sábado, 4 de septiembre de 2021

Visto en Netflix: NUEVO SABOR A CEREZA

No voy a negar que es muy sencillo encontrar las virtudes de la nueva serie que está triunfando en Netflix, pues Nuevo sabor a cereza, la extraña y arriesgada propuesta de Nick Antosca y Lenore Zion a partir de una novela de Todd Grimson, es tan extraña, aterradora y adictiva que resulta difícil, de entrada, no quedar atrapado en sus redes.

Con el Hollywood de los años noventa como telón de fondo, la serie sigue la historia de Liza Nova (Rosa Zalazar), que tras filmar un impactante y sorpresivo corto se encuentra ante la oportunidad de convertir su idea en una película.

No conviene desvelar mucho más de su argumento, pues los giros y las sorpresas son claves en la producción, pero conviene destacar que el submundo creado por Antosca y Zion abre las puertas a un sinfín de referencias cinematográficas que harán las delicias de los más entendidos. Con claras reminiscencias a las peores consecuencias del movimiento #metoo, estamos ante el Hollywood de los Coen y De Palma, con ecos tan evidentes como enfermizos del Cronenberg más retorcido y con cabida para homenajes tan dispares como al añorado George Romero. Es, sin embargo, el toque surrealista e incluso absurdo de David Linch el que ejerce de pegamento de la función, como si el autor de Mulholand Drive o Carretera Perdida fuese un maestro de ceremonias invisible pero omnipresente.

A esto hay que añadir el desconcierto que generan los giros de un guion que, más allá del tema de la venganza y el empoderamiento, no se sabe muy bien nunca hacia dónde va.

Sin embargo, partir de unos buenos elementos de base no siempre es garantía de éxito, y Nuevo sabor a cereza es un claro ejemplo. Sus ocho episodios se me antojan excesivos para lo que desea contar (me habría encajado más un formato miniserie de apenas tres o cuatro capítulos), y la necesidad de reinventarse en cada giro termina provocando un agotamiento que deriva en una peligrosa indiferencia hacía lo que el destino prepare a la protagonista (excelente Salazar, por cierto), más cuando determinadas acciones restan dramatismo a las consecuencias del mismo.

No puedo poner muchos ejemplos de detalles que han terminado por generar esta apatía en mi por no caer en el spoiler, pero puedo poner como ejemplo el uso de la casa donde vive la antagonista de la historia, al principio un lugar de pesadilla que invita al desasosiego pero que según avanza la serie, por una simple cuestión de abuso, se convierte casi en un chiste, con infinidad de personajes entrando y saliendo de ella como Pedro por su casa, cual vodevil del tres al cuarto.

No me voy a quejar del final abierto o de los detalles que quedan sin explicar, pues forman parte del juego, pero sí de ciertas decisiones relativamente arriesgadas de guion  que terminan por caer en saco roto, desafiando aún más la paciencia del espectador.

En resumen, una propuesta diferente, extraña y arriesgada, pero que en mi caso fue de más a menos para rozar la desidia en su tramo final, obligando a ver los últimos episodios más por completar la historia que por verdadera necesidad.

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