miércoles, 25 de marzo de 2015

El comentario del mes: ¿ES CARO EL CINE?

Desde hace ya algún tiempo cada vez que toco el tema del cine con mis amigos me salen con la misma cantinela: “es que el cine es muy caro”. 
Escuchas un programa en la radio, o un podcast, y de nuevo lo mismo. Es la salida más típica del mundo. Y tras la subida del IVA cultural de hace un par de años la excusa perfecta para piratear a diestro y siniestro, como si la alternativa a algo caro fuese directamente robar (y, ¡ojo!, no quiero pecar de hipocresía: en esto de descargar de Internet, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra; y yo, desde luego, no estoy en disposición de tirar nada).
Pues bien, estoy ya harto. ¿El cine es caro? Pues no, que queréis que os diga. No es caro. Y no lo digo por decir. Veamos algunos datos:
Una entrada de cine, un fin de semana cualquiera, cuesta entre ocho y nueve euros, dependiendo del cine y la localidad. Si la película es en 3D o en salas especiales puede subir hasta los once o doce. De acuerdo. Eso es lo que cuesta una entrada de cine.
Ahora viene cuando alguno me dice: “Sí, claro, pero es que tenemos dos niños, así que ver una película de dibujos con los dos niños son ya cuatro entradas, a las que hay que sumar las Coca Colas, las palomitas y las chuches y, claro, ya que sales, habrá que pasar por el McDonal’s, ¿no?”. Bueno, no seré yo quien diga a cada uno lo que debe hacer en su tiempo libre ni en qué debe gastar o no su dinero, pero estamos analizando lo caro que es el cine. El tema de los complementos o la cena es otro tema en el que no voy a entrar y del que no se puede culpar al cine en sí. Tanto es así que incluso muchos exhibidores reconocen perder dinero con el precio de las entradas de cine, estando precisamente en la venta de palomitas y refrescos la posibilidad e hacer negocio.
Pero ahí no acaba la cosa ya que… ¿es realmente el que he comentado el precio real de una entrada de cine? Pues no, ni mucho menos. Sigamos viendo datos reales.
Muchas cadenas de exhibición ofrecen packs familiares. Sin detenerme a nombrar a ninguna en concreto, que tampoco me pagan por la publicidad, pondré algunos ejemplos. En el cine al que yo voy habitualmente tienen una tarifa plana que consiste en 22,50 € al mes (sin compromiso de permanencia) por la cual puedes ver todas las películas que se estrenen en ese mes. Por hacer un cálculo aproximado, sólo en esta semana (de lunes a domingo) se podrían ver hasta  28 películas por ese precio. Y sólo en una semana. Otras cadenas proponen quedadas con amigos a través de Facebook de manera que cada entrada cueste sólo cinco euros. Y tienen packs familiares con los que, con sólo llevar a un menos de doce años, el precio de la entrada es de 6 € el adulto y 4,50 € cada niño.
También es cuestión de elegir con cuidado el día. Las matinales del domingo se pueden encontrar entradas por 4 €, y en algunos cines ni siquiera hay recargo en caso de ser en 3D.
Luego está lo que antiguamente se llamaba “el día del espectador”. Algunos cines están asociados a la propuesta “Los miércoles al cine” en los que las entradas pueden variar entre los 3,50 y los 4,90 € en función del cine o aquellos que sólo con tener una tarjeta fidelidad gratuita permiten comprar entradas los miércoles y jueves no festivos por 4 €. También es frecuente encontrar promociones según la cual al ir al cine te hacen entrega de una tarjeta que te da derecho a comprar entradas en promoción de 2x1 si vuelves antes de quince días.
Aquí no acaba la cosa. Con solo buscar un poquito se puede encontrar salas que hacen precios especiales en la primera sesión, a los mayores de 65 años, que ofrecen paquetes de diez entradas por 65 € e incluso hay sitios que proponen abonos anuales.
Así las cosas, con un poco de planificación una entrada de cine puede costar realmente una media de cinco o seis euros. Un precio realmente asequible si tenemos en cuenta que apenas han subido los precios en los últimos meses, pese a las subidas de los impuestos eléctricos para las empresas u otros gastos que han afectado a los exhibidores pero no al precio final del boleto.
Y eso sin tener en cuenta de cada poco tiempo (la próxima es el 11, 12 y 13 de mayo) se celebra la Fiesta del Cine, en la que el precio de cada entrada es de 2,90 €.
Así que no, no me trago eso de que el cine es caro. Otra cosa es que a uno no le guste el cine, y por lo tanto, cualquier cosa le pueda parecer caro. Y es que cada uno tiene sus gustos y nadie es quién para criticarlo, pero ello no justifica el pirateo desmedido o la pataleta de indignación que tan de moda está últimamente.
Y es que, además, hemos de tener en cuenta que el cine es un espectáculo que te garantiza una serie de comodidades (asientos, sonido, calidad de imagen) y al que, con un poquito de información (y eso hoy en día, con Internet, es pan comido) podemos casi (y resalto el casi) la certeza de que nos va a hacer disfrutar durante un periodo de tiempo que conocemos de antemano.
Entre cinco y seis euros, hemos quedado, ¿no? ¿Qué se puede hacer con cinco o seis euros? Poca cosa, la verdad.
Una copa en cualquier bar de moda ya nos va a costas eso como mínimo. Cualquier chiringuito de playa nos los pueden cobrar por un mojito que apenas nos refrescará durante unos minutos. Con lo que cuestan dos entradas de cine (doce euros) podemos disfrutar de apenas diez minutos dando vueltas en unos karts, o jugar una partida de bolos siempre y cuando no sea un festivo. Ir al teatro puede oscilar (pongamos por ejemplo Romeo y Julieta en el Teatro Real) entre los diez euros la peor localidad y los 381 la mejor. Y nadie nos puede garantizar que los actores tengan su mejor actuación. Y eso por no hablar del futbol, cuyas entradas van desde los 30 o 40 euros para ver al Barcelona o al Madrid contra un equipo de bajo nivel hasta los 275 euros que puede costar una localidad en taquilla para la final de la Copa del Rey. Y para que encima pierda tu equipo. ¿Y cómo comparar los cinco o seis euros de una entrada de cine con los cincuenta de un concierto de rock cualquiera o los doscientos de media que se puede pagar por ver a Lady Gaga.
Definitivamente, el cine no es caro. Pero muchos dicen que sí lo es, Los mismos que se quejarían si costase cuatro euros. O dos. O cincuenta céntimos. Porque lo gratis siempre mola más. ¿No?

domingo, 22 de marzo de 2015

La recomendación del mes: EL DIARIO DE NOA

El diario de Noa es una tierna, romántica y triste historia de amor de esas tan apasionada y hermosa que cuesta creer que puedan darse a este lado de la pantalla. Hollywood siempre ha sido proclive a estos dramas arrebatadores y dolorosos, tratados normalmente con un edulcoramiento excesivo que, en esta ocasión sin embargo, Nick Cassavetes sabe tratar con buen equilibrio de manera que ni los ligeros excesos (ese lago lleno de patos) puedan dañar el sabor intencionadamente amargo que deja el film, como posos quemados de un excelente café.

De hecho, se trata de la película que siempre se nombra cuando se habla de Cassavetes, pese a lo que nunca me he decidido a acercarme a ella hasta la reciente recomendación de mi amiga Mari. Es por ello que, vista con el paso del tiempo, casi queda la sensación que es una película definida por el estigma del “antes de”. Y es que es un título realizado antes de que Cassavetes se perdiera en estupideces de películas como No hay dos sin tres (¡qué mala era, por Dios!), antes de que Ryan Gosling se convirtiese en una estrella de culto con un único registro y eterna cara de palo (pensativo, eso sí, pero palo al fin y al cabo) e incluso antes de que James Marsden protagonizara una de las muertes más polémicas del cine fantástico por culpa de su extremadamente insulsa interpretación del Hombre X Cíclope, personaje que abandonó para acompañar a Bryan Singer en un personaje más insulso aún en Superman Returns.
El diario de Noa es una historia que Duke (el recientemente fallecido James Garner en uno de sus últimos papeles) cuenta a una anciana con problemas seniles en una residencia de la tercera edad. En esa historia se describe el apasionado romance entre Noa y Allie, una historia para nada original y que, como muchas otras, bebe de las influencias eternas de Romeo y Julieta, siendo la diferencia de clases una vez más la principal traba para que los amantes puedan desafiar a su destino.
Reconozco que solo con su ambientación en los dorados años cuarenta americanos ya basta para tenerme ganado, pero quien realmente consigue hacerse con el control de la película devorando al resto del reparto (y eso que por ahí pululan también veteranos ilustres como Joan Allen o Sam Shepard) es la encantadora Rachel McAdams, que con su imperecedera sonrisa consigue enamorar hasta el punto de poder perdonar sus malas decisiones y los errores de su personaje, consiguiendo impregnar a la película de la inocencia propia de la época imprescindible para creernos lo que nos tratan de contar.
Con un guion fiel a la novela en que se basa bastante previsible (el supuesto giro sorpresa –desvelado, por cierto, baste antes de lo deseable- es evidente casi desde el inicio del film), el punto intermedio entre dulzura y dolor es meticulosamente medido por Cassavetes, lo que ayuda a contagiarnos del amor de los jóvenes protagonistas. Poco importa que sepamos cómo va a terminar la cosa o que no sean capaces de sorprendernos en ningún momento. Noa y Allie transmiten sus sentimientos hasta conseguir que empaticemos con ellos y sintamos como propios sus alegrías y decepciones.
Por eso El diario de Noa no será una gran película, pero es, desde luego, una historia hermosa y enternecedora, capaz de emocionar y que invita en más de un momento a la lágrima sensible. Y con eso podemos darnos por satisfechos.

sábado, 14 de marzo de 2015

CHAPPIE (6d10)

Cuesta encontrar el sentido de una película como Chappie, una historia tan extraña e irregular que definirla como una mezcla entre Cortocircuito y RoboCop (la original, claro) puede parecer un recurso fácil, pero las referencias a esas películas es tan constante a lo largo del metraje que es imposible verla y pensar en otra cosa. Claro que es un film de Neill Blomkamp, con lo que no se pueden evitar sus fobias habituales, como la (aparente) crítica social sobre la situación de Sudáfrica, las familias disfuncionales, la soledad de los que son diferentes…
Chappie deambula entre varias tramas paralelas: un trío de ladronzuelos de poca monta que deben devolver una gran cantidad de dinero al psicótico líder de una banda para lo que deben organizar un atraco a lo grande, la competividad entre dos creadores informáticos, uno de los cuales apuesta por la Inteligencia Artificial de sus ciborgs mientras que el otro se decanta más por la fuerza mastodóntica de robots tripulados siempre por humanos y, finalmente, la creación del primer androide con Inteligencia Artificial completa al que hay que enseñarle todo como si de un bebé se tratase.
Con las referencias de Distrito 9 y Elysium en el currículo de Blomkamp uno ya sabe más o menos lo que puede encontrarse en la película: acción bien dosificada, buen ritmo, grandes efectos especiales y mucho entretenimiento. Y todo esto se encuentra en Chappie, aunque repartido de forma muy desmedida e irregular.
Quizá el principal problema de la obra sea que o bien Blomkamp no sabe lo que nos quiere transmitir o bien no es capaz de hacerlo, pero el caso es que su Chappie arranca como una cinta de un corte tan infantil que borda lo ridículo, con ese robot aprendiendo a ser malote (no es un invento mío, la palabra malote se repite varias veces a lo algo de la peli, lo juro) para terminar en una horda de destrucción con toques lo suficientemente sangrientos para recordar el estilo de Verhoeven. 
Blomkamp, además, se rodea de un elenco de actores que no parecen tomarse en ningún momento en serio la historia, exceptuando quizá al esforzado -aunque limitado- Dev Patel, el chico de Slumdog millionaire, destacando el grotesco y sopbreactuado papel de Hugh Jackman, la desaprovechada Sigourney Weaver y los ridículos Ninja (sí, así se llama) y Yo-Landi Visser, una pareja de raperos sudafricanos que bien podrían seguir dedicándose a lo suyo, aunque en el caso de ella casi logra transmitir algo de ternura en su papel maternal de trágico final (no entro a valorar a Sharlto Copley porque la vi doblada).
La historia de Chappie, aparte de su planteamiento inicial, es completamente absurda, logrando que cada giro de guion sea más desconcertante que el anterior y que si se analiza con un mínimo de tranquilidad podría resultar hasta insultante. Es estúpida, boba e insensata, pero son tales los despropósitos que se cruzan en ella que logra, sorprendentemente, ser divertida y hasta entretener.
Se trata, podríamos decir, de cine palomitero elevado a su máximo exponente, siendo obligado el dejar el cerebro en la entrada y dejándose llevar por una serie de tontadas simpáticas de humor muy blanco e ingenuo que no debería aspirar a más que hacer pasar un rato distraído y poco más.
Eso sí, saliendo de la sala del cine uno ya empieza a temblar pensando si eso de que el señor Blomkamp se haga cargo de la nueva película de Alien es realmente buena idea.


PERDIENDO EL NORTE (6d10)

La nueva película de Nacho G. Velilla demuestra, ya de entrada, que tras Fuera de carta y Que se mueran los feos, el director zaragozano mejora en cada trabajo, resultando su  última obra la más redonda de todas las rodadas hasta la fecha.
Esto no significa, sin embargo, que Perdiendo en norte sea una película perfecta, desde luego. En realidad, queda lejos de estarlo, ya que aunque resulta simpática y fresca y contiene algún buen momento de humor no alcanza a ser tan divertida como la comedia que se le supone que es, mientras que los momentos dramáticos, que los tiene también, carecen de la fuerza suficiente para emocionar como es debido.
Ello se debe, en gran parte, a las debilidades de un guion que apuesta por lo seguro en todo momento, sin ninguna pretensión por arriesgar o innovar lo más mínimo, dando la sensación de que pese a que la película funcione perfectamente bien no es más que un refrito de cosas vistas anteriormente.
Nacida como actualización sin complejos del clásico patrio Vente a Alemania, Pepe, de Pedro Lazaga y de la que no por casualidad se recupera al gran José Sacristán, Perdiendo el norte funciona como triste demostración de lo poco que han cambiado las cosas en nuestro país, mostrándonos la historia de dos jóvenes que pese a estar sobradamente preparados para tener éxito en el mundo laboral deciden ir a ganarse las habichuelas a Alemania atraídos por los cantos de sirena de un programa de televisión, en vista de que en España las cosas no pintan demasiado bien, ya sea por culpa de la crisis o de la corrupción. 
Hay aquí un primer amago (centrado básicamente en los propios títulos de crédito) de hacer una denuncia social sobre la situación de nuestro país que termina diluyéndose cuando nuestros protagonistas llegan al país germano donde descubren que no es oro todo lo que reluce y sus aspiraciones laborales se van difuminando en pos de otros derroteros, hasta que la película termina tomando dos caminos diferentes siguiendo el curso de los dos protagonistas, la comedia romántica protagonizada por Yon González y Blanca Suarez y la comedia de situación y enredo en la que tan bien se desenvuelve Julián López y dónde forma un curioso triángulo con Malena Alterio y Younes Bachir.
Como ya he dicho, Velilla toma ideas prestadas de mil y un referentes, desde el arranque que rememora el principio de El lobo de Wall Street  o el recuerdo a films más o menos recientes de temática muy pareja como Un franco, catorce pesetas o La vida inesperada, permitiendo, quizá por culpa de su experiencia en sitcoms televisivas, que la historia se le vaya de las manos, perdiéndose el mensaje que pueda querer transmitir para terminar demasiado plano y previsible, lo cual no es necesariamente malo, aunque inevitablemente deja sensación de oportunidad desaprovechada.
Velilla rodea a sus protagonistas con secundarios de lujo (y amiguetes suyos) como Javier Cámara, Carmen Machi o Úrsula Corberó, aunque quizá quien roba las mejores escenas es Miki Esparbé, el personaje más puramente cómico de la función.
Al final, Perdiendo el Norte es agradable y entretenida, más floja de lo deseable y demasiado complaciente, dejando incluso alguna historia algo en el aire, pero a la que se le puede perdonar en pos a sus buenas intenciones y su simpático desarrollo.

jueves, 12 de marzo de 2015

EN TERCERA PERSONA (5d10)

Nueve años han pasado desde que Paul Haggis ganase el Oscar gracias a Crash y en ese tiempo apenas ha dirigido un par de películas bastante intrascendentes hasta llegar a esta En tercera persona que, por cierto, llevaba acumulando polvo en el cajón de la distribuidora desde el 2013. 
Como queriendo recuperar el esplendor perdido, Haggis repite el mismo esquema que en Crash, creando una trama coral con historias aparentemente sin relación entre ellas que terminarán confluyendo para dar sentido al conjunto y amparándose en un interesante –aunque en ocasiones desaprovechado- reparto.
En tercera persona es una película correctamente dirigida. Haggis sabe dónde poner la cámara en cada momento, imprime el ritmo adecuado a la acción (aunque quizá se exceda en la duración final) y consigue dar forma a su puzle mediante un montaje dinámico y efectivo que por momentos me recuerda (pese a no tener nada que ver ni argumental ni visualmente) al Atlas de las nubes de los Wachowski.
Sin embargo, algo falla en esta ambiciosa metáfora sobre el proceso de la creación  que pretende abordar diversos puntos de vista de las relaciones humanas sin que en ningún momento llegue a tocar la tecla justa. Haggis, más reconocido como guionista que como director, patina en la escritura de un libreto que resulta demasiado previsible (hay un “truco” final que yo intuí casi desde el primer minuto de la película) y cuyas subtramas resultan por momentos poco creíbles e inconsistentes.
Michael (Liam Neeson) es un escritor de éxito en pleno bloqueo creativo que ha abandonado a su mujer (Kim Basinger) por una novelista mucho más joven, Anna (Olivia Wilde) con la que mantiene un juego de poder en su retiro en París mientras intenta buscar la inspiración para su nueva novela. Julia (Mila Kunis) es una joven desequilibrada que lo dejó todo por su relación con Rick (James Franco) con quien ahora tiene una guerra abierta por la custodia de su hijo en común con la ayuda de su abogada Theresa (María Bello) en la ciudad de Nueva York. Scott (Adrien Brody) es un ladrón de diseños de moda que en una estancia de “trabajo” en Roma conoce a Monika (Moran Atias), una gitana que lo conducirá al peligroso mundo de la mafia rusa en un intento desesperado por recuperar a su hija, introducida ilegalmente en el país.
Tres historias aparentemente diferentes entre sí que terminarán confluyendo de una forma, en ocasiones, demasiado artificial y cuyo atractivo radica más en su visión como una extraña mezcolanza de situaciones muy bien entrelazadas por el montaje y la música que por su análisis individual, y cuya suma final termina resultando demasiado floja, haciendo que nos preguntemos qué es exactamente lo que el señor Haggis nos pretendía contar.
Entretenida y disfrutable durante su visionado, su tramposo desenlace facilitará que decaiga en reflexiones posteriores, invitando a que, tal y como le ha pasado a la propia distribuidora, la olvidemos en el acto. Y es que, si no fuese por el atractivo de su reparto (y eso que hoy en día resulta hasta extraño ver a Neeson sin repartir estopa), estaría condenada por oscilar demasiado entre la pretenciosidad moral y el vacío más absoluto.

martes, 3 de marzo de 2015

SAMBA (5d10)

Desde que Olivier Nakache y Eric Toledano arrasaran en todo el mundo con Intocable, incontables son las películas francesas que se han estrenado bajo el epígrafe: “de los artífices de Intocable”, ya sea porque comparta con ella algún productor, el guionista o, vaya usted a saber, el tipo que diseñó los títulos de crédito.
El caso es que ahora por fin llega realmente la nueva película de los realizadores de aquella, y es por ello que las expectativas eran muy altas. No voy a decir que Nakache y Toledano no hayan querido arriesgar, repitiendo el mismo esquema de nuevo, pero sí es cierto que queda cierto regusto de Intocable en esta Samba, con la que, ya de entrada, comparten protagonista. No en vano volvemos a tener un retrato social basado en la relación de un inmigrante negro (y por lo tanto, de clase baja) con alguien económicamente por encima de él pero con un grave problema de salud (en Intocable era un tetrapléjico y ahora es una depresiva). A partir de aquí, sin embargo, empiezan las diferencias.
Y la principal diferencia está en el tono. Samba cuenta la relación, primero de amistad y luego de amor, entre un inmigrante ilegal y una ejecutiva que durante una baja por enfermedad ayuda en una ONG. De esta manera, Samba es un crudo retrato de la realidad de los inmigrantes en el país vecino (que puede que no sea muy diferente de cómo pueda ser en el nuestro propio) y como es su día a día, ayudándonos a ver con otros ojos como en ocasiones los problemas de adaptación no surgen sólo de ellos sino de un sistema que los necesita como trabajadores pero los rechaza como personas.
Hasta aquí, todo correcto. Magnífico, incluso. El problema viene cuando se necesita una historia para envolver convenientemente este documento. Y es que la historia de Samba hace aguas por todas partes.
Pese a los varios momentos simpáticos que endulzan el film, Nakache y toledano nunca saben decidirse en el tono que quieren dar a su película, logrando abrir un debate en las calles sobre si se trata de un drama con tintes cómicos o una comedia con trasfondo social. Parece que el tema va más por el drama pero si quieren saber mi opinión pienso que los autores buscaban en realidad una comedia, solo que les salió una comedia mala.
A diferencia de en Intocable (y van ustedes a perdonarme las continuas comparaciones, pero resulta inevitable) los diálogos aquí son bochornosos y la complicidad que había entre Omar Sy y  François Cluzet no se traduce en química entre el propio Sy y Charlotte Gainsbourg.
Decían en una entrevista los directores que quería emular a las comedias italianas de corte social, lo cual puede ser cierto, pero hay también cierta americanización en el uso de abundantes escenas videocliperas que no le hacen ningún bien a la película, que más allá del interés que pueda ofrecer por el aspecto de cine de denuncia resulta aburrida y poco creíble, a la par que mal resuelta.
No voy a definirla como un desastre total, pero quizá las expectativas estaban muy altas y la presión ha podido con Nakache y Toledano, que después de palpar el cielo con Intocable decepcionan en esta historia irregular y demasiado artificial.

EX MACHINA (8d10)

Resulta interesante adentrarse en esta película sin saber nada de ella, ya que el visionado anterior de su tráiler podría no solo revelar demasiado (cosa inevitable en la mayoría de avances de ahora) sino hacernos creer que la película va por otros derroteros más fantasiosos o trepidantes.
Pese a su buen (aunque mínimo) reparto y su lujosa ambientación, Ex machina es en realidad una película pequeñita, de esas en las que la originalidad de la idea y los recovecos de su guion debe primar ante la calidad de sus efectos visuales y que, por ello, me remiten a títulos recientes como The Signal o Orígenes, por más que argumentalmente no tenga nada en común con ellas.
De hecho, ha sido definida como la EVA americana (curioso que por una vez sean las cosas al revés de lo acostumbrado), y algo de cierto puede haber, aunque la historia que nos ocupa ahora es mucho más absorbente y compleja y no se pierde en derroteros melodramáticos como le sucedía al título de Quique Maíllo.
Ex Machina cuenta la historia de Caleb, un programador informático anónimo y anodino (convincentemente interpretado por Domhnall Gleeson) que gana un concurso organizado en su empresa cuyo premio consiste en una semana de vacaciones en la lujosa casa que Nathan (el cada vez más de moda Oscar Isaac), el dueño de la empresa y uno de los más importantes magnates informáticos del mundo, tiene en un entorno espectacular, en el corazón de una zona montañosa rodeada por frondosa vegetación y cascadas interminables. Todo este paraíso verde contrasta con la fría sofisticación del interior (la gran parte de la edificación se encuentra bajo tierra) donde Caleb descubre que el verdadero objeto de su estancia allí consiste en descubrir los grandes avances que Nathan ha logrado en el terreno de la inteligencia artificial y, mediante una serie de entrevistas con el ser artificial de rasgos femeninos denominado Ava (la sueca Alicia Vikander, a la que se vio recientemente en El séptimo hijo) , llegar a concluir si el ingenio es capaz de pensar por sí mismo en una versión algo tramposa del test de Turing.
Con un arranque algo lento e incluso desconcertante, el espectador se ve atrapado, como el propio Caleb, en un universo claustrofóbico y desconcertante, con más preguntas que respuestas, y ante el desafío de enfrentarse a un ordenador en un confuso juego de seducción donde realidad y ficción se pueden confundir con facilidad y nada puede llegar a ser lo que parece a simple vista.
Es en su segunda mitad cuando las piezas van tomando sentido y la película termina de atraparnos por completo, resultando perturbadoramente cautivadora y ofreciendo un nuevo punto de vista al, por otra parte, manido tema de la inteligencia artificial.
Con rasgos casi teatrales (solo hay cuatro personajes principales, los tres mencionados y una sirvienta oriental que ni siquiera comparte el idioma de los demás), Ex machina plantea los límites de la tecnología, imaginando el momento en que la inteligencia artificial sea también sinónimo de los sentimientos artificiales  preguntándose si, una vez aceptados esa inteligencia y esos sentimientos, si deben seguir siendo considerados artificiales o si tiene derecho la máquina a considerarlos como suyos propios.
Reflexiva e inteligente, no creo tampoco que Alex Garland, el inventor de todo esto, pretenda crear un profundo debate sobre los peligros de los avances informáticos, sino más bien basarse en ellos para crear un divertimento muy entretenido y sencillo, un puzle sobre personas solitarias en busca de un reconocimiento personal y sentimental del que siempre han carecido. Garland debuta aquí como director después de haber escrito la novela La playa y los guiones de, entre otras, 28 días después, Sunshine y Dreed) y lo hace francamente bien, invitando a que lo tengamos muy en cuenta de cara al futuro.
Alejándose conscientemente de las obligadas leyes de la robótica de Asimov, Ex Machina se labra su propio camino consiguiendo una película casi redonda con una puesta en escena tan sencilla que sorprende que llegue abarcar tanto.


LA MUJER DE NEGRO: EL ÁNGEL DE LA MUERTE (3d10)

Es 1941 y los bombarderos nazis están arrasando Londres.
Así comienza la película y así termina la mejor escena de la misma, con una capital desolada y el sentir del verdadero horror entre los que se ocultan en los túneles de metro en espera de poder regresar a sus derruidos hogares.
En tal situación, un grupo de niños cuyos padres no pueden evacuar la ciudad son conducidos a una aldea de las afueras para instalarse en un viejo caserón abandonado. A partir de ahí, la nada más absoluta.
Poco antes de llegar a la casa, situada en una isla que conecta con tierra firme mediante una carretera transitable solo con marea baja, el bus que los lleva tiene un pinchazo y la protagonista aprovecha para separarse del grupo e internarse sola entre un pueblucho fantasma hasta el inevitable susto final. Apenas instalados en el caserón, la protagonista se va a dormir y tiene una pesadilla en la que va caminando sola por una especie de hospital hasta el inevitable susto final. Al despertar, acongojada, escucha ruidos en el sótano y no tiene mejor idea que bajar a investigar sola hasta el inevitable susto final.
Llevamos apenas diez minutos de película y las intenciones son claras. Descartando por completo el tono dramático existencial y atormentado que imperaba en la película del 2012 con Daniel Radcliffe, esta secuela se limita a buscar el susto fácil, empeñándose en situar a la joven maestra en situaciones rocambolescas (hay que ver lo que le gusta a esta chica eso de apartarse de los demás y quedarse al fantasma para ella sola) apropiadas para los sustos más predecibles posibles.
Es esta la típica película de apariciones fantasmales en primer plano y subidas estruendosas de la música que no aporta absolutamente nada más que el sobresalto facilón en una trama ridícula, carente de ninguna pretensión artística y con dos personajes protagonistas tan planos como sus propios intérpretes.
No es ya que la profesora Eve Parkins no produzca la suficiente empatía como para sufrir por ella, sino que consigue curiosamente el efecto completamente contrario. Tan empeñada parece en ponerse en situaciones de absurdo riesgo que sólo consigue que el espectador esté deseando que se la carguen ya a ver si así arranca de una vez la historia. Y poco más o menos pasa con el abofeteable niño que parece el centro de todo el drama, que en lugar de pena produce irritación de lo pasmao que está todo el film, convirtiendo un personaje aparentemente trágico en irritante.
No voy a negar que el público fácil de cero expectativas vayan a disfrutar con la película, pues los adolescentes entregados gritará cuando tienen que gritar y pegarán botes cuando los tienen que pegar, pero ello no es suficiente para justificar un nuevo bodrio más del mal llamado cine de terror que no hace más que enturbiar el grato recuerdo que había dejado su predecesora, aquella obra gótica que parecía abrir un renovado futuro a la Hammer.
La mujer de negro regresa, vaya usted a saber para qué, y sigue vengándose de algo que ni ella debe saber, saltándose cualquier norma en su razonamiento y propiciando giros de guion tan predecibles como estúpidos. Y todo para nada, ya que, si el mismísimo Harry Potter no pudo acabar con ella, ¿qué posibilidades tienen estos mojigatos de ahora?