miércoles, 28 de junio de 2017

LA CASA DE LA ESPERANZA, una lista de Schindler de rebajas

Hay temáticas que, para bien o para mal, nunca dejarán de interesar al mundo del cine. Las historias reales no solo suelen funcionar, sino que en ocasiones son necesarias para recordar los errores del pasado y tratar de no volver a repetirlos.
Este podría ser el caso de todo lo relacionado con la II Guerra Mundial. Aquel fue, posiblemente, el peor conflicto bélico de la historia moderna y muchas heridas continúan aún sin cerrar. Fue una época de espantosos crímenes y matanzas injustificadas pero, también, de héroes. Héroes, generalmente, anónimos.
La casa de la esperanza cuenta la historia de uno de esos héroes, un matrimonio de Varsovia que transforman el zoo al que han entregado sus vidas antes de que la guerra lo ponga todo patas arriba en un escondite para los judíos a los que ponían liberar del gueto.
Se podría decir, en cierto modo, que Jan Zabinski y su esposa Antonina Zabinska (quien copa el centro de atención narrativo) son una suerte de Oskar Schindler en versión polaca.
Desde luego, debería resultar injusto comparar esta película de rango medio (que cuenta con la producción de su protagonista, Jessica Chastain) con la obra cumbre de Steven Spielberg, pero los parecidos argumentales son tales que resulta inevitable. Lamentablemente, la directora Niki Caro (cuyo trabajo más relevante hasta la fecha es En tierra de hombres, con Charlize Theron) no tiene el acierto estético del antaño Rey midas de Hollywood y su película se centra más en la historia que en el fondo. Esto deriva en una narración bien explicada, con las consecuentes elipsis (no es necesario volver a explicar que es La noche de los cristales rotos y cosas así), pero más cercana al telefilm que al cine de gran formato.
Aunque no hay nada en el guion que justifique la importancia de Antionina por encima de su marido (más allá de servir de seductora distracción al nazi odioso de turno, en este caso encarnado por Daniel Brühl), Jessica Chastain es el motor alrededor de quien todo gira. Y aunque la actriz está correcta (resulta difícil que esta mujer haga algún papel mal) no brilla lo suficiente como para levantar la película por sí sola, tal y como sí lo hacía en la coetánea El caso Sloane.
Además, aparte de dar a conocer la figura de este valiente matrimonio que arriesgó sus propias vidas por salvar a un sinfín de desconocidos, no hay ningún aporte histórico relevante, nada que no hayamos visto ya mil veces en pantalla. He comentado al principio que es importante recordar los errores del pasado (y pocos hay tan terribles como el dominio del fascismo nazi) para tratar de evitarlos, pero ver las mismas escenas una y mil veces tampoco es el mejor camino. Al final, la repetición provoca la insensibilidad, y eso de los judíos sacados a la fuerza de sus casas y oprimidos en un gueto perdiendo todas sus posesiones y hasta su propia identidad es algo que el cine nos ha mostrado ya tantas veces que se debe exigir algo más de brío y fuerza visual para no caer en la rutina y el contemplacionismo. Nada que ver, por poner otro ejemplo, las escenas de esta película con la que se mostraban en El Pianista de Polanski, otra obra maestra del género. Parecía que la excusa del zoo iba a servir como metáfora sobre la “humanidad” que demuestran los animales en contra de la crueldad despiadada de los verdaderos humanos, pero al final todo queda demasiado diluido.
A la postre, La casa de la esperanza es una película bienintencionada, quizá incluso algo edulcorada para lo que se debió vivir realmente, que sirve como recordatorio de una época y para dar a conocer a otros héroes que desde la clandestinidad ayudaron a salvar muchas vidas. Pero poco más. La puesta en escena es correcta pero sin alardes y muchos momentos del metraje rozan el aburrimiento, quizá porque las más de dos horas de película pueden ser excesivas para lo que se está explicando.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 26 de junio de 2017

WONDER WOMAN o como echar por tierra un trabajo bien hecho.

Se estrena con algo de retraso en nuestro país Wonder Woman, después de que nos haya llegado un aluvión de críticas maravillosas y que haya arrasado en taquilla. 
Decían de ella que era la mejor película del universo DC y eso estaba provocando un hype desproporcionado que empezaba a olerme a chamusquina. Cierto es que la heroína interpretada por Gal Gadot ya fue lo que más me gustó de Batman V. Superman: el amanecer de la justicia, pero tras los primeros trailers (de esta Wonder Woman y de La liga de la Justicia) me daba la impresión de que todo lo que tenían que decir sobre ella en Warner era repetir un par de posturitas y punto.
Una vez vista, lo mismo que nunca entendí las críticas atroces a las mediocres (pero no horribles) Batman V. Superman y Escuadrón Suicida, tampoco entiendo las alabanzas que ha recibido esta. Sí, es la mejor película del Universo CD, pero no es que el listón estuviera muy alto. Y sí es verdad que el trabajo de Patty Jenkins tras las cámaras es muy notable no todo son virtudes , ni mucho menos.
Si la analizamos como simple entretenimiento, la película funciona bastante bien, alejada de esas cargas de profundidad aparentemente trascendental de las películas de Nolan y Snyder. La trama tiene una ligereza que combina muy bien con puntos de humor y hay un colorido y una luz en su fotografía (sobre todo en la parte que acontece en Themyscira) que le sienta fenomenal. Ese extenso prólogo en Isla paraíso permite conectar muy bien con los personajes (por arquetípicas que sean las Amazonas que rodean a Diana) y la aparición de Steve Trevor ayuda a avanzar la historia sin que se aprecie ningún escollo en el cambio de ritmo, gracias en parte a la magnífica química que comparten Gal Gadot y Chris Pine.
En el segundo acto la película se vuelve algo más oscura, como corresponde al retrato realista que pretende dar de una guerra (La Primera Guerra Mundial) y una sociedad, permitiéndose algún detalle feminista que se agradece al mantener la identidad original del personaje, pero sin llegar a saturar. Es aquí donde se encuentran algunas de las mejores escenas de acción, demostrando que la elección de Jenkins ha sido un acierto (ya tuvo un brillante debut con Monster, aunque faltaba ver si un blockbuster como este le iba a venir grande). Hay enormes coreografías donde se desata todo el poder de Diana (algunas ligeramente confusas, pero igualmente disfrutables) y el uso de la cámara lenta le da cierta coherencia visual con el resto de películas del CDEU, sabiéndolas manejas mejor incluso que Zack Snyder, por más que esa fuese precisamente su marca de fábrica. Es de agradecer, además, que excepto un prólogo y un epílogo escasamente breve, toda la acción transcurra en la época de la Gran Guerra, signo de valentía, aunque no se puede evitar rememorar constantemente la película de El Capitán América: El primer Vengador, de la que tiene claras referencias. Además, excepto en esos mencionados minutos iniciales y finales en los que se nombra a Bruce Wayne, nada en la película parece indicar que pertenezca a ese universo compartido, lo que le permite tener hasta el momento su propia independencia e identidad.
¿Cuál es el problema de Wonder Woman, entonces? Pues precisamente que al final, pese a todo, se trata de una película de Warner/DC. Si esto tratara sobre una diosa griega tratando de comprender a los humanos y sus conflictos, la película sería maravillosa, pero la realidad es que esto de lo que va es de superhéroes. Y ese es el gran lastre de Wonder Woman. Si ya en esos dos bloques mencionados las breves apariciones de los villanos de turno (interpretados -es un decir- por Danny Huston y Elena Anaya) ya molestan, cuando se llega al acto final el despropósito es completo. Es en esa conclusión cuando todo el buen trabajo se tira por la borda con una batalla final que, de nuevo, resulta cargante, excesiva y ridícula. La resolución de los villanos es sumamente torpe y la escena más dramática (y supuestamente emotiva) del film resulta una copia descarada de cierta película (y comic) de la competencia (que no voy a nombrar por no rozar el spoiler, pero en cuanto al veáis sabréis a lo que me refiero).
Al final, Wonder Woman te deja con un sabor agridulce, como una oportunidad perdida para remontar el rumbo de DC. Que la mejor película de su saga sea la más parecida a un film Marvel, y que aun así no esté a la altura de la mayoría de ellos (porque no nos engañemos, comparar a Wonder Woman con, por ejemplo, Ant Man, sería hacer trampa), dice muy poco de este irregular CDEU.
Al menos, hay que reconocerle a Gal Gadot que, pese a las dudas iniciales, ha sabido hacerse con el personaje. A diferencia de su trabajo en Fast&Furious, aquí logra ser algo más que una cara bonita y refleja a la perfección esa mezcla entre ingenuidad, inocencia y poder absoluto que se le supone al personaje. También Pine está a muy buen nivel, aunque acostumbrado a películas de gran presupuesto tras encarnar por tres veces (hasta ahora) a James T. Kirk en Star Trek, tampoco es que sea ninguna sorpresa. Y no tengo queja de Robin Wright o Connie Nielsen, aunque sí me parece que David Thewlis está muy sobreactuado y Danny Huston y Elena Anaya (actores que generalmente me gustan mucho) simplemente ni están ni se les espera.
En fin, que sí, que esta Wonder Woman está a la altura de su personaje, que el traje mola y a Gal Gadot le sienta de maravilla, que las veces que se escuchan las notas de Junkie XL versionadas por Rupert Gregson-Williams emociona, y que a la postre uno se lo llega a pasar bien. No estupendamente bien, pero sí bien. Pero, al final, no es para tanto, estando incluso a punto de decepcionar ante tan magnas expectativas.
Pero ya se sabe lo que pasa con las pelis de Marvel y DC: parece que solo se pueden amar incondicionalmente u odiarlas a muerte. ¿Sera esto también cosa de Ares?

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 21 de junio de 2017

LAND OF MINE (BAJO LA ARENA), condenados por la derrota.

Con algo de retraso he podido ver al fin Land of mine (Bajo la arena), otra de las nominadas de este año al Oscar a mejor película extranjera y quizá la que más me ha gustado de las que he podido disfrutar, no ya porque sea mejor que la ganadora, El Viajante, sino porque el tema quizá me atrae más (de Toni Erdmann ya no me voy a molestar en hablar más).
Gracias al servicio de inteligencia británico los nazis nunca supieron donde pensaban realizar los aliados el desembarco que finalmente acontecería en Normandía y que supuso el primer gran paso para terminar con la II Guerra Mundial. Es por ello que el Reich decidió llenar toda la costa danesa de minas enterradas y, tras la finalización de la guerra, alguien debía retirarlas de allí.
Land of mine cuenta la historia de los soldados alemanes prisioneros que se vieron forzados a retirar esas minas poniendo en serio peligro sus propias vidas. Lo más terrible, sin embargo, es que en la mayoría de los casos se trataba de soldados recién incorporados a filas, niños que apenas sabían nada de la guerra que acababan de perder y a quienes los daneses trataban como al mismo demonio.
Más allá de contar una historia real (se calcula que habían más de dos millones de minas antipersonas a lo largo de todo el litoral), el director Martin Zandvliet ha querido plasmar una narración cargada de humanidad sobre como el odio puede marcar nuestros pasos, recordando que en una guerra no hay nunca buenos ni malos y que cualquiera que abuse de una situación de poder puede ser tan cruel como el peor de los dictadores.
Por eso, la película gira en torno a la figura del sargento Carl Rasmussen (magnifico Roland Møller), un déspota tirano al principio del film al que unos soldados enemigos logran hacerle replantearse todas sus ideas y esas férreas convicciones que la vida en el ejército otorgan.
Land of mine, con una preciosa fotografía y momentos de pausada angustia, es un canto a la amistad y a la redención, un recordatorio de que las guerras causan muchos vencidos y pocos vencedores y que la reconstrucción es siempre más dura que la destrucción.

Valoración: Siete sobre diez.

UNA POLICÍA EN APUROS, tontunada gala

Dany Boon es uno de los cómicos más populares de Francia que, desde que en 2008 triunfó con Bienvenidos al norte, ha ido alternando sus trabajos para otros directores (como en la reciente Manual de un tacaño de Fred Cavayé) con películas de su propia autoría, guion incluido.
Una policía en apuros es su última apuesta, una evidente réplica de las comedias de acción americanas con tintes feministas que bien hubiera podido protagonizar Sandra Bullock (tómese como muestra Miss Agente especial o Cuerpos especiales).
Johanna Pasquali es una policía que sueña con entrar en la RAID, un cuerpo de élite para la que no parece estar preparada, pese a su férrea fuerza de voluntad. Siendo como es hija de un influyente político, este moverá sus hilos para conseguir que la acepten en prácticas, estando bajo la tutela de Eugène Froissard, un agente de prestigio caído en desgracia desde su última ruptura sentimental, con el único propósito de que le hagan la vida tan dura y difícil que termine por cansarse y abandonar.
No explicaré como termina la cosa, pero no creo que nadie tenga ninguna duda de por dónde van a ir lo derroteros, ¿no?
Efectivamente, Una policía en apuros es insultantemente previsible, sin un solo giro argumental capaz de sorprender y con unas escenas de acción que le vienen ligeramente grandes a Boon. Sí funciona, al menos, la química entre los dos intérpretes y un buen puñado de gags simpáticos que ayudan a encariñarse con la protagonista.
Acostumbrados como estamos a que el cine de Hollywood se dedique a copiar ideas de producciones ajenas, resulta curioso ver de vez en cuando el efecto contrario, demostrándose igualmente que las copias no suelen estar a la altura de las ideas originales (y eso que las películas a las que rinde tributo tampoco es que sean para echar cohetes).
Una policía en apuros es una comedia del montón, sin nada que destaque especialmente en ella, innecesaria pero sin llegar a ofender. Un pasatiempo ligero para espectadores poco exigentes y fieles de Boon.

Valoración: Cinco sobre diez.

SEÑOR, DAME PACIENCIA, insustancial estampa veraniega.

En ningún momento ha tratado el director Álvaro Díaz Lorenzo de disimular la influencia de comedias familiares francesas como Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho? para la confección de Señor, dame paciencia, pero también se notan demasiado las sombras de las chanzas sobre tópicos regionales propios de Ocho apellidos vascos y su secuela o el conflicto intergeneracional entre padres y yernos que tan bien funcionaba en la reciente Es por tu bien.
Con toda esta amalgama de conceptos, Díaz Lorenzo ha construido una comedia muy blanca y bienintencionada, de esas de bonitos paisajes y bucólicas puestas de sol que recuerda, por momentos, a un anuncio veraniego de cerveza. Jordi Sánchez es un madridista de pura cepa, muy nacionalista y tradicional, que contempla con estupor el mayor temor de cualquier padre: que sus retoños se desmadren y abandonen el nido acompañados de los menos adecuados compañeros de viaje. Así, sus hijas Sandra y Alicia están enamoradas, respectivamente, de un catalán del Barça y de un perroflauta sin ambiciones ni futuro, mientras que el único hijo varón, Carlos, resulta ser gay y estar planificando su boda con un vasco de origen senegalés. Toda una estampa tan dispar como absurda.
María, la madre, es el pegamento de esta familia en frágil equilibrio, y tras su muerte todo podría romperse definitivamente si no fuese por su última voluntad de ser incinerada y que sus cenizas se arrojen en Sanlúcar de Barrameda en compañía de todos los integrantes del hogar familiar.
En su arranque, donde más abundan los tópicos y las gracietas culturales, sobre todo entre madrileños y catalanes (ya sea por el idioma, el futbol o la independencia), los chistes se amontonan de manera que pueden llegar a resultar hasta divertidos, pero tras la muerte del personaje de Rossy de Palma, la cosa empieza a ponerse seria y el humor se diluye entre la arena de la playa. Jordi Sánchez, un gran cómico (catalán, para más datos), se pasa más tiempo llorando que haciendo reír, y en su mirada cargada de lágrimas se refleja el espíritu de una película que merecía más gamberrismo y menos trascendencia.
Al final, Señor, dame paciencia no es más que una sucesión de caras bonitas, paisajes más bonitos aún y música resultona. No hay nada en la película de Álvaro Díaz Lorenzo que resulte ingenioso ni novedoso y, como en tantas otras comedias del montón, los mejores (y casi únicos) gags cabe encontrarlos en el mismo tráiler. Tampoco es que las interpretaciones ayuden demasiado, no sé si por falta de calidad o por falta de convicción, aunque el recurso de utilizar a David Guapo para un papel relativamente protagonista en un intento de repetir la carambola de Dani Rovira les ha salido rana.
En fin, comedia de verano, aunque demasiado triste y amarga que se puede disfrutar como postal vacacional de Sanlúcar y poco más. Se pueden ver las buenas intenciones y el intento de contagiar el buen rollo (que no debería haberlo, ya he dicho que es todo demasiado blanco) al espectador, pero con buenos propósitos no se rellena una película.

Valoración: Cinco sobre diez.

AMERICAN PASTORAL, dolorosa radiografía americana.

American pastoral supone el debut en la dirección de Ewan McGregor, que se reserva además un apetitoso papel protagonista junto a la maravillosa Jennifer Connelly y a Dakota Fanning, la verdadera estrella de la función.
American pastoral es, además, una intensa novela de Philip Roth ganadora de un Pulitzer entre otros prestigiosos premios, una obra laureada y tremendamente difícil de adaptar, por lo que la simple valentía de McGregor de estrenarse en la silla de director con semejante propósito ya es por sí solo digno de elogio.
En una reunión de antiguos alumnos, un escritor de éxito recibe la noticia del fallecimiento de Levov, un amigo de la infancia. Levov, apodado como “el Sueco”, era la encarnación del sueño americano: joven, guapo y triunfador, el Sueco tenía un gran porvenir por delante. Hijo judío de un empresario bien aposentado, con una brillante carrera deportiva y enamorado de la chica más atractiva de la zona. Lo tenía todo para triunfar, y el nacimiento de su hija convertía a su familia en la perfección con la que cualquiera podría soñar. Pero en ocasiones, los sueños terminan truncándose…
American pastoral, con el Sueco y su familia como hilos conductores, hace un recorrido por la América de los años 60, vertiendo sus tintas contra algunas de las polémicas que acompañaron el mandato de Lyndon B. Johnson, como las protestas masivas por los derechos civiles de la población negra y la participación de Estados unidos en la guerra de Vietnam.
La América en la que se había criado el Sueco se está desmoronando, y su hija Merry (brillante también Hannah Nordberg en su encarnación de doce años) es quien va a pagar las consecuencias de ese descenso a los Infiernos ideológico y espiritual.
American pastoral es una película dura, que sacude las entrañas y hurga en las heridas de los valores familiares, haciendo que el matrimonio protagonista pierda el control de sus vidas sin que puedan hacer nada por retomar el rumbo.
Tiene McGregor algunas cosas a mejorar, como la excesivamente elíptica conclusión, que deja con ganas de saber más sobre los últimos días del Sueco y su esposa Dawn, o la sensación de que el actor da por supuestos muchos datos de la historia americana que pueden pasar desapercibidos para el espectador medio ajeno a ese país. Además, a medida que avanza el metraje, la crónica social comienza a perder peso para centrar los focos en el drama familiar, pero está este tan bien narrado que casi no importa demasiado.
American pastoral es una de esas películas que se disfruta (es un decir) durante su visionado, pero que una vez fuera de las salas de cine continúa removiendo las conciencias y los sentimientos, alargando la agonía y compartiendo el pesar del Sueco.
Convincente McGregor como actor y sobresalientes el elenco femenino, American pastoral es un prometedor debut que, si bien deja de lado algunas subtramas importantes de la novela, sabe resumir el espíritu y la esencia de la misma para ofrecer un relato que debía hablar de triunfadores y se debe conformar con el amargo regusto de la derrota y el dolor.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 20 de junio de 2017

BAYWATCH, LOS VIGILANTES DE LA PLAYA, chistes malos y tetas a cámara lenta.

Incluso en estos tiempos de escases de ideas para películas de Hollywood y donde solo parecen triunfar los remakes, secuelas, precuelas, reboots, spin-off y adaptaciones (la última película palomitera completamente original que recuerdo ahora mismo fue Tomorrowland, un estrepitoso fracaso), la idea de adaptar al cine una serie de televisión que ya en su época era bastante casposilla es, cuanto menos, bizarra.
Puestos a hacerlo, sin embargo, la única opción lógica era tirar por el camino del humor y la auto parodia, burlándose con irreverencia de esos iconos del postueo de musculitos y tetamen que simbolizaron David Hasselhoff, Pamela Anderson, Carmen Electra y compañía.
Así lo han hecho, de manera que confieso que yo mismo, tras un primer tráiler bastante cachondo, esperaba con ganas esta propuesta que refrescara un poco esta semana tan sofocante con un par de horas de risas y tontadas varias. Pero, una vez más, en Hollywood se han olvidado de que para eso hace falta un guion. Y por guion no me refiero a tres páginas de chistes más o menos graciosos que apelotonados en el tráiler funcionan pero que a lo largo de los 116 minutos de metraje saben a poco.
Con Seth Gordon (con un currículo plagado de episodios de sitcoms de éxito y un par de comedias bastante correctas al servicio de Jason Bateman que auguraba algo bueno), Baywatch, los vigilantes de la playa, solo basan su interés en dos argumentos. Por un lado, el carisma de Dwayne Johnson y la capacidad de autoparodiarse que tanto él como Zac Efron tienen y en el físico espectacular de las damas de turno, léase Alexandra Daddario, Priyanka Chopra, Kelly Rohrbach y Ilfenesh Hadera. Lo malo es que, respecto a lo primero, ambos actores ya han mostrado este cariz desenfadado y burlesco en otras ocasiones (Un espía y medio o Malditos vecinos y su secuela, por poner dos simples ejemplos), con lo que la cosa no sorprende y no tiene toda la gracia que podría, mientras que respecto a lo segundo, estando ya cerca de finiquitar la segunda década del siglo XXI, ¿de verdad pensaban que el argumento simple y sexista de ver dos pechos (por magníficos que puedan llegar a ser) botando alegremente por la playa a cámara lenta era reclamo suficiente para llevar al espectador a las salas de cine?
No voy a decir con esto que la película sea un completo desastre. Es una comedia de acción bastante maja y con algunos gags que funcionan, pero la alarmante falta de ideas se soluciona siempre con el chiste soez y cafre, desperdiciando un montón de buenas situaciones, repitiendo las bromas más acertadas una y otra vez hasta que terminan por cansar y sin saber dosificar la acción desproporcionada de su final, donde la comedia se queda a un lado para tratar de emular a un Bond de marca blanca, con esa femme fatale de villana que nunca llega a parecer suficiente amenaza para la trama.
Al final, solo cabe conformarse con pequeñas chispas de ingenio, con la presencia siempre estimulante de Dwayne Johnson, con las pullas entre la Daddario y Efron, con la insospechada química entre el personaje de Rohrbach y el del fondón Jon Bass y con los inevitables cameos de los dos iconos de la serie ochentera. Hasselhoff y Anderson apenas aparecen unos segundos en pantalla, aunque sus apariciones son de lo mejor de la película. Lástima que estas supuestas sorpresas se anuncien (otra torpeza más que añadir al saco) en los títulos de crédito iniciales.
Este parece ser el año de las estrellas caídas y en el que los valores seguros de Hollywood no lo son tanto. Scarlett Johansson se la pegó hace unos meses con Ghost in the Shell y ahora es el turno de Johnson con estos Baywatch.  Pero no sufráis por ellos. En sus futuros, sus agendas están repletas de secuelas que les van a permitir seguir liderando las listas de los mejores pagados o los más rentables, que por algo ambos pertenecen, respectivamente, a los Universos de Marvel y DC.
En fin, pasatiempo ligero, muy irregular, con caras (y cuerpos) bonitos, algo de escatología y menos imaginación de la demostrada en los carteles promocionales, con una colección de posters bastante gamberra que recordaba a la campaña promocional de Deadpool y que ha terminado quedando en agua de borrajas.

Valoración: cuatro sobre diez.

domingo, 11 de junio de 2017

LA MOMIA, bienvenidos al Dark Universe

Resulta complicado valorar con justicia una película como La Momia, obligada, entre otras cosas, a salvar las comparaciones con la película que inició la saga de Stephen Sommers.
Si pensamos en ella como una simple película, lo cierto es que tiene tantas deficiencias como queramos. Los personajes están poco definidos, alterna sin demasiada consistencia el humor y la comedia y está tan repleta de situaciones completamente absurdas que obliga al espectador a la suspensión de la credulidad en casi cada secuencia.
Sin embargo, esto no es una simple película. Tal y como está haciendo Marvel con su MCU, y como la propia Universal hiciera en la década de los treinta, esto no es más que el primer capítulo de algo mucho más grande, la presentación de un mundo de Dioses y Monstruos (en palabras del propio Dr. Jekyll) que sin duda van a darnos muchas satisfacciones en los próximos años. Dark Universe, lo llaman. Y en ese aspecto sí que funciona a la perfección y es un glorioso espectáculo.
Además, nos encontramos ante una película de Tom Cruise, y eso es un elemento diferenciador de primera. Con Cruise de por medio no hay cabida para el aburrimiento ni para las decepciones. Ya sea interpretando a Ethan Hunt, Jack Reacher o este Nick Morton, Cruise lo borda y, como ya he dicho en una ocasión, parece imposible que una película interpretada por él pueda ser aburrida.
Cabe recordar que esta no debería ser la primera película de la saga. Hace un par de años ya se pretendía hacer algo parecido con ese pastelón que era el Drácula de Luke Evans, pero la cosa atufaba a desastre y se decidió hacer borrón y cuenta nueva antes de que la cosa fuese a peor. Gran decisión. En La Momia, las cartas se ponen sobre la mesa desde el primer momento, y poco importa que los personajes sean simples caricaturas sin identidad. No importa demasiado quien haya sido este tal Morton, sino lo que será tras los acontecimientos de la película. Lo mismo podría decirse del personaje femenino, la Jenny Halsey que promete convertir en estrella a Anabelle Wallis. ¿Y qué vamos a decir del Dr. Henry Jekyll? ¿De verdad necesita ser presentado?
Sin embargo, quien de verdad importa aquí es Ahmanet, la momia a la que da cuerpo Sofia Boutella con magistral solemnidad y que es la encarnación del mal en su máxima pureza.
Alex Kurtzman debuta como director con esta película, pero habiendo salido de la escuela de J.J. Abrams tiene bien aprendida la lección y sabe cómo ofrecer un buen espectáculo, siendo completamente consciente del producto que pretende, algo tan bizarro en su propuesta que bien podría haberlo parido el propio John Carpenter. Morton y Halsey son prototipos de los aventureros pulp de aquella época de decorados de cartón piedra donde la aventura primaba sobre la técnica y hereda de ellos ese desprecio a la amenaza de caer en el ridículo. De hecho, hay en la historia reminiscencias de Lifeforce, Quatermain y las minas del Rey Salomón, Un hombre lobo americano en Londres o incluso La noche del terror ciego
La Momia, en ese sentido, no tiene una verdadera coherencia interna, sino que parece más bien una sucesión de secuencias enlazadas torpemente, las cuales, por separado, brillan con luz propia como partes de una novela por entregas. La secuencia de Iraq, la del avión, la de los túneles inundados… Piezas de engranaje para un espectáculo que no pretende ser nada más que palomitero, un prólogo de una lucha entre el bien y el mal que abre las puertas a mundos conocidos por los amantes de los clásicos que auguran pesadillas y sustos tontorrones. Así, se agradece que, pese a la ligereza de algunos momentos y los chistes al servicio de Jake Johnson, la película no busque a un público potencialmente infantil y apueste por momentos de verdadero terror (nada que ver en eso con las películas de Brendan Freser) y oscuridad.
Insisto, La Momia no es una gran película, pero tampoco lo pretende. Solo aspira a ser un gran entretenimiento que sirve de entrada a una saga donde el mal y la oscuridad tratará, poco a poco, de adueñarse de nuestro mundo.
Y a mí, desde luego, me han atrapado.
Sé que algunos, conocedores de la importancia que le doy al guion de una película, se me va a echar encima con esta opinión, pero que la trama esté repleta de tópicos no es necesariamente que sea mala. Simplemente poco original. Y lo que de verdad me importa es que ni aburra como me pasó con Warcraft, ni me ofenda con su ridiculez como pasaba con La gran muralla ni me venda humo como Ghost in the Shell, por nombrar algunos blockbusters recientes. Lo único que pido a estas películas es que me lo hagan pasar pipa. Y La momia lo consiguió. He dicho.

Valoración: Ocho sobre diez.

CAPITÁN CALZONCILLOS, divertida locura

Adaptando libremente la colección de libros infantiles de Dav Pilkey, Capitán Calzoncillos es una nueva película de animación de Dreamworks, apenas unos meses después del éxito de El bebé jefazo.
Con una imaginación desbordante y un sentido del humor muy básico pero efectivo, el director David Soren ha sabido captar la esencia de las historias originales para concebir un producto que a simple vista puede ser muy infantil, con chistes de pedos y culos y robots gigantes en forma de wáter, pero que analizadas desde el prisma de un adulto contiene un mensaje en defensa del poder de la imaginación y de la capacidad de reírse de cualquier cosa (ambas características que tienden a perderse conforme uno se va acercando a la edad adulta).
La película arranca con la amistad de dos niños que se evaden de la apatía que define a su instituto (dirigido con mano de hierro por un tirano amargado y cascarrabias) gracias a los comics que ellos mismos confeccionan, uno como guionista y el otro como dibujante, basados en un superhéroe llamado El Capitán Calzoncillos. Con esta premisa, es presumible que estamos ante una parodia del cine de superhéroes que tanto abunda hoy en día, pero más allá de eso, es esta una anárquica película sobre la amistad y la diversión definida con un surrealismo que parece heredado de productos como Bob Esponja y similares.
El Capitán Calzoncillos, ese alter ego forzado del director de escuela, es en realidad una vía de escape a los problemas y responsabilidades de la madurez. Tal y como Peter Parker elude los problemas de su vida privada y se vuelve un chistoso con solo ponerse la máscara de Spiderman, este peculiar superhéroe muestra la cara más amable de un tipo con ínfulas de villano que sirve como parábola de la necesidad de liberación y libertinaje de una sociedad marcada por el desencanto.
Capitán Calzoncillos, además, juega con las reglas de la animación, no solo por el metalenguaje que crea al contar una historia dentro de la historia sino por confluir en su interior diversos estilos visuales (todos ellos falsificados por la digitalización, eso sí), como es la animación tradicional, el stop motion o incluso las marionetas.
Puede que en su nada sutil mensaje no encontremos la profundidad de las obras más sesudas de Pixar (esto va de chistes de pedos, insisto), pero la película es suficientemente autoconsciente como para ser un divertimento nada banal y una sucesión de chistes tan estúpidos en su mayoría que uno no tiene más remedio que terminar por desternillarse.

Valoración: Siete sobre diez. 

PÀTRIA, legendariamente fallida

Tras el estreno de la semana pasada de Mil coses que faria per tu se podría decir que el cine catalán está de enhorabuena, pero viendo la calidad final de las películas lo cierto es que se tendría que poner semejante afirmación entre comillas. Entre muchas comillas.
Pàtria, la llegenda d’Otger Cataló , pretende ser una epopeya histórica sobre los orígenes de Catalunya, una propuesta extremadamente ambiciosa si tenemos en cuenta que su presupuesto ha sido ridículo y no ha contado con ayudas oficiales. Para ello, el director Joan Frank Charansonnet ha decidido narrar dos historias en paralelo: por un lado, la de Climent de Vallcebre (Boris Ruiz, que curiosamente también está en Mil coses que faria per tu) en el convento de Sant Llorenç, y por otra la que corresponde a la leyenda de Cataló que el propio Climent narra. En este sentido, las referencias son claras, desde la narrativa de Umberto Ecco en El nombre de la rosa hasta las historias de caballería con Excalibur en cabeza. Siendo así, es la historia en el convento la que mejor funciona, con una narrativa más sosegada y mejores interpretaciones, aunque Charansonnet no es capaz de conseguir mantener bien el ritmo narrativo para lograr un clímax (hay una sencilla trama de intriga) satisfactorio. Sin embargo, la parte que corresponde a la leyenda en sí (con todas las licencias narrativas que se permite, añadiendo temas mágicos y cambiando el destino de los personajes con respecto a lo que el folclore local reza) naufraga estrepitosamente. Es loable el propósito de emprender semejante empresa con más corazón que cabeza, pero resulta casi imposible no caer en el ridículo cuando no hay dinero para recrear unas batallas que se suponen épicas y terminan pareciendo más un espectáculo de un parque temático que un enfrentamiento entre cristianos y serrainos. 
Además, Charansonnet tampoco está a la altura de las circunstancias (es labor del director saber disimular las carencias económicas) y abusa de la cámara lenta creyendo que así va a dotar de épica a una historia que no la tiene (solo la banda sonora está a la altura de las circunstancias). Al final, el grupo de condes que Cataló reúne para su empresa (que han pasado a la historia como los nueve de la fama) no tienen tiempo para ser desarrollados y pasan sin pena ni gloria por la película, totalmente intrascendentes.
Es una pena que una película tan presumiblemente valiente se salde con tan pobre resultado, pareciendo al final que todo sea una mera excusa para aprovechar una corriente ideológica (en un momento de la película hay un discurso nada sutil que refleja cierta ideología independentista actual) que no contar una epopeya real. Y todo ello podría perdonarse si al menos las interpretaciones y el director estuviesen a buen nivel. Pero me temo que no es así.
Quizá si Charansonnet se hubiese limitado a narrar la leyenda, prescindiendo de la trama correspondiente a Climent de Vallcebre la cosa le habría ido mejor, eso es algo que nunca sabremos, pero querer abarcar tanto con tan poco no puede salir nunca bien, y los buenos propósitos terminan empañados por escenas ridículas y una leyenda falseada.
Esta no es la película que Catalunya se merece.

Valoración: Tres sobre diez.

NORMAN, entretenida pero insuficiente.

Norman, el personaje que da título a la película, es un asesor de poca monta que parece haber dado la campanada cuando establece una relativa amistad con un político israelí que al cabo de los años termina siendo primer ministro de la nación.
Brillantemente interpretado por Richard Gere (su trabajo es lo mejor del film), Norman es el típico perdedor ignorante de sus propias limitaciones, un vendehúmos con buenas intenciones pero escaso talento para los negocios e incapaz de saber cuándo debe detenerse.
La película dirigida por Joseph Cedar es un extraño pastiche que nunca sabe si quiere apostar por el drama o la comedia y cuyo subtítulo en español es quizá su peor enemigo. Eso de “el hombre que lo conseguía todo” me remite a films como Conserje a su medida o similares. Pero nada más lejos de la realidad y del todo desenfadado de esos títulos a los que me refiero. Claro que con el subtítulo americano: the moderate rise and tragic fallen or a New York fixer (la moderada subida y trágica caída de un procurador de Nueva York) uno ya casi puede ahorrarse ir a verla. Norman, el hombre que lo conseguía todo, es una película amarga y triste sobre un tipo que deambula sin rumbo y al que nadie (ni el propio espectador) llega a conocer nunca, impidiendo así cualquier tipo de conexión emocional.
Bajo esa capa de falsa integridad del tres al cuarto (nunca termina de quedar claro sin la supuesta amistad entre Norman y el político es real o aparentada) se encuentra un análisis de la sociedad judía y un retrato con algo de acidez del aislamiento político, aunque por una vez nos quieran pintar al político de turno como un tipo bonachón y achuchable (en un papel que habría ido que ni pintado a Steve Carrell). Quizá uno de los lastres de la película sea que está coproducida con dinero israelí, lo que puede haber limitado la ironía y el sentido del humor que Norman necesitaría para haber sido un producto más interesante. Pese a los buenos artistas que hay en su casting (Steve Buscemi, Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg y Dan Stevens como cabezas más reconocibles), ninguno de ellos aporta lo suficiente como para dar lustro a una trama por momentos aburrida y que no termina de levantar nunca el vuelo. Al final, Cedar parece tener en Gere a su única baza para seducir a los espectadores, y aunque su trabajo es impecable nada puede hacer el actor con un personaje demasiado aislado del mundo como para conseguir ser el alma que la película necesita.
No voy a decir que Norman, el hombre que lo conseguía todo, sea una mala película pero si me pareció, cuanto menos, un film insuficiente y con muchas carencias.

Valoración: Cinco sobre diez.

MIL COSES QUE FARIA PER TU, con la intención no es suficiente.

Mil cosas que faria per tu (Mil cosas que haría por ti en su versión en español) es la ópera prima de Didac Cervera después de su paso por ese experimento de terror colectivo que vino a llamarse Los inocentes.
Su propuesta para debutar en solitario no puede ser más peculiar, pues el realizador catalán, basándose en un libreto de Joan Sanz, propone una locura narrativa en la que decora una historia tan absurda como simple: cuando un chico bastante desastroso pierde el Rolex que su novia le regaló termina con la paciencia de esta que decide dejarlo; para tratar de arreglar las cosas, y asesorado por su mejor amigo, su única esperanza es conseguir un Rolex idéntico, aunque ello le implique empezar una carrera criminal. Una propuesta ridícula (que deja a los hombres como tontos perdidos y a las mujeres como interesadas especulativas - ¿es un Rolex de oro suficiente para poner precio al amor? -) que sin embargo podría haber llegado a buen puerto como comedieta del montón. Tampoco es que las (supuestos) reyes del humor cinematográfico (léase Adam Sandler, Seth Rogen, etc.) se caractericen por ideas demasiado ingeniosas.
Lo que sucede con Mil coses que faria per tu es que su peculiar puesta en escena es un resumen de la principal virtud y el mayor defecto del film. El dúo Cervera / Sanz han querido pecar de ingeniosos y no solo presentan una estructura narrativa desfragmentada, con flashbacks dentro de flashbacks, sino que hacen que el protagonista (y ocasionalmente otros secundarios) rompa constantemente la cuarta pared, hablando directamente al espectador con plena autoconciencia de que están dentro de una película. Pero lo que funcionaba tan bien en Deadpool acaba agotando por saturación aquí, y situaciones que en un momento son ingeniosas en otras rozan el ridículo y sacan totalmente de la película.
Mil cosas que faria per tu podría ser una película divertida, pero se nota que el tal Cervera se considera a sí mismo desternillante, y eso dota al film de una artificialidad que resulta algo presuntuosa. Es, en cierto modo, un experimento fallido, un intento de fabricar algo (relativamente) diferente que no termina de funcionar del todo, por más que los actores hagan lo que puedan y algunas interpretaciones se resuman como lo mejor de la función.
Pese a que al final termina resultando una película con muchos defectos, hay que agradecer el intento de querer apostar por algo ligeramente diferente (solo por el tráiler intuyo que, por ejemplo, Señor, dame paciencia va a ser un éxito de taquilla, pero en el fondo no deja de ser más de lo mismo en la comedia patria actual), y solo por esto ya merece Dídac Cervera un cierto respeto y una oportunidad para ver si en su siguiente trabajo, si sabe contenerse en su desmedida, la cosa sala más redonda.
Y es que, aun con todo lo dicho, la película se deja ver y contiene algún momento divertido y simpático.

Valoración: Cuatro sobre diez.

LA PROMESA, pretenciosa pero fallida.

Dirigida por Terry George, que ya demostró en Hotel Rwanda que se movía bien en dramas históricos, La Promesa es la historia de un triángulo amoroso con el exterminio de armenios acontecido por el gobierno turco durante la Primera Guerra Mundial.
Para confeccionar la historia, George, que también firma el guion junto a Robin Swicord, centra todo su interés en esa historia de amor descafeinada y sin alma, quizá debido a que los personajes no están definidos de manera que susciten suficiente interés y poco puedan hacer el trío protagonista (Oscar Isaac, Christian Bale y Charlotte Le Bon) por defenderlos. La película, coproducción entre Estados Unidos y España (lo que justifica la efímera presencia de actores patrios como Alain Hernández, Luis Callejo, Alicia Borrachero, Abel Folk o Daniel Giménez Cacho), nace con aspiraciones de grandeza, como si de una nueva Lo que el viento se llevó se tratase (recuerden que aspiraciones similares tenía Australia de Baz Luhrmann y así le fue), pero fracasa en lo desmedida de su ambición, que no llega a banalizar el exterminio, pero poco le falta.
Tiene la película dos líneas diferentes a seguir. Sobre la romántica ya he dejado claro que no funciona para nada y que ninguno de sus integrantes sale bien parado de un análisis un poco pormenorizado. En el caso de la histórica, sirve la película al menos para recordar y adoctrinar sobre un exterminio que podría haber sido la fuente de inspiración del holocausto nazi y que a día de hoy continua sin ser admitido por el gobierno turco, aunque cierto es también que la película peca de partidista y (habiendo un rico empresario armenio como productor) criminaliza a los turcos convirtiéndolos en los malos absolutos pero sin explicar en ningún momento sus motivaciones o el motivo del odio hacia el pueblo armenio (eso sí, hay un turco bueno para compensar un poco). Tiene, pues, un valor didáctico interesante aunque algo descafeinado (George parece creer que planos de cadáveres son suficientes para sensibilizar al espectador) en un film demasiado largo que, sin embargo, necesitaría más tiempo para relatar el asedio final, provocando que el climax sea insatisfactorio. O quizá es que el verdadero climax no sea saber quién sobrevive a las matanzas, sino saber por quiénse decide al final la muchacha entre sus dos pretendientes.
Con Jean Reno y Angela Sarafyan (de moda gracias a su papel de prostituta en WestWorld) terminando de dar lustro al film, La promesa es una película que ha provocado odios y desprecios entre algunos y alabanzas desmesuradas por otro lado. Personalmente, no creo que sea para tanto, ni en un extremo ni en el otro, y la resumo como un folletín interesante durante su visionado cuya historia merece ser olvidada tras su consumo pero cuya realidad histórica invita, cuanto menos, a reflexionar sobre cómo la humanidad tiende a repetir una vez y otra los mismos errores en lugar de aprender del pasado (la escena de los armenios caminando por el desierto es una referencia nada casual a los refugiados de Siria actuales).
Y es que, por mucho que pueda sorprender, la fórmula “amar en tiempos de guerra” no siempre funciona y quizá la realidad merecía haber sido contada por sí sola, sin salsa rosa estorbando por en medio.

Valoración: Cinco sobre diez.

YOUR NAME, simplemente maravillosa

Volvemos a encontrarnos ante una de esas extrañas decisiones por parte de las distribuidoras de otorgar un estreno muy limitado a una película que contenía todos los argumentos para haber funcionado excepcionalmente bien en taquilla. Y es que Your name (que me expliquen el motivo de no traducir el título, por favor) viene precedida por el mérito de haberse convertido en la película de animación más taquillera de la historia de Japón, lo cual no es moco de pavo, habiendo seducido también, además, a la crítica.
Además, a diferencias de otras obras más conceptuales como Ghosh in the Shell o Akira, o de corte más intimista, como las producciones del estudio Ghibli, Your name cuenta con la ventaja de ser una historia muy universal, siendo su punto de partida (dos cuerpos que intercambian sus mentes) un recurso repetido hasta la saciedad en comedias ochenteras americanas.
La película de Makoto Shinkai arranca con un tono de comedia adolescente bastante convencional que, sin embargo, funciona a la perfección gracias al mimo con que se trata a los dos personajes protagonistas. Con la llegada de un meteorito que será visible desde la Tierra como lujoso telón de fondo, la acción avanza a golpes de sitcom para hacer que nos encariñemos con sus personajes, regados de subtramas aparentemente ligeras como los equívocos en el instituto, el agobio del trabajo o los problemas de amoríos, para ponerlo todo patas arriba en su primer gran giro de guion y demostrarnos que hay tras la historia un tinte dramático que no es el que podríamos esperarnos.
Es, en su desarrollo, una historia de amor imposible, de dos almas tan cercanas la una a la otra como atrapadas en dos mundos opuestos, condenados a conocer sus secretos más íntimos pero sin poderse llegar a tocar nunca. Es el enfrentamiento entre dos mundos idénticos pero opuestos, algo que me recordó vagamente a la idea de la patochada aquella de Un amor entre dos mundos pero en bueno.
En el apartado de personajes, muy bien desarrollados, cuenta la película con el trazo clásico del anime japonés, aunque el cuidado que se ha puesto en los escenarios, con un color que impregna la pantalla de alegría y belleza, otorgan al film un trazo preciosista que ayuda a transmitir esa alegría y amor (platónico) que parecen desprender los protagonistas, haciendo que el giro nos sacuda con más fuerza. Eso provoca que Your name sea una película divertida y bonita, pero también emotiva y, por momentos, muy emocionante y descorazonadora. Cuando todo cambia y se empieza a jugar con las convicciones de un género totalmente diferente (y que no voy a mencionar por no rozar los spoilers) el espectador se ve atrapado en una vorágine de sentimientos que lo va a apresar hasta el desenlace final, quizá lo único discutible (lo que no significa necesariamente que sea algo negativo) de la obra.
Your name, pese a sus datos en taquilla, no es la gran obra maestra del Anime japonés ni pasará a la historia como algunos de los títulos mencionados, pero eso no impide reconocer que estamos ante una gran película, inteligente y apasionante, un espectáculo visual y emocional capaz de cautivar a espectadores de cualquier edad.

Valoración: Ocho sobre diez.

BILLY LYNN, héroe de guerra.

Recupero otra película que pasó de manera fugaz por las pantallas españolas con lo que el fracaso en taquilla fue más que predecible. Y puedo entender que Billy Lynn no funcionara en los Estados Unidos por ese aroma de manifiesto antimilitar (que a la larga termina siendo antigubernamental, algo que si hace un americano como Oliver Stone o Clint Eastwood -hay quien ha visto en esta película un cierto aroma a Banderas de nuestros padres- no pasa nada pero que en manos de un taiwanés como Ang Lee está muy mal visto), pero no encuentro justificación a la casi nula promoción y distribución que el film tuvo en España, siendo, como suele suceder con el cine de Lee, una película estupenda y muy refrescante.
Coqueteando sutilmente entre el drama y la comedia, Billy Lynn cuenta la historia de un muchacho que realiza un acto de heroísmo combatiendo en Iraq, uno como otros tantos que deben producirse en esa interminable guerra de no ser por el hecho casual de que este queda accidentalmente inmortalizado por una cámara de video. Lynn y su batallón (apodado Bravo) regresan temporalmente a Estados Unidos para ser reconocidos como héroes y realizar una pequeña gira que exalte al ejército americano, y que tiene su punto culminante en el descanso de un partido de la Super Bowl. Allí, los muchachos de Bravo se darán cuenta de que los están convirtiendo en payasos de circo mientras Billy (cuyo acto heroico reviviremos a través de sus propios pensamientos) se plantea si quizá él tenga una percepción del mismo diferente a la del resto de los americanos.
Basándose en la exitosa novela de Jean-Christophe Castelli, Lee escarba en el cinismo de la sociedad americana, que convierte en producto de consumo cualquier cosa y decora con confeti de colores y bandas municipales hechos que ocurren a medio mundo de distancia, del que son felices ignorantes. Una bufonada que sirve para lavar sus conciencias y que carece de la épica (ridícula pero épica, al fin y al cabo) que esta misma exaltación del héroe patrio se hacía en la primera película de El Capitán América: el primer vengador.
Puede que en el paso de novela a película la burla haya perdido algo de fuelle y que Lee se haya distraído (después de los alardes visuales de su última película, La vida de Pi) con inventos técnicos que al fin han resultado estériles (eso de rodar a 120 fps -lo normal es 24 y Peter Jackson consiguió sin mucho reconocimiento hacerlo en 48 para su trilogía de El Hobbit- es algo que nadie había hecho hasta ahora y que no se ha podido disfrutar en casi ningún cine fuera de los USA), haciendo que por el contrario las escenas bélicas queden algo desinfladas en comparación con los excesos de la fiesta de la Super Bowl, pero no es motivo suficiente como para no apreciar los muchos valores de una película ácida y punzante, tratada siempre desde los ojos del joven Billy (buen debut de Joe Alwyn) y donde sólo rechina alguna decisión de casting (no es que estén mal, pero se hace un poco raro ver en estos papeles a Steve Martin o Chris Tucker, aunque para compensar tanto Vin Diesel como Kristen Stewart cumplen con sus roles secundarios). 
No estamos ante una obra maestra (y quizá el quid de la cuestión esté en que no se le quiera perdonar el que no sea una película definitiva como sí lo puede ser la novela que adopta), pero sí es un muy interesante trabajo de Ang Lee que sin duda habría merecido mucha más suerte en su carrera comercial.
En ocasiones, hay películas a las que el público da la espalda por motivos difíciles de comprender. En este caso, sin embargo, ni siquiera han tenido la oportunidad de hacerlo. Pero merece la pena, no me cabe la menor duda.

Valoración: Siete sobre diez. 

EL VIAJANTE, secuelas de una agresión.

Aprovechando que el fin de semana pasado fue algo pobre en cuanto a estrenos relevantes, debido por un lado a la afectación de la huelga de actores de doblaje y por otro a la celebración de la final de la Champions League de fútbol, he aprovechado para recuperar alguna de esas películas que se me pasaron en su momento y que algún cine ha tenido a bien recuperar antes de su inminente aparición en formato doméstico.
Y la primera de ellas ha sido ni más ni menos que la flamante ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, la iraní El viajante, de Asghar Farhadi, director que ya había ganado el Oscar con Nader y Simin, una separación y que ha dado el salto internacional con El pasado.  
Resulta curioso el detalle de que una de las grandes olvidadas en esta categoría entre las nominadas fuese precisamente Elle, de Paul Verhoeven (para mí merecedora no solo de figurar entre las cinco finalistas, sino de haberse llevado el premio final), ya que ambas comparten el mismo punto de partida: la agresión a una mujer y la manera de enfrentarse a ello. En su desarrollo, sin embargo, Verhoeven y Farhadi no pueden ser más opuestos, y si el holandés apuesta por el humor negro y la mala baba dejando que todo el peso cayese en la mujer agredida, en el caso que nos ocupa es el marido quien más refleja el dolor por lo sucedido (por ahí anda latente el sentimiento de culpa) y quien va a decidir tomar cartas en el asunto, aunque sea tomándose la justicia por su mano (como hiciera, aunque en este caso ante un secuestro, Hugh Jackman en la también estupenda Prisioneros de Denis Villenauve).
Por más que estemos ante una película iraní, la historia de Farhadi (un drama con tintes de thriller) tiene un aire muy occidental, evidenciado ante la admiración que el protagonista (profesor en una escuela y actor aficionado) siente por los textos de Arthur Miller. Precisamente es la representación de la función Muerte de un viajante (el protagonista interpreta al viajante, de ahí el título del film) una trama paralela que sirve como excusa para mostrar la evolución de los protagonistas alrededor del miedo, el dolor y la misma indignación.
Aún con el retrato que Farhadi hace de la sociedad iraní, su historia es completamente universal, amparándose en unos impecables trabajos interpretativos de Shahab Hosseini y Taraneh Alidoosti que manejan la historia a su antojo evolucionando del odio y la indefensión hacia la venganza y, quizá, incluso el perdón, con un desenlace que deja al espectador con una sensación de vacío que es, a fin de cuentas, lo que suele suceder con la propia realidad.

Valoración: Siete sobre diez.