Tengo un recuerdo de mi infancia.
Bueno, en realidad tengo muchos, pero en estos momentos me quiero referir a uno en concreto.

Ya en esa época me asaltó una duda: ¿era una cuestión generacional o de edad? Y a eso le siguió la correspondiente pregunta: ¿dejará de gustarme este cine a medida que me haga mayor?
Siempre me he negado a creerlo. Quizá es porque, en cierto modo, estoy infectado (al menos en parte) por ese maravilloso virus llamado “síndrome de Peter Pan”. Y he vivido convencido de ello, rodeado de comics y novelas de terror. Hasta hace bien poco.
Uno de los primeros síntomas de alarma llegó con la película Warcraft. Sí, ya sé que la crítica se cebó con ella y se le pueden poner muchos peros a nivel cinematográfico, pudiendo definirse perfectamente todo lo que está mal en ella de una forma académica y sin derecho a réplica. Pero más allá de eso, mi gran problema es lo mucho que me aburrí con ella. Creo que pocas películas han provocado debates más encendidos con mis amigos que el descalabro de Duncan Jones.
Desde entonces, he sufrido decepciones similares. Algunas datan incluso de mucho antes, pero no ha sido hasta ahora que he tomado plena conciencia de ello. La saga Transformers, sin ir más lejos, es otro claro ejemplo. Y aunque entiendo el placer culpable que provoca el cine de Michael Bay no me sentí tan abrumado como, por lo visto, debería por cosas como la reciente 6 en la sombra.
Pero la gota que ha colmado el vaso, datada en estas últimas navidades, fue el estreno de El ascenso de Skywalker. Puede que no sea un mega fan de Star Wars, pero al fin y al cabo soy de esa gente que ha crecido junto a la epopeya de George Lucas, odiándolas y reconciliándome con ellas a medida que se estrenaban (y reestrenaban) y que se emocionó al escuchar de nuevo la fanfarria de John Williams al comienzo del Episodio VII. No digo que me aburriese (me parece imposible aburrirse con una película como esta, que no da un momento de tregua), pero lo cierto es que me resultaba bastante indiferente todo lo que me mostraban en pantalla. Ni siquiera me sirvió para cabrearme, como sí lo hiciera Rian Johnson y esa cosa llamada Los últimos Jedi. Simplemente, era como si viese fuegos artificiales en blanco y negro, como si viese una historia desde lejos que ni me atañe ni me importa. Y no estamos hablando de una película cualquiera, sino del final de una saga histórica. Con ella se daba carpetazo (o eso dicen) al apellido Skywalker y nos íbamos a despedir de personajes como los de Luke, Han y Leia (sobre todo Leia). Y, sin embargo, no llegué a emocionarme ni una sola vez. Ni una lagrimita. Nada…
Sé que no estoy muerto por dentro porque sigue habiendo cosas capaces de tocarme la fibra sensible. Y, por fortuna, Vengadores: Endgame me recuerda lo que es sentir un terremoto emocional en una sala de cine, pero más allá de mi (espero) eterno amor hacia Marvel, el cine más espectacular y comercial me está empezando a cansar.
Más ejemplos: me causa un hastío impresionante el simple hecho de pensar en una película de acción real de Disney. Otro: me importa un churro lo que James Cameron esté haciendo con sus múltiples Avatar. Otro más: me agota que cada equis años aparezca de nuevo en pantalla Schwarzenegger luciendo sus gafas de sol negras y buscando una excusa para decir eso de: “Volveré”.
Así que me temo que sí. Al final, me estoy haciendo mayor. Y hay ciertas películas que no son las más idóneas para la gente mayor.
O quizá lo que suceda es, simplemente, que son malas películas…
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