lunes, 7 de octubre de 2019

MIENTRAS DURE LA GUERRA

Es curioso, pero cuando uno se pone a pensar en discursos que han marcado la historia, la mayoría tienen un carácter político, capaces de resumirse en una sola frase. Ahí está aquello de “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”, de John Fitzgerald Kennedy, “yo he tenido un sueño”, de Martin Luther King o "no tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor" de Winston Churchill. Y si nos remitimos a la historia de nuestro propio país, una de las frases más legendarias, aunque quizá no suficientemente reconocida, es la de Miguel de Unamuno y su “venceréis, pero no convenceréis”.
Casi se podría decir Mientras dure la guerra gira en torno a ese discurso, en el que el escritor y filósofo, después de una serie de idas y venidas ideológicas (al final, la paz fue su única ideología) se enfrentó al régimen de Franco y, de no ser por la intervención de la propia esposa del dictador, podría haber sido ejecutado allí mismo. El propio Alejandro Amenábar reconoce que ese fragmento de la historia de España fue lo que le inspiró para hacer esta película, un retrato crudo y realista sobre los primeros días del alzamiento nacional donde la difícil situación política del país se dibuja principalmente a través de tres personajes, Miguel de Unamuno, Francisco Franco y José Millán-Astray.
Narrada casi a través de los ojos de Unamuno, no es que este deba compartir el punto de vista del espectador, ya que Amenábar se asegura de narrar unos hechos dejando las interpretaciones para cada uno, pero sí representa el punto de vista de la razón y del hombre inteligente corriente, aquel que vela por sus ideales pero que es capaz de aceptar sus propios errores, algo muy poco dado en un país dividido eternamente por eso llamado “las dos Españas”. Abusando de una documentación histórica bastante exquisita, la película trata de ser lo más arbitraria posible, sin caer en demonizaciones ni ridiculizar a nadie, siendo el ejemplo más claro el del personaje de Franco, trabajo inevitablemente apegado a la polémica, al que se puede identificar como un asesino que alargó innecesariamente la guerra para el interés de su causa pero que también es mostrado como un militar inteligente y un amoroso padre de familia.
Amenábar es, qué duda cabe, uno de los mejores directores del panorama español, por más que sus dos últimas incursiones en el mercado internacional, la ambiciosa Ágora y la menospreciada Regresión, estén algo por debajo de sus trabajos iniciales, incluyendo el Mar Adentro que le sirvió para ganar un Oscar. Con Mientras dure la guerra, el director hispano chileno vuelve a rozar la excelencia con un film dirigido sin grandes aspavientos pero que lo apuesta todo a la carta de las emociones, consiguiendo poner la piel de gallina y hace hervir la sangre del espectador. El director se hizo famoso con obras cercanas al género del terror, como TesisAbre los ojos o Los Otros, pero viendo las similitudes entre la España de 1936 y la de 2019, se podría pensar que no ha abandonado definitivamente el género.
Mientras dure la guerra refleja, pues, una sociedad dividida, no muy diferente de cómo se encuentra ahora mismo, enfrentada por símbolos y banderas y con gentes capaces de hacer lo que sea por defender sus ideas sin pararse a escuchar las otras. Y en medio de todo eso, Unamuno, defensor de la República y del Golpe de Estado, pero capaz de recular cuando comprueba el cauce que toman los acontecimientos. “Yo no he cambiado, han cambiado ellos” o “yo no he traicionado a la república; la República me ha traicionado a mí” son algunas de sus reflexiones para justificar su cambio ideológico. No se puede decir mejor.
Y con tanta bandera española, himnos y figuras militares históricas, es innegable que la polémica está servida, y que como nunca llueve a gusto de todos (y en este país menos que en ningún otro sitio), habrá quien se niegue a ver el paralelismo social que refleja  la terrible actualidad en la que vivimos, donde los buenos no son los de la derecha ni los de la izquierda, sino todo lo contrario, y en la que mientras los políticos (y esto se puede extender más allá de nuestras fronteras, tal y como Amenábar busca al hacer tanto hincapié en el fascismo de Alemania e Italia) no sean capaces de ponerse de acuerdo, mucho menos lo van a conseguir los ciudadanos.
Y en medio de todo este caos, el cine vence y convence. Y lo hace con un trabajo de realización de actores encomiable y unos artistas realmente inspirados. El reparto es sensacional, con Santi Prego, Nathalie Poza, Luis bermejo, Tito Valverde, Patricia López Arnaiz, Inma Cuevas, Carlos Serrano-Clark, Luis Zahera o Luis Callejo, pero los que están colosales son Karra Elejalde y Eduard Fernández, dos monstruos de la interpretación de los que Amenábar extrae oro puro.
Por todo ello, pese a quien pese, Mientras dure la guerra es una película imprescindible, magnifica por sus valores cinematográficos, necesaria por sus valores reflexivos. Y con un claro deseo: empezar a cerrar ya las viejas heridas. Pero esto último, me temo, no lo va a conseguir.


Valoración: Nueve sobre diez.

JOKER

Como no podría tratarse de otra manera siendo una película del universo DC (que no integrada en el DCEU, si es que eso todavía existe), Joker es una película extraña, de las que cuesta valorar hasta qué punto puede llegar a gustar y que, desde luego, resulta mucho más difícil a la hora de recomendar o no, pues su aceptación dependerá más del espectador que de la propia película. Aislada de ese universo compartido por sus compañeros de viñetas, donde ya existe un Joker encarnado por Jared Leto, esta nueva versión con el rostro y los tics de Joaquin Phoenix tampoco aspira a alzar el vuelo en solitario, ya que, pese a parecer renegar de sus orígenes en papel está, a la vez, muy atado a la iconografía clásica de Batman. En exceso, incluso.
Dirigida por Todd Phillips, ese tipo cuya mejor película, a día de hoy, continúa siendo Resacón en Las VegasJoker pretende ser una versión gafapastas de un personaje de comic, impregnando la locura del payaso asesino en un aire realista y buscando justificaciones e intromisiones mentales que den un empaque más profundo a su retorcida psique. Y, visto lo visto en Venecia, han logrado vender la moto a esos tipejos a los que yo siempre he definido como el CSI (críticos sesudos intelectualoides) que no tienen ningún problema en renegar de todo lo que huela a superhéroes (posiblemente sin haberse molestado en ver demasiadas películas el género) pero que babean ahora ante este Joker solo por presumir de hacer algo diferente.
Joker no es, en el fondo, más que la historia de siempre, solo que quitándole la capa de adornos que son las capas y las mallas. Con un arranque intenso, la película pronto se torna en un drama en el que la empatía con el actor es obligatoria para no caer en la desidia (poco me logra transmitir a mi el culebrón familiar) para tratar de remontar el vuelo en un tramo final más estimulante pero que no aporta nada novedoso al género. Con un Joaquin Phoenix en su salsa (aunque Jack Nicholson sigue siendo, a mi parecer, el mejor Joker hasta la fecha), pese a que lo que más me gustó es poder ver de nuevo a Robert De Niro haciendo un papel menos alimenticio de lo que últimamente nos tenía acostumbrados, Joker es un intento por parte de Phillips de imitar a Martin Scorsese (pobrecito mío), quedándose lejos de conseguirlo.
Puede que lo que menos me entusiasme de la película, lo que me hace distanciarme de esas críticas tan elogiosas y que se me antoja como una campaña nacida desde las entrañas de la propia Warner de cara a los próximos Oscar) sea su guion. Después de unas semanas donde el uso injustificado de la violencia entraba en debate (un debate absurdo solo alimentado por los que no saben distinguir realidad y ficción), lo cierto es que la película se alimenta de esa violencia para componer el retrato de un psicópata para nada novedoso. Traumas infantiles, falta de una figura paterna y una genética no demasiado saludable es el pan nuestro de cada día de los chalados del cine, ya sean Freddy Krueger, Hannibal Lecter o cualquier otro villano de opereta, lo cual hacen que sea una justificación pobre (e innecesaria para los amantes del comic) para definir a este Joker, que siempre se ha caracterizado por la locura pura y dura (ahí sí que acertó Christopher Nolan en la versión con Hugh Ledger). Empieza la película, además, poniendo a este Joker en el lado de las víctimas, haciendo Phillips un uso de la violencia gratuita e in justificada personalizada por unos adolescentes que dan una paliza al protagonista sin motivo alguno. Aquí presenta ya la película sus credenciales de que esto no va de lo que presume ser y que el guion, coherente o no, se mueve a merced de la película, y no al revés. Hay señales de un discurso político y social, pero algo añejo y confuso, rememorando la lectura también ambigua que escondía El caballero oscuro: la leyenda renace, sin saber nunca a ciencia cierta lo que Phillips nos pretende decir. 
Quizá la única reflexión interesante verse en su tramo final, cuando la pregunta es si es la sociedad la que hace al hombre o el hombre el que hace a la sociedad, pero para llegar a esto se podrían haber ahorrado una hora de análisis psicológicos y trastornos mentales varios cuando, visto lo visto, es toda la sociedad la que está enferma. Al menos en Gotham. Otra excusa de ese guion supuestamente realista que entremezcla la ideología de V de Vendetta con la demencia colectiva de The Purge (la noche de las Bestias), aunque el cambio que las acciones de Joker provocan en la sociedad es demasiado repentino como para estar bien justificado. Todd Phillips, que también es coautor del guion, copia tantas referencias que al final se olvida de mostrar su propia personalidad (si es que la tiene) y todo queda a merced, simplemente, de los buenos trabajos interpretativos y el deseo que tenga el espectador (o crítico de turno) en dejarse seducir por la película, cuyo desmedido hype está provocando una predisposición para abrazarla con los ojos cerrados que ya veremos si termina por pasarle factura.
Lo pero de todo, y quien tenga fobia a los spoiler que se salte este párrafo, es que no consigue ni tan siquiera desligarse del mundo deceíta del que reniega, siendo el momento más insufrible cuando se nos muestra (¿en serio, Todd Phillips?) por enésima vez la muerte de los padres de Bruce Wayne en pantalla (collar de perlas incluido), haciendo que lo que era una película independiente se transforme, por sorpresa, en el inicio de algo que probablemente no está contemplado que vaya a legar nunca.
Y, pese a lo que pueda parecer después de haber leído esto, lo cierto es que Joker no me parece una mala película, ni micho menos. Siempre es de agradecer intentar dar un enfoque diferente a un género que podría empezar a estar ya un poco trillado. Pero la realidad es que ni es una gran película para los amantes de los superhéroes ni es un gran drama para los amantes del cine más serio y realista. Es una cosa extraña, a medio camino entre dos aguas, que puede llegar a gustarme, pero no me ha enamorado ni me ha hecho pensar, ni mucho menos, en esa gran obra maestra del siglo XXI que nos pretenden vender.

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 2 de octubre de 2019

RAMBO: LAST BLOOD

En 1982, un joven Sylvester Stallone trataba de conquistar a su público con personajes que fuesen más allá del mítico Rocky (ese fue el año de estreno de Rocky III), y el camino para conseguirlo sería con la adaptación de la novela Primera sangre de David Morrell, con la que su protagonista, un veterano de Vietnam acosado por los fantasmas de la guerra, se convertiría en un icono del cine.
Tras Acorralado (que es como se tradujo aquí lo de First blood) llegaría una secuela con guion de James Cameron y con un Stallone en plan estrella que elevaría el personaje a la condición de mito, algo que ni la inferior Rambo III logró estropear. Tuvo que haber un salto de veinte años para que alguien (el propio Stallone, ¿quién si no?) se animase a resucitar la saga con John Rambo y, no contentos con ello, llega ahora la que debería ser el colofón definitivo a la saga.
Rambo: last blood es la demostración de cómo muchos actores se conforman con malvivir de sus éxitos del pasado, y si bien a Stallone la jugada de estirar el chicle de Rocky con Creed (al menos en su estimable primera película), con el mercenario no está teniendo tanta suerte. La nueva Rambo es, sencillamente, mala y muchos son los problemas que impiden que se la pueda ver con buenos ojos, aun esforzándose por recurrir al cariño de unos años de glorias hipermusculadas.
Por un lado, este no es Rambo. Sí, se le parece (aunque la edad le ha hecho estragos), hace alguna mínima referencia a la guerra y en un momento dado dispara con un arco. Fin. Por lo que a la historia respecta, bien podría ser una secuela más de la saga Venganza o cualquier subproducto derivado. No se reconoce al personaje ni hay conexiones con el pasado (ni siquiera unos créditos finales con imágenes de películas anteriores consiguen evocar ese recuerdo) como para que esto sea la despedida que el icono se merece. Los años no pasan en balde y, por más que este Rambo parezca recuperarse de brutales palizas como por arte de magia, la verdad es que da la sensación de que en ningún momento debería poder lidiar con sus enemigos, pareciendo un abuelete de asilo al lado de tipos como John Wick o el Bryan Mills de Liam Neeson.
Por otro lado, nos encontramos con los peores villanos de la saga. Después de haberse enfrentado con ejércitos enteros, Rambo se encara ahora con una pandilla de proxenetas mexicanos que, ni de lejos, dan la sensación de ser un peligroso cartel. Dos idiotas (muy malos, eso sí) y un puñado de matones que controlan una red de prostitución de estar por casa.
Y, por último, y esto lo pongo en un pack porque son ya cuestiones puramente cinematográficas, la dirección y el propio guion. Mientras que el tal Adrian Grunberg (que en Vacaciones en el Infierno no me pareció tan malo) parece carecer del más mínimo concepto del ritmo narrativo y tiene afición por emborronar las escenas de acción para conseguir que no se entienda nada de lo que sucede en pantalla, el guion es tan plano y carente de un simple giro argumental que sorprenda (y despierte) al espectador que no puede más que provocar indiferencia ante lo que sucede en pantalla.
La historia es terriblemente limitada: Un familiar de Rambo es secuestrado, este intenta rescatarla, pero sin éxito y prepara unas trampas en su granja para matarlos a todos. Fin. Sí, en contra lo habitual os acabo de soltar un spoiler, pero si a estas alturas a alguien le preocupa conocer un spoiler de una película de Rambo es que la cosa se nos está yendo de las manos. El caso es que es todo exageradamente lineal. Las cosas van pasando en una apática continuidad y la película se reduce a más de una hora de aburrido dramón televisivo para desembocar en un aparente festival de violencia desmedida que, a la postre, tampoco es para tanto. Parece como si Grunberg quisiera hacer una orgía de sangre e higadillos, pero entre su cámara nerviosa y la oscuridad de las escenas, tampoco da ni para eso.
Desde luego, hay una violencia insana y hasta desagradable atufando toda la película, pero dudo que eso esté en el lado de las cosas positivas de un film que, si realmente es el colofón de la saga, supone un triste final para la leyenda de John Rambo, ya que por momentos se me antoja ridícula y, a la vez, sumamente desagradable, pues ni siquiera como festival gore me llega a funcionar.
Sly, pensaba que sabías hacerlo mejor, pero viendo las reacciones a tus últimos trabajos (ahí están las dos secuelas de Plan de escape estrenadas directamente en VOD) parece que no es así. Si hasta el propio Morrell ha renegado de su creación…
Lo dicho, una lástima.


Valoración: Tres sobre diez.

sábado, 28 de septiembre de 2019

AD ASTRA

Después de que falta de presupuesto y, sobre todo, la falta de aparentes beneficios, provocara que el hombre dejara de mirar hacia las estrellas, parece que en los últimos años la carrera espacial se ha vuelto a reavivar. Y como el cine no deja de ser un reflejo de la realidad, algo similar ocurre en las pantallas, que después de que, salvo honrosas excepciones casi independientes, el género galáctico se relacionara solo con las Space Operas y similares, Gravity volvió a dignificar el género, provocando que prácticamente cada año desde entonces hayamos tenido una aproximación más o menos seria al tema, ya sea con InterstellarMarte o la Ad Astra que nos ocupa ahora (dejo fuera de esta lista fantasías más livianas como Life Passengers).
De hecho, casi se podría decir que Ad Astra es una extraña mezcla de esas tres películas con toques inevitables de 2001: Odisea en el espacio, la gran precursora de la Ciencia Ficción más sesuda y reflexiva. Y es quizá en su ambición de tocar tantos palos en lo que la película falla, siendo una pieza sublime en algunos momentos, pero irritantemente tediosa en otros.
Dirigida por James Gray, la trama tiene muchos paralelismos con la de su anterior película, Z, la ciudad perdida, siendo el personaje de Brad Pitt (que estuvo a punto de quedarse con el papel que luego interpretaría Charlie Hunnam) una versión del propio explorador del Amazonas, pero en un hábitat diferente. Es, por lo tanto, una película intimista, de introspección interior, tal y como aspiraba a ser Interstellar, ya que narra la historia de un astronauta que viaja a lo más recóndito del espacio en busca de un científico desaparecido hace veinte años y al que daban por muerto, pero es, a la vez, un viaje interior en busca de un padre al que nunca llegó a conocer de verdad y cuyas heridas por su abandono continúan abiertas. 
Al final, sin embargo, las asociaciones con el clásico de Kubrick son más de ambientación que de profundidad, ya que Gray apenas araña la superficie de ese viaje interior, con un abuso de la voz en off, por cierto, renunciando a hacer realmente una fábula pseudo filosófica o excesivamente trascendental. Por ello, acompañando a la narrativa del viaje, el guion se compone de varios elementos del cine de aventuras puro y duro (de ahí mi semejanza con el film de Ridley Scott con un punto de partida tan apocalíptico que incluso podría llegar a recordar al Armagedón de Michael Bay. En la película hay persecuciones, tiroteos y múltiples escenas de acción, pero hay una obsesión por no salirse de un realismo tan puro (y ahí justifico haberla comparado a Gravity) que se pierde gran parte de la espectacularidad de esas acciones. No se puede tener todo en esta vida, y Gray así lo ha aceptado.
No obstante, la factura técnica del film es impecable, y James Gray hace una labor soberbia, consiguiendo que el espacio luzca espectacular y consiguiendo embriagarnos con el deseo de alcanzar límites desconocidos por el hombre, mientras que el reparto raya a excelente nivel, desde un omnipresente Brad Pitt totalmente entregado a la causa hasta unos secundarios de lujo como Tommy Lee Jones, Donald Sutherland (dos que ya eran viejos astronautas en Space Cowboys, de Clint Eastwood) o Ruth Negga (lo de la supuesta recuperación en una gran producción de Liv Tyler debe ser un chiste) a los que solo se les puede reprochar su escaso metraje en pantalla. Es el propio argumento el gran lastre, con una parte de acción que funciona bastante bien (se echa en falta algo más de fantasía visual, que para eso esto es cine) pero cuya carga emocional termina por desinflarse por agotamiento, siendo la supuesta importancia de la relación paternofilial lo más flojo de la propuesta.

Valoración: Siete sobre diez.

DOWNTON ABBEY

Debería comenzar diciendo que Downton Abbey es una película deliciosa, con un sentido del humor agradable y que desprende una sensación de bunas intenciones y positividad que se agradece. Es una lujosa recreación de la Inglaterra eduardina centrada en la historia de una familia que recibe en su mansión al mismísimo monarca y los tejemanejes de su cuerpo de empleados por conseguir ser ellos los encargados de atender a os invitados en lugar del propio séquito que lo acompaña desde palacio.
Sin ser una obra perfecta, la película se deja ver con agrado, sin conflictos demasiado relevantes ni villanos que amenacen con agriar el ambiente. Es una dramedia pura para un sábado por la tarde agradable, con un argumento algo tibio que se puede adolecer, si acaso de una falta de ritmo que puede llegar a aburrir a aquel que no acepte dejarse enamorar por el glamour y la elegancia de los bailes reales y los banquetes.
Dicho esto, es momento de entrar en el gran problema de la película. Y es, ni más ni menos, que no es una película. Hecha con un buen presupuesto y grandes recursos, estamos, en realidad, ante el capítulo alargado de una serie de televisión. La conclusión, de hecho, de la ya mítica Downron Abbey que a su vez era heredera de la clásica Arriba y Abajo. Esto significa que todos los esfuerzos y todo el cariño depositados en esta producción van dirigidos, casi exclusivamente, a los seguidores de la serie, dejando que el resto de los espectadores entremos en la mansión por la puerta de atrás, como invitados de segunda fila, con permiso para mirar, pero no tocar. Así, al ajeno a la producción televisiva le costará mucho entrar en la historia, entender de buenas a primeras las relaciones familiares o simpatizar con los protagonistas, ya que no hay una presentación de personajes formal y se da por sentado que quien se vaya a aventurar a ver esta película viene directamente de la serie. Es algo similar a lo que sucediera, en su tiempo, con Serenity, que el iluso que escribe esto pretendió ver sin tener conocimiento alguno de lo que era Firefly.
Así, sin desmerecer el resultado final, me veo en la obligación de, si no desaconsejar, por lo menos advertir, a los que no sean fieles seguidores de la serie, para que estén sobre aviso de que se van a encontrar con una fiesta ajena. Y que van a poder distraerse con las peripecias de la familia Crawleys y sus sirvientes, pero nunca lograran sentirse como en casa y disfrutar como se debe.


Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 20 de septiembre de 2019

LITUS

Tenía la sensación de que con el salto a un cine más internacional y de mayor presupuesto, Dani de la Orden había perdido algo de gancho. Tanto El pregón como El mejor verano de mi vida tenía cosas interesantes y eran buenos divertimentos, pero ninguna se llegaba a acercar a sus dos primeros títulos: Barcelona, nit d’estiu y Barcelona: nit d’hivern, dos comedias hechas de corazón que me lograron emocionar en su momento.
Con Litus, De la Orden regresa a ese cine generacional que tan bien se le da, a medio camino entre la comedia y el drama, una película de personajes, de miradas y silencios, sin necesidad de grandes espacios ni acciones grandilocuentes. Con una base que bien podría servir como obra de teatro (solo seis personajes y un único escenario), De la Orden sabe insuflar a la película el tono y ritmo adecuado para que no resulte para nada teatral, haciendo un inteligente uso de la música y con los movimientos de cámara precisos para, en determinados momentos, dejar al espectador hundido en su asiento, incapaz de decidir si reír o llorar. Y eso se redondea con seis actores a los que sabe exprimir al máximo para que, sin grandes alardes de histrionismo, lo den todo para transmitir su dolor y rabia ante la pérdida de un ser querido.
La historia versa sobre la fiesta que seis amigos realizan como despedida de Litus, muerto seis meses atrás, aparentemente por suicidio.  Durante la reunión, en la que salen a relucir trapos sucios y heridas aún sin cicatrizar, el hermano del fallecido revela que fue el propio Litus quien propuso esa reunión mediante una serie de cartas que había dedicado, como si la protagonista de Por trece razones fuese, a cada uno de ellos. Pero, aunque se pueda llegar a coquetear con la intriga, De la Orden no quiere jugar a eso, y la excusa de seis personas bajo un mismo techo con un misterio en forma de cartas es lo único que puede relacionar a esta película con un misterio de Agatha Christie.
Eno de los personajes, de hecho, deja claras las intenciones del film desde el primer momento, comparando la situación -salvando las distancias- con la que se describía en la excelente Los amigos de Peter, de Kenneth Branagh. Y es que la sombra de ese film sobrevuela en todo momento sobre Litus, enlazando las historias individuales y colectivas de los personajes y planteando unos vínculos que pronto aceptamos como si fuésemos nosotros mismos parte de ese grupo de amigos.
Litus es, en el fondo, una historia de amor. El amor de la amistad, en ocasiones más fuerte que eso que se suele confundir con el sexo, que crea unos vínculos que ni la muerte es capaz de romper.
No creo que Litus sea una película perfecta, pero tiene unas pretensiones de agradar con sencillez y sin esa dosis de adoctrinamiento que suelen tener este tipo de películas que consigue enganchar desde el primer momento y que, aun con ese aroma a anuncio de cerveza veraniego que pueda llegar a desprender, lo cierto es que funciona perfectamente y consigue que, de alguna manera, todos sintamos la muerte de Litus como la del propio amigo del que nunca nos pudimos despedir.
Dani de la Orden me ha vuelto a emocionar. Y me ha reconciliado con ese joven que compuso el maravilloso díptico barcelonés que me temía se había perdido entre los obligados tópicos de la comedia patria al servicio del monologuista de turno. Y lo ha hecho, además, en la misma semana en que se estrenaba otra película sobre los sentimientos a flor de piel como es A dos metros de ti. Pero Litus, a diferencia de aquella, sí me la creí. Y esa es su gran mérito.

Valoración: Ocho sobre diez.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

A DOS METROS DE TI

Una frase (“amar significa no decir nunca lo siento”) y una empalagosa melodía de Francis Lai convirtieron a Love Story en una de las películas de amor más populares de la historia del cine. No fue la primera, pero sí la que marcó un antes y un después y que provocó un aluvión de copias de amores imposibles donde la enfermedad, no el apellido (como les pasaba a Romeo y Julieta) se interponía entre los amantes. Hasta el punto que cada generación tenía la suya propia. Están las revisiones más clásicas, como Elegir un amor, con Julia Roberts, las que le daban un giro hasta el absurdo, como Mientras dormías, las que camuflaban esa enfermedad en forma de metafóricos vampiros, como Crepúsculo, o incluso las que funcionaban como Epitacio post-morten, al estilo Postdata, te quiero o Mi vida.
Pero de entre todas, lo más efectivo es la enfermedad pura y dura, y cuanto más terminal, mejor. Salvo honrosas excepciones, son películas bastante simples, que buscar la lágrima fácil del espectador y que abusan de la pornografía sentimental para tocar la fibra sensible con más mala fortuna que talento. Hay honrosas excepciones en el cine actual, como la simpática Amor a medianoche o la emotiva Bajo la misma estrella, pero por desgracia A dos metros de ti no se encuentra entre ellas.
Dirigida por Justin Baldoni, un actor metido a realizador de documentales, y con Mikki Daughtry y Tobias Iaconis firmando el guion (sí, los mismos que escribieron el infame libreto de La llorona), A dos metros de ti no es capaz de proponer nada novedoso al género, siendo casi una fotocopia de un esquema arquetípico y con un desarrollo narrativo que es incapaz de emocionar por lo previsible que es.
Tan insuficiente como otra medianía reciente, Antes de ti, me resultó toda una sorpresa escuchar sorbidos de mocos y ver pañuelos secando lágrimas tras un final de película que ni siquiera llega a ser un final, prueba de que estamos ante uno de esos géneros que siempre tendrá adeptos independientemente de la calidad resultante del producto. Aquí se demuestra esa gran verdad que dice que es más difícil hacer reír que hacer llorar (y que por algún motivo los académicos no consiguen llegar a entender), y Baldoni consigue, con prácticamente nada, emocionar a una tribuna que venía demasiado preparada para sufrir, aunque la película no le llegue a dar argumentos para ello.
Con la fibrosis quística como telón de fondo y un pare de actores poco conocidos (ella era una de las víctimas de Múltiple), la película recae en los tópicos de siempre (el tercer amigo en discordia, elemento cómico del film hasta que deja de serlo) para recaer más en una historia de amor tan impersonal como sosa que en el drama propio de la enfermedad, rematando la tontería con un hospital donde las medidas de seguridad y los controles a los pacientes parecen estar diseñados por el Inspector Clouseau.
En fin, una película insoportablemente aburrida, con personajes sin gracia que deambulan a su suerte en espera de su muerte, entre risas y lloriqueos, que podrá emocionar a aquellos que hayan venido explícitamente buscando eso, pero totalmente insuficiente para un espectador que solo aspire a ver una buena película.

Valoración: Tres sobre diez.