Os quiero. Es lo primero que quería decir. Os quiero a todos y os doy gracias infinitas por vuestro apoyo en estos días tan difíciles para mí. Y quiero que sepáis que no os debéis sentir mal al leer este texto. Esto no es por vosotros, es por mí. Solo por mí.

Y vosotros, los amigos, los familiares, en definitiva, los seres queridos, me llamáis o me buscáis por la calle para preguntarme que cómo estoy. Y yo no sé qué contestar.
Tampoco sé lo que nadie quiere que le conteste. ¿Una perorata interminable de lloros y lamentos? ¿Un discurso de autoayuda banal? ¿O, simplemente, una mentira piadosa en la que os diga que todo va bien?
Y la verdad es esa. Estoy bien. O al menos eso mismo me digo a mi mismo. He tragado sapos y culebras sin notar ningún sabor amargo y me he sorprendido a mí mismo. Me he decepcionado, incluso, con mi propia tolerancia al dolor. Es como si, en el fondo, no me lo creyese. ¿Mi padre ha fallecido? «No», me repito. Simplemente no está por aquí. Como la excusa cobarde que se le da a un niño pequeño para no enfrentarse a la realidad. «Papá se ha ido a un sitio y ya no lo vas a volver a ver, pero no te preocupes, todo está bien». Solo que no lo está. Y aunque sea capaz de seguir riendo, soñando y amando, llega la noche y los fantasmas aparecen de debajo de la cama, del interior de los armarios, hablándome, susurrándome al oído maldiciones que se transforman en pesadillas primero y en noches en vela después. Ecos que me persiguen y atormentan cuando saben que estoy más vulnerable. Y es entonces cuando más necesito un cuerpo al que abrazar a mi vera, cuando más me angustian unas normas sanitarias que me impiden escapar de esta ciudad cargada de recuerdos, cuando más me rebelo contra una situación laboral que me asfixia lentamente.
«¿Cómo estoy?», me preguntáis. «¿Cómo estoy?», me pregunto yo mismo. Y la respuesta, la respuesta sincera, al menos, es que no estoy bien. Que me ahogo, sintiendo un puño que me aprisiona el pecho. Y el recuerdo de los montones de papeles por ordenar, de las llamadas por hacer y de los trámites por realizar son solo la gota que colma el vaso de mi aguante, acosado por una cabeza que no deja de trabajar, incapaz de encontrar un interruptor con el que desconectarla.
De día lo disimulo con presteza. Me engaño a mi mismo lo suficiente para creerme que no pasa nada y que todo va bien, Por la noche, la cruda realidad me golpea, burlándose de mi hasta el amanecer.
Quizá ahora, que me he enfrentado a mi mismo, pueda saber como reaccionar. Quizá ahora descubra si es cierto eso de que «la verdad os hará libres». Quizá ahora, cuando me preguntéis que cómo estoy no sea tan benevolente y me aferre más a la verdad de mi alma.
O quizá, ignorando que me conocéis demasiado como para dejaros engañar, os diga simplemente que estoy bien.
Y me anima pensar en el futuro. Ese futuro en el que estáis todos a mi lado, donde las distancias dejarán de importar y tendré conmigo a la persona a la que amo, donde mis fantasías volverán a tomar vida una vez más en forma de novela. Donde todo será mejor, aunque él siga sin estar aquí.
Y es un futuro hermoso y esperanzador. Un futuro que deseo con toda mi alma. Pero lo malo del futuro es que, por definición, siempre está por llegar. Y ahora solo me queda aferrarme a un presente descorazonador y cruel.
Y no, siento decirlo al fin, pero no estoy bien.
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