No
voy a realizar ninguna gran revelación si digo que ken Loach ha sido siempre un
director caracterizado por los mensajes sociales con los que inunda sus
películas, marcadas por su influencia trotskistas. Así, poco puede
sorprendernos de su nueva película, un nuevo canto a la libertad en el más puro
sentido de la palabra, simbolizada en forma de un viejo granero que regenta el
Jimmy del título.

Con
una narrativa tan eficaz como de costumbre, Loach consigue conmover con una de
las historias más antiguas del mundo, el poderoso que se siente amenazado,
tildando casi con fanatismo como de malvado todo aquello que le es mínimamente
desconocido.
Loach
cumple en su misión de reflejar las dos posturas, consiguiendo incluso que el
radicalismo eclesiástico quede suficientemente humanizado gracias a las
posturas dispares de dos párrocos, falsos villanos de una época donde el mal se
encontraba en una sociedad cegada por sus propios miedos. Solo cuando Loach
roza temas más políticos la película pierde un poco de fuelle, corriendo el
peligro de caer en el partidismo, pero enseguida se recompone y termina
definiéndose como lo que pretende ser, un canto a la libertad de pensamiento y
de ideales que, aunque se sitúa en la década de los años 30 bien podría
servirnos para reflexionar con lo que hoy mismo está pasando a raíz de ciertas
viñetas ofensivas para algunos y sus dramáticas repercusiones.
El
mundo a veces parece haberse vuelto loco. Y películas como esta nos recuerdan
porqué.
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