Tiene
un problema Álex de la Iglesia cada vez que debe estrenar una nueva película. Y
es que en sus inicios tiene algunos títulos tan magníficos como El día de la Bestia o La Comunidad que, como le pasa a algún
colega anglosajón suyo como Shaymalan, parece que nunca vaya a poder volver a
estar a la altura de las expectativas. Y eso es algo demasiado injusto hacia un
realizador que ha dado grandes obras a la filmografía de este país.

Si
es cierto, sin embargo, que ahora logra resarcirse de algo de lo que se le
acusa continuamente: no saber cerrar bien sus películas. Porque desde luego El bar tiene un final impecable, que
podrá ser más o menos del gusto del espectador, pero totalmente coherente con
la historia y con una amargura como no podía ser de otra manera. Pero empecemos
mejor por el principio…
El bar no es exactamente una comedia negra, aunque tiene muchos puntos de
humor. Es más bien una radiografía de la sociedad, de cómo el ser humano
reacciona ante situaciones límite y como el instinto de supervivencia se
antepone habitualmente a la propia moral. Por ello no es una película de buenos
y malos y cada personaje, incluso en sus momentos de mayor bajeza, merece ser
justificado. ¿Acaso no haríamos nosotros lo mismo?
La
cosa va de un grupo de desconocidos que quedan atrapados en el interior de un
bar después de que dos personas sean abatidas a tiros en mitad de la calle y el
centro de Madrid, de un momento para otro, quede totalmente desierto. Es
entonces cuando los miedos, la desconfianza y las fobias salen a relucir,
convirtiéndose el bar del título en una suerte de Gran hermano con muchas similitudes con La niebla, aquella novela de Stephen King versionada por Frank
Darabont donde también un grupo de desconocidos quedaban atrapados, en esa
ocasión en un supermercado, aterrados por una misteriosa amenaza del exterior.

El bar puede parecer una película excesiva, cargada de momentos surrealistas
y de reacciones desproporcionadas, pero si uno se para a analizar bien a los
personajes, magníficamente retratados en apenas cuatro planos, se da cuenta de
que esas reacciones son tan terriblemente humanas y naturales que, por encima
de los chistes, la emoción y el suspense, convierten a El bar en una película extremadamente triste. Y ese encadenado de
planos finales por las calles de Madrid lo demuestran.
El bar es, por tanto, absurda, tronchante, dura y con momentos de
escatológica sensualidad, pero, por encima de todo, es una película que me ha
hecho reflexionar. Y no estoy muy seguro de si me gusta las reflexiones a las
que he llegado. ¿Qué habría hecho yo? O lo que es más importante, ¿qué habríais
hecho vosotros?
Esta
vez, definitivamente, De la Iglesia lo ha conseguido. De principio a fin.
¡Bravo!
Valoración:
Ocho sobre diez.
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