miércoles, 7 de junio de 2023

A VUELTAS CON LA CRISIS DEL CINE

Puede que me repita un poco y si es así pido disculpas de antemano, pero estoy francamente preocupado por el estado del cine hoy en día y con el paso de los meses la cosa no tiene pinta de mejorar.

En realidad, esto no viene de ahora, sino que el problema empezó hace ya años, cuando pese a que la afluencia en las salas era masiva los datos de taquilla revelaban que Disney se lo estaba comiendo casi todo, ya sea con Marvel, Star Wars o sus adaptaciones de clásicos animados. Esta escasez de variedad ya debería habernos alertado del problema, ya que una vez estallara la burbuja de una de estas, las alternativas brillarían por su ausencia.

Tres son los culpables de que el cine este enfermo de necesidad, y ninguno de ellos es el precio de las entradas (que el cine no es tan caro como se dice). Por un lado, está la falta de originalidad en las propuestas para un público que, por otro lado, tampoco tiene muchas ganas de originalidad. Por otro, la pandemia, que a cambio del miedo a salir de casa para encararnos con otras personas en salas oscuras y sin ventilación nos enseñó lo cómodo que era el salón de casa para ver películas y series a go go. Y, por último, a la proliferación de plataformas de streaming, que se ha volcado en producciones propias aparte de comprar las ajenas para engordar sus catálogos y significaba, en el peor de los casos, que películas pensadas para ver en salas se estrenaran en casa de manera simultánea o con apenas un par de meses de diferencia con respecto al estreno en cines.

Tras casi un año con los cines cerrados, la recuperación se antojaba lenta, pero no tanto. Los grandes han caído y la primera víctima de estos tres factores ha sido el cine de superhéroes. Tanto preguntar cuando iba a estallar la burbuja que esta al fin lo ha hecho.

Si nos fijamos en Marvel, todo esto coincidió con el inicio de la Fase Cuatro, una fase que salvo honrosas excepciones (Spider-Man: no way home y Dr. Strange en el multiverso de la locura) no ha tenido muy buena acogida. Y por más que se quiera señalar a Kevin Feige y al agotamiento de la fórmula, lo cierto es que no ha sido tan mala. Eternals es una gran obra que apuesta por algo diferente y Shang Chi es un pasatiempo mucho más digno que Iron Man 2 o Thor, el mundo oscuro, que para mí siguen siendo las dos peores películas del MCU hasta la fecha y Ant Man y la Avispa: Quantumanía (está ya de la ase cinco) es tan divertida como las dos anteriores de Ant Man pero mucho más espectacular (vamos a dejar fuera de la ecuación al Thor de Waitiki que merecería un artículo aparte para si sólo, con sus defensores y detractores). No es, aunque pueda parecerlo, un problema de calidad, sino de cantidad. Cantidad y agotamiento.

Pero por muy fan de Marvel que pueda ser no estaría preocupado por sus fracasos (o vamos a llamarlo decepciones), que al fin y al cabo yo no soy accionista de la empresa, si no fuera porque aún con esa bajada de recaudación sigue siendo de lo más visto en cine. Es decir, las películas de superhéroes atraen a menos gente a las salas pero siguen siendo las que más atraen. Fijémonos por ejemplo en el 2022, donde junto a Avatar 2, Maverik y Jurasic World: dominion, entre lo más alto del ranking encontramos a Black Panther: Wakanda forever, Dr. Strange en el multiverso de la locura, The Batman y Thor: Love&thunder. Pero aunque estemos hablando de éxitos, algunos de ellos incluso avalados por la crítica y con nominaciones a los Oscars como Black Panther, se han quedado muy por debajo de las previsiones.

Algo similar ocurre en lo que llevamos de año. Cerca de llegar al ecuador, se han quemado ya muchos de los cartuchos ganadores y pese a que Guardianes de la Galaxia vol. 3 ha reconciliado a Marvel con sus fans sus números también están por debajo de lo esperado, siendo difícil que logre superar lo conseguido por el Volumen 2. Algo similar está sucediendo con Fast&Furious X, que pese a estar arrasando parece casi imposible que se acerque siquiera a la barrera de los 1.000 millones que superaron las entregas siete u ocho. Sí nos fijamos en el resto de estrenos, dejando de lado la burrada que está recaudando Super Mario Bros, Creed III también ha quedado por debajo de sus antecesoras, mientras que el gran éxito del año, John Wick 4, juega en otra liga, siendo un éxito y un fenómeno mundial con taquillas que quedan muy lejos de los monstruos mencionados. Prueba de ello es que ha conseguido superar los ansiados mil millones… pero a base de sumar los números de las cuatro entregas.

Aún quedan unas cuantas balas en el cargador del 2023, como la despedida de Indiana Jones, la secuela de Spider-Man: un nuevo universo, Misión Imposible 7, The Meg 2, The Marvels, o la gran esperanza de DC Cómics para frenar la racha de fracasos con The Flash. Eso aparte del supuesto duelo que nos quieren vender de Oppenheimer contra Barbie. Vamos, que puede pasar cualquier cosa, pero sí la tónica va a ser repartirse el pastel entre cuatro y que el resto sean decepciones de taquilla como Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones o directamente fracasos como Shazam: la furia de los dioses, Babylon o 65, mal vamos. Al final, parece que vamos a tener que seguir (mal) viviendo del cine de superhéroes.

Pero lo que habría que analizar, más allá de la falta de originalidad en los guiones de Hollywood y al agotamiento propiciado por los superhéroes, es porqué la gente ya no va al cine. Siguiendo con mi teoría de las tres causas, puedo entender que la gente se haya acomodado y prefiera consumir cine en el salón de su casa (algo que nunca compartiré por más pantalla grande o equipo Dolby Stereo que pueda tener y la ausencia de niñatos molestando con sus gritos o móviles), y podríamos sacar a relucir la teoría de la evolución. Los tiempos cambian y el casete sustituyó al vinilo para ser derrotado por el CD que ahora agoniza contra el formato digital. Los videoclubes desaparecieron y el VHS fue sustituido por el DVD y el Blu-ray. La radio resiste pero agoniza ante los podcast y casi todo el mundo prefiere leer la prensa en Internet que en papel. Las cosas cambian y hay que aceptarlas. Y si el cine debe morir en manos de streaming, que así sea. Sería la primera y dolorosa baja de la guerra de las plataformas. Pero hay una segunda lectura, una más catastrófica y que revela la realidad de esta guerra absurda y sin posibles ganadores:

Netflix, la única plataforma que ha anunciado beneficios en lo que llevamos de 2023, ha perdido, sólo en España, más de un millón de suscriptores, cosa que será extensible al resto del planeta cuando se prohíba a nivel mundial el uso de cuentas compartidas. Disney+ y HBO Max han tenido pérdidas, que les ha llevado a replantear su política de estrenos, modificando los calendarios Marvel y Star Wars en el caso de la primera y reinventándose un y otra vez en el caso de la segunda, no estando muy claro qué pasará cuando se convierta en simplemente MAX. Y si nos metemos con las más pequeñas, encabezadas por los resultados económicos catastróficos de Paramount+, la desaparición de una o varias de estas parece cosa hecha. Sólo se salva de la lista negra Amazon Prime, pero no por su buen funcionamiento (las inversiones millonarias en Los anillos del poder y Citandel no se han traducido en buenos resultados de crítica y visionados), sino porque al ser el streaming un extra de la suscripción de compras, cuesta valorar la correlación entre suscriptores y espectadores de la plataforma.

Todo esto nos da la conclusión de que el cine está gravemente herido, ya que cada vez son menos los espectadores que llevan las salas, pero tampoco podemos decir que vaya a ser sustituido por el streaming. La nueva forma de consumir de los jóvenes no es necesariamente en plataformas y si no se encuentra una solución rápida podía ser el fin de todo. No es que el cine como tal se vaya a terminar, desde luego, pero en la dirección que vamos auguro un auge de Emule, Torrent y compañía a la vez que la verdadera competencia está en TikTok, Twich y bobadas similares…

Tiempos extraños (y tristes) nos tocó vivir…

sábado, 27 de mayo de 2023

EL DESPIPORRE AL PODER.

Reconozco que cuando entré en la sala de cine no las tenía todas conmigo. Fast&Furious 9 no es precisamente santo de mi devoción, pareciéndome un tropiezo tras la línea ascendiente que la saga llevaba desde su quinta entrega, y me preocupaba que el chiste se hubiese estirado mucho.

Pero no. Contra todo pronóstico, pese a que se notan ciertas carencias en el montaje que sin duda se deben al cambio en la silla de director con el rodaje ya comenzado (me resultan muy extrañas las apariciones y desapariciones del personaje de Brie Larson, por ejemplo), la última (que parece ser que va a ser en realidad la antepenúltima) entrega de la saga de Toreto y familia consigue estar a la altura y subir aun más, si cabe, el nivel de la franquicia.

Fast&Furious X es una mamarrachada toda ella, con un villano esperpéntico y ridículo que roza el histrionismo y unos golpes de efecto absurdos con alianzas inverosímiles y regresos imposibles. Pero, si uno acepta entrar en el universo autoparódico que se viene forjando desde la cuarta entrega (y que explotó definitivamente en la quinta), se dará cuenta que es imposible que tanto despiporre pega molar más.

Es imposible (insisto, si uno viene dispuesto a jugar) no disfrutar con una película tan loca como desenfrenada donde lo peor de la función es, curiosamente, su mayor valedor, un Vin Diesel que sigue aspirando a exhumar intensidad a base de fruncir el ceño y que acapara los momentos más flojos del film. Todo funciona mejor cuando son los supuestos secundarios los que llevan el peso de la acción, destacando, como no podría ser de otra manera, las aportaciones de Jason Statham (breve, muy breve) y Charlize Theron (magnífico el imposible equipo que hace con Michelle Rodríguez), mientras que Jason Momoa se lo pasa genial convertido en un villano tan desquiciante como divertido.

FFX no es perfecta, ni siquiera dentro de su propio subgénero, pero tampoco lo necesita. Tienen la fórmula del éxito y saben que por repetirla no va a dejar de funcionar (aunque sí provoca que una de sus mayores sorpresas, si se analiza fríamente, puede resultar muy previsible). Donde el guion no alcance, destruya las cosas y que sean más grandes. Y por si no basta, te sacas esas dos escenas finales dignas de un cliffhanger de serial televisivo y hacer de la onceaba parte una necesidad.

Leterrier suple con solvencia a Justin Le en el cargo de director y consigue un ritmo endiablado y demencial. Algo que facilita el disfrutar del espectáculo sin tiempo para hacerse preguntas que pudieran estropear el invento, ocultando así las carencias de la narrativa. Y es quem si ellos mismos deciden no tomarse la cosa muy en serio, ¿porqué habríamos de hacerlo nosotros? Al fin y al cabo, la fórmula viene funcionando desde hace tiempo, contra todo pronóstico, dicho sea de paso, gracias a dos ases que se guardan en la manga y que, incluso a base de repetirlos una y otra vez, siguen funcionando. Cuando todo empiece a flojear basta recurrir a dos trucos de ilusionista barato: resucitar a un personaje fallecido y hacer que un villano que mola se alíe con los buenos. Así de sencillo.

Y con el deleite que supone está décima entrega y el exceso visual que supone, uno no puede dejar de pensar en el nuevo tipo de cine que se abre paso en las afligidas salas, un cine excesivo e inverosímil pero a todas luces afectivo como lo era, también, John Wick 4. No sé si estas apuestas puedan ser suficientes para salvar al cine (y por Dios que necesita desesperadamente que alguien lo salve), pero al menos, como apaño, ya vale.

Y así, con la familia como excusa, los machirulos, las amazonas, el reggaeton y la peste a gasolina viene a pegarle un bocado a la taquilla como ya lo hiciera hace unos meses, con la misma fórmula pero diferentes cálculos, el bueno de Keanu Reeves.

Y eso me da para una reflexión: ¿no molaría mil ver a Reeves al volante en la doceava y última entrega? Al fin y al cabo, esto empezó como una copia cani de Le llaman Bodhi. ¿Qué mejor manera de cerrar el círculo?

Ahí dejo la idea. Ahora las pelota está en tu tejado, Vin.

jueves, 25 de mayo de 2023

Guardianes de la Galaxia o el incierto devenir de Marvel.

Al fin ha llegado Guardianes de la Galaxia, vol. 3 y las sensaciones no pueden ser mejores. Es cierto que ha atacado con una taquilla algo inferior al Volumen 2, pero esto bien puede deberse a causas externas, como que ciertos haters han iniciado movimientos porque no pueden digerir que el último éxito de Marvel esté orquestado por quien ya es el mandamás en DC o incluso al efecto dominó por las flojas sensaciones que los últimos estrenos de la casa de las ideas estaban provocando.

Como sea, la película está gustando merecidamente, ya que el cierre del ciclo de James Gunn cumple con creces con las expectativas y es tan divertida como emotiva, siendo también la que tenga más acción y épica de las tres.

Esto debería suponer un respiro para Marvel que desde la apoteósica culminación de la saga del Infinito se ha visto bombardeada por las críticas (muchas de ellas totalmente merecidas) debido a la bajada de calidad e interés de sus propuestas, aunque sospecho que el verdadero problema está en el exceso de las mismas. Con las excepciones de Spider-Man far from home y Dr. Strange en el multiverso de la locura, ni siquiera Wakanda forever a convencido a todos por igual.

Se supone que la última aventura de Star Lord, Rocket, Groot y compañía debería bastar para dejar a los fans con buen sabor de boca y mirar al futuro con optimismo, pero a mi parecer está haciendo justo lo contrario.

Guardianes de la Galaxia, Vol. 3 es una gran película, de acuerdo, y está dado a los fans todo lo que pedían, pero no deja de ser una despedida, un nuevo cierre que invita a pensar que nunca más veremos a este equipo junto, igual que no parece que vayamos a volver a ver al Iron Man de Stark, al Capi de Rogers o a la Viuda Negra de Natascha. Tras una cuarta fase centrada en el luto, esta quinta debía ser el relanzamiento definitivo hacia Kang y las Secret Wars, pero seguimos en una sensación de duelo constante, como si la película se encargara, más que nada, a recordarnos que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si a esto sumamos que es también la despedida de Gunn, nos encontramos con que los pocos autores con personalidad que han pasado por el UCM son también cosa del recuerdo. Ojo, no soy de los mayores defensores de Gunn (considero que con una libertad creativa máxima, como tiene en DC sus bromas dejan pronto de tener gracia), pero hay que reconocer que sus películas tenían un sello que las diferenciaban ligeramente de la cacareada fórmula Marvel. Ahora, sin los Russo ni Wedhon, con Chloè Zao más fuera que dentro y sin saber si Coogler o Raimi van a volver a trabajar para Marvel, sólo Waitiki (amado y odiado por igual) queda para defender un sello de autoría que evite que todas las producciones tengan ese aroma a plantilla que llegue a cansar al fan.

Marvel ha conseguido volver a la palestra y estrenar una grandísima película, pero está por ver si su éxito es, a la vez, un clavo más de un ataúd que cada vez tiene peor pinta.

martes, 25 de abril de 2023

UN SANT JORDI SIN LIBROS

Llegó y pasó Sant Jordi, la fecha más señalada por los escritores, al menos para los catalanes y por la mayoría de los españoles. El 23 de abril se conmemora el fallecimiento de Cervantes, Garcilaso de la Vega y Shakespeare, y es una cita obligada para todos aquellos que disfrutan de la literatura, ya sea del lado del escritor o del lector. Paradas de libros, firmas de autores y descuentos que, unido a la tradición catalana de regalar una rosa, conviertes los centros de ciudades y pueblos en un lugar de encuentro hermoso y muy festivo.

Casi se podría decir que Sant Jordi es mi día preferido del calendario, aquel en el que me gustaba abrirme paso entra la multitud a lo largo de Paseo de Gracia o Las Ramblas mucho antes incluso de que soñara con ser escritor, para ver las novedades y decidir por cual valía la pena romper la hucha. Una cita a la que no he faltado casi ningún año, al menos hasta el glorioso 2021, en el que tan señalado día coincidió con el nacimiento de mi primogénito. Una cita, en la que tampoco he estado presente este 2023.

Tras el agujero negro en nuestra memoria que supuso la pandemia y las funestas consecuencias de los Sant Jordis siguientes, con cambios de fecha por un lado y lluvias torrenciales por otro, este parecía perfecto, coincidiendo además en domingo. Y, a tenor por los comentarios de amigos escritores y por lo visto en las noticias, lo fue. Una fiesta total. Éxito de público y ventas. Y el clima, acompañando.

Todo perfecto, pues.

¿Y yo? ¿Dónde estaba yo?

No voy a culpar a mi hijo de mi ausencia, pues si bien era un sueño apra mí que su nacimiento coincidiese con una fecha tan mágica, ya sabía que a cambio iba a tener que sufrir que coincidiera siempre con su cumpleaños. Y no quiero que cuando se haga mayor y lo entreviste un psiquiatra descubra que mató a un montón de inocentes por culpa de que durante su infancia su padre faltó a su fiesta por irse a firmar libros. Pero no, no es ese el motivo que me ha alejado de las paradas de libros este año (que con esfuerzo y voluntad, hay tiempo para todo). Ni siquiera una aciaga conjuntivitis que lleva ya una semana torturando mi ya de por sí maltrecha visión. El motivo real y definitivo por el que este año me he saltado el Sant Jordi es la falta de ilusión.

Ya he comentado en entradas anteriores cómo están las cosas con Célebre Editorial. Y no ha habido ninguna mejora desde entonces. Alguna toma de contacto ilusionante que ha derivado en más silencios administrativos y que me ha dejado sin libros que vender y, lo que es peor y más importante, sin ganas para hacerlo.
Coincide este Sant Jordi con una cadena de vídeos de autores de la editorial denunciando la misma situación e incluso amenazando con ir a los tribunales. En ocasiones, dicho sea de paso, señalando a quien no deben. No es mi caso, aún no. Pero todo se andará. Lo del video y, quizá lo otro. Algo feo y que quiero evitar, pero al final deberé reivindicar mi derecho a la pataleta (que es lo único que vamos a conseguir, me temo). Mientras, entre buscar ganas y tiempo para seguir escribiendo y pensar en lo que hay en mi futuro (¿quizá un regreso a la autoedición?), lo último que me apetecía era pelearme para conseguir una migajas de ejemplares que no sé si iba a vender ni muchos menos cobrar.

Así que sí, este año, dejando cumpleaños y ojos rojos aparte, he decidido saltarme el Sant Jordi, como aquel personaje de John Grishman que decidió un año saltarse la Navidad. Yo, de momento, no he sufrido ninguna consecuencia, pero creo que los que me seguís merecíais una explicación ante mi silencio informativo.

Volveré con energías renovadas, de eso estoy seguro. Pero no será pronto. Ahora mismo, el 23 de abril es más importante por celebrar el nacimiento de mi hijo que por recordar la muerte de tres clásicos. Ya veremos el año que viene (que muchas cosas van a cambiar, también lo digo), si me animo a entremezclar las cosas.

Seguiré informando…

jueves, 13 de abril de 2023

John Wick al rescate del cine.

Después del triste año que llevamos, necesitaba el mundo del cine una película que revitalizara las salas de este flojo 2023. John Wick 4 llegaba con ese propósito y sus números iniciales así parecen indicarlo.

Chad Stahelski repite por cuarta vez como director en un filme que aspira a ser (aunque eso nunca se sabe) el cierre de la saga para dar paso a otros spin off que amplíen el lore que se ha ido desarrollando desde la película de 2014.

Sobre el papel, parecía difícil superar lo conseguido por la hasta ahora trilogía, pero tres elementos a destacar en la película provocan que esta sea, posiblemente, la mejor de todas. Por un lado, el reparto, donde viejos conocidos (te echaremos de menos, Lance Reddick) regresan, con Ian  McShane y Lawrence Fishburne respaldando de nuevo al incombustible Keanu Reeves, junto a alguna incorporación nueva muy estimulante, como Donnie Yen, Hiroyuki Sanada, Scott Adkins, Natalia Tena o Bill Skarsgård como el gran villano de la película. Por otro lado, hay que destacar, una vez más, el gran trabajo de Stahelski tras las cámaras, superándose a sí mismo con algunas set pieces magistrales. Pero quien de verdad se lleva las palma es Dan Laustsen, el director de fotografía, que consigue que todo luzca maravilloso. John Wick 4 es una gran película de acción, dinámica y trepidante, pero si hay algo por lo que de verdad merecer ser recordada es por su empaque visual, esos juegos de luces, esa escena cenital tan de videojuego, esas salidas de sol… Nunca París se ha visto tan hermosa, ya sea a plena luz del día o en una noche que para nada pretende enmascarar los trucos de los coreógrafos y en lo que todo se ve estupendamente.

Tanto es así, que muchos son los que la reciben cono una obra maestra. Y ciertamente durante su visionado me sentí tentado en más de una ocasión de calificarla como la Maverik de este año, esa película por encima de las demás capaz de sentar cátedra y obligar a la gente a ir en masa a las salas de cine. Porque si algo está claro es que esta película debe verse en pantalla grande, cuanto más grande, mejor.

Es problema radica en el momento de salir de la sala y volver a la realidad, cuando esas poderosas imágenes que se han quedado grabadas en las reinas empiezan a difuminarse y nuestro cerebro, anestesiado por tanta violencia elegante y gratuita empieza a despertar y nos damos cuenta de lo ridículo de su guion.

Concebida inicialmente para ser dos películas rodadas a la vez, la pandemia y los compromisos de Reeves con la también cuarta entrega de la saga Matrix (que bien podría haberse ahorrado) forzaron la decisión de resumir toda la trama en una sola película. Esto puede servir para justificar su extensa duración (casi tres horas que en ningún momento aburren) y cierta irregularidad entre los momentos más adrenalíticos y los más pausados, pero no vale para aceptar un guion demasiado fácil de criticar. Y no es cuestión de pedir a una película de estas características una profundidad y unos diálogos apabullantes, ni aspirar a que tenga una verosimilitud total, pero teniendo en cuenta que juega más en la liga de la espectacularidad tangible de Misión Imposible que a la locura fantasiosa de Fast&Furious, por poner dos símiles, hay que hacer demandados saltos de fe para encajar todas las piezas. Se pueden perdonar las heridas y golpes que se curan al momento, o las discotecas en la que nadie parece ni percatarse de un tiroteo que sucede a escasos palmos de ellos, pero detalles como la ausencia policial (o incluso vecinal) en París, los trucos que se sacan de la manga para llegar a un final apropiado y el nuevo lore que contradice lo que conocíamos de entregas anteriores hacen muy difícil definir el film como excelso. No quiero ponerme quisquilloso con el tema, pero es una lástima que lo que podría ser una gran obra se vea empañada por decisiones de guion que rozan lo ridículo, culpa, seguramente, de la salida de Derek Kolstad, guionista de las tres entregas anteriores.

En fin, que obviando esto (y la imposibilidad de hacer comparaciones odiosas a raíz de la escena alrededor del Arco de Triunfo entre esta película y Misión Imposible: Fallout), estamos ante un espectáculo de gran calidad, un broche de oro a una saga que ha sabido ir de menos a más y que ha supuesto un antes y un después dentro del cine de acción más físico.

jueves, 30 de marzo de 2023

SIGUE LA CRISIS SUPERHERÓICA.

El tiempo pasa pero algunas cosas no cambian. Ya he podido ver Shazam: la furia a los dioses en cine y debo decir que no es tan mala como me esperaba. Es un pasatiempo de lo más disfrutable, con buenos efectos visuales (al menos mucho mejor que los de la primera entrega) , una historia resultona y unos personajes a los que ya se les ha cogido un poco de cariño. Sin embargo, batacazo en taquilla.

Tres son los elementos a los que se les puede reprochar el fracaso. Por un lado tenemos la confirmación de que este Shazam pertenece a un universo caduco, cuyas menciones a Wonder Woman son tan inconsistentes como ridículas. Shazam mira hacia un futuro que ya no existe, sin Black Adam, sin JL y sin nadie de quien poder ir de la mano. Y aunque la película se pueda disfrutar a la perfección de manera independiente, tantas noticias negativas sobre el finiquitado universo compartido de DC por parte de Safran y Gunn no le han hecho ningún bien.

La segunda causa puede ser su extraña estructura, que ya se vislumbraba en los trailers. Shazam II pretende ser muy épica y espectacular, y por momentos lo consigue, pero ello cae en conflicto con su sentido del humor. Algo parecido sucedía en Ant Man y la Avispa: Quantumanía. Ambas son películas con demasiadas pretensiones para unos personajes tan menores a los que les iría mejor una cinéfila más de andar por casa.

Y luego está el tercer factor, del que ya hablé al respecto del Hombre Hormiga. Y es que más allá de la calidad del film, de sus aciertos y errores, de las meteduras de pata de Gunn, Dwayne Johnson y compañía, el público está sufriendo un claro síndrome de agotamiento. El cine de superhéroes se ha vuelto previsible y cuesta encontrar propuestas originales y rompedoras. Las primeras visualizaciones de Aquaman II la definen cono un completo desate y parece que el destino de las dos grandes compañías comiqueras pasan por Guardianes de la Galaxia, vol. 3 y Flash (que ya ha visto Tom Cruise y dice que es muy buena; y su Tom lo dice, habrá que creerlo). Es decir, la despedida de James Gunn de Marvel y el cierre del DCEU de DC antes del desembarco de James Gunn allí.

Hay una sensación general de hastío. Los superhéroes no enamoran como antes y si en DC resulta más divertida la intrahistoria que hay detrás de la editorial, en Marvel la Fase Cuatro no ha terminado de enganchar, siendo el inicio de la Fase Cinco todo un descalabro.

A riego de repetirme, es posible que esto sea tan sólo la punta del iceberg y que sea el cine en general quien está en problemas. Sólo hay dos franquicias ahora mismo post las que pondría la mano en el fuego de que va a seguir arrasando en taquilla, y ambas inician este 2023 su despedida en un fin de fiesta doble. Me refiero a Misión: Imposible y Fast & Furious. Sin ellos, y con Avatar 3 muy lejana en el horizonte, quién sabe que película puede suplicar una garantía en taquilla.

Quizá la guerra del streaming y el teórico fin de las cuentas compartidas vuelva a llevar a la gente al cine (habrá que estudiar bien las noticia que la pasada semana divulgó Cinesa sobre su tarifa plana), porque si no, auguro muy malos tiempos para el séptimo arte.


viernes, 24 de marzo de 2023

NO HAY DOS SIN TRES

No lo tenía pensado, pero debido, en parte, a todos los problemas que os comente hace unos días que provocaron que haya estado durante un tiempo sin escribir prácticamente nada, una tercera novela ha cogido un puesto prioritario en mi cabeza. Y, como en el caso anterior, tiene también algo de experimento, aunque espero que esto no se note en el resultado final.

Empezaré por el principio. Tengo la inmensa fortuna de poder presumir de ser gran amigo de Carlos Abreu, director, traductor y también escritor de un puñado de novelas de carácter infantil con quien comparto además, desde hace décadas, mis inquietudes como guionista. Pues bien, el caso es que un día me propuso un curioso reto, casi como un juego: escribir una novela a cuatro manos. No sé cuál es el procedimiento habitual en estos casos, y si algún día tengo la oportunidad de hablar con Stephen King o Guillermo del Toro les preguntaré como lo hacían ellos con Peter Straub y Chuck Hogan respectivamente, pero en nuestro caso el invento consistía en escribir cada uno de nosotros uno o dos capítulos y pasárselo al siguiente sin tener ninguna regla ni pensar juntos en el futuro al que nos dirigimos. Es presumible pensar que algo así sólo puede conducir al desastre, y en cierto modo así fue, pues pocos años después y con casi doscientos cincuenta páginas ya escritas, el proyecto se abandonó.

El motivo oficial es que estábamos tocando palos muy dispares, aparte de los retrasos que teníamos en cada entrega, cosa que provocó una cierta sensación de vacío en nuestra inspiración. Sin embargo, debo asumir mi parte de culpa: pese a habernos comprometido a no pensar en el futuro de la historia no pude evitar ir siempre uno o dos capítulos por delante de lo que escribía, de manera que cada giro en su narración que me complicará las cosas era rectificado en mi turno, entorpeciendo así sus ideas. Eso terminó por agotarnos y causar cierto desánimo que provocó un abandono nunca confirmado.

Ha sido ahora, en este tiempo muerto que me he tomado, que he decidido releer todo lo escrito, y sinceramente, me ha encantado. Es cierto que hay que realizar muchas correcciones (eso es algo que ya tenía claro desde el principio del experimento), pero el conjunto final me parece no sólo coherente, sino por momentos brillante.

Comenté mis sensaciones con Carlos Abreu, con la existencia de contagiarle mi entusiasmo, pero ya era tarde. Como un matrimonio hundido que no cree en las segundas oportunidades, mi amigo desechó retomar el proyecto, animándome sin embargo a que yo terminará la obra por los dos y cediéndome todas sus aportaciones.

Y eso voy a hacer. No apropiándome de su trabajo, que de una manera u otra le reconoceré si el libro llega a ver la luz, pero esta especie de utopía inter dimensional que ya forma parte de las vidas que pululan por mi cerebro merece tener un final. Y lucharé a muerte por encontrarlo.

Magia, ciencia y amor es un potente cóctel que se da cita en esta novela que, si termina siendo tan satisfactoria como espero, podría terminar formando parte de algo más grande.

Así que ya veis, tercer proyecto que tengo en marcha (y en un estado bastante avanzado) y que podría ver la luz en breve. Esto nunc a se detiene, aunque lo pueda parecer, y el vacío editorial en que me encuentro atrapado (y que espero se solucione algún día) no basta para desanimarme y frenar mis ansias de escribir.

Así que paciencia. No estoy seguro de cuál de los tres proyectos de los que os he hablado será el primero en ser finalizado, pero ya veis que por material y ganas no será.

De una manera u otra, nos leeremos pronto. Os lo prometo.

miércoles, 1 de marzo de 2023

ANT-MAN Y LA AGONÍA DEL CINE COMERCIAL

Ayer al fin pude ir al cine a ver Ant-man y la Avispa: Cuantumanía, algo más tarde de lo que es habitual en mí tratándose de una propuesta Marvel. El caso es que tenía más curiosidad que verdadero interés, ya que en Marvel parecen haberse contagiado de DC con eso de las críticas extremas y hay tanto opiniones destructivas como otras que la consideran lo mejor desde End Game.

Yo, por mi parte, no quedé descontento del film y la nueva aventura de Scott y compañía me pareció simpática y entretenida, con ecos al Star Wars más clásico así como a las revistas pulp de ciencia ficción, sin que me doliesen demasiado los tan cacareados defectos en su acabado visual (M.O.D.O.K. aparte). La presencia de Michelle Pfeiffer, con mucho más metraje que en su primera participación en el MCU hacen que se le perdone cualquier cosa. Sin embargo, pese a las evidentes intenciones de recuperar el tono continuista y grandilocuente de las tres primeras fases, me falla en el film algo que no soy capaz de dilucidar. Creo que ni siquiera es algo cinematográfico, sino más bien anímico. La película no me ha emocionado e incluso por momentos me he visto presa de una extraña sensación de rutina. Y podría pensar que es cosa mía y de mis circunstancias sino fuese porque los resultados en taquilla están siendo muy paupérrimos, con un descenso en su segunda semana de escándalo, sólo comparables a los de Viuda Negra (aunque aquella se tuvo que enfrentar a su propio estreno en Disney+ y, por consiguiente, a una piratería en gran calidad).

El caso es que esto me hace preguntarme si al fin ha llegado la eternamente cacareada explosión de la burbuja del cine de superhéroes. Vale que la fase cuatro ha recibido muchos palos de la crítica por su floja calidad, pero hay que recordar que Black Panther: Wakanda Forever aspiraba a luchar por algo grande en los Oscar (se va a tener que confirmar con la categoría de mejor actriz secundaria y poco más) y tampoco hizo en taquilla los números que se esperaba de ella. Sumemos a ello el descalabro de Black Adam en la acera de enfrente y las pésimas previsiones en referencia a Shazam: la furia de los Dioses y la cosa empieza a aclararse. Y si miramos al futuro, Guardianes de la Galaxia, vol. 3 es la única esperanza, ya que los primeros para Aquaman 2 hablan de desastre épico y el futuro del universo DC que prepara Gunn y Safran es toda una incógnita.

Por ello, podemos concluir que el cine de superhéroes ha llegado a tal nivel de agotamiento que sus responsables deberían empezar a preocuparse (y eso que no he mencionado el esperpéntico universo arácnido de Sony o las pretensiones de haber un tercer reinicio para Hellboy). Las fórmula está ya muy gastada y el público ha perdido el hambre por la épica de capa y mallas y va a ser muy difícil recuperar el interés.

Sin embargo, esto nos deja otra lectura más preocupante todavía.  Y es que si dejamos de lado Avatar: el sentido del agua (que juega a otra cosa) y Maverick (un pequeño gran milagro del cine de entretenimiento), resulta que las películas más taquilleras siguen siendo de superhéroes. Es decir, que los justicieros enmascarados siguen siendo casi los únicos que logran atraer al público al cine, sólo que mucho menos que otros años. Esto nos revela una dura realidad. Y es que al final, entre la pandemia y sus secuelas, el uso y abuso de las plataformas de streaming y algún otro elemento externo, el cine, ahora de verdad, está herido de muerte. ¿Soy demasiado alarmista? Al fin y al cabo, ya se dijo lo mismo con la llegada del televisor, primero, y del video doméstico más tarde, pero eran otros tiempos, y pese a la comodidad del hogar, todo el mundo coincidía que una buena película en cinemascope se disfrutaba mil veces mejor en la oscuridad compartida de una sala de cine que en un televiso cuadrado. Pero ahora que hay toda una generación que incluso teniendo en sus propias casas un televisor 4K de cincuenta pulgadas prefiere ver sus películas y series preferidas en la ridícula pantalla de sus teléfonos móviles o, en el mejor e los casos, en el ordenador portátil, la cosa huele peor.

En fin, que con el cine en entredicho el fracaso de una película divertida y dinámica como Ant Man y la Avispa: Cuantumanía es el primer clavo de un ataúd que ahora sí parece que se pueda terminar de cerrar. Y es que Tom Cruise no va a estar eternamente ofreciéndonos tablas de salvación.

jueves, 23 de febrero de 2023

AHORA SÍ: MI PRÓXIMA NOVELA

Pues ahora que ya sabéis un poquito mejor como están las cosas (con la editorial en silencio administrativo, Mithos en barbecho) es momento de mirar hacia delante y comentaros un poco en qué estoy trabajando de verdad.

Ya sabéis que además de escribir novelas, mi otra gran pasión son los guiones, ya sea cinematográficos o televisivos. ¿Cuál es el problema? Pues sencillamente que mientras que hay editoriales que aceptan manuscritos o, a malas, está la opción de la auto publicación, en el caso de los guiones las puertas están mucho más cerradas. La mayoría de productoras no aceptan proyectos que no hayan encargado ellas mismas y muchas, por no decir todas, sólo trabajan con guionistas de la casa, con lo que aspirar a presentar un proyecto es casi una quimera, sobretodo si hablamos de series de ficción. En el caso del cine, si uno quiere dirigir su propia película y se trata de una historia pequeña (es decir, barata) tiene la posibilidad de producirse se propio film, aunque eso signifique que posiblemente no lo llegue a ver casi nadie (aparte del gran desembolso que supone). Pero si lo que uno pretende, como es mi caso, es sencillamente escribir una historia y dejarla en manos de otros para que la desarrollen, nos volvemos a topar con el mismo muro.

Todo esto que cuento es para que entendáis que tengo varios cajones repletos de ideas (tanto simples esbozos como biblias completas) destinadas al medio audiovisual que, me temo, nunca verán la luz.

O si…

Y es que de entre todos, algunos me tienen más atrapado que otros y me invitan a pensar que bien merecen vivir una segunda oportunidad, aunque sea en forma de novela.

Soy consciente de que el lenguaje cinematográfico y el literario son diferentes (algo que no todos los escritores entienden y por eso grandes nombres de las letras han fracasado a la hora de encargarse ellos mismos de adaptar su obra al cine), pero creo que se me da bien moverme entre la fina línea que separa ambos lenguajes.

Siempre he tratado que mis historias reflejen en mayor o menor medida mis grandes pasiones. Mundo Muerto tenía un componente friki en el que destacaban, entre muchas otras cosas, los cómics; Sanguijuelas tenía un trasfondo literario con referencias directas a Stephen Kong y Anne Rice y El hombre de trapo mataba por amor contenía mucho cine. El guion del que os hablo incorporaba una banda sonora imprescindible, fiel reflejo del estilo ochentero en el que he quedado anclado, y ello me suponía un gran dilema, ya que ¿como hacer una novela con banda sonora? Este era el desafío y el resultado está siendo lo que consideró caí como un experimento.

La cosa se complica más si cabe cuando me alejo de los temas más oscuros y truculentos por los que me muevo habitualmente. Mucha gente me preguntaba en las presentaciones si alguna vez iba a escribir una novela romántica (aunque a mi parecer, tanto Mundo Muerto como El hombre de trapo… son grandes declaraciones de amor). Bueno, pues ha llegado el momento.

De manera que ya os he adelantado algo de la que va a ser mi próxima obra: una especie de experimento de género romántico con mucha presencia musical. Y, además, ambientada en la Barcelona post olímpica.

Espero que el invento salga bien y lo disfrutéis tanto como yo lo estoy haciendo al escribirlo, pero como mínimo no me podréis acusar de volver a escribir otro de mis cuentos macabros y de terror.

Aunque ya os aviso que en ocasiones el amor puede dar más miedo que cualquier ser de ficción…

¿Os apetece?

miércoles, 15 de febrero de 2023

¿PARA CUANDO SANGUIJUELAS 2?

Es, seguramente, la pregunta que más me hacen. Sí, dije en su momento que Sanguijuelas iba a ser la primera entrega de una pentalogía llamada genéricamente Guerras de Sangre. Y sí, el proyecto sigue vivo y sin variar un ápice.

Es cierto que pretendía que la segunda entrega fuese mi siguiente novela tras El hombre de trapo mataba por amor, y de hecho hay más de doscientas páginas ya escritas de la misma. Mithos, que es como se va a titular, va viento en popa y estoy muy satisfecho con lo que llevo redactado, pero me he encontrado con un gran obstáculo que ha hecho que frene en seco y la abandone momentáneamente. Y ese obstáculo no es otro que mi propia cabezonería.

Como sabéis, una de mis obsesiones a la hora de escribir es tratar de ser lo más fiel a la realidad en las descripciones de escenarios. Tengo la teoría de que cuanto más reconocible sea el lugar donde transcurre la acción más verosímil es lo que narro, por más que sea un apocalipsis zombi, una conspiración vampírica o una persecución a través del tiempo (tranquilos, todo llegará). Es por eso que para Mundo Muerto me recorrí de nuevo Sitges, Benidorm y otras localizaciones importantes, cámara fotográfica en mano, para lograr alcanzar ese realismo que buscaba. Lo mismo sucedió con Sanguijuelas y los bosques de Collserola que rodean las ruinas del Casinet de Barcelona, y ya he hablado en ocasiones del viaje que hice con mi padre una Semana Santa para regresar a la tierra que le vio nacer y que era casi un protagonista más de El hombre de trapo mataba por amor.

El caso es que Mithos se desarrolla en… (redoble de tambores, por favor) la costa oeste de los Estados Unidos, un lugar que visitar hace ya unas tres décadas y cuyos recuerdos promovieron la existencia de esta historia. Hoy en día casi es posible viajar desde casa gracias a Internet y Google Maps en mano me lancé a escribir sobre San Francisco como si la viniese visitado ayer mismo.

Pero, más por mi propia obsesión, como digo, que otra cosa, algo no terminaba de funcionar, y cuando empecé a investigar vídeos de YouTube más a fondo con la fantasía de poder viajar hasta allí (viaje que no llegué a hacer por cuestiones meramente burocráticas) me encontré con lugares que desconocía y que necesitaba ver para completar mi novela.

Esa es la palabra exacta: lo necesitaba.

Así que, convencido de que Mithos sólo podría ser una realidad tras viajar hasta California y perderme en persona por el Pier 39 o el SoMa y disfrutar de un atardecer frente al Golden Gate. O zambullirme en la locura de Las Vegas. O adentrarme en las gargantas infinitas del Grand Canyon… Y a la espera de poder hacer ese viaje, medio vacacional medio de investigación, y asegurarme de que lo que describo es realmente lo que deseo describir, Mithos estará en barbecho.

Esa es, y no otra, la razón por la que Sanguijuelas 2 no es ahora mismo una prioridad. Pero lo volverá a ser, os lo aseguro. Espero que más pronto que tarde. Porque estoy deseando saber que le depara el futuro a Antonio y Tomás y cuáles son los límites para la ambición de Anne. Y eso sin contar que este segundo capítulo tendrá un montón de personajes nuevos que espero os enamoré tanto como me han enamorado a mi mismo.

Confío que la espera será breve. Y qué, mientras sucede, los otros proyectos lleguen a realizarse y os consigan hacer amena dicha espera. Yo, al menos, podré todo de mi parte porque así sea…

jueves, 2 de febrero de 2023

ACTUALIZANDO ESTADO

Después de la última entrada en el blog en el que no echaba el cierre pero casi, renunciando a dejar un poco de lado las opiniones sobre cine y televisión que me obligaban a seguir un ritmo algo frenético para lo que me podía permitir y provocando unos retrasos totalmente insatisfactorios, muchos me estáis preguntando en qué punto exacto se encuentra mi faceta de escritor, ya que es cierto que hace tiempo que no actualizo mi estado y hasta la cuenta de Instagram acumula más telarañas que likes.

Bueno, pues tranquilos todos, que si bien es cierto que he sufrido una pequeña crisis existencial, mis ánimos e intenciones artísticas siguen intactos. No se ha tratado de la clásica crisis creativa o el temor al folio en blanco, ni mucho menos. Se ha tratado más de una cuestión de fe. No hay nada peor que la pérdida de fe, que irremediablemente conduce al abandono espiritual y, por tanto, anímico. Y no ha sido una pérdida de confianza en mi trabajo, pues mi ego, para bien o para mal, continúa intacto. Es más bien una mezcolanza entre la decepción y la insatisfacción hacia mi actual editorial, a la que ya me he cansado de justificar y me he arrancado la venda que voluntariamente cubrían mis ojos.

Ya sabía, en el momento de firmar contrato con ellos, que su trabajo se limitaba a editar mis novelas en las mejores condiciones posibles y poco más, y que el trabajo duro lo debía hacer yo mismo. Y aunque siempre he dicho que yo soy escritor, no vendedor (¿acaso no es eso lo que decimos todos?), he hecho lo que he podido. Sin embargo, eso no justifica que me sienta completamente abandonado por la editorial, y me consta que no soy el único autor en tal situación. Aún conociendo, como ya expliqué por aquí en alguna ocasión, los problemas de salud, la pandemia y el encarecimiento del papel provocado por la guerra que son un cúmulo de fatalidades que afectan a cualquier negocio, no puedo ni quiero seguir justificando el mutismo sufrido, la falta de claridad en las cuentas, las promesas incumplidas y, sobre todo, la total falta de transparencia que me hace dudar del futuro de nuestra colaboración.

No es esta entrada una excusa para echar mierda, con perdón, sobre nadie, y espero que haya alguna explicación que haga que en un futuro me tenga que tragar mis palabras, pero mientras, es inevitable que se me quiten las ganas de hacer cualquier tipo de promoción de unas novelas que, más allá de las que pueda entregar yo personalmente (y apenas tengo ejemplares) no tengo la seguridad de que se vayan a entregar a aquel que las compre (y pague) directamente en la web de la editorial, que era hasta ahora el método más aconsejable.

Es esto, junto a la falta de tiempo libre, las ganas de disfrutar de la familia, bla, bla, bla… que parece que tenga el motor en punto muerto, y aunque es cierto que llevo un tiempo sin escribir (demasiado, a decir verdad), mi cabeza (que es la verdadera responsable de mis historias, no mis sobrevaloradas manos, que se limitan a teclear lo que les dictan) sigue en plena ebullición, y apenas con dejar volar un poco la imaginación, me recuerda lo mucho que disfruto con esto de escribir. Tanto es así que, aunque no lo parezca, tengo hasta tres novelas cociéndose a la vez, de las que pronto os pondré al día.

No sé cuál será mi futuro, y en este momento ni siquiera rechazó totalmente seguir vinculado en Célebre Editorial, con la que tengo contrato y que, a fin de cuentas, fue la que me dio mi primera oportunidad, pero si debo buscarme la vida en otros lares lo haré sin problemas, sin descartar siquiera la opción de regresar a la autoedición, que tampoco es que me fuese tan mal.

Bueno, pues ya está, sólo quería que supieseis cómo estaban las cosas y que no tuvieseis dudas de que, de una manera u otra, seguiré dando guerra.