jueves, 12 de julio de 2018

OCEAN'S 8

La maquinaria de Hollywood no para y cuando algo funciona (o se parece mínimamente a una moda) todos quieren subirse al carro. Tras los (por otra parte necesarios) movimientos reivindicativos feministas de los últimos años ha surgido una corriente por apostar por héroes femeninos dando el callo en pantalla, con resultados claramente desiguales. Wonder Woman funcionó francamente bien, Tomb Raider fue algo más discreta y la versión femenina de Cazafantasmas quedó claramente por debajo de las expectativas, pese a ser, posiblemente, la mejor de las tres (la más divertida, al menos).
En ese estilo se encuentra Ocean’s 8, una revisión (aunque continuista) de Ocean’s eleven y sus secuelas, de Steve Soderbergh, que a su vez era un remake de La cuadrilla de los once de Lewis Milestone, protagonizado por mujeres, con Sandra Bullock a la cabeza interpretando a Debbie Ocean (hermana del personaje que interpretara por tres veces George Clooney) aunque con Cate Blanchett robándole las escenas.
Ocean’s 8 no es más que lo que aparenta, una cara B del film de Clooney, Pitt, Dammon y compañía que no alcanza nunca la frescura de la original (Gary Ross es un director interesante, pero no a la altura del Soderbergh más inspirado) pero que sí puede competir sin sonrojarse con las dos secuelas. Ross, manteniéndose fiel a la marca, busca un estilo noventero para el film, con esas típicas cortinillas dividiendo la pantalla verticalmente y un uso casi desmedido de la banda sonora, logrando realmente la sensación de secuela directa, cosa a lo que también ayuda la presencia de Elliott Gould.
La trama es sencilla y funcional. Debbie, recién salida de prisión, reúne a una banda para perpetrar un gran atraco, en esta ocasión un valioso collar de Cartier. Quizá el mayor punto débil del film sea precisamente esa sencillez en su argumento. Es cierto que está repleto de los giros necesarios para tratar de desconcertar al personal, pero por un lado carece de un antagonista de peso que suponga una amenaza al equipo mientras que por el otro todo el plan parece ejecutarse con una sencillez tan pasmosa que le quita emoción al asunto, por más que sea lógico imaginar desde el arranque como va a terminar la cosa. Además, el propio título amenaza con destripar uno de los giros de guion que más pretenden sorprender.
Con todo, lo que no se le puede negar es que como entretenimiento funciona a la perfección. Es divertida y dinámica y las actrices, en un magnífico reparto y con espacio suficiente para que cada una tenga su momento de protagonismo, muestran una potente química entre ellas. Solo esto ya es justificación suficiente para acudir a los cines para disfrutar de un pasatiempo veraniego tan refrescante como olvidable.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 8 de julio de 2018

ANT-MAN Y LA AVISPA

Resultaba difícil regresar al universo Cinematográfico Marvel después de los duros hechos narrados en Vengadores: Infinity War, por eso ya comenté en su momento que me parecía muy inteligente la propuesta de Marvel de rebajar expectativas y tensiones haciendo que el siguiente capítulo de la saga fuese protagonizado por Ant-Man, uno de los héroes más irrelevantes de la franquicia y donde el humor prima siempre por encima de la épica.
Con Ant-Man y la Avispa no hay lugar para la sorpresa. Esto es puro entretenimiento y nada más, y así lo ha entendido el director Peyton Reed, que mejora la puesta en escena de su anterior película pero en función de una historia bastante irrelevante y sin un villano de altura.
Además, Ant-Man y la Avispa arrastra un problema muy común en las series de comics y que los lectores más habituales reconocerán enseguida. Me refiero a cuando hay un gran evento que aúna a varios personajes, lastrando la colección individual de uno en concreto. Traducido al cine, esta secuela de Ant-Man está demasiado maniatada por los acontecimientos de Capitán América: Civil War y Vengadores: Infinity War, lo que le impide tener una trama propia completamente independiente, si es que lo pretendiese.
Así pues, no esperéis aquí en siguiente eslabón de una trama compleja con el destino de la humanidad en juego. Esto es un carrusel de chistes y diálogos ingeniosos y como tal debe considerarse. De esa manera, Ant-Man y la Avispa es un buen entretenimiento, un espectáculo veraniego ligero que sabe aprovechar la química entre sus protagonistas y donde Paul Rudd brilla especialmente, aunque en algunos momentos pueda parecer un remiendo del espíritu socarrón de Deadpool.
Por ello, Ant-Man y la Avispa, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, estaría entre lo más flojo de Marvel, sin que ello sea especialmente malo, pero eso no indica para nada que sea decepcionante o fallida, como podría ser para muchos Thor: el Mundo Oscuro. Insisto, simplemente ni apunta más alto por decisión propia.
Así que estamos ante una aventurilla de rescates cuánticos, divertidos juegos relativos al tamaño, chascarrillos y simplezas que, sin embargo, consigue golpear de nuevo a los espectadores merced a sus escenas postcréditos, la primera mucho más trascendente que la segunda, a todas luces imprescindibles y que dan el punto de originalidad de conferir a Ant-Man y la Avispa el honor de ser la primera película Marvel de final totalmente abierto e inconcluso (teniendo en cuenta que desde mi punto de vista Infinity War no tiene un final abierto, simplemente termina con el malo ganando a los buenos: que luego vaya a haber continuación es otra cosa).
Risas, evasión y la siempre agradable presencia de Evangeline Lilly. Esto es lo que hay. ¿Para qué más?

Valoración: Seis sobre diez.

SICARIO: EL DÍA DEL SOLDADO

Tras el éxito en 2015 de Sicario, que confirmaba (si es que a esas alturas era necesario) el talento de Dennis Villeneuve, el anuncio de su secuela, ya sin el director franco canadiense a los mandos, no parecía exactamente una buena idea.

Es por ello que el gran mérito de Sicario: el día del soldado es el de no desmerecer demasiado con respecto a aquella, logrando mantenerse a la altura e incluso siendo valorada por algunos como ligeramente superior.
No, el italiano Stefano Sollima no consigue superar a Villeneuve, pero a estas alturas de la historia a nadie debería pasar desapercibido que el verdadero corazón de la aparente saga está en la labor de su guionista, Taylor Sheridan, autor también de las magníficas Comanchería y Wind River, que se mantiene como firmante de la historia y consigue dar una coherencia interna a la trama, consiguiendo que la nueva trama (no sería justo considerarla exactamente como secuela) tenga sentido.
Sí consigue Sollirma captar el espíritu de Villeneuve con una fotografía dura y sucia, consiguiendo que la violencia se pueda sentir sin caer en concesiones al espectador, componiendo un relato fronterizo de esos que tanto gustan a Sheridan y sacando lo mejor de Josh Brolin y Benicio del Toro (quien cae de la ecuación es Emily Blunt), aunque con alguna decisión de guion algo cuestionable por lo de inverosímil que resulta, aparte de esa trampa que es arrancar con un atentado islamista que a la postre no es más que un mcguffin sin más relevancia para la trama.
Quizá el punto débil de la película esté en su incapacidad por decidir el tono de denuncia sociopolítica que pretende hacer. Por un lado parece querer denunciar los abusos del gobierno de los Estados Unidos, haciendo y deshaciendo a su antojo y manipulando a capricho a las bandas mexicanas (pobre retrato, por cierto, el que hace del país vecino), erigiéndose una vez más como reyes del mundo por encima del bien y del mal. Sin embargo, por el otro, casi podría justificar la política migratoria de Trump, justificando con lo que se ve en pantalla muros y lo que haga falta para evitar que esos “malvados” invasores ataquen a las pobres víctimas americanas.
Indefinición política que el propio director ha tenido que justificar argumentando que esto es, ante todo,m un entretenimiento y que sirve para definir perfectamente a la película. Dejando de lado mensajes y lecturas ocultas, esto es una estupenda cinta de acción, con mucha sangre, violencia insana y dos personajes con buena química entre ellos y que siguen creciendo a medida que los vamos conociendo mejor.
Y, visto su final, con aspiraciones a seguir junto a ellos al menos en un film más.
Ahora ya es cuestión de cada uno querer conformarse con eso o insistir en pedir algo más que no vamos a encontrar. Al menos no de manera satisfactoria.

Valoración: Siete sobre diez.

TULLY

Hace tiempo que Jason Reitman dejó de ser el hijo de Ivan Reitman para crearse un nombre propio dentro del mundo de la dirección, sobretodo a partir de la notable Up in the air. Desde entonces su carrera ha ido en clara decadencia, sobretodo a raíz de las aburridillas Una vida en tres días y Hombres, mujeres & niños, siendo su colaboración con la guionista Diablo Cody (la cual tampoco ha tenido una carrera demasiado brillante cuando se ha alejado de Reitman) lo que mejores frutos le ha dado.
De esta manera, Tully podría ser casi el cierre de una trilogía que comenzó con Juno (el primer gran éxito del director) y que se completa con Young adult, ya con Charlize Theron como protagonista.
Basándose de nuevo en sus propias experiencias, Diablo Cody retrata en Tully los problemas de una mujer de clase media para lidiar con la compatibilidad entre su trabajo, la casa, sus dos hijos y su nuevo embarazo. Pero tras dar a luz el agotamiento al fin hace mella en ella, entrando en una especie de depresión post parto para la que su hermano parece tener la solución ideal: contratar a una niñera de noche que le permita descansar convenientemente.
Con esta película se reafirma la sensibilidad de Reitman por las cuestiones femeninas y su habilidad para compaginar situaciones estresantes y mentalmente agónicas con un sentido del humor sutil y efectivo, muy apoyado, eso sí, en la brillante interpretación de Theron, que aun pese al esfuerzo de haber engordado más de veinte quilos para adaptarse a la realidad de su personaje demuestra que se puede hacer un gran trabajo actoral más allá de los méritos de la propia caracterización. Theron, bien acompañada por Mackenzie David (la prostituta de Blade Runner 2049), está en la práctica totalidad de planos de la película y es el motor que permite que todo funcione a la perfección.
Reitman y Cody usan un inteligente recurso para transmitir los miedos y las ansiedades de la protagonista, rescatada por una especie de Mary Poppins nocturna, que propicia un interesante giro final que, pese a que se empieza a intuir en algún momento anterior, está bien trabajado y resulta totalmente creíble, a diferencia de lo que sucedía en otra película reciente con el mismo recurso narrativo y que no voy a mencionar ahora por aquello de los spoilers.
Interesante propuesta, en fin, sobre las dificultades de ser madre y el agotamiento físico y mental que puede llegar a suponer y bonita lección sobre como sobrellevarlo (por más que algunos puedan cuestionar la falta de realismo de su resolución), al que sí le echo en cara, sin embargo, un exceso de explicaciones que, como siempre, cuestiona la capacidad del espectador para entender lo que le están explicando.

Valoración: siete sobre diez. 

HEREDITARY

Debo confesar que me acerqué a ver esta película con cierto temor en el cuerpo. Algo bueno, podríais pensar, ya que se trata de un film de terror, pero el miedo que sentía no era hacia lo que me pudiera asustar la historia, sino ante el desmedido hype que la precedía. Decían de ella que era la película de terror definitiva, la mejor de la historia, la que ibas a suponer un antes y un después en el género. Y aunque eso se ha dicho muchas veces de muchas películas, esta vez las voces que la alababan parecían ser más efusivas que nunca. Y luego está, claro, la dicotomía habitual entre los que la adoran y la odian, que tampoco son escasos.
En vista del panorama, me esperaba una película complicada, quizá demasiado intimista y diferente a lo que nos suele ofrecer el género, algo positivo pero también muy arriesgado. Pero afortunadamente, pese a que Hereditary podría jugar en la misma liga que esas películas extrañas y diferentes como La bruja, no está tan alejada de las convicciones propias como para sentirse extraño ante ella.
Ya he comentado en alguna ocasión que el cine de terror está tomando una nueva dirección, más centrada en el drama interno que en el susto fácil, lo que hace que triunfen títulos como Un lugar tranquilo mientras Winchester caía en el olvido. Y en ese sentido, Hereditary cumple con creces, pues detrás de una historia de fantasmas y posesiones (y no soy más específico por no develar nada crucial de la trama) se encuentran los esfuerzos de una familia por permanecer unidos ante el dolor por la pérdida de un ser querido.
Hereditary propone un descenso a los infiernos del dolor y la desesperación, desgarrando desde dentro una unidad familiar con secretos y rencores, en una historia contada con tanta inteligencia que es en un segundo visionado donde más se puede disfrutar, descubriendo así que los giros inesperados de guion no son nada caprichosos y que todo está milimétricamente pensado desde el principio.
Puedo entender que nos ea una película apta para todo el mundo, aunque parece que el debate principal está entre los que la consideran un gran drama con el terror como excusa de fondo y los que la consideran una gran pieza de miedo con la tragedia de adorno. Sea como sea, ambas versiones son aceptables, como si su autor, un Ari Aster con las ideas tan claras como para rechazar los múltiples proyectos comerciales que le están ofreciendo desde el Hollywood más convencional, quisiera invitar al espectador a participar en la historia aportando su propio punto de vista, aunque advirtiendo, eso sí (y esto no lo consideréis un spoiler, sino una aclaración que ayudará a disfrutar mejor de la película) que todo lo que sucede en el film es real (narrativamente hablando), sin caer en escenas tramposas en las que no se sabe nunca cuando se está viendo lo que sucede o lo que un personaje determinado cree ver en su mente.
No me parece, desde luego, que Hereditary sea la película definitiva, aunque la he disfrutado mucho, consiguiendo un malrollo insano y enfermizo y dejando un malcuerpo gracias a una historia con muchas sorpresas (algunas incluso tan radicales que es lo que más a desconcertado a la gente) y unas interpretaciones magníficas.
No, no es la película definitiva. Pero sí una gran película. Y una prueba más de que en el cine independiente el género de terror tiene una salud envidiable, alejada de los convencionalismos que en su momento James Wan, Jason Blum y compañía nos impusieron.


Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 7 de julio de 2018

CON AMOR, SIMON

De vez en cuando aparece por el panorama cinematográfico una película que presume con ser pionera en algo, una valiente que se atreve a encabezar un movimiento revolucionario. Pasó, por ejemplo, cuando Los amigos de Peter y Philadelphia (cada una a un a un lado del charco) fueron las primaras ficciones en tratar abiertamente el problema del SIDA y ahora han convertido Con amor, Simon, en la primera película de un gran estudio en hacer una película totalmente centrada en un protagonista homosexual. Personalmente, no entiendo el mérito de esto, más una argucia publicitaria que una realidad, pues ya hace muchos años que se se hacen films del tipo de la magnífica In&Out, donde Kevin Kline se enfrentada a su propio desconcierto al descubrir su homosexualidad. Sea como sea, siempre es de agradecer los intentos de normalizar un colectivo demasiado estigmatizado por la intolerancia y los estereotipos. Y eso es, precisamente, lo que pretende hacer Greg Berlanti en Con amor, Simon.
Berlanti, muy dado al género juvenil debido a su vinculación al universo televisivo de DC (vamos a hacerle el favor de obviar que fue el que guionizó esa denostada película llamada Linterna Verde), ha creado una dramedia romántica para adolescentes con todos los tics propios del género, con la única salvedad de la orientación sexual del protagonista. El Simon del título lleva unos años sabiendo que le gustan los chicos, pero la época del instituto quizá no es el mejor momento para salir del armario, pese a los problemas y las dudas que su secreto le lleva, tanto para sí mismo como para la relación con sus amigos.
Con amor, Simon no aspira a ser rompedora en ningún sentido, más allá del mencionado paso adelante en la reivindicación, y por ello se mira descaradamente en el espejo de una de las series de más éxito de los últimos años: Por trece razones. Tanto es así que incluso toma prestados a dos de sus protagonistas, consiguiendo parecer casi un capítulo doble de la serie con la misma ambientación y estilo pero cambiando las reflexiones sobre el acoso y el suicidio por el de la sexualidad (lo que, por otro lado, también va vinculado al acoso).
Como sea, Berlanti consigue una película muy agradable y simpática, con unos personajes muy bien trabajados para que sea fácil identificarse con ellos más allá de la orientación sexual de cada uno, consiguiendo que se empatice con el protagonista hasta el punto de perdonarle (como sucede con los verdaderos amigos) que se le perdonen las múltiples meteduras de pata que va cometiendo durante la historia.
No estamos ante un tratado social definitivo, ni ver Con amor, Simon va a cambiar la vida de nadie, pero sí puede invitar a la reflexión de una manera más natural y mucho menos pedante que, por ejemplo, en Call me by your name, que en el fondo quería contar la misma historia pero de un estilo totalmente opuesto a este.
Sí, al final el tema del amor queda relativizado (estamos ante una comedia romántica típica, eso no hay que olvidarlo) y la historia romántica final no es más que el toque de caramelo para hacernos salir de la sala con una sonrisa y creyéndonos ingenuamente que el mundo puede ser, a veces, perfecto y justo, pero al menos el camino hasta ese final es muy digno, emocionando y divirtiendo a partes iguales y haciendo la película muy recomendable, un buen colofón, quizá, para cerrar la semana del orgullo, permitiéndose, incluso, un toque de autoparodia muy sano.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 1 de julio de 2018

A LA DERIVA

A la deriva es la nueva película de Baltasar Kormákur, un director que empezó con bastante buen pie en el mundo del cine pero que ha ido perdiendo fuelle conforme va creciendo su filmografía. Ya en su anterior trabajo, Everest, demostró que tenía mayor capacidad visual que narrativa, y algo similar le sucede con este drama basado en hechos reales que, producido por la propia Shailene Woodley, parece más un vehículo de lucimiento para la propia actriz que otra cosa. La Woodley fue otra que entró en Hollywood con fuerza, gracias a su aportación a la película Los Descendientes, en la que conseguía hacer sombra al mismísimo George Clooney, pero tras ser apeada de The Amazing Spider-man y tratar de ser la nueva Jennifer Lawrence mediante la saga Divergente cuyo final jamás veremos en pantalla, su estrella parece haberse eclipsado antes de tiempo.
A la deriva se parece demasiado a ese otro relato de amor y supervivencia que protagonizaron hace apenas un año Idris Elba y Kate Winslet, La montaña entre nosotros, y al final resulta igual de cansina y aburrida que aquella, aunque aquí, por lo menos, no pierde más tiempo del necesario en un epílogo totalmente irrelevante.
El gran problema de una parte del cine actual es la falta de ideas originales, lo que lleva a los productores a hurgar en hemerotecas de periódicos en busca de historias de “héroes” reales que merezcan ser llevados a la gran pantalla. Pero una historia digna de ocupar una primera página en un periódico local no siempre es merecedora de una película de cine, y mientras se nos pueden ocurrir cientos de ejemplos de personas anónimas cuya historia queda muy bien en pantalla grande (el soldado pacifista al que da forma Mel Gibson en la magnífica Hasta el último hombre, el grupo de bomberos de Héroes en el infierno...), otras no pasan de ser carne de telefilm, por mucho que Kormákur se esfuerce en planos muy bonitos del océano.
A la deriva cuenta la historia de Tami y Richard, una pareja del almas libres (que es una forma bonita de llamar a los vagos) que se conocen, se enamoran y se embarcan para levar una embarcación de Hawai a San Diego, sufriendo por el camino los efectos de un terrible huracán. Al final, todo se resumen en la Woodley ejerciendo de superviviente con el insulso Sam Claflin malherido a su lado (es decir, lo mismo que en Una montaña entre nosotros pero con los roles intercambiados), viendo cómo la joven se las apaña a la deriva (revelador título), nada muy diferente de lo que ya hayamos visto hacer a Robert Redford o François Cluzet en Cuando todo está perdido o En solitario.
Quizá el principal problema que tenga con la película es que no encuentro ningún motivo para empatizar con la protagonista, a la que entiendo como una niñata egoista que abandona a su madre para vivir su vida alegremente sin contar con las consecuencias de sus actos, por lo que no sufro en ningún momento por su destino (en otras palabras, que me importa un pepino lo que le ocurra), O puede que se deba a que, al estar sobre aviso de que es una historia real, uno ya puede intuir por donde van a ir los tiros en la resolución. O a lo mejor se deba tan solo a la falta de carisma de Shallene Woodley. Como sea, la película me resultó aburrida, irrelevante y cansina, y ni siquiera el pretendidamente sorprendente giro final justifica la historia, un giro que si bien justifica el aparente ridículo de cierta escena obliga a arrastrar con ello hasta la conclusión final.
En fin, dramatismo del montón, mucha piscina y mucho croma para una historia mil veces vista cuyo envoltorio luce más que su contenido.

Valoración: Cuatro sobre diez.

¡QUÉ GUAPA SOY!

Amy Schumer es una popular comediante estadounidense cuyos mayores éxitos los ha disfrutado en la pequeña pantalla, por lo que no ha llegado a conseguir un renombre fuera de sus fronteras. Es por ello que las películas que ha protagonizado hasta ahora no han llegado a ser grandes éxitos, pese a que algunas como la insuficiente Y de repente tú o su unión con Goldie Hawk en Descontroladas no han triunfado en taquilla en nuestro país.
¡Qué guapa soy! es el nuevo intento por convertir a esta chica, alejada de los estereotipos sexistas de Hollywood, en la reina de la comedia, emulando (aparentemente) el cine cafre y de sal gruesa de Adam Sandler y compañía, burlándose precisamente de esos estereotipos que imponen que las actrices deban ser impresionantemente atractivas y de cuerpos esculturales.
¡Qué guapa soy! recuerda inevitablemente a aquella otra comedia con Jack Black y Gwyneth Paltrow, Amor ciego, en la que un hombre extremadamente superficial era hipnotizado y se enamoraba de una chica obesa a la que, gracias a su belleza interior, veía como un pibonazo. ¡Qué guapa soy! da la vuelta a la tortilla y expone el punto de vista contrario. Esta vez es la chica obesa y poco agraciada la que, debido a un accidente, se ve a sí misma como a una mujer espectacular, logrando así sacar a relucir su verdadera personalidad y atreviéndose a enfrentarse a retos que sus complejos le impedían acometer.
El principal acierto de esta película escrita y dirigida por Abby kohn y Marc Silverstein, es conseguir aunar con gracia y buen gusto el humor zafio que este tipo de historieta gamberra requiere con el simplismo de una comedia blanca y con moralina incluida, de manera que resulte divertida y reflexiva sin necesidad en acentuar los inevitables momentos de escatología barata habituales.
No es una obra maestra ni aspira a cambiar la percepción del mundo hacia las mujeres menos agraciadas, desde luego, y ni siquiera la burla que hace del mundo de la publicidad (el mejor ejemplo de dónde se impone la estética hasta límites exagerados) es lo suficientemente sangrante como para herir susceptibilidades (de hecho, podría no pasar de ser una versión cinematográfica de un anuncio de Dove), pero tanto Schumer consigue un trabajo capaz de conmover como las secundarias que adornan la función cumplen a la perfección su cometido, desde una irreconocible y divertidísima Michelle Williams hasta la irónica (e incluso contradictoria) presencia de Emily Ratajkowski, posiblemente una de las embajadoras de todo lo que aquí es objeto de burla gracias a sus “contribuciones” en Instagram.
Así, ¡Qué guapa soy! se queda a medio camino de la denuncia social a la que podría aspirar, pero funciona como divertimento, situándose incluso un puntito por encima de lo que las expectativas invitaban.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 16 de junio de 2018

NO DORMIRÁS

Da la sensación que el cine de terror lleva unos años en un estado de estancamiento preocupante. Quizá es por eso que cuando alguna película se sale de lo preestablecido, aunque sea con una historia muy clásica y reconocible, como el caso de Un lugar tranquilo, se convierta en un clásico inmediato.
Después de un tiempo en que todo eran fotocopias y secuelas, parece que ahora lo que se busca es dar un toque de originalidad a los argumentos, ya sea estrujándose un poco las mentes o recurriendo a casos reales, pero al final todo suele derivar en más de lo mismo. Eso sucedía con la decepcionante Winchester, que con un punto de partida apasionante terminaba siendo un compendio de clichés y calcos de cualquier película de género el montón, y ese es precisamente el caso de No dormirás.
Producida a tres manos entre España, Argentina y Uruguay, No dormirás tiene un punto de partida apasionante, que podría haber dado pie a una película muy interesante si los guionistas hubiesen apostado por una trama delirante pero realista en lugar de buscar el film de terror convencional con psiquiátricos abandonados de por medio. Y es que la historia de una creadora que quiere llevar el mundo del espectáculo hasta límites imposibles e incita a sus actores a entrar en una especie de estado de trance después de días sin dormir para entregarse al máximo al espectáculo, una suerte de perfomance límite, es muy interesante. 
Ahí había una reflexión sobre los límites del artista, el precio de la fama y ese uso del estado de insomnio para transformar al actor en su personaje puede servir como metáfora del uso que otros hacen de drogas o de los extremos a los que algunos amantes del método son capaces de llegar para conseguir una mimetización tal que llega a ser imposible establecer dónde termina el actor y comienza la actuación. Es decir, que podría haber sido una fábula aterradora y angustiante sin necesidad de recurrir al terreno de lo sobrenatural, algo similar a lo que proponía Aronofsky en la desasosegante Cisne negro.
Pero no, en lugar de eso, el director Gustavo Hernández prefiere mirarse en los espejos de gente como Balagueró o Bayona y conformarse con una historia de fantasmas que, en el caso de los directores mencionados les ha funcionado perfectamente, pero que aquí adolece demasiado de un guion que hace aguas hasta el extremo de terminar siendo una solemne tontería, absurda y sin sentido.
Visualmente, la película es impecable. Hernández demuestra su talento en una ambientación exquisita y aterradora, y el trío protagonista está a un gran nivel, con una Belén Rueda cada vez más cómoda como reina del terror gótico patrio y una convincente Eva de Dominici, creíble en ese descenso a los infiernos que vive y capaz de iluminar cada plano con su belleza hipnótica. Eso sí, respecto a la estupenda Natalia de Molina da la sensación de que el tener que hablar con acento argentino termina por lastrar un poco sus esfuerzos interpretativos.
Todo el problema, como digo, está en el guion, que a medida que avanza el metraje se va adentrando en un terreno más torpe y previsible, con unos cuantos sustos telegrafiados (¿de veras en esta época pretenden que alguien se asusten con fantasmas que aparecen de dentro de un armario, debajo de la cama o reflejados en espejos?) y unos giros argumentales incomprensibles, además de tramas secundarias que no van a ningún sitio y trampas que pretenden engañar al espectador pero terminan engañando al propio director, que termina por perder el rumbo de la historia. Eso por no decir de lo ridículo que es que unas personas que se fuerzan al límite por no dormir se pasen todo el tiempo a solas, en habitaciones con camas o escondidos en lugares oscuros.
De poco vale planos tan hermosos como el del incendio cuando narrativamente no tienen ningún sentido. No es este lugar para detallar los muchos absurdos de la trama, por eso de los spoilers (aunque viendo alguno de los carteles de la película que no voy a poner aquí, no parece que eso les preocupe mucho a los productores), pero mi conclusión final es que, o bien el guionista llevaba también varios días sin dormir cuando terminó el libreto o bien yo soy muy corto y no entendí nada de lo que me querían contar.
En fin, una lástima, porque la cosa prometía mucho, pero el desastre es tan grande que el título de No dormirás resulta contradictorio. En varios momentos de la trama dormir es lo que más apetecía.
Eso sí, ¿he dicho ya lo guapa que sale Eva de Dominici?

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 9 de junio de 2018

JURASSIC WORLD: EL REINO CAÍDO

En una época en la que Disney, de la mano de Marvel y Lucasfilm principalmente (pese al discreto arranque de Han Solo), es la gran dominadora de la taquilla mundial, sólo universal parece aguantarle el tipo, en parte gracias a sus dos franquicias estrella: Fast&Furious y Parque Jurásico.
De hecho, se podría decir que la saga que nos ocupa, la de los dinosaurios creados por Spielberg, guarda ciertas similitudes con la saga galáctica que inició George Lucas (paradójicamente, ambos buenos amigos), y el estreno de Jurassic World: el Reino caído así lo parece demostrar (también el frustrado salto de Colin Trevorrow de una a otra, pero eso ya es harina de otro costal). Me explico:
Ortogonalmente, Lucas conformó su saga de Star Wars en forma de trilogía, siendo la película central de la misma la más oscura y seria. Cuando la franquicia pasó a manos de Disney se planificó una nueva trilogía (que culminará en diciembre del año próximo), cuyas dos películas vistas hasta la fecha tienen unas semejanzas tan grandes a la trilogía original que hay quien las define como remakes encubiertos.
En 1993, Steven Spielberg dirigió una de sus películas más taquilleras, Parque Jurásico (de hecho, fue la que superó como número uno a ET, puesto que mantuvo hasta la llegada de Titanic), que terminó por convertirse en trilogía, de nuevo con la primera de las secuelas, de nuevo del propio Spielberg, algo más oscura que las otras dos. En 2015, de nuevo batiendo récords de taquilla, llegó la película que inauguraba una segunda trilogía dentro de la franquicia, Jurassic World, y de nuevo se habló de que volvía a contar lo mismo que la película original, pero con nuevos personajes, y ahora, recién estrenado el film de Bayona, la línea a seguir parece clara: más oscura y con múltiples elementos que recuerdas a su contrapartida original: El mundo perdido.
Desde mi punto de vista, lo perpetrado por Trevorrow y Bayona en esta secuela está más cerca de lo que pretendía J.J. Abrams con El despertar de la Fuerza que del despropósito que para mí fue Los últimos Jedi. Es decir, regresar a un terreno conocido, apelando a la nostalgia, y desde ahí asentar las bases para tomar una nueva dirección de límites insospechados (con todo lo bueno y lo malo que ello posibilita).
Sí, es cierto que argumentalmente esta Jurassic World: el Reino caído puede recordar mucho a El mundo perdido, con ese obligado regreso a la isla (aunque en esta ocasión sí es la original isla de Nublar), más tramas conspiranoides y el traslado de algún dinosaurio a la civilización. Pero eso no implica necesariamente un estancamiento en la saga (de hecho, aquí se permiten destruir la dichosa isla, haciéndolo, además, en el primer tercio de película) sino más bien un retorno a los orígenes literarios de la misma. Si bien el guion parte de una idea del propio Trevorrow, creo que esta es, junto con la primera entrega, la historia más fiel al estilo de Michael Crichton, pudiendo reconocerse en la historia muchos de sus tics habituales, más incluso que en El mundo perdido, que pese a adaptar, supuestamente, la secuela homónima de la novela, terminó difiriendo bastante de la misma.
Pero sin duda el elemento diferenciador de esta película está en la silla del director. J.A. Bayona afronta aquí su primera producción americana y lo hace a lo grande, con un presupuesto desorbitado y con el mejor padrino que un cineasta podría desear. Y aunque está claro que no ha podido permitirse hacer una película de autor ni ser fiel a su ideario cinematográfico (la relación entre madres e hijos que tanto le gusta analizar es aquí una mera excusa para justificar cierta decisión narrativa), sí hay unos cuantos apuntes que reflejan lo gran director que es y el amor incondicional que muestra por el cine, con varias secuencias que son directos homenajes a sus fobias preferidas, mientras que en el resto cumple con brillantez dentro del star-sistem del blockbuster palomitero que al final debe ser esta película. Intuyo por eso que, aun sin haber nada novedoso en el argumento, es su mano la que hace que el elemento de crítica político-social parezca más presente que en otros títulos de la saga y que el terror sea mucho más depurado y angustiante.
Es más, una vez vista, se entiende esas extrañas declaraciones de hace un tiempo según las cuales el motivo por el que en Universal lo consideraron el director ideal para el proyecto fue su película de El horfanato.
Al final, sin abandonar las peripecias por la selva, los enfrentamientos entre dinosaurios, los salvamentos in extremis y los malos malísimos que a la postre terminan siendo peores que los más salvajes depredadores, la película toma una serie de decisiones suficientemente arriesgadas como para conseguir ser la mejor secuela de Parque Jurásico, no llegando a superar a la original (a la que hay que reconocerle muchas carencias, sobre todo en el tratamiento de los personajes protagonistas) por aquello de que la magia, la primera vez que se contempla, impresiona mucho más.
La química entre Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, pese a no ampliar el tratamiento de sus personajes con respecto a la anterior película, sigue siendo impecable, la espectacularidad es magistral y el final augura una tercera y ¿definitiva? película que puede ser el no va más de la locura.
Y todo ello adornado por una banda sonora colosal, con un Michael Giacchino que firma uno de sus mejores trabajos en años. Parece que este genial compositor se estaba estancando un poco al verse obligado a adaptar bandas sonoras míticas de otros artistas (casos de Misión Imposible: Protocolo Fantasma, Rogue One o la propia Jurassic World), pero que aquí, aun recurriendo de vez en cuando a las icónicas notas de John Williams, dota al film de su propia personalidad y consigue que grandes escenas como la del Indoraptor en lo alto de la mansión sea casi perfecta.
En resumen, Jurassic World: el Reino caído puede parecer más de lo mismo, pero filmado con un ritmo y una elegancia que la convierten en un espectáculo visual delicioso, que no deja un minuto de respiro y permite avanzar la trama hacia una nueva dirección, alejada, por fin, de islas perdidas en medio del Pacífico. Quizá su única nota negativa (aunque justificable) sea que el peaje de hacer cine familiar obliga a que, pese a verse muchas muertes e incluso desmembramientos, la sangre brilla por su ausencia, dándole una cierta sensación de artificiosidad.

Valoración: Ocho sobre diez.

miércoles, 6 de junio de 2018

LOVING VINCENT

Curiosa, espectacular y visualmente hipnótica película de animación, Loving Vincent supone un hito en el cine por su articular concepción. Creada por más de cien artistas que pintaron a mano cada fotograma, la película recrea a la perfección el estilo pictórico del pintor holandés Vincent van Gogh mientras el argumento recrea, a modo de thriller detectivesco, sus últimos días de vida y las extrañas circunstancias que rodearon a su muerte.
Con un interesante casting de actores que hicieron una interpretación real sobre la cual trabajaron los pintores, la película pretende acercarse a la personalidad del excéntrico artista analizando sus últimos días, alejado del bullicio de París en Auvers-sur-Oise, un pueblecito del norte de Francia. Aunque siempre se dio por hecho el suicidio como causa de su muerte, una carta firmada por él y destinada a su hermano Theo dará pie a una serie de pesquisas que ponen en duda semejante afirmación. Armand, hijo de Joseph Roulin, es quien lleva el peso de la historia a sus espaldas, como si de un detective de serie negra se tratara, y aunque su implicación en tales investigaciones está ficcionada, la obra de van Gogh dedicada a la familia Roulin demuestra la importancia que tuvieron en su vida.
En el fondo, el argumento es un poco lo de menos, y si bien ayuda a conocer un poco las interioridades del artista (aunque nada comparable a lo que se puede llegar a conocer en títulos como El loco del pelo rojo), lo verdaderamente impactante es el modo en que está filmada. De hecho, es la primera vez que se realiza una película mediante semejante proceso, y ya por ello, dejando de lado el argumento algo insuficiente, ya debe ser considerada como una obra maestra.
Loving Vincent, como su propio título ayuda a intuir, es una carta de amor hacia la obra del pintor, una oda al arte y una propia obra de arte en sí misma. Una maravilla visual que se debe ver casi por obligación y a la que sólo se le puede poner el pero de su duración, ya que superada la primera hora de metraje el ojo comienza a acostumbrarse a los cuadros y la sensación de maravilla comienza a desvanecerse.
Como sea, una película impresionante e imprescindible.

Valoración: siete sobre diez.