Basada
en un reciente episodio de la historia europea, La dama de oro es una buena
muestra de cómo lo mejor y lo peor puede confluir en una película dotando al
resultado final de un agridulce regusto totalmente irregular, haciendo caer en
la mediocridad algo que, con muy poquito esfuerzo, podría haber sido un film
notable e, incluso, oscarizable.


Con
un tono que recuerda a la amable Philomena
de Stephen Frears, La dama de oro
cuenta la historia de Maria Altmann, una austriaca que tuvo que abandonar su país
y a su familia tras la invasión nazi y que, tras la muerte de su hermana que la
convierte en la última superviviente de la dinastía familiar, decide emprender
una lucha legal contra el gobierno austriaco para recuperar la colección de
cuadros que los nazis saquearon durante la Segunda Guerra Mundial y que al
término de la misma fueron expuestos en el museo Belvedere de Viena,
considerándolos patrimonio familiar.

No
consigue Curtis, en ningún momento, hacerse con el mando de la historia, haciéndola
plana e insípida y transformando en aburrida una trama que deberías ser muy
interesante, dotándola además de una dirección torpe y excesivamente simplista,
con errores de encuadre y fallos de record clamorosos.
Y
es que más allá de conocer la historia real (o por lo menos la versión de
Altmann de lo que sucedió) de la pugna por la propiedad de unos cuadros (en
especial el mencionado retrato de Adele, tía de la protagonista, que posee un
valor sentimental más allá de su cotización económica). Lo que supuso la primer
demanda judicial contra una nación entera, Curtis no sabe aprovechar la
oportunidad de plantear un retrato sobre la codicia, el orgullo y la propiedad
de los patrimonios culturales (¿pertenece una obra a su dueño legítimo o al
pueblo que merece distrutar de la misma?), elementos todos ellos inherentes a
la historia pero apenas pincelados.
Una
lástima, porque los cimientos ya estaban plantados. Solo había que trabajarlos
un poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario