caspian de Las Crónicas de Narnia y parece que se ha quedado estancado, habiendo recaído últimamente en el recurso de la televisión (su caso me recuerda un poco al Taylor Kitsch de John Carter), mientras que se dejan ver también por ahí Antje Traue (Faora-Ul en El hombre de acero), Olivia Williams (vista recientemente en Sabotage) y Djimon Hounsou, al que por lo visto le va eso de disfrazarse con pintas raras como ya demostró en Los Guardianes de la Galaxia. Nombres que unidos a los mencionados Bridges y Moore dan algo de lustro a una historia bastante sosa y demasiado previsible, que, como casi toda la fantasía de este siglo, pretende beber demasiado de El señor de los Anillosaunque con toques de humor algo torpes y muy ochenteros (el personaje de Colmillo, sin ir más lejos) con situaciones muy tópicas que, aunque no aburre, tampoco descubre nada novedoso.
Se deja ver, entreteniendo sin demasiadas exigencias, pero demasiado floja y descafeinada para resaltar nada especialmente positivo.