sábado, 15 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS, dolorosa pero emotiva realidad

Después de El único superviviente y Marea negra, Día de patriotas es la tercera colaboración entre el actor reconvertido en director Peter Berg y Mark Wahlberg, basada, de nuevo, en un episodio real de la historia americana reciente.
Resulta curioso como las noticias que se nos antojan lejanas pueden caer fácilmente en el olvido. Seguramente todo el mundo recuerda los atentados en Boston, junto en la línea de meta de su popular maratón, pero sin duda serán solo unos pocos los que tengan conocimiento del acoso y derribo que sufrieron los terroristas hasta ser localizados y neutralizados, llegando a paralizarse todos los medios de transporte de la ciudad e indicando a los ciudadanos que permanezcan encerrados en sus casas hasta detener a los terroristas.
Aunque Tommy Saunders, el policía al que interpreta Wahlberg, es una invención resultante de unir detalles de varios agentes, todos los demás protagonistas de la historia son reales, así como muchas de las imágenes de archivo que Berg intercala con la ficción, dando una mayor sensación de realismo a la par que angustia.
Con el handycap de que la (supuesta) escena más espectacular (la del atentado) se produce al inicio del film, Berg sabe mantener la intensidad y la emoción durante las dos horas y cuarto que dura la película que, contra todo pronóstico, no se hacen nada excesivas. Para ello, Berg presenta a los protagonistas, víctimas, policías y terroristas, con breves pero firmes pinceladas, casi al estilo de las películas corales de catástrofes (ese ritmo de pelo de catástrofes ya lo tenía también en Marea negra), ayudando así a implicarse emocionalmente al espectador y sufrir tanto como los propios protagonistas.
Más allá del buen hacer de Berg y del brillante elenco reunido (junto a Wahlberg se encuentran también Kevin Bacon, John Goodman, Michelle Monaghan o J.K. Simmons), la película se nutre de ese dolor que le supone el ser un hecho real, un acto de violencia tan gratuito e injustificado y perpetrado, además, por dos tipos tan absolutamente imbéciles (insisto en el hecho de que es una historia real, de no ser así casi parecerían bufones) que provoca más miedo incluso que cuando los villanos son los clásicos asesinos fríos y calculadores.
Cierto es que en algunos momentos Berg, que ha contado también con la participación de supervivientes reales del atentado, busca provocar la sensibilidad del espectador con escenas de lágrima fácil y emoción desatada, y que el final puede atufarles a algunos de patriotismo propagandístico (aunque, si como se dice, fue así realmente, yo lo compro). Sin embargo, es justo señalar que toda esa exaltación patriótica no se realiza, por una vez, en nombre de los grandes y solidarios Estados unidos, sino que es de la unión entre los ciudadanos de Boston y su policía de lo que se presume. Y viendo cómo reaccionó Nueva York tras el 11S, no me cabe le menor duda de que fue así.
Esta es, quizá, la mejor lección que nos ofrece una película que, de otra manera, podría provocar miedo por lo indefensos que estamos ante la locura de unos pocos: que en casos de necesidad el ser humano sí es, pese a todo, solidario. Solo con ese consuelo podemos seguir siendo capaces de enfrentarnos al terror.

Valoración: Siete sobre diez

EL HOMBRE DEL CORAZÓN DE HIERRO, insulsa biografía de Heydrich

El hombre del corazón de hierro es la decepcionante nueva película del francés Cédric Jimenez, rodada en inglés y con un (desaprovechado) reparto de auténtico lujo.
Basada en el libro HHhH, de Laurent Binet, la película se supone que debería relatar la vida y muerte del tristemente célebre Reinhard Heydrich, desde su ascenso al poder (llegó a ser el tercer hombre más importante del régimen nazi) hasta su intento de homicidio en Praga. No está claro quién es el culpable de que este biopic sea un despropósito bastante grande, pero parece ser que la coincidencia en el tiempo con Operación Anthropoid, que contaba más o menos lo mismo, obligó a hacer cambios de última hora en el guion y retrasar su estreno varios meses.
Así, la película tiene dos partes bien diferenciadas, lo cual es el primer error al no lograr nunca encontrar su propio ritmo narrativo.
En la primera, Heydrich, correctamente interpretado por Jason Clarke, es el protagonista absoluto, narrándose su expulsión del ejército y como influenció en él su esposa Lina (Rosamund Pike, sin duda lo mejor del film). No creo, sin embargo, que Jimenez acierte en la puesta en escena, y la película se ve casi como un documental, sin la pasión necesaria para alcanzar a conocer al hombre que había detrás de la leyenda y dando la sensación que se desaprovecha mucho la presencia de Pike. Dicen que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer y aquí se parece intuir que después de todo horrible hombre hay también una horrible mujer, pero, como digo, solo se intuye.
De repente, la película sufre un brusco corte y salta seis meses atrás en el tiempo para olvidarse de Jason Clarke y presentarnos a unos nuevos protagonistas, Jack O’Conell y Jack Reynor, que dan vida a Kubis y Gabcik, los dos paracaidistas enviados para acabar con la vida del Carnicero de Praga. Aquí es cuando la película es una mera fotocopia de Operación Anthropoid, y si bien aquella no era tampoco una maravilla, sí explica más a conciencia los hechos sucedidos. Es en esta segunda parte donde tiene acto de presencia Mia Wasikowska, otra gran actriz desaprovechada.
Aunque siempre he sido partidario de comentar la película que he visto y no la que me habría gustado ver, no me cabe la menor duda que quitar por una hora el foco de Heydrich es un tremendo error, cuando lo que tendría que haber hecho Jimenez, en lugar de pretender competir con la película que se estaba haciendo en paralelo, es tratar de complementarla. La historia de Heyndrich por sí sola se me antoja apasionante, y no creo que esta película me descubra nada nuevo sobre su figura, aparte de las muchas inexactitudes históricas que dicen que hay.
La película, en fin, es irregular y simplona, sin alma y por momentos incluso aburrida. Y eso, tratándose de un retrato tan apasionante como aterrador sobre uno de los hombres más crueles del Tercer Reich, es mucho decir. Al final, solo aporta algo de interés a aquellos que no hayan visto Operación Anthropoid y desconozcan la historia del asesinato del oficial nazi y sus devastadoras consecuencias.

Valoración: Cuatro sobre diez.

viernes, 14 de julio de 2017

CARS 3, más de lo mismo, pero un poco mejor.

Aunque en 2006 Cars fue un buen éxito de taquilla (y sobre todo un gigantesco bombazo de merchandising), es una de las películas peor valoradas de Pixar, aunque una joya en comparación a esa horrible secuela de 2011.
Es bien sabido que el secreto de una buena continuación es saber hacer un cambio de estilo, en lugar de limitarse a repetir el esquema de la primera película. Sin embargo, y pese a contar con el gran John Lasseter en tareas de guion y dirección, esa Cars 2 pretendió hacer un giro demasiado drástico, cambiando incluso al protagonista (ahí todo recaía en el irritante Mate) y derivando hacia una comedia de espionaje sin demasiado sentido. Incluso la desaparición del personaje de Doc Hudson se hizo sin demasiado acierto.
Con el cambio en la silla de director (le ha tocado la papeleta al debutante Brian Fee), la saga ha intentado regresar a los orígenes, tratando, además, de hacer evolucionar a su protagonista, Rayo McQueen, consiguiendo una película más fresca y divertida que Cars 2.
El tiempo pasa para todos, y ni siquiera McQueen es indiferente a ello. Ha aparecido una nueva generación de coches, más jóvenes y veloces, y los tiempos de gloria del famoso N.º 95 parecen llegar a su fin. Y más después de un terrible accidente que ofrece cierto paralelismo con el final de la carrera de su mentor, Doc Hudson.
El tráiler, donde se destacaba precisamente ese accidente que traumatizó a miles de niños, parecía presagiar una película más oscura y dramática, pero nada de eso. Cars 3 es la clásica película de superación y de aceptación del cambio natural de las cosas con un punto de diversión que se había perdido en la anterior entrega y, cómo no, con muchas y emocionantes carreras.
Cars 3 no es una gran película, limitándose por momentos a repetir algunas de las ideas que ya se encontraban en la primera película, pero al menos entretiene lo suficiente como para que su visionado no resulte cansino, transmitiendo además un mensaje (el de dejar paso a las nuevas generaciones) que no por previsible deja de ser efectivo. De hecho, durante mucho tiempo del metraje pensaba que iban a ir por otro camino que me habría parecido más erróneo.
Con McQueen como protagonista estelar (y varios cambios de diseño, lo que potenciará la venta de más juguetes y demás), la película añade nuevos personajes a la “familia” de Radiador Springs (aunque esquivan una posible subtrama de atracción sexual no resuelta que podría haber dado bastante juego) y realiza el merecido homenaje al personaje de Doc Hudson, tan injustamente maltratado en Cars 2, sirviendo, ya de paso, de homenaje póstumo a Paul Newman, quien le puso voz en 2006.
En fin, que Pixar sigue con el piloto automático puesto, pero al menos consigue mejorar un poco el nivel de sus últimas producciones, lo cual tampoco es muy complicado, ya que desde 2011 solo Del Revés se puede salvar de la quema. Poco a lo que agarrarse, cierto, pero es lo que hay.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 13 de julio de 2017

LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS, el cierre perfecto a la trilogía de César.

En una época en la que estamos hastiados de la falta de originalidad en los guiones de cine de Hollywood con superproducciones palomiteras carentes de sentido, es agradable saber que aún hay esperanza para aquellos que aplauden un buen guion y disfrutan de una película que, pese a pertenecer a una saga (técnicamente es la segunda secuela de una precuela), tiene una buena historia que contar, unos personajes interesantes y un director que presta más atención al fondo que a las formas, consiguiendo una epopeya espectacular pero en la que no todo son fuegos de artificios.
Probablemente, La guerra del Planeta de los Simios no sea perfecta, aunque, más allá de los gustos de cada cual, solo se me ocurre una pega lo suficientemente remarcable, por lo que voy a empezar por ahí y así me lo quito ya de encima. La guerra del Planeta de los Simios da prácticamente todo lo que promete excepto una cosa. Cierra lo que podríamos llamar “la trilogía de César”, y lo hace de manera magnífica (recordemos que el personaje de César no aparecía en la película original de 1968, aunque sí en alguna de sus secuelas), pero no es el enlace perfecto entre ambas sagas. No es que me esperase que el final de La guerra del Planeta de los Simios empalmara directamente con El Planeta de los Simios, tal y como Rogue One hace con Star Wars: una nueva esperanza, pero sí creo que quedan cosas por contar sobre el derrumbe de la civilización hasta llegar al punto ofrecido en el film de Franklin J. Schaffner, lo cual me hace sospechar si no es que Fox se habrá querido dejar una puerta entreabierta por si el éxito de taquilla es tan monstruoso que no pueden resistirse a hacer otra película intermedia más (en tal caso, yo sería más proclive a realizar directamente un remake del film protagonizado por Charlton Heston, puliendo algunos matices de la historia). Eso el tiempo lo dirá.
Si hay, eso no lo niego, innumerables referencias a ese futuro que está por llegar.
Dejando ese pequeño detalle de lado, las conclusiones hacia la película no pueden ser más positivas. Ya las dos películas anteriores mostraban un nivel de madurez y calidad impropias de un blockbuster del siglo XXI, y aquí Matt Reeves logra lo imposible superándose a sí mismo (y con El amanecer del Planeta de los Simios se había puesto el listón muy alto). Ya el simple planteamiento de la película parece peligroso: la guerra entre humanos y simios podría haber sido un pastiche de escenas confusas y explosiones por doquier que malograran todo lo conseguido en las dos películas anteriores, siendo muy tentadora la herencia dejada en películas de batallas apocalípticas como El hombre de acero, Batman v. Superman o cualquiera de los Transformers de turno (miedo me da la que está por llegar). Pero Reeves juega en otra liga (ya veremos que pasará cuando se enfrente a su The Batman), y ha dejado que las escenas realmente bélicas sean mínimas y muy bien controladas. Apenas son dos: la que corresponde al arranque del film y el esperado clímax final.
Eso no significa, no obstante, que el resto de la película no esté cargado de acción y espectacularidad. Lo que sucede es que Reeves sigue haciendo evolucionar a César, el protagonista absoluto de la trilogía, y prefiere detenerse en aquellas cosas que forjan su personalidad más que en el decorado que lo rodea. Eso hace que la película asuma riesgos muy meritorios, siendo una película oscura, cargada de drama y desesperación, con apabullantes metáforas que recuerdan, de manera más o menos sutil, a episodios del Holocausto nazi, a los enfrentamientos de guerrillas de Vietnam, a la marcha de refugiados en busca de un hogar o, incluso, al muro fronterizo de Trump.
Con un Andy Serkis excelso, Woody Harrelson es el contrapunto perfecto al líder de los simios. Aunque sin llegar a hacer nunca sombra al auténtico protagonista de la saga, Harrelson compone un villano imponente que, aunque lo roza, no llega a caer nunca en la caricatura. Además, su particular versión del coronel Walter E. Kurtz, aun siendo irracional y cargada de odio, tiene un trasfondo capaz incluso de justificarlo. De nuevo, y aquí sus líderes ejemplarizan la situación, no se trata de buenos contra malos (ninguna guerra es tan sencilla de simplificar) y todos tienen sus claroscuros, incluyendo al propio César que, cegado por su propia historia de venganza, se deja llevar también por la irracionalidad.
De hecho, ese es uno de los elementos que más me gustó el film. Viendo algún tráiler previo (los mínimos posibles, eso sí; el tráiler final prácticamente te revienta la película entera), me temía que la cosa tuviera un tufillo a moralina barata al estilo “Homo homini lupus”, dejando a los monetes como pobres víctimas. Para nada. Nadie olvida que en la segunda entrega la paz habría sido posible de no ser por la intervención de Koba, un simio, y ahora es una lucha por la supervivencia, en una espiral de locura y autodestrucción difícil de frenar. Y muestra de ello es que, de una manera u otra, haya humanos en el bando de los simios y simios en el bando de los humanos.
Ya he recalcado que esta película es dura y sin demasiadas concesiones. Hay en ella traición, sangre y muerte, pero Reeves ha sido lo suficientemente hábil como para poner unas gotas de humor que liberan mucha tensión sin que llegue a molestar. De nuevo, roza los límites, pero no los cruza. Y es que ese nuevo personaje que es Bad Ape, que parece una mezcla entre la mona Chita y el Gollum de El Señor de los Anillos, es como el payaso triste de un circo. Hace reír, pero a la vez desborda lástima y desesperación.
Para terminar de redondearlo, Michael Giacchino y Michael Seresin componen, respectivamente, una banda sonora y una fotografía magistrales. La música, de nuevo a medio camino entre la épica y el humor, es perfecta y las imágenes tienen una belleza a la altura de lo que ya consiguió el propio Seresin en El amanecer del Planeta de los Simios.
Es esta una película realizada con sumo cuidado, no un simple ejercicio sin más pretensión que la de sacar dinero. Y eso se nota. No he hablado de los efectos digitales porque, a habidas cuentas de la perfección lograda en la anterior película lo haría casi redundante. Todo está hecho con el máximo esmero y cariño, y eso siempre termina por decantar el nivel de calidad de una película.
La guerra del Planeta de los Simios es un blockbuster veraniego, sí, un entretenimiento palomitero que hará disfrutar a los que busquen grandes dosis de acción y espectacularidad; pero también es un talentoso ejercicio que invita a la reflexión, con personajes bien desarrollados y tramas que siempre avanzan en alguna dirección, lejos de ser simples vehículos para el lucimiento de la acción.

Valoración: Nueve sobre diez.

martes, 11 de julio de 2017

ESTIU. 1993. Retrato de una pérdida.

En el verano del 93 la cortometrajista Carla Simón perdió a su madre. Ahora, casi veinticinco años después, la directora debuta en el terreno del largometraje con una película con tintes autobiográficos que explora esa sensación de pérdida y ese dolor que sufrió siendo niña.
Estiu. 1993 está siendo toda una sensación, cosechando grandes críticas y deslumbrando allá por donde va, siendo uno de los debuts más poderosos que se recuerdan (aunque lo cierto es que llevamos una temporada de debuts prometedores en España, baste recordar los casos de Tarde para la ira o Pieles).
No voy a negar el poderío visual de la película de Simón, como sabe jugar con los silencios y los paisajes para transmitir la tristeza y el aislamiento de la niña protagonista, condenada a vivir en una casa en plena montaña con sus tíos y su prima pequeña tras su dura pérdida. Frida debe conseguir aceptar una situación que la supera en un mundo al que no pertenece, y esa es la gran baza de la historia que pretende transmitir Simón.
Sin embargo, no ha conseguido Simón seducirme como a la mayoría del público. Habiéndola visto en su formato original (en catalán), era un verdadero esfuerzo entender a veces la voz de la protagonista (una Laia Artigas que basa todo su valor interpretativo en la fuerza de su melancólica mirada), y aun reconociendo como propias muchas de las situaciones vividas por los personajes (por aquella época yo también vagaba por el bosque, me bañaba en ríos y disfrutaba -es un decir- de las fiestas mayores de pueblo) no he conseguido sumergirme lo suficiente en la historia como para sentirme maravillado.
Sí, Simón refleja muy bien la soledad de Frida. ¿Y qué? Películas sobre la pérdida y la soledad hay muchas, y esta no me ha logrado transmitir nada que no haya sentido antes. Si acaso, aburrimiento. En su interés por condensar todo sobre el personaje de la pequeña huérfana, no hay una trama que envuelva con suficiente interés el resto de la película, y ni siquiera cuando hay algo que trata de sacudir al público (la desaparición de la prima) es suficiente como para recuperar el interés.
No cabe la menor duda de que Estiu. 1993 exige un punto de colaboración por parte del espectador. Es de esas películas en las que es necesario “entrar” en su historia, empatizando con los protagonistas. Y eso es algo que yo nunca conseguí, sin terminar de comprender siquiera las posiciones, algo irregulares, de los “nuevos padres”.
No es una mala película, no pretendo decir eso, pero no es, al menos, mi película. Y de verdad que lo siento. Esta es la historia (y los fantasmas) de Carla Simón. No la mía.

Valoración: Cuatro sobre diez.

MAUDIE, dando color a la triste realidad

Maud Lewis fue una pintora canadiense que, pese a padecer artrosis reumatoide desde niña logró desarrollar una brillante carrera artística y convertirse en una artista de renombre, pese a no abandonar nunca su pequeño pueblecito pesquero ni codearse con la alta sociedad. La casa que Maudie compartía con su huraño marido se convirtió en una especie de tienda-museo y la gente hacía verdaderas peregrinaciones para ir a comprar sus cuadros, que llegaron a entusiasmar al mismísimo Nixon.
Esta es la historia de Maudie, el biopic que ha firmado Aisling Walsh con Sally Hawkins y Ethan Hawke como estrellas absolutas. En Maudie, Walsh explica como la joven enferma comenzó a pintar y logró ser conocida desde el más absoluto anonimato, pero no es esa la cualidad que más identifica a la artista, y así lo refleja la película. Maudie era, ante todo, una mujer alegre y, pese a sus limitaciones, tremendamente feliz. Maltratada por la vida (y en ocasiones incluso por su propio marido), Maudie nunca perdía su sonrisa, y esa mirada optimista de la vida se refleja en sus pinturas, paisajes coloridos y hermosos extraídos de su propia imaginación donde no existían siquiera las sombras.
La historia de Maudie es lo opuesto a un cuento de hadas, pero sus cuadros eran un reflejo de su espíritu, un espíritu que, pese a todo, terminó por contagiar a los que la rodeaban. Walsh consigue mostrar todo esto en la película, dotándola de una hermosa textura con planos que, en ocasiones, parecen lienzos mismos, consiguiendo componer arte que habla sobre arte.
Más allá de la simple biografía reveladora, Maudie es una historia de sobre dos personas rotas, dos pájaros heridos que, contra todo pronóstico, consiguen complementarse el uno con él otro y fruto de su compañía y comprensión logran que surja de ellos algo hermoso. Tan hermoso como esos cuadros con los que Maudie conseguía dar color a un mundo marrón y sucio.
Maudie es una gran historia de amor y comprensión, pero es, ante todo, una historia sobre la vida, sobre el sentido de la misma y sobre el color que pueda llegar a tener. Un color que no siempre se debe buscar a nuestro alrededor, sino que puede brotar del propio interior.
Un color como el que nacía en el interior de esta artista que fue Maud Lewis y que tan hermosamente ha logrado ilustrar Aisling Walsh.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 10 de julio de 2017

COLOSSAL, tan intimista como destructiva.

Confieso que tengo una extraña relación de amor-odio con el guionista y director Nacho Vigalondo.
Lo descubrí por primera vez cuando entré a una sala de cine a ver Los Cronocrímenes sin tener ni idea de lo que me podía encontrar y salí sumamente apasionado. 
Eso provocó quizá un desmedido hype que se truncó en decepción con la insuficiente Extraterrestre, y aunque la apuesta visual de Open Windows me pareció interesante no logró despertar suficiente interés en mi como para recuperar mi fe por el director cántabro.
Tras un considerable retraso en su estreno español (y siendo una de las que se me escapó en el pasado festival de Sitges), tenía cierto temor ante su nuevo estreno, el más internacional hasta la fecha. Con unas críticas dispares allá por donde ha sido vista, Colossal atufaba a ser una nueva vuelta de tuerca al truco de Extraterrestre, es decir, una peli de personajes hablando donde la invasión de turno no fuese más que una excusa, un pobre mcguffin para arrancar la acción y atraer al público.
Pero no, esta vez Vigalongo ha cumplido y ha mostrado lo que prometía, una película de monstruos donde se pueden ver perfectamente a un kiaju y un mecha dándose de tortas y destruyendo parte de Seúl. Y lo hace, además, maravillosamente bien.
No quiere decir esto que estemos ante una revisión de Pacific Rin, Dios nos libre. El cine de Villalongo se nutre del fantástico como el gran amante el frikismo comiquero y literario que es, pero estos coqueteos con la ciencia ficción son simples movimientos para hablar de cosas más profundas y reales, no estando él interesado en películas vacías de simples efectos digitales y absurdas destrucciones gratuitas.
Por eso, y dejando claro que Colossal contiene seres colosales que molan y que tanto se echaban en falta en Extraterrestre, su película va en realidad de los problemas que tiene una chica americana para poner en orden su caótica vida, condenada en una espiral autodestructiva de noches de alcohol y auto condescendencia.
Gloria podría tenerlo todo en la vida. Es joven y guapa, buena escritora y con un novio bien apuesto que cuida de ella. Pero algo la obliga a repetir una y otra vez los mismos errores hasta terminar atrapada en un bucle del que no parece haber escapatoria. Por ello, en busca de un nuevo comienzo, decide regresar a su pueblo natal, un punto perdido en el mapa en la América profunda donde se reencontrará con Oscar, un amigo del colegio tan atrapado en sus propias miserias como ella misma.
Colossal, aparte de tener elementos fantásticos, funciona muy bien a ritmo de comedia. No en vano el protagonista masculino es Jason Sudeikis, especializado en el género con títulos como Somos los Miller o De-mentes criminales, y tampoco les es ajeno el género a Anne Hathaway y Dan Stevens. 
Sin embargo, tras una aventura divertida y emocionante se oculta el drama de unos personajes rotos, de seres perseguidos por sus propios errores incapaces de ponerles fin incluso sabiendo perfectamente cuál es el problema (y el alcohol es tan solo uno de ellos).
Con un genial reflejo de la sociedad americana del interior, Vigalondo se siente como pez en el agua en su aventura yanqui consiguiendo aunar la cotidianidad de cuatro amigos charlando en un bar tras el cierre de este con la destrucción que se está sufriendo al otro lado del mundo. Una destrucción con la que los protagonistas tendrán mucho que ver.
Puede decirse en su contra que la excusa para unir al personaje de Hathaway con lo que está sucediendo en Seúl es algo gratuito y apenas justificado, pero es el peaje que hay que pagar en una fantasía donde el trato a los personajes y a sus sentimientos es excelente. Por eso, aunque uno pueda no llegar a identificarse nunca con ninguno de ellos, sí puede comprenderlos o compadecerlos sin problema, y eso significa, a la postre, simpatizar con sus acciones.
Colossal es una apuesta arriesgada, algo menos estrambótica de lo que podía imaginar, muy bien dirigida y con magnifica factura, que tiene en Austin Stowell y Tim Blake Nelson a dos secundarios de lujo (aunque quien posiblemente esté ante una de las mejores interpretaciones de su carrera es Hathaway) y que consigue maquillar como comedia de monstruitos japos un doloroso drama que llega a desgarrar por momentos.
Colossal es, a mi humilde parecer, la mejor película hasta la fecha de Vigalondo, y un retorno al buen camino que consigue reconciliarme con él y esperar con ganas su próximo trabajo.

Valoración: Ocho sobre diez.