martes, 17 de noviembre de 2020

Visto en Amazon Prime: NO TE LO VAS A CREER

Hace unos pocos años se podría suponer que Alexandra Daddario iba para estrella. Protagonista de sagas adolecentes más o menos exitosas como la de Percy Jackson, niega reina del terror con La matanza de Texas 3D y coprotagonista junto a Dwayne Johnson del taquillero que supuso San Andrés, trato de dar un giro a su carrera potenciando su faceta más sexual en la primera temporada de True Detective. Sin embargo, el fracaso de Baywatch (Los vigilantes de la playa, uno de los pocos tropiezos en taquilla de Johnson) la relegó al olvido. Demasiado joven para ser ya una estrella extinta, sus pagos parecen condenados a comedias románticas del montón en busca de esa película sleeper que la devuelva a la primera plana. Pero no es fácil encontrar el pelotazo que marque a toda una generación, y guiones como los de Cuando Harry encontró a Sally, Pretty Woman o Mientras duermes tampoco es que abundan. Y no ayuda mucho el hecho de que se trate de producciones estrenadas directamente en V.O.D.

No te lo vas a creer, de finales del año pasado, se ha estrenado aquí de la mano de Amazon Prime, peto por una vez no se le puede culpar al dichoso Covid de ello.

Dirigida por Elise Duran, en su primer trabajo digno (mínimamente) de mención, la película parte de una premisa simpática: una joven becaria cuenta toda su vida (secretos más íntimos incluidos) a un desconocido durante un viaje de avión del que piensa que no va a sobrevivir, sin saber que el tipo en cuestión va a resultar ser su atractivo jefe. Lo malo es que, si ya con la premisa uno puede olerse por donde van a ir los tiros, no hay ni el más mínimo giro de guion, ni la más mínima secuencia, que puede sorprender lo más mínimo.

No te lo vas a creer es una comedia romántica tan previsible que llega incluso a ofender. No es que haya nada malo en ella, es tierna, divertida y romántica, pero es tan exageradamente fiel a un esquema ya caduco que termina por aburrir.

Tampoco es que los actores estén especialmente inspirados, y eso que la Daddario ejerce como productora. Ella sobreactúa en muchas escenas mientras que él (Tyler Hoechlin) se limita a lucir sonrisa mientras piensa en lo guapo que es.

En fin, película muy plana y limitada, sólo indicada para incondicionales del género, pero que seguramente ni siquiera a estos llegue a entusiasmar en exceso.

 

Valoración: Cuatro sobre diez.

Visto en Netflix: EL DIABLO A TODAS HORAS

Dirigida por Antonio Campos a partir de una novela de Donald Ray Pollock (que se encarga además de poner voz en off al film), El diablo a todas horas es una de las grandes apuestas de Netflix para este año que he tenido por ver con algo más de un mes de retraso.

Incómoda de ver por momentos, la película se sitúa en una América profunda recién salida de la Gran Depresión (aunque muchos de sus personajes parecen no hacerlo ni notado), en un mundo corrupto y sin ley a caballo entre dos guerras (la II Guerra Mundial y la de Vietnam).

El guion se conforma por diversos relatos que terminan teniendo incidencia unos en otros y cuyo desenlace, pese a estar perfectamente cerrado, invita a la reflexión.

Ya el título (así como una de las privadas frases del film) anticipa la presencia de las creencias religiosas sobrevolando la trama, y habría quien, en un análisis simplista, atribuya a la religión la máxima responsable de la violencia de la película. «Matar en nombre de Dios», dirán algunos. Aquí es donde yo considero que la película invita a la reflexión, sacando cada uno la lectura que más le interese. Yo, personalmente, rechazo esa sentencia. Cada uno usa la violencia en su propio nombre, y usar a Dios o al Diablo es una libre excusa para su propio fanatismo.

La película, aún con un ritmo lento y reflexivo, contiene una violencia cruda y amoral que se digiere bien gracias, sobre todo, a un casting estelar que se encuentra especialmente inspirado. En una película bastante coral destaca ligeramente el personaje de Tom Holland, quizá el que lo tenga mejor para conseguir una mayor identificación con el público. A su alrededor, un reparto plagado de estrellas como Jason Clarke, BILL Skarsgård, Haley Bennet, Sebastian Stan, Riley Keough, Robert Pattinson o Mia Wasikowska.

Perturbador film, en fin, que algunos podrán encontrar de ritmo irregular (ya sabemos que cuando hay varias historias siempre hay unas que atrapan más que otras), pero que a mí me ha resultado tan turbia como estimulante.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: BOB ESPONJA: UN HÉROE AL RESCATE

A estas alturas no voy a ser yo quien descubra a Bob Esponja. Los que me seguís de hace tiempo ya sabréis que quedé encantado con la película anterior y lo único que lamento de esta es no haberla podido ver en pantalla grande, donde su animación en 3D y su intenso colorido habrían lucido mucho mejor.

De nuevo en Nickelodeon han conseguido realizar una película con identidad propia, sin que parezca un simple episodio alargado, como suele suceder cuando se traspasa una serie infantil al cine. Quizá lo más destacable, en este sentido, sea la estación a reboot que desprende, pues aún con tener un tono continuista parece muy pendiente de preservar el origen de los personajes, con flashbacks que rememoran el momento en que todos ellos se conocieron.

Sigue siendo Bob Esponja: Un héroe al rescate una película netamente infantil, donde los más enanos de la casa disfrutarán con el derroche de luz y color y la acción casi frenética, pero los gags absurdos, casi surrealistas, y unos diálogos muy locos propicia que también los mayores (con un mínimo de sentido del humor) podrán disfrutar de lo lindo.

Como puede imaginarse, el argumento es casi lo de menos. Bob Esponja y su amigo Patricio deben abandonar la seguridad de Fondo de Biquini para embarcarse en una peligrosa aventura para rescatar a Gary del rey de una Atlantis más próxima a la Atlantic City de New Jersey que al mítico reino sumergido.

Al final todo es ya excusa para ensalzar el valor de la amistad y el coraje necesario para luchar por lo que vale la pena, siendo su tercer tramo, por sentimental y maniqueo, el más soso del film. Pero, como se suele decir, lo importante es el viaje, y este, de nuevo, es tan loco y divertido que vale la pena realizarlo, por más que conozcamos de sobras el destino final. Y más cuando los guionistas saben apañárselas para introducir de manera coherente (es un decir) personajes de carne y hueso que redondean el producto. Sí en el anterior film la estrella invitada fue Antonio Banderas, ahora es Keanu Reeves quien ha decidido echarse unas risas a costa de esta paranoia animada, amén de apariciones breves de gente como Danny Trejo o Snoop Dogg.

En resumen, un locurón muy divertido al que, eso sí, los que ocurren la serie no deberían ni acercarse. Al fin y al cabo, no es cometido del film el buscar nuevos adeptos para la causa.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: GAMBITO DE DAMA

Si hace unos días comentaba lo poco interesante que podría resultar, a priori, una secuela tardía sobre Karate Kid, la apuesta se eleva. ¿Una película sobre una jugadora de ajedrez que, además, ni siquiera es real?

Esta es la base de Gambito de dama, que con un aspecto muy clásico de biografía fílmica se inspira, en realidad, en la novela homónima de Walter Trevis, un viejo conocido en Hollywood pues suyas son las obras que inspiraron a El color del dinero y El buscavidas.

El ajedrez debe ser uno de los deportes menos atractivos para reflejarse en pantalla, ya sea en cine o televisión (aunque algunos ejemplos de ello hay, como Jaque al asesino, El juego más frío o las españolas El jugador de ajedrez e Hijo de Caín), y casi siempre que se ha hecho, este es más una excusa para hablar de otra cosa que el verdadero foco de atención.

En Gambito de dama el ajedrez lo es todo, por más que se use como metáfora de vida para hablar del abandono, las adicciones y el sacrificio. Y, contra todo pronóstico, funciona perfectamente.

Dos son los grandes artífices de que la mini serie de siete episodios sean un modelo de cómo hacer una buena historia biográfica. Por un lado, Scott Frank, alma mater de la serie tanto como escritor como en la faceta de director. Él es quien consigue que una historia tan dramática (todo empieza con una niña abandonada en un orfanato tras el suicidio de su madre) sin aparente toques de humor pueda resultar divertida y, pese a su ritmo lento, emocionante, plasmando cada partida de ajedrez (y hay muchas a lo largo de la serie) de manera diferente, algunas incluso mostrándonos tan sólo los rostros de los jugadores.

La otra apuesta ganadora de Gambito de dama es Anya Taylor-Joy, una de las mejores actrices del panorama actual (sino la mejor). Tras impactar en su debut con La bruja, plantarle cara a la impresionante interpretación de James McAvoy en Múltiple, ser la roba escenas descarada de Los Nuevos Mutantes o arrebatarle el papel de Furiosa a la mismísima Charlize Theron en la inminente precuela de Mad Max, ya era hora que esta chica de raíces hispanas y extraña belleza tuviera un vehículo para su propio lucimiento. Gambito de dama es ella y sólo ella, tanto a nivel argumental como visual. Toda la historia gira alrededor de su personaje, alejándose de las diversas subtramas cuando no le afectan directamente, mientras que la cámara la sigue casi insistentemente. Sin dejarse intimidar, la actriz hace un verdadero tour de force en el que con sus miradas y gestos doce más de lo que muchos diálogos podrían expresar.

Por último, resulta especialmente notorio que Frank haya conseguido una implicación del espectador tal que no es especialmente relevante que este tenga unos conocimientos mayores o menores (o incluso nulos) del juego del ajedrez. Yo mismo he hecho más de una partida y conozco el reglamento, pero ello dista mucho de poder decir que sé jugar, he disfrutado con la emoción de las partidas sin necesidad de conocer los entresijos de las mismas.

No sé si atreverme a afirmar, como he escuchado por ahí, que Gambito de dama está entre lo mejor del año, pero desde luego, el nivel que ofrece es muy alto.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

UN CUENTO PARA NOAH

Hace ya más de un año que sucedió. Un día cualquiera de un septiembre lluvioso en el que aún no se había oído hablar de virus y donde las pandemias parecían algo de las películas.

En realidad fue cosa de mi padre, por lo que nunca podré llegar a agradecérselo lo suficiente. Yo siempre he sido un viajero empedernido, deseoso de conocer lugares y culturas diferentes, pero ese 2019 en concreto no parecía demasiado propicio para embarcarme en una nueva aventura más allá de las fronteras de mi tierra, y así lo había decidido ya. Estaba el maldito tema económico, por supuesto, esa extraña pesadilla que quita el sueño por igual a ricos y a pobres, a cada uno a su manera y modo. Pero también la mala salud de don Benito, mezcla de la fatalidad y los malos hábitos que por suerte no he heredado, que por ese tiempo le hacía entrar y salir casi constantemente de los hospitales.

Lo recuerdo tumbado en la cama de uno de esos hoteles, como él los llamaba, mirándome con sus ojillos diminutos cargados de una chispa de vida que se negaba a abandonarlo, animándome a viajar. «Si yo ya estoy mejor»  me decía. Y por aquel entonces parecía verdad.

Luego, las estrellas se alinearon, confabulando a mis espaldas. Por un lado, la cosa del dinero varió, no lo suficiente como para caer en excesos pero sí como para invitarme a entrar a curiosear a una agencia de viajes (casi un ritual para mí, pues sé de antemano que al final voy a terminar haciéndole la reserva a ese amigo de la infancia reconvertido en mi agente vacacional particular que nunca me ha fallado). Por otro, un cambio poco usual en mis vacaciones propició que de improvisto me encontrase libre casi todo el mes de septiembre, sin nada interesante con que disfrutar en mi tiempo (porque, reconozcámoslo, las vacaciones pueden ser muy prácticas para, por ejemplo, pintar el piso; pero entonces dejan de ser vacaciones).

Y para completar la ecuación, mi buen padre cumplió con su parte y tuvimos un agosto relativamente tranquilo, abriéndose las puertas a mi escapada anual.

Tenía Las Vegas entre ceja y ceja, a fin de cumplir una deuda que tenía con ella (la había visitado hacía ya décadas, como parte de un tour que apenas me había permitido recorrer la ciudad del pecado más que unas tristes horas), amén del capricho de volver allí como parte de la investigación de una futura novela, pero el mencionado alivio económico tampoco daba para tanto, así que busqué un plan B.

La elección fue Croacia. Si había algo en lo que mis padres siempre coincidían (en cuestión de viajes, me refiero; en cuestiones más vitales coincidían en casi todo) era en que Dubrovnik era la localidad más bonita del mundo. Y eso que ellos la habían conocido antes de que los dragones sobrevolasen esas murallas que debían protegerla de los caminantes blancos.

Un último detalle para completar este cuento: con la reserva ya realizada y todo listo para disfrutar de mi viaje en forma de tour, una conversación casual con un familiar a quien tengo en gran estima sacó a relucir la belleza de Plitvice, una reserva natural de, al parecer, espectaculares lagos y cascadas. Aterrorizado por un pálpito insolente revisé la ruta de mi viaje desde el móvil y confirmé que tal idílico paraje no formaba parte de mi circuito. De inmediato, una llamada a mi amigo: «¿Y no se puede hacer nada?», le pregunté, acongojado. Se podía, desde luego. Ya te he dicho que el fallarme no entra en su lista de vicios. De manera que tras un nuevo presupuesto, una nueva ruta y una nueva fecha, mi epopeya estaba confirmada.

Lo que yo no sabía en ese momento era que, a seiscientos kilómetros de distancia, alguien había decidido realizar el mismo trayecto. Su historia, además, estaba plagada también de elecciones aleatorias y cambios de última hora. Y aunque esa parte del cuento no me corresponde a mi contarla, lo cierto es que es suficientemente tentadora como para no pensar en una fuerza superior (llámala ser celestial, destino o el propio caos del universo, lo dejo a tu elección) jugando a unir nuestros hilos.

Y aquí es donde, tras tan largo preámbulo, empieza a tomar forma este relato.

No seré tan osado como para comparar la belleza de Croacia con otros lugares que he visitado ni para definir ese viaje como el mejor de mi vida. Yo, que he sobrevolado el Cañón del Colorado, me he bañado en un cenote en Chichen Itzá, me he adentrado en el majestuoso templo de Abu Simbel y he contemplado una puesta de sol desde las dunas del Sahara, he aprendido que cada país tiene su belleza propia, particular e incomparable. Dejando de lado el cansino machaqueo de «merchandising» de Juego de Tronos o Star Wars, la ciudad amurallada de Dubrovnik me entusiasmó, con su aroma medieval y las aguas del Adriático golpeando la roca sobre la que se asienta. Split me dejó algo frío, la verdad, Plitvice merecía más tiempo del que le pudimos dedicar y Zagreb, que recorrimos hasta la extenuación cuando el viaje ya agonizaba, me dejó con ganas de más,. Pero si hay algo que realmente me enamoró de mi estancia en Croacia es la gente con la que compartí ruta.

No me refiero a todos, claro (y que nadie se moleste, éramos un autocar repleto y con algunos no llegué a cruzar más de tres palabras), pero se formó una panda muy interesante con quien compartir anécdotas y fotografías a la luz de unas copas más bien rácanas de alcohol al caer la noche. Un grupo de esos que podría convertirse en amigos para toda la vida de no ser porque, finalizado el viaje, cada uno debía regresar a su punto de origen, separados uno de otros por demasiados kilómetros y horas de vuelo como para que la promesa de volver a reunirnos todos alguna vez pudiera hacerse realidad. Y es que, incluso en estos días, Granada, Valencia o Madrid (bendito Madrid) quedaban demasiado lejos de Barcelona para el capricho de un simple café.

Sin embargo, ya te habrás dado cuenta de que este es un cuento de casualidades del destino y pequeños milagros, con lo que ninguna idea debería ser descartada antes de tiempo. ¿Recuerdas que he mencionado a alguien a seiscientos kilómetros de distancia de mí? Pues de ellas debería hablar ahora, pero creo importante hacer de nuevo un pequeño alto en el camino para contar algo más sobre mí.

Aunque desde niño he sido un romántico empedernido, el tiempo y la vida me habían hecho abrir los ojos, tomando una postura más bien cínica hacia eso que llaman amor. Había aprendido la realidad detrás de los grandes romances: que Romeo nunca acabaría con Julieta, que Rose y Jack jamás compartirían la tabla de madera (aunque todos sabemos que cabían los dos) y que los príncipes azules con Copyright de Disney, en la vida real, acumulaban escándalos y sospechas de desfalcos. Quiero decirte con esto que en ese momento de mi vida no estaba buscando a mi gran amor ni creía siguiera en tan maniqueo concepto. Yo, que en mis tiempos me había emocional leyendo a Becker y escuchando baladas de Scorpions, me había autoconvencido de que la única utilidad del amor era la de corromper a ciertos vampiros para que brillasen a la luz del crepúsculo y poco más.

Quiero decirte con esto que no esperes que te diga que cuando la vi por primera vez fue un flechazo instantáneo. No aletearon mariposas en mi corazón ni vi fuegos artificiales. En realidad, el primer recuerdo vívido que tengo de ella, pobrecita mía, fue descompuesta a bordo de un cascarón de nuez que revolvía su estómago a golpe de marejada y que propició nuestra primera y efímera conversación.

No fue un estallido inmediato, cosa de lo cual me alegro. Lo peor de eso que los poetas llaman pasión es que, por definición, es volátil y fugaz. Lo nuestro, sin embargo, fue cociéndose poco a poco, creciendo desde la nada hasta el infinito: un saludo al que siguió una sonrisa, el café de la mañana, coincidir en la mesa para cenar… Casi sin darnos cuenta empezamos a buscarnos en las excursiones, intentando conocer todos los bares del país y alargando en ellos las noches pese a la amenaza del madrugón del día siguiente.

Iba con su mejor amiga (aquella con la que compartí cervezas y tertulias políticas) y su madre, y pronto nos convertimos en inseparables. Pronto, pero tarde, pues Croacia no daba para más y el tiempo se nos escurría de entre las manos.

Sin saber cómo, ella y su amiga se habían convertido en «mis madrileñas» y el día que acudimos al aeropuerto a separar nuestros caminos una pena se adueñó de mi corazón. Recuerdo el abrazo de la despedida, el primer momento de verdadera intimidad que tuvimos, y la promesa de volver a vernos. Hicimos planes, intercambiamos mensajes y, atrapados en nuestras respectivas ciudades, hicimos de las llamadas telefónicas un hábito.

Nacida en el lugar donde el mundo se parte por la mitad, de piel canela y ojos rasgados, las horas de conversación se le hicieron tan insuficientes como a mí. Necesitábamos volver a vernos, recordar esa amistad que pudo brotar en Dalmacia pero que creció a medida que íbamos sabiendo más el uno del otro. Habíamos ido a Croacia en busca de paisajes y habíamos regresado, aunque aún tardaríamos un tiempo en averiguarlo, cada uno con un pedacito del corazón del otro. Y eso que ella, como yo, renegaba de romances mágicos que sólo tenían cabida en esas películas que tanto le gustaban. No está de más decir, por cierto, que ella partía con cierta ventaja en el tema, ya que, aunque de otro tipo, sí conocía el amor. Dos amores, a decir verdad. Dos hijos que eran toda su vida y que representaban lo único que ella podía necesitar en el mundo. O al menos eso creía en aquellos momentos.

Al final, el encuentro se produjo. Una boda en tierras catalanas fue la responsable. Consumamos nuestra amistad brindando con sendos mojitos que ya querrían saber preparar los dichosos croatas y nos sorprendimos al descubrirnos, casi por accidente, cogidos de la mano al pasear. Y cuando nos dimos el primer beso aceptamos que ya no había marcha atrás, y que este cuento debía tener, por necesidad, un final feliz.

2019 continuó y, al final, se esfumó, pero supimos exprimirlo bien. Degustamos comida hindú, le enseñé algo de mi amada Costa Brava (que en las noches de invierno tampoco es que dé para mucho, debo reconocer), y hasta caímos en los tópicos más empalagosos de las películas románticas viajando a París, donde no faltó el tradicional candado en el Pont de les Arts. Y, de alguna manera, supimos compaginar eso con más entradas y salidas del pobre señor Medina a hospitales (allí fue donde se conocieron y allí fue donde, ya a solas, mi sabio padre, con una sonrisa de orgullo como pocas le recuerdo, me dijo: «Me gusta. Mucho»), con el desafío de conocer a las respectivas familias gracias a la excusa de las fiestas navideñas y, lo más difícil, con la distancia que nos seguía separando.

Y hete aquí que llegó el 2020. Un año maldito, que la historia de la humanidad recordará por una pandemia que volvió al mundo más aterradoramente global que nunca pero que yo, a nivel personal, recordaré porque fue el año en que mi padre, luchador desde la cuna, al fin arrojó la toalla, agotado de pelear con su maltrecho hígado, presto para embarcarse en su propio viaje con la esperanza de reencontrarse con mi querida y añorada madre.

Y su marcha me habría desgarrado por completo si no la hubiese tenido a ella, esa explosión de luz que iluminaba los desayunos de Croacia con su sonrisa, turista mochilera hasta la extenuación por el día que se transformaba en una morenaza de sangre latina al caer la noche, sexy y tierna a la vez, como si deseara ocultar su belleza a los nativos, reservándola sólo para mí.

Durante estos días de duelo ella fue como una pepita de oro entre el barro, como una luciérnaga rompiendo la oscuridad de la noche, como un soplo de esperanza en un mar de agonía. Ella me dio la vida y las fuerzas para luchar, me invitó a sonreír y a creer en un futuro. Y ese futuro, de nuevo como por arte de magia, se convirtió en presente.

El final de mi cuento parece ser, contra todo pronóstico, el final soñado por cualquier guionista de Disney. No voy a ser tan cursi como para decirte eso de «y vivieron felices y comieron perdices», pero por ahí va la cosa. En un mundo que había enloquecido, donde los besos y los abrazos estaban multados y los rostros se ocultaban bajo mascarillas de tela, nosotros supimos mantener nuestro amor. Porque sí, ya hacía un tiempo que nos habíamos rendido a las evidencias y habíamos aceptado que eso era amor, con toda sus letras, ese amor del que recelábamos e incluso nos burlábamos. Dos almas perdidas se habían encontrado sin saber siquiera que se estaban buscando, formando juntas un solo ser, completándose una a la otra. Estableciendo un vínculo que debía ser ya eterno.

Pero si crees que este es el final definitivo de la historia estás muy equivocado, pues aún queda lo mejor por llegar. Y es que resulta que a ese destino que guiaba nuestros pasos sin nosotros saberlo se le antojó dar una tregua a la pandemia que nos permitió hacer una breve escapada juntos. Croacia estaba lejos, pero casi a mitad de camino de nuestros dos mundos se encontraba un lugar con pasado medieval, cerca del que se encontraba nuestro propio paraíso de cascadas y con lagunas en las que incluso nos pudimos bañar. Allí, en Calatayud y sus alrededores, rememoramos los días en que nos conocimos. Y allí fue donde se obró el último milagro que pone fin (de momento) a este relato.

Han pasado unos tres meses desde entonces. Hoy, once del once (un día especial, dicen los vendedores de cupones), es mi cumpleaños. Y sé que este año voy a tener el mejor regalo de mi vida. Y ese regalo eres tú. El fruto de este amor, la herencia de unas vacaciones irrepetibles. La prueba viva de que, al final, va a resultar que eso que los poetas llamaban amor sí que existe.

Y es que este cuento no es, en realidad, más que tu propia historia. Una historia que está a punto de empezar. Y no veo el momento de tenerte entre nosotros por fin.

Este es el primer cuento que te escribo, Noah, el cuento de cómo mamá y yo nos conocimos, de lo mucho que nos queremos y de todo el amor que hemos reservado para ti.

Y de cómo tú eres el que da sentido al concepto de final feliz.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Visto en Netflix: COBRA KAI

En 1984 se estrenó Karate Kid, una de esas películas que, sin ser gran cosa (como La historia interminable y otras tantas), se convirtió en una película de culto, merecedora de dos secuelas, una especie de reboot, un remake y hasta una serie de animación. Conceptos como el «dar cera, pulir cera» forman ya parte del imaginario popular y convirtió en estrella a Ralph Macchio y Pat Morita, cuyas carreras tampoco fueron mucho más allá de la franquicia (sólo Elizabeth Sue logró triunfar y mantenerse en el candelero).

No era una gran película, insisto. La clásica historia de superación deportiva con drama adolescente donde los buenos eran muy buenos y los malos muy malos, heredando conceptos de Rocky que serían aprovechados, un año más tarde, por la más inspirada y divertida Teen Wolf.

Es por eso que, a priori, una secuela en forma de serie a estas alturas no parecía una gran idea, más si encima era el buque insignia de la nueva plataforma de pago de YouTube. Pero lo que son las cosas, la misma serie ha sobrevivido al invento de YouTube y, tras dos exitosas temporadas, estuvo a punto de caer en desgracia tres el grabado de la plataforma hasta que Netflix llegó para recoger las migajas, sumarla a su catálogo y aprobar una tercera (por lo menos) temporada.

¿Y de qué va Cobra Kai? Pues como se pueden imaginar, recoge los pasos de Daniel LaRusso (Macchio) y Johnny Lawrence (William Zabka) y lo que la vida les ha deparado. Como parece obvio, Daniel es un triunfador, con una mujer preciosa y dos hijos, mientras que Johnny es un muerto de hambre, divorciado y con un hijo al que apenas ve. Sin embargo, este es el único tópico que la serie se permite, pues si la película presentaba a dos antagonistas arquetipos, sin apenas matices, Cobra Kai les da varias vueltas para conseguir que el bueno se comporte como un cretino y que el malo aprenda lo que es el honor de una forma muy natural, eliminando ese concepto del bien y del mal y dotando a ambos enemigos de una escala de grises cuya evolución es lo más interesante del serial. Tampoco es cuestión de dar la vuelta al concepto, ni mucho menos, pues los matices lo son todo. Y en Cobra Kai hay mucho de eso.

Cobra Kai tampoco renuncia a jugar las cartas de «la nueva generación», dando tramas igualmente atractivas a los descendientes y componiendo un plantel de secundarios adolescentes que tienen suficiente fuerza y carisma como para que no la subtrama más secundaria resulte aburrida.

Como es de suponer, Cobra Kai vive del recuerdo de Karate Kid, pero puede ser disfrutada incluso por aquellos que sean ajenos a las películas, pues todo aquello de vital importancia es recordado en forma de unos flashbacks que, por otro lado, tienen el mérito de no ser excesivos ni molestos. Con una mirada discreta al pasado, la serie acierta también con un uso de la moda de la nostalgia ochentera rehuyendo de la amenaza de acartonamiento propio de otros intentos recientes.

Se trata, en resumen, de una magnífica serie sobre una lucha de egos con el arte del karate como telón de fondo (y las diversas maneras de entenderlo), con la mezcla justa de intriga y culebrón que impiden que sea en ningún momento aburrida, resultando tan divertida como dramática y enternecedora.

Y es que otro gran acierto de la serie es su formato. Con una medida duración (apenas alcanza la media hora por episodio) y tandas de diez capítulos por temporada, es la dosis perfecta para dejar al espectador con ganas de más sin necesidad de meter paja para rellenar.

Una serie muy recomendable que no nueva a un target específico, pues es adecuada para toda la familia, muy superior a cualquiera de las películas precedentes y que, gracias a unos buenos guiones, demuestran que Macchio y Zabka son mucho mejores actores de lo que todos nos creíamos.

sábado, 31 de octubre de 2020

Visto en Netflix: REBECA

Existen dos tipos de fantasmas. Unos son espíritus errantes que se niegan a abandonar este mundo tras su fallecimiento. Los otros, mucho más aterradores por ser reales, son recuerdos del pasado imposibles de combatir. Ese es el punto de partida de la novela Rebeca, en la que la memoria de una mujer extraordinaria tanto por su talento como por su belleza amenaza la vida y la cordura de su sustituta en el lecho nupcial. ¿Cómo competir con el recuerdo perfecto de alguien ya fallecido?

Como si se tratase de un ejercicio de metalenguaje, la Rebeca de Ben Wheatley también debe competir con su propio fantasma, la obra homónima del gran Alfred Hitchcock, que sin ser uno de sus mejores títulos forma parte de la historia del cine.

Wheatley, otrora enfant terrible, se ha acomodado en exceso para filmar una película plana y sin alma que palidecer en comparación con el film de 1940.

Es cierto, como suele hacerse en estos casos, que desde la producción se ha insistido mucho en que no se trata de un remake del filme de Hitchcock, sino una nueva versión de la novela de Daphne Du Maurier, pero, aún sin tratarse de una fotocopia total como la versión de Psicosis de Gus Van Sant, lo cierto es que no hay ningún esfuerzo en el guion para innovar lo más mínimo, repitiendo argumento, esquema e incluso diálogos. Como curiosidad, sólo hay ligeros detalles realmente diferenciadores: el cambio de escenario de la resolución de la trama, los matices alrededor del desenlace de uno de los protagonistas y la mayor importancia en el guion del personaje femenino, algo muy ligado a la moda actual del emplazamiento femenino, de nuevo mal entendido y que da pie a una de las escenas más estériles de la película. Es como si los mínimos cambios argumentales solo hayan sido para peor (hay también un detalle al respecto del protagonista masculino que obviaré por no entrar en detalles, pero que invita a tener una visión diferente y más negativa de la propuesta)

Lo malo es que dejando de lado su referente, la versión de Netflix tampoco es para tirar cohetes. Mal medido el ritmo entre el melodrama romántico y la intriga, la película parece confiar todos sus esfuerzos en un reparto de campanillas, pero no siempre logran estar a la altura, en parte culta de una construcción de personajes que no consigue que ninguno te caiga especialmente bien. Armie Hammer está tan insulso como de costumbre y la habitualmente adorable Lily James está como pérdida, firmando una de sus más pobres interpretaciones. Sólo Kristen Scott Thomas brilla en su rol de perversa.

Vista por si sola, no es que sea una película detestable, pese a esos momentos de guion ya comentados, y puede sorprender al público más joven de Netflix que no tengan ni idea de quién es ese tal Hitchcock (que los hay, créanme), y que sabrán agradecer un lenguaje cinematográfico más moderno. Además, sale victoriosa en su fotografía, pues gracias al obvio uso del color podemos apreciar la belleza de la costa francesa y disfrutar en todo su esplendor de Manderley, aparte de tener una música menos omnipresente que en el film protagonizado por Laurence Olivier y Joan Fontaine.

Anoche, Ben Wheatley sólo que regresaba a Manderley, pero quizá no hacía falta que nos lo hubiese contado.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2020

Visto en Netflix: LA MALDICIÓN DE BLY MASON

Tras el tremendo éxito que tuvo hace un par de años Mike Flanagan con La maldición de Hill House, llega ahora esta especie de secuela espiritual, una nueva mini serie cerrada de nuevo con Flanagan a los mandos (aunque no firma todos los episodios) y repitiendo varios actores del casting.

La maldición de Bly Manor se inspira en el relato Otra vuelta de tuerca, de Henry James, aunque Flanagan no se limita a fotocopiar la obra, sino que toma prestadas referencias de otros textos del autor, acompañarlos con homenajes diversos que reflejan el universo propio del director, con Stephen King siempre presente.

La maldición de Bly Manor cuenta la historia de una au pair que es contratada para educar a dos hermanos huérfanos en un enorme casoplón sin más compañía que una ama de llaves y la presencia eventual (no residen en la casa) del cocinero y la jardinera.

Narrada mediante el recurso de la voz en off, que no sólo no molesta (como suele suceder habitualmente) sino que por momentos es imprescindible, la serie tiene un ritmo pausado, en las antípodas del cine de miedo actual, con momentos más cercanos al drama que al propio terror. De hecho, estamos ante un cuento de romanticismo gótico, muy heredero de las historias de Poe y con la película La cumbre Escarlata, de Guillermo del Toro, en el recuerdo.

La maldición de Bly Manor es una historia de fantasmas muy clásica, con cientos de guiños ocultos, que tras una trama enrevesada gracias a su prodigioso montaje (hay flashbacks, ensoñaciones, viajes a través de recuerdos) que propicia algo episodio memorable y que invita a hacer un segundo visionado para disfrutar, ya desvelado el final, de todas las pistas y detalles que se han ido arrojando por el camino.

Resultaría muy osado decidir si La maldición de Bly Mason es mejor o peor que La maldición de Hill House, pero como poco se puede asegurar que son muy parejas en cuanto a brillantez y me invitan a reincidir en la idea de que Mike Flanagan es alguien a quien tener muy en cuenta en la industria (pese a no haber sido un taquillazo su Dr. Sueño me pareció genial) y estoy deseando conocer su siguiente proyecto.

Precisamente, puede que el principal, pero de la serie esté en la decisión de utilizar a varios directores diferentes, lo que en algún momento ladra la poderosa atmósfera y ralentiza algo el ritmo.

Con todo, espero que Netflix le proponga que siga revisando en su biblioteca en busca de más relatos de casas encantadas para una tercera temporada. Yo firmo ya.

Visto en Netflix: EL JUICIO DE LOS 7 DE CHICAGO

Impulsada inicialmente por Steven Spielberg, que terminó abandonando el proyecto por su versión de West side storyEl juicio de los 7 de Chicago es una nueva muestra del talento de Aaron Sorkin como guionista, aunque posiblemente aún le quede bastante margen de mejora como director, faceta en la que debutó en la estimable Molly's game.

De nuevo se basa en bueno de Sorkin en una historia real para presentarnos un libreto de interpretaciones intensas y diálogos ágiles, eso que mejor se le da y cuyo estilo casa a la perfección con el retrato de uno de los juicios más mediáticos de la historia americana.

Con Nixon recién llegado al poder, su embestidura debe lidiar con una manifestación que terminó en batalla campal por una protesta contra la convención del Partido demócrata en unos tiempos muy convulsos (aún estaban en el recuerdo las muertes de Kennedy y Luther King).

El conflicto debía estar en averiguar si los manifestantes fueron los provocadores o si fue la policía la que cargó con exceso de celo, algo terriblemente familiar hoy en día con las brutales cargas en manifestaciones afroamericana y que habrá quien querrá ver reminiscencias (a mucha menor medida) con el conflicto catalán del 1-O, pero que terminó derivando en una especie de caza de brujas.

Al parecer, el juicio fue una pantomima y los acusados (inicialmente ocho) estaban condenados de antemano. Aquí Sorkin, respaldado por un espectacular elenco, hace un brillante retrato de los personajes, consiguiendo hacer perfectamente entendible una historia que para el espectador ajeno podría resultar confusa, otorgado además curiosas dosis de humor que, contra todo pronóstico, encajan a la perfección con la seriedad y el drama de la situación.

El pero del film, más allá de una dirección algo plana y excesivamente formal, está en la escasa imparcialidad del guionista. No se puede acusar a Sorkin de faltar a la verdad, eso es cierto, pero sus colores políticos quedan demasiado al descubierto, algo que desmerece el trabajo de un escritor tan grande como él.

Pese a ello, estamos ante una brillante película de juicios de corte muy clásico, que podría haberse recreado más en la violencia en las calles y que, por decisión del propio Sorkin, prefiere poner toda la carne en el asador de la sala del juzgado.

Sin duda, la primera gran apuesta de cara a los próximos Oscar, sea como sea que se vaya a celebrar esta edición tan extraña.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: POR TRECE RAZONES

Hace ya un par de meses que Netflix estrenó la cuarta y última temporada de Por trece razones y esa es casi la única motivación que he tenido para verla. Soy consciente de que se trata de una serie juvenil y que hace años que yo me salí de ese target, pero creo que no es excusa para no criticar el estiramiento excesivo de su trama. Esta era una serie (como Homeland o Prison break, por ejemplo) cuyo argumento invitaba a una temporada única, y en los tres casos habrían quedado estupefaciente si se hubiesen conformado con ello. En el que nos ocupa, al menos hay que reconocerles el intento de jugar con el género y proveer cosillas diferentes. Otra cosa es el resultado del invento. Y es que a lo largo de esta tanda de diez episodios ha habido momentos de «survival horror» e incluso distopías postapocalípticas con homenaje a Terminator incluido. Eso sí, la puesta en escena ha dado pie a momentos de verdadero ridículo.

En realidad, la cosa es más de lo mismo: un puñado de niñatos llorones que abanderan el concepto de amistad mientras se dedican a desconfiar constantemente unos de los otros. Además, el nivel de dramatismo es tan elevado que resulta casi inverosímil. Es buena esa apuesta que llevan desde el principio de pretender alertar de los peligros a los que está expuesta esta generación, pero o bien se pasan de la raya o las cosas están muy mal en el país de Trump, demasiado alejadas (por fortuna) de nosotros como para poder empatizar con los protagonistas.

El argumento gira en torno a las consecuencias de lo sucedido con Bryce y Monty en temporadas anteriores, sirviendo como excusa para mostrarnos un descenso a los infiernos de Clay que al final no va a ningún sitio. Para ello, los guionistas han apostado por jugar la carta del cliffhanger, haciendo que el final de cada episodio te deje con ganas de ver el siguiente, pero el poco interés que demuestran en analizar las consecuencias de todo mediante elipsis irritantes provoca que cada inicio de capítulo sea una nueva decepción.

Es curioso que una temporada que parece querer decir que hay que enfrentarse a las consecuencias de nuestras acciones presenten tantas acciones son la más mínima consecuencia.

Sí es cierto que el último capítulo contiene todo lo que pedía un buen capítulo final, dando una despedida digna a los protagonistas (aunque abusando algo del componente melodramático), pero el problema radica en que la construcción (o deconstrucción) de cada uno de ellos es tan pésima que provoca que la mayoría te caigan mal, de manera que importe poco o nada lo que suceda con ellos.

La verdadera protagonista de la función, Hannah Baker, abandonó la serie tras la segunda temporada (una demasiado tarde) y la actriz está triunfando ahora con Maldita. Y esto será los que piensen mucho tras haber llegado a este final: «maldita sea por no haberme bajado del barco antes».

sábado, 24 de octubre de 2020

Cine: NO MATARÁS

Desde hace ya unas cuantas películas, la filmografía de Mario Casas ha venido definida por su loable esfuerzo de romper con esa imagen de chico guapo encasillado en un cine comercial diseñado para un target fundamentalmente adolescente.

No matarás es un paso más en ese camino pedregoso en forma de película incómoda casi al mismo nivel de El practicante, cuyos estrenos casi solapado habrá que ver si no le pasa factura entre sus fans más acérrimas.

Además, No matarás cuenta con una de esas realizaciones casi experimentales que abusa del plano corto, que sin llegar al nivel de El hijo de Saúl (por lo de seguir al personaje de Casas con la cámara pegada a su cogote) recuerda bastante.

También hay en su más algo del Jo, que noche de Martin Scorsese, con un descenso a los infiernos de un chaval algo introvertido que tras la muerte de su padre (al que ha dedicado los últimos años) puede aspirar a empezar a vivir de verdad. Sin embargo, un encuentro fortuito con una chica que engrandece el concepto de «tóxica» precipita un sinfín de situaciones violentas y enfermizas que, en una sola noche, marcará la historia del protagonista, transformándolo para siempre.

Personalmente, no soy muy amante del estilo visual que propone David Victori, demasiado sucio e intimista, pero hay que reconocerle su bien trabajo a la hora de conseguir un ritmo endiablado y adrenalítico, un ritmo que permite que, durante el visionado, se pasen por alto algunos límites que el guion supera, amenazando con desafiar nuestra credulidad.

Sé que sin duda el punto más polémico del film sea su escena final, un desenlace abierto a interpretaciones y que puede provocar la indignación del espectador medio. No seré yo quien critique las películas que invita al espectador a pensar, suponiendo casi un desafío, pero creo que Victori desaprovecha la oportunidad de cerrar el proceso de transformación del protagonista de manera brillante tan sólo con una apuesta diferente del uso de la cámara. Pero claro, esto ya sería jugar a ser director, y se trata de valorar la película que he visto y no la que me gustaría ver.

Al final, lo que queda es otra gran interpretación de Casas y el ritmo trepidante, junto a una atmósfera tan acertada como forzada.

 

Valoración: Siete sobre diez.