lunes, 27 de abril de 2015

LA FAMILIA BÉLIER (3d10)

Llevábamos ya algunos meses sin recibir la inevitable película francesa que ha arrasado en su país y que pretende marcar un nuevo hito en el mundo de la comedia del país vecino, aunque tras la decepción que supuso Mambo las expectativas no deberían estar demasiado altas.
Y bien que haríamos, porque “la comedia que ha seducido a más de siete millones de espectadores en Francia” resulta ser un peñazo insoportable, una historia que se antoja eterna pese a sus 106 minutos.
Paula es una adolescente de un sencillo pueblo rural que debe ayudar en las tareas de la granja a su familia, los Bélier del título, compuesta por sus padres y su hermano pequeño, los tres sordos de nacimiento.
Bajo esa premisa el director Eric Lartigau, cuyo trabajo más reconocible es el fragmento que dirigió para la película coral Los Infieles, pretende crear una comedia juvenil con toques románticos en la que crear un alegato en contra de la discriminación que pueda sentirse hacia cierto sector de la sociedad (digamos que los disminuidos de cualquier tipo, aquí representados por los sordomudos) y con una subtrama como telón de fondo que termina haciéndose con la prioridad narrativa: las habilidades para el canto de Paula.
Podría haber funcionado muy bien como metáfora irónica el contraste entre la bella voz de la hija y la incapacidad de su familia para escucharla (y por lo tanto comprenderla) pero el guion es tan torpe y desangelado que todo termina derivando en un panfleto en favor de la rebeldía juvenil y la emancipación más propio de series del estilo de al salir de clase que de una película seria.
Dos son las principales trabas de la película: lo espantosamente mal retratados que aparecen la familia de la protagonista, que en un intento desesperado de conseguir algo de chispa parecen más idiotas que otra cosa, produciendo antes rechazo que empatía, y la poca gracia que tiene todo lo que se cuenta, haciéndome dudar sobre si realmente estamos ante una comedia o más bien un melodrama musical mal llevado.
Además, para empeorar la cosa, los guionistas (cuatro personas han colaborado en este despropósito) se pierden por los cerros de Úbeda con subtramas que desaparecen como por arte de magia (la campaña electoral del padre de Paula para alcalde del pueblo) o secundarios que están ahí pero a los que no se les saca ningún provecho (la amiga de Paula o el rebelde del insti).
Al final, lo único destacable del film es el buen hacer de la protagonista Louane Emera, una muchacha que debuta en el cine con esta película tras su exitoso paso por la versión francesa del programa televisivo La Voz (y eso se nota, toda la película parece una excusa para oírla cantar y poco más) y su talento musical.
Resulta curioso el caso de los actores que interpretan a los padres sordomudos, secundarios de bastante reputación en el país galo que sobreactúan hasta resultar grotescos y que, sin embargo, han contado con el favor del público en su país de origen donde han nominado (locura total) a Karin Viard al César a la mejor secundaria (por cierto, que la propia Emera ganó el de mejor actriz revelación).
En fin, cansina, aburrida e insoportable película que ofende más que agrada y que se engloba en la calificación de “películas Candy Crush”, ustedes ya me entienden…

EL MAESTRO DEL AGUA (7d10)

Parece curioso, pero cuando un actor decide embarcarse en la tarea de dirigir su propia obra es fácil dejarse tentar por una historia épica y de superación, como en el Bailando con lobos de Kevin Costner o la Invencible de Angelina Jolie (en el caso de la señora de Brad Pitt se trataba en realidad de su segunda película, aunque la primera con carácter plenamente comercial). 
De hecho, hay varios puntos en común entre El maestro del agua e Invencible, pues ambas son desgarradoras historias reales con un profundo sentido trágico que invita a la reflexión en contra de cualquier conflicto bélico (en los ejemplos expuestos datados en la I y II Guerra Mundial respectivamente) y planteando las diferencias e igualdades entre los diferentes bandos (aunque siendo realistas los japoneses de la película de la Jolie quedan bastante peor retratados que los turcos de El maestro del agua).
Parece ser que hace tiempo que el gusanillo de la dirección había picado a Rusell Crowe, pero no ha sido hasta ahora que ha podido hacer su sueño realidad, descubriendo que este nuevo oficio parece llenarle mucho más que el de actuar, por más que –en un nada disimulado ataque de ego- se reserva el casi omnipresente papel protagonista de su film.
El maestro del agua cuenta como un granjero australiano con un peculiar don para localizar brechas de agua bajo la superficie decide partir hacia Turquía, cuatro años después de la batalla de Galípolis para recuperar el cadáver de sus tres hijos, desaparecidos en combate. Bajo esta premisa, Crowe describe la proeza de un hombre desesperado, casi sin esperanza, dispuesto a enfrentarse a los restos de una guerra que aún colea sin importarle el bando al que deba recurrir para conseguir ayuda.
El maestro del agua pretende ser una epopeya de superación personal, emotiva y desgarradora, con un claro mensaje conciliador e incluso una demanda de perdón en nombre del ejército Australiano por ser ellos los agresores en la famosa batalla (que tan bien retrató, recordemos, Peter Weir en la película homónima que protagonizó Mel Gibson). En este sentido, y debiendo hacer algún salto de fe (no me queda claro si el protagonista tiene un “don” real que le permite incluso conocer la ubicación exacta del cadáver de sus hijos o si es fruto de la simple conexión paterno filial), aparte de perdonar alguna inexactitud histórica, la película funciona bastante bien, con una narración muy clásica y un evidente buen gusto por parte del actor/director a la hora de mover la cámara.
Hay que lamentar, sin embargo, que Crowe quiere aspirar a demasiadas cosas en su primera incursión tras las cámaras, y quizá su talento no dé para tanto. La historia de amor coprotagonizada por Olga Kurylenko, la relación entre británicos y turcos tras el final de la Guerra, la incursión de Grecia en territorio otomano… son quizá demasiadas subtramas que terminan alargando demasiado la historia y provocando que queden demasiadas cosas sin contar (el personaje del marido de la Kurylenko es totalmente olvidado) que, además, es exageradamente bienintencionada, resultando casi todos los militares (crueles asesinos durante la guerra) gente de honor y bello corazón cuando toca desvivirse por el granjero y sus pesquisas.
No es, desde luego, un mal debut para Crowe, que no consigue emocionar como debe pero configura una interesante aventura que tiene a la búsqueda del agua como una metáfora algo forzada pero visualmente efectiva.

CÓMO SOBREVIVIR A UNA DESPEDIDA (3d10)

Si ya hace tiempo que hemos dejado atrás el (falso) sambenito de que el cine español son solo tetas y Guerra Civil y hemos superado la sensación de que el único cine de calidad podían ser comedias costumbristas e historias de terror, esta película supone un paso atrás en el prestigio de nuestra filmografía y a buen seguro dará buenos argumentos a aquellos espectadores indocumentados y patanes que aprovechan el más mínimo traspiés para echar pestes sobre el cine patrio cuando seguramente habrán pagado con gusto por ver basuras como Cincuenta sombras de Grey o comedietas americanas de medio pelo.
La realidad es que Cómo sobrevivir a una despedida es una película mala, rematadamente mala. Englobada en una nueva ola de comedias españolas que están cautivando al público tras estrenos recientes como Tres bodas de más o ¿Quién mató a Bambi? (porque no sólo de Ocho apellidos vascos vive en cine), Cómo sobrevivir a una despedida llegaba a las carteleras con la intención de convertirse en uno de los títulos de este año siguiendo una premisa bastante coherente: si el año pasado triunfaron las bodas (también hay que recordar el éxito de La gran familia española, toda ella situada durante la celebración de una), es hora de dar paso a las despedidas de soltero.
Por supuesto, el cine está plagado de películas sobre despedidas de soltero, pero si hay una que sin duda merezca pasar a la historia fue la que protagonizaron hace unos años Bradley Cooper y Zack Galifianakis entre otros y que se convirtió en exitosa trilogía: Resacón en Las Vegas. Podrían pensar ustedes que las comparaciones son odiosas y que hablar de Resacón en Las Vegas para analizar Cómo sobrevivir a una despedida es injusto por mi parte. Pues para nada.
Tras un irregular arranque en el que sin demasiada gracia y a medio camino entre el videoclip (hay momentos que la banda sonora parece un recopilatorio de Flash fm o algo así) y el publirreportaje (sin duda media película debe estar financiada por Turismo de Canarias) en el que se nos presenta a las cinco amigas protagonistas (cuatro chicas y un gay), una peña desde la infancia y a las que la vida ha distanciado y que con la excusa de la boda de ellas pretenden revivir juergas del pasado, la película da un salto en el tiempo de varias horas para trasladar al grupito protagonista a una serie de situaciones a cual más absurda y desquiciante sin que ninguno de ellos recuerden lo más mínimo de lo sucedido durante la noche (ya que sin saberlo ellos han consumido una potente droga) y deben dedicar la mañana siguiente a resolver los vacíos en sus recuerdos y componer el puzle que les permita salir del embrollo en que se han metido. ¿Les suena de algo?
Efectivamente, Cómo sobrevivir a una despedida no busca inspirarse, sino que copia descaradamente a Resacón en Las Vegas aunque sin la gracia de aquella, limitándose a proponer una serie de situaciones tan absurdas como previsibles tras otra, con toques de humor burdo y hasta desagradable, y con unos personajes a los que se quiere dotar de profundidad dramática pero que terminan siendo meros estereotipos, siendo Natalia de Molina (con el carisma que ya demostró en Vivir es fácil con los ojos cerrados) la única que se salva de la quema y donde no falta ni el cameo del famosillo de turno como hiciera Mike Tyson en la película fotocopiada.
Aun siendo su séptima película confieso no conocer de nada el trabajo de la directora, Manuela Moreno, pero se ha lucido en esta patochada que carece de gracia y llega, en algunos momentos, a insultar la inteligencia del espectador.
Me temo que, una vez más, los que disfrutan criticando al cine español tendrán en Cómo sobrevivir a una despedida un buen argumento.

SUPERPOLI EN LAS VEGAS (4d10)

Kevin James es uno de esos actores que caen en gracia sin necesidad de un talento interpretativo demasiado amplio, en la línea de otros patanes del humor como Adam Sandler (por cierto, productor de este film) o Will Ferrer y cuyo éxito se debe más a la necesidad de cierto público de buscar una vía de escape en un cine cómico extremadamente facilón y de escasas pretensiones. James es, además, un tipo gordo, y lejos de acomplejarse por ello, ha convertido dicha característica en una especia de marca de la casa, haciendo que casi todos sus personajes giren en torno a esa cuestión.
Si nos paramos a revisar su filmografía descubriremos que lo más reconocible en ella son patochadas al estilo Niños Grandes y su secuela, Zooloco y, por descontado, Superpoli de Centro Comercial, una especie de burla zafia e insultante del John McCaine de Jungla de Cristal subido en un Segway, esos curiosos vehículos de dos ruedas muy empleado por guardias de seguridad. Si a ello le sumamos que el director del invento es un tal Andy Fickman cuya mayor gloria fue Papá por sorpresa y otras banalidades de la subdivisión más infantiloide de la Disney podemos imaginar a qué tipo de film nos enfrentamos.
Superpoli en Las Vegas es una película espantosamente mala, tal y como lo era su predecesora Superpoli de Centro Comercial, cuyas únicas premisas sean las de burlarse de la profesión de agentes de seguridad (que no tienen nada de policías reales, aunque es curioso que los que motivan dicha burla sean también agentes de seguridad, aunque más guapos y molones, eso sí) y de la propia torpeza del personaje al que da vida James. Por supuesto, para distinguir que estamos ante una comedia blanca para todos los públicos en lugar de una gamberrada soez al estilo Apatow, hay un presunto mensaje intrínseco con la relación paterno filial con su hija Maya y una no historia romántica de fondo que, bien llevada, podría haber dado bastante juego.
Con la excusa de un robo de piezas de arte en un gran hotel de Las Vegas, la película es una simplería que ahonda en la nada más absoluta, aunque hay que reconocerle un mérito: posiblemente consciente de sus propias carencias no pierde apenas tiempo en momentos supuestamente reflexivos ni se complica mucho en la acción, apostando siempre por el humor como base para hacer funcionar el film, machacando constantemente al espectador con un gag tras otro de manera que, al final, resulta imposible no encontrar algo que termine por hacer gracia.
Si ponemos nuestro nivel de exigencia en el listón más bajo, la película puede llegar a entretener, siempre que ver a un  gordo pegándose porrazos y metiendo la pata de la manera más estúpida sea lo que nos va. Kevin James no hace mal lo poco que se le exige, Neal McDonough cumple en su papel de villano y Eduardo Verástegui y Daniella Alonso encajan a la perfección en sus estereotipos prefabricados como los guapos de la función. Y alguna pelea está suficientemente bien filmada como para despertarnos del hastío (ese enfrentamiento entre los dos grupos en un pasillo recordando la, por otro lado bochornosa, pelea callejera al final de El Caballero Oscuro: la leyenda renace).
Poco más se le puede sacar a una película mínimamente entretenida que provoca alguna sonrisa aislada y que puede ser recomendable para una tarde lluviosa de domingo atrincherados en el sofá de casa, siempre que seamos conscientes de la tontería que vamos a ver.

LA OVEJA SHAUN (6d10)

Creada para el formato televisivo con más de un centenar de cortometrajes en su haber, La oveja Shaun es la nueva incursión en cine de la compañía Aardman, aquella que ya nos deslumbró con Rebelión en la granja y Wallace & Gromit, y que continúa apostando por el laborioso trabajo del stop-motion con figuras de plastilina como base para la animación.
La historia, sin ser nada del otro mundo, es simpática y con ligeros toques de crónica social, partiendo de un grupo de ovejas que, hastiadas de estar condenada a un estricto horario, traman un plan (encabezadas por la ingeniosa y algo traviesa Shaun) para conseguir tener un día libre y sin el control del Granjero y de Bitzer, el perro. Pero los planes no siempre salen bien y Shaun y sus amigos terminan viviendo una increíble aventura en la gran ciudad a la que acuden en rescate del Granjero y donde sus propias vidas correrán un grave peligro.
Bajo estos varemos, la película, que sortea sin problemas la (a priori) dificultad de conseguir atrapar sin necesidad de diálogos, es una sucesión de gags tan afortunados como simples que con seguirá hacer las delicias del público infantil sin menospreciar por ello a los adultos que se acerquen a ella con curiosidad.
Poco más se podría decir de entrada para analizar una muy correcta y divertida fábula (sin ser por ello la mejor pieza de los chicos de Aardman) si no fuese por la insistencia en otros medios de definirla como una obra de extrema inteligencia destinada más al público adulto que al infantil. Y a partir de ello quiero hacer una pequeña reflexión sobre el tema.
¡Basta ya de disfrazar las películas para niños de obras maduras y reflexivas o de pretender que sean los mayores el público objetivo de las mismas! La oveja Shaun es una película para niños, y quien diga lo contrario, simplemente, miente. 
Otra cosa es que dentro del cine infantil hayan películas estúpidamente simplistas (como puedan ser los casos de Stand by me: Doraemon o Ant-boy) que puedan provocar urticaria y ansiedad crónica a los pobres padres que tengan la obligación de sufrirlas, mientras que otros títulos tienen una calidad técnica y de guion que pueden entretener, e incluso gustar, a un público más variado. Y luego hay un tercer grupo de películas infantiles llenas de referencias directas para adultos, ya sea en forma de profundidad reflexiva, como en los momentos más inspirados de Pixar, o por gags difíciles de comprender por un niño, como en los buenos tiempos de Dreamworks, pero que, insisto, siguen siendo películas infantiles. 
Así que dejémonos ya de milongas y de hablar de películas de dibujos que son más para mayores que para niños (que las hay, pero esa ya es otra liga, como los anime tipo Akira o El despertar de los titanes) que son en realidad una excusa para justificar (como si hiciese falta hacerlo) que un mayor pueda pasarlo bien con determinados títulos.
La oveja Shaun es, en fin, una película decididamente infantil. Que puede gustar a todo tipo de público, perfecto, pero cuyo objetivo es provocar las carcajadas de los más pequeños con el loable propósito de no tratarlos como si por ser de poca edad fuesen también de escasa inteligencia.
La oveja Shaun es tronchante, dinámica, imaginativa y visualmente espectacular, pero no llega a ser una joya de la animación con aspiraciones a convertirse en un clásico inmortal porque, para empezar, ni siquiera lo busca.
Animación de calidad y bien hecha. No tiene más. Tampoco menos. Y si un adulto tiene tentaciones de verla, que lo haga. No es necesario justificarse por ello. Ni mucho menos avergonzarse.

miércoles, 22 de abril de 2015

El comentario del mes: BOICOT A WARNER

No me gusta hacer publicidad de nada ni de nadie, ya sea para bien o para mal, y por eso evito personalizar mis comentarios acerca de cines, productoras o distribuidoras, pero en ocasiones hay gotas que colman los vasos, y tras el alegato en favor de las salas de cine que hice en el comentario del mes pasado no puedo evitar complementarlo este mes con una crítica (que no pretende ser constructiva para nada) hacia una distribuidora concreta.
Puedo entender, aunque no compartir, que haya películas por las que nadie quiera apostar, y que se estrenen en pésimas condiciones en nuestro país, en muy pocas salas, sólo en VO o con meses (en ocasiones incluso años) de retraso con respecto a su estreno en su país de origen, fomentando con ello el consumo de piratería por internet. Ello no implica el que alabe también a distribuidoras pequeñita, del estilo  Golem o Vértigo, que al no poder competir con monstruos como Filmax, 20th Century Fox, Disney, Lauren o Warner se dedique a rescatar del olvido obras menores pero que en ocasiones tienen una gran calidad (sirva como ejemplo explicativo la reciente Pride) que o las estrenan ellos como buenamente pueden o, simplemente, no se estrenan. Por ello, cuando me quejo de lo mal que se distribuyen algunas películas no quiero cargar las tintas con las empresas que nos las traen a España, que a veces bastante hacen con estrenarlas, sino a sus “hermanos mayores” que las ignoran porque, independientemente de su calidad no tienen pinta de ser megataquillazos.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte parece que las relaciones entre distribuidoras y exhibidores no pasa por un buen momento, como se descubrió con la polémica entre Cinesa y Kinépolis con Universal que provocó que los dos gigantes españoles se negasen a estrenar algunas películas de la productora, siendo El lobo de Wall Street la que sirvió para descubrir a los medios la guerra de precios (con tintes incluso mafiosos) que había entre empresas.
Sin embargo, más allá de las rencillas particulares que cada uno pueda tener en su casa hay una distribuidora en concreto que se está dedicando a tocar las narices a todos (y cuando digo todos no me refiero a los exhibidores, que también, sino a los propios espectadores). El mes pasado comentaba las múltiples fórmulas que se pueden buscar para poder acudir al cine sin tener que pedir una ampliación de hipoteca, ya sea aprovechando los días del espectador, abonos, tarifas planas, etc. pero me reservé para este mes un pequeño inconveniente que muchos espectadores desconocen hasta llegar a las taquillas y comprar su entrada. Me estoy refiriendo al letrero que muchos cines tienen con la siguiente indicación: “Promoción no válida para películas Warner”.
Mi primera toma de contacto con esta política de no negociación fue en el 2012, cuando tras acudir a mi cita habitual al Salón del Comic de Barcelona (Ficomic) me obsequiaron con un 2x1 para ir al cine (no era imprescindible que fuese una película de superhéroes, pero a ellas iba dirigida la promoción). Contentó y feliz me pareció que El Caballero Oscuro: la leyenda renace sería una buena oportunidad para aprovecharla y me fui tan contento con mi pareja al Magic Megacine de Badalona (ya puestos a tirar de la manta tirémosla del todo) para encontrarme por primera vez con el dichoso cartelito. Al final, tuve que pagar dos entradas, la promoción se me caducó sin sacarle provecho y encima la peliculilla del sobrevalorado Nolan me pareció un pastel (para más información buscar mi colaboración en el podcast correspondiente de Pelis con chicha, disponible en Ivoox).
Desde entonces, curado ya de espantos, he comprobado como la prohibición de aplicar descuentos en películas Warner se ha hecho extensible a todos los cines y promociones, incluyendo los Miércoles al Cine, los descuentos a través de portales tipo Atrápalo (otra opción que olvide comentar el mes pasado pero que es muy interesante para ahorrarse un buen dinerillo) o incluso las famosas Fiesta del Cine.
¿El motivo? Muy sencillo. Warner, poseedora de sagas tan rentables como las de Harry Potter o los héroes de DC, se considera por encima del bien y del mal y no quieren ceder ni un céntimo de sus beneficios, ajenos, por lo visto, a la crisis económica que ha afectado a mucha gente en los últimos años, al descenso de la venta de entradas y a los aprietes de cinturón que han debido hacer algunos cines para poder subsistir (otros, simplemente, han tenido que cerrar).
Cierto es que no todas las salas se han dejado llevar por la dictadura de Warner (desde aquí un aplauso a la cadena Full HD por mantener las promociones incluso en películas Warner, aunque ello les suponga perder dinero cada vez que se estrena una película de estos tipejos), pero yo propongo una medida mejor: Dejemos de ver películas Warner.
Sí, es muy radical, pero mejor matar a una distribuidora que a todas. No voy a recomendar que la gente piratee (líbreme Dios), pero si tenéis que hacerlo, que sea a Warner. Si sois de los que no os podéis permitir (o simplemente no os apetece hacerlo) ver todo lo que se estrena y tenéis que decidir entre dos películas, apostad por la que no sea Warner. No sólo por ahorraros un dinero, sino por dar un golpe de efecto a una distribuidora que ignora a sus clientes y se considera por encima de ellos.
Estas Navidades, el final de la saga del Hobbit, sin llegar a ser un fracaso, decepcionó en cuanto a su rendimiento en taquilla. Muchos disteis la espalda a la película por este motivo concreto. Y eso es sólo el principio.
Ahora mismo tenemos en cartel películas como Una noche para sobrevivir o Perdiendo el norte, y pronto llegarán Mad Max, furia en la carretera o Astérix, la resistencia de los Dioses (por no hablar ya de la futura Superman Vs. Batman: El amanecer de la justicia). Pues bien, propongo sencillamente ignorarlas. Darle la espalda. Sé que son grandes películas y muy apetecibles, pero debemos boicotear a Warner si no queremos, indirectamente, terminar por boicotear al cine en general.
Y es que hay que defender al cine por encima de la piratería.
Casi siempre…

martes, 21 de abril de 2015

La recomendación del mes: LA CARA OCULTA

La recomendación de este mes proviene de Isa, una compañera de trabajo que se extrañó mucho de que no la hubiese visto y me instó a hacerlo, asegurando que no me iba a defraudar. Desde luego que conocía de antemano la película, aunque en su momento no me interesara demasiado (y no porque sea de los que recelan del cine español, bien lo sabéis). Así que en el comentario de hoy no solo hablaré sobre la película sino también sobre por qué no la vi en su momento, pese a que por ello deba incluir algún spoiler, un spoiler que, dicho sea de paso, viene propinado por la propia distribuidora.
El caso es que en el momento de su estreno recuerdo perfectamente haber visto varias veces el tráiler en el cine. Era un tráiler estupendo, interesante y angustioso, sobre una chica que se oculta en una especie de habitación del pánico para espiar a su pareja, de la que sospecha le es infiel, quedando allí encerrada por accidente. Al final del mismo, algo invitaba a pensar que iba a ser una historia de fantasmas, muy de moda gracias a títulos como El orfanato o Los otros. Eso me dejaba dos opciones: que la película pudiese haber sido un intenso thriller de dramático final muy al estilo de las historias episódicas de Alfred Hitchcock presenta…, lo cual estaría muy bien pero ya me lo habían contado todo en el tráiler (que gran cortometraje podría haber sido, recuerdo haber pensado) o que en el fondo fuese la típica historia de casas encantadas, siendo el tráiler una especie de prólogo, opción más lógica y menos interesante. En ambos casos concluí que la película no me podía ofrecer más de lo que ya me había dado el tráiler.
Ahora bien, una vez redescubierta gracias a Isa, resulta muy diferente la cosa. El film arranca con Belén (Clara Lago) grabando un mensaje de video a su novio Adrián (Quim Gutiérrez) en el cual le dice que lo abandona. Están muy lejos de casa, en Colombia, y el pobre muchacho (que es director de la orquesta filarmónica de Bogotá) queda destrozado con la desaparición de Belén sin tener siquiera posibilidad de réplica. Sólo el afecto de Fabiana (Martina García) una atractiva camarera, ayuda a consolar sus penas, cayendo rendido en sus brazos e iniciando una intensa relación con ella que lo lleva a compartir su casa. Es entonces cuando cosas extrañas parecen suceder en ese lujoso apartamento aislado en un hermoso pero solitario paisaje montañoso.
Aquí la película se frena y retrocedemos al momento en que Belén y Adrián, felices y enamorados, se despiden de Barcelona para embarcarse en su aventura colombiana. Se vuelve a contar de nuevo la misma historia, esta vez desde el punto de vista de la desaparecida, muy Fincher todo, logrando una sensación de incertidumbre y suspense muy efectivo que me podría haber apasionado. Si no hubiese visto primero el tráiler, claro.
Estamos, pues, ante una intrigante y terrorífica historia con un desconcertante triángulo amoroso pero cuyo giro radical y clave de guion es absurdamente revelado y detallado en su tráiler, arruinando toda posibilidad de sorpresa y dejándome sin el suspense necesario para disfrutar de la película tal y como sin duda le habría gustado a su director, Andrés Baiz , que apenas se ha prodigado después de esta película, cuya taquilla quizá se haya visto injustamente mermada por culpa de su mala promoción.
El reparto, casi limitado a los tres protagonistas, encaja perfectamente en la función, en plena escalada al estrellato de Clara Lago (por esta época ya era una cara conocida gracias a Los hombres de Paco) pero aún tendría que saborear las mieles del éxito de Tengo ganas de ti y, sobre todo, Ocho apellidos vascos) y una Martina García correcta, aunque (no nos engañemos) su presencia se debe más a ser una cara bonita que a una interpretación prodigiosa. Uno de los mayores aciertos del film es, sin duda, la participación de Quim Gutiérrez, un actor que no suele ser santo de mi devoción  tiene una mirada oscura que aquí va de perlas para invitar al espectador a dudar sobre si tiene algo que ver o no con la desaparición de Belén.
Lamento profundamente no haber podido ver la película sin el destripamiento argumental al que fui sometido, por lo que no avanzaré más revelando si hay finalmente presencia fantasmal o no, y reservándome el último (aunque algo forzado, me habría gustado más que la película hubiese terminado diez minutos antes) giro argumental.
Con todo, los realizadores no tienen ninguna culpa del desaguisado del tráiler, y la película, valorada de manera independiente, es interesante y atrapa al espectador desde su inicio, manejándolo a su antojo y sin permitirle tener claro conocimiento de si está ante una historia romántica, dramática o de terror, pero haciéndole disfrutar igualmente.


viernes, 17 de abril de 2015

UNA NOCHE PARA SOBREVIVIR (6d10)

Liam Neeson es un actor peculiar, capaz de reinventarse a sí mismo cada pocos años con tal de no encasillarse en un género o estilo que pueda lastrar su exitosa carrera.
Después de unos inicios difíciles y titubeantes, logró alternar papeles tan diferentes entre ellos como exitosos, tales como Darkman, La lista de Schindler, Rob Roy, Nell o Michael Collins. Una vez consagrado, y con una nominación al Oscar bajo el brazo, Neeson se aventuró en el cine más palomitero, dejándose ver por blockbusters de la talla de Star Wars: la amenaza fantasma, Batman Begins, Furia de Titanes o El Equipo A. En los últimos años, y sin abandonar algunos papeles más esforzados, Neeson parece haberse acomodado en el papel de tipo duro, tomando el relevo de actores como Bruce Willis o Mel Gibson, acostumbrados en sus films a tener que proteger o vengar a sus maltratadas familias. A esta última reconversión pertenecen títulos como la saga Venganza o Infierno Blanco, y también sus tres colaboraciones (por ahora) con el español Jaume Collet-Serra.
Tras la intrigante y tramposa Sin Identidad y la tópica pero emocionante Non Stop (Sin escalas), el intérprete irlandés y el director catalán vuelven a unir fuerzas en otro giro de tuerca en un cine al que ya se le empieza  a ver el plumero y que está encasillando (ahora sí) de forma peligrosa al bueno de Liam, por más que este asegure que le quedan apenas un par de años (y es que la edad no perdona) como héroe de acción. Me viene a la memoria un genial meme que me enviaron a raíz del estreno de V3nganza y que bien podría servir como frase publicitaria de la película: sobre imágenes de cuatro películas icónicas suyas se leía algo así como: “Ha entrenado a Batman, ha sido un maestro Jedi y es el padre de todos los dioses… ¿De verdad te parece buena idea amenazar a su familia?”. Pues en esta línea, sin salirse un ápice del camino marcado, se encuentra Una noche para sobrevivir.
Y es que el protagonista de la historia, Jimmy Conlon, sigue todos los patrones previstos: alcohólico, con un pasado de violencia y totalmente repudiado por su propia familia. Vive en un entorno decadente y violento, con un único amigo en quien confiar Shawn Maguire, y de quien, a la vez, aceptar su caridad, hasta que las cosas se tuercen y Jimmy deberá matar al hijo de Shawn para proteger a su propio vástago. A partir de ahí se terminaron las amistades y los caprichos alcohólicos y se abrirá una guerra cruenta y sanguinaria entre Jimmy y Shawn por proteger/vengar a la familia.
Con ligeras concesiones al drama familiar y huyendo totalmente de cualquier mínimo rasgo de humor o romanticismo, la película es dura, violenta y adrenalítica, tan apegada al estilo de Venganza que el protagonista bien podría llamarse Bryan Mills con sólo cambiar el género del retoño, un peligroso estigma que puede perseguir a Neeson tal y como persiguió durante un tiempo (y un leve vestigio seguirá ahí por siempre) John McCaine a Bruce Willis. Por faltar, no falta ni -como en V3nganza- lo que yo llamo el factor El fugitivo, es decir, ese policía (casualmente el único honrado de todo el departamento) se debe perseguirlo aunque al final se vea seducido por los amagos de redención del héroe torturado.
Sin embargo, dejando de lado que la película sea una sucesión de tópicos mil veces vistos, que el argumento no contenga nada con lo que sorprender y que sea fácil imaginar lo que va a suceder desde el primer minuto, hay que reconocer que Neeson le tiene bien tomado el pulso a lo de ser un tipo duro, mientras que Collet-Serra filma muy bien (otro tema es que a uno le guste más o menos ciertas virguerías con la cámara que hace en las transiciones, demasiado artificiales a mi parecer), manteniendo con corrección el ritmo trepidante de la narración y consiguiendo algunos momentos de atmosfera envolvente (la lucha durante el incendio, el final entre la niebla) muy meritorios, a lo que hay que añadir a dos grandes nombres de la interpretación secundando a Neeson como son Ed Harris y Vicent D’Onofrio, cerrando el reparto protagonista un Joel Kinnaman recién salido de la decepcionante RoboCop y que, dejando aparte la televisiva The Killing, aún debe encontrar su rumbo en Hollywood.
Una noche para sobrevivir es, en resumen, más de lo mismo. No inventa nada nuevo, ni tampoco lo pretende, pero hay que reconocerle, eso sí, que lo viejo le funciona muy bien y que, al final, a todos nos gustaría tener a Liam Neeson de vecino. Por lo que pueda pasar…


jueves, 16 de abril de 2015

EL NUEVO EXÓTICO HOTEL MARIGOLD (6d10)

En 2011 el director John Madden, que en el 98 había alcanzado la fama por Shakespeare in love pero que desde entonces no había sabido dar con la tecla acertada, junto al guionista Ol Parker, dieron la campanada con la película El exótico Hotel Marigold, una simpática película que combinaba las peripecias de un grupo de personajes bien adentrados en la tercera edad con una especia de canto de amor hacia la India y su cultura.
Tal fue el (a mis ojos desmedido) éxito de la película que era inevitable que tuviese una secuela, y director y guionista han vuelto a reunirse para dar forma a este El nuevo exótico Hotel Marigold que supone una continuación lógica y coherente a la anterior película.
Posiblemente lo más destacado del film sea el logro de volver a juntar  a las mismas estrellas del film original (solo ha faltado Tom Wilkinson por razones obvias) a los que se les suma, además, Tamsin Greig y un estelar Richard Gere, además de un breve cameo de David Strathairn. Así, concebida más como una reunión de viejos amigos (esto no deja de ser, en el fondo, un extravagante hogar del jubilado), volvemos a ver deambulando por el hotelito de marras a Maggie Smith, Judi Dench, Bill Nighy, Celia Imrie, Ronald Pickup, Diana Hardcastle o Lillete Dubey. Ni siquiera Penelope Wilton ha querido perderse su participación en la fiesta, de nuevo comandada (esta vez en exceso) por Dev Patel y Tina Desai.
Como si de la secuela de un film de acción se tratase, Madden y Parker se han limitado a repetir la receta de la primera y exitosa película pero multiplicando sus ingredientes por dos. Si en aquella funcionaban las relaciones entre los abueletes aquí hay más romances octogenarios, si gustó el aroma a curry ahora la cultura hindú está mucho más presente gracias a la excusa de la boda entre Sonny y Susaina, y si la idea del hotel para jubilados era original, ahora es el momento de abrir (o no, no adelantemos acontecimientos) un segundo hotel.
Esta es una película que, sin duda, gustará a los que disfrutaron de la primera. Sin arriesgar lo más mínimo, las relaciones entre los personajes evolucionan lo mínimo para no provocar demasiadas sorpresas, dejando a Nighy y Dench (sin duda los mejores artistas del amplio reparto) como estrellas de la función. Sin la carga de tener que presentarnos a los personajes, la acción arranca con mejor efectividad en esta secuela pero, por el contrario, acusa de

masiado el exceso de protagonismo del personaje que interpreta Dev Patel, que resulta cansino y, por momentos, insoportable.
Concebida al más puro estilo de sitcom en versión cinematográfica, la película, más que un argumento propio (la mencionada boda podría ser el hilo argumental, ya que incluso se diferencian los tres arcos narrativos mediante las tres partes que conforman la ceremonia tradicional) se divide en diversas subtramas, cada una de ellas protagonizada por sus propios personajes, que apenas se molestan entre ellas, lo cual hace que se pierda un poco el sentimiento de coralidad pero que, por el contrario, permite que se pueda disfrutar del resultado final pese a que alguna de esas subtramas puedan no conectar con algún espectador.
Por ello, la película termina siendo una comedia amable, cumplidora con lo que promete, destinada a un público muy concreto que sin duda la disfrutará sin demasiadas pegas y que funcionará correctamente en taquilla (lo suficientemente correcta, imagino, para poder pensar en una tercera entrega), aunque faltará ver si la eliminación del factor sorpresa que impacto en la película original le pasa factura.
Para el resto del público solo es recomendable si se quiere pasar un rato entretenido sin demasiadas exigencias. Al menos, nadie podrá quejarse de haber sido engañado. Hay lo que se ve, ni más ni menos.

LA DAMA DE ORO (5d10)

Basada en un reciente episodio de la historia europea, La dama de oro es una buena muestra de cómo lo mejor y lo peor puede confluir en una película dotando al resultado final de un agridulce regusto totalmente irregular, haciendo caer en la mediocridad algo que, con muy poquito esfuerzo, podría haber sido un film notable e, incluso, oscarizable.
Eso mismo debió pensar el bueno de Ryan Reynols, ese muchacho empeñado en ser un héroe de comic que no hace más que encadenar fracasos y que Masacre puede ser su última oportunidad para demostrar que es una estrella en firme, cuando le pasaron el guion. Parecía una oportunidad de oro para demostrar que también puede ser un “actor de verdad”, y que las alabanzas recibidas por Buried no fueron fruto de la casualidad. Sin embargo, su mera presencia ya parece intuir que no es oro todo lo que reluce, y que lo único que resplandece en la película es el papel de oro utilizado por  Gustav Klimt para su cuadro Retrato de Adele Bloch-Bauer I, su obra más famosa (fue definida como la Gioconda austriaca) cuyo nombre popular da título a la película.
Al lado de Reynols, que se esfuerza pero demuestra una falta de carisma total, aparecen un desaprovechado Charles Dance, el correcto sin más Daniel Brülh y una Katie Holmes que simplemente pasaba por ahí, actores de renombre que actúan como meros comparsas de la estrella de la función, la Oscarizada Helen Mirren que se come a todos sus compañeros de plano sin parecer esforzarse demasiado para ello.
Con un tono que recuerda a la amable Philomena de Stephen Frears, La dama de oro cuenta la historia de Maria Altmann, una austriaca que tuvo que abandonar su país y a su familia tras la invasión nazi y que, tras la muerte de su hermana que la convierte en la última superviviente de la dinastía familiar, decide emprender una lucha legal contra el gobierno austriaco para recuperar la colección de cuadros que los nazis saquearon durante la Segunda Guerra Mundial y que al término de la misma fueron expuestos en el museo Belvedere de Viena, considerándolos patrimonio familiar.
Podríamos decir que la película contienen todos los elementos para ser un gran film: una historia interesante (además de real), unos actores de calidad y una efectiva combinación de géneros, ya que pese al marcado tono dramático hay en el film elementos de comedia, intriga, conflictos bélicos, persecuciones y sobretodo, el siempre atractivo fondo judicial. Sin embargo, Simon Curtis (que en Mi semana con Marilyn ya se encargaba de retratar una historia real con bastante más acierto) fracasa estrepitosamente en el momento de dar forma a su historia, confiriendo a la función un claro tono de telefilm y abusando del recurso del flashback con más presencia del pasado de los que precisa la historia.
No consigue Curtis, en ningún momento, hacerse con el mando de la historia, haciéndola plana e insípida y transformando en aburrida una trama que deberías ser muy interesante, dotándola además de una dirección torpe y excesivamente simplista, con errores de encuadre y fallos de record clamorosos.
Y es que más allá de conocer la historia real (o por lo menos la versión de Altmann de lo que sucedió) de la pugna por la propiedad de unos cuadros (en especial el mencionado retrato de Adele, tía de la protagonista, que posee un valor sentimental más allá de su cotización económica). Lo que supuso la primer demanda judicial contra una nación entera, Curtis no sabe aprovechar la oportunidad de plantear un retrato sobre la codicia, el orgullo y la propiedad de los patrimonios culturales (¿pertenece una obra a su dueño legítimo o al pueblo que merece distrutar de la misma?), elementos todos ellos inherentes a la historia pero apenas pincelados.
Una lástima, porque los cimientos ya estaban plantados. Solo había que trabajarlos un poco.

lunes, 13 de abril de 2015

PRIDE (8d10)

De tanto en tanto, perdida entre el maremágnum de superproducciones megataquilleras de discutible calidad, ya sean el Fast & Furiuos de turno, las perversiones de un tal Grey o la adaptación YA que toque, aparecen pequeñas joyas que pueden pasar más o menos desapercibidas debido a una promoción modesta (o poco arriesgada) y que solo con el boca-oreja pueden llegar a calar entre el gran público. Intentaré poner mi granito de arena…
Basada en una historia real, Pride (imagino que traducirla aquí de forma literal, Orgullo, podría resultar demasiado revelador para algunos) describe como durante los conflictos de 1984 que llevó al sector minero de Inglaterra a convocar una huelga indefinida en protesta por las presiones a que eran sometidos por el gobierno de Margaret Thacher. Repudiados por sus propios conciudadanos y maltratados por la policía y las fuerzas del orden, los mineros en huelga parecían haber sustituido en las primeras páginas de la prensa más sensacionalista al sector más marginal y maltratado hasta entonces, el cada vez más emergente colectivo gay. Esta curiosa similitud invita a un grupo de activistas gays a crear el grupo de apoyo LGSB (Lesbianas y Gays apoyan a los mineros) con el objetivo de recaudar dinero para las familias de los mineros, llegando a intercambiar visitas entre ambos colectivos a ya crear unos lazos inverosímiles que llegarían incluso a confluir en las manifestaciones del orgullo gay o en la mejora de los derechos legales de los Gays y Lesbinas (LGBT) gracias al apoyo del sindicato de mineros en las votaciones parlamentarias.
Partiendo de este referente el director Matthew Warchus y el guionista Stephen Beresford se sacan de la manga la historia de cómo se llegaron a relacionar dos sectores en priori tan diferentes entre sí convirtiendo a un pequeño pueblo de Gales (Onllwyn) y a un grupito de activistas en el eje central de la trama.
La película bordea por encima la trama social (en la que se le puede acusar de ser un poco manipuladora, resumiendo el conflicto como un éxito sindical cuando la historia nos cuenta que los mineros fueron en realidad los grandes derrotados en manos del férreo gobierno de la Thacher) y defiende sin tapujos la libertad sexual y el derecho a defender el orgullo gay, pero, por encima de todo, pretende ser una fábula sobre la amistad entre diferentes, en la maravillosa posibilidad de encontrar, siempre que hay voluntad, puntos en común entre “enemigos naturales” que se personifica aquí entre los “machos” mineros y las “reinonas” gays pero que igual podría estar hablando de cualquier otra supuesta minoría ya sea de origen racial, sexual, religioso o mental.
Pride es, pues, un alegato a la vida en forma de divertida y refrescante comedia que sólo el cine británico podría concebir y que pese a que podría caerse fácilmente en la tentación de definirla como un cruce entre Full Monty y la australiana Priscilla, reina del desierto, es inevitable encontrar evocaciones también de títulos rurales como El hombre que subió a una colina y bajó una montaña o la reciente La gran seducción, aprovechando también los contrastes entre la vida en la urbe y en un pequeño pueblo rural y ofreciéndonos ligeras pinceladas de las historias propias de sus protagonistas, junto con un retrato real de una época donde la homofobia y el SIDA estaba causando estragos en la comunidad gay en una nación cuya economía se tambaleaba peligrosamente.
Reivindicativa, emotiva y tierna, Warchus sabe alternar el humor liviano y sutil con momentos que invitan a aflorar la lagrimita sin caer, por ello, en la ñoñería, ni cayendo en el alegato político social propio de la obra de Ken Loach, optando por demostrar como la amistad, la solidaridad y, por supuesto, el orgullo, pueden derribar barreras.

PURO VICIO (5d10)

Ya escribí en mi cuenta de twitter, al poco de terminar de ver la película, que necesitaba dejar pasar algo de tiempo hasta averiguar si Puro vicio me había gustado o no. Unos días después me mantengo en la tesitura.
Qué duda cabe que hay algo en el cine de Anderson hipnótico y adictivo, que te atrapa con fuerza y te mantiene enganchado a la historia, por más que no tengas claro en ningún momento cuál es esa historia. Protagonizada por un Joaquin Phoenix tan desesperadamente pasmoso como es habitual en él (aunque en esta ocasión tiene algo que lo hace más soportable), la película se nutre de un buen nombre de ilustres secundarios que dan algo de brillo a la trama, posiblemente debido a simples tratos de colegueo o porque participar en una película de Anderson siempre queda bien en el currículo, por más que sepas que el público te va a amar u odiar por ello.
Efectivamente, es común encontrar entre los conocedores de la filmografía de Paul Thomas Anderson (y en especial de sus trabajos más recientes) gente que lo eleve a los altares con la misma facilidad que lo pueden pisotear por el barro, incluso entre los miembros del sagrado CSI que pueden puntuar la película tanto con rotundos dieces como con orondos ceros. Yo mismo me sentí así con la última película del peculiar realizador, en la que ya estaba Phoenix, The Master, para mí una de las peores obras del 2013 (amén de una de las primeras críticas aparecidas en este blog) y que ha sido, sin embargo, alabada por doquier.
No me sucede lo mismo con este Puro Vicio, cuyos sentimientos me hacen permanecer en un indefinido punto intermedio. No siendo tan visualmente llamativa como alguno de sus carteles parecían insinuar pues,francamente, me esperaba una fotografía más cercana a la de Spring Breakers de Harmony Korine o Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn, de las que Anderson prefiere distanciarse, el director centra el efecto alucinógeno correspondiente al uso y abuso de drogas diversas (aunque los porros se llevan la palma, siendo los verdaderos protagonistas del film e invitando a que nos preguntemos cuantos se habrán fumado los propios Anderson y Phoenix durante el rodaje para cuadrar semejante historia) para transmitir lo mismo mediante la propia narrativa.
Concebida como una película de cine negro al uso, con sus femmes fatales y su voz en off incluida, pronto nos damos cuenta de que nada es lo que parece, que lo real y lo imaginado se confunden constantemente hasta llegar a desconcertarnos totalmente. Deduzco que la intención de Anderson es la de introducirnos en la mente del protagonista y que nos sintamos tal y como se siente él, pero no cuenta con que el público acostumbra a acudir a la sala del cine lo suficientemente lúcido como para transformarse de manera absoluta en la mente de Phoenix, con lo cual posiblemente la película mejoraría si el propio espectador acudiese a su visionado tras fumarse un par de canutos primero.
Demasiado etérea y dispersa como para aplaudirla, Puro Vicio está lejos de ser la obra maestra que se le suponía (hace unos días, antes de verla, yo mismo me extrañaba de su ausencia en las nominaciones importantes de los pasados Oscars, de lo cual me retracto ahora), con un argumento que va dando tumbos constantemente y que culmina en un desenlace disperso y poco aclaratorio, amén de redondear un metraje algo excesivo. Tampoco puedo, sin embargo, suspenderla cuando contiene algunos pasajes francamente divertidos, sabe mantener el interés en todo momento y muestra algunos recursos narrativos ciertamente acertados, aparte de la interesante (y en algún caso concreto incluso surrealista) aportación de ciertos secundarios, en concreto un desatado Martin Short o un sobrio Owen Wilson, aunque por ahí también pululen, entre otros, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Eric Roberts o Reese Witherspool.
Quizá la mejor definición del film sería la de desconcertante, capaz de alternar grandes aciertos con momentos sumamente absurdos y que, aparte de contar con los tics habituales del cine de Anderson uno sale de la proyección con la sensación de no saber que nos ha pretendido contar el director californiano, aunque habiendo pasado un rato al menos interesante.

MORTDECAI (4d10)

David Koepp es un guionista con cierto renombre en el mundillo de Hollywood, autor de diversos títulos dirigidos por Spielberg como Parque Jurásico, El Mundo Perdido, La guerra de los Mundos o la última de Indiana Jones, además de Ángeles y demonios, Atrapado por su pasado o el primer Spider-man de Raimi, pero que como director no ha conseguido destacar todavía, siendo la inquietante El último escalón (con Kevin Bacon) su mejor trabajo hasta la fecha.
Mortdecai, su última película (en la que curiosamente no participa en el guion), parecía una piedra de toque para demostrar su calidad y, sobre todo, su efectividad, con una comedia de intriga que, a priori, parecía contener todos los elementos necesarios para ser un éxito de taquilla: adapta una saga literaria de cierto éxito, contiene un reparto atractivo, pertenece a un género de habitual aceptación por parte del público, con claras reminiscencias a Austin Powers, Johnny English o, sobre todo, la saga de La Pantera Rosa… Sin embargo, Koepp (pese a que como guionista es autor de la genial aunque incomprendida La muerte os sienta tan bien) no parece sentirse demasiado cómodo en la comedia, y la primera crítica que hay que hacer a la película es que no resulta en casi ningún momento divertida, estando plagada de gags absurdos y diálogos estúpidos y repetitivos.
Por otro lado, Johnny Deep es un actor antiguamente aplaudido por público y crítica que lleva un tiempo en horas bajas y que parecía jugarse el poco prestigio que le quedaba  con esta película. Pero al final, y perdón si molesto a los pocos fieles que le puedan quedar, Deep es lo peor del film, convertido definitivamente en una caricatura de sí mismo y sin ningún motivo para creer en su recuperación.
Mortdecai pretende conjugar una trama enrevesada con toques de comedia, intriga y sensualidad, pero el argumento planteado es tan desquiciante como confuso, con cuadros de Goya robados, restauradoras muertas, códigos ocultos… pero que al final todo parece girar en torno a si el protagonista debe mantener o no su bigote (¡sig!).
Desde hace algunos meses los carteles publicitarios de la película invitaban a pensar que se trataba de una comedia glamurosa y elegante, pero ya desde el primer tráiler se podía intuir el despropósito, siendo una justita Gwyneth Paltrow la única que, sin esforzarse demasiado, pone el toque de glamour, pues a su lado Ewan McGregor no parece tomarse en serio su papel en ningún momento, Paul Bettany está ridículo como pareja cómica de Depp, y Olivia Munn no cuela como el reclamo sexual que se le supone.
Con una pomposidad desmedida, Mortdecai puede resultar, con muy buena voluntad, una película simpática, pero poco más. Es totalmente irregular, confusa y fallida, y no contiene ningún personaje que produzca la más mínima empatía en el espectador, por lo que su visionado no pasa de ser un leve entretenimiento.
Muy leve, insisto.

sábado, 4 de abril de 2015

FAST&FURIOUS 7 (7d10)

Resulta difícil e increíblemente doloroso juzgar esta película que lamentablemente pasará a la historia del cine por razones que no tienen nada que ver con lo estrictamente cinematográfico.
Los que seguís este blog desde sus inicios ya sabréis que me acerqué a esta saga por primera vez hace un par de años con el estreno de su sexta parte. Nada sabía de ella más que iba de coches tuneados y chicas luciendo palmito y quedé gratamente sorprendido con lo que me encontré, una película adrenalítica tan imposible como La Jungla 4.0, Misión Imposible o Mentiras Arriesgadas pero igualmente disfrutable. Recuerdo que en su momento la definí como “un despiporre”, y aunque no pude profundizar en ello por no spoilear el film, descubrir en la escena postcréditos que en la siguiente entrega se sumaría al elenco Jason Statham no hacía más que presagiar que esta Fast & Furious 7 sería doblemente “despiporrante”.
Y empieza bien la cosa, con un Statham desatado que podría darle para el pelo incluso al Washington de The equalizer (el Protector), y que promete grandes dosis de espectacularidad, adrenalina y olor a neumático quemado. Para acabar de redondear la apuesta, no solo repiten todos los actores de la anterior película (incluso los personajes desaparecidos que interpretan Sung Kang y Gal Gadot tienen su plano propio, igual que un agónico Luke Evans) sino que se aumenta la apuesta con la presencia de grandes de la interpretación como Kurt Russell, la presencia de Djimon Hounsou, el acrobático Tony Jaa, la brutal Ronda Rousey (luchadora que debutó en cine con Los Mercenarios 3 y que tiene una escena genial con Rodriguez) y el nuevo fichaje que supone Nathalie Emmanuel (la Missandei de Juego de Tronos). Todo ello para secundar a los tipos duros de siempre, encabezados por la sagrada trinidad que son Vin Diesel, Paul Walker y Dwayne Johnson, bien acompañados por Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson y Ludacris y las apariciones efímeras de Jordana Brewster y Elsa Pataky. Como se puede comprobar, la saga de Fast & Furious se ha convertido en la familia de la que tanto se vanaglorian en la ficción, y todo el mundo parece sentirse muy a gusto con sus compañeros de aventuras, lo cual termina por traspasar la pantalla y permite mantener la serie viva y sin síntomas de agotamiento.
Resultaba intrigante saber cómo se iba a desenvolver en una película de estas características el director James Wan, más acostumbrado a los ambientes claustrofóbicos y tétricos de las casas encantadas que a los espacios abiertos y luminosos a que nos tienen acostumbrados la saga, pero no se le da mal al realizador nacido en Malaysia y responsable del género de terror actual, aunque puede que se le note algo confuso y agarrotado en ciertos momentos de lucha, de cámara algo errática y nerviosa, por lo que los productores ya están barajando el retorno de Justin Lin a la franquicia (ya se ha confirmado la octava entrega, donde se continuará con la trama del personaje que interpreta Kurt Russell y se especula con la incorporación de ¡¡Hellen Mirren!!).
Efectivamente, todo es un despiporre. El enfrentamiento entre Johnson y Statham es brutal, el episodio de Azerbaijan prodigioso y los saltos imposibles entre los edificios de Abu Dhabi alucinantes.  Todo estaba siendo doblemente despiporrante, sin permitir que la inicial seriedad de la trama (los protagonistas han abandonado su vida alocada y pretenden sentar la cabeza y centrarse en la familia) afecte al espectáculo. 
Pero algo decae al llegar a su final, demasiado excesivo, en el que se peca de un estiramiento innecesario muy en la línea de El hombre de acero o el último Transformers, contagiando el agotamiento de la acción al propio espectador y sintiendo que, tras casi dos horas de auténtico frenesí, el duelo final de la “familia” contra Statham sabe a poco.
Decía al principio que era doloroso juzgar esta película, y es que por divertida y loca que sea no se puede obviar el fallecimiento de Paul Walker antes de terminar la filmación, tal y como nos recuerda el propio Wan en un final tan impuesto como emotivo, y que nunca llegaremos a saber cómo afectó al argumento de una película que estuvo incluso a punto de no llegar a terminarse nunca.
Los efectos digitales y la participación de sus hermanos hace que en pantalla no se aprecie la perdida de Paul, pero desconozco qué retoques obligo a hacer en el guion definitivo e incluso a la propia producción, sin duda hundida anímicamente tras el mazazo.
Es por ello que queda un gusto agridulce al final del visionado, como si nosotros mismos hubiésemos perdido a un amigo y nos sintiésemos culpables por haber disfrutado tanto de sus últimos momentos de vida.
Con todo, Fast & Furious 7 es genial, divertida, espectacular, suicida, estúpida, imposible, grandiosa y emotiva. Todo ello cabe en la historia de una familia (ahora más que nunca) unida hasta la muerte. Y por ello le perdonamos incluso el excesivo final.
Fast & Furious volverá, no lo dudéis. Y yo estaré ahí para disfrutarla y contároslo. Aunque sin Paul Walker será un poquito menos despiporre.

INSURGENTE (4d10)

Cansado como estoy de la invasión de películas basadas en noveluchas de las llamadas YA (Young adults) que surgieron con el deseo de emular el (incomprensible) éxito de la saga Crepúsculo, poco podía haber en este título capaz de interesarme lo más mínimo, más teniendo en cuenta lo indiferente que me dejó su primera entrega (Divergente), una fotocopia aburrida de Los Juegos del Hambre y visualmente mucho menos imaginativa que El corredor del laberinto.
Quizá lo único destacable de este exceso digital sea su reparto, encabezado de nuevo por una Shailene Woodley que ya había logrado su mejor papel antes de Divergente gracias a Los descendientes pero que hace poco logró convencer con su sufrida interpretación en Bajo la misma estrella. Con Kate Winsley repitiendo como villana (parece que toda saga YA que se precie debe tener su estrellita para que se limite a cobrar su cheque por rodar cuatro muecas), la película repite el mismo elenco de secundarios que su antecesora, con la diferencia que los apenas conocidos por aquel entonces Ansel Elgort (resaltando su lado más pedante y/o formal en la ya mencionada Bajo la misma estrella o en la fallida Hombres, mujeres & niños), Miles Telles (ahora niñato de moda por su participación en la gran Whiplash, aunque quien sabe si odiado por los mismos que ahora lo adoran cuando se estrene la polémica Los 4 Fantásticos),  Jai Curtney (que tras hundir la saga de La Jungla intentará hacer lo mismo con la de Terminator y el año que vienen meterá su careto en el Suicide Squad de DC) empiezan a sonar fuerte en Hollywood. Junto a ellos, los fichajes estelares de Daniel Dae Kim (¿alguien más añora Perdidos?) o Naomi Watts (¿pero a ti qué se te ha perdido por aquí, hija de mi alma?), aparte de Ashley Judd que de nuevo pasaba por ahí.
Como se puede ver, muchos de los actores han subido su caché desde el estreno de Divergente (no he nombrado a Theo James porque sigue tan perdido fuera de la saga como cabría esperar), pero es tal la apatía con la que se enfrentan a sus personajes que ni por asomo logran transmitir lo más mínimo, resultando tan insustanciales como el propio argumento.
Donde sí hay un cambio es en la silla del director, pues el Neil Burger de Divergente (que quitando El Ilusionista no es que haya hecho nada destacado) ha sido sustituido por Robert Schwentke, cuyo último trabajo ha sido (perdonen si se me escapa la risa) R.I.P.D., Departamento de policía mortal, y que también se encargará de Leal (o como sea que se llame Allegiant en España) última película de la saga (o no, porque también amenazan con dividirla en dos partes). Claro que para el caso ya podría estar dirigida por un macaco borracho, porque el único esfuerzo que parece haberse desempeñado en la película (y tampoco demasiado, no crean), es en el apartado infográfico. Casi se diría que los actores han podido rodar desde sus casas y que cuatro nerds desde sus ordenadores se han hecho cargo de toda la filmación, copiando, eso sí, el estilo visual de Transcendence, aunque ya en aquella película se pudo comprobar que no era un estilo efectivo (y es que estos de Hollywood no aprenden), resultando totalmente artificial y con la sensación de que se han gastado cuatro duros mal contados.
Insurgente no es, a la postre, ni mejor ni peor que Divergente. Solo es más de lo mismo, igualmente plana y vacía, por mucho que esos mundos distópicos quieran invitarnos a la reflexión. No hay ningún intento de disimular las carencias narrativas de la obra literaria ni las similitudes con el resto de mundos distópicos del resto de productos YA, invitándome a plantear la hipótesis de (en plena moda de los Universos Compartidos que hasta la fecha sólo Marvel ha logrado fraguar con éxito) esperar una película que nos revele que las historias de Los Juegos del Hambre, El Corredor del laberinto y Divergente transcurren en un mismo Universo, y que podrían llegar a juntarse Tris, Katniss y Teresa para liarse a tortas mientras son observados desde el espacio por un tal Ender y un puñado de vampiros fosforescentes esperan ansiosos para enrollarse (en forma triangular, por supuesto), con la vencedora. ¿Les parece absurdo? Bueno, tiempo al tiempo…

CENICIENTA (8d10)

Como no es mi intención mentir ni tratar de engañar a nadie, no voy a ocultar mi total devoción hacia el cine de Kenneth Branagh, siendo Los amigos de Peter una de mis películas preferidas y considerando su Frankenstein o su Mucho ruido y pocas nueces como verdaderas obras maestras.
Cierto es que de un tiempo a esta parte el señor Branagh ha perdido parte de su magia, con algún patinazo como La huella, películas carentes de su sello personal como en Jack Ryan: Operación Sombra o embarcándose en blockbusters aparentemente alejados de su narrativa intimista y británica como el Thor que filmó para Marvel (una muy buena película con excelentes momentos en Asgard y por la que apenas se le ha reconocido a Branagh el mérito de ser el “descubridor” de Tom Hiddleston). Y por eso, cuando supe que iba a ser el encargado de dirigir una nueva adaptación en imagen real de un cuento de Disney me llevé las manos a la cabeza. Otro más que se vende al dinero fácil, pensé, tal y como sucedió con mi otrora admirado Tim Burton y su alucinógena Alicia en el país de las Maravillas.
Nada más alejado de la realidad. Argumentalmente hablando, Branagh no inventa nada, limitándose a transcribir en imágenes la historia clásica, paso por paso, añadiendo si cabe alguna pincelada con la que rellenar los huecos elípticos que la historia original poseía. Sin embargo, desde el punto de vista visual, Cenicienta es sencillamente sublime.
Innegablemente hermanada a Mucho ruido y pocas nueces (como en aquella, el compositor Patrick Doyle está especialmente inspirado), Cenicienta posee la fuerza visual que tanto me apasiona de Branagh y que, excepto en momentos fugaces de Thor, no veía desde Frankenstein. Movimientos de cámara impecables, travelings maravillosos, grandes panorámicas… Momentos como los de la transformación (el reencuentro de Branagh con Helena Bonham Carter tras su flirteo en Frankenstein nos permite recordar que bajo el excesivo maquillaje gótico con la que la inundaba Burton se oculta una hermosa mujer) de Cenicienta, el baile (nadie sabe filmar escenas de baile como el norirlandés), la sutil pero asfixiante madrasta que compone Cate Blanchet, la dulce fragilidad de la Cenicienta Lily James (poco conocida actriz rescatada de Downton Abbey y a la que pronto veremos en Orgullo y Prejuicio y zombies), todo brilla con luz propia en una película que consigue la magnificencia sin necesidad de (como sucedió con Maléfica, Mirrow, Mirrow o Blancanieves y la leyenda del cazador) inventarse caminos alternativos. Para ello, Branagh ha sabido rodearse, además, de buenos amigos y actores de la casa para papeles secundarios, como su eternamente idolatrado Dereck Jacobi, Nonso Anozie (a quien dirigió en Jack Ryan: Operación Sombra), Stellan  Skarsgärd (Thor), Hayley Atwell (la Agente Carter del Universo Marvel), y un plantel de secundarios básicamente británico.
Clásica hasta la extenuación, Branagh sabe cómo conjugar los momentos más delirantes del film de animación (incluyendo el protagonismo de los ratoncillos o las insufribles hermanastras) para que no desentonen en un cuento de hadas destinado a seducir a una nueva generación sin tener porqué dejar de interesar a los que crecieron con la versión animada del zapato de cristal.
No voy a negar que en los últimos tiempos hemos sufrido un abuso de revisiones de los cuentos clásicos, ya sea como nuevas adaptaciones o como invenciones del estilo de Into the Woods, pero la aparición de títulos como este valen por sí solos para justificar la basurilla que nos están haciendo tragar con calzador.
Nadie podría imaginar que una versión de la Cenicienta sería el film más taquillero de Kenneth Branagh en toda su carrera, y el mejor de las dos últimas décadas, pero así ha sido, y espero que suponga un punto de inflexión para el genial realizador y que sirva esto para revitalizar una carrera que estaba tomando un extraño rumbo.

FOCUS (4d10)

Aunque hace unos años su nombre fuese sinónimo de grandeza y éxito, Will Smith lleva un tiempo vagando entre la mediocridad y el desconcierto, quizá demasiado pendiente en convertirse en un actor serio o distraído intentando inventarle una carrera artística a su niñito hasta el punto de olvidarse de la suya.
Tras haber entrado por la puerta grande en el mundo del cine (tras su fulgurante fama como icono televisivo en los noventa) combinando con acierto el humor y la acción de éxitos descomunales como Men in Black y su secuela, Independence day o Dos policías rebeldes (y algún patinazo perdonable, como el de Wild wild west) su buen hacer en trabajos más serios como La leyenda de Bagger Vance o Ali le tentaron a reinventar su carrera y dotar a sus personajes de un trasfondo atribulado y reflexivo que hacia cierta gracia al principio (Yo, robot o Soy leyenda) pero que rozaban la pretenciosidad con ese deje de amargura y tristeza que reflejaba en En busca de la felicidad (primer intento serio de “enchufar” a su insoportable hijo Jaden) o Siete Almas, en las antípodas de su añorado papel en El príncipe de Bel Air.
Su primer intento de reconducir su camino se produjo con Hancock y el regreso a la saga de Men in black, pero el daño ya estaba hecho y la sombra del héroe amargado y oscuro se había apoderado de él, alcanzando cotas de verdadera ridiculez en la insufrible After Earth.
Tras el último varapalo, Smith estaba obligado a dar un nuevo giro, regresando a la comedia festiva y lujosa que tan bien le funcionó en Hitch, especialista en ligues, que es una de las referencias que uno encuentra al ver Focus, aparte de la evidente amalgama entre títulos como El golpe u Ocean’s Eleven.
Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa, firmantes también del guion (ambos estaba ya tras la aceptable Philip Morris ¡te quiero! y la excelente Crazy, Stupid, Love), Focus es una tontería bien filmada, visualmente elegante, simplemente divertida y completamente vacía. Las aventuras de un grupito de timadores sin el carisma de la alegre pandilla de George Clooney (y que ni por asomo se acerca al dueto Redford/Newman) se deshace como un azucarillo en el agua cuando un incomprensible cambio de rumbo transforma la película en una pantomima romántica carente de credibilidad, a la que no ayuda para nada los torpes giros argumentales con los que Ficarra y Requa pretenden animar el espectáculo engañando al espectador y que resultan tan previsibles que son de vergüenza ajena.
Sin hacer una mala interpretación, Smith demuestra que ha perdido todo signo de carisma y magnetismo que le hiciera brillar en su juventud, y que sin un buen guion como apoyo su presencia no es suficiente para mantener en pie una película que malvive prácticamente gracias a la belleza de Margot Robbie, la única que sale airosa del invento y que tras su arrebatadora presencia en El lobo de Wall Street, tiene un prometedor futuro por delante (aunque su mayor prueba de fuego será volver a coincidir en breve con Smith).
La película no llega a aburrir, por más que resulte exageradamente previsible, pero es como ese truco de prestidigitación en el que el mago hace una gran puesta en escena, con una atractiva ayudante y divertida palabrería, pero al que se le ve el truco a leguas.
Will Smith no comienza por el buen camino su segunda etapa de redención, y así se lo ha hecho saber la taquilla. El futuro le aguarda una peli de DC (así no hay quien le quite la amargura de encima) y, tras renunciar a aparecer en la secuela de Independence day (aunque tras los palos que se está llevando por Focus ya veremos si no cambia de idea), su retorno a la saga de Dos policías rebeldes y (Dios nos coja confesados) ese extraño experimento que pretende unir a los personajes de Men in black con los de Infiltrados en Clase.
Ay, Willyto mío, ¡quién te ha visto y quién te ve…!