lunes, 9 de febrero de 2015

BOB ESPONJA: UN HÉROE FUERA DEL AGUA (6d10)

Vamos a ver, ¿qué puede salir de juntar al popular personaje televisivo creado por Nickelodeon con el reciente galardonado con el Goya honorífico? Simplemente, una genialidad.
Vale, no nos volvamos locos. La última aparición por la pantalla grande de Bob Esponja no es una obra maestra digna de compararse con maravillas animadas como Big Hero 6 o los Boxtrolls y Antonio Banderas simplemente es una caricatura que pasea por ahí imagino que como regalo de cumpleaños a su hija Stella del Carmen o algo así, pero lo cierto es que la película es una delirante y divertida locura que entusiasmará a los fans de la serie y desesperará a los que no lo admiren con devoción.
Bob Esponja, un héroe fuera del agua no pretende llegar a lo más profundo de nuestros corazones con una elaborada y sentida historia, ni contiene una moralina descarada con la que machacar los cerebros de los niños. De hecho, los méritos de la película se hallan en el sentido homenaje al absurdo más absoluto, al cúmulo de la estupidez y el surrealismo proponiendo una apuesta que, si uno es capaz de aceptarla, resulta entusiasmante. Esforzándose lo justo para dar coherencia a los tres formatos que aúna (animación clásica, animación 3D por ordenador e imagen real), la película contiene todos los elementos que uno puede buscar en una película de este personaje, desde un Fondo de Biquini como nunca antes se había visto hasta el espíritu colaboracionista (y traicionero a la vez, así es la lógica de esta película) de los secundarios habituales.
Bob Esponja, un héroe fuera del agua es demencial, fresca, divertida y caótica, capaz de consensar en una historia en principio tan clásica como el robo de la fórmula secreta de la Burguer Cangreburguer, viajes en el tiempo, escenas postapocalipticas, colisiones galácticas, equipos de superhéroes y seres milenarios de poder cósmico. Y a un pirata, por supuesto.
Evitando ser, como sucede en otras adaptaciones de series animadas, un simple episodio alargado, la película puede no pasar de ser un simple producto de entretenimiento pasajero que no dejará un profundo poso ni será recordado en el futuro, pero aun así consigue ser una gamberrada muy divertida que hará las delicias a los incondicionales de la serie. 

domingo, 8 de febrero de 2015

CEREMONIA DE LOS PREMIOS GOYA 2015

Llegó la gran noche del cine español. Una noche especialmente interesante dado la calidad de las películas de este año y el pronóstico incierto que todos teníamos a priori, con la esperanza de que la actuación de Dani Rovira (protagonista del éxito del año y nominado a mejor actor debutante) como presentador esté a la altura de las circunstancias, después de los tristes antecedentes de años anteriores. Y eso que el anuncio previo de la gala, pese a las estrellas participantes, era bastante desastroso.
Como es menester, comienza la velada con la imprescindible alfombra roja (me niego a llamarla alfombra fucsia, por más que ese sea su color este año), por la que los guapos y las guapas lucen sus modelitos mientras desde casa soportamos los típicos comentarios estilísticos que poco tienen que ver con el cine.
Con pulcra puntualidad empieza la gala con un interesante montaje visual acompañado por las voces de Ana Belén, Eduardo Noriega, Lolita, Miguel Poveda, Hugo Silva, Fran Perea y el propio Dani Rovira. Se trata de un recorrido por la cinematografía española muy bien enlazado y, aunque se insiste en convertir a actores en cantantes no parece que se vaya a caer en el ridículo del año pasado.
Me decepciona que Dani Rovira arranque la gala con un alegato reivindicativo dejando de lado el humor, y cuando por fin se lanza lo encuentro flojo y engarrotado. Con lo que yo admiro a Rovira en su faceta como monologuista le falta garra y mala leche en una presentación básicamente de peloteo y alabanzas. Sólo el falso discurso de agradecimiento se salva de la quema.
Irregular las nominaciones a la mejor película europea, por lo que el premio para la polaca Ida estaba más que cantado. El primer bloque de premios se salda con un balance bastante favorable para La Isla Mínima, que se queda con sus cuatro primeras estatuillas (vestuario, montaje, dirección artística y la actriz revelación personificada en Nerea Barros). Sólo Musarañas interrumpe la racha llevándose el maquillaje y peluquería).
El primer descanso en las entregas sirve para un breve número de claqué que sólo sirve para hacer algo de autocrítica y burlarse del espectáculo musical de la gala anterior.
Tras los premios al mejor sonido (primer premio para El Niño) y el merecido y obvio premio para la dirección de fotografía para La Isla Mínima (ya lleva cinco) entra en escena el presidente de la academia, González Macho, con un discurso que se puede resumir como más de lo mismo. Por un lado, la razón que pueda tener en sus quejas no deja de reflejar el eterno complejo de llorón, mientras que el éxito de este año en taquilla del cine español tampoco debe cegarnos e impedirnos ver una realidad no tan bonita como puede parecernos.
Discursos demagógicos aparte, continúa la ceremonia con la entrega a los premios al mejor corto, con discursos largos y que, seamos realistas, a casi nadie en la sala le interesaban. Y, curiosamente, los autores de cortos son los que hacen los agradecimientos más largos.
Tras este intermedio se reanuda la entrega de premios con la primera gran sorpresa: Karra Elejalde le arrebata el premio al mejor secundario a José Sacristán. Por mucho que me duela que Magical Girl pierda uno de las estatuillas que daba por segura, es de cierta coherencia que la película más taquillera de la historia tenga algún reconocimiento. Y en breve Carmen Machi lo reafirmará. En su discurso no podía faltar la emotiva mención a Amparo Baró.
A continuación, un espectacular y brillante video muestra un completo recorrido por la extensa filmografía de Antonio Banderas, que pone a todo el público en pie al recoger el premio honorífico de manos de su amigo y mentor Pedro Almodóvar. Parece que la polémica que algunos quisieron crear al conocerse este premio queda ya en el olvido. Divertido y reflexivo su agradecimiento. Puede que algo largo, pero un Goya honorifico no se gana todos los días y Antonio Banderas es el actor más grande que ha dado nuestro país y se le puede permitir todo.
Aunque se le escapó el Goya a la mejor actriz novel, 10.000 Km. Merecía su recompensa en esta gala, y su director Carles Marques-Marcet se lleva el suyo a casa.
Y llegados a este punto se introduce una novedad en la gala de este año, un video con trailers de las futuras películas españolas. ¿Publicidad impuesta? A estas alturas de la noche se hace un poco pesado, como la actuación (se supone que humorística-musical) de Álex Odogherti. Parece que el humor que esta noche han destinada a la gala no es de mi estilo, pues me siento completamente desubicado. Y la aparición de Langui y sus aspiraciones artísticas no me ayudan lo más mínimo.
Pero lo que aquí importa de verdad es la pugna entre La Isla Mínima y El Niño, y en la siguiente tangada la película de Daniel Monzón intenta recortar terreno gracias a los efectos especiales, el diseño de producción y a la mejor canción (Niño sin miedo, con la voz de India Martínez, que ya podría haber cantado en lugar de hacernos tragar la tontada de Odogherti) mientras que el policiaco de Alberto Rodríguez se lleva la banda sonora y el guion original. 
En este punto me empiezo a preguntar si los miembros de la academia han visto Magical girl o se han limitado a debatir las virtudes entre El Niño y La Isla Mínima. En medio, Dani Rovira se quita el disfraz de presentador y, con la efusiva felicitación de su compañera de reparto, Clara Lago, se lleva el premio al mejor actor revelación. A lo tonto, Ocho apellidos vascos lleva ya tres premios interpretativos. Ahí es nada. Por su parte, el equipo de Fresser se alza con el mejor guion adaptado por su traslación en imágenes de la obra de Ibáñez. Tras esto, no era ninguna sorpresa que Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo ganase también el Goya a la mejor película de animación.
Es el momento del tradicional video con los fallecidos durante el año (apenas hay tiempo para aplaudir la aparición de Amparo Baró y Paco de Lucía) cuando el respetable descubre que se está llegando a la una de la mañana y aún queda todo lo importante. Definitivamente, los horarios no van a cumplirse, y por más que suponga un alivio el cambio de día de domingo a sábado no es excusa suficiente para alargar hasta el agotamiento una gala que en su arranque parecía avanzar con agilidad y que en algún momento perdió el control de su ritmo.
Mirando ya con hastío hacia un final que aún se antoja lejano (por ahí está el mejor documental para Paco de Lucía, que me pregunto si habría sido premiado si no fuese por la muerte del genial artista), es evidente que Relatos Salvajes no cuenta con demasiadas opciones para alzarse con el premio gordo, así que el Goya a la mejor película latinoamericana es un buen premio de consolación, recordando que su próxima meta son los Oscars de dentro de dos semanas.
Más autopublicidad del cine que viene, más actuaciones musicales (Miguel Poveda de nuevo) que eternizan la noche (¡que alguien me pegue un tiro, por Dios!) y por fin el cuadro de honor: Javier Gutiérrez, merecido ganador a la interpretación masculina; el premio para Bárbara Lennie como actriz hace que me reconcilie un poco con la academia; Alberto Rodríghuez se lleva (a estas alturas ya no hay espacio para las sorpresas) el mejor director y la película… ¿la adivinan?... pues sí, La Isla Mínima, Goya entregado por una aplaudida Penélope Cruz.
Como conclusión final de la lista de premios debo decir que no me cabe ninguna duda que La Isla Mínima es merecedora de todos sus premios (al final han sido diez), dejando a El Niño en un digno segundo puesto aunque en lo que se suele considerar premios menores (cuatro). Ha sorprendido el reconocimiento actoral a Ocho apellidos vascos (tres de sus cuatro protagonistas han tenido premio) mientras que el buen hacer de Fresser en su Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo han sido recompensados con dos. Cierran el cuadro de honor Magical Girl, Musarañas, Relatos Salvajes, Ida y 10.000 km. Podrán gustarnos más o menos, pero ninguno puede considerarse injusto.
Otra cosa sería hablar de la gala. No voy a decir que haya sido peor que la del año pasado, pero sí más decepcionante. Han sido tres horas y medias que perdió su emoción cuando antes de su ecuador ya reveló sus cartas triunfadoras y en las hemos aguatado estoicamente, al pie del cañón y twitter en mano. Mucho se esperaba de Dani Rovira, pero ni ha sabido transmitir el arte de sus monólogos ni el público ha conectado con su humor más allá de los abrazos peloteros y las adulaciones excesivas, como si quisiera emular a la gran Ellen Degeneres de los pasados Oscars. Al final ha resultado menos reivindicativa de lo acostumbrado, pero también menos divertida, menos ligera y menos entretenida.
Otra vez será…

viernes, 6 de febrero de 2015

EL DESTINO DE JÚPITER (7d10)

Quizá sea cosa mía, pero tengo la sensación de que El destino de Júpiter ha sido estrenada algo de tapadillo. Quizá sea por la simple dificultad de estrenar una epopeya espacial cuando la gente tiene aún en mente el grato recuerdo de Los Guardianes de la Galaxia o por el hándicap de estrena el mismo año del esperadísimo regreso a la saga Star Wars, pero no cabe duda que los hermanos Wachowski han perdido parte del crédito que se granjearon en Hollywood con su saga de Matrix.
Y es que desde que revolucionaran el mundo del cine con aquella primera (y relativamente modesta) aventura sobre Neo, Morpheo y compañía el interés que despiertan en el público parece haber sufrido una preocupante caída libre, en parte culpa de las decepcionantes continuaciones de la saga y a la excesivamente colorista y surreal Speed Racer hasta el punto que creo que soy la rara excepción que disfrutó con El Atlas de las nubes, la última película hasta ahora del simpar dúo de hermanos.
Aunque las críticas no parecen muy halagüeñas, confieso habérmelo pasado bien con este delirio digital que, imagino que con la intención de dudosas posibilidades de crear una nueva saga, reinventa un universo de conflictos políticos e intrigas palaciegas que resulta una mezcla simplista entre Star Wars y Juego de Tronos, aunque mantiene el concepto de Matrix de que una persona corriente resulta ser la elegida para un destino crucial para la supervivencia de la humanidad. Claro que también tenéis que tener en cuenta que puede que no sea todo lo objetivo que debería, ya que suelo disfrutar con este tipo de películas hasta el punto de que lamenté profundamente el fracaso de la (para mi) entretenidísima John Carter de Marte, así que…
El destino de Júpiter describe como una chica de clase humilde se convierte en objeto de deseo de tres hermanos que se disputan una herencia galáctica entre la que se encuentra el propio planeta Tierra, siendo protegida (y salvada in extremis en demasiadas ocasiones) por un atractivo guerrero que le revela que ella es la reencarnación de la reina.
Resulta evidente que los Wachowski quieren dotar de algo de transcendencia a sus obras, pincelando esta historia con una sátira política y edulcorándola con algo de burla hacia las complicaciones burocráticas (en uno de los momentos más ridículos del film, por cierto) e incluso crítica al verdadero poder de nuestra sociedad (y por lo visto también de la sociedad real intergaláctica), que no es ni el político ni el religioso, como antaño, sino el empresarial. Pero todo esto son simples detalles que no ocultan lo que en realidad nos quieren ofrecer, un espectáculo visual muy luminoso que abusa demasiado del ordenador para crear mundos, naves y razas excesivamente digitalizados pero que funciona a nivel de ritmo y emoción.
El destino de Júpiter no es una gran película, pero posiblemente nadie acuda al cine esperando que lo sea, con lo que se puede disfrutar de las peripecias argumentales, las explosiones, las batallas aéreas y todas esas virguerías que tan bien se les da a los dos hermanos, a los que se les adivina una ambición desmedida que sin duda no termina de ser recompensada por el resultado final visto en pantalla.
Quizá la clave esté en que Andy y Lana Wachowski deberían replantearse sus carreras y demostrar que son capaces de hacer cine en lugar de simples fuegos de artificios, como en aquella lejana Lazos ardientes o la Matrix original.
En el apartado interpretativo se echa en falta un villano de más empaque, pues Eddie Redmayne (curiosamente uno de los máximos favoritos este año a ganar un Oscar por La teoría del todo) no está a la altura, pareciendo una copia descafeinada del Loki de Tom Hiddleston, mientras que Mila Kunis y Channing Tatum simplemente cumplen con unos papeles que no les exige más esfuerzos que el de lucir ella su exótica belleza y pasearse él con el torso desnudo lo más posible. Afortunadamente, contamos también con la participación del siempre efectivo Sean Bean, que logra que la película suba enteros cada vez que aparece en pantalla, por más que su historia sea tan descafeinada que ni se molesten en explicarnos su desenlace particular.
En resumidas cuentas, El destino de Júpiter no es una película que cambiará la manera de entender el cine ni hará temblar los cimientos de la ciencia ficción más fantástica, pero si se acepta dentro de sus limitaciones puede resultar un atractivo espectáculo palomitero algo falta de alma con el que disfrutar sin más pretensiones. Algunas veces, el cine no tiene porqué ser más que eso.

jueves, 5 de febrero de 2015

ESPERANDO A LOS GOYA...

Nos encontramos ya a las puertas de lo que se supone debería ser la gran fiesta del cine español: la ceremonia de entrega de los Goya 2015. Este año la ceremonia tiene un aliciente especial, ya que ha sido un 2014 especialmente bueno para nuestro cine tanto por sus resultados en taquilla (ahí están películas teóricamente menores y que han arrasado, como Ocho apellidos vascos, Torrente 5: Operación EuroVegas o Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo) como por su gran calidad. Tanto es así que es difícil adivinar cuál va a ser la gran vencedora del año, presagiándose premios muy repartidos. Personalmente creo que La isla Mínima (con esa impresionante dirección y fotografía) parte como favorita, aunque si de mí dependiese (y dejando claro que no he podido ver todavía Loreak) la cautivadora Magical girl merecería estar en lo más alto. Y eso teniendo en cuenta que si al final quien se lleva el gato al agua fuesen Relatos Salvajes o El Niño tampoco me parecería para nada mal.
Si nos queremos fiar de los precedentes podríamos recordar que en los premios Feroz La Isla Mínima es la que ha arrasado, llevándose las estatuillas a la mejor película dramática, director y actor (Javier Gutiérrez), aparte de mejor tráiler y mejor banda sonora. Algo rascó Magical girl en el apartado interpretativo (Barbara Lennie y José Sacristán), guion y en el de mejor cartel mientras que Loreak (mejor actriz secundaria) y Carmina y Amén (mejor comedia) cierran la lista.
Además, ya sabemos que los Fotogramas de Plata de la crítica coronarán a La Isla Mínima como mejor película del año y en los Premio Gaudí (aunque estos van a su bola) la que se llevó más premios fue El Niño, aunque los principales fueron para 10.000 kilómetros.
En fin, que la suerte está echada en un año en el que la principal novedad es que la gala se celebrará en sábado y no en domingo, como venía siendo habitual, y de la que en el Panda cinéfilo daremos un pequeño resumen. Además, este año os mantendremos informados en directo vía twitter a través de nuestro corresponsal @medinabotija.

Que se alce el telón y empiece la fiesta…

NIGHTCRAWLER (8d10)

Nightcrawler es una corrosiva y descorazonadora crítica al mundillo de la telebasura más morbosa y despreciable disfrazada de inquietante thriller en la que un desgraciado que malvive de robar aluminio y tapas de alcantarillas para véndelo luego en chatarrerías ve la oportunidad de su vida al ver con sus propios ojos, casi por casualidad, como unos reporteros graban imágenes de un accidente y las venden al mejor postor. 
Louis Bloom, así se llama este tipejo, un hombre formado a sí mismo, autodidacta gracias a Internet de la cultura del marketing y las ventas y (esto sí hay que reconocérselo) un absoluto emprendedor, decide que ese es su futuro soñado y tras conseguir una cámara de video y una radio con la frecuencia de la policía empezará a acudir a las escenas de crímenes o accidentes graves para conseguir las filmaciones más sangrientas y morbosas posibles.
La historia de Nightcrawler es incómoda y desagradable, con un Jake Gyllenhaal absolutamente genial que hace suya la película desde el primer minuto con un aspecto sumamente perturbador y violento que no será capaz en ningún momento de crear unos límites que no se deberían traspasar. Cuando sus vilezas nos invitan a pensar en que no se puede caer más bajo va el bueno de Gyllenhaal y se supera a sí mismo, logrando que aborrezcamos a su personaje de una manera casi visceral. Tiene, sin embargo, su interpretación ese punto de genialidad que se me antoja casi hipnótica. Si hace unas semanas os comentaba el ejemplo de Mr. Turner como muestra de que la falta de empatía con el protagonista puede distanciarnos de la película, en este caso el gran mérito de Gyllenhaal es conseguir que odiemos y despreciemos a este carroñero sin escrúpulos sin que por ello dejemos de sentirnos cautivados por sus andanzas.
En la otra cara de la moneda se encuentra Nina Romina, interpretada por una olvidada Rene Russo), directora de un canal de noticias y aparente mentora (aunque pronto de verá que poco tiene que enseñarle) de Bloom y su principal defensora ante los buenos resultados de audiencia que sus grabaciones aportan a la cadena.
Comparada con la también inquietante Drive (yo mismo pensé en el film de Gosling durante la proyección), quizá por el estilo de narración urbana, situada casi en su totalidad en un Los Angeles nocturno, y por la constante utilización de un automóvil como “base de operaciones”, tiene Dan Gilroy un estilo de filmar algo más clasicista y convencional que los excesos visuales de Nicolas Winding Refn, aunque ello facilita que el rimo narrativo sea también más intenso y nunca decaiga el interés.
Es difícil precisar desde España lo habitual que pueda ser en los medios de comunicación americanos la práctica de estos nightcrawlers, aunque quiero pensar que este Louis Bloom es una vuelta de tuerca retorcida y desmedida a la profesión de dudosa moralidad que representa, en su vertiente más comedida, otro gran actor resucitado para la ocasión, Bill Paxton. Lejos de la definición que por estos lares tenemos de la palabra telebasura (aunque en camino vamos, baste con ver algunos telediarios), Nightcrawler nos presenta la cara oscura y mórbida de los medios de comunicación a la par que se inventa un personaje que, con la mirada enfermiza de Gyllenhaal, bien habría merecido un hueco en la lista de nominaciones al Oscar de este año.
Inquietante, desasosegante y despreciable, Nightcrawler engancha desde su primer plano, resultado un delicioso e insano entretenimiento y una de las películas más interesantes en lo que llevamos de año.

Absolutamente recomendable, aunque quizá luego nos odiemos un poco a nosotros mismos cada vez que veamos un canal de noticias.

lunes, 2 de febrero de 2015

PROJECT ALMANAC (4d10)

Existen películas sobre las que uno ya puede hacer una valoración antes incluso de entrar a verlas. Sé que esto puede sonar muy poco profesional, pero por desgracia son casos en los que rara vez se lleva uno a desengaño.
En este caso, sin embargo, por más que uno pueda ir mentalizado a ver una basura de película no es fácil evitar el sentirse enfadado al llegar el momento de los títulos de crédito finales. Y no me refiero de un enfado referente a su baja calidad, a la ausencia de actores con un mínimo de talento o a los múltiples errores de su guion, no. Uno se siente enfadado porque es posible adivinar lo que la película podría haber llegado a ser y sólo la dejadez de sus artífices se lo han impedido.
La película trata de unos chavales (tres amigos cerebritos y, por lo tanto, socialmente marginales, la hermana de uno de ellos y la guapa del insti) que descubren los planos para construir una máquina del tiempo y se dedican a viajar al pasado para mejorar sus vidas. Curiosamente, pese a nombrar a lo largo del film muchas referencias cinematográficas del género (aunque ninguna con un mínimo rigor científico, vaya cutrez de gafapastas) no han tenido en cuenta el consabido efecto mariposa y cada viaje alterará gravemente el presente al que regresan.
Dicho así puede parecer mínimamente interesante, y vista la puesta en escena, aceptando ya la limitación actoral de los protagonistas, uno podría imaginar lo que se habría podido hacer con esta historia en los 80’ dejándola en manos de cualquier director de la escuela Spielberg o, incluso en la actualidad, siguiendo el estilo que ya demostró Abrams en la magnífica Super 8. 
Pero para empezar, estamos ante un nuevo ejemplo de found footage o grabación subjetiva cámara en mano, que en los films de terror del montón suele emplearse para reducir costes al máximo pero cuya excusa aquí sólo sirve para disimular la incompetencia y cobardía de un director inepto que ni con el agotado recurso este logra saber dónde debe poner la cámara.
En segundo lugar, el análisis de la juventud que se solía ofrecer en las películas antes mencionadas es sustituido aquí por descerebradas muestras de juerga desenfrenada que, quitando la insostenible historia de amor entre el cerebrito mayor y la guapa (¡toma ya!), demuestra lo patética y lastimera que es la vida para una generación que solo parece saber relacionar la diversión con el desfase.
Al final, la historia concebida por Andrew Deutschman y Jason Pagan (es su primer guion y ya han vendido una secuela más de Paranormal Activity, estos no aprenden) termina por írseles de las manos, confiriendo a algunos personajes reacciones que poco o nada casan con lo que sabíamos hasta ahora de ellos, con alguna incoherencia insalvable (es lo que tiene esto de las paradojas temporales), y obligando a que el espectador esté más pendiente de tratar de comprender por qué en situaciones como que a uno le persigue la policía o cuando se está teniendo una conversación supuestamente íntima hay siempre una cámara grabando.
En definitiva, que la película como tal no puede decepcionar demasiado vistas las escasas expectativas que ofrecía pero es triste salir de un cine dándose cuenta de cuanto se echa de menos a los Dante, Donner, Marshall o Zemeckis, directores que marcaron a una generación y en una época que ya no ha de volver… aunque se los necesite mucho.

domingo, 1 de febrero de 2015

LAS OVEJAS NO PIERDEN EL TREN (6d10)

Podría decirse que Las ovejas no pierden el tren es el primer intento del año de repetir el éxito de las comedias españolas que dominaron el 2014. No en vano tenemos como protagonistas a Raúl Arévalo e Inma Cuesta, los grandes triunfadores del año con La Isla mínima y Tres bodas de más, aunque son solo la punta del iceberg de un reparto coral que recuerda al caso de La gran familia española.
Sin embargo, analizada en profundidad, poco de comedia tiene esta amarga historia sobre el complejo de Peter Pan, en la que tres parejas muy diferentes entre sí se enfrentarán a sus propios miedos e inseguridades y, sobre todo, a la falta de madurez ya sea profesional o emocional.
Alberto y luisa son los que llevan el peso de la historia, una pareja que se niega a aceptar que está en crisis y que parecen querer huir de sus problemas trasladándose a una casa en un entorno rural donde él pueda centrarse en su trabajo como escritor. Cerca de ellos se encuentra Sara, la hermana de Luisa, en eterna búsqueda del amor perfecto y que cree encontrarlo en la figura de un periodista deportivo, y Juan, hermano de Alberto, que pretende superar el dolor de su divorcio con una relación con una chica veinte años más joven que él.
Pero más allá de los enredos y situaciones equívocas que puedan ocasionar estas tres parejas y que ofrecen los alivios cómicos del film, lo cierto es que el retrato de una generación, la que se pierde en la frontera de los cuarenta, resulta definitivamente agridulce, teniendo más consistencia el sabor de las rupturas sentimentales que el aroma de los nuevos amores, y acariciando de refilón otros temas de no menos importancia como los problemas económicos, la soledad de los padres mayores o incluso la enfermedad (maravillosa la interpretación de Miguel Rellán como un hombre afectado de Alzheimer).
No podemos hablar de una película redonda, quizá ni siquiera a la altura de alguna de las comedias costumbristas que sedujeron a la taquilla el año pasado (es inevitable añadir a las ya mencionadas a Ocho apellidos vascos), sobre todo porque no todo el mundo va a aceptar de buen grado que la película carezca del humor suficiente que se presupone con su promoción, pero el carisma de sus intérpretes es suficiente para llevar el film a buen puerto, dejarse engañar por el regusto optimista de su conclusión y hasta sabernos reconocer reflejados en los espejos de alguno de los personajes que pululan por pantalla.
Tan tópica como simpática, Las ovejas no pierden el tren no va a suponer un futuro referente para la filmografía española, pero tampoco la desmerece en absoluto.

ANNIE (6d10)

No lo negaré. Podría ser que estos días me encuentre sumido en un estado de conformismo que me tenga adormecido el cerebro. O podría ser que la gente haya olvidado que el propósito del cine es básicamente divertir y, en esta época tan marcada en el calendario por premios y nominaciones la llegada de un producto que debería ser de carácter vacacional (Navidad es la época adecuada para su estreno), se pretenda encontrar los cines repletos de obras maestras despreciando a todo lo demás.
El caso es que pese a los muchos palos que ha recibido esta revisión del musical de John Huston de 1982 yo voy a intentar defenderla. Y digo intentar porque hay cosas realmente indefendibles en ella, como esa excesiva edulcoración de la historia, ese toque descaradamente Disney que puede alejar a los padres y, sobre todo (y soy consciente de que ello no es culpa directa de la película y me reservo el tema para un “comentario del mes” futuro), el doblaje al castellano de las canciones, lo que provoca que alguna sea ligeramente insoportable y nos perdamos lo que puede ser lo mejor y más interesante del film, el arte musical de tipos como Jamie Foxx o Cameron Diaz.
Poco se puede contar del guion, clásica historia de niña huérfana que vive en una casa de acogida con una malvada madre postiza que solo le interesa de ella el dinero que el ayuntamiento le da por cuidarla, la búsqueda de los padres que la abandonaron y el capricho del destino que la llevará a conocer a un millonario que, mire usted por donde, no siente una especial empatía por los niños y con quien terminará teniendo una relación de enseñanza mutua similar a la vista hace escasas semanas en St. Vicent, por poner un ejemplo reciente.
Sin que me importe para nada la polémica por el cambio de raza de la protagonista, la joven Quvenzhané Wallis, su tierna interpretación es la que consigue meterse a los espectadores en el bolsillo y, logrando evitar ser cargante y empalagosa, demuestra que ser la actriz más joven de la historia por ser nominada al Oscar (por Bestias del sur salvaje) no han reducido para nada su talento natural.
A su alrededor, Jamie Foxx, Rose Byrne y Bobby Cannavale cumplen sin muchos esfuerzos mientras que Cameron Diaz demuestra una vez más lo buena actriz que podría ser si de dejara de esas comedias mamarrachas e insulsas en las que tanto le gusta ridiculizarse.
Vale, Annie es una película simplona y cansina, repleta de canciones cargantes y que avanza sin sorpresas hacia su previsible final, pero lo hace con una simpatía y una alegría de la que acontecen muchas películas infantiles, logrando que sonrías cuando debes sonreír y que llores cuando debes llorar, sin atreverse a tomar riesgos como en el otro musical en cartel Into the Woods pero consiguiendo a cambio una narración más lineal, sin altibajos que desestabilicen la trama.
Desprende puro Disney edulcorado, lo sé, pero si se es capaz de aceptar eso, Annie puede llevarte de viaje por un mundo infantil de sueños y personajes positivos hasta la saciedad.
Por una vez, dejemos los malos rollos en casa, ¿os parece?

BLACKHAT, AMENAZA EN LA RED (6d10)

Aunque no podría decirse que Michael Mann sea un director situado en extremos opuestos, de esos que hacen obras maestras o pegotes insoportables, sí es cierto que cuenta con grandes aciertos en su filmografía que lo han convertido en uno de los grandes (ahí tenemos a Heat, El dilema o Colateral), mientras que otras de sus obras, aun con un sello de calidad mínimo y un entretenimiento garantizado, terminan por caer en el olvido, como Corrupción en Miami, Enemigos públicos y, me temo, Blackhat, amenaza en la red.
Mann tiene, además, un estilo de dirigir muy particular, no excesivamente vistoso y que, sin llegar al abuso de movimientos nerviosos de Paul Greengrass, roza en ocasiones el formato documental, con una cámara en mano poco estable y una iluminación sucia ausente de colorido.
Si a esto le sumamos que alejado de la capa de Thor Chris Hemsworth parece no gozar aún de la simpatía del público (aunque yo nunca me cansaré de alabar su James Hunt de Rush), la cosa parece cantada.
Pero si nos dejamos las fobias en la puerta y nos acercamos a Blackhat dispuestos a pasar un buen rato e evasión con un thriller intrigante que, de paso, nos alecciona sobre los peligros de la excesiva conectividad informática en estos tiempos, lograremos un grato entretenimiento, con escenas trepidantes, giros sorprendentes y todo aquello que le podemos exigir a una buena película de intriga.
Cierto es que, si nos ponemos muy tiquismiquis, hay mucha parte del argumento que pueda parecer un galimatías para todos aquellos que no seamos expertos tecnológicos, pero yo me pregunto, ¿y qué? ¿No os ha pasado nunca viendo una peli de James Bond (por no hablar ya de las basadas en John LeCarré) que de repente os dais cuenta de que no tenéis ni idea de cómo ha descubierto el prota el paradero del malo pero os da igual porque a la siguiente escena hay una persecución espectacular y te olvidas de todo lo anterior? Pues algo parecido sucede en esta Blackhat, amenaza en la red, en la que muchas veces no se puede seguir el ritmo de los investigadores en una compleja trama para desestabilizar la economía mundial pero tampoco nos importa mucho. Es lo que tiene el cyberterrorismo. Es como si para entender la complejidad de una peli en la que los malos son extremistas islámicos pretendiésemos sabernos el Corán de pe a pa.
Mann logra un producto interesante y emocionante, con buenos momentos dramáticos y sacando provecho a Hemsworth, que a mi personalmente si me convence, sin más pretensiones que la de ofrecer un buen policíaco  e impactando sin necesidad de recurrir a espectaculares explosiones o efectos digitales cargantes para mantener nuestro interés.
Al final, resultará ser un Mann menor, alejado de sus más recordados títulos, pero aun así, es un buen Mann, lo cual no es poco.

AUTÓMATA (6d10)

Que el cine español es mucho más que películas sobre la Guerra Civil y comedias con tetas y travestis creo que es algo que ya hemos superado todos hace mucho tiempo. 
Sin embargo a ciencia ficción, debido sobre todo a la falta de recursos, sigue siendo un género escaso en nuestro país, con Acción mutante casi como único referente digno. Desde entonces, solo se pueden encontrar casos desquiciante como aquella Supernova que protagonizó (es un decir) Marta Sánchez, las dos incursiones en el género de Nacho Villalongo (Los Cronocrímenes y Extraterrestre) cuya falta de presupuesto la alejan del imaginario popular en el mundo de la CiFi y con la flojita EVA como más reciente muestra de que en casa también podemos hacer efectos especiales que luzcan como los mejores, aunque en esta ocasión concreta la trama era lo que más flojeaba.
Ha sido el propio Antonio Banderas quien, al recibir el guion de Gabe Ibánez, decidió apostar por esta historia, produciéndola e interpretándola y consiguiendo para ella, además, algún que otro actor de renombre para subir el listón de la apuesta.
Con claras referencias a Philip K. Dick, H.G. Wells y, sobre todo, Isaac Asimov, Autómata nos presenta un futuro distópico donde las tormentas solares han diezmado a la gran mayoría de la humanidad y una rudimentaria especie cibernética se emplea de los trabajos más duros. Con una estética muy cercana a Blade Runner, Banderas interpreta a un agente de seguros de la compañía ROC robotics, responsable de los autómatas, llamado Jacq Vaucan decididamente parejo al Rick Deckard de Harrinson Ford, que deberá abrir su mente para llegar a conocer y comprender a los androides, seres inteligentes capaces de evolucionar y tener deseos de libertad inicialmente impensables para una máquina.
Entretenida y visualmente muy atractiva, la mezcla de tantos referentes tanto cinematográficos como literarios termina por perjudicar a la película, a la que se le echa en falta algo de personalidad y cuya tensión narrativa decae al alejarse los protagonistas de la ciudad e iniciar su travesía por el desierto (una referencia bíblica en este caso), perdiendo así su magnetismo y contagiando al espectador del tedio que parece embargar a los propios personajes.
Desconozco en que pensaba Ibáñez, en su segunda aventura como director, al concebir esta historia, pero casi puede uno imaginarse un brainstorming formado por frikis rescatados de una convención de Ciencia Ficción empeñados en meter cada uno su referente preferido, no faltando ni los toques de Spielberg de I.A., de Cameron y su Terminator o ese final tan abiertamente desconcertante robado sin tapujos a Cormac McCarthy.
Poco más se puede sacar de un film que pretende ser reflexivo e intimista pero cuyos mayores aciertos están en la atmósfera sucia y mortal de la ciudad que nunca debería haber abandonado, con un Dylan McDermott que cumple en su papel de villano y unas Melanie Griffith y Birgitte Hjort Sørensen como damas del film que cumplen sin molestar.
Quizá el pero principal que se le pueda poner a la película es que se queda corta en su apuesta cuando contaba con los medios de haber sido una gran película que impulsara, de una vez, el género futurista en España, aunque cuanto menos debe aplaudirse la valentía de quienes lo han intentado. Sólo así llegaremos a lograrlo.

WHIPLASH (6d10)

Estrenada bajo una aureola de obra maestra y llamada a ser una de las máximas favoritas en la inminente edición de los Oscars, Whiplash es una nueva vuelta de tuerca a la difícil relación entre un educador y un alumno, ahondando en la enfermiza obsesión de cada uno y siguiendo literalmente la máxima aquella que decía que la letra con sangre entra.
Con una dureza que podría en ridículo a aquellos recordados profesores de Fama y que lo acercan más al sargento Hartman de La chaqueta metálica, el profesor Fletcher es un veterano músico de jazz que, con la esperanza de encontrar un diamante en bruto al que poder pulir, dirige una banda en una de las más prestigiosas academias de música de California. Cuando se encuentra con Andrew, un joven con talento para la batería, se crea un vínculo de amor/odio entre ellos que los llevará a un enfrentamiento tanto físico como psicológico que a la vez que forzara a que uno aprenda del otro podría llegar a destruirles.
Invitando a la reflexión sobre cuáles son los limites en un mentor cuando tanto es lo que hay en juego (hablamos de la grandeza musical, la perfección y hasta la inmortalidad), la película se me hace en algún momento ligeramente cansina, más cuando pudiendo llegar a apreciar el jazz (aun sin ser ni de lejos un gran conocedor) no digiero con facilidad tanto exceso “bateristico” ni logro ningún tipo de empatía con el joven protagonista, mientras que el actor que lo interpreta, Miles Teller, pese a sus evidentes esfuerzos, no es para nada santo de mi devoción. No estamos, por lo tanto, ante una de mis favoritas para el Oscar, no llegando a compartir siquiera la idea de que merezca estar entre las nominadas, siendo un producto de entretenimiento más con un trasfondo visto mil veces en el cine y al que solo hay que sustituir la batería dichosa por cualquier otro instrumento de grandeza para un chaval que, visto lo visto, podrá tener las aptitudes, pero nunca las actitudes para merecer el triunfo.
Afortunadamente, J.K Simmons sí logra brillar hasta límites insospechados en su interpretación de esta especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde que es el profesor Fletcher, en una actuación memorable y que logra poner los pelos de punta en numerosas ocasiones, haciendo que todos los aplausos que se dirijan a la película sean casi exclusivos para él. Simmons logra mantener la fuerza y el ritmo de la narración (logrando estar presente incluso en las escenas en las que no aparece) y crear una atmósfera tan acongojante que traspasa la pantalla y consigue incomodar al propio espectador.
Whiplash es J.K.Simmons. Sin él, solo tendríamos los lloriqueos de un niñato y mucha, demasiada, batería en una obsesión tan enfermiza que no todo el mundo logrará comprenderla.
Yo, desde luego, no lo logré.