Da la sensación que de un tiempo a esta parte ha habido un resurgir de todo
lo relacionado con la II Guerra Mundial. Después de que la amenaza islamista
fuese el último enemigo oficial de los Estados Unidos Hollywood vuelve a mirar
al pasado convirtiendo de nuevo a los nazis (y por extensión los japoneses) en
la gran amenaza, tal y como antaño fueses los rusos y los vietnamitas.

Es este documento histórico lo más interesante de un film que se centra
demasiado en una trama romántica (la clásica historia de que incluso en el
infierno puede encontrarse a alguien bueno) que desdice un poco el paisaje
global y convierte el film en una historia plana y demasiado previsible.
Algo que no colabora demasiado en la identificación del espectador es el
detalle que pese toda la trama gira en torno a la relación entre franceses y
alemanes los protagonistas están interpretados por actores foráneos, lo cual no
deja de desconcertar. Y no es que lo hagan mal, ojo, que el reparto es soberbio
y Michelle Williams y Kristin Scott Thomas están brillantes en su
interpretación de una suegra y una nuera no demasiado bien avenidas pero
condenadas a entenderse tras la invasión y en espera a que el cabeza de familia
regrese del frente. Algo parecido sucede con Margot Robbie, que por mucho que
le escondan su rubio habitual no da el pego. Tomen nota: una americana, una
británica y una australiana interpretando a aldeanas francesas. Sin palabras…
Suite francesa parte de una curiosa
historia que bien podría por si sola dar para un guion de cine: se trata de una
novela inacabada de Irène Némirovsky sobre la Francia ocupada escrita en la
misma época que relata y que la autora no pudo concluir al ser detenida por su
origen judío y llevada a un campo de concentración.
Lo más interesante de las película es la posibilidad de conocer la
ocupación de Francia bajo una mirada poco común, habituados como estamos a que
sean los americanos o los británicos quienes nos den su punto de vista. Lástima
que el director, Saul Dibb, lo haga de manera tan anodina, careciendo de la
pasión y fuerza necesaria para dotar de alma a una historia que no termina
nunca de arrancar, ni en su faceta dramática ni en su vertiente romántica, una
vertiente, por cierto, ajena a la novela original.
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