sábado, 30 de mayo de 2015

TOMORROWLAND (8d10)

Decía Christopher Nolan cuando presentó Interstellar que quería rendir un homenaje a los soñadores espaciales, hablar sobre esa época en la que la gente miraba hacia las estrellas en lugar de hacia la tierra. Para ello, imaginó una fábula oscura y casi apocalíptica, con un planeta muriéndose y el espacio (con imposibles teorías cuánticas de por medio) como única esperanza.
Algo parecido quiere contar la película de Brad Bird, en un claro homenaje a esa época que Nolan añoraba donde ser astronauta era el sueño de todo niño y era factible que todo era posible en esta vida. Pero para ello Bird, mucho más optimista y colorido que su colega, prefiere empezar mirando al pasado, viajando precisamente a esa época dorada no sólo de la carrera espacial sino de los avances técnicos en general. Un viaje al pasado tanto argumental como estilístico (algo así había ya en su versión animada de los superhéroes en esa maravillosa película que es Los Increíbles), concibiendo una película que, toda ella, supone un homenaje a la magia que imperaba el cine de finales de los ochenta. Tanto es así, que toda la primera hora inicial desprende un aroma nostálgico que recuerda al mejor Spielberg, desde la mirada de fascinada inocencia que aporta el personaje de Frank Walker en su versión infantil como el regusto de aventura juvenil (nada que ver con el pretensioso y trágico trascendentalismo habitual en las sagas modernas tipo Los Juegos del hambre y demás) que supone la presentación de Casey. Es por eso que Tomorrowland, con sus excesos digitales y su gran despliegue tecnológico, esconde en su fondo un homenaje a clásicos como E.T., los Goonies o Regreso al futuro (en todas ellas estaba la mano de Spielberg, de una manera u otra), con lo que el visionado de esta Tomorrowland podría completarse en una magnífica sesión doble con la recuperación de Super8, de J.J.Abrams, que pretendía jugar, a su manera, a lo mismo. Incluso comparten ambas al mismo compositor musical, el gran Michael Giacchino que se rebela de nuevo como el más avanzado sucesor de John Williams.
Dice por ahí que la película no está arrasando en taquilla y que ya la califican como la “nueva John Carter” de Disney. Y con todo el pesar de mi corazón debo añadir que no me sorprende en absoluto. Y es que el espectador actual, tal y como la sociedad a la que la película acusa, está demasiado acostumbrada a la oscuridad como para aceptar un poco de luz. O quizá hayan olvidado incluso esa época (liderada por la propia Disney) donde era posible hacer un cine de entretenimiento sin realizar, necesariamente, un aparatoso y monumental blockbuster. Y es que no creo que Tomorrowland haya sido concebida para batirse en duelo con títulos como Los Vengadores, Mad Max o la inminente Jurassic Word (hombre, hacer dinero sí que quieren, claro, que son la Disney), sino más bien para hacer pasar un delicioso rato en familia con un puntito de mensaje de fondo. Una de las muchas y entretenidas superproducciones Disney alejadas de las franquicias Marvel o Star Wars, como fuera en su  momento (hasta que la convirtieron en saga y la estropearon) Piratas del Caribe. Nada más ni nada menos.
Tomorrowland cuenta la historia de un grupo de genios que un buen día decidió unirse para crear un mundo mágico, un prodigio tecnológico, una ciudad del futuro ubicada en una dimensión paralela que representara el resurgir de una nueva civilización. Hasta que un día Frank, uno de sus miembros más jóvenes, inventa algo que pondrá en peligro el futuro de todo.
Por otro lado, la joven y soñadora Casey, defensora de causas perdidas como la demolición de una planta de lanzamiento espacial de la NASA en Cabo Cañaveral, recibe un misterioso pin que, a su contacto, la transporta a ese misterioso y mágico lugar.
De personalidades opuestas (aparentemente) pero condenados a entenderse, Frank y Casey deberán formar equipo para cambiar el desolador futuro de la humanidad.
Con una sorprendente química entre George Clooney y Britt Anderson (pese a la diferencia generacional) y la tremenda revelación que supone el descubrimiento de la hipnótica Raffey Cassidy interpretando a un personaje que supone el nexo de unión entre ambos mundos, Bird (en colaboración con Damon Lindelof, uno de los guionistas bandera de Perdidos que firma la historia junto al propio director) propone una fábula futurista (supuestamente ambientada en la atracción homónima de los parques Disneyland, aunque apenas toma de ella el nombre y el concepto básico) con tintes pre apocalípticos, con la sana intención de advertir a la sociedad de los peligros de no rebelarnos contra nuestro propio futuro aciago y limitarse a esperar de brazos cruzados a que todo llegue al final. Con un planeta destinado a la oscuridad, Bird se refugia en la luz y el color para ofrecer un mensaje optimista a todo aquel que quiera escucharlo, aprovechando la ocasión para aderezarlo con trepidantes persecuciones, peleas frenéticas y constantes cambios de ritmo cual si de una montaña rusa se tratase hasta desembocar a la sorprendente revelación final, cargada de una profundidad poco dada en productos que podrían ser tildados a simple vista como puramente palomiteros.
No todo es perfecto en este mundo del mañana, pues la magia a la que me refería al principio se va desinflando a medida que avanza el metraje y se torna rutinaria en su acto final, en un desenlace demasiado atado a los convencionalismos del cine de acción que poco (aparte de una significativa escena “de lagrimita”) aportan al mensaje final. Con un agotador derroche de efectos visuales que, por exigencias argumentales, van también de más a menos en la película, la sensación al salir de la sala puede ser un poco descompensada, culpa de poner toda la carne en el asador en unos sesenta minutos iniciales completamente geniales que eclipsan al resto del film, provocando que incluso la supuesta importancia del papel de Robertson se nos quede algo desdibujada.
Pese a ello, la experiencia ha sido plenamente satisfactoria, y sólo la posibilidad de imaginar un futuro como el de Tomorrowland ya invita a creer de nuevo en la magia de que todo es posible. Rodada (e inspirada) en la Ciudad de las Artes y la Ciencia de Valencia, Tomorrowland es todo lo que una película apocalíptica actual no es. Y quizá por ello no es entendida por mucha gente, que echa en falta las muertes, los desastres o incluso los zombies. A todos ellos les digo que no se preocupen. En unas semanas llegará a las carteleras Sant Andreas y el mundo volverá a irse al carajo como la mayoría desea, con terremotos y destrucción. Yo, por mi parte, me he cansado un poco de tanta oscuridad amarga y prefiero disfrutar de un futuro como el de Tomorrowland.
¡Qué le voy a hacer si viví los ochenta…!


CAZA AL ASESINO (5d10)

Pierre Morel es un buen artesano que, bajo el ala protectora de Luc Besson, había dirigido hasta ahora las entretenidas y adrenalíticas  Venganza y Desde París con amor. Ahora, alejado ya del productor y realizador galo, Morel busca su propio camino en Hollywood con esta peripecia de intriga para mayor gracia de un fibrado Sean Penn, también productor del film.
Caza al asesino es una entretenida cinta de acción donde Morel pretende ser un poco menos extremado que en sus anteriores film presentándonos al héroe de la cinta, Terrier (Penn) como un hombre con pies de barro, no ya sólo por su pasado sino por su actual estado de salud.
Líder de un grupo militar en el Congo  con la misión, entre otras, de proteger el hospital en el que trabaja como voluntaria Annie (Jasmine Trinca), la mujer a la que ama, su realidad es bien distinta. Contratados a través de un hombre llamado Felix (Javier Bardén), Terrier debe asesinar a un ministro local por simple interés económico. Tras ello, Terrier abandona el Congo y a la mujer de su vida para comenzar un camino de redención en busca de un perdón que quizá no merezca.
Pero, como suele ser habitual en estos casos, el pasado volverá a perseguirlo años después y Terrier se verá envuelto en el centro de una conspiración que lo llevará a Barcelona donde el triángulo con Félix y Annie será clave para descubrir quién ha puesto precio a su cabeza.
Pese a las interesantes escenas de acción, Caza al asesino es algo menos dinámica que los anteriores títulos de Morel, pretendiendo centrarse más en el dramatismo que rodea al personaje de Penn y añadiendo incluso un toque de concienciación social que termina difuminándose en la mezcla de géneros que resulta el film. Y esto es lo que condena a una película con todos los ingredientes para ser un buen éxito y que naufraga entre aguas turbulentas por culpa de una mala planificación, empezando por un Barden demasiado acostumbrado últimamente a papeles caricaturescos, una Trinca que supone lo peor de la película en cuanto a reparto se refiere y un timón que en ningún momento sabe hacia donde se dirige. Casi se diría que Morel pretende aspirar a demasiado y se queda en las puertas de todo.
Desde un punto de vista patrio, sin embargo, la película ofrece un aliciente especial, ya que las secuencias filmadas en Barcelona hacen lucir a la ciudad condal como si de un personaje más se tratase, resaltando su belleza como pocas veces se ha visto en pantalla grande (toma nota, Woody) y permitiendo a los oriundos de la capital catalana sentirnos cómplices al acompañar a Penn por la Plaza Real, la Rambla Catalunya o la ya clausurada plaza de toros de La Monumental. ¡¡¡Incluso habrá quien podrá reconocer los bosques cercanos a Gavá en lo que se supone es el Congo!!!
Con todo, la película no aburre y se deja ver sin dificultad, lo cual es excusa suficiente para ver a Sean Penn emulando a Lian Neeson y (a la vejez, viruelas) convirtiéndose en un nuevo héroe de acción y disfrutar de la siempre interesante (aunque breve) aparición de Idris Elba, aunque la excusa de las ONG’s en el Congo desaprovechen la ocasión para incidir en el tema social en África.

MAD MAX, FURY ROAD (7d10)

En ocasiones, generalmente de forma sorpresiva e inexplicable, aparecen películas rodeadas de un hype tan fervoroso y pasional que es necesario ver la película cuanto antes para no verse afectados por esas corrientes que amenazan con condicionar (ya sea para bien o para mal) la opinión propia. Y la mayoría de las veces se trata de un hype exagerado y desproporcionado que va apagándose con el paso de los días.
Algo así sucede con este pastiche de ideas y excesos llamado Mad Max, aplaudida hasta la extenuación en sus primeros pases en lugares como Cannes y calificadas con rotundos dieces por parte de la crítica especializada pero que está decepcionando en su estreno americano siendo literalmente machacada por esa cosa llamada Dando la nota, aún más alto (y cuya opinión es poco probable que leáis por aquí).
No se puede calificar como obra maestra (y lo he leído por varios sitios, lo juro) a una película decididamente tan mala en su concepción como genial en su visualización. Todos los calificativos positivos que quieran dedicarse al film posiblemente sean adecuados, ya que hay en la película una cierta grandeza, mucha épica, una banda sonora brutal (aunque posiblemente insoportable si se pretende escuchar separada de las imágenes demenciales concebidas por Miller) y unos actores que van desde lo correcto a lo brillante, pero todo esto queda empañado abre el delirio visual que nos propone George Miller para esta... ¿secuela?¿reboot? (no está a demasiado claro) de su gran y casi único gran éxito.
Muchos consideran a Miller como un gran visionario, obviando el hecho de que tras la saga de Mad Max (cuya aparente conclusión databa de 1985) sólo tiene en su filmografía dos títulos con relativo interés: Las brujas de Eastwick y Babe, el cerdito valiente, aunque tampoco es plan de quitarle méritos ante la locura visual que ha sabido parir a sus setenta años de edad. Y es que lo que no se le puede negar a la película es su imaginario visual, su planificación casi perfecta y su impecable puesta en escena, con secuencias magníficas como la de la tormenta o algunos de los momentos más demenciales de la persecución que bien podrían haber sido ideados por el grupo teatral de La fura dels baus.
Mad Max, fury road es como un puñetazo en el estómago, que te deja sin aliento desde prácticamente el primer segundo de película y del que tardas casi dos horas en recuperarte. Es frenética, hipnótica, absorbente… Pura magia convertida en cine. Una constante y brutal sucesión de personajes escapados de un freak show que ya les gustaría para sí a los creadores de American Horror Story, una película enfermiza, colorista, caótica y violenta. Un espectáculo con mayúsculas que no da tregua al espectador y que apenas contiene pausas en las que reposar el empacho visual al que estamos siendo sometidos.
El problema viene tras su conclusión, cuando uno despierta del delirio para comprobar que ha pasado dos horas disfrutando (porque sí, la película se disfruta y mucho) con la nada más absoluta, con un guión inexistente (unos personajes escapan de un sitio, dan media vuelta y regresan al punto de origen), unos protagonistas sin apenas trasfondo y unos villanos de opereta que no tienen sentido ni justificación alguna. Con un Tom Hardy que en eso de carisma no le llega ni a la suela de los zapatos a Mel Gibson y un Max plano, lejos de la evolución que sufrió el personaje a lo largo de la saga original (y que en su conjunto constituía un verdadero viaje interior para el personaje).
Mad Max puede ser como el cruce imposible entre el cine de Michael Bay y el de Christopher Nolan, con las explosiones infinitas y el lucimiento femenino que tanto gustan al primero y la perfección visual (aunque sin su oscuridad) del segundo, con algún toque a lo Indiana Jones (la persecución por el interior de la fortaleza de los malos tiene algo de El templo maldito), y, por supuesto, el aroma a queroseno y rueda quemada de Fast & Furious. Y en medio de todo el fregado, Charlize Theron, la auténtica diosa de la carretera, magistral como de costumbre, sin que su mutilación, su pelo rapado o su suciedad le quiten un ápice de glamour y quien lleva las riendas de la historia (no es la protagonista, como se dice por ahí, pero sí quien centra la atención de la cámara).
Hay en la película demasiadas cosas que no entiendo, como las imágenes alucinógenas de Max (¿quién demonios es esa niña y cuándo la dejó morir?), el tiempo que ha pasado desde la destrucción de la humanidad (con lo fácil que sería haber obviado que el protagonista es el mismo Max de la saga de Gibson e imaginar que estamos muchas décadas en el futuro), el objetivo de muchos de los personajes (¿qué diablos pinta la chica en pelotas en lo alto de la atalaya?) y mil preguntas más que es mejor no formularse (¿cómo es que no queda ni un solo malo capaz de defender la fortaleza? ¿Por qué adoran a Inmortal como a un Dios pero no temen su ausencia? ¿Cómo engaña Furiosa a todos para ir a buscar gasolina a La Ciudad de la Gasolina con un tanque lleno de gasolina? ¿Por qué dice el personaje de Theron que ha hecho muchas veces ese viaje si no conoce el destino de su meta? ¿Tan grande es Australia que recorriendo un camino en línea recta durante ciento sesenta días no se llega a ningún sitio, ni siquiera al mar?), así como un desenlace decepcionante y poco climático en comparación con lo vivido hasta el momento.
La conclusión es que todo da igual. La película no tiene guion (el propio Miller lo ha reconocido, no es una crítica mía) y, pensándolo bien, ni falta que le hace. Es un film para disfrutar con los cinco sentidos (el sonido también es espectacular, somos capaces de oír hasta el más diminuto grano de arena del desierto), para dejarnos llevar en la sala y no pensar en nada más que en la sobredosis de imágenes de violencia y destrucción a las que nos están sometiendo. Y nada más.
No es una obra maestra. Ni siquiera una gran película. Pero sí una genialidad tan absurda como demencial. Y en ocasiones, eso también mola. Aunque tanto exceso roce el límite de nuestros sentidos.
Por esta vez, la aplaudo con entusiasmo. Si hay secuela (y parece que la habrá) no sé si lo haré. El truco es bueno, pero no infinito…

jueves, 28 de mayo de 2015

POLTERGEIST (6d10)

Podría decirse que no hay nada más sencillo que valorar una película de terror: si sorprende y asusta es un buen producto y si se confirma con amontonar tópicos y los sustos se limitan a las típicas subidas de volumen pues no cabe más que suspenderlas. Si a esto le sumamos que nos encontramos ante un remake, y no de una peli de terror del montón sino de todo un clásico de los 80', pues la cosa parece más clara todavía.
¿O no?
El caso es que Poltergeist se sitúa a medio camino, en una especie de ni fu ni fa, y cuyas referencias a la anterior película no se sabe si pretenden ser homenajes o una burda repetición de esquemas.
La película original data de 1982 y fue dirigida por Tobe Hoope, autor de La Matanza de Texas, y da la que -más allá de su leyenda negra- existe también la rumorología de que fue el propio Spielberg, oficialmente sólo productor, quién se encontraba tras las cámaras.
Gil Kenan,  director de medio pelo que se encarga de revisionar la historia, tiene de base varios aciertos, como reunir un reparto de renombre que da cierto lustro al film, o utilizar planos diurnos muy luminosos o incluso coloridos, como distanciandose consistentemente de la clásica película de casas encantadas de ambientación lúgubre y oscura. Además, Kenan va al grano con su narración, de apenas noventa minutos, sin esperar demasiado a poner sus cartas sobre la mesa y descubriendo los secretos que ocultaba la película del 82, como la revelación del cementerio bajo la casa, a las primeras de cambio, dando por hecho que todo el mundo tiene como referencia la primera versión y que no vale la pena tratar de engañar en vano al espectador, aunque se habría agradecido algún cambio con respecto a la base existente, más allá de que la televisión como punto de conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos se extiende ahora también a tablets, móviles, etc.
Poltergeist cuenta la historia de un matrimonio y sus tres hijos que se trasladan a una nueva casa edificada sobre un antiguo cementerio cuyas almas allí atrapadas utilizarán a la pequeña de la familia para tratar de escapar de esa especie de purgatorio en el que se encuentran. Sin arriesgar lo más mínimo ni profundizar demasiado en los protagonistas (y eso que el matrimonio formado por Sam Rockwell y Rosemarie DeWitt podría dar bastante juego), la película es un producto de consumo rápido, tan entretenida como olvidable, que es tan breve que no llega a aburrir pero incapaz de dejar huella en el espectador.
Puede parecer injusto caer en la tentación de comparar la película con la apuesta de Hoope/Spielberg, pero es casi imposible valorar una sin recurrir a la otra, pues Kenan se retroalimenta constantemente de ella recurriendo a los elementos más icónicos (ahí están el payaso, el árbol de la ventana, el concepto de "ir hacia la luz"...), mutando ligeramente algunos (la mítica médium que interpretó  Zelda Rubinstein es ahora un Cazafantasmas de reality televisivo al que da vida Jared Harris) que sin duda provocará una sonrisa nostálgica a los espectadores veteranos pero que posiblemente sabrá a poco a los jóvenes que han crecido con las Paranormal Activity de turno y no sepan nada de la Carol Anne original, costándoles incluso conectar con los momentos de humor del film, mucho más escasos, eso sí, que en la obra original.
Película, en fin, que no molesta y se puede ver con agrado, muy lejos del Poltergeist de Hoope pero que no llega a insultar su recuerdo. Para pasar el rato, vamos.

EL VIAJE MÁS LARGO (6d10)

Siendo esta una película basada en una obra de Nicholas Sparks no vamos a perder demasiado el tiempo en detallar sus intenciones, pues parece que sus aptitudes literarias (que no seré yo quien se las discuta) no pasan por ofrecer una gran variedad temática. Viejo conocido de los aficionados al cine por la ya clásica adaptación de El diario de Noa y las más recientes Querido John o Lo mejor de mí (que ha pasado fugazmente por las carteleras españolas este mismo mes), El viaje más largo contiene los tics más definitorios de Sparks, como son las historias paralelas intergeneracionales o la importancia del elemento narrativo literario, ya sea en forma de carta o de diario.
En esta ocasión, la historia versa sobre una estudiante de arte que conoce a un montador de toros que aspira a ser el mejor del mundo pese al accidente que le obligó a estar un año retirado, que durante la noche de su primera cita rescatan de un coche en llamas a un anciano con quien no tardará en conectar la muchacha, a la que, con la ayuda de toda una vida de correspondencia postal, narrará su propia historia de amor. Dos historias separadas en el tiempo que, como no podía ser de otra manera, terminarán teniendo conexiones propias e influyendo la una sobre la otra.
Es fácil adivinar que las brutales diferencia entre el refinado y cool mundo del arte y el vasto y violento del rodeo van a chocar entre sí, pero el director no quiere (o sabe) hace suficiente hincapié en ello (y eso que las más de dos horas de duración dan para esto y para mucho más) y se limita previsiblemente a cargar las tintas en los constantes acercamientos y distanciamientos amorosos y en buscar la lágrima fácil en los no pocos momentos dramáticos.
Sin arriesgar un ápice ni salirse un milímetro de las convicciones del género, uno de los secretos de la película radica en la buena química de sus protagonistas, una Britt Robertson salida de la serie La Cúpula a la que el inminente estreno de Tomorrowland puede convertir en nueva chica de moda (ya tiene, de hecho, un cierto aire a Jennifer Lawrence) y un novato Scott Eastwood buen heredero de la presencia y el carisma de papá Clint, a los que ensombrece, como no podía ser de otra manera, cada vez que comparten plano el gran Alan Alda.
El viaje más largo no pasará a la historia del cine, pero no puede negársele una gran sinceridad y transparencia al ofrecer lo que promete: romance algo empalagoso y ojos húmedos, aunque personalmente encuentro forzadamente facilona su resolución final y echo en falta algo de valentía al desaprovechar la oportunidad de indagar en el egoísmo implícito en el amor (representado en la figura de él en la historia actual y de ella en la del pasado) que escritor o guionista se quita de encima de un plumazo con un simple cambio de opinión de los personajes para nada habitual en el mundo real.
Pero no, eso no va sobre el mundo real. Se trata del mundo de Nicholas Sparks, y aquí las cosas funcionan de otra manera, más almibaradas de lo deseado.
Los incondicionales disfrutarán, se emocionan y llorarán. El resto pasará un rato entretenido y poco más.

El comentario del mes: LA NUEVA TELEVISIÓN

Desde hace ya algunos años, gracias a series de gran factura como Los Soprano, Breaking bad o, sobretodo, Perdidos (Lost), el mundo de las series para televisión ha empezado a considerarse como el sustituto natural del cine, confirmándose con el paso de actores y directores considerados estrellas en el mundo del celuloide a la pantalla pequeña.
Es por eso que, pese a ser este un blog dedicado exclusivamente al séptimo arte, considero que la “caja tonta” se merecía un pequeño hueco en forma de comentario breve, y más cuando exitosos experimentos como son el Universo cinemático de Marvel o el Universo expandido de Star Wars han permitido que ambos mundos se retroalimenten mutuamente.
En España, pese a la costumbre que tenemos de tirarnos piedras sobre nuestro propio tejado, las diversas cadenas televisivas empiezan a ponerse las pilas y a ofrecer productos de cierta calidad, pese a que da la sensación de que saben mejor crearlas que cuidarlas.
El último y más claro referente lo encontramos en El ministerio del Tiempo, cuya primera temporada ha concluido este mismo mes y que ha supuesto toda una revolución en el panorama nacional, con una legión de fans fieles que recuerda, en su justa proporción, claro está, a los que cosechó en su momento la propia Perdidos.
Pero lo más importante de lo conseguido por El ministerio del tiempo no radica tanto en la aceptación que ha tenido como en el hecho de convertirse en el vehículo que demuestre el cambio generacional y, sobre todo, la nueva manera de consumir productos audiovisuales.
Refiriéndonos en concreto a la televisión es imprescindible comprender que los tiempos han cambiado y que la esclavitud de los horarios y las pausas publicitarias están agonizando. Internet ha modificado nuestros hábitos y en España nadie parecía querer darse cuenta de ello. La tele, como tal, ha muerto, excepto que hablemos de programas deportivos o eventos de riguroso directo. El ministerio del tiempo ha triunfado en aficionados, pero no en espectadores. Televisión Española estuvo a punto de cancelarla debido a sus pobres índices de audiencia, sin alcanzar a comprender que en twiter y Facebook hubiese un movimiento de masas hablando de ella pero sin verla. Sería fácil volver a los errores de siempre y culpar a la piratería de todos los males del mundo, pero alguien pareció darse cuenta de la realidad y descubrir que estaba batiendo records en visionados on-line. Gracias a la propia web de Televisión Española el aficionado podía seguir su serie preferida cuando y donde quisiera, como dictan los nuevos tiempos. Y “eso del Internet” a lo que hasta ahora muchos visionarios de nuestro país apenas prestaban atención resulta que es el motor que puede salvar la industria en un futuro inmediato. Porque la tele ya no se puede ver sólo en la tele. También se ve en el móvil, en la Tablet, mediante Smart tv, con las aplicaciones de la Playstation y, sobre todo, en el PC.
El ministerio del tiempo ha conseguido quitarle la venda de los ojos a muchos carcas que seguían blandiendo el estandarte de la piratería como excusa para justificar todos sus errores con el lema de que “Internet es el mal personificado”. El siguiente paso está al caer, cuando se den cuenta del segundo problema que tenemos en este país, la inmediatez de estrenos.
True detectives será, posiblemente, la nueva piedra de toque. Cuando la serie, ya anunciada en España, sea un fracaso. “Pero si fue la serie de moda el año pasado”, se extrañarán algunos, que no entienden que hoy en día el año pasado equivale a una eternidad. Va a resultar ridículo estrenar una serie a bombo y platillo cuando todo el mundo al que le puede interesar ya la ha visto hace tiempo. Nos quejamos cuando una película se estrena en nuestros cines un par de semanas más tarde que en Estados Unidos, pero en televisión parece algo habitual. Los seguidores de Marvel tuvimos que ver Los Vengadores: La era de Ultrón sin conocer los episodios relacionados en Agentes de Shield o Agente Carter (próximamente en nuestras televisiones), mientras que el futuro de la saga lo tenemos en el aire pues no hay fecha confirmada para la llegada de Daredevil (otra que ya ha visto todo el mundo). En la competencia pasa lo mismo: se emite Arrow pero no su serie agermanada Flash, que contiene capítulos entrecruzados.
Algo tiene que cambiar en España para que la televisión no acabe siendo un simple mueble decorativo. La renovación de El ministerio del tiempo y la cancelación de “cosas” del siglo pasado como Alfombra roja son el primer paso. Juego de Tronos ha estrenado su última temporada de forma simultánea en España y Estados unidos. Están apareciendo nuevas plataformas televisivas sin ataduras a elevadas mensualidades telefónicas, como Yomvi Play. Y en otoño se espera la llegada de Netflix como agua de mayo (ahora habrá que ver qué catálogo nos trae).
Es solo un paso pequeño, pero esperemos que sea también el primero de muchos.

La recomendación del mes: ¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

Reconozco que existe cierta época de cine español que tengo bastante dejada de lado y que hay toda una serie de clásicos que merecen ser recuperados con carácter de urgencia. Por eso, cuando el otro día mi prima Susana me recomendó encarecidamente este título de Narciso Ibáñez Serrador que siempre me ha picado la curiosidad pero al que nunca encontraba tiempo para ella, decidí que era la siguiente película a la que debía dedicar esta sesión semanal del Blog.
¿Quién puede matar a un niño? significó la segunda y última aportación al mundo del cine como director del hombre que sin embargo pasaría a la historia como creador televisivo, con una historia extremadamente angustiante y aterradora, logrando transmitir una perfecta sensación de ahogo y claustrofobia pese a transcurrir en los espacios abiertos de una apacible (y ficticia) isla mediterránea.
Basada en la novela El juego de los niños de Juan José Plans (aunque con ligeros pero acertados cambios en la adaptación) Serrador, autor también del guion aunque firmado en su momento bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, describe la epopeya de una pareja de turistas (ella embarazada del que será el tercer hijo de ambos) que decide embarcarse hacía la fatídica isla de Almanzora de la que el hombre guarda bellos recuerdos de su infancia. Allí, sin embargo, les esperan calles vacías, bares abandonados y un silencio sepulcral, aunque no tardarán en advertir la presencia de diversos niños con terribles intenciones.
Como el propio autor reconoció en su momento, la película tiene claras influencias del cine de Hitchcock, recordando también a otros títulos con niños perversos como El pueblo de los malditos y adelantándose en un par de años a la publicación del relato y posterior adaptación cinematografía de Los chicos del maíz, con las que guarda evidentes similitudes (quién sabe si Stephen King había visto el film antes de escribir su historia), amén de que la música de Waldo de los Ríos recuerda poderosamente al clásico de Polanski La semilla del diablo (con la que comparte además el protagonismo de una mujer embarazada.
Tras un largo y desasosegante prólogo en el que vemos a modo de documental diversos momentos de la historia donde se rebela el cruel sufrimiento de niños indefensos, la historia se desarrolla con una estudiada lentitud, contando con la complicidad del espectador (que va a descubrir antes que la pareja protagonista que la muerte aguarda tras las blancas casas de pescadores de Almanzora), creando una tensión latente que terminará por estallar en una oleada violenta y sanguinaria y que derivará, en boca de uno de los propios supervivientes de la masacre, en la pregunta a la que se refiere el título y que va a suponer el quid de la cuestión.
La definitiva pérdida de la inocencia es reflejada por Serrador de manera brillante en forma de un juego inocente, una simple diversión para los niños que no dudan en disfrutar a carcajadas de cada cuchillada, cada vida adulta arrebatada como implícita venganza de las penurias que la propia sociedad hace pagar a los más desprotegidos.
Una de las grandes virtudes del guion de Serrador es la de no intentar buscar una explicación racional a lo sucedido, algo que sí se apunta, aunque levemente, en la novela. Con una ambigüedad que recuerda precisamente a la del maestro de Maine, Serrador se limita a mostrar unos hechos, dejando a la imaginación del espectador las causas e incluso las consecuencias, más aún tras su desesperanzador y cruel final y tras habernos mostrado instantes antes una de las secuencias más duras que recuerdo en una película, pese a no ser necesariamente sangrienta (y me estoy refiriendo a lo que le acontece a la pareja estando encerrados en un cuarto del hotel, no digo más).
En definitiva, una excelente muestra de cine de terror muchos años antes de que el llamado "cine de género" se pudiera tan de moda en nuestro país, aterrando y acongojando con truculenta escenas pero capaz de crear una insoportable tensión con momentos de sutileza más movidos por lo que se sabe que por lo que se ve.
Ignoro los motivos que llevaron a Narciso Ibáñez Serrador a abandonar el cine por la televisión, pero revisando ¿Quién puede matar a un niño? uno se da cuenta de la gran pérdida que supuso para nuestra filmografía.

jueves, 14 de mayo de 2015

A CAMBIO DE NADA (6d10)

No está nada mal el debut tras las cámaras de Daniel Guzmán, un joven al que muchos identificarán sólo por haber sido el novio de la pija en Aquí no hay quien viva pero que tras su cara de buen chico esconde además de a un estupendo actor a un hábil boxeador, motorista profesional y, tal y como descubrimos ahora, un buen guionista y director.
A cambio de nada narra los problemas de un adolescente atrapado por las secuelas del matrimonio roto de sus padres que se ve abocado a una rutina definida por la delincuencia y la soledad. Con confesos rasgos autobiográficos, la película pretende ser, ante todo, un alegato a la amistad, representada de manera intergeneracional por el amigo de toda la vida del protagonista, un veterano mecánico "de la vieja escuela" tan leal como ilegal, que aporta algo parecido a la figura paterna que el chico necesita, y una anciana tan necesitada de compañía como el propio protagonista.
Con estos datos la película puede recordar levemente a Barrio, de Fernando León de Aranoa, aunque esa fotografía tan poco elegante en busca de un híper realismo así como la autenticidad de sus desconocidos intérpretes (me refiero a los protagonistas, que en el reparto hay grandes nombres como LuisTosar o Miguel Rellán), me remiten personalmente a las Carminas de Paco León, aunque sin llegar a aportar por ese humor tan castizo y descarado.
No estamos ante una película redonda, que carece en su arranque de una correcta empatía con el protagonista, al que el deterioro de la estructura familiar no parece justificación suficiente para su comportamiento, desconcertando por momentos la intemporalidad de la historia, que parece reflejar una fría década de los ochenta pese a poderse ver matrículas actuales y hablar de euros, pero con todo resulta cuanto menos interesante y un prometedor debut para Guzmán que tiene en su acierto para el casting su mejor baza y al que habrá que estar atentos a su futuro más inmediato.

EL GURÚ DE LAS BODAS (5d10)

Debo confesar que me acerqué a esta película sin la más mínima esperanza de encontrarme con algo más que un nuevo bodrio escatológica con pretensiones de comedia gamberra sin la más mínima gracia, estirando aún más el chicle (¿volvemos a hablar de burbujas?) de las comedias relacionada con las bodas y/o las despedidas de soltero.
Sin embargo, menos gamberra de lo que podría ser, El gurú de las bodas es lo suficientemente entretenida y divertida como para merecer cuando menos el aprobado, con unos personajes simpáticos (muy graciosa esa alusión a Los Goonies) y una pareja protagonista con gran química entre ellos.
Sin necesidad de recurrir a escenas de dudoso gusto (dejemos la historia del perro como aislada excepción), la historia de un perdedor a punto de casarse con una mujer muy por encima de sus teorías posibilidades (la Penny de The Big Bang theory) que debe contratar a una empresa que le consiga falsos amigos funciona francamente bien, consiguiendo que un tipo tan cutre y desastroso sea fácilmente identificable y dando una vuelta de tuerca al concepto del patético perdedor al que estamos acostumbrados (y es que, ¿quién es el auténtico perdedor de la película?).
No es cuestión de volvernos locos y poner las película por las nubes, pero escenas como la del baile, personajes como la prostituta del este y la presencia (esto es ya cuestión de alianza personal, lo reconozco) de Jorge García justifican sobradamente su visionado si lo único que pretendemos es pasar un rato divertido con una comedia bastante blanca y con toque sensiblero en su tramo final.
Podría haberse sacado más de la historia, desde luego, pero estamos tan acostumbrados a que nos den mucho menos que este poco sabe a mucho.

SUITE FRANCESA (6d10)

Da la sensación que de un tiempo a esta parte ha habido un resurgir de todo lo relacionado con la II Guerra Mundial. Después de que la amenaza islamista fuese el último enemigo oficial de los Estados Unidos Hollywood vuelve a mirar al pasado convirtiendo de nuevo a los nazis (y por extensión los japoneses) en la gran amenaza, tal y como antaño fueses los rusos y los vietnamitas.
Al punto de vista más comercial que nos ofrecieron Angelina Jolie en Invencible a finales de año y David Ayer en Corazones de acero un par de meses después hay que añadir el punto de vista europeo con obras como La conspiración del silencio, que nos explicaba la post guerra desde el punto de vista alemán, La dama de oro que recordaba que años después de la invasión nazi las consecuencias se seguían pagando, y ahora este film francés que ofrece un nuevo e interesante punto de vista al mostrar como vivo y sufrió el pueblo galo la rendición de Pétain frente al ejército de Hitler y la relación entre los habitantes de los pueblos dominados con sus invasores.
Es este documento histórico lo más interesante de un film que se centra demasiado en una trama romántica (la clásica historia de que incluso en el infierno puede encontrarse a alguien bueno) que desdice un poco el paisaje global y convierte el film en una historia plana y demasiado previsible.
Algo que no colabora demasiado en la identificación del espectador es el detalle que pese toda la trama gira en torno a la relación entre franceses y alemanes los protagonistas están interpretados por actores foráneos, lo cual no deja de desconcertar. Y no es que lo hagan mal, ojo, que el reparto es soberbio y Michelle Williams y Kristin Scott Thomas están brillantes en su interpretación de una suegra y una nuera no demasiado bien avenidas pero condenadas a entenderse tras la invasión y en espera a que el cabeza de familia regrese del frente. Algo parecido sucede con Margot Robbie, que por mucho que le escondan su rubio habitual no da el pego. Tomen nota: una americana, una británica y una australiana interpretando a aldeanas francesas. Sin palabras…
Suite francesa parte de una curiosa historia que bien podría por si sola dar para un guion de cine: se trata de una novela inacabada de Irène Némirovsky sobre la Francia ocupada escrita en la misma época que relata y que la autora no pudo concluir al ser detenida por su origen judío y llevada a un campo de concentración.
Lo más interesante de las película es la posibilidad de conocer la ocupación de Francia bajo una mirada poco común, habituados como estamos a que sean los americanos o los británicos quienes nos den su punto de vista. Lástima que el director, Saul Dibb, lo haga de manera tan anodina, careciendo de la pasión y fuerza necesaria para dotar de alma a una historia que no termina nunca de arrancar, ni en su faceta dramática ni en su vertiente romántica, una vertiente, por cierto, ajena a la novela original.

WALKING ON SUNSHIRE (5d10)

A todos aquellos que proclaman indignados en contra de la burbuja de los superhéroes, a los que acusan de estar copando las pantallas y agotando un género (creo sin duda que ya debe ser considerado como tal), les invito a analizar cuántas películas basadas en cómics se han estrenado en lo que llevamos de año y cuántos musicales (ese género tan prolífico hace ya cuatro décadas y que parecía condenado al olvido hasta hace apenas unos años) han llegado a las carteleras en ese mismo periodo de tiempo. Y es que si tenemos que hablar de una burbuja en el mundo del cine (seguido muy de cerca por la peliculillas YA o las basadas en cientos de hadas) sin duda hay que referirse al musical.
Desde el estreno, hace ya de años, de Mamma mía!, la que bebe, y mucho, este film, todo parece valer con tal de ganar dinero con producciones de durante calidad aunque con bonita tonadas, alentados posiblemente por el auge en televisión de programas tipo La voz, Operación Triunfo y similares, canteras interminables de ¿actores?  dignos de los más pulcros gorgoritos.
En esa línea se mueve Walking on sunshine, con una historia estúpidamente previsible y plana y unos actores tan mediocres como carentes de empatía, y cuyas voces tampoco es que sean para lanzar cohetes (se salva, por razones obvias, Leona Lewis, que como actriz no vale un pimiento pero a la que se echa en falta más protagonismo en las canciones).
Tan carente de originalidad es este film que por tener no tiene ni una línea musical predefinida. Estamos acostumbrados a musicales inspirados en obras de Broadway, en historia versadas alrededor de un grupo o artista o, incluso, en las que se crean sus propias canciones. Pero este Walking on sunshine se limita a coger canciones populares ochenteras de aquí y allá, sin más criterio que el buen rollo que provocan, y las meten con calzador en medio de una historia de amor adolescente de vergüenza ajena.
Y si la historia es mala y los actores peores, ¿qué tiene la película que merezca su aprobado?, os preguntaréis. Pues que desprende lo mismo que las canciones seleccionadas: buen rollo.
Puestos a copiar, al menos han decidido copiar bien y de Mamma mía!, el referente más claro, hereda el uso y disfrute de unos paisajes de ensueño (en este caso las bonitas playa del pueblo de Puglia, en la costa italiana), los actores son todos (tanto ellos como ellas) insultantemente guapos, y las canciones (ahí están Venus, The power of love o la propia Walking on sunshine, entre muchas otras) terriblemente contagiosas.
Así, los directores Max Giwa y Dania Pasquini (dos personas han sido necesarias para consumar este despropósito, firmando además con el ridículo apelativo de Max & Dania) consiguen al menos que uno salga de la sala del cine de buen humor, pese a ser consciente de que la película es mala, embriagado quizá por el derroche de luz y color, de los hermosos planos que parecen postales, sonriendo y con las canciones resonando en la memoria.
Y eso, por sí solo, ya constituye un mérito, ¿no?

SEXO FÁCIL, PELÍCULAS TRISTES (7d10)

Sexo fácil, películas tristes narra la historia de Pablo Diuk (Ernesto Alterio), antaño escritor de éxito y en la actualidad en horas bajas debido al temido bloqueo del artista, que encuentra una salida en la oportunidad que le brinda un amigo productor de escribir el guion de una comedia romántica. El problema estriba en cómo lograr la inspiración necesaria para una historia de amor cuando su propio matrimonio hace aguas.
Esta es la premisa de la que parte el director Alejo Flah, que con este título debuta como realizador de largometrajes, para narrar dos historias en paralelo, la real y la imaginaria, cada una de ellas fiel reflejo de lo que en la otra sucede. No es excesivamente original la idea de contarnos en cine dos historias en paralelo, aunque quizá el referente más cercano se encuentre en la fallida En tercera persona, donde Paul Haggis nos propiciaba un juego algo más rocambolesco y engañoso sobre la imaginación de un autor y sus propias miserias. No obstante, mientras en aquella se buscaba sorprender al espectador con la por otro lado previsible sorpresa final, en Sexo fácil, historias tristes las cartas se ponen sobre la mesa desde el primer momento, no permitiendo que confundamos en ningún momento realidad con ficción, y centrando el punto de mira den la intimidad de los sentimientos de los protagonistas (una mirada claramente masculina, eso hay que reconocerlo) más que en la propia acción.
Buena heredera de los signos de identidad del cine argentino la película suma con acierto el humor con la tristeza, dando forma a un análisis sobre el desamor y la soledad, penetrando en los medios y fobias del creador y aprovechando de piso para desgranar los arquetipos de un género cinematográfico tan estereotipado como efectivo.
Alterio y Julieta Cardinali funcionan como muestra real de la destrucción de un matrimonio, mientras que Quim Gutiérrez y Marta Etura hacen gala de una química convincente y atractiva que ayuda al espectador a permanecer cómplice de una historia tan previsible como exige la situación (en este punto resulta especialmente gracioso ver como el desarrollo de la historia va cambiando a merced de los caprichos de la productora como la incursión, por ejemplo, de cierto viaje a París), teniendo el personaje de Camila como nexo común entre ambas historias en una metáfora perfecta de cómo funciona la inspiración de un escritor.
Con buenas interpretaciones e ingeniosos diálogos (y Carlos Areces, como siempre, en plan roba escenas) la trama avanza sin complicaciones hacía un desenlace que puede no ser del gusto de muchos pero al que no se le puede acusar de tramposo.
Al fin y al cabo, el propio protagonista, mediante su voz en off, lo viene anunciando desde la primera frase de la película.

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.

THE GUEST (7d10)

Ya hable ligeramente de esta película a raíz de su paso por Sitges 2014, aunque tras el éxito cosechado en el Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya quise esperar a su anunciado estreno comercial para poderla analizar más en profundidad, no esperando que este fuese tan limitado y fugaz.
Dirigida por Adam Wingard, quien destacó como realizador por Tú eres el siguiente y cuyos trabajos hemos podido ver también en diversos segmentos de V/H/S y The ABC’s of Death, la película supone un claro homenaje a las películas de videoclub de los años ochenta, a ese tipo de cine de serie B que pasaba de puntillas (o simplemente no pasaba) por las carteleras pero que luego el boca a oreja las convertían en las grandes estrellas en el formato doméstico.
Ya su argumento no puede ser más simple y tópico: un joven aparece en la vida de una familia americana para seducirlos con su labia y sus aptitudes de manera que cuando se descubra su lado turbio ya sea demasiado tarde. No hay ningún spoiler en esta frase, pues el propio director, con un hábil uso de la música y merced al rostro camaleónico de Dan Stevens, se asegura de que nos quede bien claro desde el primer momento.
Podría decirse sin temor a equivocarnos que todo en The Guest es una absoluta tontería, un sinsentido que se sostiene por los pelos y con un gran esfuerzo de credulidad por nuestra parte, pero lo cierto es que da lo mismo. Wingard y Stevens se las apañan para que rizar el rizo que proponen sea sumamente divertido, burlándose incluso de los estereotipos y dándonos simplemente lo que queremos, una buena dosis de humor y mala leche con un final adrenalítico en un improbable escenario de Halloween de instituto.
Perfecta es la labor de Wingard para “colarnos” su aventura, pero de nada le valdría un buen trabajo tras las cámaras si no hubiese contado con el talento de Dan Stevens, un actor poco conocido hasta la fecha pero con un prometedor futuro. Stevens es el invitado a quien se refiere el título pero, por encima de eso, es el alma de la fiesta que es en realidad la película. Stevens es tan guapo como macarra, tan seductor como inquietante, representando tanto la figura del mejor amigo o el vecino perfecto como el mayor y más aterrador hijioputa del barrio. Una sonrisa, una mirada, que se transforma en menos de un segundo.
Rematando la jugada con una inteligente banda sonora, The Guest contiene todo aquello de lo que Obsesión carecía, esa peliculilla de hace unas semanas protagonizada (es un decir) por Jenifer Lopez que venía a mostrar un planteamiento más o menos parecido, como si ambas películas fuesen las dos caras de una misma moneda, pero que pese a haberse estrenado con mucho más rebomborio resultaba a la fin una pésima caricatura de esta.
The Guest posee toda la cutrez de cine más vacilón de los ochenta pero con un bonito envoltorio y como tal hará las delicias de todos aquellos que no pidáis a la peli más de lo que promete, una hora y media de violencia y diversión. Una película, en fin, para pasárselo bomba escudados ante un buen tanque de palomitas.