viernes, 14 de diciembre de 2018

ROBIN HOOD: FORAJIDO, HÉROE, LEYENDA

Da la sensación que, en los últimos tiempos, el miedo a los fracasos ha llevado a Hollywood a buscar apuestas seguras, lo cual tampoco es cosa fácil. Aparentemente, hay tres claves para definir el éxito en los últimos años: las adaptaciones de libros distópicos para adolescentes, las grandes franquicias y los superhéroes, siendo estos últimos los que se están llevando el gato al agua, principalmente en el caso de Marvel. Esto ha llevado a que muchos estudios busquen la manera de crear nuevas franquicias imitando descaradamente este estilo superhéroico de Marvel, convirtiendo a personajes icónicos de la literatura en meras fotocopias de cualquier Vengador y regando la trama con un sutil sentido del humor.
Pero, como vamos a ver, copiar una buena idea no es significativo de saber hacerlo bien.
Durante el visionado de Robin Hood me vinieron a la mete dos fracasos recientes de películas cortadas más o menos por el mismo patrón: Drácula: la leyenda jamás contada, de Gary Shore, y Rey Arturo: la leyenda de Excalibur, de Guy Ritchie, que junto a esta Robin Hood: forajido, héroe, leyenda, de Otto Bathurst, conforman una trilogía de despropósitos cortados con el mismo patrón. En los tres casos se buscaba reinventar leyendas (nótese como esa palabra se repite en los tres títulos) convirtiendo a tres personajes históricos (de ficción, eso sí) en héroes para su pueblo con un estilo visual muy moderno y una narrativa visual igual de rompedora estéticamente con lo que uno espera ver en una película ambientada en el medievo. Y en los tres casos, han resultado ser películas aceptablemente divertidas, con suficiente dosis de entretenimiento como para aceptar su visionado, pero a la postre, ridículas y absurdas. Y, lo que es peor, en los tres casos la taquilla les ha dado la espalda, frustrando la posibilidad de abrir una franquicia (que de eso iba la cosa, o nos engañemos) pero no consiguiendo que sus autores aprendan del pasado.
Además, hablamos de personajes que han tenido múltiples adaptaciones en el cine, con lo que es difícil pensar en qué pueden de tener de interesantes una nueva reinvención. En el caso que nos ocupa, Robin Hood, es inevitable pensar en los grandes clásicos, con Douglas Fairbanks y Errol Flynn como máximos exponentes cuando el cine de capa y espada era lo que más triunfaba. Luego vinieron la versión animada de Disney y la encarnación protagonizada por Sean Connery en la magnífica Robin y Marian, amén de ese doble duelo de 1991 entre las versiones encarnadas por Kevin Costner y Patrick Bergin, demás de la parodia del 93 de Mel Brooks. Son solo algunos ejemplos de las decenas de versiones del personaje que, por ser tan icónico, está atado a una serie de convencionalismos (es un ladrón que roba a los ricos para dárselo a los pobres, tiene una historia de amor con Marian, es el adversario del sheriff y cuenta entre sus aliados con el fraile Tuck y John, su mano derecha), por lo que es difícil hacer una reinvención que aporte nada demasiado original a la trama.
El Robin Hood de Bathurst llega en una época en la que esas películas de espadachines y proscritos están ya en el olvido, y ni siquiera la versión de hace ocho años de Ridley Scott fue un gran éxito. Por eso, el cambio radical en el estilo y la concepción, huyendo del héroe tradicional y apostando por este estilo tan moderno (flechas que se disparan como ametralladoras, personajes que visten con chaquetas y trajes, fiestas más propias de El Gran Gastby que de un pueblo medieval…) podría tener una cierta lógica, aunque lo verdaderamente lógico habría sido no insistir en desempolvar las aventuras de un héroe de sobras conocido.
En el fondo, este Robin Hood correctamente interpretado por un carismático Taron Egerton, es la historia de siempre camuflada bajo un velo de actualidad que resulta bastante chocante. Ejemplos: la acción arranca en las Cruzadas, reconvertidas para la ocasión en una suerte de Afganistan, John está interpretado por un actor negro, siguiendo los cañones de la corrección política, Marian parece una ferviente seguidora del movimiento #metoo, el personaje de Jamie Dornan es una especie de cabecilla sindical con aspiraciones políticas  y Robin Hood encabeza una revuelta que bien lo podría convertir en el líder de los chalecos amarillos que están arrasando París o el partidario de una vía Eslovaca tan en boga últimamente por nuestro país. Y eso en una película donde el discurso político, más allá de tener unos malos muy claramente malos (Ben Mendelsohn interpreta al Sheriff de Nottingham sin variar un ápice su registro en Ready Player One), es claramente confuso y la ambigüedad del mencionado personaje de Dornan no es más que una confusa excusa para anticipar (me río) una hipotética secuela.
Con todo, Robin Hood no deja de ser un entretenimiento apreciabe. Egleton tiene una innegable carisma y Jamie Foxx parece tomarse su papel más en serio que en ese espanto de interpretación que hizo para The amazing Spider-man 2, por ejemplo. Otto Bathurst, en su primera película como director después de una buena trayectoria en televisión, sabe imponer ritmo y movimiento a la acción, pese a ser demasiado deudor de ese estilo tan supuestamente “molón” que son los disparos a cámara lenta y las piruetas del héroe en el aire, pero consigue que el film no aburra en ningún momento y sea un buen entretenimiento, aunque no tiene suficiente maestría como para disimular un guion absurdo, de diálogos ridículos, giros tontorrones y, demasiado a menudo, ridícula, siendo esa escena final que no parece verdaderamente un final y anticipa una continuación el mejor chiste de la película (¿de verdad tenían tan claro que el público iba a demandar la secuela?).
En fin, película mala pero entretenida, que puede convertirse en el placer culpable de muchos, pero a la que no hay que exigirle lo más mínimo, porque no lo va a dar. Una tarde de palomitas y unas buenas risas, si es que no hay nada mejor que hacer. Esto es lo que hay…

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 11 de diciembre de 2018

KURSK

La nueva película del danés Thomas Vinterberg parece alejarse de su temática habitual, dramas intimistas que reflejan las miserias de la sociedad (sirva la excelente La caza como ejemplo) al realizar una película de catástrofes submarinas como es Kursk, pero analizada en profundidad, esta no deja de ser otra historia humana más, un relato de las últimas horas de un puñado de hombres encerrados en el interior de un submarino hundido cuya esperanza de sobrevivir es mínima.
Kursk, el relato del hundimiento del uno de los mejores submarinos nucleares de la armada rusa, poco después de la desaparición de la Unión Soviética y con Putin recién llegado al poder, tiene mucho de reimaginación. No solo se han alterado los nombres de los protagonistas sino que algunas situaciones difieren ligeramente de la realidad, por cuestiones de conseguir una mejor dramatización, pero aunque esto no aspire a ser un documental fiel a la historia, sí mantiene los tres pilares fundamentales que dan cuenta de lo que sucedió en ese difícil momento de la historia rusa. Por un lado, estamos ante un relato de supervivencia, con la desesperación de esos marineros y amigos en una cuenta atrás fatídica y angustiante. Por otro, estamos ante la continuación de las malas costumbres soviéticas de mantener un secretismo que no hace más que agravar los temores de las familias que aguardan en tierra noticias esperanzadores y se encuentran con la falta de apoyo y comprensión por parte de sus dirigentes. Y también está, por último, la negativa del gobierno por aceptar una ayuda internacional que, si bien en la realidad podría haber sido igualmente tardía, habría supuesto un paso agigantado por dejar definitivamente atrás la Guerra Fría, mientras que por el contrario solo consiguió oscurecer un poco más la historia del país comunista.
Tres actores representan a la perfección estos tres pilares de la película: Matthias Schoenaerts (visto recientemente en Gorrión Rojo) como cabecilla de los supervivientes, Léa Seydoux (chica bond en Spectre y chica Hunt en Misión imposible: Protocolo fantasma), es su sufrida esposa y Colin Firth (recuperando un rol dramático después de descubrirse como inesperado héroe de acción en la saga Kingsman) en el papel de oficial británico, completando el casting un aterrador Max von Sydow que representa lo peor del gobierno ruso.
Filmada sin grandes alardes (esto es una producción europea de la mano de Luc Besson, no hay que esperar aquí al espectacularidad vacua de films como Hunter Killer, una historia relativamente semejante pero en las antípodas de esta en cuanto a su lectura político-social), y aunque es cierto que la ausencia de actores rusos e el reparto y el detalle de que esté toda hablada en inglés neutro puede provocar un cierto distanciamiento, pero la fuerza de la historia y la planificación de Vinterberg son suficientes para captar el interés del espectador en la historia, por más que se sepa de antemano el fatídico desenlace.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 10 de diciembre de 2018

MOWGLI: LA LEYENDA DE LA SELVA

Es ya un clásico en la historia del cine que dos grandes productoras coincidan en el tiempo con la realización de sendas películas basadas en el mismo argumento. Ha sucedido con Robin Hood (Robin Hood y Robin Hood, el príncipe de ladrones, ambas de 1991), con meteoritos que caen sobre la tierra (Deep Impact y Armageddon, 1998), con ataques terrorista al centro de poder de los Estados Unidos (Asalto al poder y Objetivo: la Casa Blanca, 2013), con biopics de primeros ministros británicos (Churchill El instante más oscuro, 2017) y así hasta un largo etcétera.
En ocasiones, esta coincidencia provoca que una de las dos películas, simplemente, desaparezca del mapa. Otras veces, como los ejemplos mencionados, las dos películas se estrenan y una termina por eclipsar por completo a la otra. Actualmente, existe una tercera vía, que consiste en que la película con visos a hundirse en la miseria empiece a ser postergada hasta caer en manos de plataformas de streaming como Netflix como tabla de salvación.
Este es el caso de Mowgli: la leyenda de la Selva, de Andy Serkis, que se las prometía muy felices ofreciendo una versión en imagen real de los relatos de Kipling y se topó de bruces con el remake de Disney de El libro de la Selva, de Jon Favreau. Así, la propuesta de Serkis se ha retrasado casi dos años hasta que se ha podido ver, pero incluso con el paso del tiempo, las comparaciones entre ambas películas son inevitables.
Por un lado, es cierto que este Mowgli es mucho más maduro y oscuro que el de Disney. Aquí no hay cancioncitas ni momentos ligeramente bochornosos como el del gigantesco Rey Lui, y la ley de la selva se muestra de forma más despiadada e implacable. Sin embargo, se queda algo corta en ese sentido, como si no se hubiesen atrevido a llevar su apuesta hasta las máximas consecuencias, con lo que termina por resultar algo descafeinada.
Por otro, los efectos visuales aspiran a tener un corte mucho más realista, haciendo que los animales creados digitalmente tengan una expresividad más cercana a sus oponentes de carne y hueso (aquí también, como en la película de Favreau, se apuesta por un reparto espectacular, encabezado por Christian Bale, Cate Blanchett y Benedich Cumberbatch), pero que resultan más feos e incluso algo extraños al lado de los de Disney. Y eso que hablar de Andy Serkins es hablar de la persona con más conocimientos de la imagen realizada por captura de movimiento del mundo. Pero su visión de los habitantes de la selva me parece un poco más artificial que en sus logros más meritorios, como su King Kong o su Caesar, por no hablar ya del mítico Gollum.
No es culpa suya, desde luego, y sale muy bien parado en su faceta como director, con una cámara ágil, una hermosa fotografía y un ritmo bastante directo, que permite que la historia, pese a ser de sobras conocida, no aburra en ningún momento, mejorando cuando se introduce más en el mundo de los humanos y deja temporalmente de lado a los animales.
Es Mowgli, pues, una película entretenida y resultona, una versión algo más oscura de las historias de Kipling, pero que ni alcanza a la espectacularidad de la última adaptación de Disney ni arriesga lo suficiente para ser considerada definitivamente adulta, restándole muchos puntos ese aspecto visual de los animales bastante inferior a los de Favreau y que, en algunos momentos, resultan incluso algo incómodos de ver.

Valoración: Cinco sobre diez.

CAM

Siguiendo con la apuesta de Netflix por las películas de largometraje (no sé si es muy correcto llamarlas películas de cine al no estrenarse en salas, pese a que su concepción y calidad sea más cercana a estas que a las tv movie), el estreno de Cam supone el inicio de la colaboración entre la plataforma de streaming y James Blum, el considerado Rey Midas del terror y que bajo su sello, Blumhouse, consigue que películas de ínfimo presupuesto recauden millones de dólares en todo el mundo.
En ocasiones sus películas suelen ser un compendio de sustos fáciles y tópicos del género para contentar a adolescentes y poco más, pero en ocasiones es posible encontrarse con pequeñas joyitas. Y esto, como en el caso de Cam, acostumbra a producirse en el lugar más inesperado.
Sobre el papel, y echando un vistazo por encima a la película, Cam puede parecer la bobada más grande del mundo. Todo gira en torno a una chica que se gana la vida como modelo en una web de chats en vivo. Cabe aclarar que desconozco bastante este mundillo, pero la película, quizá conocedora que va dirigida a un público esencialmente millenial, no pierde demasiado tiempo explicando en que consiste ese sistema de créditos con que premiar a la camgirl por sus acciones, ya sean desnudarse, realizar determinadas acciones o, simplemente, conversar con sus seguidores. Sin embargo, es fácil coger la idea sobre la marcha y ponerse al corriente sin demasiados problemas. Este es el primer punto a favor de la película, que pese a tomarse su tiempo en que conozcamos a la protagonista hasta el punto de lograr encariñarnos con ella, no da demasiados rodeos y entra rápidamente en harina. No penséis, por eso, que se trata de un retrato sórdido y oscuro sobre la pornografía en Internet. Aquí todo tiene un punto luminoso y relativamente inocente, como demuestran unos decorados excesivamente rosados y la apuesta por el fetichismo light más que por el sexo explícito. Y es que, siendo una producción Blumhouse, está claro que hay que esperar algún aterrador misterio, el cual comenzará a revelarse cuando alguien usurpe la identidad de la protagonista en la red.
Insisto, a priori parece una tontada sin demasiado interés, casi un telefilm con una chica Disney de protagonista, pero algo subida de tono. Sin embargo, si escarbamos un poco en su interior, se puede encontrar una crítica bastante más sórdida de lo que sus imágenes demuestran a una faceta de la sociedad actual cada vez más dependiendo de las redes sociales y de la necesidad de fama virtual. No es esta una crítica contra el mundo de las girlcam (la propia guionista, Isa Mazzei, lo era, y se ha basado en sus propias experiencias para su historia), sino en esa fama impostada, esa necesidad de conseguir popularidad como forma de aceptación social, que, si bien habla de las modelos de webcams, bien podría extenderse a Youtubers e Influencers. Todo vale por llegar hasta lo más alto y, lo que es más difícil, mantenerse en la cumbre, y de la decisión e cruzar o no ciertos límites puede depender la diferencia, cosa que tiene muy clara esa falsa versión de la protagonista.
Cam, dirigida por Daniel Goldhaber, tiene muchas reminiscencias al cine de De Palma (o, ya puestos, de Hitchcock), resultando ser un thriller inteligente y angustiante donde las explicaciones brillan por su ausencia e invitan a un esfuerzo por parte del espectador (cosa poco habitual en este tipo de cine). Un ejemplo claro puede encontrarse en el uso de ciertos secundarios, como la amiga que trabaja en el supermercado o la propia familia de la protagonista, que a simple vista parecen no aportar demasiado a la historia pero que tienen una lectura detrás que aportan un valor añadido a la película.
Protagonizada con gran solvencia por Madeline Brewer, una de las protagonistas de El cuento de la criadaCam es un film mucho más maduro e inteligente de lo que a simple vista aparentaba, casi un reverso maligno a Ralph rompe Internet, ya que, en el fondo, comparten parte del mensaje social.
Pese al elemento fantástico, en Blumhouse al fin logran hacer una película que da miedo de verdad, ya que este terror, en parte es terriblemente cotidiano.


Valoración: Siete sobre diez.

LA BALADA DE BUSTER SCRUGGS

La balada de Buster Scruggs parte de una serie de relatos que los hermanos Coen habían ido escribiendo a lo largo de su carrera con el Oeste como telón de fondo. A alguien se le ocurrió que la idea podía dar para una serie de televisión, pero tras tantearlo de la mano de Netflix el proyecto terminó derivando en una antología en forma de película.

Con La balada de Buster Scruggs Netflix confirma su apuesta por los largometrajes, siendo cada vez más los grandes autores que recaen en su plataforma (es inminente el estreno de Roma, de Alfonso Cuaron), agradecidos por la libertad que les ofrece y que posiblemente sería complicada conseguir de cara a un estreno comercial en cines.
Podría verse en La balada de Buster Scruggs la propia evolución en la vida de los Coen, de manera que las historias tienen un tono completamente diferente de unas a otras, comenzando por el humor más absurdo hasta concluir en un formalismo ejemplar, más centrados en los diálogos que en las situaciones, pasando, eso sí, por el drama más duro e intimista. Naturalmente, como en todas las películas de antologías, hay altibajos y cada uno podrá apreciar mejor una u otra historia dependiendo de lo que ande buscando, resultando incluso algo extraña esa mezcla de géneros que tienen en el western el único denominador común. Lo que no se le puede negar a los Coen es su pericia como directores, cuidando al máximo la fotografía y consiguiendo un empaque visual excelente.
Es difícil definir la calidad de la película, a habidas cuentas de lo irregular que es, pero hay que calificarla, como mínimo, de interesante. Un arranque musical con un personaje que rompe la cuarta pared para dirigirse directamente al espectador, sirviendo de presentación de la colección de relatos, un vaquero condenado a la horca con el rostro de James Franco (¿una metáfora, quizá, del escarnio público al que fue sometido por ciertas acusaciones tras el estreno de The disaster artist?), la triste y dura historia de un feriante al que da vida Liam Neeson y su mutilado hijo, la aventura de un buscador de oro solitario, la angustiante soledad de una mujer en una caravana acechada por los indios y la conversación entre unos desconocidos a bordo de una diligencia, quizá un guiño a Los Odiosos ocho de Tarantino, conforman este surtido de relatos que tocan casi todos los tópicos de las viejas películas del Oeste a la que rinden un sentido homenaje y que dejan un extraño regusto de insatisfacción tras el visionado, pero que quedan grabadas en el recuerdo y, allí almacenadas, van mejorando con el paso del tiempo. Al final, la sensibilidad termina por vencer al humor, pese a que no sea lo esperado.

Valoración: Siete sobre diez.

EL REY PROSCRITO

Comanchería, dirigida por David Makenzie, fue la película revelación de hace un par de años (yo mismo la catalogué entre lo mejor del año), llegando incluso, pese a ser una película independiente, a colarse en las quinielas de los Oscar. Por ello, mientras su guionista Taylor Sheridan conseguía debutar como director de Wind River y firmar el libreto de Sicario:el día del soldado (él mismo había debutado con la primera Sicario), todas las miradas estaban pendientes el siguiente trabajo de Makenzie, para el cual ha vuelto a confiar en el protagonista de Comanchería, Chis Pine, pero, curiosamente, no en el mismo medio.
Efectivamente, El rey proscrito no se ha podido ver en cines, siendo una producción Netflix y demostrando que la plataforma de streaming está empezando a apostar cada vez más fuete por los largometrajes. Atrás quedan los tiempos en que sus películas eran objeto de burla, y tras títulos tan estimulantes e importantes como Aniquilación, Okja o Mudbound, ahora llega un verdadero desembarco de películas imprescindibles, como Roma, MowgliLa balada de Buster Scruggs o Cam.
El rey proscrito podría definirse, de manera precipitada, como una especie de secuela de Braveheart. No es eso, ni mucho menos, pero por ahí andan los tiros. De hecho, es la “verdadera” historia de cómo Escocia logró independizarse de Inglaterra allá por 1314.
Dicen los historiadores que casi el ochenta por ciento de lo narrado en Braveheart es pura ficción. En El rey proscrito, cuyo arranque coincide casi con la muerte de William Wallace, lo que se cuenta de Eduard Bruce, que llegó a ser coronado como Eduard I de Escocia es más o menos fiel a la realidad, aunque ennobleciendo bastante al personaje para poderlo convertir, ¿cómo no?, en el héroe de la película. Así, Makenzie logra suavizar el carácter ambicioso y egoísta del rey, profundizando en la historia de amor que decora las escenas de batalla y volviendo a acercarse, de nuevo, más a la leyenda que a la cruda realidad.
Como sea, y aceptando las limitaciones presupuestarias que obligatoriamente deben diferenciar una producción (por lujosa que sea) de Netflix que una superproducción de Hollywood tradicional, la película resulta un entretenido pasatiempo, un buen film de aventuras que Makenzie filma con elegancia y en la que Pine vuelve a derrochar su carisma habitual. Puede que al final El rey proscrito termine siendo más una película de batallas medievales que un fidedigno retrato histórico, aunque no es menos cierto que la historia no puede ser poseedora de una verdad absoluta, ya que siempre dependerá de quién sea el que la cuente. Así, lo mejor es contentarse con el concepto de entretenimiento que se nos ofrece y disfrutar de unas secuencias de acción bien planificadas y de los entresijos inherentes a los temas relacionados con las coronas para, definitivamente, hacer un buen programa doble con el clásico que encumbrara a Mel Gibson hace ya veintitrés años.

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 6 de diciembre de 2018

RALPH ROMPE INTERNET

Por más que se quiera promover la igualdad de género desde la infancia, estigmatizando los juguetes que toda la vida han sido “para niños” o “para niñas”, las películas de animación de Disney (y por extensión de Pixar) no se han preocupado demasiado por evitar caer en la trampa, y es fácil reconocer las películas de “princesas” enfocadas a un público principalmente femenino y las de “héroes” (ya sean “supers” como en Los Increíbles o Big hero 6 o de carreras, como la saga Cars) orientadas a los chicarrones de la casa. Rompe Ralph, la película de 2012, empezaba a jugar con el tema, siendo una película de chicos (ambientada en el mundo de los videojuegos, que hasta hace unos años era territorio exclusivamente masculino) pero incorporando a última hora, por sorpresa y casi a traición, a una princesa, nada tradicional ni ortodoxa, eso sí.
En Ralph rompe Internet, su secuela, ese concepto se lleva a sus máximas consecuencias. En ella, amparándose en la fantástica química que los personajes de Ralph y Vanellope transmitían, el escenario cambia del mundo de los videojuegos a las posibilidades infinitas que ofrece Internet, ese concepto tan abstracto que aquí toma forma física de una manera visualmente apabullante y muy efectiva. Aquí ya no hay distinciones de género (Zootrópolis fue, posiblemente, el primer gran paso en ese camino) y Disney se permite incluso ridiculizar a esas princesas algo ñoñas y desfasadas de las que ha vivido durante tanto tiempo.
Aún más, Disney se atreve incluso a burlarse de la propia Pixar (“el otro estudio”, lo llaman en un momento dado de la película), conocedor de que esas diferencias creativas y de diseño que había entre ambas se ha roto definitivamente y que la casa madre es capaz, ahora sí, de situarse por delante de aquella pionera en la animación en 3D.
Ralph rompe internet es una divertida secuela, capaz de superar a la original en muchos momentos del metraje, que hará las delicias de los más pequeños de la casa. Pero, como suele suceder en muchos productos de animación reciente de Disney, contiene suficientes elementos para pensar que en realidad está más enfocada en un público adulto que en los más pequeños, que sin duda disfrutarán con la aparición de personajes Marvel o Star Wars (hay que exprimir las licencias como sea), pero que no terminarán de pillar muchas de las bromas y guiños ocultos de esta recreación llena de claroscuros de Internet que nos presenta la película de Phil Johnson y Rich Moore (ojo a la muestra definitiva de autoparodia presente en la escena postcréditos).
Es cierto que aún saliendo airosos en la difícil tarea de dar forma a la red, no es la primera vez que es posible ver esto en el cine, y hay ciertos momentos que parecen claramente inspirados en la película (infinitamente inferior, pero hasta cierto punto efectiva) de Emoji. Sin embargo, no hay comparación posible entre la calidad de los gráficos actuales, la emotividad del guion y, sobre todo, el desarrollo de unos personajes que, una vez fueron presentados en la primera película, rallan a muy buen nivel, logrando que la película, estupendo y tronchante divertimento, tenga también su valor emocional. Porque al final, pese a todas las maravillas que nos desbordan los sentidos al ver esta película, lo que verdaderamente funciona es su guion, en el que se saca el máximo partido al avance de una relación que en su madurez puede resultar dolorosamente real (en la vida real nada es para siempre, niños, lo siento) a la par que la presencia de los secundarios, perfectamente dibujados con apenas unos minutos en pantalla, son el complemento ideal a una aventura mucho más ambiciosa y emotiva que la de la primera aventura de Ralph.
Esta es, definitivamente, la secuela que sí merece la pena ver. Y, en espera a la llegada de Spiderman: un nuevo universo, la película de animación del año.

Valoración: Ocho sobre diez.