lunes, 29 de mayo de 2017

PIRATAS DEL CARIBE: LA VENGANZA DE SALAZAR, repitiendo fórmulas.

Llevamos ya tiempo sufriendo la falta de originalidad de Hollywood, que últimamente abusa más que nunca de los remakes, secuelas y adaptaciones, pero desde que J.J.Abrams se inventara eso de la secuela/reboot en la magnífica Star Trek (y que Singer intentó repetir con algo menos de gracia en X-men: Días del futuro pasado) las grandes sagas parecen empeñadas en fotocopiar sus días de mayor gloria. Ahora es el turno de Piratas del Caribe: la venganza de Salazar
Ya acusaron al propio Abrams de hacer un remake encubierto de La última esperanza en su reactivación de la saga Star Wars en El despertar de la Fuerza. Alan Taylor lo intentó sin demasiado acierto en Terminator: Génesis y el propio Ridley Scott, que reinventó la saga Alien con Prometheus, tuvo que recular y volver a sus orígenes en Alien: Covenant.
Los últimos en pasar por el aro han sido Joachim Rønning y Espen Sandberg (pareja de directores cuyo trabajo más destacado hasta la fecha es Bandidas, aquella cosa con Penélope Cruz y Salma Hayek), que tras el desastre (de crítica, que no de taquilla) de la cuarta entrega de Piratas del Caribe: En mareas misteriosas, han tenido que repetir jugada y tratar de reiniciar la saga fingiendo que estamos ante un capítulo más de la misma. Esto es: avanzamos en la historia, pero presentando nuevos y jóvenes protagonistas que den el relevo definitivo a los antiguos (y me refiero a Will Turner y Elizabeth Swann, de Jack Sparrow no será fácil librarse) pero con una trama y una estructura que prácticamente repite los esquemas de La maldición de la Perla Negra.
Estamos, en efecto, ante otra película de maldiciones, de piratas fantasmas y de ingleses tan malos como tontainas. Los nuevos héroes (Henry Turner y Carina Smyth) son un calco de los antiguos y por ahí sigue Barbossa en el rol de ahora soy malo, ahora soy bueno. Al menos, hay que reconocer que, puestos a copiar, han copiado a la que hasta ahora sigue siendo la mejor película de la saga, la primera, y aunque se echa en falta la buena mano de Gore Verbinski, no es que el nuevo dúo de directores lo hagan del todo mal (me sobra alguna cámara lenta, pero eso ya es una cuestión personal mía). Cierto es que han prescindido de la complejidad que el realizador de Tennessee dio a su trilogía, haciendo que todo aquí esté bien mascadito no sea que alguien se pierda en la complejidad (guiño, guiño) de la trama, aunque hay que valorar que se apueste de nuevo por la frescura y la diversión, reduciendo un poco los excesos gesticulares de Johnny Deep y recurriendo a la aventura pura y dura.
Como en toda saga que se precie, Piratas del Caribe también ha apostado por el truco de las relaciones paterno filiares para poner el puntito sensible de la trama. Así, los nuevos héroes son el hijo de Will Turner (interpretado por un Brenton Thwaites que no solo se parece físicamente a Orlando Bloom, sino que es igual de soso que él) y una huérfana que nunca ha conocido a sus padres (Kaya Scodelario es probablemente lo mejor de la película, siendo ya experta en esto de los blockbusters por su protagonismo en El corredor del laberinto), con lo que se entra en el mismo juego de Star Wars, Los Guardianes de la Galaxia y tantas otras. Esto sirve tanto para abrir el nuevo camino a seguir como para cerrar tramas abiertas en capítulos anteriores y despedir como se merece a algunos personajes que no daban ya mucho más de sí.
Con estos elementos, Rønning y Sandberg hacen una película entretenida, algo alargada (pese a ser la más corta de la saga le sigue sobrando metraje) y que recupera el espíritu heredado de aquellos films tan entrañables de Errol Flynn o Burt Lancaster, aunque pasado por el visor de lo fantasmagórico. Con sus defectos, que los tiene y muchos, la película funciona bastante bien y da esperanzas de cara al futuro, con el retorno de Davy Jones a la vuelta de la esquina. Tenemos a un Sparrow algo más comedido y digerible, aunque, por el contrario (y quizá esto sea lo peor de la película) el villano inventado para la ocasión, ese fantasmagórico Salazar, flirtea demasiado con el ridículo, demostrando que Javier Bardem se está encasillado en eso de los malos esperpénticos como el Anton Chigurh de No es país para viejos (ese al menos metía miedo) o el Silva de Skyfall.
Es esta una película que dará dinero y que, casi con toda seguridad, tendrá una continuación que se esperará con más ganas tras el cambio de rumbo ofrecido. En breve tendremos la sexta entrega, lo cual parece una locura si recordamos que todo empezó con la absurda idea de adaptar a la pantalla grande una atracción del parque de Disneyland.
Muerta la originalidad, quedémonos al menos con la división.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 28 de mayo de 2017

EL CASO SLOANE, ganar a cualquier precio

El caso Sloane es una interesantísima historia dirigida por John Madden y cuyo guion es de Jonathan Parera, un chaval que entró a trabajar en un lobby tras terminar su carrera de derecho y que quedó tan asqueado con lo que allí se encontró que decidió dejarlo todo, trasladarse a China enseñar inglés y dedicó su tiempo libre a escribir esta película cuyo libreto enamoró al instante en Hollywood.
Elizabeth Sloane es una brillante abogada entregada por completo a su trabajo hasta el punto que el tener una vida privada, con novios o momentos de desconexión es un lujo que no se puede permitir. Trabaja para un lobby donde le encargan potenciar el uso de armas en mujeres para así aumentar las ventas, pero sorprendentemente recibe una oferta para pasarse al bando contrario y usar todas sus habilidades para tratar de derrocar una futura ley que amplíe el derecho a llevar armas, granjeándose por su carácter y su forma de actuar enemigos en uno y otro bando.
El caso Sloane parece una película confeccionada a medida de su protagonista, una excelente Jessica Chastain que prácticamente copa todas las escenas, pero ello no significa que no haya buenos momentos de lucimiento para su interesante reparto, entre quienes destacan Mark Strong, Gugu Mbatha- Raw, John Lihgow o Jack Lacy entre otros.
La película tiene muy presente el debate sobre la posesión de armas y me mueve en torno a ello constantemente, pero no pretende ser una película aleccionadora ni polemizar al respecto. En el fondo, no se trata más que de un thriller judicial (en una escena se ve a Sloane leyendo una novela de John Grisham, notable declaración de intenciones) y que sus autores sean plenamente conscientes de ello es una gran ventaja.
Sin tintes de moralina barata, la película sí reflexiona sobre la soledad y la total falta de empatía de la protagonista, reflejando en ella un síntoma de nuestra sociedad donde el fin justifica los medios. 
Es este el único apunte sobre el que realmente invita a meditar El caso Sloane: ¿cuales son los límites que se pueden/deben cruzar para conseguir los resultados requeridos?
Con giros inesperados, traiciones y sorpresas varias, El caso Sloane consigue mantener en todo momento el interés del espectador, logrando atraparlo desde el inicio y consiguiendo que, si bien no es posible llegar a empatizar con esa abogada de gélido corazón, sí al menos apreciar (y admirar) su trabajo gracias, sobre todo, a una sobresaliente Chastain.
El caso Sloane es una película emocionante, intensa e inteligente que la convierten en una de las mejores opciones de la cartelera actual.
Todo un descubrimiento.

Valoración: Ocho sobre diez.

DÉJAME SALIR, un Shyamalan racial de segunda

Jordan Peele es un actor de comedia que debuta como director y guionista en Déjame salir (traducción muy simplona de Get out, que evoca inevitablemente a aquella brillante película –remake incluido- de vampiros llamada Déjame entrar), un film a medio camino entre el clásico Adivina quién viene esta noche con las comedias sobre las relaciones yerno-suegro al estilo Los padres de ella, pero con una vuelta de tuerca oscura. No es exactamente una película de terror, aunque se burle del género en un arranque inquietante y manipulador, sino más bien una propuesta de misterio con giros desconcertantes muy al estilo Shyamalan, así que quien busque aquí sustos aterradores y sangre saldrá tan decepcionado como aquellos que no supieron entender la sugerente y genial La bruja.
Es Déjame salir, en el fondo, una película muy pequeña, de esas que si no tuviese el nombre de James Blum detrás difícilmente habría tenido la distribución con la que se ha encontrado, estando más relegada a festivales (su arranque es muy Sitges) y plataformas digitales. Pero ya se sabe que el amigo Blum convierte en oro todo lo que toca y esta no es una excepción.
Posiblemente sea esa un arma que juega en contra de la película, pues llega precedida de tales alabanzas que puede llegar a provocar un hype desproporcionado y que, definitivamente, no es para tanto.
Y es que tras un arranque prometedor, la cosa se va desinflando peligrosamente.
Déjame salir cuenta la historia de Chris y Rose, una pareja interracial de enamorados que deciden ir de visita a casa de los padres de ella. Y un chico negro en una comunidad tan blanca no promete nada bueno.
Con toques que recuerdan también al desconcierto de títulos como El pueblo de los malditos o Las mujeres perfectas, Chris se va a encontrar rodeado por un ambiente social que, bajo su capa de educada amabilidad, revelan un innegable juicio hacia su color de piel.
Déjame salir presenta, pues, a un chico negro atrapado en una sociedad amenazante de la que no va a poder escapar, pese a no tener tampoco muy clara cuál es la amenaza. Una metáfora sobre el racismo que sigue existiendo en los Estados Unidos (y en el resto del mundo) y que dan a la película un toque de terror más realista y reflexivo de lo que cabe esperar de este tipo de films.
El problema radica en que una vez se revela el primer gran giro de la trama (demasiado pronto, por cierto), la película pierde fuerza, volviéndose algo aburrida en su tramo central (toda la secuencia que se evoca en el poster me parece demasiado alargada) y muy previsible en su resolución. Déjame salir es, en sus últimas consecuencias, una película tramposa, que en su intento por engañar al espectador termina traicionándose a sí misma, dejando el tema del racismo de lado y renegando de todo aquello que la había brillante en su arranque, sin que el excelente trabajo de Bradley Whitford y Catherine Keener sirvan para creernos lo que nos quieren colar.
Al final, Peele compone un buen film de suspense con algún susto efectivo y personajes inquietantes pero que no termina de ir hacía ningún lado y que solo funciona cuando las expectativas son bajas, resultando algo mediocre en perspectiva a todo lo que se está diciendo de ella y con unos toques de humor (al final la cabra tira al monte) que no funcionan nada bien.
Aceptable a la par que decepcionante.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 13 de mayo de 2017

ALIEN COVENANT, vuelve el mito

Cuando en 2012 Ridley Scott regresó a la saga que él mismo inició con una de sus películas más aplaudidas, ese aterrador Alien, el octavo pasajero, muchos se llevaron las manos a la cabeza. Con el guionista Damon Lindelof como principal cabeza de turco, no gusto demasiado esa revisión del mito donde el bueno de Scott parecía más interesado en los tintes filosóficos e incluso religiosos de la historia que en el terror puro y duro que contenía la mítica obra de 1979. Yo, sin embargo, sí aplaudí ese cambio de rumbo de esa precuela/reboot de una saga que tras una tercera y cuarta parte algo irregular y ese desastroso derivado llamado Alien versus Predator, parecía condenada al olvido.
A los más críticos de Prometheus les aviso desde ya que este Alien Covenant es, como no podría ser de otra manera, una secuela directa de aquella, y que una no tiene sentido sin la otra.
Sin embargo Scott, perro viejo ya, ha aprendido la lección y se ha acercado más a sus propios orígenes, a ese ser primigenio que es maldad pura sin más instinto que el de atacar salvajemente. Pero lo ha hecho sin renunciar al camino iniciado en Prometheus. Eso sí, si aquella pretendía ser un estudio sobre el origen del Universo y la vida, ésta más bien va sobre extinción y muerte, dejando de lado las preguntas sin responder sobre los Ingenieros (que posiblemente nunca lleguen a ser desveladas) y dando paso a un nuevo concepto de creador de vida tan aterrador, si no más, que esos propios seres. Es por ello que el (doble) personaje de Michael Fassbender tiene aquí una importancia mucho más crucial aún que en Prometheus.
La historia arranca de manera muy similar a aquel lejano Alien, con una nave que a mitad de camino hacia un lejano destino (en esta ocasión son colonos en busca de un nuevo hogar, algo muy parecido a la idea base de Passengers), reciben una transmisión de un planeta desconocido muy cercano y deciden ir a investigar, con la esperanza de que ese lugar, de condiciones tan similares a la propia Tierra, pudiera ser también una buena opción donde establecerse. Ese planeta, obviamente, es el mismo al que se dirigían los supervivientes de la Prometheus al final de aquella película, y de nuevo el juego de la caza y el ratón con xenomorfos va a dar comienzo.
Alien Covenant es, posiblemente, la película más oscura y sangrienta de la saga, sin concesiones al humor y donde de nuevo las persecuciones por pasillos metálicos y claustrofóbicos son signo de identidad. Estamos en territorio conocido, pero a la vez Scott logra distanciarse lo suficiente, gracias a los espacios abiertos del nuevo planeta y a la imaginería relacionada con los Ingenieros, como para sentir que estamos ante algo nuevo. En 1986, James Cameron reconvirtió la película de terror original en un ejemplo perfecto de acción adrenalítica, pero ni David Fincher ni Jean-Pierre Jeunet lograron que sus aportaciones pasaran de ser simples variaciones de la misma historia. En Alien Covenant, Scott consigue ampliar las fronteras y propone una película aterradora que no suena a fotocopia por más que se retroalimente de todo lo visto anteriormente (posteriormente según la cronología de la saga) y da, ahora sí, muchas respuestas sobre la propia concepción de los aliens.
Michael Fassbender es el amo del cotarro, por lo que no ha querido buscar Scott un reparto repleto de estrellas, como eran las Charlize Theron y Noomi Rapace, a no ser que contemos a unos prácticamente anecdóticos James Franco y Guy Pearce. Katherine Waterson, Billy Crudup, Danny McBride, Demián Bichir, Carmen Ejogo, Jussie Smollett o Callie Hernandez son algunas de las caras nuevas (muchos simple carnaza) para esta nueva epopeya en la que la Waterson logra componer a una protagonista femenina (rasgo de identidad de la saga) capaz de distanciarse de Sigmouney Weaver.
Alien covenant no hereda algunos de los defectos de Prometheus (sobre todo en lo relacionado con el poco desarrollado personaje de la Theron y su ridículo final) quizá por no pretender ser tan analítica y profunda, y es un divertimento (en el sentido más oscuro y cruel de la palabra) en toda regla. De tener que ponerle algún pero, este se encontraría en su propio tráiler, el cual fastidia algunas de las muchas sorpresas que el guion de John Logan y Dante Harper tiene reservadas, mientras que el (supuestamente sorprendente) giro final me lo vi venir a las primeras de cambio, con lo que el impacto emocional pretendido tras el final de la película no ha causado en mi la repercusión que si lo hizo (ahí me la colaron) Life, ese hijo bastardo de Alien de hace unos meses.
En conclusión, que Alien Covenant está a la altura de las mejores obras de la saga, cumple con todo lo que promete y augura un futuro interesante. Scott ya ha dicho que hay ideas para varias películas que irían situadas entre este Alien Covenant y Alien, el octavo pasajero. Si este va a ser el nivel reflejado, yo firmo ya.

Valoración: Ocho sobre diez.

LA EXCEPCIÓN A LA REGLA, bailando alrededor de Howard Hughes

Resulta extremadamente fácil para mí valorar positivamente una película como La excepción a la regla, ya que me confieso un enamorado del Hollywood dorado y de las películas que lo representan, incluyendo a la apaleada ¡Ave,Cesar! de los hermanos Coen. No obstante, siendo objetivos, hay que reconocerle a Warren Beatty su buen trabajo en su retorno tras las cámaras, una labor en la que si bien no ha sido tan glorioso como en su faceta de actor (pese a tener un Oscar) nunca ha llegado a decepcionar.
La excepción a la regla no es un biopic al uso, ni pretende hacer un análisis profundo ni exhaustivo de la figura de Howard Hughes como sí pretendiese Martin Scorsese en la fallida El Aviador (una vez más me decanto por alabarla en contra de la opinión general, aunque sí reconozco que se trata de una de las películas más flojas de su director). La excepción a la regla no va, en el fondo, sobre el excéntrico multimillonario, aunque su personalidad era tan arrolladora que su mera presencia debe inevitablemente hacerse con el timón de la historia, hasta el punto de que podría servir esta película como complemento de la de Scorsese para llegar a conocer más en profundidad al afamado productor e ingeniero.
En realidad, ni siquiera estamos ante una historia real, aunque bien podría serlo, ya que todo lo que se cuenta alrededor de ella sí lo es. Hughes tenía en nómina a una serie de actrices con la intención de tenerlas siempre “a mano” aunque pudiera ser que nunca las llegase a necesitar para un papel de cine. Las alojaba en una lujosa mansión de Hollywood y tenía a un equipo de chóferes a su completa disposición, con la consigna específica de que estaba completamente prohibido tratar de intimar con cualquiera de ellas. Así que es posible que los Frank y Marla de los que habla la película no existiesen realmente, pero también es más que probable que hubiese alguien muy parecido a Frank y Marla a las órdenes de Howard Hughes.
Beatty se basa pues en una ficticia historia de amistad y tensión sexual no resuelta para elaborar un retrato de una época y un personaje que, pese a permanecer mayoritariamente entre sombras, es la poderosa presencia que incide en todo lo que lo rodea.
La excepción a la regla es casi como un cuento, y como todo buen cuento presenta una cara quizá más amable y menos enfermiza de la figura de Hughes, siendo el clímax de la película (y también la escena con la que arranca) un momento crucial para determinar su cordura. En este sentido quizá Scorsese fuese menos indulgente con el magnate, y es por ello que Beatty se ha servido de la historia entre la aspirante a actriz y el chófer para mantener a Hughes como el titiritero que actúa desde la distancia y que sin ser protagonista directo de la trama es quien más incide en ella.
Para ello la película cuenta con un reparto muy bien seleccionado, donde destacan Alden Ehrenreich (que curiosamente ya protagonizó la mencionada ¡Ave, César! y Lili Collins, es decir, el nuevo Han Solo y una de las últimas Blancanieves. Cuenta además la película con un gran trabajo de un recuperado Matthew Broderick (después de un tiempo alejado de los grandes títulos lo hemos visto recientemente en un breve papel en Manchester frente al mar) y con participaciones en roles algo más secundarios de Martin Sheen, Annette Bening y Haley Bennett, aunque si nos ponemos a mirar con lupa podemos identificar (en algunos casos en apariciones increíblemente breves) a Ed Harris, Alec Baldwin, Paul Sorvino, Candice Bergen, Taissa Farmiga, Oliver Platt o Steve Coogan, entre otros. Además de al propio Warren Beatty, por supuesto, que sin importarle la diferencia de edad que tiene con el personaje real, encarna con eficacia al arrebatador pero maltrecho Hughes.
Filmada con elegancia y sencillez, La excepción a la regla es una bonita historia de amor, un retrato social y un canto a ese Hollywood al que nunca nos cansaremos de ver representado en las pantallas, No es, posiblemente, una película perfecta ni de grandes pretensiones, pero sí un producto sumamente agradable que se disfruta de principio a fin y, pese a superar las dos horas de metraje, deja incluso con ganas de más.

Valoración: Siete sobre diez.

LADY MACBETH, deliciosa rareza.

Basada en la obra de Nikolai Leskov, Lady Macbeth es una película especial, no apta para todos los públicos, no ya por su contenido sino por sus maneras. Con una puesta en escena pausada y un ritmo mínimo, sin que la música ni los diálogos cobren protagonismo en ningún momento y con escases de planos exteriores, William Oldroyd basa todo el poderío de la película en la interpretación de sus protagonistas (apostando ciegamente por su actriz principal, Florence Pugh) y en su uso de la cámara, donde los alardes quedan olvidados para abusar de planos fijos y primeros planos de la muchacha que contagien al espectador de sus sentimientos.
Katherine es una mujer obligada a casarse a la fuerza con un hombre que nunca la va a saber amar, quedando atrapada en una familia que la asfixia en silencio. La soledad, la apatía y la incomunicación hacen de Katherine una mujer desgraciada, necesitada de algo que quizá no pueda llegar a conocer nunca. Sin embargo, hay ocasiones en las que el paso de victima a verdugo no es demasiado complicado.
Con estos elementos, Oldroyd construye una película angustiante en su sencillez, que sin apenas contar nada contagia en el espectador la angustia y la claustrofobia interna de la protagonista y que consigue estremecer sin llegar a pretender nunca adoctrinar.
De hecho, una vez finalizado el visionado, cuesta decidir cuáles son los sentimientos que abordan a ese espectador que, convertido en cómplice, no es digno de juzgar los actos de la protagonista, incapaz quizás de decantarse entre odiarla, amarla o compadecerla.
Sin escenas especialmente truculentas o de violencia gratuita, la película logra incomodar y resulta por momentos salvaje y turbadora, aunque la parsimonia con la que se desarrolla la acción pueda llegar también a exacerbar.
Lady Macbeth es, pues, una historia que no deja a nadie indiferente, que remueve mente y alma, pero a la que le falta un punto para conseguir esa grandeza que su director sin duda está buscando, quedando a medio camino entre el desconcierto y el aplauso.

Valoración: Seis sobre diez.

PLAN DE FUGA, otra buena peli de atracos

Plan de fuga es otro thriller de atracos español, y ante su estreno uno no puede evitar preguntarse si no se está empezando a abusar ya un poquito del tema. Después de Al final del túnel, Cien años de perdón o incluso cosas más dispares como El mundo es nuestro, la nueva película de Iñaqui Dorronsolo invitaba a pensar que iba a ser otra más del montón, y si encima tenía entre sus protagonistas a Luis Tosar y Javier Gutiérrez, excelentes siempre pero quizá demasiado omnipresentes últimamente, pues peor todavía.
Sin embargo, una vez vista, se agradece el intento de apostar por algo diferente, en una historia de personajes donde el atraco termina siendo el mcguffin y lo importante es el mensaje de amistad y/o lealtad que deriva de la relación entre el protagonista y el personaje de Gutiérrez. Además, Tosar y Gutiérrez son meros comparsas (junto a la cada vez más destacable Alba Galocha) en una película que parece concebida para mayor lucimiento de Alain Hernández y que el actor catalán sabe recompensar con una magnífica interpretación.
Víctor es un delincuente especializado en atravesar tabiques de acero que es contactado por una banda organizada que pretenden dar un gran golpe sin saber que la policía los tiene vigilados. A partir de ahí, los giros son constantes, con algunas sorpresas más imprevisibles que otras, que funciona con bastante perfección pese a que la subtrama romántica no llegue a fluir con suficiente naturalidad.
Plan de fuga huye del prototipo de peli de atracos convencional, y de su mayor virtud se puede encontrar también su principal defecto. Tan preparados nos tienen con el atraco que se supone mueve la trama que este tarda demasiado en llegar, haciendo que por momentos la película parezca naufragar. Así, cuando al final llega, es demasiado tarde para reconducir la acción, precipitando el film hacia terrenos más tópicos y menos sorprendentes, por más que el desenlace final logre desconcertar y funcione bastante bien.
Aun con sus defectos, Plan de fuga aspira a cambiar un poco las convicciones del género y solo por ello y por el trabajo de Hernández la película, que en ningún momento llega a aburrir, ya merece la pena.
Plan de fuga no es, ni de lejos, la mejor película de atracos de la historia, pero quizá su problema es que, después de tantos años (décadas, más bien) pegando palos al cine español, ahora nos hemos vuelto muy exigentes. Y es que tampoco podemos pedir que todo sean Islas Mínimas, ¿no?

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 8 de mayo de 2017

Z, LA CIUDAD PERDIDA. Historia de una obsesión.

James Gray es un director muy personal que, tras destacar en títulos como La noche es nuestra, Two Lovers o El sueño de Ellis se embarca ahora en su proyecto más ambicioso, un retrato de casi dos horas y media de Percy Fawcett, un militar reconvertido en explorador que, tras embarcarse en una misión para cartografiar la frontera entre Brasil y Bolivia en 1906, epopeya que recogió en un libro David Grann y a partir del cual el propio Gray ha hecho la adaptación.
Z, la ciudad perdida, es una historia épica y de superación, pero, por encima de todo, es la historia de la obsesión de un hombre. Obsesión, primero, por lograr un ascenso en su carrera militar que le proporcione un status capaz de borrar la vergüenza generada por un padre alcohólico, siendo esta sustituida más adelante por el empeño de encontrar una civilización perdida en lo más profundo del Amazonas que él imaginaba como una especie de El Dorado y que termino por contagiar a su propio hijo.
Charlie Hunnam recrea con solvencia a este personaje, consiguiendo posiblemente su mejor interpretación hasta la fecha, y Tom Holland (al que su popularidad como nuevo Spiderman le permite destacar en el poster pese a que su personaje tarda casi una hora y media en aparecer) no le va a la zaga. Sin embargo, quienes merecen ser destacados en el rango interpretativo son un sorprendente Robert Pattinson, que ayudado por un aspecto barbudo y enfermizo logra definitivamente dejar atrás el estigma de Crepúsculo, y una eficiente Sienna Miller, capaz de alternar su doble papel de mujer sufridora y resignada con el de feminista independiente y casi adelantada a su época.
Z, la ciudad perdida, no es, en realidad, la historia de una expedición, sino que su argumento se alarga desde que Fawcett tomara ese primer contacto con la selva amazónica hasta su regreso en 1925, teniendo que luchar entremedias en la Gran Guerra europea. Esto permite conocer mejor la historia de Fawcett y empatizar con su obsesión y con el vínculo de amistad que hace con sus compañeros de aventuras, Henry Costin y Arthur Manley, así como sus conflictos con el también explorador James Murray. Sin embargo, impide que el ritmo narrativo avance con fluidez, dificultando la división entre los tres actos y haciendo que esta se convierta en una película río que puede llegar a agotar (que no aburrir) en algún momento.
Con todo, Gray cuanta con un as en la manga en forma del director de fotografía Darius Khondji, que consigue que visualmente la película sea perfecta, logrando incluso diferentes matices dependiendo de si la acción transcurre en la selva, en el frente o en Londres. Así, donde pueda flaquear la historia se impone la técnica y la suma de ambos conjuntos hacen de Z, la ciudad perdida, una película interesante y muy entretenida, tanto desde el punto de vista aventurero como en el apartado familiar, haciendo que incluso se le perdonen los recursos narrativos que maquillan, en algunos momentos, la historia real.

Valoración: siete sobre diez.

EL JUGADOR DE AJEDREZ, jugar en tiempos de guerra.

Viendo lo que me estaba encontrando en la cartelera de este fin de semana hasta ahora, ya me temía que la fiesta del cine de este año solo iba a servir para copar los cines con mediocridades que pueden ser más digeribles con la rebaja del precio a cambio de sacrificar otros títulos (mejores o peores, quizá eso nunca lo llegue a saber) que han desaparecido tras una única semana de exhibición sin haberlos podido ver (caso de Una historia de venganza o La excepción a la regla). Sin embargo, ha sido toda una sorpresa que un film español de una productora independiente (y ya sabéis que aquí todo lo que no lleve detrás el apoyo de Mediaset o Atresmedia debe ser considerado independiente) como es El jugador de ajedrez se haya convertido en un oasis en el desierto.
No es que la película de Luis Oliveros sea una maravilla, pero sí es una película muy agradable de ver que consigue con honestidad y elegancia reflejar una época como la postguerra española sin caer en los tópicos de siempre.
Inspirada levemente en la historia real de un ajedrecista soviético, Julio Castedo ha adaptado personalmente el guion de su novela homónima en la que cuenta la historia de Diego Padilla, campeón de ajedrez en 1934, apasionado por este deporte y entregado a su mujer, la francesa Marianne Latour, y su hija, y ajeno a polémicas políticas haciendo oídos sordos a los gritos revolucionarios de su mejor amigo, Javier Sánchez.
Tras la guerra, la situación en España es confusa y complicada y accede a las presiones de su mujer de irse a vivir a Francia, lejos del régimen franquista, sin sospechar que estaban escapando de la sartén para caer en las brasas. Tras la ocupación nazi Diego es detenido acusado de comunista y solo el ajedrez le ayuda a sobrevivir en su cautiverio en una prisión de las SS.
Sin arriesgar en exceso, ni en la puesta en escena ni en la ideología política, Olivares consigue componer una película muy correcta, con algún momento visual muy hermoso y donde los actores están inspirados y convincentes. Marc Clotet, pese a que su bagaje es principalmente televisivo, está convincente en su personaje, mientras que Melinda Matthews sale con buena nota de su primer trabajo protagonista. Es posible, además, que esa falta de crítica política ayude a digerir mejor esta historia que en el fondo de lo que va es de supervivencia y amor, más que de denuncia. Olivares no pierde mucho tiempo explicando una situación (la española y la francesa) que es de sobras conocida por todos y solo se permite dar alguna pincelada sutil pero efectiva con el uso del personaje de Alejo Saura o la discusión entre el matrimonio justo momentos antes de la detención. Para ello, el director se basa en algunos tópicos que se aceptan con buen grado, como ese coronel que tanto recuerda al Hans Landa de Malditos bastardos, pero no deja de resultar irónico que, si queremos buscar al verdadero villano del film, este no sea ni franquista ni nazi.
Completa la lista de aciertos una exquisita ambientación que con apenas cuatro detalles nos traslada con efectividad tanto al Madrid de los años treinta como al París de 1940. El vestuario, los peinados, los coches… todo está cuidado al mínimo detalle para componer una película que resulta apasionante y muy emotiva, aunque quizá algo demasiado complaciente.

Valoración. Siete sobre diez.

NUNCA DIGAS SU NOMBRE, típicos sustitos del montón

Nunca digas su nombre es el último intento del Hollywood más minimalista de conseguir una saga de terror a base de productos fotocopiados que cuesten cuatro duros o menos.
Dirigida por Stacy Title, directora que llevaba casi una década retirada del cine (y que así podría haber seguido), la película trata de crear un nuevo icono del terror, en este caso un ser llamado Bye bye man que regresa del más allá tras ser nombrado (que elocuente la traducción española de su título).
En realidad, la cosa arranca bien, con un prólogo ambientado en el pasado en el que mediante un plano secuencia vemos como un personaje tira desesperado del hilo de todos aquellos que conocen la existencia de Bye bye man y, como en una macabra versión del juego del teléfono, va matando a todos hasta llegar al último receptor. Por desgracia, a partir de ahí arranca la verdadera película y el resultado es tan previsible como decepcionante. La colección de sustos habitual, sin nada destacable que imprima un mínimo de carácter a la película, y con un reparto de chavales muy limitaditos. Ni siquiera la anecdótica presencia de Carrie-Anne Moss o Faye Dunavay sirve para animar el cotarro.
El bicho en cuestión, al que da vida Doug Jones (que parece rivalizar con Javier Bonet para ver quién es capaz de encarnar más representaciones diferentes del mal), no va a pasar a la historia del cine, como hicieran en los ochenta tipos como Freddy Kruger, Jason Voorhess, Michael Myers y compañía, pero tampoco va a conseguir ser un hito moderno como los terrores paranormales concebidos por la mente de James Wan. Se trata, más bien, de una peliculita del montón que se venderá engañosamente como un éxito (con lo poco que ha costado no es que sea algo muy difícil) pero que no difiere mucho a otras mediocridades como El otro lado de la puerta y está muy por debajo de cosillas como Nunca apagues la luz.
Puede valer para ir en esta fiesta del cine con la novia asustadiza y tener una excusa para achucharla, pero para poco más…

Valoración: cuatro sobre diez.

NOCHE DE VENGANZA, bochornosa y ridícula

Noche de Venganza, del director suizo Baran bo Odar, es un remake de la película francesa del mismo título escrita y dirigida por Frédéric Jardin en el 2011. No es nada novedoso que Hollywood se fije en éxitos de otras cinematografías para dar su propia versión, y también suele ser habitual que el producto resultante esté muy por debajo del original, pero en el caso que nos ocupa el resultado roza el ridículo.
Noche de venganza parece querer estar a medio camino entre las películas de justicieros al estilo Charles Bronson (con John Wick como mejor representante moderno) o las intrigas policíacas con corrupción de por medio que tan bien se le dan a Michael Mann. Sin embargo, lo finalmente conseguido por Baran do Odar roza más el vodevil más esperpéntico que podría haber sido una estupenda comedia de enredos pero que, por querer tomarse completamente en serio a sí misma, resulta insultantemente estúpida e irrisoria.
Vincent es un policía corrupto que, junto a su compañero Sean roban veinticinco kilos de droga al tipo equivocado. Cuando este se entera secuestra al hijo de Vincent, exigiendo que este le devuelva la mercancía robada en el hotel de Las Vegas que regenta, cosa que se complicará cuando Bryant, la agente de Asuntos Internos que le va tras la pista, se cruce por su camino. Un argumento muy manido pero que, con un buen trabajo, podría haber cosechado interesantes frutos. Pero por alguna razón que se escapa a mi comprensión el guionista se empeña en que toda la acción quede concentrada en el interior del susodicho hotel, teniendo así a un montón de actores que aparecen por escena sin ton ni son, deambulando por diversas estancias del local sin decidirse nunca a huir de él y actuando siempre de la manera más absurda y disparatada posible. La película pretende ir sobre policías corruptos y mafiosos muy malvados, pero a la hora de la verdad lo único que nos muestran es a policías a cuál más incompetente y a unos villanos torpes y patosos que invitan todo el rato a echarse unas buenas carcajadas en este thriller que termina derivando en una alocada comedia involuntaria.
Lo curioso del caso es que para ello se ha recurrido a un buen elenco de actores, la mayoría de los cuales debería tener una conversación muy seria con sus respectivos agentes. Jamie Foxx, Michelle Monaghan, Scoot McNairy, Dermot Mulroney, David Harbour o T.I. emborronan sus currículos con esta patochada que tiene un desarrollo tan plano como la anterior El Círculo pero que ofende todavía más al espectador por las decisiones que toma en cada momento director y guionista, a cuál peor, hasta llegar a un momento de no retorno donde ya nada tiene sentido y todo el sentimiento dramático que se quisiera transmitir es definitivamente aniquilado.
Noche de venganza es un subproducto de esos que si no llega a ser por la inminente Fiesta del Cine seguramente habría acabado yendo a parar directamente al DVD y que no tiene más sentido que por burlarse ante la constante suspensión de la credulidad a la que obligan en todo momento. Pasar por taquilla para verla es tirar el dinero.

Valoración: tres sobre diez.

domingo, 7 de mayo de 2017

EL CÍRCULO, un Black Mirrow alargado y descafeinado.

El Círculo, la nueva película de James Ponsoldt, contaba a priori con unos cuantos detalles interesantes. Para empezar, la adaptación de la novela de Dave Eggers que nos alerta sobre los peligros de la tecnología y la falta de privacidad. Por otro lado, Ponsoldt ha logrado reunir un interesante casting donde destaca de forma casi omnipresente Emma Watson pero que va bien arropada por Tom Hanks, Karen Gillian, John Boyega o Patton Oswalt. Y por último, por tener la oportunidad de despedirnos del actor Bill Paxton, que realiza aquí su último trabajo cinematográfico antes de su fallecimiento.
Sin embargo, ninguno de estos elementos es suficientes como para justificar la visualización de El Círculo. Quizá demasiado lastrada por la existencia de una serie tan interesante como Black Mirrow, nada de lo que nos explica Ponsoldt parece novedoso, siendo su puesta en escena, además, apática y previsible. Todo parece estar diseñado para molar mucho, con esas imágenes virtuales, esos planos circulares y la envolvente música de Danny Elfman, pero a la hora de la verdad todo resulta ser estéril e insulso.
Mae es una ambiciosa y capacitada chica que logra entrar a trabajar en una puntera compañía tecnológica que, siempre con la bandera del buen samaritano, aspira a convertirse en un Gran hermano mundial, el ojo que todo lo ve y todo lo controla. Información es poder, y en estos tiempos más que nunca.
Pese a una desconfianza inicial, Mae pronto se dejará seducir por los cantos de sirena de El Círculo, terminando por ser ella misma la más convencida, como si de una secta absorbe cerebros se tratase, por más que las pistas de que algo no es trigo limpio se nos muestren enseguida. Sin embargo, si se supone que esto debe funcionar como thriller de intriga, la cosa no va a buen puerto.
Al final, la película termina pecando de ingenua, sin saber arriesgar cuando más lo necesita y conformándose con ser un cuento muy simplista donde las cosas suceden porque sí y los personajes no tienen oportunidad de ser desarrollados, desaprovechando con ello a los actores que los interpretan. Así, Boyega se limita a dejarse ver en un par de ocasiones muy forzadas, Hanks solo aporta algo de carisma en su primera aparición, sumándose luego en la desidia general y Watson no posee aún las tablas suficientes como para levantar por sí misma un proyecto condenado al fracaso, aunque en Coloniaestaba más cerca de conseguirlo. Quizá el ejemplo más fragante sea que Karen Gilliam tiene oportunidad de demostrar su talento interpretativo mucho mejor en Los guardianes de la Galaxia, Vol. 2, pese a los kilos de maquillaje y las prótesis que lleva, que aquí.
El Círculo no es abominable. Simplemente es insustancial. Se puede ver y entretiene medianamente durante su visionado, pero ni consigue emocionar (aunque lo pretende) ni el (previsible) giro final logra convencer lo más mínimo.
Puede que las nuevas tecnologías y el poder que ejercen sobre nosotros sea algo aterrador, pero si la forma de denunciarlo es con películas como estas, vamos mal encaminados.
Sirve para pasar la tarde, pero poco más.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 30 de abril de 2017

Reflexiones catódicas: EL MCU TELEVISIVO (Y OTRAS MUTACIONES)

No es ninguna novedad decir que, desde hace ya unos cuantos años, los superhéroes están de moda. ¿Moda? Muchos agoreros aseguraban que era una burbuja a punto de estallar, pero parece demostrado que han venido para quedarse y son ya casi un género cinematográfico por sí mismos. Y no solo cinematográfico, la verdad.
Si miramos el mundo televisivo los personajes de capas y mallas nacidos en los comics siempre han estado pululando por ahí, desde los lejanos (y algo añejos) Spider-man de Nicholas Hammond o La Masa de Lou Ferrigno / Bill Bixby hasta las versiones de Superman más contemporáneas como Lois y Clark o Smallville.
Tiempo habrá para echar una vista nostálgica al pasado y recordar esos tiempos primigenios de efectos visuales casposos y guiones de telenovela. Lo que quiero ahora es fijarme más en el presente y en cómo la rivalidad Marvel/DC es igual de feroz en la pequeña pantalla. Para ello, y como las producciones son casi infinitas, he dividido este artículo en dos partes, una dedicada a cada editorial. Así que empezaré por La casa de las ideas, donde la línea cronológica es más fácil de seguir.
Y digo que es más fácil porque la mayoría de las producciones que comentaré pertenecen a la propia Marvel Studios (aunque repartida entre varias cadenas, como ABC, Netflix, etc.), por lo que pertenecen al Universo Cinematográfico (MCU) donde, de momento, siguen estando los grandes. Qué algún día héroes cinematográficos y televisivos se lleguen a encontrar es todavía un sueño para los fans, pero quién sabe lo que La guerra del Infinito nos puede deparar…
La primera en llegar fue Agentes de SHIELD, que heredaba de Los Vengadores la figura del Agente Coulson y que en su primera temporada incluía algún cameo de Samuel L. Jackson o Cobie Smulders. La serie arrancaba algo irregular, pero a mediados de su primera temporada empezó a enderezar el rumbo gracias, sobre todo, a su interrelación con las películas. Ahora, tras cuatro temporadas, ha servido para introducir en el MCU a los Inhumanos, profundizar sobre los kree y, en su etapa más actual, recuperar al Motorista Fantasma. La serie nunca llega a alcanzar grandes cuotas de calidad, pero es entretenida y se deja ver con agrado.
La siguiente propuesta Marvel, muy a rebufo de esta, fue Agente Carter, una especie de spin off de El Capitán América y precuela de Agentes de SHIELD donde se explicaban los orígenes de la agencia de espionaje, recuperando a los actores Hayley Atwell y Dominic Cooper. Tras dos temporadas, la serie fue cancelada por su baja audiencia, aunque su calidad era notable y sigue habiendo muchas peticiones para que alguna cadena como Netflix se encargue de recuperarla.
Es precisamente en Nertflix donde recaen el resto de producciones Marvel, algo alejadas del tono desenfadado de las dos mencionadas. Se trata de un ambicioso proyecto muy paralelo a lo que se hizo en cine con Los Vengadores. Es decir, presentar a diversos héroes en sus propias series para luego juntarlos todos en un gran evento final. Por ahora, hemos podido disfrutar de dos magníficas temporadas de Daredevil, a las que ha seguido Jessica Jones, Luke Cage y, la más reciente, Iron Fist. Antes de terminar el año estos cuatro héroes se juntarán para formar Los Defensores, y ya está en lista de espera la serie de Punisher, cuya presentación se dio en la segunda temporada de Daredevil (donde también se encontraba Elektra). Aunque hay que reconocer que la calidad de las series ha ido de más a menos (y es que lo de Daredevil era casi insuperable), lo cierto es que hay muchas ganas de ver a esos Defensores, que cuentan con Sigmouney Weaver como fichaje estrella para el papel de villana.  
Ya están confirmadas, por cierto, la tercera temporada de Dardevil y las segundas de Jessica Jones y Luke Cage, aunque viendo los resultados de esta última y de la de Iron Fist yo habría aportado por unirlos a ambos y hacer una de Héroes de alquiler. Quizá en un futuro cercano…
Esto es lo que hay por ahora en el apartado televisivo del MCU, aunque en breve llegarán nuevas propuestas que, ¿cómo no?, irán interconectadas de una u otra manera con el resto. Se trata de Capa y Puñal (con supuesto tono de comedia juvenil), Runaways (grupo de superhéroes adolescentes hijos de grandes villanos), New Warriors (esta en clave de comedia) y, la gran apuesta, Los Inhumanos, que pese a haber sido descartada como película tendrá un lujoso capitulo doble inicial que se verá en cines IMAX.
Todo esto referente a Marvel Studios, porque hay que recordar que todavía hoy hay algunas licencias por ahí repartidas. Con Spider-man (Sony) a caballo entre las dos compañías y con Los 4 Fantásticos en el limbo, Fox continúa reteniendo los derechos sobre los mutantes y ya han dado también el salto a la televisión. La primera apuesta ha sido la hipnótica y extraña Legión, de reciente estreno y muy difícil de clasificar (ya renovada para una segunda temporada), y no tardará en llegar otra serie sin nombre confirmado basada en el universo X-men.

Este es, si no me he olvidado de nada, el panorama televisivo que adapta los comics Marvel. El mes que viene, DC. Ahí sí que hay tela que cortar…

LOS GUARDIANES DE LA GALAXIA, VOL. 2: Siguen molando...

Cuando en 2014 Marvel dio luz vede a Los Guardianes de la Galaxia todos en la compañía eran conscientes del gran riesgo que estaban corriendo al apostar por una película tan diferente de lo que hasta ese momento había ofrecido el MCU y adaptando además unos personajes tan poco reconocibles no solo para el aficionado de a pie sino incluso para el fandom más marvelita.
Sin embargo, pese a contar con un director casi de serie B y un reparto poco estelar (los dos actores más taquilleros se limitaban a poner voz a sus personajes), el film fue un gran éxito y logró expandir aún  más el universo Marvel en el cine.
Sin contar con el factor sorpresa a su favor, la esperada secuela de esa ya mítica película, que repite director y casting, podría tenerlo muy difícil para contentar a los fans. El hype generado era incontrolable y la proximidad de La guerra del Infinito hacía prever que esta película iba a ser clave para el futuro de la saga fílmica. Sin embargo, James Gunn ha demostrado que no se deja amedrantar ante nada y ha apostado por arriesgar de nuevo concibiendo una historia más alejada si cabe del resto del Universo Marvel. Si en la primera película había una presencia importante de Las Gemas del Infinito o de la amenaza latente de Thanos, en Los Guardianes de la Galáxia Vol. 2 no hay más que unas menciones casuales. Se trata esta vez de ver como los Guardines se labran su propio camino, alejados (por el momento) del resto de héroes cuya existencia ni siquiera conocen. Esta es, por tanto, una especie de película de transición, una excusa para conocer la maduración del grupo, en espera del gran acontecimiento final. Lo cual no implica, por otro lado, que sea una grandísima película.
Efectivamente, Gunn consiguió que Los Guardianes de la Galaxia fuese una magnífica carta de presentación para este improbable grupo de compañeros más que amigos para ahora, ya enamorados todos de los personajes, empezar a indagar en ellos. Así, tal y como suceda en la saga de Fast&Furious, la unión del equipo debe ser la clave para vencer a las adversidades, convirtiendo esa camaradería inicial en algo muy parecido a una familia. Pero para ello, tal y como mandan los cánones, primero deben ser separados, fragmentados para debilitarlos y poder apreciar así sus puntos flacos y temores.
Con semejante planteamiento, se puede adivinar que Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película más intimista y de corte personal que su predecesora. Y aunque así es, que nadie se lleve a engaño. No se ha perdido el sentido del humor. Al contrario, este se ha potenciado más aún, llegando a límites insospechados (magnífica la escena inicial en la que una gran batalla se ve apenas de pasada mientras la cámara se centra en un bebé Groot bailando) pero totalmente autoconscientes, que en manos de un director más torpe podrían haber caído el ridículo pero que aquí lo esquivan consiguiendo que todo sea una gran fiesta.
La gran baza de la película, por tanto, es la milimétrica precisión con la que Gunn sabe conjugar tres elementos de difícil encaje: el cachondeo, la sensibilidad y la épica.
Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película delirante tremendamente divertida, con un uso de la luz y el color casi alucinógeno, pero a la vez contiene escenas muy emocionantes y acción espectacular y, en algún momento, incluso invita a la lagrimita.
Aunque sin duda el bebé Groot será quien arrase en las jugueterías este verano, todo el reparto vuelve a estar a gran nivel, teniendo más  momentos de lucimiento debido a ese tono introspectivo que comentaba antes, y reforzando las relaciones entre ellos. Así, Gunn consigue recuperar personajes de la película anterior que de otra manera podrían haber chirriado y tiene tiempo de incluir incluso a algunos nuevos, como Mantis o Stakar Ogord.
Como acostumbra a suceder en las películas Marvel, si en algo flaquea la película es en la sensación de que se enfrenten a una verdadera amenaza, pero eso es un peaje que se paga con gusto cuando lo importante aquí es la diversión por encima de todo.
Por ello, Gunn plantea dos conflictos que a la postre importan más que el propio destino del universo (resueltos de manera dispar) como son las relaciones paternofiliares y fraternales sobre las que se asienta la parte sentimental del film, aunque haya tiempo también para indagar sobre el amor, la lealtad o la soledad.
He oído alguna queja por ahí sobre la falta de “magia” de esta secuela con respecto a la original, y aun sin compartirla del todo puedo llegar a entenderla. Tal y como sucediera con Los Vengadores y Los Vengadores: la era de Ultron, cuando la película original es casi insuperable las comparaciones resultan siempre odiosas, y ambas franquicias tienen unas características que impiden que sus secuelas busquen un rumbo nuevo a la vez que tampoco pueden limitarse a repetir los esquemas. Por eso agradezco que Gunn haya arriesgado, distanciándose del resto del MCU (qué fácil habría sido meter por aquí a Iron man, que al fin y al cabo en el comic estuvo un tiempo compartiendo aventuras con los Guardianes) y buscando una conexión casi literal con el papel (no imaginé que tendría la osadía de ofrecer una imagen del auténtico Ego), regalando al fan algún que otro cameo que puede quedar como un simple chiste o abrir las puertas a lo que nos espera en una futura película.
Lo que sí que no ha cambiado son las referencias ochenteras (David Hasselford incluido), la impresionante banda sonora (que en esta ocasión funciona como perfecto acompañamiento al guion), el derroche de imaginería y las interpretaciones cargadas de carisma, con la incorporación de un Kurt Russell que, aparte de demostrar que en eso de la rejuveneción facial Marvel está un peldaño por encima de sus competidoras (y se está convirtiendo, después del Michael Douglas de Ant man y el Robert Downey Jr. de Civil War, en una marca de la casa), se permite un homenaje a su amigo John Carpenter con un arranque que recuerda, y mucho, a Starman.
En definitiva, un gran espectáculo que invita a disfrutar y nada más que disfrutar. Ya lo dicen en la propia película: “Hay dos tipos de personas: los que bailan y os que no”. Pero sea del tipo que sea cada uno, esta película le va a gustar.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 29 de abril de 2017

JOHN WICK. PACTO DE SANGRE. Contundente y efectiva.

Hace apenas tres años cayó en manos de Keanu Reeves un proyecto llamado John Wick (Otro día para matar) que entusiasmó tanto al actor que lo convirtió en una apuesta personal. 
Actuando como productor se trajo a la silla de dirección a Chad Stahelski y David Leitch (aunque el segundo no estuvo acreditado por cuestiones sindicales), a los que conocía por su trabajo como especialistas en Matrix, y a un interesante reparto de secundarios. Al final, la productora no creyó en esta especie de variante de la saga de Venganza de Liam Neeson y la película tuvo una muy mala distribución, no llegando a estrenarse en muchos países incluido el nuestro. Eso no impidió, sin embargo, que cuadriplicase su presupuesto en taquilla y que, en tan poco tiempo, alcanzase el rango de film de culto, lo que hacía casi obligatoria una secuela que, esta vez sí, se estrena por todo lo alto.
Ahora con Chad Stahelski como director (Leitch está a punto de estrenar Atómica, con Charlize Theron), John Wick: Pacto de sangre es una digna secuela que ofrece justamente lo que promete: acción a raudales con grandes coreografías y espectaculares tiroteos.
Puede que el Wick de Reeves tenga un cierto aroma a justiciero ochentero más cercano al estilo Bronson o Norris más que al personaje que creara Luc Beson, pero todos los referentes que se quieran buscar están incluidos en esta espiral de locura y violencia (hay incluso un homenaje a La dama de Shanghái) a mayor lucimiento de las artes marciales de Reeves.
John Wick sigue siendo un hombre que huye de su pasado y que solo pide que lo dejen vivir en paz junto a su perro, pero cuando uno tiene las manos manchadas de sangre eso no suele ser tarea fácil. 
Todo el mundo (y ese todo cobra aquí un sentido casi literal) se puede llegar a convertir en el enemigo de un hombre que resulta imparable y mortal con cualquiera de las tres armas que mejor maneja: las pistolas, los coches o sus propios puños. 
Dotando al personaje de un aire de leyenda que permite que el tipo, con apenas dos películas, pueda estar ya en el imaginario popular codeándose con tipos como James Bond o Ethan Hunt, su estilo rudo y de pocas palabras recuerda también en algo al Jack Reacher de Tom Cruise, dejando que sean sus actos quienes hablen por él.
La película es conscientemente excesiva en todo momento, rindiendo tributo también al mundo del videojuego (este podría ser el Hitmanque ni Timothy Olyphant ni Rupert Friend supieron recrear), para lo cual es imprescindible destacar la labor de Stahelski. El director, más allá de limitarse a encuadrar bien, da toda una lección en cuanto a lo que es dirigir escenas de acción, jugando también con las luces y los colores para conseguir hermosas composiciones. 
Mucho se está elogiando la escena de las escaleras mecánicas, pero la muerte de Gianna D'Antonio es una maravilla visual, con la sangre cubriendo su desnudez hasta lograr la apariencia de un vestido mortuorio.
Con un buen puñado de secundarios (la reunión de Reeves y Laurence Fishburne obliga a una nostálgica sonrisa, echándose de menos la presencia de Carrie Ann Moss para acabar de rematarlo) y un guion tan simple como efectivo, John Wick: Pacto de sangre puede resultar abrumadora a determinado público que no sepa apreciar las coreografías salvajes y violentas de un estilo denominado Gun Fu que aquí se convierte casi en una danza mortal.
Nadie debería meterse con John Wick, pero como parece que hay quien no aprende, ya está en camino la tercera entrega. Keanu Reeves, denostado los últimos años, es el nuevo héroe del cine de acción. Y aún tiene mucho que decir.

Valoración: siete sobre diez.

martes, 25 de abril de 2017

AMAR, fallida radiografía de amor adolescente

Amar es la ópera prima del cortometrajista Esteban Crespo, una historia donde también debutan los dos actores protagonistas sobre el primer amor, ese amor adolescente que tanto duele y que tan arraigado queda en nuestros corazones.
Crespo pretende dotar a la película de una naturalidad tal que toma decisiones de cámara arriesgadas que no siempre le funcionan. Son sus dos protagonistas, con ese descaro que solo la juventud ofrece, quienes más consiguen impregnar de naturalidad al film, aunque en ocasiones (sobre todo en los diálogos del final) el tono de voz patina un poco, quizá debido a un exceso de complacencia del director.
Hay también por ahí un grupo de veteranos secundarios de cierto prestigio, pero no tienen suficientes minutos para lucir ni sus subtramas aportan demasiado a la historia, de manera que son infrautilizados, más allá del posible reclamo publicitario.
Más allá de esto, el gran lastre de Amar es su propia premisa. Y no porque sea un guion malo, ya que lo que explica es exactamente lo que el director quiere explicar, sino porque no interesa a nadie.
La definición de la delgada línea que separa el amor del dolor está muy bien definida, y es fácil identificarse en algún momento con los personajes. ¿quién no ha sufrido, gozado, amado u odiado en algún momento de su juventud como lo hacen los dos protagonistas? Sin embargo, el que las historias mostradas en pantalla se asemejen a nuestras propias experiencias no es sinónimo de que interesen a nadie. También si nos muestran a alguien comiéndose una manzana o yendo a la compra nos veríamos reflejados, y eso no significa que tenga que hacerse una película sobre ello.
Así, Amar termina siendo rutinaria y aburrida, como si el espectador se encontrase de bajón en medio de una discoteca y en lugar de bailar se dedica a observar a las parejas que hay a su alrededor. Es Amar un ejercicio de voyerismo apático y sin gracia, donde los pocos momentos en los que Crespo pretende romper la rutina (los momentos ascensor, las máscaras de gas) rozan el ridículo.
Desde aquí siempre he pretendido animar y apoyar a los nuevos talentos, y espero que Crespo tenga nuevas oportunidades en un futuro para demostrar de lo que es capaz, ya que en Amar demuestra, por lo menos, que tiene una personalidad propia y claridad de ideas, pero eso no quita para que la película me pareciera totalmente insustancial y descafeinada.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 23 de abril de 2017

MUNDO MUERTO EN SANT JORDI

Permitidme apartarme una vez más del tema del cine para volver a recordaros la publicación de mi primera novela, Mundo Muerto.
Hoy se celebra en Catalunya la diada de Sant Jordi, que coincide con la conmemoración, en el resto de España, del fallecimiento de Cervantes y, en el resto del mundo, con el de Shakespeare (estas fechas no son correctas, pero eso es tema para otra ocasión), lo que se traduce en el día Internacional del libro.
Esto significa que Catalunya se llenará de librerías abarrotadas y calles llenas de puestos de libros, compitiendo con la venta de rosas (la otra gran tradición catalana en este bonito día), por lo que me complace comunicaros que durante toda la mañana me podréis encontrar en la librería LibrUp, en la calle Roselló, 361 de Barcelona. Esta librería se dedica casi en exclusiva a autores nóveles y a la autoedición, así que si alguno no puede venir o se agotan los ejemplares antes de tiempo que nadie se preocupe, aquí podrán encontrar Mundo Muerto el resto del año.
Además, por la tarde estaré firmando ejemplares en la parada de la librería especializada Mon Mitic, que se instalará en el paseo de Fabra i Puig, más o menos delante del club natació Sant Andreu.
Además, hay otras librerías donde también podréis encontrar el libro, al menos durante estos días. Este es el listado completo:

LibrUp: C. Rosellón, 361 de Barcelona
Mon Mitic: Camil Fabra, 5 de Barcelona
Canales: Fabra i Puig, 1-3 de Barcelona
Nuria: Cami Ral, 8 de Tordera
Camí Ral: Camí Ral, 50 de Tordera
Punt i Seguit: Av. Catalunya, 21 de Maçanet de la Selva

A los que estas librerías les pille lejos, les recuerdo que también puede adquirirse por Amazon, tanto en formato físico como digital. Tenéis a vuestra disposición una página de Facebook dedicada al libro donde podéis ir encontrando noticias actualizadas así como un botón de compra.
Por último, además de compartir con vosotros un póster promocional, os pido a todos aquellos que hayan comprado el libro por Amazon que dejen un comentario en la página de compra. Con una puntuación de tres o más estrellas conseguiré más visibilidad y os estaré eternamente agradecido.
Y con esto termino con mi autopromoción, que ya me estoy poniendo pesadito. A partir de ahora, el cine volverá a dominar el blog. Y si no, John Wick se encargará de ello, no os preocupéis.
¡¡¡Feliz Sant Jordi (o día de la rosa, o día internacional del libro, o San Jorge, o día clave para la liga con el Madrid-Barça…) a todos!!!

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.